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domingo, 13 de octubre de 2024

Nos quedan los buenos recuerdos… pero no desde el ruedo

Ya solo nos queda esperar al nuevo año y mientras, soñar el toreo, zambullirnos en libros, láminas, charlas y recuerdos de toros 


Se termina una temporada más y a pesar de que se pueda pensar lo contrario, para algunos ha sido un visto y no visto; cosas de la edad. Tardes interminables, ferias interminables, tostones interminables y mira tú, que se ha hecho corto. Y ahora, si me lo permiten, voy a recordarles mis mejores momentos de lo sucedido esta temporada… Ya está. Nada o quizá quede algo, pero tendría que hacer mucha memoria, muchísima. Quedarán charlas con amigos, encuentros, visitas inesperadas, ausencias, pero de lo sucedido allí abajo, un momentito, que voy a ver si con más detenimiento… Nada, que no. Que si me pongo a revisar mis notas seguro que habrá esta o aquella tarde, pero, ¡hombre! ¿No sería algo lógico que se me viniera de golpe algo a la cabeza si ese algo fuera tan sobresaliente? Pues nada, que no hay manera. Pero bueno, siempre nos queda la última corrida, la que ha echado el cierre, pero… Recordar, recuerdo cosas, pero quizá lo que más recuerdo es quedarme petrificado al ver cómo mi plaza ha perdido el gusto por el toro, por el toreo de verdad y se ha acomodado al toro moderno, en el que ya entra sobradamente lo de Victorino, y el toreo más moderno aún, del que esta tarde había dos representantes, uno más clásico, un clásico de la vulgaridad clásica, Miguel Ángel Perera, y un excelso exponente del fototoreo, Emilio de Justo, que si te ponen una foto delante en el momento en que ha pasado el toro y se pone a sacar la panza y no se ven ni las carreras de antes y después y no se ve que corta de un tajo los muletazos, da el pego de toreo de jarte del güeno.

Lo de Victorino Martín no ha ofrecido la mejor de las presentaciones, ni de lejos. Que se puede argumentar eso de que este encaste es así, aunque esto también depende de a quién se le pregunte, unos buscan lo de Victorino “de antes”, lo cual ya es tan poco probable como encontrar la tumba de Genghis Kan, que igual existe, pero, ¿dónde? Otros dirán que lo de Victorino es así o asao, lo cuál suele coincidir con si el que opina se ha levantado con el pie derecho o con el izquierdo. El caso es que su presentación no parece la mejor de las posibles. En el caballo no se emplearon demasiado, a alguno se le castigo, pero sobre todo se les picó mal, sin ponerlos bien en suerte y sin ejecutar esta a modo. Que en eso de poner un toro en suerte no me refiero a casos como el de Perera, que de repente decide que deja ahí el animal y él se marcha por detrás del caballo, lo que vulgarmente se llama “por el culo del mulo”. En descargo del ganado hay que decir que no fue bien lidiada y que en bastantes casos se les dieron capotazos de más. Eso sí, como los más fieles de esta moderna taruromaquia, en la muleta iban y venían que era un gusto. Unos más parados que otros, pero iban. Tampoco eran bobonas, pero al final iban y venían y hasta seguían las telas allá dónde se las ponían, si se la echaban a las nubes, a las nubes que iban, si la cosa era para echarse el toro encima, pues el toro se venía encima, que si les dejaban un hueco enorme entre el trapo y el bulto, pues tiraban por el hueco que le dejaban, pero nada que no se pudiera solucionar simplemente con toreo y un poquito de mando.

De los dos espadas, pues si hacemos caso a unos, estuvieron memorables y lástima que fallaran a espadas, pero otros dirán que de toreo más bien nada, de trapazos mucho y a veces, de teatro, en exceso. Perera sigue con ese empeño de castigar a sus no afines con su destoreo, prolongando la faena hasta conseguir la desesperación de los presentes. Poco capaz con el capote, solo levantó los ánimos en un recibo rectificando en cada lance. Inoperante durante la lidia, como siempre en la muleta, siempre en línea, muy distante y abusando del pico. En su segundo pasó con la lentitud que marcaba el de Victorino, acompañando siempre en línea, escupiendo siempre para fuera al animal. Un aviso antes de pensar en tomar la espada, con la que recetó una entera muy caída y por aquello de no “estropear” la obra de arte, haciendo por no desacabellar, sin importarle ni el toro, ni la imagen, ni la desesperación del personal. A punto, por unos pocos segundos, no escuchó el tercer aviso, pero aún así, el respetable, que a veces se hace respetar muy poco, le concedió un despojo. Perera es un habitual de trasteos eternos y de ir cambiando de mano sin criterio alguno, dando más la sensación que lo hace porque se le cansa el brazo, que por necesidades de la lidia.

