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sábado, 21 de septiembre de 2024

Las otras despedidas

Quería una despedida triunfal como la de Marcial, pero la suya seguro que fue mucho más sentida, la suya fue el abrazo bien apretado con su pueblo, el pueblo más grande del mundo, en el patio de su casa, la primera plaza del mundo. Pero siempre habrá adioses y adioses.


Se dice por ahí que un figurón mítico se está despidiendo de los ruedos, las plazas, sus públicos y de todos aquellos que se acordaran que hace nada se retiró, que hace menos volvió y no de los que no le echaron de menos ni en los anuncios de Panten, pero que es pensar en que hay que volverle a ver por obligación, insisto, por obligación, porque nos lo meten a capón en un abono y es entonces cuando al figurón mítico se le echa de más. Que uno se pone a pensar en otras despedidas y… Que no hay color. Recuerdo la que siempre se nos viene a la cabeza a los de los madriles, la de nuestro Antoñete, que tras una tarde de las malas, la emoción, la buena, inundó el patio de su casa, las ventas, y sin tener que ponerse a contar que si una oreja, dos o ninguna, sus paisanos se echaron a la arena, le levantaron en volandas, hicieron saltar los goznes de la Puerta de Madrid y se lo llevaron camino de la calle de Alcalá en loor de multitudes; que no se llevaban solo a un torero, al del mechón blanco, se llevaban a un mito de verdad, se llevaban a hombros una carrera, irregular donde las haya, al cite de lejos, a la media belmontina, a la fragilidad de los huesos, a la delicadeza en el toreo, al muletazo por abajo sometiendo, a tanto, que solo podía ser llevado por una multitud, por un pueblo entero, que para tanto solo podía aguantar ese peso todo Madrid.

Pero Aparte de despedidas de toreros, de cortes de coleta plenos de emoción y sentimiento, el aficionado lleva mucho tiempo despidiendo lo que nunca creyó que iba a despedir. Lleva años despidiendo al toro, que como los viejos toreros, asoma de tarde en tarde y casi como simple testimonio, por las plazas, por el ruedo de Madrid. Pero es una despedida sin homenajes, porque los responsables no lloran su marcha, esos responsables son los que la han propiciado, los culpables de que el toro deje de estar y con él la casta, ambos, máximos enemigos de la vulgar modernidad, del fraude, de la trampa y de la incompetencia de los que no saben plantarle cara en los ruedos. Eso sí, llámenme pesado, con todo esto, que no es ni el toro, ni la casta, los hay que se emocionan. Allá cada uno. Pero como con esto no todo el mundo siente esa emoción que les arrebata, aunque luego ni se acuerden de qué les emocionó, también ha habido que ir despidiendo a los aficionados que poco a poco y en silencio se han ido apeando de esta marabunta chabacana que no lleva a ninguna parte y si lleva, es a una discoteca, en Madrid, a la Discoventas.

Y los que siguen yendo a la plaza, pues también se despidieron hace mucho del toreo de verdad, del de poder, del que sometía al toro, del que le embarcaba con verdad, del que no emocionaba, conmocionaba y dejaba mudo al personal, de ese que no te dejaba palabras para explicarlo. No era tan fácil como en la actualidad, que lo explican con números, números por orejas y salidas a cuestas. Pero no, para los que permanecen y los que se fueron, de nuestra fiesta nos tuvimos que despedir hace tiempo, mucho tiempo, demasiado; que siempre sale el que te dice que esto es lo que hay, que hay que hacerse a la idea, acostumbrarse y seguir yendo a la plaza. Pues uno sigue yendo a la plaza, pero no, ni me hago a la idea, ni me acostumbro y lo que puede que sea aún peor, es que no me da la gana ni lo uno, ni lo otro. Que uno que ha podido ver un rito preñado de emociones, emociones de verdad, ahora no puede conformarse con novelitas rosas de toreros engallados afectados y forzando el gesto. Que se pasó de las peticiones mayoritarias, con los tendidos invadidos por el blanco de los pañuelos, a las orejas por mayoría, porque las pide uno más del cincuenta por ciento, dejando de lado lo del paisanaje, autobuses o transeúntes de un día al año o en la vida.

Pues nada, preparémonos para una despedida, la de un figurón mítico, al que confieso que gustaba ver en sus inicios de novillero y que una vez doctorado, rápido tomó el rumbo que tomó. Esperemos que en su despedida al fin dé un natural, si no es mucho pedir y si en unos años tiene que volver… pues que vuelva, que no sería el primero en irse y regresar, un clásico. Eso sí, podrá volver mil veces, que este, como tantos y tantos otros, no despertará ni un ápice de ilusión en los que llevan años despidiéndose de tantas cosas, entre otras, de su fiesta, la que les conmocionó, emocionó y les dejó sin palabras y sin palabras siguen, intentando recordar las otras despedidas.

