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lunes, 3 de octubre de 2016

Lo que lucían en la finca

No por ser cárdenos tienen que comportarse como aquellos albaserradas de otros días


Qué bonitos tenían que estar los adolfos en la finca allá en Cáceres, con esas arboladuras de bergantín arrogante, con esas capas cárdenas, aunque quizá el que más podía recordar lo de Albaserrada era el que no era cárdeno precisamente. Seguro que muchos de los que han disfrutado con la última de Otoño los recordaban entre las encinas y se han emocionado al verlos sobre el ruedo de Madrid. ¡Qué láminas! ¡Qué estampas! Pero luego los veías por el ruedo y ya te tenían que decir que eran de Adolfo Martín, porque si no, igual no caías en el origen. Bueno sí, bastaba escuchar el entusiasmo del respetable y ver poner caras al Cid, como si estuviera protagonizando las mismas hazañas que su tocayo de Vivar.

No se podrá quejar el ganadero del público de Madrid, que a pesar de lo que ha salido, nadie le ha espetado aquello de ¡qué asco de ganadería! Que la cosa no era para tanto, pero ¡hombre! si aplicamos el mismo rasero para todos... O igual es que estaban aún estupefactos con la presencia de los adolfos ¡Qué láminas! ¡Qué estampas! En el primero sí que tuvo que tragarse el bueno de Rafaelillo aquello de “se va sin torear”. Anda que empezábamos bien con lo de la exigencia. Tres veces que fue el toro al caballo; para grabarlo en la piedra de Madrid, un toro recibe tres puyazos. No fue una pelea espectacular, ni memorable, yendo al peto solo una vez bien colocado en suerte, para que viéramos que tardeaba, se aproximó unos pasitos y entonces sí que se arrancó, cumpliendo con fijeza en el primer tercio. Tras dar la impresión de quedarse en banderillas, el murciano le trasteó por abajo, intentando alargarle el viaje, con el piquito de la muleta y hasta tirando de la embestida. Hasta se le vio algún derechazo aislado con temple, ¡qué cosas! Luego se empezó a atacar, a esconder la pierna con menos disimulo, probó por el izquierdo, pero por allí el animal se quedaba más, que si de frente, que si a ver si se puede, pero ya se había acabado el toro.

Al cuarto le faroleó de rodillas, pero en seguida se dio la vuelta cediendo terreno hasta los medios. Penoso tercio de varas, con todo quisque fuera de sitio, toreros, toro, caballos y el trompeta de la banda. Salió cortando mucho el viaje por el pitón derecho y por el izquierdo se quedaba a medio camino, consintiendo cada vez menos muletazos por tanda, para acabar echándose encima en cada serie. Por el derecho casi peor, solo quedaba convencerse de que allí no había ya nada y que no quedaba otra cosa que finiquitar y a otra cosa. Como aquí se percibió el peligro, entonces sí que se hizo salir a saludar al murciano. No se qué camino tomamos si se valora solo si hay peligro o no, olvidándonos si hay condiciones y conocimientos para vencer dicho peligro.

Aunque no se lo crean, todavía quedan aficionados con fe, inquebrantable, que aún creen en el renacer de El Cid. Les vale el más mínimo asomo para vislumbrar el regreso de aquellas tardes de gloria y buen toreo. Lástima que la realidad sea tan tozuda y que se empeñe una y otra vez en demostrar que no hay tal resurgir. A su primero no se puede decir que se le picara, sería mucho decir para dos leves picotazos. Ya en la faena de muleta se jalearon muletazos aburridos y sin convencimiento tirando del pico de la muleta, más dando aire al animal, que conduciendo la embestida. Peor por el izquierdo, incluso alborotado por momentos, con un trapaceo insulso del que el de Adolfo salía con la cara a media altura, como un mulo pasando por los tornos del Metro.

El quinto, cornalón, quizá exagerado, se lo quitó de encima en el saludo de capote. Hasta ponerlo al caballo le costaba al matador, cosa que por otro lado deberían hacer los peones y que lo saque el maestro. El toro se limitó a dejarse en el caballo, sin oponer casi resistencia. Trallazos con la muleta, largando tela para mandar al animal allá dónde cayera; vulgar, tramposillo y más dando aire que toreando, muy al hilo del pitón y cuando ya no quedaban más recursos, el arrimón sin sentido, pero consentido por esas voces extemporáneas que arrancan a aplaudir como si estuvieran delante de Machaquito y el Bomba con los Miuras. Y no, esta vez tampoco volvió El Cid.


