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lunes, 8 de mayo de 2023

De niñatos está el mundo lleno

Siempre ha habido quien quería ser torero con una afición desmedida, pero que no tenían otra cosa que ofrecer que toreo y ganas, muchas ganas, y niñatos que no tienen nada más que el entusiasmo de los que la ceguera del paisanaje les hace a veces, hasta llegar al ridículo


Y que este domingo no tengo nada que hacer, a ver si me busco algún entretenimiento. Ya está, me voy a ir con los de la parroquia, con los del club de petanca, con los amigos de la micología, los del bar “El Enterao”, los del “fúrgol” y los primos de la Encarni, que dicen que torea en Madrid el pequeño del de la panadería. Hay no se cuantos autobuses, por lo menos, por lo menos, dos y medio. Pues ya está, que sitio no me va faltar. Y ya de paso me llevo a mi señora, a mi suegro y seguro que se animan mis cuñados con sus colegas del paddel. Que son los listillos del pueblo, pero hacen bulto. Que no van al frontón porque eso es de pueblo, como si ellos fueran de… Pero bueno, que hay que dar un empujón al chaval y hacer que corte muchas orejas, a ver si ya puede ayudar en casa un poco, que con eso de ser torero, su padre ya ha tenido que vender las viñas de arriba y la nave que tenía en el polígono, más lo que tiene con el cartel de “Se vende”. Que sale muy caro que el chico sea torero. Eso sí, menos mal que tienen a un taurino que les guía en las inversiones, que era el del Ford Fiesta, pero ya ha cambiado tantas veces de coche, que ahora habría que llamarle el de los BMW.

Y para allá que se fueron todos los del pueblo a ver al chico de la panadería, porque toreaba en Madrid, dispuestos a pedir orejas, orejones, orejuelas y a mandar callar por las buenas o por las malas a cualquiera que no se aviniera a su juerga del paisanaje. Que no seré yo el que diga que en novillada previa a San Isidro sucediera algo parecido, aunque a nada que te pares a pensar… Novillada anunciada de Casa de los Toreros, pero, como ya es tradición a no ser que se anuncie Fuente Ymbro, hubo que remendar con tres de Montealto. Los toros no dijeron demasiado, quizá también gracias a los tres alternantes. Que entre las malísimas lidias, el dejarles corretear por el ruedo, la saña implacable de los de a caballo, los tercios de banderillas con cada uno por su lado y si el compañero se ve apurado que corra y el trapaceo sin sentido y contumaz de los últimos tercios, pues igual no pudimos ver lo que de verdad podían haber dado de sí. Y uno, al que lidiaron, perdón, al que masacraron y trapacearon sin compasión, que embestía y embestía y embestía, pero el de luces solo pasaba por allí, entre el clamor paisano y las protestas de los no paisanos que veían cómo se estaba dejando ir un novillo de una vez. El “artista” en cuestión era Luis Pasero, que está bien que los novilleros, aunque ya atisben los treinta, estén verdes, tenga poco bagaje, aunque hayan toreado más que los cuarenta últimos del escalafón en conjunto, pero al menos que tengan poco de decoro, respeto y que no sean unos macarras descarados que se pasan todo por ahí, porque como están los del autobús, seguro que ellos me harán alcanzar lo que yo solo soy y seré incapaz de conseguir. Un señor, Luis Pasero, que perdió los capotes una y otra vez en sus dos novillos, que no sabía para que era eso rosa que le habían puesto en las manos. El toro en 7 debajo del caballo, sin nadie que lo sacara del peto y el señorito de plantón allá por el 10. Que en su segundo igual alguien le dijo algo, nada agradable, por supuesto, y se dignó a poner el toro al caballo una vez. Perdón, que tampoco quiero confundirles, que más que ponerlo al caballo, lo abandonó como se abandonan a los perros en una gasolinera. Con la muleta, pues el señor Pasero, pues eso, despegado como la madre que… muy despegado, con el pico de la muleta, alargando el brazo más allá de lo que recomienda la OMS para la buena salud de las lumbares. Enganchones, trapazos, aire y más aire. Un auténtico desastre culminado con un pinchazo y un espadazo trasero tirando la tela al viento, suerte que también puso en práctica en su segundo. Eso sí, él, con toda su cara hormigonada, cogió capote y muleta y se fue a dar la vuelta al ruedo con casi más protestas que aplausos. Si hasta sorprendió a la cuadrilla, que quizá no vieron méritos en lo hecho ni para saludar desde el callejón. Pero él a lo suyo. Y los paisanos, de los que no citaré el pueblo por no manchar el nombre de este, enfurruñados con quienes no reconocían lo hecho por el amigo, primo, pariente, paisano del Pasero, aunque quizá los que no reconocían lo que allí pasó fueron ellos mismos.

De los otros dos comparecientes, Solalito y el Niño de las Monjas, pues algo muy parecido a lo del anterior, pero al menos sin la chulería, el descaro y la poca vergüenza de su compañero. Ya es norma lo del trapazo al aire, lo de alargar el brazo, lo de pasárselo lejos, lejísimos y cuando ven que no pueden, pues a acortar distancias para citar, que no de las otras, porque no hay pico que no ayude a largarlo cerca de Aranjuez, no vaya a ser que nos dé con el rabo al pasar. Vulgares a más no poder, tirones, trallazos, que incluso pudiera ser la causa de que alguna vez los novillos besaran el suelo de más. Y por si esto fuera poco, Solalito decidió parear en su segundo. Bueno, resumiendo, atino en el toro, pero no en el lugar, ni en el momento que habría gustado al personal. Que eso de a toro pasado se le queda corto al muchacho. Y esto dicen que es lo que viene, estos dicen que son el futuro. Pues vaya porvenir que nos espera; nada de toreo, nula afición, soberbia extrema, chulería chabacanería y ni asomo de amor por esto. Pero bueno, será cosa de los tiempos, pero si es así, ya les digo que de niñatos está el mundo lleno.

