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viernes, 15 de noviembre de 2013

Curro Romero y Morante, artista genial y aspirante sin aspiraciones

Y le graduaron con el diploma de artista excelso y único.


Hace unos días estaba hablando de toros con un amigo, un joven amigo, pero con muchas ganas de aprender todo lo que tenga que ver con el toro, quizá una misión imposible, pero que es digna de alabanza. Él se encuentra en esa posición de separar el trigo de la paja y toda la información que le llega tiene que pasarla por el cedazo de su afición para poco a poco conformar su mapa de lo que ha sido la Fiesta a lo largo de la historia. Aunque esta depuración de datos cuenta con toda la minuciosidad de que es capaz, a veces se le cuelan opiniones tendenciosas y malintencionadas, con el único objetivo de ensalzar a un torero del presente, sin preocuparse si el nombre de un verdadero maestro queda dañado o no; les puede más el figurar como palmero oficial, que como aficionado cabal. Justo lo contrario de lo que desea mi amigo.

En tal conversación, mientras me sometía a un riguroso, y muy satisfactorio, interrogatorio de primer grado, llegamos a la figura de Morante de la Puebla, ese torero al que se le ha colgado el cartel de artista, de genialidad, excentricidad y creatividad extrema, pero que lleva ya un tiempo en el que no ha obtenido ningún triunfo rotundo que ponga de acuerdo a los taurinos 2.0, a los fieles de la fe morantista y a los aficionados rancios y frustrados que abogan por el toreo y la Fiesta de siempre, la que no ha evolucionado a golpe de trampas y maniobras fraudulentas, por el toro íntegro, encastado y con presencia, esos a los que no se sabe como clasificar y que unos llaman toristas, otros talibanes, otros integristas, otros amantes de la tragedia y no sé cuantas bobadas más.

Para mi amigo Morante es la representación más excelsa que se pueda imaginar del arte torero, el más grande de todos los tiempos, los pasados, presentes, futuros y los que están por inventar, pero claro, hay cosas que son difíciles de pasar así a palo seco. Tanta irregularidad, tantos detalles sueltos y ninguna obra completa, tan poco toro y tanto delirio que no siempre se llega a comprender, es lo que le llevó a cometer un sacrilegio de suma gravedad, aunque sirva como atenuante esa leyenda que se extendió en los últimos años en el ruedo de Curro Romero, el Faraón de Camas. Sin pensarlo me soltó: “yo creo que Morante es un estilo a Curro Romero”. ¡Noooooo! Él, mi amigo, tranquilo hasta desesperar a los que le rodean y cándido, expuesto a mentes perversas y retorcidas, se me quedó mirando sin saber qué hacer, si arrodillarse rogando mi perdón, si encomendar su alma al Supremo antes de que servidor le ajusticiara o flagelarse creyendo que me había ofendido en mi más profunda fe currista. Las tres respuestas eran innecesarias, pero no tienen nada que ver. Uno es la cara y el otro la cruz, si acaso tienen en común el haber nacido en Sevilla, Camas y la Puebla del Río. Pero no nos dejemos engañar por esa idea tan extendida como absurda, de que el torero artista da un muletazo cada vez que hay un eclipse lunar o cuando pasa el cometa Halley.

Sí es verdad que don Francisco fue un torero de impresionantes altibajos, durmiendo hoy en el infierno y entando en la gloria a hombros de toda la corte celestial, llegando a pasar más tiempo en las calderas de Pedro Botero cuando ya mayor, bastante entrado en años, se mantenía en los ruedos a pesar de todo, para en sus últimas temporadas vivir un renacimiento, con la ilusión de un chaval y el poso de un maestro cargado de experiencia, pleno de saber y exuberante de arte. Fue un torero que lo mismo hacía el paseíllo en Madrid en San Isidro, que fuera de feria, pues ya fuera con años, falto de facultades, irregular o como fuera, siempre interesaba, se le quería ver. No le recuerdo ningún lío matinal a la hora de los reconocimientos, es más, había veces que ante la arboladura de alguno de sus oponentes, los tendidos ya pensaban que allí no había nada que hacer y era entonces cuando “abría el tarro de las esencias”, expresión que le acompañó casi permanentemente. Toreaba en Sevilla las tardes que fueran, como en Las Ventas, si bien es verdad que era como actuar en el patio de su casa, pero antes se lo tuvo que ganar. Se decía que incluso era más currista Madrid que Sevilla; eso da lo mismo, pero sirve para hacerse una idea de cómo se le entregó una plaza a la que ahora califican de antipática, injusta, vehemente, escandalosa y mil barbaridades más.