Emilio de Justo mostró su disposición, y la del público, en un primer quite por chicuelinas apartándose en todas, que el respetable jaleó con entusiasmo. Después, en el recibo de sus dos primeros no aguantó y tuvo que darse la vuelta para perder terreno hacia los medios, lo que también gustó, quizá debido a su firma tan teatral de adornar sus modos. En el sexto se gustó, como parece gustarse siempre, con unas verónicas con la puntita del capote y rectificando demasiado. Con la pañosa en su primero inició pegando respingos, para después pasárselo a una distancia más allá de lo prudencial y siempre tirando del pico de la muleta, pico y a correr, pico y a correr, lo que en lugar de desanimar a los asistentes les enardecía cada vez más. Carreras y voces, muchas voces, que casi eran más efectivas en los tendidos, que en el de Victorino. Medios muletazos, quitando el engaño de golpe para recolocarse a la carrera, mientras el toro seguía la tela allá dónde se la pusieran, aunque lo que más emocionaba era cuando se la arrebataba del hocico. El fallo a espadas desinfló el suflé, que rápidamente volvió a subir en el cuarto, al que de primeras no parecía saber por dónde entrarle. De nuevo pico y carreras y en una de estas se descubrió y el toro hizo por él, afortunadamente no impidiendo que pudiera seguir en el ruedo. Siguió con esos medios trapazos, encogido, pero que una vez que pasaban los pitones, sacaba la panza para adelante. Y con el sexto, que medio se aguantaba en pie a duras penas, pues de nuevo lo mismo, la uve de la muleta con la zurda, dejando que le tocara demasiado la tela, sin acabar de poder con su oponente, más pico, más separación, más voces, que ahora tiro el palo, eso que ahora llaman la ayuda, la de mentira de toda la vida de Dios, y el personal enardecido. Que bien que iban a cerrar la temporada todos esos que han llenado los tendidos de sol durante todos y cada uno de los festejos del curso, hiciera frío o hiciera calor… ¡Ah! ¿Qué no? Pero si se manejaban como si fuera los hijos de Díaz Cañabate, Corrochano, Navalón y don Joaquín. O sea, que… Pero bueno, qué más da, entre el teatro del espada para no descabellar y la algarabía de… de mucha gente, le dieron un despojo que el matador paseo con la parsimonia del que no tiene prisa, quizá porque ya tenía la cena hecha y los niños acostados. Y así se cerró un año más la temporada de Madrid, con gritos de Plaza 1 dimisión, con Plaza 1 sin hacer el más mínimo caso a las protestas, con unos y otros despidiéndonos de aquellos con los que hemos compartido largas tardes feriales, más largas tardes caniculares y así al final siempre nos quedan los buenos recuerdos… pero no desde el ruedo.

 

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lunes, 7 de octubre de 2024

A saber qué tienen esas gentes en las cabezas

Vamos a la plaza, que hoy viene el ídolo de masas, el que más gusta a los del negocio y el que más aclama la muchedumbre y que nadie les contradiga o les culparan de todos los males del mundo, porque a alguien hay que culpar.


Última de la feria de Otoño de Madrid, con la presencia de la gran figura, el que dicen que llena las plazas, el que despierta más interés por esos mundos de Dios, el que dicen que arrastra las masas. No me voy a poner a discutir nada de eso, más que nada, porque me importa entre nada y menos, que se interesen por ello los del negocio, pero no creo que sea cosa que deba interesar a los que clamamos por una fiesta íntegra y llena de verdad, con el toro como eje de todo esto. Pero lo que sí que me atrevo a afirmar es que este figurón no aporta nada al toreo, es más, creo que resta, y si llega algo de su mano solo es ponzoña. Un señor que navega como nadie en la bronca y que para engrosar sus estadísticas de despojos tiene que echar mano de ella y nunca jamás de conocimientos de la lidia, de verdad en su toreo, de mando, de dominio, porque, que me perdonen sus partidarios, pegar trapazos, lanzar las telas al aire, permitir que se las enganche el toro y pasarse el toro por el culo nada tiene que ver con eso, con el dominio y el mando y si añadimos ese permanente abuso del pico y de citar desde muy fuera, pues nos queda lo que es, un vulgar pegapases con un márquetin admirable. Tan admirable que convence a las masas, esas mismas que van a la plaza con el único fin de ver despojos y más despojos y creerse que han visto algo grande, porque en lugar de ver la incapacidad de un señor para hacer el toreo, se creen ver un héroe dispuesto a inmolarse por una causa divina, que en realidad no es otra que alimentar su vanidad y llenar la bolsa a coste de incautos que van a eso que ahora llaman la “tauromaquia”. Pero si solo les guiara la inocente ingenuidad, pues venga que vale, pero no parece que sea así. Estos son los que no consienten que nadie mantenga, ni mucho menos razone, una opinión opuesta a su triunfalismo rayano en la necedad. Que se ponen a jalear, muy a menudo con falso y hasta escaso entusiasmo, pero que solo se ven espoleados cuando alguien no está por la labor de entregarse a su delirio talanquereño. Y en estas, en gran medida por esa falta de recursos y vicios exagerados de su ídolo, resulta que el toro le levanta de mala manera y le tiene a su merced unos interminables segundos. Cite de pecho desde muy fuera, el brazo estirado exageradamente y el animal opta por tirar por el hueco y se produce el indeseable percance. Y la reacción de esta gente, reacción infantil de niño caprichoso, es buscar un culpable inmediatamente y automáticamente miran al sector que protestaba las trampas del ídolo; ellos, ellos son los culpables, por su culpa el ídolo ha sido cogido, no hay otra causa nada más que ellos. Pero, ¿qué tiene esta gente en la cabeza? Que no es la primera vez y como en otras ocasiones, me pregunto: ¿se puede ser más…? ¿Cabe mayor ruindad? ¿Qué razonamientos tiene esta masa de…? Que igual no caen en la cuenta de quizá los que protestan uno de los motivos por lo que lo hacen es por eso mismo, porque con esas maneras es muy probable que un toro te levante los pies del suelo. Eso sí, despechados, piden el despojo para su ídolo, la oreja del rencor. Y así en un suspiro saltan por los aires, una vez más, esos supuestos valores que estos y otros a los que solo les importa el negocio, atribuyen a la fiesta de los toros. Los toros, que si son de Fuente Ymbro, pues poca novedad, clones modernistas tras clones modernistas que sirven para colaborar a lo que es todo este circo. Dignamente presentada, justa de fuerzas, sin poderla picar y lista para el trapaceo.

