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sábado, 21 de septiembre de 2024

Las otras despedidas

Quería una despedida triunfal como la de Marcial, pero la suya seguro que fue mucho más sentida, la suya fue el abrazo bien apretado con su pueblo, el pueblo más grande del mundo, en el patio de su casa, la primera plaza del mundo. Pero siempre habrá adioses y adioses.


Se dice por ahí que un figurón mítico se está despidiendo de los ruedos, las plazas, sus públicos y de todos aquellos que se acordaran que hace nada se retiró, que hace menos volvió y no de los que no le echaron de menos ni en los anuncios de Panten, pero que es pensar en que hay que volverle a ver por obligación, insisto, por obligación, porque nos lo meten a capón en un abono y es entonces cuando al figurón mítico se le echa de más. Que uno se pone a pensar en otras despedidas y… Que no hay color. Recuerdo la que siempre se nos viene a la cabeza a los de los madriles, la de nuestro Antoñete, que tras una tarde de las malas, la emoción, la buena, inundó el patio de su casa, las ventas, y sin tener que ponerse a contar que si una oreja, dos o ninguna, sus paisanos se echaron a la arena, le levantaron en volandas, hicieron saltar los goznes de la Puerta de Madrid y se lo llevaron camino de la calle de Alcalá en loor de multitudes; que no se llevaban solo a un torero, al del mechón blanco, se llevaban a un mito de verdad, se llevaban a hombros una carrera, irregular donde las haya, al cite de lejos, a la media belmontina, a la fragilidad de los huesos, a la delicadeza en el toreo, al muletazo por abajo sometiendo, a tanto, que solo podía ser llevado por una multitud, por un pueblo entero, que para tanto solo podía aguantar ese peso todo Madrid.

Pero Aparte de despedidas de toreros, de cortes de coleta plenos de emoción y sentimiento, el aficionado lleva mucho tiempo despidiendo lo que nunca creyó que iba a despedir. Lleva años despidiendo al toro, que como los viejos toreros, asoma de tarde en tarde y casi como simple testimonio, por las plazas, por el ruedo de Madrid. Pero es una despedida sin homenajes, porque los responsables no lloran su marcha, esos responsables son los que la han propiciado, los culpables de que el toro deje de estar y con él la casta, ambos, máximos enemigos de la vulgar modernidad, del fraude, de la trampa y de la incompetencia de los que no saben plantarle cara en los ruedos. Eso sí, llámenme pesado, con todo esto, que no es ni el toro, ni la casta, los hay que se emocionan. Allá cada uno. Pero como con esto no todo el mundo siente esa emoción que les arrebata, aunque luego ni se acuerden de qué les emocionó, también ha habido que ir despidiendo a los aficionados que poco a poco y en silencio se han ido apeando de esta marabunta chabacana que no lleva a ninguna parte y si lleva, es a una discoteca, en Madrid, a la Discoventas.

Y los que siguen yendo a la plaza, pues también se despidieron hace mucho del toreo de verdad, del de poder, del que sometía al toro, del que le embarcaba con verdad, del que no emocionaba, conmocionaba y dejaba mudo al personal, de ese que no te dejaba palabras para explicarlo. No era tan fácil como en la actualidad, que lo explican con números, números por orejas y salidas a cuestas. Pero no, para los que permanecen y los que se fueron, de nuestra fiesta nos tuvimos que despedir hace tiempo, mucho tiempo, demasiado; que siempre sale el que te dice que esto es lo que hay, que hay que hacerse a la idea, acostumbrarse y seguir yendo a la plaza. Pues uno sigue yendo a la plaza, pero no, ni me hago a la idea, ni me acostumbro y lo que puede que sea aún peor, es que no me da la gana ni lo uno, ni lo otro. Que uno que ha podido ver un rito preñado de emociones, emociones de verdad, ahora no puede conformarse con novelitas rosas de toreros engallados afectados y forzando el gesto. Que se pasó de las peticiones mayoritarias, con los tendidos invadidos por el blanco de los pañuelos, a las orejas por mayoría, porque las pide uno más del cincuenta por ciento, dejando de lado lo del paisanaje, autobuses o transeúntes de un día al año o en la vida.