Enlace programa tendido de Sol Hablemos de Toros:

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martes, 2 de mayo de 2023

Pues a mi cuñado le ha gustado

La gran pregunta es que qué enseñan en las escuelas. Que los preparan, supuestamente, y luego nos los mandan con sus partidarios en un paquete único, para que todos podamos ser testigos de sus avances... o no.

Antes esto era la feria de la Comunidad, más toros para los abonados, luego no obligaban a sacar el abono y la cosa decayó y al final nos encontramos con una novillada con seis hierros, seis, de la provincia de Madrid. La cosa sonaba de principio, rara, pero al final el ganado ha sido lo mejor de la tarde, mucho mejor de lo que muchos esperaban; no quieran pensar lo que estos imaginaban. Podría haber sido un batiburrillo descontrolado, pero bueno, la cosa no ha salido mal. Quizá las carencias más destacables hayan sido las de los propios novilleros, muy al uso actual, y el público, que parecía haber acudido a la plaza llamado por no se sabe qué causa. Además resultaba evidente que muchos era la primera vez que venían a las Ventas a ver toros, que igual antes ya habían visitado esta plaza para ver a Loquillo, el Circo Mundial o la Fiesta de la Cerveza. Pero a otros cosos seguro que sí han acudido y además les hacían caso al pedir música, al pedir orejas por… no sé, pero las han pedido, pregúntenle a los demandantes, al pedir que se callen a los que protestan cuando se sienten timados, al pedir que salude el paisano desde el otro extremo de la plaza mientras móvil en mano le grita: “¿No me ves? Estoy aquí, donde la señora del vestido rojo grande, sí, con el Chino y mi cuñao”. Pues sí, estos han salido encantados y defraudados. Encantados porque le han dado una oreja al del pueblo de la Manoli y defraudados porque no se la han dado al de su colega el de Zarzaquemada. Será por orejas.

El ganado ya he dicho que era variado, pero de hierros, que de procedencia, bueno… dejémoslo estar. Guerrero y Carpintero el primero, bien presentado, al que dejaron corretear en exceso por el ruedo, que derribó en el primer encuentro con un puyazo trasero y mientras se cumplía con el show de levantar el penco, le dieron entre cien y doce mil mantazos destemplados, lo que puede que acusara en el último tercio. Álvaro Seseña apenas daba para quitárselo de encima con la muleta y después de tirar del pico descaradamente y largar tela, pues a acortar distancias sin motivo, pero dando gusto a los partidarios. El segundo uno de Montealto, al que García Pulido recetó mantazos de trámite, como si estos aún no contaran para el transcurso de la lidia. Una primera vara con castigo, con el animal peleando con fijeza. Luego solo un picotazo, empezando a escarbar. En la muleta su matador abusó escandalosamente del pico, en una tanda por el derecho el novillo caminaba despacito y algunos lo tomaron como un derroche de temple, aunque… Poses, por aquí y por allá, el engaño siempre al bies, atravesadísimo, citando desde muy fuera y una estocada fulminante que hizo que el personal viera el cielo abierto para sacar los pañuelos al viento. El tercero, de Villanueva, con aspecto bueyuno y cabeza demasiado cómodo, apretado de cuerna, que recibió sin mimo en el caballo, mientras le tapaban la salida, como no. Víctor Cerraro, que ya de inicio puso poco o ningún cuidado en evitar mantazos innecesarios, con la pañosa se limitó a lo que todos. Trapazos acelerados, muy, muy fuera, permitiendo que el novillo empezara a hacer por su cuenta, hasta acabar un pelín aperreado, pero no hay nada que un bajonazo no solucione, ¿verdad?

El cuarto, de Ángel Luis Peña, de salida, cuando le esperaban a portagayola, se llevó puesto el capote de Álvaro Seseña, haciéndolo jirones en su deambular desordenado por el ruedo. Dos faroles de rodillas y a seguir el vagar errático por el ruedo sin que nadie hiciera por sujetarlo. Mal picado, mientras el novillero no acababa de saber ni cómo, ni por dónde. Tiró el muchacho de repertorio vanguardista con banderazos por detrás, por delante, por las nubes, un trallazo y el toro a besar la arena. Brazo largo, mucho pico, hasta la exageración, pleno de una vulgaridad poco sufrible. Al quinto de El Retamar, que salió con un pitón astillado, le recibió García Pulido con solemnes mantazos, sin reparar que parecía desplazarse de largo. Pero lo que podía haber merecido la pena se vino abajo primero con un marronazo en la paletilla y un picotazo, Saliéndose del peto al que antes había derrotado con desesperación. Y luego ya era la hora de los trapazos desangelados, sin ambición, sin buscar, aunque fuera apoyado por el paisanaje, la puerta grande. Al final este no era su buen primero, quizá este requería algo más que el pico y la desgana. Y el sexto, de Zacarías Moreno, acabó siendo el más deslucido, se le mire por dónde se le mire. Feo, destartalado, sin presencia ninguna, al que además le dieron capotazos como si no hubiera un mañana, para seguir con dos cuchilladas en la barriga por parte del de a caballo. Y Víctor Cerrato, aparte de estar aperreado con el animal, no dio para más que para largar trapazos enganchados y casi estando a merced de lo que dijera el novillo. Y sería por pundonor mal entendido o vaya a saber usted por qué, en lugar de plantearse la suerte suprema intentando entrar, dejar la espada en todo lo alto, dar un muletazo como si fuera uno de pecho y salir librando los pitones, pues el hombre decidió tirarse sobre el lomo, echando la muleta al viento. Que estas cosas a unos no les gustan nada, porque entienden que eso tiene mucho de show y poco de toreo, que no conciben que los novilleros vengan a Madrid con tan escaso bagaje, con tan limitados recursos, pero como de todo tiene que haber, a otros les entusiasmaron estos números circenses, el que al paisano le pudieran pedir una oreja y luego, cuando se lo comenten a la familia, siempre habrá quien haga un escueto resumen de la tarde y cerrará cualquier posible debate con un “pues a mi cuñado le ha gustado”.