Si alguien afirma con convencimiento de que morenito de Aranda estaba anunciado, pero no compareció, igual hasta le doy la razón. O lo mismo si compareció, pero no estuvo. Echemos también la culpa a los toros, que algo tuvieron que ver, pero una cosa es no poder y la otra la disposición. A su primero no le pudo picar, a riesgo de que se derrumbara allí mismo. Lo cuidó para no hacer un estropicio en el presupuesto de toros a la empresa y lo pagó. Muletazos con la derecha en los que el animalito iba y venía sin más, para acabar rodando por el suelo cuándo se echó la pañosa a la zocata. El sexto salió buscando la salida desde el primer instante. Bien recogido por abajo por el espada, se le dieron dos puyazos con ganas, de los que salió como un mulo, un primo del que pasaba por los tornos del Metro. Pases y más pases sin un gramo de garbo, ni de torería, teniendo que trajinar además con esas ganas de irse a su casa. Hay que ver que panda de bueyes ha echado el señor Martín para cerrar la feria de Otoño de Madrid, con lo que lucían en la finca.

Enlace al programa Tendido de Sol del 2 de octubre de 2016:

sábado, 1 de octubre de 2016

No me vengan con milongas tramposas

A veces no cabe si no el mando y el dominio de las embestidas, que luego se te suben a las barbas y te afeitan el bigote


Siempre me ha chocado ese descaro de muchos de echar la culpa de todos los males a los toros, toros que no hablan y que cuándo lo hacen, no todos están dispuestos a escucharlos, aunque se tenga la seguridad de que ellos no mienten, pero los toreros y taurinos interesados, sí, y además con el desahogo del que está acostumbrado a ello. Siento si algún partidario de dos supuestos toreros artistas, los últimos vestigios de esta especie, sobre todo Curro Díaz, se pueden sentir ofendidos, pero si salen toros de lidia, con las complicaciones naturales de estos, y no se sabe por dónde meterles mano, igual hay que pararse a pensar un ratito... largo.

Sería paradójico que lleváramos años aguantando al Puerto de San Lorenzo con corridas infumables arrastrándose por la arena y que sea su motivo de destierro una que no han sabido entender los del mano a mano, una corrida que no ha sido ni la tonta del bote, ni una barrabasada. Simplemente había que hacerle las cosas y no esperar a que ella sola viniera aprendida del campo; eso se lo dejamos a los toros artistas, a los colaboradores, a los que ya salen picados y ahormados de fábrica, que son los que realmente queremos que salgan al ruedo. Pena y vergüenza he sentido de mi plaza al presenciar como se protestaba un toro por manso, con ademanes desairados de los sesudos taurinos, que no aficionados, que luego han calmado su ira con un puñado de capotazos instrumentados por Montoliú. Si hasta una potente y reconocida voz del siete se ha ofuscado con el ganadero. ¡Aaaayyy! Madrid, quién te ha visto y quién te ve.

Mano a mano estelar en la plaza de Madrid con dos diestros que vienen manteniendo una competencia feroz por esas plazas de Dios, con sonados y repetidos triunfos en esta plaza y que mantenía a la afición dividida entre curristas y garridistas. A punto ha estado la delegación del gobierno de declarar la corrida de alto riesgo. Hasta ha habido que requisar los paraguas a la entrada. Esas miradas de perro entre los alternantes eran todo un cuadro de la tensión que se vivía en el ruedo y que trascendía a los tendidos. Curro Díaz se llevó el primer sobresalto cuando su primero se le frenaba en las primeras embestidas. Hasta coceaba el animalito. Peleó en el caballo, curiosamente apretando más a contraquerencia, que a favor de ella, mientas le tapaban la salida. Apretaba en banderillas por ambos pitones. Curro se lo sacó hacia más allá del tercio, con gusto a una mano. Un derechazo y pico con calidad entre un mar de enganchones. Le permitió al del Puerto que le tocara demasiado las telas. Se venía de lejos, pero no encontraba una muleta que le mandara, más bien aprendió que aquello se podía cornear cada vez que se le ofrecía la posibilidad. Peor por el pitón izquierdo, mientras el espada iba perdiendo el control y el toro se iba haciendo el dueño de aquello. Un bajonazo y que pase el siguiente.