Además había dos actuantes más, que gracias a estas mañas de este ídolo de pacotilla, esta divinidad de la ignorancia, pasan a segundo plano. Uno, paco Ureña, torero al que se le podrán reprochar muchas cosas, pero que no se le puede negar nunca ni la honradez, ni la entrega. En su primero, uno de Fuente Ymbro justito de fuerzas, le trasteó atravesando la muleta y entre enganchones, que cuando daba la salida antes de tiempo el animal se le venía al hueco entre trapo y bulto. Inédito con el capote, a su segundo, que no se le picó, le llegó incluso a recibir medio aseado, para después dejarse invadir por una faena de más dar aire que torear, dejándose tocar demasiado las telas, mano alta, achuchado por momentos, muy fuera y trapazos de uno en uno muy encima de su oponente. Y en el que le hubiera tocado al ídolo de la muchedumbre, que no estaba por la labor de ir al caballo, después de un mitin en banderillas de la cuadrilla del ídolo, que no parecían ver cómo dejarle los palos a un animal que esperaba mucho, lo que ciertamente complicaba bastante el parearlo, pero quizá tampoco están acostumbrados a estas cosas, quizá están acostumbrados a lo mismo que su jefe, a la boba y a la bronca con quien no le ríe las gracias; gracias que maldita la gracia que tienen. Ureña intentó por ambos pitones y el de Fuente Ymbro solo se defendía, provocando enganchones y algún desarme. Tampoco era como para ponerse a hacer gollerías.

Víctor Hernández se vio favorecido por la corriente despojista provocada entre las masas por la divinidad de la “tauromaquia” y en su primer toro, al que recibió con flamear incomprensible de telas sin pensar antes en fijarlo, pagó su osadía durante la lidia; suelto al caballo, ahora voy, ahora me marcho, cabeceando frenéticamente en el peto. Tomó el espada la muleta y se lio a pegar trapazos muy distante, aparte de que citara de lejos, dando aire al Fuente Ymbro, siempre distante, con el pico de forma exagerada y poniendo posturas y más posturas, con con5tinuos enganchones y los rencorosos con los críticos que no se sabe si estaban muertos o estaban de parranda, que apenas reaccionaban, hasta que con el toro a paso de caracol le regaló un viaje que acompañó al mismo ritmo y le “bienearon” con algo más de ímpetu, llegando al éxtasis con un intento de bernadinas que comenzó con una situación comprometida que dio paso a un alboroto de trapazos sin sentido que enaltecerían a un maletilla en las fiestas patronales… y a la masa con ansias de despojos, que colmaron con eso, con un despojo. A su segundo le volvió a dejar a su aire, flojo, no se le picó, si acaso se dejaba poner el palo encima, sin que el de arriba y el de abajo hicieran además de hacer fuerza. Con la pañosa comenzó con telonazos, aquello que alguien llamó del celeste imperio, porque el personal enloquecía y lo que pasaba era que se les engañaba como a chinos. Y efectivamente, la muchedumbre se entusiasmó, por supuesto. Lo que vino después es lo de siempre, trapazos con la muleta al bies, ventanazos, muchas prisas, haciendo lo que marcaba el toro, hasta un desarme con un violento golpe en la cara. Más arreones, desarmes y mucha carrerita. Sería por el metisaca traicionero en la paletilla que el personal obvió lo del despojo, aunque seguro que se quedaron con ganas, porque si a lo que se viene es a eso, para que disimular. Y que nadie les quite el caramelito, que ya saben, se pillan un perraque de padre y muy señor mío y si no consiguen lo que quieren, como los niños caprichosos, embisten contra lo que se les ponga delante y si tienen que culpar al de enfrente de ser culpables de una desgracia, pues al cuello a por ellos, que solo son unos que protestan por todo, sí, por todo lo que ellos no son capaces de ver y mucho menos de enterarse y de lo que tampoco se quieren enterar, porque ellos… Y viendo estas actitudes uno solo puede decir que a saber qué tienen esas gentes en las cabezas.

