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| Y le graduaron con el diploma de artista excelso y único. |
Hace unos días estaba hablando de toros con un amigo, un
joven amigo, pero con muchas ganas de aprender todo lo que tenga que ver con el
toro, quizá una misión imposible, pero que es digna de alabanza. Él se
encuentra en esa posición de separar el trigo de la paja y toda la información
que le llega tiene que pasarla por el cedazo de su afición para poco a poco
conformar su mapa de lo que ha sido la Fiesta a lo largo de la historia. Aunque
esta depuración de datos cuenta con toda la minuciosidad de que es capaz, a
veces se le cuelan opiniones tendenciosas y malintencionadas, con el único
objetivo de ensalzar a un torero del presente, sin preocuparse si el nombre de
un verdadero maestro queda dañado o no; les puede más el figurar como palmero
oficial, que como aficionado cabal. Justo lo contrario de lo que desea mi
amigo.
En tal conversación, mientras me sometía a un riguroso, y
muy satisfactorio, interrogatorio de primer grado, llegamos a la figura de
Morante de la Puebla, ese torero al que se le ha colgado el cartel de artista,
de genialidad, excentricidad y creatividad extrema, pero que lleva ya un tiempo
en el que no ha obtenido ningún triunfo rotundo que ponga de acuerdo a los
taurinos 2.0, a los fieles de la fe morantista y a los aficionados rancios y frustrados
que abogan por el toreo y la Fiesta de siempre, la que no ha evolucionado a
golpe de trampas y maniobras fraudulentas, por el toro íntegro, encastado y con
presencia, esos a los que no se sabe como clasificar y que unos llaman
toristas, otros talibanes, otros integristas, otros amantes de la tragedia y no
sé cuantas bobadas más.
Para mi amigo Morante es la representación más excelsa que
se pueda imaginar del arte torero, el más grande de todos los tiempos, los
pasados, presentes, futuros y los que están por inventar, pero claro, hay cosas
que son difíciles de pasar así a palo seco. Tanta irregularidad, tantos
detalles sueltos y ninguna obra completa, tan poco toro y tanto delirio que no
siempre se llega a comprender, es lo que le llevó a cometer un sacrilegio de
suma gravedad, aunque sirva como atenuante esa leyenda que se extendió en los
últimos años en el ruedo de Curro Romero, el Faraón de Camas. Sin pensarlo me
soltó: “yo creo que Morante es un estilo a Curro Romero”. ¡Noooooo! Él, mi
amigo, tranquilo hasta desesperar a los que le rodean y cándido, expuesto a
mentes perversas y retorcidas, se me quedó mirando sin saber qué hacer, si
arrodillarse rogando mi perdón, si encomendar su alma al Supremo antes de que
servidor le ajusticiara o flagelarse creyendo que me había ofendido en mi más
profunda fe currista. Las tres respuestas eran innecesarias, pero no tienen
nada que ver. Uno es la cara y el otro la cruz, si acaso tienen en común el
haber nacido en Sevilla, Camas y la Puebla del Río. Pero no nos dejemos engañar
por esa idea tan extendida como absurda, de que el torero artista da un
muletazo cada vez que hay un eclipse lunar o cuando pasa el cometa Halley.
Sí es verdad que don Francisco fue un torero de
impresionantes altibajos, durmiendo hoy en el infierno y entando en la gloria a
hombros de toda la corte celestial, llegando a pasar más tiempo en las calderas
de Pedro Botero cuando ya mayor, bastante entrado en años, se mantenía en los
ruedos a pesar de todo, para en sus últimas temporadas vivir un renacimiento,
con la ilusión de un chaval y el poso de un maestro cargado de experiencia,
pleno de saber y exuberante de arte. Fue un torero que lo mismo hacía el
paseíllo en Madrid en San Isidro, que fuera de feria, pues ya fuera con años,
falto de facultades, irregular o como fuera, siempre interesaba, se le quería
ver. No le recuerdo ningún lío matinal a la hora de los reconocimientos, es
más, había veces que ante la arboladura de alguno de sus oponentes, los
tendidos ya pensaban que allí no había nada que hacer y era entonces cuando
“abría el tarro de las esencias”, expresión que le acompañó casi
permanentemente. Toreaba en Sevilla las tardes que fueran, como en Las Ventas,
si bien es verdad que era como actuar en el patio de su casa, pero antes se lo
tuvo que ganar. Se decía que incluso era más currista Madrid que Sevilla; eso
da lo mismo, pero sirve para hacerse una idea de cómo se le entregó una plaza a
la que ahora califican de antipática, injusta, vehemente, escandalosa y mil barbaridades
más.
No sé si habrá un torero más torero y más respetuoso que
Curro, quien sufrió sin rechistar las tormentas de almohadillas, las broncas,
el que un energúmeno se lanzara al ruedo para empujarle cobardemente. El torero
se limitaba a rechazar la protección policial y a aguantar los golpazos de las
almohadillas, no se le ocurría ni mirar a los tendidos en las broncas, y ante
aquella lamentable agresión, con el estoque en la mano derecha, no hizo más que
levantarse, erguirse ante el agresor y mirarle cara a cara. Pero ¡cómo toreaba!
No había otro igual, con unos trastos que llamaban la atención por lo reducido
de su tamaño, se movía con una naturalidad insultante, no se podía más, era
para que todos los demás de luces se fueran a su casa, pero no se iban, ¿cómo
se iban a marchar? Ellos también querían ver al maestro, faltaría más. Mecía el
capote enganchando al burel en sus vuelos, llevándolo de un lado a otro
hechizado, para dejarlo suelto después de la media. Un toreo muy recogido, sin
aspavientos, sin alardes insustanciales, porque él sólo sabía torear, no
entendía de milongas y pérdidas de tiempo. Con la pañosa, si el toro no le
valía, abreviaba sin más, pero si se encontraba a gusto, con esa delicadeza,
esa mano de hierro en guante de seda llevaba al toro donde los duendes le
decían y si acaso, un desplante escondiendo la muleta y la espada, como si
esperara alguna respuesta de aquel animal al que Curro Romero había sacado a
bailar el vals. Matador habilidoso, sobre todo en sus últimos años, cuando las
facultades eran suplidas por el oficio. Siempre afable, de poco hablar, de
palabras pensadas y sin una voz más alta que otra, pero sin callar la verdad y
cuando su voz no la decía, lo hacía su gesto. Recuerdo una tarde en Madrid en
que Antoñete cortó tres orejas y él sólo una. A mí se me quedó grabado su
toreo, incluso por encima del maestro de Madrid, el del mechón. Cuando le
dieron la oreja y al ir a dar la vuelta al ruedo hizo un amago como para echar
a andar y pararse, sonriendo con complicidad al público que les esperaba para
entregarle toda su locura acumulada. Al salir de la plaza le preguntaron si no
sería que Madrid era más currista que la mismísima Sevilla; él sonrió de nuevo
y contestó que en Madrid él se sentía muy a gusto, justo cuando el público
echaba para la calle Alcalá con la incredulidad y la felicidad iluminándole el
rostro. Este es Curro Romero, el que tantas veces descerrajó la Puerta del
Príncipe y la Puerta de Madrid, así, con dos vueltas de llave, una verónica, la
media, dos naturales y un kikirikí, la llave maestra que abre las puertas del
cielo, si hace falta.