Salió el segundo de Curro Díaz, soso de salida y sin que nadie le sujetara a los capotes. Se marchó suelto a por el picador reserva, para que le taparan la salida en este primer encuentro. Un segundo cabeceando mucho en el peto. Quite de José Garrido dejándose ir hacia toriles, pero él estaba a lo suyo. La verdad es que cuándo el animal veía la puerta de toriles al fondo, iba como un tren. Repitió Curro Díaz el trasteo por abajo a una mano y cuándo se quiso relajar, atravesando demasiado la muleta, se quedó al descubierto y el toro no pudo más que levantarle los pies del suelo. Derechazos jaleados, sin rematar, quitando la muleta del hocico del toro. Detalles toreros y se repite la historia, se descubre y otro susto, evidenciando una preocupante y peligrosa falta de sitio. Quizá esperaba otro tipo de toro y le sorprendió un toro. Cosas que pasan.
El quinto salió parado como un buey de tiro, olisqueando la arena y para qué más; cómo se pusieron los taurinos, tiraron el yintonis de mala manera y se pusieron a protestar un manso. Hasata la voz del siete se indignó. ¡Anda que se lleven al manso! El matador le ofrecía el capote y el animal echaba las manos por delante con desesperada mansedumbre, eso era innegable, pero... ¿Pero? Pues quizá por una vez y sin que sirva de precedente, salió Montoliú a echarle el capote al hocico, de oreja a oreja, capeándole por la cara y el del Puerto despertó. Quizá después de esto es cuándo Díaz podría haber intentado estirarse, pero no parecía ya muy dispuesto, era manso y punto. Pues el manso, ya que nadie le echaba cuentas, se fue por su cuenta al caballo, salió suelto y volvió por su cuenta al peto, poniendo en apuros al picador, que por supuesto que le tapó la salida, mientras empujaba con cierta fijeza. ¿Bravo? No, hombre, no confundamos, pero tampoco era lo que muchos pensaron de salida. Siguió suelto por el ruedo ante la desgana del matador. Le recibió en el último tercio sentado en el estribo, estampándolo contra las tablas, muy artísticamente. Un bello trincherazo, prólogo de un toreo abusando del pico. En una de esas se dañó una mano, aunque al menos se mantenía en pie. A continuación vinieron muletazos despaciosos, corriendo la mano, mientras el animalito, el protestado por manso, se comía la tela. Cambió al pitón izquierdo, pero por allí no daban nada, ni uno, a trapazos, ni el otro, saliéndose suelto buscando zonas más acogedoras. ¿Detalles? Sí, claro, ¿toreo? ¡Ufff!

Uno de esos emergentes en los que verdaderos aficionados tienen puestas ciertas esperanzas, es José Garrido, aunque en la plaza de Madrid haya dejado poco o nada de lo que se le supone. Su primero salió como para confiarse, olisqueando la arena de Madrid y escondiendo el hocico entre las manos. El pacense le dejó a su libre albedrío, que él mismo se diera la lidia que le viniera en gana, que eso es lo que más pita ahora, los toros autolidiables. Dos picotazos escapando del caballo haciendo fu, como el gato y un tercer puyazo que ni se puede decir que fuera tan siquiera al relance. Incluso después volvió al peto una vez más; se notaría poco ahormado el del Puerto. Estatuarios, trinchaerillas, muletazos con el pico, aireando, que no mandando, más trapazos y empiezan a aparecer esos síntomas de aperreamiento con el toro, lo mismo por el pitón izquierdo, para al final sacar como única conclusión que el toro no ha valido. Pues... así es difícil que le valga a nadie un toro, al menos uno de los que no son de esos que ahora dicen para el torero; pues que se los lleven a su casa.

