
La sangre cárdena de los Saltillo
La historia que voy a contar podría ser una cualquiera de “La jauría humana”, “Calles de fuego”, o con otro estilo de “El Honor de los Prizzi”, “Uno de los nuestros”, Érase una vez América”, “Historias del Bronx” o “El Padrino I, II, III”, pero nada tiene que ver. Esto nos lo contaba un ganadero de los que les aguanta en esto la afición y que prefiere no echar demasiadas cuentas, porque entonces sí que esto es una verdadera locura.
Al entrar en la coqueta y muy bien pensada finca, cerca de la puerta había un cercado con siete novillos y con una amplia charca, salvavidas en los meses más calurosos de la meseta. Lógicamente, el aficionado en lo primero que repara es en los siete mocitos que no pierden detalle de la visita. Siete jovenzuelos de sangre Santa Coloma, siete cárdenos que delatan su procedencia de Buendía. Una preciosidad para contemplar relajadamente y sin prisas. Unos disfrutarán llenándose los ojos con la bella imagen del toro en su medio, igual que lo podrían hacer nuestros antepasados hace décadas y hasta siglos. Otros además recrearán en su mente las evoluciones de este tipo de ganado en el ruedo, con ese nervio y esa intransigencia que presentan ante las cosas mal hechas, que no sabes, al lomo. Es la ley del toro. Pero la visión del ganadero, además de todo esto se ve completada por un “menudos hijos de…”, porque sabe lo que se sufre en su manejo, la dificultad de su carácter y ese espíritu indómito de este encaste.
Nos contaba el ganadero que esos aparentemente apacibles novillos, de vez en cuando se ofuscan, se les nubla el sentido y no atienden a razones. Ni por favor, ni sin favor. ¡Qué cosas tiene el toro bravo y qué cosas tiene la casta! Pues en una de estas, dos novillos empezaron a medir sus fuerzas como lo hacen tantas veces, pero tarascada por aquí, tarascada por allí, de tanto medirse no midieron que la cosa iba a más. La cosa se ponía fea, el uno contra el otro arremetía con fieras embestidas buscando hacer daño al contrincante. Y como suele pasar en los Buendía, los demás no podían seguir a sus cosas y dejar en paz a los díscolos de la manada. Lógicamente metieron baza, especialmente para evitar que ninguno tomase las de Villadiego. ¿Qué te escapas? Tantarantán, ¿qué lo vuelves a intentar? Otro tantarantán y así una y otra vez, hasta hacer que el supuesto perdedor se refugiara dentro de esa charca, que puede pasar inadvertida para el mero observador, pero que cuenta mucho para estos caballeros que viven allí. Pues bien, una vez que consiguieron meter en el agua al más débil, se apostaron los demás en la orilla esperando y cada intento de salir a la orilla era contestado con una andanada de embestidas. ¿No quieres pelea? Muy bien, pero de no pienses salir de ahí. No había escapada posible, el precio de la orilla era la cornada. Los vaqueros no podían ni intentar mediar en la refriega. Parecía que para los novillos era más importante mantener en alto el honor de la familia, la sangre Buendía, que perdonar la debilidad de un hermano. Se cruzaron tres fuerzas, la del perdedor que buscaba la paz del pasto, la de los cuidadores que no veían el momento en que aquello tocara a su fin y la de la casta, que estuvo durante horas esperando al fugitivo en la orilla, para obligarle a volver a la charca a cada intento de escapada, hasta que por fin el reo no pudo más y acabó su penitencia en el fondo de las aguas. Muerto, pero con el honor familiar impoluto. La estampa cárdena y la sangre del clan podrían seguir sintiéndose los amos de la dehesa, los herederos de la gloria de su antepasados.

El ganadero nos contaba esta historia entre admirado, orgulloso y resignado, aunque sabiendo muy bien con quien se la está jugando. En el paseo nos extraño ver como había un ejemplar espectacular, con un trapío impresionante y una presencia que daba más que respeto, pero en ese mismo cercado había un novillo ¿y eso? pues eso era el más revoltoso de su camada, que no dejaba a nadie tranquilo, que disfrutaba alardeando de su superioridad ante sus primos y hermanos. Entonces hubo que separarlo para hacerle sentar un poco la cabeza y se le hizo compartir apartamento con el toro más grande y con mayor arboladura de toda la ganadería, a ver si así se le calmaban sus ímpetus juveniles. Y la verdad es que parecía que la medida había surtido su efecto. Mientras comentábamos alborozados la eficacia de la decisión el ganadero nos dijo que eso que veíamos no siempre fue así. Nos contó que lo primero que se ocurrió al novillote no es que fuera plantarle cara al más veterano, sino que fue a provocar. Hombre, una cosa es ser condescendiente con los chavales y otra que se te suban a las barbas. El paciente grandullón aceptó el reto y se llevó al provocador hasta la cima de una empinada cuesta a golpe de testuz, fuerza, arranque y casta, y que ésta no falte. Porque claro, si los noveles tienen nervio, los mayores tienen el mismo o más y poder y fortaleza.

Historias que al buen aficionado le suenan a cantos celestiales y que le hacen pensar que quizás no todo esté perdido. Se acabó la visita al país de los Santa Coloma, nos despedimos agradecidos de ganadero, vaqueros y amistades y ya dispuestos a volver grupas para Madrid, vimos como uno de los novillos de la charca seguía vigilándonos, sin perdernos de vista. Siempre atento y siempre el más cercano a nosotros de todo el grupo cárdeno, como si esperara cualquier movimiento extraño por nuestra parte, para acabar empujándonos a la charca. No sé si a eso se le puede llamar, insistencia, paciencia o celo, pero lo que sí estoy seguro que es, es algo muy escaso que se llama casta. Y es que ¡Caramba con algunas familias!