No sé si habrá un torero más torero y más respetuoso que Curro, quien sufrió sin rechistar las tormentas de almohadillas, las broncas, el que un energúmeno se lanzara al ruedo para empujarle cobardemente. El torero se limitaba a rechazar la protección policial y a aguantar los golpazos de las almohadillas, no se le ocurría ni mirar a los tendidos en las broncas, y ante aquella lamentable agresión, con el estoque en la mano derecha, no hizo más que levantarse, erguirse ante el agresor y mirarle cara a cara. Pero ¡cómo toreaba! No había otro igual, con unos trastos que llamaban la atención por lo reducido de su tamaño, se movía con una naturalidad insultante, no se podía más, era para que todos los demás de luces se fueran a su casa, pero no se iban, ¿cómo se iban a marchar? Ellos también querían ver al maestro, faltaría más. Mecía el capote enganchando al burel en sus vuelos, llevándolo de un lado a otro hechizado, para dejarlo suelto después de la media. Un toreo muy recogido, sin aspavientos, sin alardes insustanciales, porque él sólo sabía torear, no entendía de milongas y pérdidas de tiempo. Con la pañosa, si el toro no le valía, abreviaba sin más, pero si se encontraba a gusto, con esa delicadeza, esa mano de hierro en guante de seda llevaba al toro donde los duendes le decían y si acaso, un desplante escondiendo la muleta y la espada, como si esperara alguna respuesta de aquel animal al que Curro Romero había sacado a bailar el vals. Matador habilidoso, sobre todo en sus últimos años, cuando las facultades eran suplidas por el oficio. Siempre afable, de poco hablar, de palabras pensadas y sin una voz más alta que otra, pero sin callar la verdad y cuando su voz no la decía, lo hacía su gesto. Recuerdo una tarde en Madrid en que Antoñete cortó tres orejas y él sólo una. A mí se me quedó grabado su toreo, incluso por encima del maestro de Madrid, el del mechón. Cuando le dieron la oreja y al ir a dar la vuelta al ruedo hizo un amago como para echar a andar y pararse, sonriendo con complicidad al público que les esperaba para entregarle toda su locura acumulada. Al salir de la plaza le preguntaron si no sería que Madrid era más currista que la mismísima Sevilla; él sonrió de nuevo y contestó que en Madrid él se sentía muy a gusto, justo cuando el público echaba para la calle Alcalá con la incredulidad y la felicidad iluminándole el rostro. Este es Curro Romero, el que tantas veces descerrajó la Puerta del Príncipe y la Puerta de Madrid, así, con dos vueltas de llave, una verónica, la media, dos naturales y un kikirikí, la llave maestra que abre las puertas del cielo, si hace falta.