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lunes, 1 de mayo de 2023

Ni el sastre del señor marqués

Toros celestiales, angelicales, querubines con cuernos para dar pases hasta el final de los tiempos.


Eran otros tiempos cuando la nobleza vestía de dulce, eran pinceles caminando por el mundo, los trajes parecían haber nacido y crecido con ellos, ni una arruga, ni un defecto. El señor marqués era un ejemplo de elegancia y de buen vestir. Siempre con el mismo sastre que sabía que cargaba para allá, que el hombro izquierdo estaba un poco más alto que el contrario, esa forma de caminar como arrastrando un remo, pero el maestro de la aguja, las tijeras y el dedal se lo apañaba todo y convertía a su excelencia en un figurín. Que luego, cuando se desechaban los trajes y pasaban al jardinero, un mozo bien puesto, apolíneo, tocado por la magnanimidad divina, cuando vestía la ropa heredada, parecía que tenía un hombro más alto que otro, mal andado y todo plagado de arrugas, hasta ser apodado el “Renco” por eso que llaman la sabiduría popular. Pues ahora tomen la novillada Gabriel Rojas y compárenla con el jardinero. Algo desigual de presentación, alguno impresionante y otros menos. Especialmente el primero, y sobre todo el último, un galán que de esos que lo echan por esas plazas de Dios en corrida de toros y las figuras acaban mandando al veedor a que oposite a Correos. Todos cumplieron en varas a su manera, muy mal, pero muy mal picados, con cuchilladas aquí y allá, que lo trasero era el menor de los inconvenientes, imagínense. Y ese último que mostró fijeza en la pelea, mientras el de a caballo le tapaba inmisericorde la salida. Para uno que no cabeceaba en el peto; que los hubo que al notar el palo salieron echando pestes, pero hasta a este le dieron leña como para pasar tres inviernos.

Tampoco se puede decir que ofrecieran complicación alguna, eran unos santos varones, esperando a que los de luces se pusieran bonitos y se lucieran a modo para alcanzar la gloria bendita del toreo, pero… Una cosa es tener el género, paño de los mejores telares y otra saber empatronar, cortar y confeccionar un traje como si fueras el sastre del señor marqués. No tiraban un mal viaje. Si hasta un banderillero se tropezó delante de la cara de un novillo y este o no lo vio, que no, o se hizo el longui para no molestar. Quizá alguno, como Sergio Felipe, debería haber pedido las tijeras y emplearlas en otra cosa que cortar telas y allí, sobre el ruedo venteño cortarse el apéndice que decían que identificaba a los maestros en otro tiempo y que ahora es un simple añadido. No se me ocurre nada comparable a la sosería, insulsez e incapacidad de este ya veterano novillero. Las telas por un lado y el burel por el otro, que si no fueran querubines con cuernos, no sabemos cuántas veces se lo habría montado en el lomo. Se le colaba por uno y otro lado, su primero y el segundo, que no por mala condición de los animales, sino por incompetencia del coletudo. Con todos los defectos de estos tiempos y además, sin corazón para al menos limpiar su honor yéndose detrás de la espada.

Villita, más bisoño, pero no menos rodado, quizá algo más aparente para que el paisanaje pudiera aplaudir con entusiasmo y que toda la plaza supiera dónde estaban los paisanos del toledano, pero con los males que acompañan ahora a todos, salvo rarísimas excepciones. Tirones, abanicazos, tirando líneas, vulgarísimo y para convencer a los afines, naturales, perdón, trapazos de frente, de uno en uno. ¡Cómo rugían los partidarios! Eran pocos, pero con eso ya se había ganado un homenaje en el McDonalds del Zocodover. Que bello marco para tan cutre alarde. En su segundo tampoco defraudó, ni a los enemigos del antitoreo, ni a los amigos de la marcha atlética con un trapo en la mano. Que no paró quieto ni para la foto. Que no digo yo que se quite así de repente, que es joven y tiene tiempo, siempre hay tiempo para todo, pero si quiere vivir de esto o se aplica de lo lindo en eso de la lidia y el toreo o lo mismo debería pensarse cambiar la muleta por las banderillas.