No cambió el panorama que presentaba José Garrido, mantazos de recibo y abandono del cuarto, permitiéndole deambular a su aire por el ruedo. Una primera vara haciéndole la carioca y una segunda sin apenas castigo. El exigente público de Madrid hizo saludar al Algabeño por un par en mitad de los lomos y el otro poniendo un solo palo. Faena abusando del pico y el toro enganchándole constantemente la muleta. Al mando que exigía el del Puerto, Garrido respondía con trapazos y banderazos desairados. Lo mismo por el pitón izquierdo, hasta que en un muletazo sale trompicado y en colaboración con la ineficacia de la cuadrilla, al levantarse le engancha de mala forma. La sensación que daba era que no sabía por dónde meterle mano. Brazo estirado, echando el toro para fuera en cada muletazo. Muy pesado, alargó sin motivo la faena, persiguiendo al animal al hilo de las tablas por toda la plaza. Sonó el primer aviso sin tan siquiera haber montado la espada y ahí se evidenció el calvario que venía. Quizá alguien tendría que explicarle al espada lo que puede pasar cuando uno se pasa de faena. Una sucesión de pinchazos y entre tanto dos feos revolcones, el presidente demorando a más de cinco minutos el segundo aviso, para al final acabar marchando el espada a la enfermería. Podrían haber sonado seis avisos en el mismo toro, pero realmente eso ya es lo de menos.


Tardó en salir de la enfermería para matar al sexto, ante la sorpresa del respetable, la pasividad del señor presidente y la falta de tino de la megafonía de la plaza, que informó de la tardanza con demasiada... Capotazo rodilla en tierra, seguidos de lances aburridos y sin convencimiento, más bien para pasar el trámite y punto. Como en sus dos toros anteriores, continúo desentendido de la lidia, permitiendo al toro un continuo deambular. Lo que vino después fue una interminable e insoportable ristra de trapazos, que a algunos les hizo pensar que si para esto tanta espera. Hubo un suceso curioso y contradictorio en la tarde. En un momento de apuro, saltó un espontáneo vestido de paisano desde el callejón para hacer un quite y evitar una cornada. Mal está tal circunstancia y el señor alguacillo se lo recriminó a dicho espontáneo, que casualmente, es un profesional. Mal está el invadir el ruedo de paisano, bien está esa reprimenda y la multa que le caerá con toda seguridad, yo no apruebo de ninguna forma esa moda de pasear a Emidio Tucci por los ruedos, pero es que si hoy no salta este inesperado auxiliador al ruedo, probablemente el apurado se habría visto desafortunadamente cogido. Y mi pregunta es, ¿dónde estaban las cuadrillas? ¿Se sancionará a las cuadrillas por no estar en su sitio durante el transcurso de la lidia? Pero seguro que nos contarán que es que tenían hora en la pelu, que si estaban en el excusado, lo mismo que otros ponen como excusa que es que no eran toros para el torero, que no tenían ritmo, que si eran toros informales, que si, que si... Miren señores, no me vengan con milongas tramposas.

viernes, 30 de septiembre de 2016

¡Feliz día de San AutoRes y San AVE!

Ni los faroles parece que puedan iluminar esta fiesta inmersa en tanta oscuridad


De bien nacidos es ser agradecidos y en tal fecha como es el último día de septiembre, en Madrid, en su plaza, se celebra la festividad de San AutoRes, famoso por su no parar por esos caminos de Dios, y San AVE, quien en lugar de hollar los caminos, volaba por las vías de RENFE. La cantidad de cosas y milagros que tenemos que agradecer a ambos santos, algunos más que otros; y si no, que les pregunten a los tres espadas que se anunciaban en la feria de Otoño de Madrid en tan señalada fecha. Tres maestros en eso de mover al paisanaje a las Ventas para, no sin desmedido entusiasmo, conseguir que sus paisanos se vuelvan a casa con algún despojo que otro. Eugenio de Mora, que me he enterado hace poco que hace un toreo puro y clásico, Juan del Álamo, muy querido en su tierra, y Román, que torear no sabrá, pero, ¿y lo que entusiasma al paisanaje y al los presidentes que no distinguen entre petición insuficiente y petición mayoritaria?

