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martes, 18 de marzo de 2025

Cuidado con atender lo que proponen los antis

Si esto molesta a antis y taurinos, pues nada, se quita y punto, aunque la verdad es que ya llevamos bastante adelantado en este plan.


Constantemente escuchamos la amenaza que suponen los antis para los Toros, ellos son aparentemente el único peligro que nos acecha. Que sí, que luego vemos las concentraciones en contra de la “tauromaquia” en que no juntan gente casi ni para sostener la pancarta y nos reímos y hacemos burlas, pero luego resulta que son la fiera corrupia que nos va a devorar, son lo único. Pues no son lo único, pero sí que son un peligro para esto que nos apasiona, por supuesto. Que peligroso es lo que dicen, casi siempre barbaridades paridas por la ignorancia, por un profundo desconocimiento de lo que son los Toros, de lo que es el toro, el rito, la afición. Que lo ven como que unos señores van a disfrutar viendo sangre, viendo morir a un animal, a un señor pinchándole cosas. Que cómo dice un amigo, si esto fuera así, en los mataderos habrían puesto gradas y cobrarían entrada. Que habría que preguntar a más de uno que afirma tal memez, si nos considera un bárbaro, un sanguinario, un ser sin sentimientos, ni humanidad, después de a lo mejor haber compartido con nosotros horas y horas de amistad. Pero esto es capítulo aparte, que los antis van cómo van y transitan por dónde les da la gana. La cuestión ahora es que desde hace un tiempo los propios taurinos, los que viven, los que se lucran de esto, se han lanzado en brazos de estas barbaridades y empiezan a ver con buenos ojos lo que a los aficionados les resultaría inadmisible de todo punto y, por supuesto, el fin de los Toros, el fin de este animal.

Que a nada que uno piense, el no ver con malos ojos ciertas cosas, como las corridas sin sangre, es porque piensan que esa sería una vía para mantener su negocio durante diez minutos más. Que ahora nos cuentan desde México eso de las corridas solo de capote y muleta, que cada capítulo, porque no me atrevo a llamarlo lidia, dure un máximo de diez minutos y que pasado ese tiempo, el toro se devuelva a a finca. Señor ganadero, ¿que usted ha vendido una corrida? Pues tranquilo, que ahí va de vuelta. Y haga usted con ella lo que considere. Que igual el propio ganadero opta por el matadero, pero eso no creo que les importe a los antis, porque dentro de su propia ignorancia, estos no serían capaces de llegar más allá.

Pero a aquellas voces de toreadores profesionales, porque parece ser que lo de ser matadores de toros igual les ofende, aquellos que decían sentir pena al tener que matar un toro, véase el señor Castella, ahora tenemos al señor Haces, don Pedro, don Bull para los colegas, quién suelta que o se implantan las corridas sin sangre o que esto desaparecerá. Vaya con el visionario, el mismo que ya ha hecho ensayos en el que el velcro era el gran protagonista del show. Pero la cosa no para ahí, porque resulta que este señor, don Toro, es parte activa en la plaza de Madrid. No me dirán que la cosa no pinta de lujo. Un panorama como para darse a los ansiolíticos, como para hacerse empanadas de lorazepan. El señor de los cruceros por un lado, el señor de la taugomaquia y los tascurrios por otro y el del velcro por otro, todo ello controlado desde la administración por el caballero que igual es un tipo estupendo, pero que de momento no da ni para leer la lista de la compra sin trastabillarse. Que ya me le veo pidiendo sod cabanalices, una zahonaria y treses likos de rajanas.

Y a todo esto, rezando para que el cielo no se nos venga encima, como temía el bueno de Obelix. Que parece algo de tebeo, pero si uno entra en la plaza de las Ventas, el cielo no, pero démonos con un cantito en los dientes si no se nos cae el techo antes de sentarnos en los tendidos, o que estos no se nos desmoronan a nuestros pies, que lo de esquivar baldosines desprendidos, rodapiés en el suelo o jóvenes ansioso en busca del alcohol botellonero al acabar un festejo, eso ya lo tenemos bien trabajado. Y así pensando en todo esto, ¿ustedes creen que los antis no tienen para celebrar? Que ya es lo último de lo último, que los que supuestamente son sus enemigos, ahora resulta que son los mayores defensores de tus reivindicaciones ignorantes y sin fundamento, más allá del pretender un mundo, una naturaleza enmoquetada en la que los seres humanos si piensan en comer, que es algo que deberían desterrar de sus costumbres, lo harían recogiendo bayas del monte. Que no quiero ni pensar en cómo se pondría la sierra de Madrid a eso de las dos de la tarde, con todos los madrileños buscando bayas ¡La locura! Que habrá quién diga que lo que sea, con tal de que puedan seguir yendo a merendar a una plaza o hacerlo frente a la tele, porque si no, ¿qué vamos a hacer por las tardes? Que no sé qué pensarán ustedes, pero cuidado con atender lo que proponen los antis.


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lunes, 12 de febrero de 2024

Esto no va de mayorías o minorías

Al final son minoría los que se ponen y lo hacen sin trampas, los que lo quieren ver sin que les engañen los que viven esto sin importarles si son o no de cualquier mayoría, porque eso no les incumbe


Un argumento de peso para muchos, un argumento al que se agarran para vaya usted a saber qué, es eso de lo que interesa a la mayoría o solo a una minoría. Que esto viene muy bien para que todo el mundo se adapte a un pensamiento determinado, a una moral supuestamente buena y acorde al bondadoso sentimiento del espíritu que esté de moda en cada momento. Así de simples somos. Que ahora resulta que los toros es algo que solo interesa a una minoría, bien, vale, lo que quieran, no voy a entrar ahora en cuestiones estadísticas y menos para valorar un hecho social. Porque si entramos en eso de las estadísticas, como parece que pretende hacer con el mundo antitaurino, incluidos los que ostentan cargos en gobiernos, podemos entrar en una deriva muy complicada y por supuesto muy empobrecedora. Es verdad que así se podría adoctrinar con eficacia a la “mayoría”, pero… ¿Se han pensado realmente en las consecuencias? Que esto puede ser un rasgo magnífico que nos permita percibir una aplastante ignorancia sobre el tema en cuestión y sobre el personaje del que se trate, incluido un señor ministro de cultura. ¡Ministro de Cultura! Pero como autoridad que es, obedezcamos y corramos a aplicar el sentido estadístico a la vida.

España es un país con una indudable y potente cultura, pero hay que reconocer que hay aspectos, muchos, que no tienen el predicamento que algunos desearían y solo interesan a minorías, y en consecuencia, ¿por qué no eliminarlas y excluirlas de momento de ministerios y organismos de la administración de los que se espera cierto apoyo? Que levanten la mano los que se consideren amantes de la ópera, la música clásica, incluso del folklore de los pueblos del país, la poesía, la pintura, aparte Antonio López que gusta a todo el mundo, de tantas y tantas manifestaciones artísticas que por otro lado mueven grandes sumas de dinero… Nos quedaría un mundo de lo más particular, ¿no creen?  Qué bonito sería que nos moviéramos todos con el mismo ritmo, la misma cadencia, a la misma hora, en los mismos lugares y con las mismas cosas, aunque… Bueno, de momento no todo está perdido.

Hay que proteger a las minorías, por supuesto y a veces hasta promover lo que a estos persuade, porque puede ser que sea el desconocimiento lo que impide que el caso no llegue a más gente. Y en esto de los toros, ¿qué les voy a contar? Esto de los toros presenta de primeras muchos obstáculos que parecen insalvables y que solo se pueden superar con el conocimiento, el intentar entender qué hay dentro y alrededor de los toros. Y para conseguir esto, desafortunadamente, los taurinos colaboran más bien poco o nada. Que ellos mismos, los que se quejan de que se arrincone al mundo de los toros, son los primeros que condenan a sus minorías y pretenden y hasta exigen su desaparición total y absoluta. No consienten que nadie ponga en duda ciertas prácticas, al que saca a la luz el fraude lo tildan de derrotista de anti, cuando a veces esa falta de sentido crítico por la que abogan es el mayor de los males de la fiesta de los toros, incluso hasta más que los propios antis. ¿Y por qué digo esto? Muy sencillo, porque si se meten debajo de la alfombra los males, los errores, aquello que carcome en este caso la fiesta, nunca podremos llegar a eliminar la peste y no solo nos fortaleceremos esto que nos apasiona, sino que lo iremos convirtiendo en algo débil. Si atacamos sus fundamentos solo haremos que esto deje de tener sentido.

Pero siguiendo por las minorías, las cuales no son ni buenas, ni malas, ni regulares, solo son minorías, lo que tampoco es admisible es satanizarlas y convertirlas en un enemigo. No puede consentirse que los que gusten de ir a los toros sean unos enemigos a los que batir. Que entre estos puede haber eminencias médicas, grandes artistas, cocineros, hombres de empresa, misioneros en el Congo o simplemente un tío que saluda cordialmente a los vecinos del barrio. No se puede pensar que cuando uno se aficiona a los toros, en ese mismo momento llega Belcebú y le unge con la marca del mal eterno. Porque también, entre otras muchas cosas, estaría bien que se le permitiera a los aficionados explicar su pasión, lo que esta les provoca, lo que esta les genera y lo que es para ellos el toro. Eso sí, cuídense, por favor, de esos entes que unen la falta de toros con la sequía, los toros con la testosterona, el ir a la plaza con un gran botellón y el consumo de alcohol a cubos y hasta con esos que restringen los toros a su españolidad, entre otras cosas, porque la españolidad es mucho más que eso, aunque nadie niegue el carácter profundamente ibérico de los toros, del mismo modo que los toros ya no son desde hace siglos, algo exclusivamente español y de la península, afortunadamente. Dejémonos de tópicos estúpidos, sin sentido y sin ajustarse a la realidad. Y al final, después de dar tantas vueltas, resulta que esto no va de mayorías o minorías.

 

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domingo, 7 de enero de 2024

Los toros en la vida

A veces los toros están tanto en nuestras vidas, que hasta hay sitios en que te los encuentras hasta por la calle.