Pues nada, preparémonos para una despedida, la de un figurón mítico, al que confieso que gustaba ver en sus inicios de novillero y que una vez doctorado, rápido tomó el rumbo que tomó. Esperemos que en su despedida al fin dé un natural, si no es mucho pedir y si en unos años tiene que volver… pues que vuelva, que no sería el primero en irse y regresar, un clásico. Eso sí, podrá volver mil veces, que este, como tantos y tantos otros, no despertará ni un ápice de ilusión en los que llevan años despidiéndose de tantas cosas, entre otras, de su fiesta, la que les conmocionó, emocionó y les dejó sin palabras y sin palabras siguen, intentando recordar las otras despedidas.

 

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

 

martes, 15 de enero de 2019

Ponce y Juli, Fígaro, Fígaro, Fíiiigaro


Tanta evolución resulta insoportable

Ya han pasado las fiestas, pero da lo mismo, siempre habrá ocasión de arreglarse y de ir presentable y para eso hay que empezar por el barbero y si no, pregunten a los maestros Ponce y Juli y les darán las pautas a seguir. Que ellos, como figurones de tronío, seguro que tienen que pensar muy a menudo en eso de ir arreglados, lo mismo ellos, que sus acompañantes. Ya no hace mucho, saltó la noticia de que le habían arreglado unos toros de una corrida, pero la historia no cesa y se vuelven a escuchar ruidos de navajas, en este caso para Huesca, seis toros, seis arreglos. ¿Qué desean los señores? ¿Lavar y marcar o solo cortar y embetunar? Solo cortar, sin medida, y embetunar, como si fuera para rejones. Y esto sale con las fotos de una corrida en Manizales en la que se anunciaba el señor Ponce. De verdad, no te dejan ni respirar, se nos acumulan los escándalos, no hemos hecho la digestión de una vergüenza y ya nos estamos avergonzando por otro lado.

Seguro, segurísimo, que el señor Ponce no sabía nada, no tenía ni idea y el Juli, pues tres cuartos de lo mismo. Si es que, ¿para qué quieren enemigos, teniendo los amigos que tienen? Que es lo mismo que podría decir la fiesta de los toros, ¿para que queremos antitaurinos, teniendo los taurinos que tenemos? Que luego estos son de los que se llenan la boca con que los aficionados piden imposibles, con que así no se puede hacer arte, con que hay que estar unidos. Que viendo lo que vemos, parece ser que el señor Ponce pone todo de su parte para poder “expresarse”. Y don Julián no duda en ponerse a su altura, para poder mostrar todo su magisterio y poder.

Que quizá esta sea la manera en que estos dos maestros insignes desplieguen todo su magisterio infinito de la tauromaquia moderna, aquella Tauromaquia 2.0 que ya se va quedando obsoleta, pero si es así, avisen para quitarnos de la foto, porque que a uno le identifiquen como aficionado de eso, cuando menos, sonroja. Que difícil resulta convencer a nadie no cercano al toreo de que eso nada tiene que ver con los toros. Que serán casualidades, pero que con tanta frecuencia aparezcan firmando la infamia Ponce, Juli y el Vellosino hacen que uno no pueda pensar en que son cosas del azar, en que estos señores nada sepan de que una tarde sí y otra también, el ganado que va a salir por toriles sale intencionada y artificialmente mermado en su condición física y muy especialmente en lo tocante a la integridad de sus defensas. Que el descrédito, la vergüenza de esta merma de la integridad del toro coincide plenamente con el daño que se produce a la integridad, al buen nombre de la fiesta. Y así, poco a poco, con estas actitudes delictivas se va negando cualquier posible futuro a esto que unos llaman rito, otros fiesta, los más modernos “tauromaquia” y los más desencantados, pantomima, vergüenza.