Poca diferencia había entre los anteriores y Miguel Zazo, porque ni en la vulgaridad son capaces de diferenciarse mínimamente. Si acaso le puede hacer distintos el número de paisanos, de autobuses. O quizá sí, en algo cambió lo que “expresó” el joven novillero, en la insistente forma de dar aire a sus novillos; parecía un molinillo de esos que dan vueltas y vueltas y para colmo de males, le tocó el mejor de la tarde, que era un toro para muchas plazas incluso de primera, sí, pero ¿aquí a qué hemos venido? ¿A pasar el rato o a ser torero y triunfar en Madrid? Pues vaya usted a saber. Lo que está claro es que no se viene a dar aire con las telas, a correr sin parar y no hablemos de eso de bajar la mano, que no la bajan ni cuando han recetado un sablazo infame y la mantienen en altop como para darse importancia, que eso sí que lo aprenden de lujo; que arte para darse importancia y no sonrojarse ni ante su propia e incapaz vulgaridad. Que dirán que qué dureza con los chavales, quizá, pero es que estos son el embrión de lo que luego nos atormentará en las ferias y tardes futuras y si no, echen una mirada a ciertas ferias pasadas, presentes y venideras. Que dirán que si los novillos tal o cual, pero, uno ya no sabe cómo los quieren, que más nobles no podían ser, tan al gusto de ahora, tan propicios, vamos, que no los prepara tan a medida ni el sastre del señor marqués.

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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martes, 20 de septiembre de 2016

Llenar las plazas, pero, ¿cómo?

Quizá el señor de Galapagar sea el último gran motivo para llenar plazas, que se lo pregunten a monsieur Casas, pero, ¿puede ser esta la única vía para garantizar un futuro halagüeño? ¿Tres tardes al año por plazas de segunda?


Resulta habitual utilizar el argumento de las plazas llenas para que muchos muestren su regocijo por el “buen estado” de la Fiesta. Y es verdad que da gusto ver los tendidos llenos en una tarde de toros, cosa que por otro lado es muy infrecuente, aunque muchos insistan en lo contrario. Solo tomando un ejemplo, el de la plaza de Madrid, que antaño contaba sus tardes de feria por llenos, ahora si acaso, de los treinta espectáculos de San Isidro, llena siete u ocho. Que por la tele les contarán lo contrario y las cámaras enfocarán a los tendidos más concurridos, pero la realidad del cuatro, cinco y seis, es tozuda. Estoas zonas no aguantan la prueba de las “piernas encogidas”. A pesar de esa cifra de días de no hay billetes, les cuento que en todo el San Isidro de 2016 solo hubo tres o cuatro tardes en las que no pudimos estirar cómodamente las piernas.

Ahora se han presentado las candidaturas para regir el destino de las Ventas en los próximos años y llama la atención la coalición de monsieur Casas con Nautalia. Está claro, el objetivo del señor empresario no es otro que llenar la plaza, sacar sus buenos billetes y después, el que venga detrás, que arree. No hay ni asomo de intentar fortalecer los cimientos de la plaza, ni fidelizar al aficionado, ni mucho menos recuperar a tantos y tantos que se han perdido. El “éxito” se pone en manos de los circuitos turísticos que tanto apetecen a monsieur Casas. y servidor que piensa que la plaza de Madrid debería llenarse un día con huelga de RENFE, de los pilotos de Iberia y de los conductores de ALSA y Autores. Menuda majadería, dirán ustedes, ¿no? Pues no digo yo que no, pero la cuestión es que en Madrid tiene que haber una afición lo suficientemente potente y establecida como para llenar por sí misma, que los que vayan lo hagan em metro y autobús y el que tenga dónde aparcar, que lo haga en coche. Lanzaron las campanas al aire aquel día en que Fandiño llenó Madrid. Pues ese fue el gran fracaso de Madrid, se necesitaron riadas de autobuses de aficionados de fuera para poder cubrir la piedra de las Ventas.

A los señores empresarios les importa un bledo de dónde les venga la pasta, lo mismo les da si les viene de la familia Kawasamata, que de la peña la “Lopecina” de Vila Real del rei Jaume el Conqueridor, que de los amigos del Rebujito de Trebujena, que de la Asociación de Escanciadores de Fanta de Cudillero, lo mismo da, la pasta es pasta y si una vez forrados dejan la plaza y la fiesta como un solar, allá penas, mejor, porque así podrán edificar un centro comercial de quince plantas, con trescientas salas de cine y un Carrefour con gasolinera. ¡Ojo! que cualquiera que venga a mi plaza no solo es bienvenido, sino que además le estaremos muy agradecidos por visitarnos y ofrecernos su visión de todo esto; no quiero que se me malinterprete. Los isidros no son el mal de la plaza de Madrid, el mal son los que, como monsieur Casas o los mismos Choperitas, solo buscan el negocio por el negocio, para hacer aún más negocio, con el mínimo esfuerzo. Si acaso aparentan que esto les importa, se indignan con que el Ayuntamiento de Madrid no aporte su parte a la Escuela Marcial Lalanda y cuando les piden que se hagan cargo de la de José Cubero “Yiyo”, echan las muelas.

Estos señores empresarios mantienen ahí una pelea interna entre llenar la plaza y el forrarse con el mínimo esfuerzo. Si primara lo de llenar, en San Isidro habría cambiado la cosa, se habrían empeñado en confeccionar mejores carteles e intentarían superar el cuarto de plaza de fuera de feria, que en la actualidad ya les supone un entradón. 11 millones de turistas en la capital en 2015 y los tendidos de Madrid muestran esa presencia famélica de la piedra al descubierto. A ver si eso de querer llenar con los visitantes no va a ser la mejor fórmula. Eso sí, los cuatro despistados no van a protestar el que entre los tres actuantes sumen cinco actuaciones en los últimos dos años, o que el ganado se arrastre por el ruedo. A estos no les tienen que mandar a los guindillas para que les desalojen de su localidad para que no protesten más. Si acaso, obligar al cervecero a que acelere el paso y les visite más a menudo.