Es muy frecuente encontrarse con gente a la que no solo no interesa esto de los toros, sino que están en contra de todo lo que huela a toro, vaca, torero o hasta pasodoble taurino, pero ni ellos mismos son conscientes de lo mucho que tienen que ver con todo esto, aparte del lenguaje que les salpica continuamente cuando dicen con toda autoridad eso de cambiar de tercio, perder los papeles, en corto y por derecho, desde la barrera, brindis al sol y un largo etcétera, pero… ¿queda ahí la cosa? Ya les digo yo que no. A ver, piensen simplemente en un viaje en avión, la nave ha aterrizado y ya tienen ahí a todas las señoras y señores pasajeros como si esperaran en la manga para que les rociaran el lomo de zotal. Callan, no suelen ni rechistar, hasta que el vaque… perdón, la tripulación abre la puerta y salen a la carrera por ese pasillo cerrado, en tropel, que si se les pone delante el mundo, arrasan con él y se lo llevan puesto por montera. Hasta que llegan a la sala, al cerrado, y ya se dispersan y se calman.

Pero qué me dicen de esos que antes, en el mismo aeroplano, se tienen que acomodar y empiezan a moverse sin parar, a dar patadas como si estuvieran desembarcándolos en la plaza. Y no les digo nada de la que montan para meter el baúl de la Piquer en los compartimentos sobre los asientos. Pum, pam, zas, venga golpes. Que hay toros a los que les ponen la divisa y no dan tanta bulla. Pero, qué me dicen de la salida de un colegio, con los padres en la puerta, ansiosos, berreando para que su ternero les identifique entre esa masa de progenitores. Y de nuevo alguien da la salida, los maestros, y los añojos salen en estampida y el ambiente se llena de un eterno berreo, ¡Mamá! ¡Papá! ¡Jonatan! ¡Lucas! ¡Abuelo! Pero oiga, que todos identifican los mugidos familiares y al final cada uno encuentra a los suyos.

Y ahora, pongámonos en situación, vayamos al campo y esperemos al atardecer a un señor entrando en un cercado, a pie, con un saco al hombro y todos los animales, erales, utreros, cuatreños, van como corderitos detrás del hombre del saco esperando que el pienso caiga y casi sin que toque el suelo merendárselo. Pues bien, ¿alguna vez han ido a un cóctel’ ¿Quién no ha ido nunca a un cóctel? Pues seguro que identifican la imagen de la gente arremolinada a la puerta de las cocinas y en cuanto sale una bandeja con camarero debajo, o al lado, se tira enajenados a por el canapé, tantas veces como bandejas crucen esa puerta del cielo, sin apenas preguntar si son de paté, carne, pescado, veganos, pseudocaviar, pseudoangulas, pseudo lo que sea. En ese momento les preguntas cuál es su canapé favorito y te responden que el de comida.

Que no crean que a algunos en ocasiones, en muchas ocasiones, no nos gustaría parecernos a un toro, poseer su valor, el no volverle la cara a la pelea, su nobleza, esa casta que les hace aprender para ganar en la lucha, ese poder, esa fortaleza y desde luego, esa belleza natural de un animal único ya admirado cuando la civilización aún estaba en mantillas, objeto de artistas, de representaciones simbólicas en las cavernas, convertidos en deidades, mitos guardianes de laberintos, toros blancos momificados como reyes, protagonistas de juegos en tiempos en que los dioses olímpicos habitaban en las cumbres de los montes, figura central en los lienzos de genios del pincel, don Paco, don Pablo, y eje del último rito casi mitológico que queda en la vieja Europa y uno de los últimos del globo. El toro, al que se teme, se admira y se ama por igual, el que deja mudas las gargantas, al que aún se le puede ver arrancándose de lejos peleando en el caballo, queriendo coger los engaños con saña y que lo mismo te entrega la gloria, que te quita la vida en ese camino a la gloria. Yo quiero parecerme al toro, me identifico con él, él hace que alabe al torero, que me conmueva su valor, el poder de la inteligencia sobre un vendaval. Porque sin el toro, no hay héroes en el ruedo, sin el toro, nada de todo el rito es justificable y pasa a ser una pantomima insoportable. Solo el toro tiene el poder de convertir esto en grandiosidad, en una gran ola que cubre el mundo y a la que no son ajenos escritores, artistas, músicos, escultores, pintores, nadie que tenga la suficiente sensibilidad para ver y entender al toro y darse cuenta de que quieran o no, siempre encontraremos a los toros en la vida.

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miércoles, 6 de septiembre de 2023

Ante todo, ser educados

El estar en una plaza de toros también exige educación, aunque en esto, como en la vida... Pero eso no nos puede hacer que nosotros abandonemos las normas de civismo que faciliten la convivencia... con todo el mundo


Los antis y gentes que no se han acercado a los toros ni por la acera de enfrente de estos, tienen la creencia, el firme convencimiento, de que los que nos hemos aficionado a esto somos unos bárbaros, una mezcla de Atila, Fu Manchú, el Sacamantecas y la Niña de la Curva. Y ya, si hablamos de ir a la plaza con cierta regularidad, Pedro Botero se ocupará de hacernos pagar nuestros pecados contra la moralidad y la humanidad moral y humana. Que no conciben que después de volver de los toros seamos capaces de darle un beso a nuestros, con lo cual ya excluyen a una buena parte de aficionados, porque los que aún no tienen progenie no pueden mostrar tal rasgo de perverso cinismo. Pero lo que no podemos hacer los que gustan de ver al toro en su máxima expresión de poder y fiereza, es achicarnos y dejar que ahí nos las den todas. Hay que actuar y actuar ya, hay que convencerles de que aunque no profesemos esa fe, su fe, su ética y moralidad imperante, tampoco somos para echarnos como pasto de bestias carroñeras. Que no, que algunos no comulgamos con su fe, pero no porque nos gusten los toros, que eso no tiene nada que ver; que igual es que simplemente ni la compartimos, ni la queremos compartir, porque no la entendemos, porque la entendemos y nos parece… Bueno, que no nos gusta y ya. Pero ya digo, no nos quedemos parados, actuemos y para empezar, mostrémonos como seres educados, cívicos, que vivimos en sociedad, integrados en un mundo que tenemos que compartir con todos y ellos, por supuesto, con nosotros. Seamos, ante todo, educados, que por la apariencia al menos derribamos ya algún que otro prejuicio. Que igual se sorprenden de que no babeemos sangre, de que no arrastremos jirones de las entrañas de la última presa que acabamos de devorar; y si ya llevamos un libro debajo del brazo, entonces, apartémonos, porque les puede explotar la cabeza y ponerlo todo perdido de prejuicios pacatos y antitaurinos ¡Tos pa’ tras!

Siempre con la educación por delante; así, si viajamos en el metro o autobús, deberemos ceder el asiento si entra un vegano o alguien con una pegatina con el lema “la cultura no es…” o similar, como esas en las que se ve un toro desangrándose por la boca. En estos casos les falta la segunda parte de la pegatina, esa que ellos suponen que se ve a la gente en los entendidos aplaudiendo sin medida contemplando el chorro de sangre, tan lejos de esa realidad en la que esa misma gente se enfada, protesta y censura semejante espectáculo. Que no les culpo por esta interpretación, porque es lo que pasa cuando no has pisado una plaza de toros en tu vida y además prefieres guiarte por tópicos malintencionados antes que intentar enterarte mínimamente de lo que es esto. Pero hablábamos de educación. Después de ceder el asiento a veganos, antis y demás ignorantes del toreo, si estamos en un restaurante y pedimos un chuletón y el camarero nos indica que curiosamente es el último que les queda, en ese momento deberíamos reaccionar y rechazarlo de plano, cederlo por si algún vegano se encapricha; que no se quede sin comer por nuestra culpa. Ya nos comeremos nosotros el filete de tofu que parece carne, pero no lo es, o las salchichas de calabaza, que parecen de cerdo, pero que no lo son. Que curiosamente, aún no he visto las acelgas de ternera, que parecen acelgas, pero es ternera. Será porque los bárbaros del chuletón, como los de los toros, no necesitamos disfrazar nada para que el trago nos sea más leve.

Pero continuemos con esta lección de civismo que se atreve a dar un aficionado a los toros ¿Cabe mayor descaro? Al entrar en un avión, en un tren, en un autobús de largo recorrido, antes de ocupar nuestro asiento, preguntaremos a todo el pasaje si hay algún anti, vegano, ovolacteovegetariano o similar y amablemente les cederemos el pasillo, la ventanilla o lo que mejor les venga y nosotros ocuparemos el lugar que ellos desechen, que para eso estamos. Si tales compañeros de viaje deciden ponerse a hablar por el móvil o a escuchar música, su música, a todo lo que dé, no seamos tan poco comprensivos como para pedirles que usen auriculares, aplaudamos los últimos éxitos de William Javier Montesinos o la Trapi y si es necesario, acompañemos con palmas animando a todo el bus, todo el vagón o todo el vuelo charter con destino a Tierra Santa, previa escala en Barcelona. Seamos comprensivos, educados, cívicos, aunque no compartamos esa ética, esa moralidad, esa postura en armonía con la naturaleza, con el Amazonas recién enmoquetada, con la inmensidad del desierto con cobertura en todo su ser, porque podemos ser aficionados a los toros, podemos conmocionarnos al ver hacerse el toreo, admirar la bravura, la casta y el poder de un toro, pero no nos olvidemos, ante todo, ser educados.

 

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jueves, 30 de abril de 2020

Sin público, sin aficionados, sin toro, sin nada


¿Hay alguien ahí? Sí, los de la tele. ¿Pero hay alguien ahí?




Demasiado a menudo se escucha, cuándo quieren justificar los regalos de despojos, que esto de los toros es una fiesta del pueblo, aunque igual no se les entiende bien y lo que quieren decir es que es una fiesta para sacarle la pasta al pueblo y en agradecimiento les reembolsan con casquería a tutiplén. Y que si para intentar llenar la bolsa hay que prescindir del pueblo, pues adelante con los faroles. Total, ¿qué más da? Que hoy en día, con los adelantos de la técnica se puede suplir al respetable con mil y un artilugios. ¿Qué no se oye el rumor de la gente? Unos altavoces así, bien gordos, que haga retumbar los muros del templo de Salomón. ¿Qué no hay quién pida los despojos sacudiendo pañuelos al viento? ¡Naaa! Manden un mensaje al 3232 con la palabra “despojo1” o “despojo2”, si quieren que estos sean dos y si han de ser más, manden los dos mensajes juntos. O bien, voten en nuestra cuenta de tuiter o de güasad, indicando su nivel de agrado, con las siguientes palabras: “bueno, no ha estao mal”: “ha estao por encima del toro”; “Olé los toreros güenos”; “Hay que abrir la puerta!; “Inmenso”. Y en cuanto a los toros, solo se admitirá el mensaje “este toro es de vacas”, no admitiéndose ningún otro. Eso sí, yo quiero verles dar la vuelta al ruedo a una plaza sin un alma, aunque igual tampoco es demasiado inconveniente, bastaría con ir repartiendo a lo largo de las tablas, de forma estratégica, ramos de flores, botas, puros, manojos de espárragos o gallinas boca abajo. Y ahora que me digan a mí que para esto de los toros hace falta público. ¡Anda ya!