Señores taurinos, maestros magistrales Ponce y Juli, junto con su cómplice del Vellosino y todos los Vellosinos que campan por la fiesta, por favor, dejen ya de evolucionar, que cada paso que avanzan en esto que ustedes llaman evolución, es un paso más hacia el abismo. Su evolución no es más que un ahondar en la búsqueda de su comodidad, sin importarles otra cosa que el negocio, su negocio. Que si tanto confort necesitan, puede ser que hayan equivocado el camino, que ustedes no nacieron para ser matadores de toros, sino para ser provadores de colchones o sofás cama en el IKEA. Eso sí que es comodidad y sin riesgo. Eso sí, está peor pagado. Allí no les hará falta que ningún mandado sin escrúpulos siegue la integridad y la honra del toro. Que donde ustedes leen arreglar, otros ven insidia, mentira, trampa, fraude, vergüenza. Que lástima que aparte de al ganadero, no les sancionen a ustedes con una temporadita sin poder torear en España, que lástima que los aficionados sean cuatro y que no se puedan hacer oír en las plazas para que todo el mundo les llame lo que son, aparte de los verdaderos verdugos de la fiesta de los toros. Pero claro, ese público entusiasta se pasa el tiempo queriendo amordazar a los que les intentan abrir los ojos, en lugar de abrirlos y ver en qué consiste el magisterio de estos dos fenómenos que emborronan la historia del toreo, la tradición, una tarde sí y siete también. Si al menos en lugar del Gato Montes se les recibiera por esas plazas de Dios jaleándoles a coro el Ponce y Juli, Fígaro, Fígaro, Fígaro.

A Jorge Guevara, QEPD

Enlace programa Tendido de Sol del 13 de enero de 2019:

miércoles, 21 de marzo de 2018

Ponce no necesita del entusiasmo hooligan


Se veían los toros venir a lo lejos, pero no se detuvieron en Valencia, pasaron de largo, otra vez

Acabada la feria de Fallas, dependiendo de lo que se escuche y se lea, parece que ha sido un serial que en casi su totalidad se ha celebrado a plaza partida, emulando a esa modalidad que últimamente solo se ha podido disfrutar en el Puerto de Santa María. Una plaza, dividida a la mitad por una barrera con un burladero a la mitad y un toro, un torero y sus respectivas cuadrillas a cada lado de las tablas. ¿Habrá impuesto el señor Casas tal modalidad para la feria valenciana? ¿Será un paso más en esas producciones artísticas del empresario galo? Pues parece que sí.

Que uno pone la tele y los señores comentaristas están viendo de las tablas para un lado, la mitad soleada, todo glorias y parabienes, magisterio de cualquiera que calce medias rosas, extraordinaria bondad de todo aquello que tenga apariencia de bóvido, aunque más bien se maneje cómo un borrego cuyo mayor logro es mantenerse en pie, todo ello amalgamado por el entusiasmo de un público ferial, verbenero y que no porque le roben la cartera, pero que enfurece cómo un tigre enjaulado si le niegan un pirulí; vamos, que tragan el fraude en su máxima expresión, un espectáculo muy alejado de lo que siempre se ha entendido como fiesta de los toros, pero se rebelan y amotinan cuándo se le niega una oreja al ídolo local.

Pero el inconveniente de eso de las plazas partidas es que nadie asegura que lo excelso de un lado se proyecte sobre el otro, en este caso, sobre el que está y ve el aficionado, cubierto de una penumbra impenetrable que se lleva por delante toda posible esperanza de verdad y autenticidad. Una profunda umbría esperando que un rayo de luz rompa el fraude en dos. Pero esto no pasa todos los días, ¿qué digo? Ni todos los meses, pero basta que se produzca el prodigio, que como en el origen de los tiempos, un hágase la luz es suficiente para descubrir los trucos, las trampas y ese débil atrezzo sobre el que se sustenta el toreo actual. Parece que una tanda de Antonio Ferrera ha dejado al descubierto ese entramado de grapas, tableros sobrepuestos pintados de colores brillantes por un lado y sin tan siquiera lijar por el otro. Dicen los de aquella mitad de la plaza que bastó un torillo que medio aguantaba en pie para descubrir a esos mercaderes de humo. Que es lo que tiene el comercias con el humo, que se te mete en los ojos, te empiezan a llorar sin control, se te pega en la garganta y casi cuesta respirar y así es como en la mitad negra de la plaza partida, cualquier brillo de los cristales del toreo roto o el aliento en la cara del mismo Satanás hace creer al cegado y asfixiado que ha visto y respirado la frescura del toro y la vitalidad del toro.