 

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sábado, 5 de octubre de 2024

El artista, el simpático y el ídolo del 5 los autobuses de media distancia

Con esta "tauromaquia" imperante nos quieren engañar como a chinos y sí, a veces, hasta lo consiguen.


Que no quiero yo que nadie se me confunda, que todo son habladurías, de uno dicen que es un artista consumado, que da gusto verlo vestido de luces, que le sienta el vestido pa comérselo, de toma pan y moja. Otro, aunque también alimenta las compañías de autobuses, derrocha tanta simpatía, que hace que se te olvide todo lo demás. Que lo digo en serio, puede ser de los toreros más majos del escalafón. Y el tercero, pues el hombre tiene tan poquito que ofrecer, que o te quedas con que es el ídolo del 5 y quizá algo del 4, o no le sacas más chicha. Y de comparsas, porque cuando están los figuras los toros no pasan de eso, de comparsas, los del Puerto de San Lorenzo y dos de la Ventana del Puerto. Un primero al que igual le hizo más pupa la divisa, que las dos entradas al caballo. Manseaba y blandeaba casi o mismo. Siempre sin perder la referencia de por dónde había entrado, al que Manzanares después de mucho tanteo se puso a pasarlo con el pico de la muleta, a una distancia razonable para no mancharse el terno, dejándose llevar a la querencia del toro, siempre de manso y por si a alguien le quedaba alguna duda, bastó verlo salir a escape tras uno de los pinchazos de Manzanares. Al cuarto, de la Ventana, aparte de quedar inédito con el capote, no pudo ni ponerlo en suerte ante el peto, donde decir que se le picó sería exagerar y mentir por igual. Pero el espada no estaba por cejar en su intento de reafirmarse como artista dónde los haya, pero… Que decían que Belmonte era feo y toreando parecía guapo. Pues en Manzanares eso no ocurre. Que sí, que compone como nadie, el Mozart de la composición deberían llamarle, pero es ponerse a torear y… Que sí, que siempre hay quien jalea el cite fuera metiendo el pico de la muleta, pero si a esto añadimos a un animal que más parece un burro que un toro, entonces ya se nos diluye el arte ante nuestros ojos. Que a ver cuándo llegará su despedida; que debería darse prisa, que ahora nos tiene calentitos y repartimos oreja como ni no hubiera un mañana. Si es que ya no es lo que era, ni un ¡guapo, guapo y guapo! Que también puede ser que las fans de otros tiempos ya no tengan los bríos de otros momentos y entre esto y que él tampoco ayuda.

A Román no se le puede discutir la disposición; el mayor problema es que no acaba de identificar muy bien las ocasiones, que resulta que a la gente la enardece eso de ver citar d una punta a otra del ruedo y allá que va él, sin pensar si su toro está para esas cosas, o sí, pero sin esas exageraciones terriblemente exageradas. A su primero no se le pudo apenas picar, una lidia desordenada, capotazos aquí y allá y el animalito penando por el ruedo cargando los kilos que su alma no aguantaba. Y Román se pone en la otra punta a llamarle para zascarle un trapazo tras otro en toda regla, despegadísimo, pegando trallazos con el pico y el animal como loco por irse a tablas. Prosiguió intentando cazar trapazos detrás de el del Puerto, recorriéndose el ruedo detrás de un mulo. Y para acabar, pues unas manoletinas, ¡ahí es na! Al otro mulo que le tocó en suerte, el otro de la Ventana, cualquier cosa que le hiciera resultaba de una sosería pasmosa. Y así pasó, un trasteo insulso, el animal por los suelos, trapazos enganchados y a que pasara el tiempo, lo mismo por el derecho que por el izquierdo, intento de frente con la zurda, pero ya saben, Román lo intenta, le han dicho que esto o lo otros es muy efectivo para levantar los tendidos, pero lo que no le dicen es cuándo emplear cada recurso y así pasa.

