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martes, 25 de octubre de 2022

Victorino sigue defendiendo… solo lo suyo

Al final, don Victorino va a decidir quién es merecedor de llamarse aficionado o quedarse en reventador indeseable. Cuidadito, que a nada que se descuide, igual acaban sobrándole carneses.

Ganadero de postín, máximo representante de la Fundación del Toro y quizá el que más cartas escribe en el mundo a los malvados antitaurinos que están acabando con los Toros. Pues ya ven, don Victorino no se cansa, siempre tiene que estar haciendo algo, no puede estar parado; ya puede ser destrozando el hierro mítico que le legó su padre, ya puede ser montando una Copa Chenel que bien podría ser según una idea original de los antitaurinos, bien escribiéndoles a estos unas cartas que a sus destinatarios les quita el sueño o como en este caso, defendiendo a capa y espada su negocio, el que nadie les diga nada ni a él, ni a sus cómplices en esto de desbaratar el toreo. Que la cuestión es que ellos y solo ellos, con este señor en lugar preferente, puedan decidir cómo son y cómo deben ser las cosas en esto del toro. A mí me dejan y si alguien se queja, que se quede en su casa. Que ahora nos sale, como ya han salido muchos, entre ellos el insigne señor Hernández, ganadero como Victorino, con que fuera reglamentos. ¡Dejanme solo! Como decía el chiste.

Que hay un detalle, un detalle curioso, que se ha reproducido a lo largo de… de toda la vida de Dios. Resulta que los que tenían las manos más enfangadas, esos decían que tenían las manos limpias, tan limpias, que hasta eran capaces de autorregularse, porque aparte ser gente de orden, ellos sí que sabían de qué iba su negocio. Que esto último no lo he dudado nunca. Y entonces, como ellos lo sabían todo de lo suyo, pues hala, ha llegado la hora de la autorregulación, que para que nos entendamos, es aquello tan clásico y castizo del “déjame, que yo mapaño”. Pues eso, el señor Victorino Martín García se las quiere apañar él solito. Vamos, lo que habrían dado porque les dejaran apañárselas solitos al señor Capone, al señor Genovese y hasta a Toni Soprano, el de la tele. Que en esto, como en muchas otras cuestiones, lo que quieren es que una oligarquía, lo que siempre han sido unos gerifaltes, capos, jefecillos, es querer disponer de todo, en beneficio propio. ¡Vaya! Si don Victorino solo busca el beneficio para la fiesta, ¿no? Pues parece que no. Ellos, con Victorino a la cabeza, quieren controlar el tipo de toro, los festejos que se montan, quién actúa y quién se queda fuera, si ahora colamos este ganado impresentable, si los veterinarios se quedan fuera, si el presidente debe actuar así o asao como un monigote que ellos manejan y hasta a los que pagan para ir a la plaza. A estos les marcan hasta los gustos que deben tener, lo que tienen que decir, lo deben callar y siempre, pero siempre, que deben pagar. Pero fuera reglamentos, que yo sé más que nadie de esto y a ver si con tanta reglamentación, esos que solo deben pagar y callar o aplaudir, ahora se me van a agarrar a eso y van a exigir unos derechos que no merecen, porque aquí los derechos son para nosotros, los que sabemos y nos debemos autorregular y no para esos que solo vienen a poner pegas. ¿Se imaginan? Novillos de tres años para que los artistas se expresen, animalejos que no pasarían ni como cabra del Pirineo y que nos colarían como toro, artista, pero toro. Un palco con un amigo de los que, según ellos, saben de esto, repartiendo pañuelos blancos, azules y naranjas al viento. Y que no falten los aplaudidores profesionales, los que para toda trampa tienen un por qué, los de los micrófonos de la tele, y los aplaudidores practicantes, los que jalean hasta a los mulilleros por andar para atrás. Y con todo esto, ya de paso, los tikismikis igual se cansan, abandonan y les dejan solos. Pero, ¡ojo! Que cuando echas abajo un dique en el mar, luego no cabe decirle a las olas que paren, que ya han inundado bastante, no señor, el mar seguirá avanzando y lo mismo hasta se lleva por delante el chalé que estos fulanos tenían en primera línea de playa. Que lo mismo quieren echar a unos cuantos y acaban marchándose más de la cuenta y se van a encontrar ellos solitos en las plazas con apenas dos centenares de incautos, pero… Si eso ya está pasando, si hay festejos televisados en los que apenas llegaban a las doscientas almas. ¡Ah! Pero había tele y con la mosca que te sueltan estos, podemos seguir autorregulándonos.

La cantidad de cartas que escribe don Victorino Martín García, Victorino el Epistolario, pero no he visto por el momento ninguna en la que se defienda al que paga, en la que se defienda de verdad al aficionado, en la que se abogue por los derechos del espectador, por la integridad del toro, por sancionar o al menos afear las trampas, el fraude ponerse definitivamente del lado del toro, de la fiesta de siempre, esa que dicen que es del pueblo, pero siempre que ellos sean los dueños del pueblo para hacer y deshacer a su antojo, porque la desregularización es eso, a mí déjame hacer lo que se me pase por ahí y yo apretaré y pondré normas y más normas, todo lo duras que sea posible, a los débiles, a los que tienen que pagar y a los que les quito todos los derechos, que me guardo para mí. Pero bueno, ya vemos que aquí nada cambia y mucho menos a mejor, que nos contarán todas las milongas que quieran, se despacharán a gusto contra los antis, contra los exigentes, contra el gobierno, contra el desgobierno, pero al final, como siempre, Victorino sigue defendiendo… solo lo suyo.

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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jueves, 31 de marzo de 2022

Victorino Martín, el Leonardo da Vinci de la tauromaquia

 

¿Recuerdan los antiguos Victorinos? Victorino hijo, tampoco, él se queda con cómo ser aprendiz de todo.

Dicen que el que no arriesga no gana y… bueno, igual no es esta la mejor forma de empezar para hablar de Victorino Martín, porque igual ni ha arriesgado demasiado, ni sabemos si va a acabar ganando o no, eso el tiem0po lo dirá. Que hay opiniones para todo, los habrá que se rindan a sus pies plenos de convencimiento, pero también los hay que abominan de sus formas, sus fondos y sus “conquistas”. Lo que nadie puede negar es su capacidad para hacer de todo en esto de los toros. Que lo de ganadero parecía que era cumplir con un destino marcado por la intensa y exitosa trayectoria de don Victorino Martín Andrés, su padre. Pero a él esto se le quedaba chico, le sabía a poco y como un hombre renacentista de la tauromaquia, él quería más. Probó vestido de luces, pero tuvo que probar poco y sin mucho tardar, colgó el chispeante para no volver a enfundárselo. Entonces se dedicó de lleno a su ganadería, lo que seguro que no se le podía dar mal, primero con un maestro como el que tenía en casa y en segundo lugar con los conocimientos que se adquieren cursando la carrera de veterinaria.