Quizá sea ya tarde, pues parece que por ley natural la noche vence a la tarde, oculta el sol y cada vez va quedando menos sitio y menos aficionados en esa parte luminosa y esperanzadora. Mientras, como faroleros del hampa taurino, los de los micrófonos y algunos “maestros” se ocupan de ir apagando luces y sofocando ilusiones. Y ahí están los señores de la televisión, y la señora recién incorporada, desplegando todas sus artimañas pretendiendo cambiar la realidad, justificando y generando coartadas a esta banda de aves de mal agüero. Y en estas que para que no falte nada, salta a la arena el príncipe, el rey de la trampa, un tal Ponce, sobrado de soberbia, que se cree el inventor, el reinventor y el que lo fundó, que no admite quién le contraríe, so pena de que este le lance rayos vengativos emponzoñados de su soberbia, su infinita soberbia. Él es el más grande, él es el único, el es juez y parte, él decide quién sí y quién no, cuándo y dónde, porque es sencillamente, él. No necesita seguidores, ni tan siquiera paisanos que le sigan, porque él se basta y se sobra para cantar sus loas al cielo y a su persona. Nadie cómo él. ¿Cómo sería si realmente toreara y venciera con verdad al toro? Igual no necesitaría halagadores de palo, igual habría tortas para seguir a un torero de verdad, servidor el primero. Pero, de momento,  solo nos queda esperar que igual que la noche venció a la tarde, la mañana derrote a la madrugada. Mientras tanto creo que nadie dudará que por el momento y más en Valencia, Ponce no necesita del entusiasmo hooligan.

Enlace programa Tendido de Sol del 18 de marzo de 2018:

lunes, 13 de febrero de 2017

Don Ponce se va de cañas


La diferencia entre unos y otros es que unos se visten de toreros y otros parece que se quieren disfrazar de tales, pero...




La que se ha montado, menudo jaleo con eso de que el señor Ponce y su coleguita de farra, el Zotoluco, se fueran a tomar unas cañitas. No me dirán que ustedes nunca se han ido a tomar unas cervecitas después del curro, ¿verdad? Eso sí, antes de plantarse en el bareto de al lado de la ofi, del taller o de donde sea, uno se lava bien las manos, que luego las aceitunas te saben a teclado de ordenador, a grasa de motor o en el caso de los toreros, a sangre de toro. Y en la famosa foto, y vídeo, de marras, no parece que los diestros luzcan las manos manchadas de rojo, ni tan siquiera parece que quede rastro entre las uñas; y no me dirán que no iban elegantes los caballeros: no solo iban encorbatados, sino que lucían resplandeciente terno torero. ¿Pa’ qué más? ¿Chocante? ¡Qué te mueres! ¿Poco frecuente? ¡Mucho! Pero tampoco hay que tirarse de los pelos. Más ofensivo me parece a mí el que no les pusieran ni unos simples “cacahueses” para que pasara la cervecita con más alegría, o unas patatitas, unas aceitunas, unas almendras, no sé, algo que evite el trasegarse la cerveza a palo seco.



Igual usted es de los escandalizados, pero no se haga mala sangre, son cosas de la modernidad, el progreso y los modos del siglo XXI. Que ¡hombre! ya estamos finiquitando la segunda década y aún no nos hemos hecho a la idea. Un poquito más de fluidez, abran ustedes las mentes, pónganse al día, que no me dirán que esto les ha pillado por sorpresa. Que allá ustedes, que pueden hacer lo que quieran, pero si siguen así, al final van a ser unos “marginaos”. La cuestión es sorprender y no me negarán que el señor Ponce, don Enrique, no es un maestro en estas lides, que lo mismo se te viste de maître en una plaza de toros, que de torero en la barra del bar. Esa es la creatividad que le brota, le brota y no la puede contener. Que igual no lo entienden porque ustedes ni son maestros, ni son artistas, ni son creativos y a lo mejor sí que tienen sentido del ridículo, la medida y respeto por los símbolos, en este caso, del toreo.