Aunque lo mismo, pensándolo bien… Que a lo mejor no es momento de poner esto en manos de la tecnología, de los adelantos inventados por el hombre blanco, ni los cerebros del oriente, que igual la cuestión es pararse un segundito nada más y volver a recapacitar sobre lo que es esto del toro y no echarnos sin reservas en los brazos del e.taurus versión 2.1. No parece muy aconsejable que para salvar la cartera de cuatro se eliminen a alguno de los actores de la fiesta de los toros. Que la demagogia puede ponernos por delante justificaciones casi humanitarias, salvar una res, salvar una ganadería, minimizar el desgaste económico de tal o cual señor, lo que me recuerda a quel final de la Lista de Schlinder en el que el protagonista se deja llevar un tanto por la sinrazón, pero los parches nunca han sido buenos, si acaso los medicinales que calman el penar de los pacientes, pero que solo palían el mal, sin ponerle un remedio definitivo. Que si solo vamos a lo económico, lo mismo estamos tirando de la manta para taparnos las orejas y dejamos los pies al aire, para que se nos acabe llevando por delante nuestra fiesta una pulmonía doble. Que a otros parece que les han entrado ahora las prisas y solo quieren que les arreglen lo suyo y nada más que lo suyo, porque la fiesta les importa entre poco y nada.



Nos viene ahora un señor con que tiene que sacrificar la mitad de su ganadería, como si las circunstancias actuales fueran la causa definitiva de ello, como si no lo tuviera decidido hace tiempo, como si la causa real no fuera la inviabilidad de una vacada sobredimensionada, como tantas otras, porque un día solo se pensó en lo económico, en ampliar el negocio y no en otras cosas, como la buena salud de la ganadería o, yendo más allá, de la fiesta en si. Y si de parches hablamos, ahora nos viene la tele oficial del taurinismo y dice que quiere dar festejos a puerta cerrada, en los que por supuesto que caben todas las ocurrencias y barbaridades que se puedan pensar y que el absurdo ya apuntaba unas líneas atrás. Que igual nos vienen con el caramelito de que habrá encastes variados y toreros no habituales. Parche, parche y otro parche más. Porque díganme ustedes qué hierros se verán agraciados con la lotería de la tele. Pero si así calmamos el rugir de nuestra conciencia y hasta lo podemos vestir de mérito protaurino, pues nada, los disfrazamos y que salga el sol por “ande quiera”. Y si a este engendro no se apuntan las figuras, pues ya saben ustedes, que dicen que si se pagan los mínimos y entonces el parche ya gusta poco, ya gusta menos que uno de nicotina en un ojo. Eso sí, sin personal, el Valhala taurino, torear sin nadie que reproche nada, que pida nada y que censure nada. Así lo ven ellos, el público molesta, el aficionado molesta, porque es el que no les permite el confort del hacer de su capa un sayo. Eliminamos a uno de los actores principales de la fiesta y todos tan contentos. O igual público si quieren, porque estos son los que ponen la guita por delante, que escala en la bolsa del empresario, termina en sus bolsillos. Quieren esa fiesta liberalizada que les permita campar a sus anchas. Y sí es verdad que el público mantiene esto económicamente, pero el aficionado es el que hace que la degeneración no avance, el que lucha por mantener las esencias de todo esto, el que exige el toro íntegro, el que no traga con el toreo trampa y el que puede hacer que no siempre sean los mismos, los mismos hierros, ni los mismos toreros. El aficionado es uno de los contrapesos de la fiesta, o debería serlo, en oposición a los toreros, ganaderos y empresarios, cada uno por su lado, aunque en los últimos tiempos más parece que el aficionado se encuentra solo ante los otros tres estamentos, lo que se viene llamando “taurinos”. Que igual estos caballeros no son conscientes de adónde nos puede llevar todo esto, ni las consecuencias, ni dónde está el final del camino, quizá más cerca que lejos, pero lo que está claro es que su objetivo, aunque no sean conscientes del todo, es una fiesta sin público, sin aficionados, sin toro, sin nada.



Enlace programa Tendido de Sol del 26 de abril de 2020:

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miércoles, 22 de abril de 2020

La naturaleza desbocada


Quizá no solo no sea posible volver a la edad de las cavernas y además, no parece muy recomendable

La verdad es que no me gusta eso de que no hay mal que por bien no venga, porque mejor es que el mal no aparezca y que el bien nos llegue cada mañana, como tampoco me agrada eso de que hasta del infortunio hay que sacar enseñanzas positivas, pero así es la vida y no la vamos a cambiar ahora, aunque bien es cierto que de todo se pueden sacar conclusiones que nos pueden venir bien, si es que nos aplicamos en ello, porque también puede ser que no y que permanezcamos en esta negra ignorancia.

Uno de los argumentos de muchos urbanos ecologistas es el pretender que se deje la naturaleza a su aire, dejar a los animales en paz, sin cazarlos, sin regular su población o, como en el caso de los toros de lidia, permitir que anden a su aire en la dehesa, que se les eche de comer, sin mentar ni de lejos una plaza de toros. Tal cual como en los tiempos en que nos cubríamos con pieles de los animales que cazábamos, por cierto, y que nos alimentábamos de bayas, frutos del bosque y la escasa carne cruda de los animales a los que “arrebatábamos estas pieles.

Eso quizá estuviera muy bien en aquellos años en que el urbanismo era cosa del diablo, cuándo los loft se reducían a un rincón en dónde acurrucarse en una cueva, cuándo la expresión artística era pintar ciervos, búfalos, mamuts y toros en la gruta y cuándo, desde luego, no había wifi para watshapear con los neardenthales que conocimos recogiendo moras. Pero si ahora dejamos a los animales a su aire, puede pasar lo que está pasando, que los animales se desmandan, que las poblaciones se disparan en unos casos y en otras quedan muy mermadas porque no hay quién las atienda, cuando no es que sus depredadores se han multiplicado sin medida. Otros atacan directamente a plantaciones de frutos, con el perjuicio que esto acarrea para el ser humano que no tiene acceso a las bayas y se tiene que alimentar de lo que se siembra en el campo, eso que se ha dado en llamar agricultura. Y precisamente para que se alimenten los que habitan en eso que llaman ciudades. Vaya, que se nos está empezando a resquebrajar el mito de la naturaleza a su aire, o cómo diría el clásico, a su p… bola.

Pero miren, al menos con esto de la pandemia y el tenerse que quedar en casa lo mismo neardenthales, que cromagnones, que ecologistas/ veganos/ almas puras/ que malajes carnívoros, van a dejar a los toros en el campo, sin que nadie les moleste, sin que nadie les muestre trapos rojos provocadores. ¿Seguro? Pues no, la vida no es tan simple. Quizá precipitadamente, no digo yo que no, pero ya ha empezado el desfile de reses al matadero. Algo que si no era hoy, tenía que llegar. Que bien, un toro de lidia sacrificado en un cajón con una descarga, en el mejor de los casos, desollado casi cuándo aún le queda resuello, en demasiados casos. Que bonito espectáculo, ¿verdad? Una maravilla. Que habrá a quién le parezca más justo, más ético y de mejor persona. Pues si así lo creen, perdonen y permítanme que les diga que desconocen de medio a medio la naturaleza de lo que llamamos toros de lidia. ¿Sufrimiento? Pues no me atrevería a asegurar que el matadero les estrese más que una plaza de toros. Que aunque les parezca inverosímil, en esta la sangre se evita mucho más minuciosamente que en un matadero industrial.

En una plaza de toros el hombre aprovecha el instinto de un animal, el toro, que nació y está configurado morfológicamente para luchar, para pelear hasta la muerte si es preciso. Igual que el caballo o el galgo viven para correr, los perros para cazar o los pájaros para volar. Díganme en qué caso defendemos la dignidad de este animal en un matadero, cómo dejamos que aflore su instinto. Que una cosa es la idealización que podamos recrear en nuestra cabeza, tan llena de bondad, buenas intenciones y supuesto amor a los animales y otra la realidad, el resultado de millones de años de un laborioso proceso llevado a cabo por la naturaleza. Que no discuto que a ustedes no les gusten las corridas de toros, si hasta puedo llegar a entenderles y soy capaz de ponerme en su lugar, pero a cambio, ¿por qué no intentan ponerse en el lugar del toro? Que aunque ustedes crean lo contrario, no creo que hayan podido conseguirlo jamás. Bueno, sí, se ponen en lugar del toro, pero sin perder su condición de bípedos animales racionales. Eso no me vale. Cómo apuntaba Luis Landero, intenten ser toros, ¡qué gran afán, ser toro! Pues pónganse a ello y si les cuadra y tienen wifi, háganlo mientras ven embarcar toros cuajados de cuatro años camino del matadero. Y piensen que si esto de los toros se acabara mañana mismo, tendrían que ampliar la potencia de su wifi, porque entonces los vídeos se multiplicarían exponencialmente con vacas y terneros yendo en busca de ser apuntillados o electrocutados. Y sdi quieren, a continuación deténganse un instante viendo un tercio de varas, ese momento en que se pica al toro desde un caballo. Contemplen al toro arrancándose de lejos al peto, despreciando cualquier oportunidad de huida y vean cómo jinete y montura bailan sobre los pitones conducidos por la fiereza, la casta y la bravura. Entonces, no les quepa duda, ustedes sabrán de verdad lo que supone y lo que es la naturaleza desbocada.

