Los niños del Aleti empiezan a saborear el Orgullo Rojiblanco
Ya sabrá todo el mundo de mi corazón colchonero e imaginará
que desde anoche al acabar la final de la Liga de Europa, vivo en una nube
eufórica de la que no me quiero bajar. No hablaré del juego, ni de goles o
goleadores, eso quedó suficientemente claro y ya está siendo comentado por los
que saben. Yo solo quiero mostrar mi admiración y orgullo de haber podido
compartir esa final con el Athletic Club. Quién le iba a decir a aquel antiguo
jugador del Athletic hace cien años, que su error al comprar las camisetas del
Sutherland iba a vestir de rojiblanco un estadio en Rumanía; quién le iba a
decir que dos aficiones iban a vestir con tanta grandeza las rayas rojiblancas
y que estas iban a marcar el carácter de un club, la casa madre y su filial, el
Atlético de Madrid, con el que competiría de igual a igual durante décadas.
El fútbol es competición, ganar y perder, disfrutar y
aburrirse, y en algunos casos, pocos, motivo de orgullo. Dicen que el Athletic
no estuvo presente en el campo; disiento. Quizás no fue su mejor día, ni pudo
exhibir su estilo de juego, pero estar estuvo. Apenas a cinco minutos del
comienzo ya había recibido un gol y un poco más tarde el segundo, pero no se
vino abajo, al contrario, los chavales siguieron buscando un gol que les
permitiera seguir soñando, sin fortuna, pero no se rendían. Su afición les
empujaba y ellos no querían defraudarles. Habían ido desde muy lejos y con
mucho esfuerzo a verles ganar, como para pagarles con la traición de la desidia
“profesional” del que en frío piensa que ya no hay remedio.
Otros equipos podrían haber optado por la vía del
enmarañamiento del partido, de los malos modos, la dureza y hasta la violencia,
pero los del Bocho no, siguieron dale y dale. Delante estaba el Aleti, que casi
cada vez que se apoderaba del balón creaba peligro al rival, pero estos solo
bajaron los brazos cuando recibieron el tercero a pocos minutos del final.
Fueron honestos hasta para asumir que habían perdido el partido. A la
conclusión se vio como lloraban esos chavales que estuvieron hechos unos tíos.
Lágrimas de orgullo y lealtad a unos colores y a una filosofía única en el
mundo del fútbol. Siempre es agradable comprobar como los hombres son primero
seres humanos y que cuando trabajan y entregan su alma a un fin, si este no se
consigue, derraman las lágrimas de de los valientes. No diré mucho sobre la
reacción de los jugadores de mi equipo, pero creo que estuvieron a la altura e
un campeón de verdad y que reconocieron el trabajo de los otros rojiblancos. En
el juego al contrario hay que valorarlo y respetarlo, lo que hace que la
victoria adquiera aún más valor. El campeón recibirá su premio, por supuesto,
pero lo que hicieron unos y otros no se puede valorar en copas y medallas.
Yo solo espero que en veces sucesivas, cuando unos visiten
el Manzanares y los otros San Mamés, todos recordarán el 9 de mayo de 2012, y
nos dejaremos de tirar nacionalismos, banderas y cantos ofensivos a la cara,
para dejar el paso franco a sentir lo que es el “Orgullo Rojiblanco”.