Que lo mismo ustedes tienen razón y hay que saber valorar lo que significa algo tan sagrado para los aficionados a los toros, como el traje de luces. Que sí, que ya, que ya sabemos que al que no es torero, hasta le impresiona el roce de los alamares y que su simple presencia les produce un profundo respeto y una suma de sensaciones difícilmente explicables, desde el verse deslumbrados, hasta sentirse empequeñecido, casi diminuto, pero no se crean que por la visión de los bordados, de esos alamares rematados en cabos blancos o azabache, que también; el aficionado a los toros ve en el traje de luces una historia, una tradición, un rito y a nada que mire, hasta sus propias vivencias, la primera vez que su padre o su abuelo le llevaron de la mano a una plaza, aquella tarde en que un toro enseñoreó su bravura en los medios, aquel torero que convirtió la lidia en arte sublime irrepetible. Y el que se lo enfunda nunca podrá ser visto como un igual, no, el torero es un ser superior, el creador de belleza ante la casta, la elegancia dominadora, el oficiante del rito, el que no es torero solo de luces, el que vive en torero desde que le nació esa inquietud de la torería, hasta que marcha a otras plazas en las temporadas de la eternidad, compitiendo con los que un día admiró, con los que fueron sus ídolos de la niñez y sus maestros en el maestro de los trastos.



¡Qué cosas! Los más grandes, los maestros, se transfiguraban ante la sola presencia de un capote o una muleta, cuanto más ante un vestido de torear. Ese terno sagrado herencia del tiempo, tránsito de la gloria, la vida y la muerte. Es ese sentir que hace que los alamares pesen como losas, en las que están grabados los nombres de los que honraron la taleguilla rasgada por el pasar de los pitones. Es una forma de vivir, de sentir, un modo de vida que no todos llegan a entender; ese sentimiento que a veces nubla el dinero, los halagos y el griterío de las masas, que como si fueran el canto de las sirenas homéricas engañan los sentidos. Voces de las que solo los más grandes, los toreros, se saben apartar. Los otros, los que miden su valía en billetes, se dejan enaltecer como falsos ídolos, aunque ellos se crean dioses, los más elevados del panteón taurino. Pero qué equivocados están, porque esa divinidad solo se gana ante el toro y se perpetúa a través de la memoria del aficionado. Y el aficionado, no la masa enfervorecida, si recuerda al señor Ponce y a su compadre el Zotoluco, lo hará como un parroquiano de tascurrios inmundos, a los que asistió vestido de oficiante, vestido de torero, aunque ni él se sintiera tal, para vocear una ronda tras otra, en vaso de tubo, con unas aceitunas o “cacahueses”, que si no cuesta que pase, mientras siempre habrá quién se asombre de semejante esperpento y grite eso de que don Ponce se va de cañas.



Enlace programa Tendido de Sol del 12 de febrero de 2017:

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Don Ponce y su piquito de oro

Resulta que es imposible no torear con el pico de la muleta, pues que delicia esos imposibles que nos amarraron a esta afición como el señor Ponce nunca podrá imaginar, pensará que eso también es imposible.


Quizá algunos duden de la facilidad de palabra de don Enrique Ponce, del embrujo de su verborrea, de su locuacidad y poder persuasivo de su voz, pero de todos es conocido ese piquito de oro que tantas alegrías le ha dado. Y si junta la palabra con el pico, mejor dicho, con su explicación o justificación de la trampa, pues tenemos lo que tenemos, al personal desaforado y rasgándose las vestiduras, unos inclinando la testuz rindiendo homenaje al maestro y otros negando su maestría, las virtudes de su piquito de oro y hasta su singular locuacidad. Pero digan lo que digan, no me negarán ese ángel que tiene el señor Ponce para ponerse a tanta gente en su contra. Y lo peor de todo es que él, tan metido en su mundo, tan convencido de su toque divino, no entiende cómo puede haber alguien que respire bajo la cúpula celeste, que no se eche de hinojos a sus pies, como la máxima deidad del toreo que cree que es; y que además no hay quién le haga que se apee del burro.