Pero si alguien podía levantar la tarde, si alguien podía levantar los ánimos al infinito, ese era Tomás Rufo, al menos a los del cinco y quizá parte del cuatro, que iban con ganas de sacar al muchacho por el cielo de Madrid. Que cómo ya es norma, este no se preocupa no de lidias, ni de lidias, él va a lo suyo en los dos primeros tercios, que allá se apañe el toro, y luego con la pañosa suelta su repertorio allá le pongan uno de Juan Pedro, del Puerto o la mascota de Barcelona 92. Le salió como tercero un manso acaballado que protestaron los suyos, quizá por eso de manso, que se fue al que guardaba la puerta, salió del peto, se trompicó y el usía tardó nada y menos en devolverlo al corral. Y entonces salió uno de Juan Pedro al que no se picó, con signos de mansedumbre y al que Rufo recibió en el tercio de rodillas. Trapazos muy jaleados, no podía ser de otra manera, para proseguir con la muleta atravesadísima, dejándosela tocar constantemente, mucho baile, siempre fuera y pases y más pases que le hacían parecer un giraldillo dando vueltas sobre si mismo, hasta ya ponerse pesado, pero claro, un bajonazo tampoco era la mejor forma de acabar. Pero esto ya quedaba atrás, ahora a por el último del Puerto, otro para el que mantenerse en pie era más de lo que podía ofrecer el animalito. Y de nuevo una gran sinfonía de trapazos abusando del pico, citando casi de espaldas, echándoselo para afuera y sin hacer ni amago de rematar un trapazo, quizá para que no se convirtiera en un buen muletazo. Eso sí, como los llegaba medio a apelotonar, el personal del cinco, loco, que ya veían a su ídolo pasear uno, dos o tres mil despojos, pero no culminó con la espada y todo lo soñado se esfumó igual que la faena de Rufo, avanzando hacia la nada. Y así se acababa una tarde en la que se podría decir que la corrida estaba hasta bien presentada, e incluso dejando lo de la mansedumbre de lado, que ya es mucho dejar, mansedumbre sosa, insulsa, es que no llevaban nada dentro, les costaba aguantarse y si no rodaban por el suelo era gracias a que ninguno dio un muletazo a ley, porque si a alguien le da por someter solo una vez, adiós la luz. Que esto es lo que hay, que excluir el toreo de verdad es la única forma de que estos animalitos puedan merodear por el ruedo ¿Y para quién? Pues para el artista, el simpático y el ídolo del 5 los autobuses de media distancia.

 

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jueves, 3 de octubre de 2024

Pues no haber venido, ¡leches!

Salen en las fotos con cara arrogante, se muestran como figurones a punto de alcanzar el doctorado, mueven autobuses llenos de paisanos, hablan como maestros consagrados, exigen como deidades de la tauromaquia, pero suena el tararí tararí de los clarines y adiós la luz.


Que ya está bien de quejarse que si esto no hay quién lo aguante, que ¡vaya con los que van a ser alternativados! Que qué largo se me ha hecho, que ni un par de banderillas, que los de Fuente Ymbro… Pues si no te gusta, no vayas, haberte ido de compras al Primark a comprarte un pijama, tres camisetas y dos calzoncillos de felpa de cuello vuelto para el frío. Pero ya vale de quejarse, hay que saber buscarle la parte buena a las cosas, hay que ser optimista. Que sí, que ni a los de Fuente Ymbro, ni a Valentín Hoyos, ni a Nek Romero, ni a Chicharro, ni a los paisanos, ni a nadie había por dónde cogerlos, que si te ponías a sacarles algo se quedaban como un pingajo, pero hay que ser optimista ¿Y qué ha sido lo más positivo de la tarde? Pues… pues… pues… Ya sé, que no han ido los GEOS a bloquear las puertas de la plaza y después del sexto nos han dejado volvernos a casa. Qué felicidad poder volver a abrazar a los tuyos ¡Ya estoy aquí! Y que te reciban como si volvieras de la guerra de Cuba, aunque volvieran cantando.

Pero claro, una cosa es ponerse optimista y otra obligarles a leer lo que ha pasado en la novillada. Pero nada, no me voy a extender, que tampoco hay para extenderse mucho. Que resulta más fácil hablar de lo bueno de los pueblos de los novilleros, que de los novilleros mismos, que se les está poniendo una cara de abrir carteles de figuras para el año que viene, que no lo pueden evitar. Abría plaza Valentín Hoyos, de La Alberca, Salamanca; se lo recomiendo, que preciosidad y qué embutido. Seguía Nek Romero, de Algemesí, que preciosidad de plaza de toros y las paellas, los caracoles, la locura. Y cerraba Alejandro Chicharro, de Miraflores de la Sierra, uno de esos refugios cerca de Madrid para perderse y casi tocar el cielo. Ahora, de lo sucedido en el ruedo, es hablar de uno y hablar de los tres, porque es complicado diferenciar a los unos de los otros. Con los capotes son una verdadera nulidad, que ya pueden estar a las puertas del doctorado, incluso con fecha ya fijada, pero con la seda parecen verdaderos principiantes, cuando no los mozos del pueblo en la capea en honor a su patrón. Ni fijar un toro, ni ponerlo al caballo, que lo mismo venía suelto al hilo de las tablas, que va suelto y el picador en lugar de picar, no pone el palo por delante y acaba en el suelo y el factor común de dar mantazos de más, no por eso de quitar con lucimiento, sino por esa incapacidad de no hacerse con el animal. Y con el percal, ¡ay el percal! Lo de las faenas de muleta es a ver cómo te enjaretan siempre el mismo repertorio, que deciden empezar de rodillas, esté el novillo cómo esté. Consecuencia: el trapo por el suelo y el matador a la carrera. Lo habitual de citar desde fuera, de abusar del pico, de a lo sumo cazar trapazos y cuando ya no dan para más, a meterse entre los cuernos, a sacarlos de uno en uno y alargar el trasteo hasta la desesperación del personal sentado en los tendidos. Que lo de Fuente Ymbro tampoco ha dado para demasiado, casi para nada y menos, pero le sale uno con nervio a Alejandro Chicharro en el sexto y no es capaz de pararlo, de mandarle y de evitar enganchón tras enganchón para frenar la brusquedad de sus embestidas. Y quizá este fue el único caso que se ha salido un poco de la norma. Y con la espada, pues que igual hay que pensar en una escopeta de dardos tranquilizantes o irse a hacer carrera a Portugal, que allí lo de las espadas… ya saben. Eso sí, hacerle trabajar a los de los clarines, con avisos tras avisos y a veces hasta rondando el tercero.