Este espíritu inquieto del toreo, no conforme con mantener la A coronada, inició el camino de la búsqueda de un nuevo tipo de toro con los cruces que dieron lugar a lo de Monteviejo, incorporando también la sangre Urcola. Pero… pero qué difícil es esto, ¿verdad? Como novillero ya hemos apuntado que… pero como ganadero, esa búsqueda de un nuevo toro con lo de Monteviejo de momento no está dando los frutos deseados, aunque si he de ser sincero y justo, no creo que esto se pueda considerar un descalabro, pues esa búsqueda ya es un éxito digno de alabanza y para el que se requieren altas dosis de paciencia, lo mismo para los criadores, como para los aficionados. Y el que tenga prisa, que se vaya a la fórmula 1, que ahí todo va mucho más rápido. Pero en lo de ser ganadero, quizá el mayor mérito de Victorino Martín García sea el haber conseguido vaciar de todo lo que valoraba el aficionado a un hierro legendario, como es el que creó su padre partiendo de lo de Albaserrada, cinco minutos antes de que se perdiera en el matadero. Se aquello, el hijo los ha conducido a un toro que si no es por la capa, por el comportamiento podría confundirse fácilmente con el toro actual, el que nos ha traído esta asfixiante modernidad, dócil, bobón, que a nada rueda por la arena y que se erige en supremo colaborador del caballero que el destino ha puesto allí para crear “arte”. De ser un hiero del que huían las figuras, a ser uno de los preferidos de estas, pues con el nombre ya pueden decir que han matado una corrida torista. ¡Qué cosas! Como si estos se la fueran a pedir si fuera realmente torista, como ellos dicen. Eso sí, el negocio le debe ir viento en popa, porque de cuatro o cinco corridas al año que lidiaba su padre, él ha pasado a… yo qué sé, porque hay victorinos hasta en las capeas de las comuniones en mayo. O igual tampoco gana tanto provecho económico, ¿no? Bueno, él sabrá, eso son cosas suyas que tampoco creo que nos deban importar.

Pero este hombre del renacimiento taurino no podía quedarse quieto, eso va en contra de su naturaleza, si juzgamos por esa frenética actividad que le adorna en su día a día. Primero la Fundación del Toro de Lidia, que nos decían que era para defender la tauromaquia. Para defender a los profesionales, porque si nos atenemos a lo hecho, en poco o en nada han defendido a los aficionados, entre otras cosas, porque a estos igual había que defenderlos precisamente de gran parte de los profesionales y más concretamente de los que se pusieron a la cabeza de dicha fundación. No tardó don Victorino en tomar un papel estelar y se dedicó a escribir cartas y más cartas a todo quisque, con bonitas palabras, buenos propósitos, pero alejados de sus actos. Que ya lo decía el otro: por sus actos les conoceréis. Y vaya si les vamos conociendo. Pero no conforme con lo de ser un adalid del género epistolar, don Victorino se enfrascó en convertirse en empresario. Primero, por aquello de la pandemia, cuando se hablaba de mil y una maneras de mantener esto vivo, se inventó lo de la “Reconstrucción”. ¡Qué cosas! Victorino y reconstrucción juntos en una misma frase. Que igual el nombre lo cogieron a voleo, porque si se lo hubieran pensado un poquito, por aquello de la coherencia, encajaría mejor lo de demolición. Un matador que eligiera compañía y cuatro toros. Con un planteamiento absolutamente contrario al espíritu del toreo, para acortar el aburrimiento y que los festejos no se alargaran tanto. ¿Cabe mayor melonada? Que ya le estás diciendo al personal que lo que vendes es un tostón y que por eso lo acortar. Esto tampoco lo debieron pensar demasiado. Pero esto del empresariado parece que le está gustando al exnovillero/ganadero/epistolario/empresario a ratos libres y ha decidido dedicarle gran parte de sus energías y ahí lo tienen, que si copas, que si… vaya usted a saber; que igual ahora con este embrollo de la adjudicación de las Ventas, quién nos dice que no se vaya a presentar. Que si no es como empresario titular, igual entre él y su amigo del alma el señor Abellán, lo mismo van y se inventan una nueva figura para que subcontrate los festejos veraniegos, lo que por otra parte no sería nuevo, que ya se puesto en práctica en otros lares. Y si todo esto no le pita a don Victorino Martín, siempre tiene la salida de hacerse promotor turístico, que te organiza una visita aquí o allá, con alojamiento, comida y desayuno en un pispas. Que ya lo veo, el nuevo gigante turístico de nuestro país será “Victorinalia, viaje por una pasta y le daremos un apañado vino español”. Un vino español para el desayuno, comida, merienda, cena, en las playas de Cancún. Si está todo pensado. Que a lo mejor tendríamos que pensar un nuevo título, porque se nos queda pequeño eso de Victorino Martín, el Leonardo da Vinci de la tauromaquia.

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martes, 28 de septiembre de 2021

Nos quieren dóciles, ciegos y mudos

 

La Plaza de Madrid que los mediocres quieren dócil, ciega y muda, ha dejado muy claro en muchas ocasiones que cuándo se entrega, lo hace como ninguna... pero solo con la verdad, nunca con la mentira.

Esta vez el señor Martín, don Victorino, no ha expresado sus deseos, ni sus ataques con una de sus gloriosas e incisivas cartas que no interesan a nadie, salvo a su grey. Esta vez, como era para hablar del que le paga sus juergas, del que paga para ver sus “productos”, no era preciso escribir nada, bastaba con vomitar bilis, con pegarse esa pataleta de niñato maleducado, caprichoso y al que sus papás, el aficionado, nunca le negó nada, le rio todas las gracias. Pues hasta esos consentidores parecen haberse hartado de esos cuentos que este señor lleva años contándonos. Pues igual ya ha sobrepasado más de una línea y a lo mejor eso de hablar de los Domecq de Victorino ya es aceptado hasta por las vacas que pastan en las Tiesas.

Que quizá no ha sido ahora cunado Victorino ha traspasado esas líneas, quizá las traspasó hace mucho, pero es ahora cuando no le da pudor alguno en hacerlo público. Que ahora resulta que está harto de la plaza de Madrid, que resulta que el aficionado que exige está acabando con esta plaza. Y como argumento de peso para respaldar esta opinión, nos viene con que él también es aficionado, que tiene no sé cuántos abonos y que lleva vistos más toros en este ruedo que el reloj de la plaza. Que yo no dudo, ni soy nadie para dudar, de su afición, sería un estúpido monumental, pero hay una cuestión importante que hay que tener muy en cuenta. El señor Martín, don Victorino, quiere estar al caldo y a las tajadas, quiere estar en dos bandos, los taurinos y los aficionados de la plaza de Madrid que se esfuerzan en defender su plaza contra quién sea. Pero el señor Martín, don Victorino, parece que quiere ser como esos jefes que pretenden serlo y además un empleado más, como los profesores que quieren ser claustro y alumnado, como los sargentos que quieren ser mando y tropa y eso… Eso no es posible. Y quizá podría haberlo intentado, pero sus hechos lo han delatado, no ahora, desde hace mucho tiempo. Si como ha manifestado, la plaza buena es la de Sevilla, con sus silencios, es que no ha entendido nunca ni a Madrid, ni a su afición. Y líbreme la providencia de pretender que Sevilla sea diferente de cómo es, faltaría más. Pero en esto, si a uno le gusta una u otra plaza más y se siente más identificado con ella, solo hay un camino, seguir los dictados del corazón.