Que se va a Bilbao para soltar que no es posible torear sin el pico de la muleta. ¡Ay señor! Con lo revuelto que estás el mundo y él apagando fuegos con gasolina. Que por menos de esto se lió la de Cuba y Filipinas. Que los héroes de Baler se dice que se metieron allí dentro porque los tagalos decían que la muleta plana y los del rayadillo que no, que no y que no, que sin pico es imposible. Y que no se crean, que no dieron su brazo a torcer. ¡Sabrán los tagalos de toreo! ¡No te amuela! Pues nada, que de un plumazo, el señor Ponce se ha quitado del medio a tantos y a tantos toreros, en otros tiempos la mayoría, que presentaban la muleta plana, que se la echaban al hocico del burel, para en el momento de su arrancada adelantar la pierna de salida, embarcando a su oponente en la pañosa, con la cara empapada de franela. Que no, que no y que no, que eso no es así, eso es imposible, así que en virtud de tal afirmación, queda prohibido tal uso y por esta misma causa, todos los vídeos, fotografías o recuerdos de los aficionados deberán ser destruidos en un plazo máximo de ya mismo, no vaya a ser que alguien se atreva a afirmar que ese imposible es posible.

Y que conste que servidor está completamente de acuerdo con el maestro de Chiva. Primero, porque no me atrevo a contradecirle, no vaya a ser que me excomulguen de mi fe taurina o lo que es peor, que me manden Siberia a picar piedra en los Urales. Segundo, porque si lo dice un maestro que lleva poniendo en práctica semejante... ¿trampa? durante un cuarto de siglo. Y tercero, porque casi prefiero que me tenga como creyente y no como descreído, no vaya a ser que me lo explique otra vez eso del imposible que resulta de intentar no torear con el pico de la muleta. Que ya es dar vueltas al molino, para simplemente justificarse e intentar convertir en dogma lo que no hay cristiano que se crea. Quizá por eso quiere convertirlo en dogma, para que nadie se atreva a cuestionarlo. Pero mi adhesión al señor Ponce es sincera y sin fisuras, es verdad, no se puede torear sin meter el pico de la muleta, torear con la panza es un imposible. Si es que no hay discusión. Pero... ¿será por eso que los aficionados hubo un tiempo en que salían toreando de las plazas? ¿Quizá esa imposibilidad era la que provocaba que se les grabaran a fuego faenas, naturales, derechazos, en definitiva, toreo puro cuándo este surgía en la arena? A ver si va a resultar que el aficionado a los toros se aferra a esto precisamente esperando que brote lo imposible, a ver si es eso precisamente lo que le piden a los toreros, lo que vieron en tantos y tantos que de verdad pueden ser tratados de maestros. Volvemos a los nombres de siempre, aunque aquí que cada uno elabore su lista. El Viti, Curro Vázquez, Antoñete, Curro Romero, Rafael de Paula, Manolo Vázquez, Pepín Jiménez, Paco Camino, José Ignacio Sánchez, El Cid en su momento y hasta un tal Enrique Ponce, pero cuándo aún alternaba la Lengua y las Matemáticas con eso de ir a torear, cuando entre toro y toro tenía que estudiarse la generación del 27, el sujeto y el predicado y la segunda y tercera declinación, aparte del verbo toreo toreas toreare, toreai, toreatum. Qué cosas. Será el tiempo el que ha provocado que al maestro de Chiva se le olviden aquellas maneras de sus inicios. Que ahora parece que él no estuvo allí. Ya han visto que no me he ido demasiado atrás en el tiempo, no es necesario, porque los hay contemporáneos del señor conferenciante, con los que probablemente hasta ha alternado en más de una ocasión. Y no cito a José Tomás, porque ahí ya se le cruzan los cables, cortocircuita y puede hasta vestirse de azafato del IFEMA para ponerse a torear o nos hace un moonwalker en un abrir y cerrar de clisos.