Enlace programa Rendido de Sol del  19 de abril de 2020:
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miércoles, 15 de enero de 2020

Que no nos quiten nuestra libertad


La esperanza de verlo siempre

Está el patio un pelín revuelto, con algunos creyendo que se nos van a limitar las libertades y el derecho a decidir en muchos aspectos y más concretamente en lo que respecta a los toros. Y la verdad, es para pensárselo, aunque quizá puede que lo que haya que variar es el punto de mira y ampliar la defensa de los flancos y no quedarnos solo en lo de hacer frente a los ataques antitaurinos. Que no digo yo que nos olvidemos de ellos, ni que los infravaloremos con eso de que van cuatro a manifestarse contra los toros, ni mucho menos. Hay que tenerlos siempre muy a la vista, pero cuidado con el que pueda estar a nuestro lado en la trinchera, no vaya a ser que a las primeras de cambio nos liquide con eso que eufemísticamente llaman fuego amigo.

Hay amenazas como las que planean sobre los aficionados de Madrid, que no se pueden desatender ni por un segundo. Y digo aficionados, porque al público le afectarán muy poco los desmanes que se perpetren en la capital. Que a estos seguro que no se les privará de que una tarde al año puedan merendar en las Ventas, con sus yintonises, canapés y bocatas de dos palmos y ya puestos, igual sazonan la juerga con algún despojo generoso. Pero, ¿y el aficionado? ¿Podrá seguir manteniendo la temporada de Madrid? ¿Podrá seguir viendo su ruedo como siempre y con el toro que siempre ha exigido? Esto depende del que supuestamente está a su lado en eso de la defensa de la fiesta, y que no le tire con lo de reducir el ruedo, acortar festejos y prácticamente limitar los toros en Madrid a San Isidro, Otoño y tres días más por aquello de no cortar en verano durante tres meses sin festejos.

Que ya es una señal de que las cosas no van bien si te tienes que encontrar con alguien en una trinchera, pero parece que ese es el panorama que nos quieren pintar. Nos marcan el enemigo, aquel con quién tenemos que ir en contra, que no es que esté fuera de lugar, el problema es ese, que no es el único que nos debe preocupar. Nuestros males pueden llegar directamente de la oficialidad del mundo del toro. Nuestras penas pueden nacer, crecer y hacerse ingobernables en el momento en que la autoridad, los políticos, los partidos en el poder cedan a los caprichos de estos que señalan a otros, queriéndonos convencer de su santa y pueril inocencia. Si nos detenemos en la Comunidad de Madrid, basta ver cuales son las primeras medidas de calado que ya están sobre la mesa, las obras de las ventas, que son absolutamente necesarias, pero con la receta añadida que tanto desean ganaderos, toreros y demás satélites de este tinglado, achicar el ruedo y dejar sitio para zonas vip que alicaten hasta el techo el bolsillo de los señores empresarios de Plaza 1. Todo sea por el negocio, todo sea por el auge de la hostelería en la plaza de Madrid.

Y ya puestos, a ver si la cara visible de la empresa consigue su propósito y el de gestores precedentes, acortar considerablemente, si no eliminar, la temporada capitalina. Llevan años queriendo demostrar la hipótesis de que tal temporada no es rentable. Y por supuesto que no es rentable, ¿cómo va a serlo con semejantes carteles? ¿Cómo va a serlo cuando en todo el verano se dan un par de corridas de toros y mil novilladas con espadas que en la mayoría de los casos vienen a la desesperada, a ver si suena la flauta y les toca el gordo de Navidad en julio y agosto? Estos señores y los anteriores y los anteriores, pusieron todo su empeño en hacer que el madrileño perdiera el hábito de ir los domingos a los toros y vaya si lo han conseguido. Y eso es lo peor que podría pasar. ¿Por qué? Pregunten a los aficionados de Barcelona. Que sí, que los habituales eran unos pesados de tomo y lomo, que exigían el toro, exigían a los de luces y no le pasaban una a las empresas correspondientes. Que los transeúntes cegados por el paisanaje son mucho menos incordiones, mucho más amables y verbeneros, pero esos, esos que tanto ánimo ponen para acompañar al paisano recorriendo kilómetros y kilómetros, esos no sustentan, ni mantienen ninguna plaza. Que igual no han conseguido ni mantener la suya, como para mantener la plaza de Madrid. Pero los señores empresarios insisten en eso, en quitarnos la libertad de poder ir a los toros todos los domingos de la temporada madrileña, como toda la vida de Dios. ¿Y qué esperanza nos queda? Pues esa, que los políticos, que los responsables y propietarios de la plaza hagan oídos sordos a esos caprichos de pan para hoy y miseria para mañana, manteniéndose en su sitio ty velando por la afición de Madrid. Porque como ya caiga Madrid… Y a ver si así al menos conseguimos eso tan preciado para los aficionados a los toros, que no nos quiten nuestra libertad.

Enlace programa Tendido de Sol del 12 de enero de 2020:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-12-ene-2020-audios-mp3_rf_46403259_1.html

miércoles, 8 de enero de 2020

Vaciando los altares


De momento nos quedan algunas divinidades en nuestros altares. Quizá el más grande, Joselito

Muy a menuda se habla de esto de los toros como algo que va mucho más allá de una simple afición, de un espectáculo o de un entretenimiento, llegando a asimilarlo casi con una religión, con sus ritos, santos y divinidades a las que entregar el alma taurina, cuando este precisa de alimento espiritual. Y como toda religión que se precie, en los toros también encontramos nuestros altares habitados y dedicados a los que, de alguna manera, un día engrandecieron esta fe. Pero ya se sabe, una cosa es tal fe y otra sus feligreses, que, como en todas las religiones, también cuenta con esos elementos que predican más en favor propio, que no para honrar a la divinidad, ni para transmitir las enseñanzas que esta nos legó.

Aunque no vistieran de luces, ni criaran el toro bravo, los aficionados a los toros ofrendaban y dirigían sus oraciones taurinas a santos y mártires como Lorca, Goya, Picasso y otros tantos. Si bien es verdad que, a veces, pretendiendo inconscientemente emparejarse en sensibilidad y genialidad con esos ilustres aficionados, aferrados al hecho de compartir fe taurina. Pero hete aquí que a modo de reformistas luteranos aparecen los fieles de la doctrina antitaurina y nos quieren robar a nuestros santos; y no se crean que empiezan por lo bajo, que tiran directamente a lo más alto de la corte celestial taurina, a don Paco el de los Toros, a Goya. Que ahora se convencen y nos quieren convencer del antitaurinismo de don Francisco. Que no creo que haya mucha opción a debatir sobre ello, pero ojito con la mala baba que vienen estas huestes antis. Que la cosa va más allá, la cuestión es esa, querer vaciar de todo a los toros. Neguemos la sensibilidad, neguemos la posibilidad de que nuestras divinidades pudieran acoger el más mínimo aprecio por la fiesta. Que si cala eso de que Goya estaba en contra de esto, ya podemos enfangar a cualquier hijo de vecino, llámese Picasso, Lorca o Miguel Hernández. Quien incluso vivió escribiendo de toros. Despojemos a estos primitivos seres que van a las plazas de toda cualidad humana, acerquémoslos a los animales y habremos descalificado cualquier manifestación taurina. Que no digo yo que no ganemos si nos empiezan a tratar como animales; igual así nos permitirán poner los pies en su sofá, nos comprarán un abriguito y botitas para pasar el invierno, nos permitirán pasarnos el día encerrados en sus casas y nos dedicarán todo el cariño que cabe en sus corazones para todo lo que no suponga algo de humanidad. Primero la animalidad y luego, si queda algo, la humanidad.

Pero, ¿creen que esto de vaciar los altares es algo exclusivo del reformismo antitaurino? No hombre, no. Qué cosas piensan ustedes. También los hay en los que se dicen aficionados a los toros que descabalgan unos santos para poner otros, los suyos. Y como decía antes, en beneficio propio, para engrandecer a los que ahora ven pasearse en loor de santidad por los ruedos del mundo, amparados en una antigua fe, pero queriendo solaparla con sus nuevas creencias. No sé si existe el concepto de la desbeatificación, pero si no existe, en esto de los toros podemos encontrar un buen ejemplo de ello. Se pretende bajar de los altares a los santos de antes, para colocar a los suyos, a los que se intenta santificar antes de que tan siquiera se hayan cortado la coleta, hayan embarcado su último toro o montado su última feria. Como un nuevo protestantismo taurino, asaltan las capillas del clasicismo para sustituirlas por ídolos que según los casos ni cabrían en la hornacina, no por su devota genuflexión, sino por su herético retorcimiento. Y creo que no hará falta dar nombres.

Y si se ven en la necesidad de buscar un poco más atrás en el tiempo, se aferran a las hazañas de un señor de Córdoba, de guedejas revueltas y sonrisa fácil, o a las de otro de excelsas facultades de Barbate o a quien tantos pases le contaron que perdieron la cuenta. Que no quiero yo faltar al respeto a quien no está, ni mucho menos a quien dejó su todo en la arena, pero de ahí a subirles a los altares hay un trecho y grande. Pero ya ven, sea por los unos, sea por los otros, nos encontramos con dos nuevas creencias, la anti y la “moderni”, que nos hacen ser testigos de cómo ambas, frente al toreo de siempre, al clasicismo, a la verdad del toro, se afanan en pasarse el tiempo vaciando los altares.

martes, 12 de marzo de 2019

Los antis van de dos en dos


Aquí, esperando a los antis, los de dos en dos y los otros, a ver qué se cuentan

El ver a dos activistas antitaurinos echarse a un ruedo es algo que molesta sobremanera a los que asisten a una plaza con la idea de ver un corrida de toros o novillos. Es como si profanaran su espacio sagrado. Una circunstancia que ocurre más frecuentemente de lo que a la mayoría nos gustaría. El último caso ha sido en Illescas, antes de la celebración de un festejo de campanillas; hasta el rey emérito acudió a esa cita que parecía que ni pintiparada, para la gente guapa. Y un día así no se puede estropear por una inconveniente de semejante porte, con lo bien que lo tenían todo preparado los organizadores. Que es salir esta gente a la arena y el personal se desata, unos se acuerdan de las madres, otros de los padres; división de opiniones, cómo diría el genial Rafael el Gallo. Que los que van tan a modo esa tarde a los toros pierden cualquier rasgo de mesura y buenas maneras. Dos fulanos que saltan allí en medio y provoca que nos volvamos del revés. Que si pudieran, tomarían el lugar de las fuerzas del orden, y la porra, y despejaban aquello en un zas, zas, sin mediar palabra. ¡Hay que ver! Con lo civilizados que somos la gente de los toros y que perdamos la compostura por esto.