Dice el señor Martín, don Victorino, que protestas sí, pero con respeto. A ver, no recuerdo ninguna protesta en la plaza de Madrid que no haya sido con respeto, pues este es uno de los sellos de esta afición. A veces una protesta dura, muy dura, pero siempre con respeto, quizá mucho más del que los taurinos le dedican. Pero claro, hay una cuestión que puede ser muy nuestra, muy del carácter ibérico y es que no soportamos una crítica y la mera crítica ya se considera una falta de respeto. ¡No hombre, no! Que no es agradable que nos digan que así no queremos los toros, que nos digan que has traído un encierro infame, que ese ganado al que tantos desvelos y dinero has dedicado es una farsa inválida, que incluso muchos de los que se visten de luces son unos tramposos, que los que montan los carteles parecen unos thrileros, pero falta de respeto, ninguna. Eso sí, como afirma el señor Martín, don Victorino, ellos querrían que esa afición callara y en consecuencia otorgara. Así nos quieren y esos son los únicos derechos que nos reconocen, el de pagar, callar y aplaudir, para que ellos, los señoritos del toro sigan viviendo a placer la demolición de la fiesta y por supuesto, la demolición de una plaza que la afición de Madrid siente como parte de su ser, como parte de su forma de entender no la fiesta, la vida misma.

Hay que ver, le creía muchísimo más inteligente, además de prudente, al señor Martín, don Victorino, que si cómo afirma lleva viendo toros en las Ventas desde que tenía diez años, le ha aprovechado muy poco para llegar a conocer la idiosincrasia de esta afición, una afición que fue mucho más dura y numerosa de lo que es en la actualidad. Debería saber que es una afición que se entrega sin reservas a quién solo lo intenta, porque si lo intenta, sabe esperar hasta que lo consiga. Eso sí, como huela un atisbo de que les quieren tomar el pelo o decir blanco, dónde es negro, ahí se revuelven como un Victorino, pero no de los de ahora, sino de aquellos que él mismo, el señor Martín, don Victorino, se ha esforzado en extinguir; y vaya si lo ha conseguido, que si no fuera así, igual no estábamos en estas de que no aguanta a la afición de Madrid y la afición de Madrid ya no le soporta ni un timo más. Pero que nadie se crea que esto es cosa solo de este señor, ni mucho menos, esto es algo tan extendido como la lava incandescente entre los taurinos. Es algo que llega a los que se visten de luces, aunque aún transiten por la novillería, entre los empresarios, los ganaderos del sistema, los voceros, los palmeros y todo aquel que pretende sacar un duro de este engendro que tanto se empeñan en mantener y es que, si no nos ha entrado en la cocorota, que nos entre de una vez, que esta gente, estos taurinos, nos quieren dóciles, ciegos y mudos.

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros del 26 de septiembre de 2021:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-hablemos-toros-del-26-audios-mp3_rf_75964533_1.html

jueves, 10 de diciembre de 2020

Victorino Martín y su compadre Atila el huno

 

Los quieren así o igual más pequeños, por aquello de poder expresarse


Hay muchas formas de pasar a la historia, unos porque conquistaron la Galia y escribieron un libro para los futuros estudiantes de latín, otros por dar un gran salto para la humanidad, otros por marcar un gol a Holanda, otros por quemar la biblioteca de Alejandría, o por montar un caballo que arrasaba allá por dónde pisaba, por dejar caer Constantinopla o incluso por arruinar una de las ganaderías con mayor prestigio de la historia y ahora por empeñarse en darle la puntilla a la fiesta de los toros. Y hablo de la fiesta de los toros y no del negocio, de su negocio, de la tauromaquia. No sorprende ya a nadie que hablo de Victorino Martín. Lo que le costó a don Victorino Martín Andrés hacerse con un hierro legendario en absoluta decadencia, salvarlo del matadero, reflotarlo y convertirlo en emblema del campo bravo y santo y seña del aficionado de Madrid y de todas las plazas del mundo taurino. Pero aunque su nombre si pueda llegar a ser eterno, don Victorino Martín no lo era y parece que su obra tiene notables detractores que no han dudado un segundo en echarla por tierra. Que no ha sido necesario que vinieran de fuera, que el puntillero lo tenía en casa. Su hijo, también Victorino Martín, ha convertido este hierro legendario en una suerte de hierro comercial que, aunque manteniendo ciertas distancias, va camino de ser uno de tantos de esos que prefieren las figuras por encima de todo. Pero claro, parece que este señor considera que la leyenda está reñida con el negocio y si había que elegir, él no tenía duda y así lo ha evidenciado, primero el negocio y lo otro…

 No es nuevo esto de la decadencia de la ganadería de Victorino Martín, es un proceso que viene de tiempo atrás. Se va limando la casta, se alimenta hasta cebarla la nobleza y se construye un animalito que linda próximo a la bobería y cuándo uno de estos sale a la plaza, ni por estampa, ni por comportamiento recuerdan a aquellos que entusiasmaron al aficionado. Pero si esta es una labor notable y que hasta puede considerarse digna de pasar a la historia, no es suficiente para el señor Martín hijo. Él está preparado para empresas de mucha más enjundia. Aniquilado lo de Albaserrada en su casa, vayamos a hundir definitivamente la fiesta de los toros. Y para ello, con la excusa de mantener viva la llama de tauromaquia, montaron eso que dieron en llamar la gira de la Reconstrucción, un perfecto banco de pruebas para lo que podía venir después. De todo el mundo es conocido el mecanismo. Un matador, una figura, que elige un compañero que él mismo asignara y un ganado escogido con pulcritud por el propio matador. Dos toros para cada uno, total, cuatro por tarde, a precio de seis. Más que un 3x2, como en los supermercados, un 2x3. Pague tres y llévese dos.

 Todo en plazas de tercera, a excepción de Logroño, que es de segunda. Una presentación impresentable del ganado, en que curiosamente lo que mejor pintaba era lo de Victorino Martín. No sabe na el chico de Victorino. El resultado de todas las tardes era el esperado, para los taurinos y sus palmeros todo jolgorio y alegrías y para el aficionado una enorme decepción y vergüenza. Que lo que interesaba no era dar una imagen seria y con rigor de la fiesta de los toros. Lo que se buscaba era mantener en la medida en que se pudiera, el negocio. Todo medido, todo perfecto. Toreros y toros a la medida de los taurinos y como guinda, la presencia de las cámaras del canal oficial, que por otro lado se justificaban con sus abonados, y con la inestimable colaboración de doña Cristina Sánchez, que es tan poco fiable frente al micrófono, cómo lo era vestida de luces. Sierre ensalzando lo insufrible, enalteciendo las vergüenzas y justificando lo impresentable, intentando que el espectador tragara con unas grandes, gordas y suculentas ruedas de molino. Que aquí “toe r mundo e güeno”.

Pero no acaba aquí la historia de esta infamia, que en la última retransmisión corrió doña Cristina Sánchez para cantar las maravillas de la fórmula y pedir que esta se extendiera para futuras tardes. Ella encantada de la pantomima, no dudo en decir a sus jefes que allí estaba ella para seguir arrastrándose por cuatro reales, que para lo que mandaran, ella ponía su piquito de oro al servicio del poder. Que todo esto puede parecer espontáneo, pero claro, ahora nos sale el señor martí, don Victorino jijo y nos suelta que pretende prolongar este timo del tocomocho para la temporada futura. Que lo de los cuatro toros es el no va más, que lo de la confección de los carteles es la reoca y que si además se embolsan unos eurillo, mejor que mejor. Que el está más que dispuesto a pasar a la historia, aunque sea a la de la infamia y que no le importaría que se le recordara junto con un prócer de las conquistas, ahí una collera de triunfo y desolación,  Victorino Martín y su compadre Atila el huno.