Por otro lado, lo de Gallardo ha salido unas veces manseando buscando las tablas, si acaso medio peleando alguno aislado en el caballo, como mucho con un solo pitón, saliéndose sueltos del peto, yendo o no a la muleta como borricas detrás de una zanahoria. Eso sí, una presentación impecable, uno que se acercaba ya a toro, otros que cada vez salían más escrurriditos en el tipo raspa asardinada, otro que le tapaban los cuernos, otro con cabeza de novillo y cuerpo de gorrino Duroc e incluso uno feo acaballado, ideal para el domingo en el premio Marqués de Bradomín en el hipódromo de la Zarzuela. En definitiva, ¡una tarde… vaya tarde! Que alguno habrá pensado que el reloj se le había parado y que marcaba menos tiempo del que llevábamos allí encerrados viendo semejante espectáculo, viendo el provenir de la fiesta, que ya es el más irremediable presente. Pero claro, si resulta que todo les parece mal, que no les gusta nada, que no ponen ni un poquito de su parte para rescatar algo, para ver lo positivo, pues no haber venido, ¡leches!

 

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lunes, 30 de septiembre de 2024

Y ahora, disfrutemos del legado de los maestros



El que espere ver primeros tercios espectaculares en los festejos concurso, pues que se compre una máquina del tiempo y viaje hasta el año... hace mucho.



Todavía resacosos de lo del día antes, con ese dolor de cabeza, que parece que te va a estallar cuando te han metido garrafón, alcohol de quemar o ese trapaceo vulgar y tramposo que impera desde hace años en estos tascurrios en que han convertidos las plazas de toros. Y el tascurrio más importante del mundo parece que va a ser Madrid, que de la mano de sus gestores, la empresa y la Comunidad, nos están llevando a las más altas cotas de lo insufrible. Que previo a la novillada concurso, los aficionados desviaban las conversaciones a la buena tarde que se había quedado, a la nostalgia de los Payasos de la Tele o a que ya va apeteciendo un chocolate con churritos bien crujientes. Que hacían como si un poquito después no fueran a salir seis novillos de diferentes ganaderías, que es lo que tienen las concurso. Vamos, que se han montado un Saber y Ganar, concurso longevo de la tele hispana, pero con la salvedad de que aquí es El que sabe, pierde”. Que en las concurso se decía que los actuantes deberían contar con cierta capacidad lidiadora para lucir al ganado, especialmente en el caballo. Pues otro día, si alguien tiene tiempo y ánimo, que se lo explique a los actuantes, Villita, Jesús Moreno y Diego Bastos.

Que lo suyo era eso, buenas lidias, primeros tercios espectaculares, bregas eficaces y justas, para terminar poniendo la guinda en la faena de muleta. Pues nada de eso, como se podía esperar, porque los novilleros, estos y casi la totalidad de los que calzan las rosas, van a lo que van, manteos de compromiso con los capotes, sin saber tan siquiera defenderse, como hacen los maestros que cobran euros por sacos; poner los novillos en el caballo, a contraquerencia, medir los castigos y si la cosa marcha, hacer que vayan tres veces al caballo, aunque con cuidado, porque visto lo visto la vigilia, hay que tomar precaución cuando se estrellen contra los petos, que ya saben, ahí se despitorran los animales ¿Cómo no van a pesar los petos un quintal, si los deben forrar de mármol de Macael, con una fina película de hormigón armado. Los novillos eran, por orden de aparición, de José González, que ya manseó en el caballo y se dolió en banderillas, aunque luego iba y venía al trapo rojo, dónde no le hacían pupa. El segundo de la Condesa de Sobral, que casi llega a medio cumplir en un segundo puyazo, cuando no peleaba con un solo pitón; luego bastante tuvo con aguantarse en pie y avanzar a paso de caracol. Después vino el de Guerrero y Carpintero, al que no se le picó, mientras él respondía con arreones y como es ya norma, apenas se aguantaba por las poquitas fuerzas. Uno de Quintas, aparejado de capa, ya flojeaba en los primeros compases, dos picotazos a los que respondía echando la cara arriba, para derrumbarse en los primero envites de muleta. Un quinto de Baltasar Ibán, que como toda la corrida, ya daba muestras de falta de fuerzas de salida; no humillaba en el peto, con una segunda vara en la que parecía que el picador se creía estar tocando el tambor en el lomo del novillo. Pero aún así, este se acabó subiendo a la coronilla de su espada. El sexto, de Ángel Luis Peña, descabalgó al picador, después de estamparse contra el peto, al echar la cara arriba. Mala lidia, mucho capotazo, para concluir erigiéndose en el amo del ruedo a base de arreones, a pesar de flojear a ojos vista.