Dense cuenta lo civilizados que podemos llegar a ser, que después de haber pagado una tela fina por una entrada a los toros aguantamos que en lugar de l toros, tal y cómo estaba anunciado, nos echan novillos y aquí no pasa nada, que lo primero son las formas. Que en este caso fue lo de José Vázquez, pero que en la línea de puntos pueden rellenar con cualquier nombre de cualquier hierro de los habituales. Lógicamente, estos seis animales se anuncian acompañados de tres señores que visten el traje de luces, con sus correspondientes cuadrillas. Pues bien, nada importa con que los de a caballo sean simple testimonio de una parte de la lidia que en su día fue; no importa que los señores espadas se limiten a dar dos capotazos con porte aflamencado, ni que el segundo vaya de casi de incógnito y que un tercero se limite a jugar en el ruedo sin respetar a sus compañeros, que se dedique a trapacear y que cuando no le cuadran las cosas solo intenta escurrir el bulto. Y a todo esto, la autoridad que no sabe ejercer precisamente su autoridad. Y aquí paz y después gloria, nadie se inmuta, nadie se ofende, nadie se ofusca, ni pierde las formas una vez comprobado y cometido el fraude a quien ha pagado una pasta por ir a los toros.

Que esto fue en Illescas, pero, ¿cuántas veces ocurre a lo largo de una temporada? ¿Cuántas veces va a ocurrir? Que más bien parece que lo que molesta es que molesten los ajenos a la fiesta, que para eso están los propios. Lo que no se puede consentir es que sean los antitaurinos los que quieran perjudicar y acabar con la fiesta de los toros, que para eso ya tenemos los nuestros, que con todo el derecho del mundo son los que pueden demoler este espectáculo. A ver si ahora van a venir de fuera a decirnos cómo apuntillar todo esto. Que habrá quién vea en esto una tremenda incoherencia, que no les digo que no, pero así somos. Y que no se les ocurra llamar antitaurinos a estos taurinos, lo mismo al que cría esos animalejos que quieren  hacer pasar por toros, a los toreros, que ya sabemos que no tienen límites en lo de buscar y encontrar la máxima comodidad, a quién organiza este circo, a quién debería regularlo con el reglamento en la mano y hasta a los que pagan su entrada y solo quieren felicidad, ficticia, pero felicidad al fin y al cabo, que como si fueran al barrio rojo de Ámsterdam, quieren confundir con amor lo que allí reciben, pero al final, ni eso es amor, ni esto es la fiesta de los toros. Eso sí, todos saben muy bien y no vaya usted a discutírselo, que los antis van de dos en dos.

Enlace programa Tendido de Sol del 10 de marzo de 2019:


lunes, 28 de noviembre de 2016

Amigo, primo, vecino o conocido, recuerda que a mí me gustan los toros

Dios me libre de los que me quieren salvar no llevándome a la plaza. Si quieren que viva, vayan a las plazas de toros


Te escucho y te leo cuándo hablas de la barbaridad, de lo salvaje e incivilizado que es matar a un toro en el ruedo, de los energúmenos que vamos a “divertirnos” viendo cómo se sacrifica a un animal, porque a veces habláis del toro como si lo hicierais de un gato, un perro de compañía, una cigüeña o el pato Donald y su troupe de impertinentes sobrinos. No se puede ser más sanguinario, ni desalmado, porque te crees que los que van a los toros, los que vamos, lo hacemos llevados por una sed de sangre irrefrenable; hasta hay quién nos ha negado el derecho a querer a los nuestros, a sentir como lo más grande el abrazo de nuestros hijos. Os preguntáis cómo somos capaces de volver de la plaza y apretujarnos con todo el amor imaginable contra esos niños que nos dan la vida. Nos negáis esa capacidad de amar a los animales, de amar y disfrutar la naturaleza y veis un imposible el que podamos albergar una gota de sensibilidad.

Miradme bien, que no digo que me veas, digo que me mires, al que comparte mesa y alegrías contigo en las celebraciones familiares, el que llora con la pérdida de los seres queridos, el que juega, regaña y se preocupa de sus hijos, el que se preocupa y siente cuándo tú estás mal, cuándo lo están los que me rodean, el que se indigna con la barbarie entre seres humanos, el que no entiende de guerras, de abusos, de violencia sin límites, el que no soporta la injusticia, los gobiernos despóticos, los políticos trincones, apáticos y complacientes ante los poderosos. Soy el mismo que se apasiona con su equipo, que se emociona con el deporte, que se estremece ante un cuadro, que se ve empequeñecido ante la grandiosidad de una escultura, una catedral, una pequeña ermita, el mismo al que se le remueve el alma con una película, la música o un libro, porque sí, los aficionados a los toros, los que vamos a la plaza también leemos libros y los hay que hasta también los escriben.

Cuando llames asesinos a los que van a una plaza de toros no te olvides de llamarme por teléfono, de llamar a mi puerta y decirme a mí lo mismo, ¡asesino! Porque yo voy a los toros, siempre que puedo y el día que no es posible, me rebelo y me fastidia, ¿cómo no? Pero no porque sufra el síndrome de abstinencia que todo sanguinario sufre cuando no ve fluir ese rojo “manjar”; no porque necesite ver a un animal despellejado y despiezado colgando de un gancho. Cuando voy a la plaza no voy a ver cómo matan a un animal, que por otro lado es un toro; ningún otro animal podría ser lidiado como él, ninguno pelearía hasta su último aliento no por huir, ni defenderse, sino por mantener su hegemonía, esa de la que está convencido que le pertenece, por conquistar la cima del mundo. Cada uno tiene su lugar en el reino animal y el toro está convencido de que su puesto es el de ser el rey, el ídolo al que todos deben adorar y los aficionados a los toros profesamos esta religión con absoluto convencimiento y fieles a nuestra fe taurina.

Los que vamos a los toros vamos a ver a un hombre enfrentarse ante ese tótem y con el respeto que merecen los dioses, vencerle con el respeto y la devoción que merece el oponente, que no dudará en arrancarte la vida al menor desliz; pero ese es el juego, vida o muerte y para los elegidos, gloria. Gloria efímera, porque la fiesta de los toros, este espectáculo, esta fe de la que abomináis hace que aunque el toro muera cada tarde, siempre permanece vivo, siempre saldrá un toro al ruedo queriendo conquistar esa cumbre que considera suya. Los toros, las corridas de toros, son esa permanente presencia del toro, siempre el toro, la fiesta avala su eternidad, impidiendo que llegue alguien que decida llevarse este ser por delante, porque no sirve para otra cosa, porque no hay quien se haga con él, porque siempre querrá salir vencedor y nunca permitirá que nadie le trate como otro de los muchos animales que ocupan otro lugar en la naturaleza, pero no el del toro. Qué bella palabra para el aficionado a esta locura, el toro. No nos cansamos de pronunciarla, toro, toro, toro. Y, por favor, no caigamos en eso de que el torero tiene ventaja porque lleva un trapito para defenderse y evitar el vendaval de embestidas del de las patas negras, que han sido siglos de aprendizaje y a pesar de ello la muerte siempre está ahí. Resulta inevitable que lo inevitable, la caída del hombre, se produzca en un ruedo. Quizá tú lo verás como la victoria del toro, pero en esto no hay vencedores ni vencidos, es mucho más sencillo, todo se acaba con la vida o la muerte y las emociones que genera en el espectador, que para intentar entender lo que pasa ahí abajo no cesa en sus ansias de aprender, de desvelar ese misterio que es el toro, de conocer ese imperfecto imposible que es el toreo y de este sentimiento que son los toros. Si quieres saber de ello, vente y siéntate a mi lado y a ver si entre los dos podemos saber algo más de este misterio, pero si no, amigo, primo, vecino o conocido, recuerda que a mí me gustan los toros.


Enlace programa Tendido de Sol del 27 de noviembre de 2016:

domingo, 17 de julio de 2016

Lo inevitable

Hay momentos en los que merece más la pena agarrarse a realidades paralelas, que soportar la cotidiana


Dice el saber popular que en la vida todo tiene remedio, menos la muerte, aunque quizá esto no sea del todo exacto. Cuando nos vamos, cuando dejamos este mundo, lo que resulta inevitable de todo punto es que la vida siga, los nuestros nos llorarán, lo sentirán y nos echarán de menos el tiempo que cada uno sienta, otros se apenarán, también los habrá sorprendidos, indiferentes y dependiendo de factores como la fama, la envidia y lo que hayamos dejado en nuestras vidas, hasta puede haber que los haya que se alegren. Ya digo, inevitable. Aunque ahora, pasados los días, aparte de parecernos imposible que fuera inevitable salvar a un torero, en estos tiempos en lo s que todo parece posible, dominar la naturaleza, amansar a las fieras, la felicidad perpetua, el buen gusto generalizado, el buenismo universal, pero resultó imposible desterrar la muerte del ruedo. Qué lección de vida y de muerte, esa seguridad en la que muchos confían a ciegas, no es real.

También resulta inevitable el hecho de que ante ciertos acontecimientos asome la estupidez humana. Cuando llueve salen los caracoles y cuando la desgracia aparece, los... hay quién se  quiere aprovechar y busca su protagonismo, creyéndose los reyes del mundo, los adalides de la verdad, de la paz, del humanismo, del animalismo y de la bobaliconería. Anda que no se han dado casos de mentes humanas que han puesto todo el empeño del mundo en sacar a relucir su bajeza humana y sus limitaciones como persona. No creo que haya que descargar la ira sobre ellos, yo no lo voy a hacer, porque creo que es una pelea inútil, aunque no me guste ni un pelo. Eso sí, si los que sí tienen la posibilidad de actuación efectiva y las armas legales que la justicia pone en su mano, ejercen sus derechos y descargan toda la fuerza de la ley sobre estos oportunistas de cuarta, créanme que me alegraré y mucho. Lo celebraré y hasta puede que me sienta reconfortado, a pesar del nefasto motivo que dio origen a toda esta vorágine de insultos y faltas de respeto desmedidas.

