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viernes, 15 de enero de 2016

Japón, cuna del flamenco, asesorados por Céret

Si hay algo con lo que el aficionado identifica la Fiesta en Francia, eso es el respeto por la suerte de varas en muchas de sus plazas.


Si a alguno de ustedes desean sentir el flamenco y que este les llegue a la fibra, les desgarre el alma, tocar el duende con los dedos y mirar el quejío a los ojos, no lo duden, viajen a Japón, a los tablaos de Tokio y alrededores. Viajen a los orígenes, a la esencia, Japan Airlines fleta cinco vuelos diarios a Osaka. ¿Absurdo? No, ¿por qué? Es más, el que quiera montar un tablao en el barrio de Triana en Sevilla, en el barrio de la Viña de Cádiz, en Jerez o en el Madrid castizo, que se ponga en contacto con los organizadores de la Semana Flamenca de Tokio, el señor Naruito, el señor Toko Mori y el señor Naruiatsi, que muy gentilmente le revelarán todos los secretos del cante, el toque y el baile. Son verdaderos expertos. Incluso se dice que han sido asesorados por Manolo Manteca, el Cojo de Chipiona, Jacinto Bocanegra, el Mudo de Osuna y José Juárez, El Manco de la Isla. Eso sí, adivinen ustedes cuál es su fuerte en eso del flamenco. Entre todos le montan un tablao en la habitación de una casa de papel de bambú. Vale, de acuerdo que la acústica no es la ideal y los bailaores solo pueden bailar sentados, pero a buenas intenciones no les gana nadie. Doscientos pavos la juerga y los españoles que se van para allá vuelven encantados. Aquello sí que es flamenco del güeno, no lo de aquí.

¿Y por qué será que esto suena rocambolesco, poco viable y hasta un tanto...? Dejémoslo ahí. Pero resulta que el que quiere ver toros de verdad se tiene que ir a Francia. Y no voy a ser yo el que no reconozca las virtudes del país vecino. No sé si tenemos mucho que aprender de ellos, quizá sí, porque de todo el mundo se aprende, si es que hay voluntad y capacidad para ello. Pero igual su mayor aportación sea el obligarnos a hacer memoria de cómo eran los toros en España hace años, de cómo el toro era el centro de todo, cómo se tenía en cuenta al aficionado, cómo se le respetaba, cómo se ponía a los buenos y se repetía a los mejores y cómo los malos, toreros o ganaderos, se tenían que quedar en su casa si no cumplían cómo se esperaba de ellos. Así, sin más, eso es lo que se hace en el país vecino. Fácil, ¿eh? Pues ya ven. Quizá habría que aprender eso de la autogestión, que los aficionados elijan toros y toreros, que den el visto bueno a lo que se va a lidiar en sus plazas y que vayan con el dinero por delante, dejándose en paz de chanchullos, pasteleos y enredos que solo benefician a los mediocres y a los chupasangres que inundan nuestra Fiesta. No sé si tal autogestión sería efectiva en España, no porque las leyes y la Administración no lo permitieran, sino porque no sería de extrañar que los comisionados elegidos se convirtieran en taurinos de pro a los diez minutos. Quizá ese sea el mayor obstáculo para el triunfo de estas fórmulas que tan eficazmente funcionan de los Pirineos para allá.

Quizá también deberíamos aprender de Francia eso de “a Dios rogando y con el mazo dando”, ¡qué cosas! Aquí se hacen declaraciones y más declaraciones con el fin de proteger los toros y punto, como si comprando el jarabe se nos curara la tos. Los señores políticos y profesionales del gremio se hacen la foto, ponen cara de sesudos y cada uno a lo suyo, a mantener el negocio. Los señores franceses también hacen sus declaraciones oportunas para proteger y garantizar la buena salud de la fiesta. Y digo garantizar la buena salud y no garantizar la permanencia de la Fiesta por los siglos de los siglos. Así nadie podrá prohibirlos, en teoría y mientras no se promulgue una nueva ley que contradiga la anterior, pero allá penas si la degeneración se lleva por delante nuestra pasión. Los galos además de comprar la medicina, la administran cada ocho horas o después de cada comida, en forma del toro íntegro, respetando y dando el valor que tiene la suerte de varas y anunciando hierros que en España ni se nombran y que si no fuera por esa válvula de escape que es Francia, habrían desaparecido hace tiempo.


Quizá a muchos les resulte novedoso, vanguardista incluso, lo que se hace en Francia, la forma de llevar la fiesta, pero no, ni es moderna, ni una locura, es lo que se hizo siempre, aplicando un enorme sentido común. Lo que me cuesta asimilar es cómo los aficionados hispanos corremos a cruzar la frontera para ver toros, con unos esfuerzos de tiempo, dinero y energías admirables, pero en cambio a este lado de los Pirineos parecen sumisos pagadores, dóciles y tiernos señores que callan y otorgan. ¿No merece nuestra Fiesta, la de aquí, un poco más de raza, casta y bravura? Que nadie vea una censura, pues también entiendo el hartazgo que les ha conducido a este callejón sin salida, faltaría más. Ese viajar a ese nuevo Perpignan taurino. Pero exijamos, exijamos y exijamos. Que vuelva lo que nunca debió dejar de ser, exijamos la suerte de varas, exijamos el toro, exijamos la variedad, exijamos el respeto por la lidia, exijamos. Lo tenemos en nuestra mano, no se puede dejar esto morir, porque como se muera el flamenco en Jerez, se desintegra en Japón. Agradezcamos a los señores de Céret su ofrecimiento para exportarnos su modelo de gestión, faltaría más, pero quizá antes tendrían que pensar en dar toros en plazas en condiciones, no en patios de colegio en los que no caben ni las rayas del tercio, que realmente, si el sentido común imperase, sobran, lo mismo que esos inventos de pintar el ojo de una cerradura en el ruedo, esa necesidad de recordar a los espectadores la procedencia de las ganaderías, yéndose en ocasiones demasiado lejos en eso de la genealogía, así como ese afán de encumbrar gladiadores y no toreros, esa admiración por los vestidos ajironados y no por la torería que no deja asomar el desmadejamiento del que acaba de vencer a la muerte. Y si todo esto les parece un imposible, un absurdo, pues entonces apriétense los machos y prepárense, porque entonces sí que se hará realidad lo de “Japón, cuna del flamenco, asesorados por Céret”.