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

 

martes, 3 de febrero de 2015

Hoy estoy perezoso


Qué bonito es el ver torear... bien
Hay veces en las que se quiere dar a conocer la opinión de uno como si esto fuera lo más importante del mundo, como si no hubiera otro fin en la vida que vocear al viento los sentimientos que luchan por salir, pero otras la galbana nos inunda, empezamos a pensar que a quién c... anastos le importa lo que uno diga, y lo que es peor, que tampoco se tiene nada que decir. Pues yo hoy no tengo ganas de decir nada. Si hasta esta introducción ya se me hace larga.

Si me permiten, por una vez, les voy a dejar a ustedes el trabajo de pensar y si lo desean, hasta el de opinar. Aquí les dejo unos vídeos de unas tardes en las que unos perdieron la cabeza y el “sentío” y otros se quedaron fríos, y otras en las que resultaba difçicil abstraerse de la locura que produce el toreo en el ser humano. Que cada uno se apunte a uno u otro grupo según las siguientes imágenes.



https://www.youtube.com/watch?v=M9wUg-wYRv8

https://www.youtube.com/watch?v=YQG3qlHHllU


martes, 25 de octubre de 2011

Respeto y honor a los muertos



Ayer Antoñete salió por la Puerta Grande de Madrid. No hubo naturales, ni medias verónicas, pero como siempre demostró su grandeza. Esa grandeza que el pueblo le aclamó en vida y le reconoció después de muerto. No digo nada nuevo si afirmo que ha sido de los más grandes, sin entrar si estuvo mejor a partir de tal o cual reaparición, fue de los más grandes.

Igual que en las tardes en que se anunciaba para torear en su plaza, en su última cita congregó a miles de aficionados, que podían parecer cualquier cosa, menos unos bárbaros. Hechos como este son el signo más evidente de lo que es este mundo, esta fiesta, este espectáculo o este rito, que cada uno elija el término. Sin necesidad de reconocimiento oficial, ni de ser encuadrado en un epígrafe para definir de que tipo de acto cultural se trataba. La gente, porque no fue solo Madrid, sino aficionados de toda España, estaban en Las Ventas para despedir a un maestro. Unos se hicieron presentes en los corredores de la plaza, en el exterior de la plaza y pudieron llamarle torero una vez más. Algunos no pudimos ir, no por falta de tiempo, sino por no querer ir. Yo no quise ir, no podía verle allí inerte, ni verle marchar para siempre. Cobarde, cómodo, cualquier cosa tendré que aceptarla, pero no podía. Desde el sábado por la tarde he tenido a Antoñete en la cabeza, escribiendo, viendo vídeos, hojeando libros al azar, hablando de él con amigos o contándole a mis hijos quién era ese señor del mechón blanco. El de ese cuadro que está en el salón, el de ese libro gordo; y en todos los casos aparecía también el que me metió este veneno en el cuerpo y que hace años se fue a coger sitio en los tendidos de ahí arriba, para ver el debut del maestro en las ferias celestiales. Él me repetía muy a menudo eso de “yo estuve allí” y yo ahora repito “el abuelo estuvo allí”. Mis hijos, sobre todo mi hija, abren los ojos como si les hablara de un superhéroe que tenía el poder de parar a un animal moviendo un trapo y que conseguía que un torrente de furia y casta se le enroscara a la cintura.

Realmente fue grande, muy grande, un personaje de película, pero tuvo la suerte o la desgracia de haber nacido en el barrio de Ventas y no en Nueva York, Londres o París; quizás en esos lugares habría sido despedido de otra forma. Aquí perdemos la medida de las cosas ante muchas cosas y una de ellas puede que sea la muerte. Una personalidad de esta categoría quizás merecía otra cosa. No es posible que en su casa no se le trate de acuerdo a sus méritos. No parecía posible que la capilla ardiente se instalara en un lugar en el que se facilitara el paso de los visitantes, ni que el momento de las visitas hubiera sido más prolongado. Una mañana y poco más, en una sala de la plaza que ni tan siquiera era la que lleva su nombre.

Igual que en una de sus retiradas, una tarde en la que el ganado hizo imposible el triunfo y el pueblo se lanzo al ruedo para sacarle a hombros saltándose cualquier reglamento, ayer fue la gente quien sacó a hombros al torero, pero al que tampoco se le permitió dar esa merecida vuelta al ruedo. No parecía que fuera posible que se abrieran las puertas para que su gente volviera a llenar los tendidos y para que en el escenario de sus glorias se le tributara el homenaje más sincero. Había otras prioridades, pero es que esas mismas prioridades son las impide que se honre a otras glorias de nuestra tierra como a Cervantes, Velázquez o Larra, que no se sabe donde descansan. Se nos llena la boca con nuestro patriotismo, pero tiramos por la alcantarilla una oportunidad única y definitiva de mostrar nuestro respeto y rendirles honor a los grandes.