Confieso que en principio yo no tenía ninguna esperanza en que esa unión de taurinos pudiera ser útil para nada que no fuera el proteger el negocio de los taurinos, pero, ¡caramba! Los acontecimientos actuales y su apoyo a la familia del matador de toros Víctor Barrio ya justifican su existencia. Pasaré por alto ese victimismo de algunos que se han manifestado en estos días, las circunstancias hacen que no se les pueda exigir ni mesura, ni recato, ni incluso sentido común, el golpe ha sido muy fuerte y la tensión también tiene sus efectos, que de ninguna forma hay que tener en cuenta, faltaría más; es más ese victimismo del que hablaba, puede llegar a entenderse. Cuándo el dolor resulta insoportable, cuándo no se entiende ese acoso, los ataques desmedidos, el verse  insultados y despreciados con una virulencia insospechada, hay que dejar a un lado la crítica, habitual y quizá merecida, pero en otros momentos, ahora toca intentar liberar toda la comprensión de que seamos capaces.


No esperemos humanidad en quién parece que solo conoce la animalidad, no esperemos comprensión en quién atesora tanta ignorancia, ni tan siquiera se puede esperar que aspiren a ponerse por un segundo en el lugar del otro. Quizá se han metido tanto en su papel de divinos amantes de la naturaleza, de su naturaleza, la que ellos tienen en su cabeza, que parece inevitable que excluyan todo aquello que no entra en los parámetros del progresismo que equipara con absoluta despreocupación a las personas con los animales. Incluso algunos pretenden que los demás cambiemos la dieta que heredamos del homo sapiens sapiens. Pero eso es otra historia. ¿Imaginan ustedes a estos amantes de la paz mundial, de los derechos de los animales diciéndoles esas barbaridades a la cara a los familiares del torero desaparecido? Yo quiero pensar que no serían capaces de tal cosa, es más, estoy convencido que ni lo harían, ni permitirían que nadie perturbara la paz que tan brutalmente se les arrancó de sus vidas. Entonces, ¿por qué vomitan tanta barbaridad sobre el teclado de un ordenador o en un mensaje a través de un teléfono móvil? ¿Es que no pueden evitar esos arranques de necedad? ¿Tan difícil les resulta pensar cómo si fuesen seres humanos? Es verdad que también los ha habido que han sabido diferenciar entre personas y animales, independientemente de que estén en contra de los toros, lo mismo que la respuesta de quienes se dicen aficionados a los toros podrían equipararse en el nivel de estupidez y salvajismo al de los de enfrente, pero es que ahora, llegados a este punto, no estamos hablando de toros sí o toros no, estamos hablando de comportarnos como personas o como animales, de sensibilidad ante el hecho de que un hombre de 29 años ha perdido la vida de forma brutal, de los que se han quedado para llorarle el resto de sus días y de que unos... de que haya quién sea capaz de burlarse del dolor ajeno, de despreciar la muerte de una persona, en este caso de un torero, y de llamar asesinos a quienes quizá más hagan por un animal, por el toro, para su conservación y bienestar. Pero en estos momentos, la incomprensión, el absurdo y la deshumanización parecen ser parte fundamental de lo que nunca debería ser, lo inevitable. 


Enlace programa Tendido de Sol:

miércoles, 4 de mayo de 2016

Vivir para ver, oír y no dejar de asombrarse

Ya me llega el momento, pero por favor, si alguien ve un posible asomo de antitaurinismo en mi obra por el uso de colores oscuros, que se olvide, porque a mí me gustan los toros... y mucho


Nos decían nuestras abuelas que nunca te acostarás si saber una cosa nueva, pero también tiraban muy a menudo de aquello del vivir para ver. ¡Ay si las yayas levantaran la cabeza! Y es que el mundo ha cambiado una barbaridad, así por su cuenta, sin encomendarse ni a Dios, ni al Diablo, pero luego vienen los que de hoy para mañana te descubren las sopas de ajo de toda la vida y te sueltan que te presentan su nueva creación, la garlic soup deconstruída y destruida; que hay que ser muy moderno, pero mucho, para meter ahí la cuchara. Pero tranquilos, como a un espabilao se le ocurra decir que la garlic s..., que eso es muy cool y que además no contiene consevantes, acidulantes, ni tan siquiera poliuretano, pues ¡hala” ya hemos creado tendencia y una riada de... ¿fieles? ¿Leales? Lo que quieran llamarse, que se lanzan en plancha a cumplir con los votos de la modernidad.

Y en este marasmo modernista, en este ¡julay el ulti! Las corrientes antitaurinas han montado una exposición de arte antitaurino en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Nada extraño, ¿no? Quizá choque el lugar, pero no hay nada que se le ponga por medio a quién se puede permitir tales dispendios. Que si servidor tuviera posibles, igual me enfurruñaba y montaba una campaña contra el tulipán de los Países Bajos o contra la leche de las vacas de aquellos lares o vaya usted a saber; que no es que yo tenga nada contra los holandeses, líbreme la providencia, pero es el primer sitio que se me ha ocurrido. Curioso, me nombran a los antis, esos tan vehementes, tan fieles a sus ideales y se me representan los molinos de viento de allá arriba.

Que no es que yo esté en contra de que se haga una exposición, una manifestación o un Congreso Internacional del Antitaurinismo militante, pero siempre y cuando haya libertad para todo el mundo, que no marque, quién quiera que sea, una línea en el suelo, dónde le venga en gana, y diga que de aquí para allá todo vale y de allí paa acá, todo fuera. ¿Motivos? Que lo suyo es moderno, étcio y civilizado y lo mío pura barbarie. Que miren si me he levantado hoy condescendiente, que hasta puedo llegar a admitir que esto de los toros sea una barbaridad inhumana que embrutece a las masas. Eso sí, exijo argumentos reales, sólidos y construidos sobre la verdad, no sobre suposiciones, sobre medias verdades o reflexiones sesgadas e interesadas de un moralista iluminado. Y creo que ya les estoy dedicando demasiado tiempo y energías a estos señores que, como decía mi amigo Gonzalo Ortigosa en Tendido de Sol, si juntamos miseria e ignorancia, luego pasa lo que pasa, que puede aparecer un caballero que sin tan siquiera ruborizarse afirma que don Francisco de Goya y Lucientes, pintor de Corte nacido en Fuendetodos , provincia de Zaragoza y autor entre otras cosas de su “Tauromaquia”, era antitaurino. Él solito de un plumazo cuestiona y filtra a través de su prisma las cartas escritas de puño y letra por el pintor, en las que deja meridianamente clara su afición a los toros, llegando, según parece, a empuñar estoque y muleta, o algo similar en aquella época, para emular a los que en su momento fueron sus modelos: Pedro Romero, Pepe Hillo o Costillares.


Es como si el señor comisario de la exposición hubiera estado buscando en su listado de leales antitaurinos y no encontrara a ninguno que le mereciera la pena. Buena manera de infravalorar a otros artistas y a sus correligionarios animalistas. Pero claro, en eso creo que coincidiremos todos, en que de la talla de Goya no debe haber muchos. Hombre, a mí se me ocurre que podía haber tirado de Picasso o más recientemente de Miquel Barceló, sin pretender hacer comparaciones entre estos artistas. ¡Ay! Que gran fallo, estos dos últimos también están en la nómina de los bárbaros aficionados a los toros. De uno hay numerosos datos, documentos, entrevistas y obras que delatan su debilidad por el toro y el otro hasta puede responder con un simple “me gustan los toros”. Pero, ¿tanta necesidad tienen de un “súper héroe antitaurino”? ¿Tan poco fuste tienen sus argumentos que tienen que seguir tirando de mentiras y más mentiras? No es que yo me considere un taurino al uso, uno de esos que dicen a todo que sí y que bueno, simplemente porque así lo dictan los que manejan todo esto, pero hay una cosa que tengo que reconocerles y es que sean reflexiones válidas o no, afirmaciones con sustento o no, el taurino se basa en hechos reales y comprobables, no son divagaciones bizantinas y suposiciones basadas en proyectar sus sentimientos de ser humano sobre los animales. Sentimientos que por otra parte algunos niegan a las personas. Pero ellos continuarán con sui único objetivo, acabar con esto, que puede gustarnos o no, pero es una aspiración legítima; otra cosa son las vías, los métodos y si en algún momento se han parado a pensar en las consecuencias. Pero de momento, vivir para ver, oír y no dejar de asombrarse.

Enlace al programa Tendido de Sol del 2 de mayo de 2016:

miércoles, 28 de octubre de 2015

Los antis y su naturaleza customizada

Pues por si fuera poco, ahora también esto. Pobres antis.


Uno ya va cumpliendo años, unos cuantos y empieza a tener sus goteras, empieza a sentir que el mundo va muy rápido, empieza a decir eso de que la música buena era la de mis tiempos, que pelis buenas las de mi época, que bellezas las de... las de siempre y en más de un caso hasta servidor se ve puesto en evidencia por esos jóvenes que vienen más “preparaos” que nunca. Si es que ahora parece que los críos nacen más listos, ¿verdad? Yo creo que es la alimentación, los yogures, sobre todo, y los zumos mineralizados con omega 3 y vitamina G7. Ya cosas que uno no llega a entender. Siempre había pensado yo que la naturaleza se disfruta a muchos kilómetros de las grandes ciudades y a muchos más de Madrid, a pesar del Retiro, Casa de Campo, Juan Carlos I y el parquecillo de al lado de casa. Porque claro, uno entiende que la naturaleza es algo que se desarrolla como le viene en gana y que el hombre es incapaz de dominar. Puede tener un cierto control sobre ciertas cosas, pero no demasiadas. Que si el barbecho, el recebo, la montanera, los injertos que mejoran la especie, la genética, la previsión del tiempo, el goteo y muchas pequeñeces más, pero la naturaleza en si misma es incontrolable y cuando se pone farruca, a correr, que no la frenas, ni pidiéndoselo por favor y con educación.