 Enlace programa Tendido de Sol de 6 de noviembre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-6-diciembre-de-audios-mp3_rf_61446980_1.html

lunes, 15 de abril de 2019

A Victorino ya no se le fía ni una ronda


Ni la estampa le quedan a estos de don Victorino Martín

Ya son muchas las juergas que don Victorino Martín ha dejado a deber en este local de ladrillo y granito de la sierra, que los cañís llaman las Ventas del Espíritu Santo. Empezó el hijo de aquel que se conocía como el paleto de Galapagar, tirando del crédito del padre; famosas eran las fiestas de don Victorino, casta por todo lo alto, corrían los regatos rebosando de esa casta, que más que regatos parecían el Amazonas. Y hasta no era infrecuente que junto a esa casta apareciera la bravura. Qué delicia, había embestidas para dar y tomar, solo bastaba que hubiera un señor de luces dispuesto a trasegar esas arrancadas en el primer tercio levantando los caballos en vilo, queriéndose comer a los rehileteros, para continuar con un afán de atrapar y hacer jirones las muletas, finalizando entregándose a la suerte suprema. Esto hacía que el aficionado confiara en el ganadero y que le fiara sin límites, que si bien es verdad que había días menos felices, algunos hasta para no recordar, siempre llegaba la tarde en que el señor de Galapagar sacaba la chequera y pagaba con creces en forma de casta y bravura, sin racanería en eso de poner ceros y más ceros. Los mismos que los de luces ponían para que la montonada de pesetas fuera mayor. Pero esos tiempos ya pasaron y al aficionado de Madrid ya le suenan a un pasado demasiado lejano y por mucho que don Victorino hijo manifieste su satisfacción después de una corrida para olvidar incluso antes del arrastre del último de la tarde, nadie le fía ni un chato con cuatro aceitunas a este señor tan bien hablado, tan altanero ante las críticas y tan poco lúcido, según lo visto en los ruedos, en lo de mantener una ganadería señera del campo bravo ibérico.

Que dice el señor que a la corrida se le ha pegado mucho en el caballo ¡Ay Señor! Hombre, que lo siguiente habría sido darle unas collejitas y para adelante. Y si acaso solo salvamos al tercero, que de repente pareció que el de aúpa apretó y barrenó a placer, justo después de una señal del matador en la que parecía que le indicaba eso tan sabido del “vale”. ¡Qué cosas! Sí es verdad que aparte de poco, lo que se les ha picado ha sido, en líneas generales, para llevar a los del castoreño al cuartelillo. Marronazos en la paletilla, en mitad del lomo o dónde cayera el palo. Y a simular que se picaba a unos animalitos que padecían hasta para arrastrarse por la arena. Un primer tercio en el que no se ponían a los toros en suerte, que lo mismo acudían al paso, sueltos, que les abandonaban y aprovechaban para escapar a terrenos de toriles, como fue el caso del cuarto. Al quinto, que estoqueó Moral por cambio en el orden de lidia, hasta le llegaron a señalarle un puyazo, trasero, pero al menos el pica se agarró bien, que ya parece mucho. Y al sexto, de Chacón, pareció que se le querían hacer bien las cosas y hasta hubo quién quiso ver no sé si casta o bravura, cuando se arrancó con alegría, aunque tardeando, a un segundo encuentro. Justo un segundo después de que hubiera salido de najas buscando escapar por terrenos de chiqueros. Se le puso una tercera vez dándole distancia, pero nanay de la China, que lo que creyeron que era bravura acabó con un magistral kikirikí cantando la gallina. Remoloneaba y seguía remoloneando, empezó a mirar a los de los capotes a ver si alguno le hacía dejar de pasar aquellas vergüenzas y fue cuándo se puso a escarbar cuando para muchos explotó la burbuja de la casta y la bravura.

De los matadores, pues se podría decir que no tuvieron su tarde y que se mantuvieron en esa línea habitual para salir de estos trances, uno haciendo que hacía, Robleño, otro queriendo mantener ese respeto a la lidia y al toro que tanto se agradece, aunque no fue su tarde, Chacón, y el otro, queriendo esbozar un arte que algunos le suponen, Moral. A su primero blandito ya de salida, Robleño le recibió con capotazos demasiado movidos; luego en la muleta se le empezó a echar encima, revolviéndose a mitad del muletazo y venciéndosele mucho por el pitón izquierdo. Y el tiempo que el madrileño pasaba deambulando alrededor suyo solo ayudaba a que el animal caminara con firmeza hacia convertirse en un imposible. Su segundo ya de salida no animaba a casi nada bueno. Fue asomar y quedarse parado en la puerta de toriles a ver qué pasaba por allí. Parecía incluso con más brío y genio que sus compañeros, a lo que el matador respondió con una retahíla de mantazos sin fuste, que no consiguieron fijarle, lo que el de don Victorino aprovechó para irse suelto al picador que hacía la puerta y del que salió dando respingos al notar el palo. Ya más sosegado, el burel entraba a los engaños como un burro, sin amago de meter la cara. En el último tercio el inicio fueron muletazos dando aire por la cara y sin que el matador se quedara quieto. Una tanda medio aseadita acompañando, para continuar haciendo creer que los muletazos eran relajados y con garbo, pero no pasaban de trapazos dando aire, teniendo que recolocarse a cada momento, con demasiadas carreritas intercaladas entre ellos. Acabó con eso tan de Robleño y que tanto parece gustar a aficionados sesudos, el arrimón. Pero no se crean, que más de uno lo jaleaba, quizá los mismos que aplaudieron a los que no picaban y simulaban, a los que levantaban el palo con el toro debajo del peto; así está Madrid, así está la Fiesta.

Recibió Octavio Chacón a su primero embebiéndole en el capote yendo para atrás, sin permitir ni un roce de las telas, como nos gustaría ver hacer a los banderilleros, para a continuación ver estirarse al maestro, pero en este intercambio de papeles, no vimos estirarse al matador, lo que vimos es que se llevaran al toro al burladero del uno a esperar la salida de la montada acorazada. Intentó Chacón poner al toro de lejos, pero esto siguió camino sin pararse. Un quite por verónicas, lentas, más bien por imposición de los andares del de don Victorino, que por lentitud y parsimonia en el lancear. Al comienzo de la faena de muleta se sacó el toro a una mano, más allá del tercio. La flojera del animal era evidente. El matador no se acababa de parar y se limitaba a intentar cazar muletazos. Cambió de mano y el toro ni amagaba con humillar ni un tantito así. Más carreritas, se le quedaba a mitad del pase, para continuar tirando de arrimón y derechazos de uno en uno, metido entre los pitones, para deleite del personal, que eso ya se sabe que hoy en día gusta a grandes y pequeños. Hasta ya ponerse pesado, demasiado pesado y hasta algo vulgarote. Sin atinar con la espada, en un pinchazo resbaló la espada y se cortó la mano izquierda, teniendo que pasar a la enfermería, lo que causó el cambio en el orden de lidia, saliendo el sexto en quinto lugar y el que estaba sorteado como quinto, cerrando plaza.