Lo de Fuente Ymbro ha salido una corrida colaboradora, con ritmo y sin toros informales. ¡No, no! No se crean que me he “volvido” loco o que he perdido la noción, es que si hablamos de torillos modernos, para toreo moderno, hay que ponerse a la altura. Pero les confieso que no me manejo en esa terminología, mis disculpas, así que vamos a lo clásico. Corrida justa de presentación, sin alardes, con alguno más con tipo caprino que otra cosa. Quizá entre toda la corrida habrán recibido entre medio y tres cuartos de puyazo, so pena de que cayeran redondos a la arena. Flojones, sin casta, pero que era ver la muleta y hala, a ir y venir como el perrito que busca la pelotita. Y ahí estaban tres gladiadores para plantar cara a semejantes fieras corrupias. Esos tres que en el verano gozaron del favor de un puñado de los animosos que durante el verano venteño apenas cubrían un cuarto de plaza y que con quince pañuelos y un fulard ponían los despojos en manos de los tres actuantes en cuestión y de otros muchos. Y de aquellos polvos, este aburrimiento, esta vulgaridad y esta incapacidad manifiesta para hacer el toreo, que no para pegar pases, que de estos largan docenas y docenas como si no costaran.

Eugenio de Mora, ese torero que dicen que es recuperable, como si algún día hubiera sido un provechoso matador de toros; a todo lo más disimulaba la trampa un tanto mejor. En esta de otoño no ha sido el caso. En sus dos toros ha obviado el primer tercio, no pudiendo ni tan siquiera poner el toro al caballo, ejecutando en su segundo la afamada suerte del piano, que no es otra cosa que llevar el caballo al toro y no al revés, emulando a aquel concertista de piano que arrimaba este a la silla y no al revés; cuestión de personalidad que diría aquel. A su primero le recibió de rodillas, por aquello de que los trapazos de hinojos tienen más valía, pero los trapazos, trapazos son. Acompañaba las embestidas sin rematar jamás un muletazo, sin mando, dando aire al burel. Con la muleta completamente atravesada por el izquierdo, no mejoró lo hecho con la derecha. A su segundo, ni tan siquiera pudo trapacear, pues el animalito no se quería quedar por dónde hubiera un trapo rojo. Medio lo sujetó por momentos, pero la querencia huidiza era más fuerte que la voluntad del espada.

Juan del Álamo, que venía a Madrid tras un tour veraniego confeccionado al calor de los ecos de las orejas recibidas en Madrid. A su primero no hicieron ni intento de disimular el que el picador iba a cobrar por estar y no por picar. Ni amago de regañar tan siquiera al toro. Trapazos plenos de enganchones, carreras para recuperar el sitio, pico y escupiendo al toro de la suerte, un todo pa’ fuera insoportable. El segundo le hizo apurarse un poquito más en los capotazos de recibo, en los que el animal se quedaba debajo de la tela, pegajosito, al salmantino le costaba hasta quitárselo de encima y como el animal era un informal y un maleducado, no paraba de seguir el engaño de del Álamo. En el último tercio varios conatos de trapazos, pero el de Fuente Ymbro medía el suelo a hocicazos una y otra vez, pero el espada, erre que erre, que no quería llevarse de vuelta ni un trapazo. El toro ya estaba demasiado parado y la absurda insistencia no tuvo otro premio que un feo revolcón, que afortunadamente no le impidió seguir en el ruedo.