¿Y Morante? Pues Morante de la Puebla es el mismo al que le ríen las gracias de ofrecer unas gafas al señor presidente por no concederle una oreja, que se encara con el tendido y se atreve a invitar al público a bajar al ruedo si no le gusta lo que ve. Algunos a eso lo llaman genialidad, pero otros lo llamamos soberbia. Claro que es un artista, un genio del toreo, el que piensa que esa genialidad le da derecho a que en su nombre se exija cumplir sus caprichos en los corrales de las plazas, haciendo desaparecer al toro en beneficio de esos sucedáneos que tanto le gustan a él y a sus colegas de francachelas taurinas. Que se despacha a gusto con esas teorías paradigmas de la estupidez en las que el toro tiene que caber, no sé cómo, en la muleta. este es el torero que enamoró a Madrid cuando aún veía el toro, sin exageraciones, con unos cuantos quites de capote, pero tanta ha sido la vergüenza posterior, que casi nos ha borrado aquellos capotazos a la felicidad. Vale que toreaba con unas maneras que te hacían buscar una alimaña gigantesca en la arena, demasiado forzado, en exceso anacrónico y un tanto amanerado, imitando el toreo pintado de blanco, verde, negro y azul turquesa, pero se le permitía porque se pensaba que estaba buscando su camino. Ahora ya ni eso, las posturas de foto que esconden sus mañas para el alivio, sus actitudes que destacan por encima de su toreo y esa negación a querer volver a ser torero y no sólo parecerlo. Uno era convencido morantista, pero antes creo que nos debemos a la Fiesta y no a los festeros, es cuestión de lealtad a una idea. Resulta duro ver evaporarse una ilusión, pero mucho peor es enterrar una esperanza. No recuerdo ninguna tarde en que Morante durmiera en un calabozo vestido de torero por negarse a matar un toro, pero tampoco le recuerdo tomando la libertad para irse a la plaza y acabar eclipsando al mismísimo Rafael Ortega. A todo lo más, le vi salir de la enfermería con la frente suturada para poner tres pares de banderillas y apuntar más lo que podía ser, que lo que luego ha sido. ¿Iguales Curro y Morante? Por supuesto que no. Lo que siento es que mi amigo no llegara a ver a Curro, aunque entonces estoy seguro que se entregaría sin reparos a los brazos de la locura. Y ya sabes joven amigo, Curro Romero y Morante, artista genial y aspirante sin aspiraciones.

jueves, 26 de abril de 2012

Curro Romero, una ramita en la solapa



El día que Curro anunció su retirada, tomé esta nota para no olvidar nunca esa fecha


De “El Faraón de Camas” se ha dicho que era único y diferente, que es verdad, pero su sola presencia conseguía que nada fuera igual a cualquier otra tarde de toros. Era entrar en la plaza y ya se notaba que allí pasaba algo. El recibimiento en la puerta era el de un señor con gorra de plato que te cortaba la entrada con una sonrisa cómplice, luciendo una ramita de romero en la solapa. Podría pensarse que se trataba de un currista, pero claro, era empezar a caminar por las galerías de la plaza y la imagen se repetía entre los aficionados, los acomodadores y porteros, la gente de los bares, los señores de las almohadillas, todos eran curristas. A veces llegué a pensar que llevarían esa ramita hasta los compañeros de terna del camero.

Siempre se hablaba del currismo de Sevilla, pero igual no me equivoco al afirmar que Madrid lo era aún más. Incluso el propio aludido nunca se atrevió a negarlo cuando se le hacía esta pregunta y se iba por la tangente diciendo que él estaba muy a gusto con el público de Las Ventas. Como decían algunos, merecía la pena el precio de la entrada solo para verle hacer el paseíllo, con ese andar entre cansino y decidido.

La expectación sobrepasaba los límites imaginables. Unos iban a ver si ese iba a ser el día y otros preparados para el espectáculo final de las almohadillas. Estos incluso llegaron a creerse que eso había sido todo lo que le había hecho famoso a Curro Romero, pero no hay que olvidar las muchas veces que salió por la Puerta Grande en loor de multitudes. Aunque lo de las broncas es un hecho constatable. Se recuerda aquel San Isidro de 1967 cuando se negó a estoquear a un Cortijoliva, porque según aseguraba, estaba “toreao”. Dejó pasar el tiempo entre la bronca y las palmas, hasta que tras los tres avisos el toro fue devuelto a los corrales. Después de salir a saludar, la Policía Armada procedió a detenerle y a conducirle a los calabozos de la Puerta del Sol. Pero la cosa no acababa ahí, porque al día siguiente volvía a estar anunciado en la plaza de Madrid. Después de múltiples rumores y de pasar la noche detenido vestido de torero, se le permitió irse a duchar al hotel, descansar un poco y volver al patio de cuadrillas para torear de nuevo en la feria. Hace falta poca imaginación para hacerse una idea del ambiente que se respiraba ese día en Madrid. Pero como Curro siempre ha sido Curro, ese día tampoco salió solo de la plaza; pero esta vez lo sacaron los aficionados en volandas, después de una tarde memorable.