Este quinto, sexto, salió punteando las telas, echando las manos por delante, encontrándose con el capote de Octavio Chacón, que lo recogió de nuevo por abajo, perdiéndole terreno, hasta acabar en los medios. En este fue cuando vivimos un extraño segundo tercio. El de don Victorino fue suelto al caballo, para que no se le picara, ovación; El matador cambió la lidia y llevó el caballo al seis, más a favor de querencia, dejándolo de lejos. Media vuelta y directo a toriles. Lo ponen de vuelta en el mismo sitio, de lejos, y el del castoreño avanzando hacia el siete, mientras el toro se lo pensaba bastante, para acabar arrancándose con alegría para recibir un puyazo trasero y por aquellas cosas de no apretar el palo, el jinete se vio descabalgado, sin que su montura fuera derribada. Iban a cambiar el tercio, cuándo el respetable pedía, exigía una tercera vara. Vale, de acuerdo, pues un puyazo más. Y ahí vino lo de tardear en exceso y el acabar escarbando. Ahora sí, pañuelo blanco y a otra cosa. Primera tanda de Octavio Chacón con la derecha, tirando del toro, llevándolo con el extremo de la muleta. Más pico, carreritas, acortando mucho las distancias y dejando que le tocara demasiado la tela. Cambios de mano, ahora con la izquierda, que si mejor por el derecho y atosigando en demasía al animal, poniéndose pesado y tirando de un repertorio que antes era más propio de otras plazas, pero como ahora todas esas plazas se han venido a Madrid, pues siempre hay quién se lo aplaude. Pero bueno, seguro que para la próxima el gaditano tendrá más suerte.

Pepe Moral parece que tiene algún problemilla con las cosas que quiere el público y las que no. ¡Hombre! ¿A estas alturas Pepe Moral no sabe lo que gusta, o gustaba, en Madrid y lo que no? Que algunos creían que sí al ver cómo se sacaba a su primero hasta los medios, un animal que iba siempre con la cara alta. Muletazos de tanteo, pero no, que no lo veía; más trapazos por la cara y a hacer que pareciera peor de lo que ya era, pero entre lo que el uno no valía y al otro se le notaba demasiado que quería hacer que valía menos y si lo aderezamos con un metisaca traicionero, pues complicado era librarse de la bronca. Su segundo se le revolvía y echaba las manos por delante. Poco cuidado en eso de poner el toro en suerte, poco o nada. Lo recogió con la pañosa por abajo a una mano, algún muletazo suelto, el público que se venía arriba y el toro, rodando por la arena, se iba abajo.  No pasa nada, que yo sigo, parecía decir Moral. Muletazos retorcidos jaleados por el sol del este Madrid globalizado y el toro otra vez a rodar ¿Dita seaaaa! El animalejo parecía salido de una güija, un alma en pena que no se aguantaba en pie, un espíritu triste al que Pepe Moral le enjaretaba mueltazos desde muy fuera, con la muleta atravesada y a paso de Semana Santa, muy despacito, acompañando, que no templando. Pobre cadáver cárdeno. Eso sí, el sevillano encantado consigo mismo, cómo decía mi compañero de localidad, soñando el toreo. Lo malo es que había quien ante aquel espectáculo soñaba, pero de verdad, que se veía alguna cabezadita y todo. Luego lo de la espada ya es capítulo aparte. Que vaya tardecita. Eso sí, don Victorino encantado consigo mismo, que decía que había visto muchas cosas buenas y que a sus toros les habían dado mucho en el caballo. Bueno, esto es como el que en mitad del bar ve que no tiene para la cuenta y empieza a contar sus propiedades, los números de su cuenta corriente, el deportivo y que mañana mismito se pasa y paga toda la juerga, pero si desde hace años ha ido dejando agujeros del tamaño de ese agujero negro que han fotografiado la otra mañana, es normal que el encargado del local dé la consigna de que a Victorino ya no se le fía ni una ronda.

lunes, 26 de marzo de 2018

Victorino del Cuvillo tomaba antigüedad en las Ventas

Quizá las vacas de las Tiesas ya dejaron de parir casta, para ahora traer toreabilidad, docilidad, escasa picabibilidad y mínima castabilidad.

Había expectación por la primera de la temporada, la que habría, un año más, las puertas de Madrid. Un cartel que podría considerarse con cierto atractivo para el aficionado y en el que se encontró con imprevisto que no podía imaginar. El primero de ellos y no menos notable, fue el hecho nada esperado, de que en ese supuesto homenaje de la afición madrileña al ganadero Victorino Martín Andrés, tomara antigüedad el engendro ganadero de Victorino del Cuvillo o Victorigrande, Victorino del Río, Victorcurrucén o Victoriduendo, llámenla cómo prefieran. Hasta los más jóvenes ávidos de toros veían que no veían los esperados Victorinos y exclamaban que aquello ya nada tenía de Albaserrada; hace mucho que ya nada le queda de Albaserrada. Un toro que no soporta el primer tercio, a no ser que derribe y entonces el de aúpa le quiera hacer pagar su afrenta; un toro que arrastrándose, sin fuerzas, va y viene a paso de burra tullida, que permite, al que sepa y se olvide de que es un Victorino, hasta ponerse bonito. Quizá no eran tan bobones como los borreguitos del monoencaste, pero tampoco nos pongamos exquisitos, démosle tiempo al tiempo. Que Núñez del Cuvillo, Zalduendo o Daniel Ruiz no se hicieron en una hora.

Pero no todos estaban dispuestos a olvidarse de la leyenda y plantar los pies en la arena ante aquello animalitos y si no, fijémonos en el Cid, que ya lleva años bastante bajo, pero que demostró que siempre se puede caer más y más. Abrió el curso un cárdeno ovacionado nada más salir, pero que inmediatamente fue protestado por una más que evidente cornada en la culata y que le impedía apoyar la pata izquierda en condiciones. El señor presidente manifestó que le aseguraron que era una nadería, más escandalosa por la sangre, que por el daño real, pero luego no se aguantaba en pie. ¿La cornada? ¿La flojedad? ¿Una mezcla? El caso es que fue topar con el peto y ¡catapum!, al suelo. Ni podía empujar en el caballo, que no empujaba, si acaso derrotaba, ni seguir las telas que insistentemente le ofrecía el Cid, que se tenía guardada una estocada que en otros momentos tanto necesitó. Su segundo, escaso de energías, ya le pareció un mundo desde el primer momento. Tuvo que darse la vuelta con el capote y ceder terreno hacia los medios. Sin castigo, hizo sonar el estribo como si fueran las campanas de Toledo. Demasiado capotazo y el de Victorino a ver si se mantenía en pie, lo que ya le suponía bastante. Muletazos despaciosos acompañando al ritmo del mortecino cárdeno, tirando con el pico de la muleta y aún así, viéndose el sevillano desbordado y cansando al personal, aunque todavía había quién le jaleaba los medios pases. Había ganas de fiesta. Mal con la espada, tomo el descabello y por insistir en un golpe, salió este despedido hacía la barrera, afortunadamente sin consecuencias. El Cid ya lleva años en horas bajas, pero si nos atenemos a lo visto, aún se puede estar peor. Una lástima.