Los espadas, pues ya digo, digno representantes de este legado de modernidad que han recibido de los maestros que esta temporada se han ido despidiendo y los que aún esperamos que lo hagan, aunque si no quieren pasar por el trago de Madrid, pues les mandamos unas orejas por mensajero express, contratamos cuatro forzudos y que les saquen a cuestas por la puerta de su casa, mientras unas plañideras les jalean en la calle. Y así, todos contentos. Pero los que aún tienen mucho que pasar, o poco, quién sabe, son los novilleros que se apuntaron a este “El que sabe, pierde”, eran Villita, maestro en no saber manejarse con el capote y que con la pañosa zascaba unos latigazos trallaceros que aplaudiría cualquier comentarista de la tele, sin pensar que les espera el paro para el año próximo. Pico, siempre muy fuera, estirando el brazo y en lugar de rematar los muletazos, pegando unos ventanazos que sus maestros jalearían sin rubor, aunque en la plaza ni el paisanaje se entregó a su insulso quehacer. Jesús Moreno, que se ganó con sangre su presencia en la concurso, dejó claras las fuentes de las que bebe para hacer su toreo, de las de todos. Insulso, aburrido, ventajista, sin un gramo de gracia, pero bailando constantemente. Y Diego Bastos, que cerraba el cartel, fue capaz de superar a sus compañeros en eso de aburrir al personal, con mucha carrera, por supuesto, solo poniéndose pesado y como en el sexto, no pudiendo ni con una miajita de genio, que no casta. Que ya hemos digerido el primer fin de semana ferial en otoño, entre despedidas y concursos, pues relajémonos y ahora, disfrutemos del legado de los maestros.

 

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sábado, 28 de septiembre de 2024

Hasta nunca, aunque el daño ya estaba hecho

Algunos han debido pensar que todo era una broma, pero no, parece ser que el sainete muchos se lo han tomado en serio.


Se podría decir eso de tanta paz lleves como tranquilidad dejas, otros más duros que se vaya de una p… vez y no vuelva, otros simplemente sentimos alivio momentáneo, porque ya en el día de la despedida nos rondan los buitres anunciando una próxima vuelta a los ruedos del que dicen decía adiós a Madrid, y otros, muchas caras nuevas, muchas fotos a la plaza, muchas fotos con la plaza de fondo, mucha cara del que vi por primera vez algo que no imaginaba ver, mucha churri a la que ha llevado su churri a la despedida, la gran despedida. Pero si alguien esperaba ver caras conocidas, caras de los habituales, pues ahí la lista de faltas era notable. Qué cosas, se despide un dios y el aficionado dice que le aguante Rita, que él no está para sainetes. Estos los más espabilados, porque otros no aprenderemos nunca, otros estamos como para que nos reciba todo el colegio de psicólogos de Madrid. Que el que se despedía igual ha vivido una tarde de ensueño, pero esto me recuerda a aquella visita de Sissi a la Scala esperando ser recibida por la aristocracia local y con quién se encontró fue con aquellos a los que los primeros les habían cedido su sitio, que de sangre azul no tenían nada. Pues el despedido, si cree que ha recibido el calor de Madrid, que se le quite de la cabeza. Como decía una voz del tendido, que público más bueno ha venido hoy; la santidad en pleno. En el cartel de postín, aparte del que se despedía, Samuel Navalón, asignado en esta ocasión para que el maestro no tuviera que pasar por ese duro, durísimo trance de tener que abrir plaza. Que te tires tres décadas de figura para luego tener que sufrir semejante trance, me parece rondar lo inhumano. Mejor un chavalín que confirme y que si se le estrella, pues se siente, que hubiera pedido otra cosa. Y David Galván, que ese no molesta, fiel seguidor de la escuela del que se despedía, pero que por no molestar, no molesta ni a los toros que le tocan en suerte ¡Ay, los toros! Se anunciaban seis toros seis, de Juan Pedro Domecq, pero ya que era una despedida, pues, ¿por qué no montar un desafío ganadero de improviso? Bueno, desafío, lo que es desafío. Tres de Juan Pedro y tres de Garcigrande ¡Vayaaaa! Y sálvese el que pueda. Que igual la mentes mal intencionadas pensaban que Juan Pedro no era capaz de juntar seis para completar el festejo, que no digo yo que no, pero queda más épico lo del desafío, ¿no? Eso sí, no se completaban seis, pero, ¿de quién eran los sobreros? ¡Bingooooo! De Juan Pedro Domecq. Y no le busquen explicaciones, porque casi mejor no encontrarlas, porque al final van a acabar pensando mal y en la de esta despedida no hay que pensar mal. Lo de Samuel Navalón, pues bueno, ya ha confirmado la alternativa. Un fiel discípulo de la modernidad, con faenas eternas e insufribles, pico, carreras, echándose el toro para afuera, que si arrimón, que si ahora tiro la espada, que si me alboroto, que si casi te mandan el tercer aviso en su primero, que el primero fue nada más coger la espada y en su segundo, después de la maratón de las Ventas, esa gente tan güena le pidió la oreja y presidente, más güeno aún, se la dio. Achuchones por dar la salida antes de tiempo, y un espadazo trasero que era suficiente para que el público tan bueno él, no se desanimara. Que igual volveremos a verle, pero ya les digo yo que a alguno le tendrán que dar detalles de quién es, porque más de uno no se va a acordar ni de él, ni de su labor el día de la despedida del que se despedía.