Que igual a monsieur Casas le funciona eso en su Nimes natal, con un puñado de festejos al año, anunciando a muchos que él decide convertirlos en figuras, contando con visitantes de todo el orbe taurino, pero esta fórmula no puede ser la empleada para construir el futuro de Madrid; eso sí, si quiere que Madrid tenga futuro, porque a lo mejor esto no entra en sus planes. Que lo que funciona aquí, puede ser la debacle de allí, así que hay que pensarse mucho las cosas y tener en cuenta todos los elementos que adornan a cada plaza, que sí, que hay que llenar las plazas, pero, ¿cómo?




Enlace programa Tendido de Sol del 18 de septiembre de 2016:

domingo, 15 de junio de 2014

Madrid, Madrid, Madrid, guía para no enloquecer, o viceversa

¿Por qué se protesta el toreo sobre las piernas para dominar a un toro?

Vuelvo a San Isidro, y ya empiezo a parecerme a un conocido que ve dos corridas al año y les saca un partido tremendo, se pasa los meses hablando de ellas. Pero en este caso me voy a limitar a describir situaciones que se están convirtiendo en costumbre, no me pregunten por qué, pero así es, y lo peor es que se admiten como algo lógico y normal, sin importar si es beneficioso para la lidia, para la Fiesta o para la salud mental de los espectadores. Son una serie de “por qués” que si alguien puede aclararme le estaré muy agradecido.

-         ¿Por qué es el maestro el que recibe al toro, generalmente con unos mantazos desganados que además no consiguen fijar al toro? ¿No podrían hacerlo esto los peones? Igual se evitaba el llevar al toro al burladero del 6 y 7, y el matador no parecería un bulto sospechoso esperando a que el caballo llegara a su sitio. Igual es en ese momento en el que el espada tendría que lucirse con el capote. Parece como si se hubiesen cambiado los papeles.

-         ¿Por qué esa inhibición a la hora de entrar en quites? ¿Por qué esas gaoneras aceleradas no se inician con un lance para echarse el capote a la espalda y no preparándose como si se fueran a poner un gabán?

-         ¿Por qué no aprenden los maestros a manejar el capote de una santa vez? ¿Tan difícil es intentar torear a la verónica al menos aseadamente?

-         ¿Por qué no se colocan los toros en suerte y en el mejor de los casos se les deja ahí abandonados, como si le dijeran: tranquilo, que ahora viene un tío subido en un penco y ya te irá guiando? Lo mismo que no se entiende cuando los espadas se ponen en plan director de lidia y cuando ponen el toro al caballo lo van colocando de más lejos a más cerca, cuando debería ser al revés? Y, ¿por qué hay que tapar la salida a tantos toros, menos a los que de verdad habría que hacerlo? Aparte de esa suerte del “Ahí te quedas” en la que más que llevar el toro al caballo, parece que lo abandonan en una gasolinera.

-         ¿Por qué se aplaude al picador que no pica ya desde el primer puyazo, a los que hacen ostentación de ello sujetando el palo al revés? ¿Por qué esa manía de levantar el palo y a veces lo usan de cayado para apoyarse en él, poniendo en práctica esa fea suerte del “Moisés”? ¿Por qué ese empeño contumaz de no picar a los toros? ¿Qué ocurriría si se les picara?

-         ¿Por qué hay tantos bultos sospechosos alrededor del caballo de picar, evitando que la suerte se realice de forma ordenada y sin permitir que se vea al toro de verdad? ¿Y por qué esa fea costumbre de pasar por el culo del mulo?

-         ¿Por qué tantos capotazos para poner el toro en el lugar exacto que quiere el banderillero? ¿Por qué esa falta de cuidado y afición de los matadores a la hora de ocupar su sitio en el segundo tercio? Puede parecer un capricho, pero no lo es, estando cada uno dónde debe se pueden evitar muchas situaciones comprometidas.

-         ¿Por qué ese horrible salto de los banderilleros antes de clavar? ¿Por qué ese amenazar a la luna con las puntas de los garapullos como si fueran a sacarle los ojos con los arponcillos? ¿Y por qué esa velocidad en el segundo tercio, convirtiendo este más bien en un ejercicio gimnástico/ deportivo y no en una suerte del toreo?

-         ¿Por qué esa tediosa costumbre de empezar siempre igual las faenas? ¿Nadie se abochorna de que en los tendidos ya sepan de antemano eso del pase por detrás y por delante, para acabar al final embarullados?

-         ¿Por qué se desprecia el primer pase de cada tanda, reduciéndolo a un trapazo desangelado? ¿Porque tras ese trapazo los maestros se preparan entre retorcimientos con el pico de la muleta descaradamente adelantado, con la muleta separadísima del cuerpo y con la pierna de salida ostentosamente escondida? No pregunto por qué a continuación el pase es en línea recta y sin rematar atrás después de enroscárselo a la cintura. Sencillamente, no es posible.