A Pepe Moral, por el momento, siempre apetece verle, pero visto lo visto, quizá será mejor cuándo se acabe de asentar. Más bien parece querer provocar una tensión que el toro no genera, al menos en la tarde de los Victorinos. Demasiado mantazo de recibo a un toro que también cabeceó en el peto, antes de derrumbarse en la arena. Tardeó demasiado para el segundo encuentro, que no fue más que un amago de huída, para volver al caballo sin colocar y después marcharse suelto. Ya se quedó parado para el segundo tercio y en la faena de muleta se vencía por el pitón derecho, mientras el matador citaba adelantando la pierna antes del cite y dando un respingo para atrás en cuanto se le arrancaba. Se mostró más inseguro con la izquierda, terminando con un bochornoso metisaca que hizo que todo el mundo se preguntara si la espada pudo haber hecho guardia o no. En el quinto, su segundo, otro escurrido, necesitado de pienso, como toda la corrida, tuvo Moral que aguantar los tornillazos iniciales con un no óptimo manejo del capote. En el caballo se le pegó fuera de las normas que exige la modernidad. En la primera vara poco menos que lo tiró contra el caballo y en la segunda fue el palo en busca del toro, que derrotaba con desesperación al notar la puya. Lo intentó el matador por uno y otro pitón, sin acabar de encontrarse, trallazos, pico, viento, enganchones, carreras, respingos y vulgaridad. Quizá fue el más complicado del encierro y quizá por eso mismo requería algo más que trapazos a media altura. Ahora a ver si Pepe Moral sigue despertando interés entre el aficionado.

Fortes fue quién hizo lo más destacado de la tarde, no cabe duda, pero claro, de ahí a ponerles una plaza o una calle hay un trecho muy, muy grande. Ya se adivinó la predisposición del respetable al jalearle unas verónicas de recibo más que discretas. En el tercio de varas este tercero empezó tirando derrotes como un demente al notar el palo, para apenas señalarle el puyazo. Un segundo encuentro con un picotazo señalado en buen sitio. Fortes solicitó el cambio, pero el usía quería ver al toro una vez más en el caballo. Estupendo, todos querríamos ver tres entradas al caballo, todos los días y en todos los toros, pero si el matador solicita el cambio, no hay otra, así de mal hecho está el reglamento. Que lo mismo el señor presidente quería ver de nuevo al toro tirando cornadas al peto, que es muy dueño. Ya parado en banderillas, esperando por el derecho un poco, mejor por el izquierdo, permitió a Carretero dejar dos pares con decoro, que el personal le premió como si fuera el par de Pamplona de Gaona. Que estaba animado el gentío. Comenzó Fortes con la diestra, con el piquito, largando tela y echando al animal hacia afuera. Muletazos con enganchones y sin rematar en ningún caso, siempre aprovechando el viaje del toro que se desplazaba a la velocidad que le permitía su flojera, nada que ver con eso de parar, que igual implicaba torear y no acompañar. Cambió a la zocata y alcanzó lo más lucido de la faena y de la tarde, según venía, se lo daba, volvía y allí estaba el matador para darle otro. Bonitos, lucidos, no rematados y sin ofrecer con nitidez la panza de la pañosa. Tras una entera caída, paseó una oreja, que parecía por momentos tan valiosa como las otros tiempos cuándo se anunciaba en los carteles la afamada ganadería de Victorino Martín. El sexto era feo y rasposo, pero el objetivo era la segunda oreja y salir por la Puerta de Madrid, aunque fuera a cuestas. Entró al caballo de mala forma, haciendo que el pica midiera el suelo con sus lomos. Y luego, pasa lo que pasa, que de nuevo encabalgado, el de aúpa se cobró la afrenta del derribo sobre los lomos del toro. Carretero intentaba mostrar el camino capoteando por abajo y queriendo conducir las embestidas. Decidido Fortes al triunfo, tomó la muleta con la izquierda y comenzó con naturales jaleados, intercalados de continuas carreras para recuperar el sitio. Uno y carrerita, otro y carrerita, otro y… ya saben, ¿no? Cambió de pitón y siempre al hilo del pitón, acabó tomando aires de plaza más benévola que lo que debería ser aconsejable para Madrid. Pero daba lo mismo, ya se veía el puesto de los helados junto al metro desde el ruedo, los costaleros dispuestos a cargar con la imagen del divino maestro, cuándo se desbarató todo por la espada. Pero bueno, otra vez será. Los hubo feliz, los hubo menos feliz y hasta algún incrédulo que no llegaba a entender tal dislate. Eso sí, don Victorino Martín, hijo, se fue encantado de si mismo, de la corrida que había echado y afirmando que había echado el toro de la temporada. Pues nada, viva la felicidad, porque no olvidemos que fue la tarde en que Victorino del Cuvillo tomaba antigüedad en las Ventas.

Enlace programa Tendido de Sol del 25 de marzo de 2018:

miércoles, 4 de octubre de 2017

Victorino, el ganadero artista


Sería injusto quedarnos solo con el recuerdo de Belador, cuándo Victorino Martín echó toros mejores que este, pero sirva como símbolo de lo que fue.

Corrían los años sesenta, cuándo un señor de Galapagar se encontró tirado en una acera un lienzo hecho jirones, con el bastidor descuajaringado y con un futuro próximo que solo apuntaba al matadero. Lo que un día fue una obra maestra de la ganadería, estaba a punto de sucumbir para siempre. Y fue este caballero de la sierra madrileña quién decidido se puso a restaurar la tela, a sanear y encolar las tablas y que después de años de minuciosa labor de restauración, presentó su obra ante la cátedra de Madrid. Una pintura nueva, con toques de arte clásico, con una fuerte carga de casta y bravura, solo apta para manos poderosas, templadas y con dominio. El 10 de agosto del año 69, deslumbró la luz de aquella pintura, llevando un vendaval de frescura al verano madrileño, cuándo los veranos de Madrid eran algo serio. 

En su estudio de Galapagar siguió creando, toros de bandera para el toreo clásico o alimañas que medían con exactitud la dimensión de los toreros. El arte del antiguo Albaserrada se iba abriendo paso y cada exposición se convertía en un acontecimiento en el mundo de los toros. Madrid entregado a su arte, mientras él, el ganadero, empezaba a pasear su socarronería e ingenio de hombre de campo, detalle que cuidó y se preocupó en alimentar. Le gustaba contar que para ir a los toros tenía preparado su traje, encorbatado, para ir a la meseta de toriles, haciendo brillar sus piezas de oro a cada sonrisa. Con su traje de gala y todo, salió a hombros junto a uno de los que mejor supieron ver su obra, Ruiz Miguel, y en el año 82, quizá el hito más destacado de su historia y uno de los más sobresalientes de la historia del toreo, aquella “Corrida del Siglo”, en la que “el Paleto de Galapagar” salió en volandas camino de la calle Alcalá de Madrid, junto al ya nombrado Ruiz Miguel, José Luis Palomar y Luis Francisco Esplá. Fue el uno de junio y con la televisión en directo, que entonces no había tele todos los días, ni afortunadamente había ex matadores comentando las corridas. 

La entrega de la afición, de la sociedad del momento, mucho más cercana a los toros, era absoluta. Victorino ocupaba portadas, programas de radio, de televisión, tertulias de bar, en la oficina, en el metro, el paleto era el amo. Y ese mismo año como en otras ocasiones, presentaba un toro a la concurso de la Corrida de la Prensa, pero con una expectación extraordinaria. Los medios se entretuvieron desde días antes, en decir que en ese festejo se podría indultar un toro. El mejor volvería al campo y algunos preguntaban que cómo se haría eso. La realidad era que los indultos solo eran permitidos en esto tipo de corridas, ya fuera uno, dos o los seis toros de la corrida. Y salió Belador, con B, tal y cómo figuraba en los programas, en las fotos de diarios y revistas, hasta años después en que algunos empezaron a corregir a sus mayores. El toro fue un buen toro, al que el público miró con ojos benevolentes y transcurrida la lidia a cargo de Ortega Cano, se empezó a pedir que aquella pintura no se fuera tras las mulillas. Y el bueno de Belador pasó a la historia de Victorino como su gran obra maestra, al menos, como su Gioconda particular, la más conocida y visitada por el gran público, el primer y único indulto en la plaza de Madrid, hasta el momento, el toro aquel que pasó dos horas de más en el ruedo venteño, al que le echaron los cabestros, un perro, le apagaron las luces de la plaza, le encendían una desde chiqueros, hasta golosinas le debieron ofrecer y nada, que estaba cómodo en la arena. El matador, que simuló la suerte con una banderilla blanca, al final, dio una generosa vuelta al ruedo. Algo es algo.