Realmente no entiendo ciertas cosas. No creo que haga falta remontarse a la muerte de Joselito al que sacaron de su casa en la calle Arrieta y lo llevaron en procesión hasta el tren que iba a Sevilla, basta en recordar como a El Yiyo le llevaron desde su casa en Canillejas, en la calle Canal del Bósforo, hasta la plaza, donde se le dio la vuelta al ruedo de la plaza de su pueblo, Las Ventas, y desde allí lo portaron en hombros hasta el cementerio de la Almudena. No pretendo establecer comparaciones, no se sostendrían ni un segundo y además serían injustas y no vienen a cuento, pero creo que Antoñete, merecía otro trato por parte de los que nos gobiernan. No se trata de afición o no, es más bien cuestión de sensibilidad y de darse cuenta de lo que todavía arrastra un torero, un gran torero, en esta España de principios del siglo XXI. Lo que sí quedó claro es la entrega y el fervor que siempre tuvo su gente a uno de los más grandes. Antonio Chenel “Antoñete”, matador de toros, nacido en el barrio de Ventas, Que Descanse en Paz.

domingo, 23 de octubre de 2011

Antoñete, un chaval del barrio de Ventas

Antoñete y su toro blanco, Atrevido de Osborne, para siempre en el recuerdo.


Allá por los años treinta, cuarenta y algunas décadas más, en España no había mejor forma de salir de la pobreza y de las estrecheces que haciéndose torero. Muchos eran los que probaban. La empresa era más fácil y más difícil que en los tiempos presentes. Más fácil porque el mundo del toro estaba más presente y porque en el Madrid de aquellos años existían más conexiones con lo rural que ahora. Y más difícil porque el aprendizaje era duro y penoso y el toro se ocupaba de complicarlo todo mucho más. Pero claro, si mientras los niños de aquel tiempo jugaban en la calle al aro, a la lima, al tejo, al balón o a las bolas, tú jugabas al toro en el ruedo de Las Ventas, mucho se tenía que torcer el destino para que no llegaras a ser matador de toros. Y si además cada tarde de toros veías entrar a Marcial, Fuentes Bejerano, Fortuna, Nicanor Villalta, Domingo Ortega, los Domiguines, los Bienvenida, Manolo Escudero, Pepe Luis, Manolete, Gallito y tantas otras divinidades del panteón taurino, pues blanco y en botella.

Antonio Chenel, “Antoñete”, que era el que tuvo esta infancia tan particular, llegó a culminar su sueño en la plaza de Castellón. Allí se hizo matador de toros. El torero de los huesos de cristal, siempre de la mano de su cuñado, Paco Parejo, de quien muchos decían que era el que dirigía al torero desde el callejón a modo de apuntador y que el del mechón ponía en práctica sin saltarse ni un punto, ni una coma. A pesar de su calidad y sus extraordinarias condiciones para hacer el toreo bueno, tuvo una carrera muy irregular; empezaba a coger sitio y contratos y aparecía una fractura de un hueso. Los contratos empezaban a disminuir, primera retirada, y cuando ya pensaba en cambiar el oro por la plata, vuelve a resurgir en una corrida de agosto de Madrid. Luego aparece Atrevido, o como muchos le conocieron, el toro blanco de Antoñete, de Osborne. Este nuevo relanzamiento acabó con una nueva y triste retirada en 1975.

Se marchó a América, a Venezuela y cuando más pensaba en dedicarse a cuidar ganado para ganarse la vida, la fortuna se le volvió a presentar en forma de vestido de luces. Unas corridas exitosas al otro lado del Atlántico le sirvieron para madurar la idea de reaparecer en España. Era el año 1981 cuando enfundado en un terno grana y oro volvió a su casa a torear, en el patio de juegos de su infancia. Como decía Rafael Herrero Mingorance, con verle liarse el capote y colocarse la esclavina ya se sabía que allí había un torero. Fueron cinco años triunfales jalonados de éxitos y lecciones de torería. Quizás el momento culminante tanto de este período, como de su carrera, fue la faena a Cantinero, de Garzón, premiada con dos orejas. En el otro cortó una y creo recordar que alternó con Curro, que cortó una y con Curro Durán, que se convirtió en un testigo de lujo de lo que los “abuelos” eran capaces de hacer con capote y muleta. Nueva retirada con toros de Belén Ordoñez, de la que nadie salió satisfecho, ni el público, ni mucho menos el torero. Un fracaso ganadero le impidió retirarse como Marcial, tal y como soñaba el torero de Madrid. Pero la dura y exigente afición de Madrid, sensible como ninguna, se echó al ruedo, le cogió en volandas y al grito de torero, torero, reventó la Puerta de Madrid y se lo llevó camino de la calle de Alcalá. No hacían falta ni orejas, ni permiso presidencial, el público soberano estaba decidido a rendir homenaje a su torero. Tiempo después el propio Antoñete quiso agradecer tanto cariño recibido y una tarde entre semana decidió encerrarse con dos toros en su plaza, dejando abiertas las puertas para que fuera gratis todo el que quisiera ver por última vez a su torero.