-         ¿Por qué los maestros se empeñan en eso del arrimón cuando se ven claramente superados por el toro? ¿Por qué el público se entusiasma cuando se evidencia esta ineptitud y el matador se limita a estar a merced del toro? Aparte de esta manifiesta inconsciencia, ¿por qué no se exige a los matadores que sepan y no que simplemente se pongan a ver qué pasa? ¿No resulta esto demasiado morboso, dando la sensación no de que se quiere ver al hombre dominar a la bestia, sino que más bien parece que se espera a ver qué depara la fortuna?

-         ¿Por qué el público considera que no es torear cuando un matador opta por castigar por abajo a un toro que se ha quedado demasiado crudo o que simplemente necesita que le ahormen más la embestida? Esto bien hecho, también cuenta para poder pedir la oreja, es más a veces hasta vale el doble que series de trapazos que solo sirven para que el toro se vaya haciendo el amo.

-         ¿Por qué los matadores cierran las tandas tres y cuatro veces con la misma cantidad de pases de pecho? ¿Tan mal cierran la puerta de sus fincas que necesitan echar cuatro candados? ¿Cuando firman los contratos también lo hacen tres y cuatro veces en la misma hoja?

-         ¿Por qué esa preocupación por como cae la montera y por qué esa algarabía cuando cae bocabajo? ¿Por que el público aplaude los desarmes? ¿Por qué igualmente se aplauden los pinchazos, aunque sean en medio de la paletilla?

-         ¿Por qué se considera una buena estocada al espadazo que queda entero dentro del toro, ya esté en medio del lomo, en la paletilla, atravesada, casi envainada o dónde al maestro le haya venido bien? ¿Por qué ese desprecio en la forma de ejecutar la suerte, despreciando esta si el toro cae, que parece ser lo único que importa, para empezar a pedir las orejas?

-          ¿Por qué ese desprecio llega al punto de olvidar la máxima de que un pinchazo supone la pérdida del primer trofeo, precisamente el que otorga el público? ¿Por qué además la petición de una segunda oreja cuando toda la labor del espada se ha ceñido a la faena de muleta? Que no es que en ocasiones no se esté afortunado en los dos primeros tercios, simplemente se observa un desesperante desprecio de la lidia.

-         ¿Por qué no se les enseña a los matadores cómo se da una vuelta al ruedo? ¿Por qué no se les enseña a valorarse a si mismos con justicia? ¿Por qué no se les enseña, en definitiva, a sentirse toreros?


Quizá en las escuelas tendrían que plantearse el dejar de enseñar a dar pases y enseñarles a saber qué significa el toreo, el ser torero y el amor y respeto debido al toro. Pero Madrid no es exclusivo de estos “por qués”, igual que estos no son los únicos que nos podemos plantear. Lamentablemente son muchos más los por qué, por qué, por qué, por...

lunes, 4 de noviembre de 2013

Madrid, Las Ventas y el palo de la bandera


El respeto de los toreros al público, algo que empieza a ser una utopía
Hasta hace no mucho, más o menos sobre los años en que los señores de Taurodelta llegaron a Madrid, en la plaza de esta capital se llevaba a rajatabla el izar la bandera los días de toros y arriarla al finalizar el festejo, manteniéndose en el mástil durante la feria de San Isidro, a no ser que hubiera suspensión, lo que obligaba a que abandonara su puesto natural. Como si de un tic nervioso se tratara, los aficionados acudían a la plaza de la calle de Alcalá y lo primero que hacían en cuanto tenían esa belleza de ladrillo ante sus ojos, era ver si las banderas danzaban al ritmo de los más que frecuentes ventarrones del barrio de Ventas. De un vistazo ya sabían si tocaba darse media vuelta o si los de luces se tendrían que preocupar por el toro y ese enemigo invisible que les puede dejar al descubierto. Pero la empresa estaba decidida a innovar, e innovó; pues que lo disfruten.

Como decía mi padre el hombre “¡Ay Madrid! ¿Quién te ha visto y quién te ve?” Lo maltratada que está esta plaza, que los señoritos de luces dicen que no van por allí un año y no sólo no pasa nada, sino que encima se lo aplauden con entusiasmo. Que se ponen los señores coletudos a rajar del público de las Ventas y tres cuartos de lo mismo. Cualquiera puede echar pestes en público, que siempre habrá un estómago agradecido que le hará eco. En su jeta se ponen a buscar sustituta como primera plaza del mundo, hurgando entre aquellas que se avengan a tragar con ruedas de molino, y encima no la dejan ni quejarse. Permanentemente tiene que soportar el sambenito de maleducada, escandalosa, irrespetuosa, desagradablemente vocinglera, ignorante y con veleidades de cátedra sin saber distinguir un búfalo de un toro y este de un elefante. Impaciente con eso de querer echar toros al corral, enfadado y predispuesto para lo peor, enaltecedor de los humildes para echarlos por tierra cuando están en la cúspide y no sé cuántas barbaridades más.