Victorino ya transitaba por los caminos de la gloria y no necesariamente por el indulto, que no era más que otro eslabón en esta cadena de triunfos. Madrid era su feudo de una forma incondicional, se le entregaba cada fin de feria, cuándo para cerrar San Isidro asomaban sus obras de la A coronada. Sorprendió cuándo unos años después decía aquello de que se habían acabado los toros grandes, que eso ya era cosa del pasado y que más chicos, resultaban mejor. Curiosamente, a partir de ahí, sus lienzos empezaron a lucir otros formatos más manejables. Del arte puro y difícil de digerir para los que calzaban las rosas, pasó a obras más comerciales, más al alcance de un mayor número de toreros, las pinceladas se suavizaron, pero como la obra llevaba la firma de Victorino, las galerías se los quitaban de las manos, que hasta indultos a diestro y siniestro fueron decorando las galerías.

Resultaba extraordinaria la plaza, fuera de las de primera, en que exponía el “Paleto de Galapagar”, pero el abanico se fue abriendo y ya se veían los de la A en plazas que tarde lo habrían imaginado. Sus pinturas ya parecían menos trabajadas, menos seleccionadas, quizá también se notaba la mano del hijo, que también quería ser artista, aunque quizá sepa más de marchante que de pintor. Victorino tuvo el valor de recoger algo prácticamente desahuciado, sanearlo, recuperarlo, ponerlo en la cumbre y mantenerlo durante muchos años, de elaborar una obra con su personalidad. Siempre se decía que era el que mejor sabía lo que tenía, que no es poco, y lo sabía a la perfección, hasta límites de genialidad. ¿Momentos de sombras? Claro, por supuesto, pero fue tanta la luz. Quiso buscar, indagar en otros estilos, como el experimento de Monteviejo, que no salió, por el momento como se esperaba, pero allí que se lanzó, como el buen ganadero que era, único, no se conformó con salvar, recuperar y mantener, quiso más. En el intento ya encontró el triunfo. ¿El mejor de la historia? Quizá no o sí, según quién responda, pero, ¿importa eso mucho? Baste con decir Victorino, que todo el mundo sabe de quién se trata, de Victorino, el ganadero artista.

Gracias, Descanse en Paz

jueves, 6 de noviembre de 2014

Victorino pone la guinda

Que feo resulta un toro con unos calcetines en los pitones


Pocas ganaderías habrá que hayan tenido tanta fama, tanta aceptación por el público y el aficionado, que haya conseguido tantos éxitos, que haya tenido a Madrid a sus pies y que haya vivido durante tanto tiempo de estos laureles conseguidos en otro tiempo. Aquella ganadería de Escudero Calvo que hace décadas compró Victorino Martín Andrés y que saltó a la fama de la mano de Andrés Vázquez, también hace años que tiró por un camino diferente al que “El Paleto” tomó en un principio. El toro encastado, peligroso, complicado, que lo mismo salía una alimaña, que un bravo que se comía la muleta y hacía surcos en la arena de arrastrar el hocico, pero que nada tiene que ver con el animal en el que la docilidad se repite con demasiada frecuencia, con tan poquita casta que más parecen borreguitos de Domecq, que bisnietos de los fieros Albaserrada y nietos de aquellos que salieron el día de la Corrida del Siglo. Pero la guinda a tan decidida “evolución” es el que los de Victorino lucen unas infames e insultantes fundas. Ya había oído algo, pero al leerlo en “Toro, Torero y Afición” la sensación ha sido la de la pareja engañada que se encuentra al otro con otro u otra eligiendo menú para el banquete de bodas. Ahí se esfuman todas las esperanzas que al cornado podían quedarle.

La de Victorino era más que una simple corrida de toros; en Madrid cerraba la feria con broche de oro, esa tarde no había dudas, se sabía a ciencia cierta que el toro saldría por la puerta de chiqueros. De la misma forma que los actuantes, por el mero hecho de juntar sus nombres con el de don Victorino en un mismo cartel, ya merecían el respeto y admiración de los aficionados. El ya nombrado Andrés Vázquez, El Viti, el más reciente Ruiz Miguel o Esplá, las encerronas del Capea y Roberto Domínguez. El que se atrevía con ellos adquiría el rango de héroe y su arrojo se podía calificar de gesta, pero de verdad, no de las de nuevo cuño. Claro que se valoraba el meterse con los mozos de Galapagar, pero además de matarlos, había que estar hecho un tío con ellos. Los Albaserrada eran otra cosa, eran para toreros y ahora son para casi todo el mundo. Desde luego que hay excepciones, en su momento la del Cid, cuando embarcaba y dominaba las embestidas de estos toros, o las de Diego Urdiales en Bilbao o Madrid. Pero ya digo, esto son excepciones.

Lo de las fundas habrá quien no le dé demasiada importancia, es posible que no la tenga, que hasta puede que estemos sacando las cosas de quicio, pero lo que nadie puede negar es que es todo un síntoma que Victorino Martín enfunde a sus toros. No tengo ni idea si esto es algo que afecte a Victorino hijo en exclusiva, que lo haya admitido su padre o que lo haya decidido el Sumsum Corda, la cuestión es que un hierro único se pasa a la otra orilla y se afana en convertirse en uno más, en una ganadería que maten las figuritas, en un toro de vaivén y del que se diga que fulanito o menganito le ha indultado un animal. Eso sí, ahora resulta que los de Victorino, como otras tantas ganaderías, son los grises, ya ni negros parecen quedarle, algo parecido a lo de Prieto de la Cal, que le salen jaboneros hasta los jilgueros. ¿Adónde vamos?


Uno hasta echa de menos aquellas excusas que se inventaba Victorino padre para justificar una mala camada, como aquel año que debió encontrarse con un puñado de jatos que había que hacer pasar por toros y se nos descolgó con que el toro tenía que ser más chiquito, que el pequeñín era mejor que el que había echado hasta entonces. Como se puso el señor, hablaba de mamuts, mastodontes, búfalos, moles que era imposible que embistieran. Y allí hizo su debut como criador de sardinas. Lo malo es que esta idea caló rápido, primero por parte de los taurinos y adheridos y luego ya por todo el mundo. Ya se sabe, cualquier toro con tamaño está sacado de tipo y las ratillas para decorar son los bonitos y bien hechos. Pero lo que chocaba es que el de Galapagar se apuntara a esta corriente de repente y tan en serio se lo tomó que ahora no es extraño ver como las figuras matan sus jatos escurridos, marcando costillas, sin culo y con pitones destartalados, desparramados y ya enfundados. Que seguirán los más afines enseñando fotos de sus animalejos y diciendo eso de “menudo pavo” y que cuando salga al ruedo esperarán que se ponga a cacarear, porque ya dan muy poquito miedo, ya no imponen aquel respeto y aunque la gente los ovacione de salida, no es tanto por la presencia del presente, sino por el recuerdo de los ausentes. Pero no desesperemos, seguro que pronto aparecerá Victorino Martín, seguramente el hijo, y nos dará una completa exhaustiva explicación de lo bueno que es poner fundas a los toros de lidia. Por favor, cuando llegue el momento, avisen, pues llevo años esperando que alguien me dé tan solo un razonamiento válido que justifique esta operación de cara a la lidia y al correcto transcurso de ella. Y que no se me desvíen por la parte económica y lo que cuesta un toro, que esa ya me la sé y no solo no convence, sino que te pone de un mal café impresionante, pues al final acabas volviendo a caer en la cuenta de que lo único importante es el negocio. Eso sí, les propongo un juego, si tienen ocasión, no pierdan la oportunidad de escuchar los razonamientos que estos señores son capaces de esgrimir en favor de las fundas. No darán crédito, seguro y si después se paran a pensar dos segundos, puede que lleguen a la conclusión de no entender cómo hemos podido llegar hasta aquí sin estas ocurrencias. Prueben, prueben.