Puede que algunos hayan visto un rasgo de soberbia, un intento de legitimar la trampa como única forma de toreo, incluso hasta los habrá que vean una ofensa en esa afirmación de que es imposible torear sin meter el pico de la muleta, pero... ¿nadie ha pensado que puede ser un rasgo de humildad en el que el mismo Ponce reconoce su incapacidad manifiesta para hacer el toreo puro, el de verdad, el de embarcar con la panza de la muleta forzando hasta detrás de la cadera para ligar con el siguiente, siempre dominando la embestida? Que igual sí, oiga, que cosas más raras se han visto. Que quién nos dice a nosotros que con esa manifestación de intenciones el señor Ponce dimite de su condición de matador de toros para conformarse con quedarse en pegapases, en uno más de los muchísimos que ahora sufrimos. Quizá en algún momento, en alguna otra conferencia futura, nos aclare estas dudas, pero por el momento son muchos los que se apuntan a la indignidad que les ha provocado don Ponce y su piquito de oro.

domingo, 14 de agosto de 2016

No voy a Valladolid por un capricho de José Tomás


 
Echaban en cara a "Rafaé" que su pase del celeste imperio era para engañar a los públicos como a chinos. Igual toda la "tauromaquia" de algún maestro nace allá por dónde nace el Sol.
¿Se puede ser más malaje? Esto no tiene nombre, ni apellidos, ni tan siquiera un alias que impresione. La que le ha hecho el fenómeno José Tomás al magistral Enrique Ponce, que para un día que que tenía libre en su agenda, se le emperejila al señor Román Martín, don José Tomás, torear ese día en la plaza del paseo de Zorrilla. ¡Bueno, bueno, bueno! Por menos se montó la Guerra de los Cien Años. Que no seré yo el que alabe a José Tomás por hacerle la cusqui a Ponce, pero ya se sabe, la puñetería es una avenida de doble sentido; tres carriles de ida y tres carriles de vuelta. Igual alguno recuerda aquellos días en los que se vio solo peleando contra la televisión y su poder ilimitado a la hora de retransmitir los festejos al margen de los toreros, mientras sus compañeros, incluido el señor Ponce, se plegaban con extrema docilidad. Hasta puede que le quieran hacer pagar aquellas opiniones que no ocultaba el maestro valenciano sobre el toreo de José Tomás, que le parecía más demencia que verdadero toreo, porque el toreo bueno, el de calidad exquisita, parecía reservado en exclusiva para si mismo. Que no me parece bien ningún tipo de venganza, pero a estas alturas, no nos echemos las manos a la cabeza entre lamentos.

Quizá el maestro Ponce se haya despertado de repente de un dulce sueño en el que se creía la cima indiscutible del arte torero desde sus inicios hasta el momento presente. Que resulta que en caso de tener que elegir, el señor Matilla prefiere asegurarse el lleno absoluto con el de Galapagar, que el glamour empalagoso del magistral Ponce. ¿Pero esto qué es? ¿Por qué este desplante? Pues hombre, don Enrique, piénseselo un poquito, aunque no creo que lo vaya a hacer, pero mientras usted se mantiene en ese camino de ñoñería de baldosas amarillas, mientras usted sigue encantado de haberse conocido y se asombra de su grandeza, de alcanzar cotas de perfección a las que solo usted cree tener acceso, otros optan por firmar en esa fecha a José Tomás. Seguro que este podría haber elegido cualquier otra fecha, pues como bien afirma usted mismo, él no torea todos los días. Ya ve, igual es que no le hace falta y se anuncie dónde se anuncie, en Valladolid, Lima o Villamorteros del Monte, siempre llena. Y su elegancia, su clase, su jarte y toda esa monserga que usted pasea, no asegura el no hay billetes. Que somos así de necios, que no sabemos apreciar el caviar de su toreo.