Lo que yo recuerdo de los días de Curro en Madrid es que era salir el toro y se ponían los microscopios a funcionar; no para ver si era bueno, malo, regular, con trapío, defectuoso, cojo o manso, no, solo se miraba a ver si podía ser del agrado del maestro. Todo era observado e interpretado. Si el peón daba algún pase de más, es que no lo quería ni ver. Y allí salía del burladero muy decidido entre el clamor de sus fieles. Con un capotito recogido, muy pequeñito y cogido muy en corto. Nadie respiraba, el toro iba a su jurisdicción, movía el capotito, nadie respiraba aún, el primer lance, la verónica, rectifica y le pega un mantazo mientras empieza a pedir ayuda a los subalternos. Parece que no le ha gustado, la gente mueve la cabeza y empieza a pensar que no hay nada que hacer, no le gusta al maestro. Pero y si la verónica es perfecta, mecida, templada y enganchando al toro en las telas, entonces se descarga toda la tensión, un ole rotundo y profundo, la gente abre mucho los ojos y manotea en el aire, otra, otra más y el remate. El gran disloque, gritos risas, miradas, guiños y todo el mundo pensando que le ha tocado la lotería de Navidad y el Niño en un solo boleto. Con eso ya se daba todo el mundo por satisfecho, había visto mecer los brazos al maestro de Camas, como si acunara a un niño, cuando en realidad lo hacía con toda una plaza llena hasta la bandera.

Recuerdo una tarde de gloria de Antonio Chenel, en la que este cortó tres orejas, y él, vestido de tabaco y azabache, destapó el tarro de las esencias, que era el tópico que se repetía siempre que desplegaba su toreo. Unos cuantos naturales con la muletita que aprecía el pañuelo de una enamorada, tirando del toro y rematando el pase con garbo el salero, corriendo la mano y quedándose quieto como si estuviera petrificado, lo que no quiere decir que no dudara en pegar un respingo si adivinaba alguna reacción imprevista en el toro. Otro puñado de derechazos. los de pecho, kikirikis y trincherazos suaves pero severos para el toro, una estocada de recurso y la locura de esa oreja que quedaría en la memoria de cada uno. Aquella tarde recuerdo que hasta hizo un amago al empezar la vuelta al ruedo, como si bromeara con sus fieles, para que se dieran cuenta de que no estaban viviendo un sueño. Una sonrisa caminaba al hilo de las tablas y miles le agradecían el regalo que les había hecho.

Su toreo era puro y rebosante de arte, a veces aliviado por citar al pitón contrario, pero de pases completos.  Y no voy a entrar en lo que ocurría otras tardes en las que tras dos trapazos decidía tomar el acero y acabar con ese tormento; como él decía, ¿para qué hacerle perder el tiempo a la gente? Tuvo tardes muy irregulares, muchas, pero nunca perdió la dignidad y siempre fue fiel a lo que era él, lo mismo al salir entre almohadillas habiendo rechazado la protección policial, que cuando un miserable salto al ruedo y le tiró al suelo de un empujón o aquella noche en que dejó helado a Fernández Román, el 23 de noviembre de 2000, al comunicarle que dejaba los toros. Un festival con Morante, en el que este resultó volteado, le abrió los ojos y le hizo tomar esta decisión. Aunque para muchos todavía no se ha retirado, no nos acabamos de hacer a la idea de vivir sin Curro, Curro Romero, el Faraón de Camas, que cada tarde que toreaba en Madrid conseguía que todo el mundo luciera su ramita de romero en la solapa.

PD.: Espero haber solventado esta carencia de no haberle dedicado ninguna entrada a uno de los más grandes de la historia. Emilio Roldán me hizo caer en la cuenta y ahora ya puedo quedarme tranquilo.