lunes, 6 de febrero de 2012

Belador, el Victorino indultado porque sí


Antes de nada, tengo que aclarar que Belador, con “B”, fue un toro bravo; otra cosa es que se mereciera aquel indulto que se fraguó días antes de la Corrida de la Prensa de aquel año de 1982. Llegó a convertirse en tradición el que dicho festejo fuera concurso y como estaba reglamentado en aquellos años, en este tipo de funciones cabía la posibilidad del indulto de los toros extraordinariamente bravos. Los medios de la época hicieron especial hincapié en este detalle; esta posibilidad caló en el público y fue a la plaza con el firme propósito de mandar uno de los seis toros de vuelta al campo.
Tampoco era exacto lo que se decía, que se indultaría al mejor de la tarde, pues podían serlo los seis, si los seis hubieran sido el paradigma de la bravura. Pero claro, si había que elegir a uno, ¿qué mejor que el Victorino? Eran los años en que el de Galapagar asombraba a todo el orbe taurino, la corrida del siglo, los finales gloriosos de la feria de San Isidro, Ruiz Miguel y sus hazañas ante las alimañas o el ganadero que se ponía aquel día su traje y su corbata para estar a la altura del acontecimiento. Incluso creo recordar que aquella tarde la corrida empezó algo más tarde de lo habitual. ¡Qué cosas! La Corrida de la Prensa entonces era todo un acontecimiento taurino en el que el protagonista era el toro.
Toros de Miura, Hernández Pla, Victorino Martín, Guardiola, Bohórquez y Celestino Cuadri. ¿No es eso variedad de encastes? La misma variedad que ofrecían los matadores, Manolo Cortés, el arte y la elegancia, José Antonio Campuzano, quien se ganó en aquellas corridas su merecida fama de buen lidiador y José Ortega Cano, que estaba queriéndose hacer un hueco en el mundo del toro.
Y como aquella tarde iba a ser algo especial, con toda la decisión del mundo saque una entrada para mí t otra para la que por entonces era mi novia y para su hermano, que se viera que uno era rumboso, y si se hubiera apuntado, hasta para su madre. Una delantera a pleno sol, para no pasar frío, que el mes de julio puede ser muy traicionero y de esos 40º, ¿quién decía que no se pudieran desplomar los termómetros? Y casi se desploman, pero del calor que derretía hasta la alcayata en la se colgaban de la pared. Salieron los dos primeros, el de Miura y Hernández Pla, de quien se recordaba aquel famoso toro Capitán y al que tuvieron que sacar del peto coleándole, pues su afán no le dejaba alejarse del caballo.
Y llegó el de Victorino, codicioso y muy pegajoso, obligando a Ortega Cano a recolocarse constantemente y a intentar quitarse de en medio a aquel ciclón que le estaba arrollando. En varas se arrancó de largo, pero no tuvo el comportamiento que se le podía exigir a un toro de indulto, era bravo, pero no para eso. Aunque esto siempre desde el punto de vista y el gusto de la época. Si aquello ocurre en estos días, a Belador, con “B”, le hacen un monumento en el centro de las plazas mayores de todos los pueblos de la piel de toro y en Barcelona hasta le pondrían su nombre a una calle. Lo que a lo mejor extrañaría al público es que el matador solo pudiera dar una tímida vuelta al ruedo. Esa es la demostración de que un toro bravo lo es en si mismo y no dependiendo si el torero que le ha tocado en suerte pega cien, doscientos o tres pases. Son dos cosas diferentes, aunque siempre es de agradecer si el matador se digna en lucir las condiciones del animal para disfrute del aficionado.
Se estaba perfilando Ortega Cano para entrar a matar, cuando empezaron a flamear pañuelos blancos en los tendidos. A medida que muchos se daban cuenta de que era el de Victorino, secundaron la propuesta de indulto. Entre algunas protestas, el usía accedió y sacó el pañuelo que despenaba a Belador, que en ese mismo instante pasó a engrosar la historia de la Plaza de Madrid y de toda la tauromaquia. Ortega simuló la suerte de matar con una banderilla blanca y acto seguido los lidiadores se retiraron tras las tablas. Salieron los cabestros, pero el toro no se encelaba con ellos, una y otra vez, pero nada. Parecía que la cosa no iba a ser fácil. Desfile de cabestros y tampoco, ¿qué hacemos? pues más cabestros, que por cierto en aquellos años no mandaba Florito. Luego fue un perro tirando dentelladas a las patas y orejas del Victorino. Ahora sí, esa era la solución que se esperaba para retirar al toro, pero no, tampoco el perro tuvo la habilidad necesaria.
Toc, toc, toc, y se anunció por la megafonía de la plaza que se iban a apagar las luces del coso como nuevo recurso, para lo cual se pedía que la asistencia se mantuviera en silencio. Las Ventas a oscuras y en silencio, mientras un operario de corrales encendía y apagaba una luz desde dentro de la puerta de toriles. Pero nada. Quizás es que no se guardaba el suficiente silencio ¡A callarse! Y que no. Mi novia inquieta, pues llegaba la hora de irse a casa y estábamos en el tercero de la tarde, y yo rezando para que eso acabara y poder ver la corrida completa. En el maremagno que había en la puerta principal, un policía y un portero nos permitieron salir a buscar una cabina. Al rato volvimos, no sin algunos problemas para volver a entrar. Menos mal que el portero levantó la mano y dijo eso de “déjalos pasar”. ¡Ufff! Volvimos y allí seguía Belador en el ruedo, esperando a que todo el mundo volviera a ocupar sus localidades.
La gente se impacientaba y pedía que se apuntillara al toro allí mismo, abusando de la extraordinaria habilidad de Agapito Rodríguez para despachar toros desde el burladero. Pero entonces los que en un primer momento protestaron el indulto, ahora protestaban la posibilidad de que el señor presidente cambiara de idea. ¿O qué pasaba, qué lo pintoresco se había vuelto incómodo? Pues nada a aguantar las consecuencias de ese indulto improcedente. Y fuera de toda lógica, en un momento, salieron los cabestros y mientras se volvían a los corrales, Belador decidió seguirles ante la incredulidad del respetable, quien le despidió en pie entre una sonora y aliviada ovación, mientras se frotaba el culo acorchado e insensible, después de tantas horas sobre la piedra de la plaza de Madrid, aunque se fueron a casa felices porque ellos podrían contar que vieron a… Belador, el Victorino indultado porque sí.