Con lo educada y respetuosa que era antes la plaza de Madrid… ¡Y un c….congo! Los taurinos se quejan de esa caricatura en que se ha convertido el 7, más entregada al valor, vía arrimón incontrolado, vía parón a ver qué pasa, pero sin exigir que el torero sepa lo que hay allí con certeza, ni por supuesto administrar la lidia que el animal exige. Si acaso de vez en cuando, que ya no es siempre, pues a veces depende del ganadero que lidie cada tarde, se protesta algún toro por invalidez, arreciando las protestas en el momento en que el toro sale del peto y se “esmorra” contra la arena, que quizá puede que sea el único instante en que al animal se le puede pasar por alto una caída; sale a veces desequilibrado, se trastadilla, quiere coger el capote que le ofrecen y le retiran de repente y se viene abajo. Pero nadie parece molestarse cuando los de luces tienen que levantar los brazos al cielo, cuando los estampan contra las tablas, cuando no puede doblar por uno o por los lados porque si no se cae, cuando ya en el primer tercio abre la boca buscando aire, sin que a penas se le haya picado, cuando no se le pica y aún así se sigue tambaleando. Hay muchos síntomas que muestran un toro inválido, sin tener que ser las caídas. Aunque también entiendo a ese tendido 7, pues si protestan les mandan callar, les insultan, les mientan a la familia y a nada que respiran les abuchean, pero allí hay alguna voz sonora que como veleta, una vez adora a Dios y otra al diablo.

Recuerdo aquellos años en que bastaba que el picador tocara con el palo el lomo del toro, para que ya no fuera posible la devolución a los corrales y aún así, salían muchísimos sobreros, con tardes en las que salían hasta once o doce toros por la puerta de toriles. Pero es que era muy difícil aguantar la bronca de toda la plaza, el 7, la andanada del 8, el 4, la sombra, parte del sol por contagio, lo mismo con el flamear de pañuelos verdes, que de aficionados mostrando su entrada junto a un billete de mil, dando a entender que nadie le había regalado nada, que pagaban religiosamente para entrar a la plaza. Yo he visto como los tendidos se volvían de espaldas al ruedo en señal de protesta, los dedos críticos que decían que no a los que no se merecían el premio que estaban paseando; hasta antes de comenzar el festejo se protestaba porque el aficionado se informaba y llegaba ala plaza sabiendo todo lo ocurrido con unos toros impresentables que vio en el Batán, lo ocurrido por la mañana antes del apartado y la dificultad que a veces constituía el poder juntar seis toros para la corrida, máxime cuando exceptuando las corridas concurso, no podían lidiarse reses de más de dos hierros. Y si estos mejunjes se repetían año tras año y con los mismos toreros, pues, ¿para qué más?

Una plaza seria y con rigor, aunque al tiempo muy generosa, que contaba con dos asesores que eran la viva imagen de la honestidad, la torería y la afición al toro, Un tal Domingo Ortega y un señor de Cretas, que se llamaba Nicanor Villalta. El primero con sus gafas con un cristal traslúcido y el otro con un sombrero de gentleman medio ladeado. Como para que algún niñito se pusiera flamenco con el palco. Pero todo iba en consonancia, los asesores, el público y hasta los ganaderos, toreros y empresarios, pues aunque cada uno barría para casa, aún había unas rayas que no se podían rebasar y cierto respeto por el que paga. Si hasta se protestaba cuando no salían al paseíllo el número de caballos de picar que marcaba el reglamento. Se merendaba y se bebía, por supuesto, pero eso era secundario, lo importante era lo del ruedo. Era una plaza que imponía, que hacía que los toreros salieran pálidos como la cal, unos por no ser capaces de dar la talla, que eran los que se quejaban más de la dureza, y otros por la responsabilidad de reeditar éxitos pasados, por no querer defraudar a una plaza que se les entregaba ya en el despeje.

Que le pregunten al contratista de las almohadillas que ocurrió un final de feria cuando las protestas alcanzaron tales niveles de cabreo por ese fallido San Isidro, que empezaron a volar las plumas de relleno, hasta cubrir de blanco el ruedo, los tendidos y el fracaso de ese año. Pero no sólo era cosa de ir a los toros en mayo, también se iba en marzo, abril, el verano y el otoño, obligando a crearse esa feria de Otoño que ahora carece de interés, como todo, precisamente por ese vaciado de contenido e interés de los festejos no de abono. Luego vino la televisión a cantar las bondades de todo el mundo, que si hacía falta, hasta se inventaban, como si se aplicara aquello de “too er mundo e güeno”. De lo que vino después, el que más y el que menos ya tiene suficientes noticias y es por esto que estamos en las que estamos. Pero que no les engañe nadie, que ahora Madrid es un bombón, una verdadera golosina, que si nos remontásemos años atrás, a muchos se les paraba el pulso. Pero ya nada es igual, ni Madrid, ni Las Ventas, ni el palo de la bandera.


domingo, 13 de octubre de 2013

Los músicos del Titanic en la plaza de Madrid

Otro año menos, ¿habrá muchos más?


¿Recuerdan todo lo que se decía allá por enero y febrero sobre lo decisiva que iba a ser Las Ventas en esta temporada que se va acabando y que ya ha echado el cierre en la capital? Parecía que dependiendo de si esta plaza se vencía hacia un lado u otro, esa sería la tendencia de la Fiesta de los Toros en el futuro. Pero creo que nadie contaba con que este fenómeno se invirtiera, haciendo de esta plaza una prolongación de la de muchos pueblos de España, con sus protestas a los toros mansos, sus dislates orejiles, ese afán de aplaudirlo todo y lo mal que llevan que el resto del aforo no aplauda y se entregue al hijo de la Ignacia, la  farmacéutica, que quiere ser torero. El virus de la vulgaridad se va extendiendo por todos los rincones, sin que nadie encuentre el antídoto a semejante mal. Resulta que la exigencia se encuentra bajo mínimos y les bastan unos cuantos trapazos amontonados para que enloquezcan y todo aquel que no es contagiado por este mal es un enemigo de la Fiesta, un antitaurino, intransigente, perseguidor de imposibles, ignorante y además… nunca se ha puesto.

