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| Un toro único, que no debe ser solo un recuerdo |
Lo preocupados que andamos con la pureza de los encastes, lo
que se ofenden unos porque se incluyan en las ferias esos tan desacertadamente
llamados encastes minoritarios, lo mismo que otros no entienden que no estén
presentes. Los antitoro se “jartan” de decir que estos hierros no embisten y
que por eso los empresarios, por indicación de las figuras, optan por el
borrego tonto; esos sí que embisten o como dicen los modernos, rompen pa’lante,
que no es lo mismo. Estos animalejos no son de embestir, igual que los burros
no lo hacen cuando persiguen una zanahoria. Desprecian al toro, pero luego se
deshacen en rogativas cuando ven que el negocio se les puede ir de las manos,
que si la tradición, la cultura, el arte, los puestos de trabajo, la libertad y
todo eso que repiten y repiten y repiten, hasta conseguir vaciar de sentido
estos argumentos. Si parece que se cortarían un brazo por defender la fiesta.
Pero todo eso es mentira. Basta con que se presente una situación real de peligro
para el toro, para su integridad o la variedad que siempre ha presidido este
mundo, para que se vea su inoperancia, su abulia taurina y el desdén con que se
manejan si no hay parné de por medio.
Nos piden unidad, eso tan socorrido de que hay que remar todos
en la misma dirección, aunque lo que no dicen es que ellos marcan el rumbo y no
piden parecer a los galeotes, que al fin y al cabo son los que van agarrados al
leño. Se pasan la vida pidiendo el favor de la administración, pero solo si el
beneficio les engorda la saca. Igual que los señores políticos se alinean como
defensores a ultranza de la fiesta, sin que esto se traduzca en nada positivo
para los toros. Y si quieren un ejemplo de lo que digo, bastará con enjuiciar
lo hecho en la Comunidad de Madrid y Ayuntamiento de la capital en las últimas
décadas. Lo que venga de aquí en adelante está por ver, pero lo pasado ya lo
hemos visto. Aparte que lo que esté por venir o lo que se adivine merecerá un
espacio aparte más adelante. A lo que voy es a la situación de absoluta
desprotección y abandono en que se encuentra un patrimonio como es la fiesta de
los toros, en especial en lo que toca al toro, al animal, a esta especie única,
que mientras dure servirá de garante para la conservación de los espacios naturales
en los que vive.
Pero por desgracia, este abandono no es algo exclusivo de
España, nuestros vecinos portugueses no quieren ser menos y se suman a este
abandono al toro de lidia. Imagínense hasta que punto llega este desdén, que
puede que estén a punto de ver desaparecer la casta portuguesa y según parece,
la administración lusa permanece de brazos cruzados. La ganadería de Vaz
Monteiro, que empezó a sonar en esto del toro a mediados del siglo XIX, creada
con reses de casta portuguesa, siendo en la actualidad el último refugio de
esta sangre, puede perderse de forma definitiva si nadie lo evita. No voy a
negar mi amistad con la ganadera, Rita Vaz Cabreira, de la que me siento muy
agradecido y satisfecho, pero esta cuestión nada tiene que ver con las relaciones
personales.
La cuestión es que por cuestiones de familia, por diferencia
de pareceres entre unos y otros, el hierro y la casa de estas reses ha acabado
en los tribunales, cuestiones de herencias, de derechos que unos deciden
reclamar al cabo de los años y que la ganadera actual, quién lleva años
queriendo mantener esto a flote, quiere defender a toda costa. Estas historias
siempre son muy delicadas, tanto que es un juez el que debe poner orden, la
mayoría de las veces sin dejar a nadie contento, pero claro, mientras los
juzgados llevan su ritmo, mientras se estudian concienzudamente los legajos y
expedientes, mientras se toman medidas cautelares o no, las vacas y toros portugueses no están en las condiciones más
idóneas y la ganadera no puede hacer otra cosa que ir parcheando e intentando
salvar su sueño, sus “meninos”, como ellas llama a sus toros y a sus vacas.
Busca fincas donde realojarlos, con el único objetivo de poder conseguir que
sigan comiendo y bebiendo a diario. No parece una gran aspiración, qué menos,
pero en casos de emergencia alcanzar la supervivencia ya es toda una hazaña. Y
mientras, ¿qué hace la administración portuguesa? ¿Qué hacen los demás
ganaderos, tanto los de la parte de allá de la raya como los de acá? Pues
absolutamente nada. Quizá estén haciendo acopio de excusas para el momento de
la defunción definitiva, ensayando palabras de consuelo y de apoyo a la
ganadera; a lo mejor hasta organizan un homenaje a la sangre echada a perder.
Que eso está muy bien, es justo valorarlo, pero, ¿no se podría hacer un poquito
más de lo que se está haciendo ahora que todavía se puede? Aunque sea una
medida de urgencia, como podría ser que el Estado o una comisión de ganaderos
se hiciera cargo de estas cabezas de ganado, supervisando la situación la
autoridad, más que nada por evitar posibles manipulaciones con el ganado que
pudieran perjudicar los intereses de los propietarios que en su momento decida
el juez. Pero esto no se puede dejar de la mano de unos funcionarios que no
saben de la cría del toro de lidia, ni tienen por qué saberlo, pero estas cosas
hay que tenerlas en cuenta. De poco o nada serviría ningún veredicto si ya no
hay propiedad que defender, si no hay toros que mantener, ni casta portuguesa
que mantener. Que los jueces decidan lo que sea conveniente y justo, pero el
proceso en si mismo no puede constituirse en un descalabro monumental. Eso sí,
los que tienen capacidad de aportar alguna solución, los que podrían ayudar a
salvar este encaste único, seguirán pidiendo para ellos, aunque no para la
fiesta. En caso contrario aquí tienen una oportunidad de oro para que siga
siendo una realidad eso de Vaz Monteiro, encaste único.