Las aves rapaces cazan y matan para poder subsistir, igual que los lobos, los felinos y a veces, hasta el propio ser humano. Los roedores se comen las cosechas, las vacas el pasto y estos, junto con caballos, mulos, mulas asnos y demás bestias de carga, cagan dónde les pilla. No hay colegio de pago, concertado, público o privado que les quite esa costumbre. Es más. Los animales, estos y todos, huelen. Es lo que tiene la naturaleza, unas veces son los aromas refrescantes de los pinos, eucaliptos o jazmines florecidos y otras la peste de los cagarros recién plantados, que nadie se ocupa en retirar con una bolsa de plástico, con sumo cuidado, para depositarlos después en el correspondiente recipiente habilitado para residuos orgánicos, el cubo de las cacas, dicho finamente. Y esto que parece tan absurdo, tan poco políticamente correcto para muchas mentalidades modernas, ha sido la forma de vida de nuestros abuelos, bisabuelos, tatatatatatarabuelos. Criaban sus animales para matarlos y poder comer el tiempo que les durara el bicho, abonaban con estiércol que recogían cada uno de los días del año. Mantenían a los animales en corrales que se embarraban medio metro cuando llovía. Estaban a merced de que una enfermedad se les llevara la ganancia de un año o que un pedrisco o una plaga les metiera en doce meses de estrecheces y complicaciones. Así es la naturaleza. El caballo daba coces, el perro bocados, el gato bufaba y las vacas topaban, cuando no embestían, si eran moruchas, y te querían sacar las entrañas cuando estas y los machos eran ganado bravo. ¡Qué cosas! Unos dulces animalitos tirándote viajes queriendo ensartarte con las perchas.

Pero no todo era malo, claro que no. A veces hasta quedaba tiempo para fiestas y en muchos pueblos, lo que más gustaba era eso de jugar o ver como otros jugaban con el ganado bravo. Ya que el animal tiene esa costumbre, aprovechémosla y pasemos un buen rato. Pero en estas que están en mitad de la juerga, disfrutando después de haber recogido la cosecha, con dinero fresco y con ganas de celebración. que llegan unos señores y te dicen que nanay, que se acabó la historia, que eso es barbarie en estado puro y que se acabó lo de matar a los animales; esos a los que incluso ponían nombre, a los que cuidaban pasando muchas noches en vela, tratándoles como algo propio de la casa, pero teniendo claro su fin, el matadero. ¡Qué salvajes y asesino! ¡Insensibles! Que en pleno invierno a lo más que llegaban era a tenerlos en el establo, cuando no en prados con encinas en los que los pobres animales se resguardaban. ¡Qué inhumanos! Lo suyo habría sido que les hubieran cedido su cama, su fuego y su comida y para San Martín, en vez de darles matarile, montarles una fiesta del pijama, una fiesta sorpresa, con limonada y canapés de Dog Chow. Si ya lo vaticinó Walt Disney, a nada que haya un poco de interés, hasta podrías sacar a bailar un tango a la vaca Flora, cuando no una conga con Marcelo, el cerdo que tiene un tipito para comérselo; siempre hablando figuradamente, claro.

Pensarán que me he vuelto loco, pero loco de atar, de tratamiento prolongado y les aseguro que no haría ningún intento por convencerles de lo contrario, pues ese mismo pensamiento ronda mis entendederas. Pero de la misma forma, estoy seguro que a muchos de ustedes se les han venido a la mente actitudes y comportamientos de muchos que se hacen llamar amantes de los animales, amantes de la naturaleza. Y ya digo, se hacen llamar así. Lo que no tengo tan claro es lo que ellos entienden por naturaleza. Tengo la sensación de que en lugar de acercarse ellos a esta, lo que han pretendido y siguen en su empeño, es llevar la naturaleza a su entorno ala gran ciudad, creyéndose que el Retiro, Casa de Campo, Juan Carlos I y el parquecillo de al lado de casa son eso: pura naturaleza. Es como un intento de urbanizar el campo. Tanto ecologista de nuevo cuño, animalista, filiorrepollista berzoprófago, casi antropofóbico es como si hubieran querido inventarse un nuevo orden natural, con las malas vibraciones que dan todos los nuevos órdenes, en los que primero se equipara a los seres irracionales con los racionales, para, dando un paso más, colocar a los animales en la cumbre de la pirámide de los seres vivos que poblamos la tierra. Por supuesto que los animales tienen que tener derechos y que merecen vivir en las mejores condiciones posibles, pero en las condiciones óptimas para su desarrollo como especie, atendiendo a sus necesidades y a su papel para mantener el equilibrio de su ecosistema, no crear unas condiciones propias para el hombre y trasladárselas a ellos, como si fueran seres racionales con entendimiento y capaces de razonar. Sinceramente, esto me parece una tiranía y un maltrato hacia los animales.


Parece además como si solo hubiera dos posicionamientos posibles, los extremos, sin haber más opciones intermedias. Los que les pondrían un piso en la playa a los animales y los que apiolarían a todo bicho viviente que encontraran a su paso. Con la cantidad de matices que puede haber entre uno y otro punto de vista. Pero llega a tal punto esta obsesión proteccionista de los animales, que la aplicación de sus fundamentos acarrearía el sacrificio de miles y miles de ejemplares. Sin ir más lejos, ¿se habrán planteado en algún momento que si hoy se prohibieran las corridas de toros, en diez o quince días asistiríamos al sacrificio sistemático y apresurado de cientos de miles de cabezas de ganado? ¿Se habrán parado a pensar que la supervivencia de prácticas como los toros o la caza, garantizan la conservación de estas especies, de su medio natural y la de todos los animales que comparten ese medio? ¿Se habrán parado a pensar que el que siga habiendo toros y caza es la causa principal de que el campo siga siendo campo, igual que el monte sigue siendo monte en la medida en que la subsistencia del hombre depende de su conservación? No lo sé, pero lo que sí sé es que parece que todos estos grupos se han alejado abruptamente de la naturaleza real, no de la que ellos han idealizado, y  quieren vivir un mundo imposible e insano para el equilibrio del planeta, ellos siguen a lo suyo, en su nube, por mucho que me expliquen ahora lo que quieran, pretenden un espacio exclusivo para ellos, algo parecido a ese engendro de los antis y su naturaleza customizada.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Se nos fue la mano con la obsesión por lo light

¿Es esto violencia?


Es difícil recordar un momento en el que la Fiesta sufriera tantos y tan continuos ataques por arriba, por abajo, derecha izquierda, de frente, por detrás y sin piedad, pero sin llegar a dar el golpe definitivo, la prohibición definitiva; quizá eso sería más humano, se nos cierra el chiringuito y punto. Al menos los aficionados nos encontraríamos en una situación cierta de claridad, sabiendo a qué atenernos, contra quién luchar e identificando a la perfección a amigos y enemigos. Pero no, como si nos estuvieran dando una magna lección de sadismo, los humanistas, los antiviolencia, los amantes de la paz cósmica parece que disfrutan y se divierten abofeteándonos a capricho, unas veces haciéndonos temer si nos caerá el palo o si lo dejarán para más adelante, lo que no deja de ser una forma sádica e inhumana de tortura. Cuando un condenado está en el corredor de la muerte la espera no es una gracia que se le concede, no es el don de un día más de vida, simplemente es prolongar la angustia.

Si hay altercados con antitaurinos, el problema son los aficionados que estaban a punto de entrar en una plaza de toros para ver algo que por el momento es legal, una corrida de toros, no los individuos que se hacen allí presentes para provocar e insultar con lindezas como llamarles asesinos o desearles la muerte junto con todo el escalafón de toreros presente, pasado y futuro. Que no digo yo que esté bien responder a estas provocaciones, ni mucho menos, pero ¡hombre! Lo que no podemos pretender es que quién vaya a los toros lo haga entregándose en holocausto, ofreciendo su sacrifico al Minotauro, ni sirviendo de monigote para el desahogo de las iras y bajas pasiones de los antiviolentos en armonía con el aura astral del universo. Vamos, que en tales circunstancias, si se escapa una torta, no diré yo que me ponga a aplaudir, pero sí que llegaría a entenderlo; nunca compartirlo, pero si a una persona se la empuja al extremo de su aguante, lo menos que podemos esperar es esto. Quizá hasta es lo que pretenden estos apóstoles de la paz y de la fraternidad entre animales y hombres, y ojo, que no estoy yo insinuando nada de zoofilia, ni nada parecido, no me tomen el rábano por las hojas. no seré yo en este caso el que censure al peonaje de Morante al retirar a una persona que no debía estar en el ruedo, cuando esta se lanza a la arena de imprevisto. ¿Es aceptable el que el intruso se lleve un bofetón o algún empellón grado tres? Ni mucho menos, pero pongámonos en situación. Unos señores que están toreando, con la adrenalina al mil por cien, esté o no el toro en el ruedo, ven como un fulano extraño aparece dónde no tiene que aparecer. Lo primero es quitarle de allí inmediatamente, pues en caso de sucederle algo, de primeras, los profesionales son los responsables de lo que pase allí abajo. Lo que me hace recordar lo que hace años ocurrió con un espontáneo que perdió la vida en Albacete, en un toro del Cordobés. No recuerdo en qué quedó aquello, pero sí las dudas que sobrevolaron sobre los lidiadores de aquel toro, a los que más de uno hizo responsables de aquella muerte. No había toro, muy bien, tampoco lo había el día en que Curro Romero fue agredido por un energúmeno en las ventas o, más cerca en el tiempo, basta con mirar los periódicos de hace un par de días y lo ocurrido en Palma de Mallorca con Morante de la Puebla. ¿Y quién debe pagar los platos rotos de Marbella? La cuadrilla de Morante. ¿Justo? Pues que cada uno opine.

Palos por todas partes y ayuda y comprensión por ninguna. Tal y cómo están las cosas, si yo tuviera que desahogarme y liarme a mamporros con algo, sin duda que me liaba con la Fiesta de los Toros. No solo no recibiría sanción alguna, sino que me aplaudirían con entusiasmo la fechoría, y en el peor de los casos, los demás mirarían para otra parte. ¿Y cómo hemos llegado a esto? Pues aparte de factores externos, ¿no les da a ustedes la sensación de que tanto se ha desnudado la Tauromaquia, tanto se la ha despojado de su esencia, tan light la hemos querido hacer, que al final la hemos dejado en nada? ¿No les parece que hemos dejado un esqueleto pelado? ¿No se nos habrá ido la mano por esta obsesión por lo light, por eso que llaman “humanizar la Fiesta”? Hace no demasiados años, la mejor defensa de los Toros era precisamente el llevar a los reticentes a los toros; que no es que eso fuera la purga Benito, que entraban incrédulos y salían como beatos creyentes de la fe taurina, tampoco es eso, pero al menos se conseguía que vieran el toro de otra manera, que entendieran que aquello no era masacrar un animal indefenso, ni nada que se le acercara. A nadie se le escapa que la propia complejidad y contradicciones de la Fiesta no la hacen accesible a todas las sensibilidades, pero al menos, era bastante habitual que el que iba a una plaza tomara otra postura acerca de todo aquello.