Volvió nuevamente a vestirse de luces, pero ya no era el mismo. Ese amigo traidor que fue el tabaco le dio más de un susto, uno incluso en la arena, una tarde de toros televisada en la que cayó desvanecido en el ruedo, con muchas dificultades para respirar. Luego vino lo de convertirse en comentarista en la radio y en la televisión, pero de eso prefiero no hablar ahora, creo que es mejor quedarse con su media verónica tan personal y tan llena de belleza y torería, con ese toreo al natural y con esa forma de citar dándole distancia al toro. Ahora, en el momento de su despedida, creo que será mejor quedarse con lo que hizo en los ruedos, con el gran torero que fue y con el sitio que ocupará en la historia del toreo por méritos propios. A uno de los grandes que yo he visto en el ruedo, a uno de los pocos a los que aclamé gritando torero, torero y a uno de los que me hizo conocer como era el toreo clásico, el de siempre, el natural, el que no tiene ni asomo de crispación, el que trata al toro como a un amigo, el toreo eterno. A Antonio Chenel “Antoñete”. Que descanse en paz.

lunes, 25 de enero de 2010

Antoñete contra Antoñete



Si ha habido un símbolo del toreo de verdad en los últimos años, ese ha sido Antonio Chenel “Antoñete”. Tras volver a los toros allá por los años ochenta, el torero del barrio de las Ventas personalizó el clasicismo más puro, el arte y la torería por todas las plazas del mundo.

Antoñete se empeñó en que nadie olvidara qué es cargar la suerte, sin exageraciones, embarcar la embestida y rematar el lance. Con el capote enganchaba al toro en los vuelos el capote, meciendo la embestida como si acunara a un niño. Una, dos, tres, cuatro verónicas y la media enroscándose el burel a la cintura. Una media belmontina, pero quizás más estética aún si cabe. Con la muleta en la mano era un maestro y un exponente muy claro de lo que es el toreo hondo, con pases profundos, que no largos necesariamente. En el toreo de Antoñete, como en el torero clásico, los pases no pueden ser muy largos, o no tanto como quieren hacerlos ahora. Es muy fácil poner los límites; desde donde el torero puede poner la tela adelantando la mano, hasta justo detrás de la cadera cuando se remata atrás. Eso hace que el lance sea hondo. Hoy prima la longitud más que la “jondura”. Ahora no se duda en alargar el brazo con la muleta torcida para tirar del toro con el pico y describir una amplia línea alejada del matador, para acabar allí en las lejanías de éste con un mantazo que no hace otra cosa que vaciar la embestida.

Cualquiera que se detenga en analizar el toreo de Antoñete verá qué él, como cualquier clásico, se traía el toro hacia su cuerpo bajándole la mano, para despedirlo detrás de la cadera, haciéndole describir un arco. Y no me voy a meter en eso de la “geometría del toreo” porque ya ha habido gente mucho más sabia que yo que lo han explicado mucho mejor de lo que yo pueda soñar.

Pero ¿dónde está esa pelea de Antoñete contra Antoñete? Pues justamente en el momento en que el torero se convierte en comentarista. Es una de las contradicciones más grandes del toreo: lo que el matador hizo y lo que el comentarista dice. Y es que según el segundo, el primero era un vaina y según el primero, el segundo es sólo palabrería. Ignoro lo que ha empujado al maestro a tal situación, aunque me lo puedo imaginar, pero, en ocasiones, las personas asumen un papel, aunque sea sin querer, al que no pueden renunciar. O sí, pero causando un daño muy grave. Un símbolo de la torería y del clasicismo no puede venderse descaradamente al puro mercantilismo porque lo que consigue es tirar por tierra toda su obra anterior y equiparar la vulgaridad imperante con aquello que era puro arte.

Pero para que nadie se olvide de lo que era torear, aquí dejo una muestra, que no quiere decir que sea lo mejor del maestro de Madrid, pero que si sirve para que el que quiera enterarse, pues que se entere y el que no, sólo tiene que sintonizarle cualquier tarde en cualquiera de las retransmisiones con que nos “obsequia” la prensa del movimiento.