domingo, 24 de abril de 2011

¡Malditos gabachos!



Ya se nos han adelantado otra vez, pero no del todo, que en eso de Bien de Interés Cultural ya hubo quien tomó la delantera a todo el orbe taurino: doña Esperanza, la señora presidenta de la Comunidad de Madrid; menuda es ella, ¡gabachos a mí! Pero cuidado, que no piensen nuestros vecinos de allende los Pirineos que deben tomar a la presidenta como modelo a la hora de aplicar fórmulas de protección de la tauromaquia como fenómeno cultural. Es más, casi es mejor que si alguien les pasa el programa de actuaciones del BIC, lo cojan, lo enrollen y le peguen fuego, vamos, que hagan una buena lumbre con él. Pero también dudo de que se cumpla la primera condición, que tal programa exista.


Bien es cierto que hay veces que alguien ve tan cotidiano un fenómeno cultural y tan arraigado en su vida y en el acerbo de su país, que no cree que sea necesaria ninguna medida que proteja lo propio. Pero hombre, con la que está cayendo, con lo de Cataluña, con los ataques sanitario- políticos de la Unión Europea, con la creciente exclusión social de la fiesta y con la degradación que ésta sufre desde hace tiempo, ya era para pararse a pensar en hacer algo.


Desconozco el contenido de esta declaración por parte de Francia, pero sí que espero que se le dote de un cuerpo bien sustanciado, y que no se quede en un boceto de buenas intenciones. No parece fácil que la cuestión discurra por esos caminos, sobre todo si echamos mano del funcionamiento de muchas plazas y ferias galas, que se cimientan sobre los pilares clásicos de la tauromaquia, el toro y la suerte de varas. A partir de esto, a mí sencillamente me sobra cualquier declaración, lo que no quiere decir que desprecie esta iniciativa. Ya se sabe que la vida a veces necesita gestos y detalles como este para llegar a todo el mundo.


No creo que Francia se ponga a crear reservas del toro bravo, de encastes en peligro o ni siquiera que a orillas del Ródano funde una ganadería estatal. No es necesario, ni les hace falta porque eso ya lo tienen unos kilómetros más al sur en los campos de Andalucía, Extremadura o Salamanca. Desde hace tiempo los franceses mantienen una actitud que se puede equiparar a todo eso y no es más que contratar esas ganaderías que unos llaman toristas, otros intoreables o imposibles y que suelen corresponder con esos encastes casi desaparecidos en las plazas españolas y que en otro tiempo mantuvieron la grandeza de la fiesta de los toros. Si se le preguntara a José Escolar, Cuadri, Prieto de la Cal y tantos y otros ganaderos qué prefieren, si que les digan cómo criar a sus toros o que les compren sus toros, seguramente que elegirían la segunda opción. La que además garantiza esa variedad que reclama el aficionado, alejándose de esa dañina uniformidad pretendida por el taurinismo y sus figuras.


Parece mentira que en algo tan genuinamente español o ibérico, se nos adelanten nuestros vecinos. Una vez más tenemos que copiarles y tomarles como modelo, pero no porque se hayan inventado nada más allá de lo de la feria dedicada al tercio de varas, de las sucesivas rayas en el ruedo para colocar el toro al caballo y de pocas cosas más, que solo hacen que destacar y subrayar elementos fundamentales y que siempre han presidio la tauromaquia. Y como digo, han inventado muy poco, han hecho algo mucho más importante y trascendental, se han ido a beber a las fuentes, han vuelto a retomar el camino en el punto de la verdad y la integridad; lo que para mi tiene más mérito que cualquier invento carnavalesco. En caso de duda, integridad.


En Francia no han dudado en reconocer su ignorancia, muy al contrario que lo que vemos en España, donde el ignorante es el de enfrente. ¿Que el público protesta? Eso es porque no sabe lo difícil que es estar delante de un toro ¿Que no se conceden las orejas? Eso es porque no han sabido ver la profesionalidad y la importancia de un torero ¿Que el aficionado no quiere ni ver ciertos hierros en la plaza y que reclamo otros casi exiliados de éstas? Es que no saben ver la toreabilidad de unos y la imposibilidad de otros. Y como decía, los franceses se declaran ignorantes; ignorantes de los gustos del aficionado, al que piden su opinión para tenerla en cuenta al elaborar los carteles, de los motivos que hacen que un toro encastado empuje en el caballo y cree arte de verdad y para descubrir este misterio repiten esas ganaderías año tras año. Pero cuidado, que en Francia también hay empresarios que sufrimos aquí abajo, que allí tampoco atan los perros con longaniza, pero de momento parece que ya han puesto las bases para que la fiesta de los toros no sea una farsa y una pantomima. Otra vez se nos han vuelto a adelantar ¡Malditos gabachos!