Quizá ese sea el principal error, el pretender hacer demasiado accesible todo esto a todo el mundo. Si hasta los que se dicen aficionados parecen querer simplificar todo esto, como si quisieran poderlo abarcar con sus bracitos de niño de dos años incapaces de juntarse por encima de la cabeza. Cuánto mal han hecho los aspirantes a genios y sabios del Toreo. Si esto no hay cristiano, o no cristiano, que pueda llegar a acotarlo. Pero hasta ese concepto de taurino ha cambiado. Ahora taurino es el que viste como tal, el que se pone, el que conoce a tal o cual del mundo del toro, el que viaja más que Willy Fog por las plazas del Mundo, el que saborea los yintonis a docenas, el que después de la corrida más cervezas toma o el que más alto grita eso de ¡Bieeeejjjjnnnnn! Porque él sabe distinguir el toreo “güeno”, aunque no sepa diferenciar un toro de un mojicón con cuernos.

Hemos desnaturalizado el toro en pos del “jarte” supremo, hemos condescendido con los trucos trapaceros, porque ellos, los que se ponen, las figuritas y sus seguidores, son los que realmente saben que hay allí. Hemos bajado el nivel de exigencia hasta el punto en que a todos se les suponen sus cualidades artísticas, permitiéndoles cometer los atropellos que se les pongan en virtud de no sé que idea de personalidad, cuando no de genialidad encarnada en la genialidad del momento. Y al que no entraba por el aro se le ha excluido, se le ha echado de las plazas. A los que mejor podían defender la Fiesta, a los verdaderos conocedores, a los que más sabían y más sed de saber tenían se les ha expulsado de mala forma de todo esto, porque molestaban, eran los aguafiestas que se rebelaban contra el triunfalismo estúpido, valga la redundancia, porque todo triunfalismo en si mismo, no puede ser otra cosa que estúpido. Que venga ahora el señor de Córdoba, don Finito, o Perera, con eso de que lo que hace falta es el triunfalismo, o como dice Castella, que salgamos del armario y que llenemos las plazas de toros. Si no hay quién llene una plaza, si no hay quién provoque el interés necesario para que esto se dé. Vale un día especial en el que se conjuren unos cuantos, pero un garbanzo no hace un cocido. ¿Realmente creen que esto puede despertar tanto interés como para aguantar toda una temporada yendo a los toros? Que dos, tres, hasta cinco festejos por año, con una bota y un buen bocata se soportan hasta en el infierno, pero lo mismo, una tarde tras otra no hay corazón, ni culo que lo pueda sobrellevar. Las plazas no se llenan porque desgraciadamente, señor Castella, esto ha dejado de levantar pasiones, que lo que usted pide no es que se salve la Fiesta de los Toros, lo que nos pide es que salvemos su negocio y el de otros muchos que se benefician de la mentira, la trampa, el fraude y el triunfalismo, pero todo eso tiene las patas muy cortas, mucho más cortas que la de los que piden la prohibición, la abolición, porque se dan cuenta de que los Toros es un enfermo terminal y se dan de tortas para ponerse ellos la escarapela de ser los artífices del final de todo esto. Quizá se hace necesario reflexionar y ver si realmente no se nos fue la mano con la obsesión por lo light


domingo, 12 de abril de 2015

Antis, no nos comprendan, solo respétennos

No son víctimas, ni enemigos, es el toro


Señores antitaurinos, convencidos animalistas, extremistas del bienestar animal e indiferentes militantes del de las personas, a quienes a veces parece que consideran los culpables de todos los males y no los responsables de ningún bien. Un mundo hecho por el hombre, del que ustedes reniegan, de sus valores, usos, historia y hasta parece que pretenden poner boca abajo esa pirámide en la que el ser humano ocupaba la cúspide. Estaremos equivocados, pero las apariencias nos dicen que ustedes querrían ver como los animales ocupan ese lugar, colocando a sus semejantes por debajo de ellos. Eso sí, paradógicamente también parece que pretenden otorgar a nuestros compañeros de creación los valores, atributos, sentimientos y aspiraciones que a lo largo de la historia ha ido conquistando el hombre.

Me asombra ver como padecen con el sufrimiento de los animales, sufrimiento que no puede compararse con el de un ser humano, entre otros motivos porque unos carecen de raciocinio y otros no, aunque tengo que reconocerles que a veces esto último es casi imposible el creerlo, pero a pesar de todo, así es. Pero esto tampoco es motivo para tratar a las personas como si no sufrieran, no padecieran y como si fueran rocas de pedernal sin el más mínimo asomo de humanidad. ¡Qué curioso! Será por deformación humana, que uno piensa en que los hombres tienen virtudes como la sensibilidad, la solidaridad, la empatía, el amor y yo qué sé cuántas cosas más, que según entendemos algunos, puede que erróneamente, son cosas de personas, o como decía aquel, de “personas humanas”.

De lo que no me cabe duda es de en su escala de “personas humanas” los aficionados a los toros nos encontramos en el sótano de la virtud y la sensibilidad. Tampoco seré yo quien les vaya a intentar convencer de otra cosa, ni les rogaré para que nos asciendan en el escalafón de seres inmundos. No pido que me tengan ninguna consideración, es más, hasta les permito que me desprecien, están en su derecho y respeto tanto la libertad de opinión y el derecho a poder pensar lo que se quiera, que hasta me enfrentaría a quien les negara esta facultad. Yo no soy nadie para impedir que cada uno se quiera devorar el alma con sus propias bilis. Eso sí, servidor también puede pedir y en este caso, en el de ser aficionado a los toros, también pido, ¡Faltaría más! Y es por esto que les pido, no, perdón, les exijo respeto, les exijo que me dejen ejercer mis derechos, que pueda obrar con libertad y realizar aquellos actos que la ley me permite. Otra cosa sería si se prohibieran en España las corridas de toros. Entonces no podría ejercer esta libertad, pero sí que podría clamar por mi derecho a que se volvieran a permitir los festejos taurinos. Sería un intercambio de roles. Ahora yo digo que no y tú que sí y mañana yo diré que sí y tú que no, tan sencillo y hasta democrático.

Otra cosa es eso de las mayorías imponiendo gustos, opiniones o creencias a los demás. ¡No hombre, no! La libertad y la democracia no supone el rodillo de las mayorías, es obedecer y acatar lo de la mayoría, pero sin aplastar a los menos. Pero no se hagan mala sangre, que esto es algo común tanto en ustedes como en muchos taurinos militantes, que se piensan que a todo el mundo le tiene que agradar lo que le guste a la mayoría. Que si los toros le gustaran al 90% de los ciudadanos de este país, tampoco pediría que les borraran a ustedes del mapa, ¡no, por Dios! Que mentecatez más colosal. Perderíamos un campo de debate interesantísimo, nos perderíamos ese apasionamiento tan hispano y a la vez tan taurino, quizá por ese mismo rasgo hispánico, que tanta animación da a los debates. Y es que aquí nos apasionamos a la segunda de cambio, ya sea hablando de fútbol, política, religión, del último ensayo sociológico de Belén Esteban o Kiko Rivera. Lo mismo que pasa en los toros, que nos acaloramos cuando el  torero pega un mitin monumental y nos volvemos locos con un simple natural. A ver si no somos tan diferentes. Tendrían que entrar un día de corrida en la plaza, no vaya a ser que se estén perdiendo algo que les iba a hacer ver la realidad de otra forma. Casi mejor que eso de mandar a una señorita comando a encadenarse a la puerta de Las Ventas; con la tarde que hacía en Madrid y lo malos que son estos fríos repentinos y traicioneros. Me gustaría saber como pasará los días posteriores a esta perfomance. Al menos si lo hubiera hecho un día de festejo. Aunque lo mismo se trataba de un peli de esas para adultos, una de esas que si pillas a la mitad ya pierdes el hilo y no sabes cómo sigue, una de esas que esperas hasta el final, para ver si los protagonistas, y los no protagonistas, se casan.

Eso sí, no sé si es mucho pedir que ya que nos vamos a poner a debatir, infórmense un poquito de lo que va esto de los toros y de todo lo que rodea este espectáculo. No voy a entrar por el lado del tradicionalismo, pues hay tradiciones que si dejan de serlo y se borran de nuestras mentes, mejor que mejor. Tampoco iré por el aspecto económico, casi por las mismas razones que en el punto anterior. Todo esto es mucho más sencillo. Esto no tiene otra causa, ni otro origen que el que unos señores, hace muchos, muchos años, se percataron de que ese animal se les arrancaba solo con verlos y en lugar de asustarse vieron lo que el sortear esas embestidas les ponía a cien, tanto a los sorteadores, como a los que contemplaban tal suceso. Y a partir de ahí vino todo esto que a ustedes tanto ofusca, como a nosotros, pero de forma diferente. Y esos animales a los que no se puede tratar tal y como se hace con otros, como el ganado manso, las gallinas, los cochinos marranos, los corderos y las cigalas del Cantábrico, se criaría para eso de jugar con él, para lo que ahora se llama Toreo. ¡Qué cosas! Porque si se les destinara exclusivamente para carne no creo que hubiera ganadero o consumidor que estuviera dispuesto a pagar lo que costarían estos animales. Aunque sí habría una forma de abaratar su precio de forma radical. Prohíban las corridas de toros hoy y en menos de diez días perecerían en holocausto miles y miles de cabezas de ganado bravo que no tendrían ya ninguna utilidad para sus criadores. ¿Se les podría dejar a su aire en las dehesas patrias? Pues probablemente sí, aunque entonces los que no darían abasto serían los médicos de urgencias. “Familia devastada por un toro en los campos de Salamanca mientras celebraban una boda en la finca de Campo Cerrado”. Eso sí, igual ustedes mismos se organizaban en grupos para peinar las dehesas haciendo batidas para eliminar a semejantes criaturitas. Perdonen ustedes por toda esta parrafada señores antitaurinos, animalistas, veganos, simples vegetarianos, ovolacteovegetarianos o no conformes con las corridas de toros, quizá les pillen muy lejanos todos estos argumentos; no pretendo que los compartan, ni tan siquiera que los comprenda, simplemente pido que a los que vivimos esto de una forma muy especial, que nos respeten. Así de fácil y, según parece, así de complicado.


Fausto D.E.P.