Además también estaba anunciado el que no molestaba, David Galván, con su toreo hierático, despejado, sin apreturas, sin ajustes, con mucho desajuste, tirando del pico de la muleta con garbo, pero con pico, al pasito del animal que bastante tiene con desplazarse, despacito, pero se desplazaba. Que no negaré la estética, la compostura, para el que le llene la compostura e incluso si tiramos de bisturí, que si un momento en un muletazo, que si… pero si no hay toro que torear y además lo hacemos con ventajas, pues… que uno se queda in albis. Que igual algunos, si no es por el fallo a espadas, hasta se habrían olvidado de que estaban allí por la despedida y hasta le habría dado un despojo. Que habrá quien llegados a este punto pensaran que no se ha dicho ni una palabra del comportamiento de los toros en el caballo. Pues es que si no hay comportamiento, si no hay suerte de varas, si no hay nada, pues, que no se les ha puesto en suerte, que no se les ha picado, si acaso el que alguno saliera espantado del peto, que esa es otra, ¿de qué se fabrican ahora los petos? ¿De granito? Que va el primero del que se despedía, topa en el caballo y se rompe un pitón, vuelve a entrar y se lo estropea todavía más ¡Caramba con la guata! Y cómo se puso el personal con el palco, porque no devolvía el toro que se había lesionado en el ruedo. Que pocos repararon en su evidente falta de fuerza, pero lo del cuerno. Vaya vocinglerío, pero el usía, con buen criterio, aguantó el tipo y no sacó el pañuelo verde. Y salió el toro para la historia, el toro para la eternidad, uno cortito, gordito, bien majete él, al que ni un capotazo, si varios mantazos, al que no se picó, al que Fernando Sánchez puso un par a cabeza pasada y que el personal, la cátedra del buenismo, le hizo saludar. Que muy despistado había que estar para no pensar que se avecinaban dos orejas, triunfo y salida a cuesta en el día de la despedida del que se despedía. Empezó este tirando de su más puro clasicismo, el del pico, el del dar aire al animal, el de la lejanía, que si se le vencía no era que no le llevara toreado, era pura épica, que al personal parecía hacerle encontrarse con un nuevo Teseo delante de un mojicón con cuernos. Como la cosa no parecía que iba a llegar al clímax, pues venga remates por aquí y por allá, aunque el toro fuera por un lado y el trapo… el trapo parecía decir adiós al personal. Luego arrimón, trapazos de uno en uno, eso que tanto practicaba por esas plazas de Dios de citar genuflexo y hacer girar al animal en su entorno ¡Madreeee! Esto es la locura. ¡Cuidado, que lo repite! ¡Ay señor! ¡Gracias por haberme permitido ver la despedida del que se despedía! De locos. Toda la plaza enloquecida, unos por ser testigos in situ de todo el repertorio más vulgar y provinciano del que se despedía y los otros porque no daban crédito de que con eso nadie pudiera creer tocar el cielo. Más de uno en uno y entera rinconera. Unos clamaban al cielo, otros llamaban a su madre, otros a su cuñado, otros a Telepizza. Vuelta al ruedo parsimoniosa, saludos de despedida como si el que se despedía se entregase en holocausto a las divinidades de la tauromaquia más vulgar que nadie pudiera haber imaginado nunca jamás, ¡qué prodigio! Tanto, con tan poco. Pobre plaza de Madrid, a la que han convertido en la fregona de esto que llaman tauromaquia. Pero ya les digo que lo mejor de todo no era otra cosa que la despedida del que se despedía, que a propósito, si no lo sabían, se llama Enrique Ponce al que la Providencia le llene el bolsillo lo suficiente como para que no tenga que volver. Señor Ponce, hasta nunca, aunque el daño ya estaba hecho.

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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