Y salió el animoso Román, recibiendo al tercero rodilla en tierra, aunque a veces esta tocaba la arena una vez había pasado el toro. Lo que son las cosas, hasta puso l toro en suerte aseadamente; que ya sé que esto debería ser la norma, pero no me dirán que no hace ilusión el ver que un coletudo pone cuidado en ello. Yo hasta le habría pedido ya la oreja por semejante detalle, pero en seguida se me pasaron las ganas. Primero por no poder ver picar medianamente bien y luego por la retahíla de trapazos que se nos venía encima. Bien es verdad que en los primeros compases de la faena el animal parecía vencerse un tanto por el lado derecho, pero no hasta el punto que llegó tras pasar por la muleta del valenciano. Un toro que tomaba el engaño con codicia, citando de lejos en las dos primeras tandas, pero tanto le atravesaban la pañosa, que no paraba de tirarse por el hueco que quedaba entre esta y el bulto. Así una u otra vez, sin que nadie le mandara ni una vez, y pasándole por la cara la muleta, echándose Román el toro encima, él solito. Quería hacer ver que el toro era un marrajo, pero bastante poco acusó lo mal que le hicieron las cosas, dejando al aire la absoluta incompetencia del joven matador. Muchas ganas, pero poca ciencia.  Cerró con una entera muy trasera, asomaron algunos pañuelos y el usía le regaló un despojo. ¡Ay, Madrid! En su segundo quería Román rubricar la Puerta Grande, que si con nada dan una oreja, igual con un poquito caía la segunda, pero no. mantazos a la última cabra montés del encierro, el bicho a su aire, que me quedo en este penco, que me voy a por el capote que de Mora andaba meneando inoportunamente antes del segundo puyazo. Un primer estatuario apartándose y a correr detrás del animal que se fue corriendo a refugiarse en los terrenos del cinco. Más trapazos, mucho aire al hocico, sin temple, un cambio de manos ejecutado muy torpemente y pa’rriba al quedarse descubierto en la cara del toro. Pero al público hasta parecía gustarle, porque a veces la emoción provocada por la misma incapacidad, parece como disimulara esta. Otra torpeza y otro tantarantán, seguido de un aviso antes de montar la espada. Pero verán ustedes como tanto a este Román, como a sus compañeros, los vemos de nuevo de la mano del producer del arte. Que no es que ninguno tenga ni asomo de arte, pero son baratos, no dan guerra, taren a una buena representación del paisanaje y si si es cuestión de dar ambiente y colorido, ¿para qué más? Pero nada, en fecha tan señalada, ya saben ¡Feliz día de San AutoRes y San AVE!

jueves, 29 de septiembre de 2016

La tauromaquia que se nos viene

Si don Joaquín viera en lo que se ha convertido esto del toreo, si viera cómo vienen las nuevas generaciones y si viera a cierto personaje en la que fue su plaza, entonces igual... igual le dolería tanto cómo nos duele a los demás.


Si usted es uno de esos nostálgicos que pide el toro y el toreo de verdad, olvídense, que de eso ya no nos queda ni una caja, ni Papa Noel, ni los Magos, ni las tiendas de precio justo, ni tan siquiera en Toisarás, que allí lo tienen todo, todo, menos lo dicho. Admitámoslo, los tiempos del toreo de verdad ya pasaron a mejor vida. ¿No lo creen? Pues les voy a demostrar que sí, y una vez lo haya hecho, por favor, evítense los llantos, los lamentos y estar próximos a una ventana abierta, no vaya a ser que... Dato uno: lo de monsieur Casas ya se ha consumado y será el nuevo capo de las Ventas en los próximos años. Dato dos: si nos paramos a echar cuentas de los tres novilleros que han abierto la feria de Otoño y su deambular desorientado por el ruedo venteño. Dato tres: a lo que ha mandado Joselito algunos les llaman novillos para la lidia, mientras otros no saben cómo calificarlos.

Novillada de abono, pero o han bajado los abonos a menos de la mitad de lo que había o los abonados no han logrado colocar la entrada ni regalándola o a las horas que empieza la juerga solo pueden acudir parados, jubilados, estudiantes o Benavides, el jeta, que ha puesto como excusa en el curro que tenía hora en el dentista. Pero mañana verá cuándo nadie se lo crea, que bastará mirarle a la cara para comprobar que la cosa era mucho más grave que una simple limpieza de piños. Imagínense lo que tiene que ser aguantar seis mamertos del Tajo y la Reina, cuatro de lo primero y dos de los segundo. El que tenía más presencia era gracias a los kilos, lo que le hacía más propicio para rellenarlo como un pavo con paté de gusanitos para Navidad. Algunos inválidos, tanto que el segundo se fue para atrás y salió un sobrero de ¡Ave María! (No me digan que no han tarareado la cancioncita, porque no me lo creo) Quizá el más boyante, colaborador, que se dice ahora, con ritmo, formal o cómo lo califiquen estos modernos coleccionistas de neologismos táuricos, fue el cuarto que iba y venía, pero al que Manolo Vanegas no le prestó demasiada atención, más bien ninguna.