El barco empezó hace tiempo a hacer agua por el tendido alto del 5, esa media luna de cemento que empezó a asomar por el sol y que cada vez baja un poquito más y se ensancha hasta tocar los tendidos vecinos. En verano, como esa media luna de sol es inhabitable, la vía de agua se abre por los bajos del 8 y el 9 entre palmas, alegrías y pañuelos blancos, que así el viaje de vuelta es mucho más llevadero. El boquete no es tan grande como el que se da en el sol, en los bajos del 5 durante las ferias, pero es continuo, todos los domingos y fiestas de guardar, cuando el sol empieza a no apretar tanto. Bien es verdad que siempre hay cuatro o cinco locos que pretenden arreglar el desaguisado y se ponen a achicar agua con su rigor de viejo aficionado de Madrid, pero poco se puede hacer con dos toallas y tres fregonas contra esa riada de agua.

Muy grande tiene que ser el fracaso de un torero o ganadería mediática para que los pasajeros de las Ventas se alarmen, basta con un poco de mediocridad y populachera  vulgaridad para saciar el apetito de esas masas sedientas de despojos. Se embelesan con pases y más pases, asumen y hasta comparten la desaparición de la suerte de varas, aunque aún la toleran mientras sólo sea un testimonio del pasado, el toque costumbrista de la corrida. Si los mismos matadores la desprecian y están en el ruedo como el que está de campo, ¿qué podemos esperar de los que andan más pendientes del vendedor de refrescos? Recuerdo las dos tardes de Alejandro Talavante, la primera la de los seis Victorinos, que de él eran, pero que distaban un mundo de ser Albaserradas, en que los tendidos se cubrían de decepción cuando iban comprobando que las orejas no llegaban y la Puerta Grande no se abriría. Pero no parecía importar el que un torero, una máxima figura como se decía, no fuera capaz de lidiar y torear a ninguno de sus oponentes, porque estos no se adaptaban a su faena tipo, y no al revés. El espada había quedado en evidencia y había demostrado una incapacidad absoluta para considerársele matador de toros. Días después se encontró con un animal al que no fue posible pasar por el caballo, pero que seguía el trapo como un borreguito, sin importar si tal trapito le sometía, le llevaba por dónde no quería o si le obligaba mínimamente. Las embestidas dejaron paso a “buscar la zanahoria”, pero eso era lo de menos.


Pero a pesar de todo, creo que los taurinos y afines a la fe de la Tauromaquia 2.0 son muy injustos con Madrid. Se tilda a esta plaza de escandalosa, maleducada, irrespetuosa, ignorante y no sé cuantas cosas más; y no es así, porque la gran mayoría, o una inmensa mayoría, jalea todo lo que viste medias rosas, todo lo que sigue la zanahoria y cualquier ejercicio gimnástico/ circense/ contorsionista que se ejecute ante sus ojos, haya o no haya un toro en el ruedo. Se aplaude el toro fofo, se le premia aunque no vea al caballo ni de lejos, se valora como extraordinario el quedarse a merced de un toro por no conocer los fundamentos básicos de la lidia, se aplauden los arrimones absurdos y no se exige el toreo de siempre. ¿Y me van a decir que Madrid no es ya un merengue de plaza? Eso sí, siempre hay algún que otro aficionado que levanta la voz de la exigencia, que por otro lado está muy alejada de aquel tendido 7 repleto de aficionados y no de curiosos y japoneses, la andanada del 8, los aficionados del 8, la sombra dura como ninguna, el 4.


Por si quedaba alguna duda del cambio experimentado por la afición capitalina, y casi como fin de fiesta, llegamos a la apoteosis de El Cid en la feria de Otoño, esa que llegaron poco menos que a nombrar la más excelsa de la historia del toreo; sin llegar tan siquiera a juzgar lo hecho por el sevillano, en otros tiempos quizá no habría podido tener lugar por carecer de lo más importante y definitivo para valorar a un torero, el toro. Con el ciervo agatado del señor del Río no creo que muchos hubieran permitido que nadie se hubiera puesto a dar muletazos a un animal que no soportó ni media vara. Pero claro, eran otros tiempos, eran aquellos días de los tres puyazos, cuando se exigía a los coletudos como poco el saber agarrar los trastos y el saberse colocar en el ruedo, estando pendientes en todo momento de la lidia. Cuando el torear era poder, dominar y mandar en el toro y sus embestidas, cuando los defectos del animal no eran errores de la naturaleza, eran retos que el que se vestía de luces tenía que superar con el capote, la espada, la muleta, la suerte de varas y de banderillas y el conocimiento de las distancias y los terrenos. Todo esto ya suena a música celestial, a esa música que la banda de la Plaza interpreta ya hasta antes de los festejos por los pasillos de las Ventas, atronando los oídos del respetable que deambula erráticamente mientras hace tiempo para entrar a su localidad. Mientras tanto, las vías de agua siguen abiertas y ya no es que no haya manos para tapar esos boquetes, es que además hay que luchar contra los que piensan que cuanto mayor sea el agujero, más gente vendrá a ayudar para evitar un naufragio anunciado, al que sólo hay que poner fecha. Entretanto no para de entrar agua y más agua, y mientras la nave zozobra, la banda de la plaza sigue tocando y tocando, como los músicos del Titanic.