Tres puntales de la novillería, Manolo Vanegas, que no tuvo la suerte de que le comentaran por encima eso de la lidia, la colocación durante esta, que hay que picar mínimamente a los toros y que si el animalito topa contra el peto sin que el de aúpa se emplee un poquito, no cuenta como puyazo. Que puede que haya a quién no le importe que se eche el toro para fuera, que se los pase allá a lo lejos o que incluso tire la espada a la arena para sacudir la muleta de impurezas al modo Dani Luque, aunque esto no fuera necesario, porque la muleta no tenía tales impurezas; cosa diferente es lo referente a la forma de ver el toreo de este joven aspirante a torbellino taurino. Si hasta suelta la muleta allá dónde caiga como si no le hiciera falta, que lo mismo ese es el caso, no le hace falta, ni sabe darle uso.

Volvía Pablo Aguado a Madrid y bien que lo hemos sentido. Algunos aficionados hasta esperaban algo del extremeño, paro... Que no quiero yo decir nada, porque hasta le han hecho saludar; ¡Bien! Siempre está bien ser educado, pero... Quizá habría podido estar mejor si a su primero no le hubiera pegado los latigazos que le arreo, ¡Ay el temple! Pero eso es cosa de viejos. Venga a recolocarse tras cada muletazo. De salida recibió una paliza de cuidado de su segundo, dejándole tocado y dando síntomas de cierta desorientación por momentos, además de tener que estar bastante dolorido. Y no se puede decir que le auxiliara la cuadrilla en eso de medio llevar la lidia, ellos que estaban en condiciones y sin haber recibido de aquella manera. Faena deslavazada, merodeando al toro y tirando de vulgaridad.


Rafael Serna volvía a Madrid después de aquel impresionante cornalón en las novilladas del verano. Nadie lo recordó, ni se lo agradeció. No se lo tomen a mal a los asistentes, quizá sea porque ni se enteraron de aquel, ¿no se dan cuenta que la afición de Madrid ya no existe como tal? Los japos de aquel día estarán en su casa tomando té, los cuatro nativos del foro que sí estuvieron estarían digiriendo el cocido y los demás, pues lo dicho, ni noticia del percance. Que así está Madrid, para que se vayan haciendo una idea. Tampoco se puede destacar nada de lo hecho por el hispalense, vulgarote, pesado, cansino, premioso y sin cuidar la lidia lo más mínimo; y así pasó en el sexto, por no poner el toro en suerte y mientras el caballero andaba bailando el caballo inoportunamente, se arrancó el novillo, yéndose al estribo izquierdo, cuándo asomó el monosabio audaz, ese que se agarra a los rabos de los toros como un rayo, coleando inmisericorde para salvar los caballos del jefe y sin hacer caso ni a las protestas, ni a los mandatos del alguacil; ¡ah, no! Que el alguacil estaba pendiente de acabar una partida de chinos con el chulo de banderillas y el encargado del botijo de los picadores. Luego al señor monosabio, o don monosabio, que no sé cuál es el trato, le invitaron a abandonar el callejón, que no está mal, pero dudo que alguien decida multarle por tomarse atribuciones que no le corresponden. Pero son tantas las cosas que se daban por sabidas uy que ya esta juventud que viene se pasa por el arco del triunfo, que uno no da a basto. Allí se iba Rafael Serna a obligar al médico de la plaza a que saliera al ruedo, lo que el galeno hizo tímidamente, sabedor de cuál es su sitio. Que al doctor Garcái Padrós, igaul que a su padre, habría que ponerles una estatua en la plaza, dicho sin el menor atisbo de ironía, pero cada uno en su sitio. Ese sitio que el mozo de espadas de Aguado ignora. Al ser cogido su matador en el centro del ruedo tras una personal versión de la portagayola y un afarolado de rodillas, fueron en su auxilio sus dos compañeros y las cuadrillas, en una frenética carrera de capotes para hacerle el quite al compañero; bien, pues, ¿qué hacía el señor porta muletas y capotes danzando por el ruedo? La situación era de máxima tensión, por supuesto, pero, ¿qué hacía el señor porta muletas y capotes danzando por el ruedo? Todo esto no son otra cosa que signos, síntomas de esta nueva, e incomprensible para muchos, forma de entender todo esto, al menos en Madrid. Quizá no entendemos, no acabamos de saber que esta es la tauromaquia que se nos viene.