Señor Ponce, que entre las largas distancias, las periferias y el amaneramiento de su quehacer, de luces o de etiqueta, y las apreturas, el ay, la firmeza, el cargar la suerte y el toreo de siempre, parece que los hay que se inclinan por esto último. Si ya lo decía el genio de Rafaé, si es que hay gente pa’ to’. Pero tranquilo, no se ofusque, porque seguro que va encontrar consuelo en los medios oficiales que le son tan afines, en el taurineo militante, en los aspirantes a ser reconocidos como excelsos “afisionaos” de fino paladar; verá como esos afearán el gesto de José Tomás y el de Matilla. Aunque, ¿no cree que el madrileño ha hecho lo que otros muchos quisieran poder hacer, pero no pueden por razones más que evidentes? Pero esa fuente de magisterio que es el señor Ponce no queda conforme con hacer pública su pataleta, que empieza por lo de que el arte es subjetivo, que no es mejor torero el que más gana, por si a alguien no le había quedado claro que estaba, en terminología de parvulario, rabioso. No, caballero, no vaya por ahí, que igual también sale perdiendo, no confunda su “elegancia” distante y displicente con el arte del toreo, que puede vestir smoking para llevar a término su numerito, que igual le sueltan eso de que aunque la mona se vista de seda...


Tengo la absoluta seguridad de que sus palmeros de la tele de los toros y los demás medios afines al régimen, le aclamarán, le seguirán poniendo ojitos, pero no se fíe, porque como un día se le ocurra al de Galapagar concederles dos entrevistas y un amplio reportaje para llenar espacio en la tele o en la radio, ya puede darse por pateado en el final de su espalda. Y aparte de estos mercaderes del toreo que se arriman al sol que más calienta, no pretenda que el aficionado le empiece a dorar la píldora a estas alturas. Piénselo usted, posiblemente no habrá aficionado que allá en la noche de los tiempos no se manifestara poncista, aquí tiene a uno, sin ir más lejos, pero sus devaneos con la trampa, con la mentira en su toreo, con ese alargar el brazo, con elegancia, por supuesto, con ese machacar ganaderías, con ese vivir en el planeta de Poncilopodis, todo esto y más, le han apartado de su toreo, de su tauromaquia como se dice ahora. Que usted está convencido de su divinidad, pero lo mismo que ese aficionado no soportó sus maneras, los empresarios van a por el que les llenaría no una, sino tres plazas y son estas no otras causas las que le dejan a usted fuera, así que piénseselo más despacito cuándo se le vuelva a pasar por la cabeza tal... pensamiento, eso de “no voy a Valladolid por un capricho de José Tomás”.

martes, 21 de junio de 2016

De smoking y... ¿oro?

Que no me imagino yo a don Vicente cambiando de vesturaio a mitad del festejo.


Que levante la mano el que no haya visto al maestro Ponce torear vestido de smoking en una plaza francesa. ¿A ver? Cuenta pocas manos, la del que por el cambio horario aún no lo ha visto desde Hong- Kong, el que se quedó sin línea por no pagar la tarifa plana y quizá un señor allí al fondo... a no, ese era el despistado que lo confundió con el camarero, para pedirle otra ronda de calimocho y unas bravas. Pues mi enhorabuena, maestro, ha conseguido captar la atención de todo el orbe taurino. Esto solo lo puede superar usted mismo saltando al ruedo con un tanga de leopardo, con chancletas y la camiseta del bar el Tropezón de Castroventosa del Rey, que son muy de usía.

Y yo me pregunto, ¿es tan grave que el maestro Ponce salga a torear vestido de camar..., perdón, de smoking. Pues no, claro que no. ¿Extraño? todo lo del mundo, pero es continuar una moda de la que gustan mucho las figuras del momento. Que lo mismo un extremeño sale de charro mexicano, que otro se disfraza de golfillo parisino o lo que fuera, que otro sale con fulard o que otros salen vestidos de goyescos, que también tiene su traguito; que entiendo perfectamente a aquel matador, un maestro, del que se contaba que no toreaba en ninguna goyesca, porque decía que él no se disfrazaba para torear. Pero eso va en formas y sobre todo en cómo cada uno sienta esto de los Toros. Para unos es una fiesta verbenera y para otro un rito. Que las dos vías pueden ser válidas, pero al menos permítannos a algunos deambular por el asombro y el estupor que estas cosas nos provocan.

Insisto en que quizá no sea tan grave esto del smoking, es más, si lo aislamos y nos olvidamos del personaje, de sus condicionantes, de su pasado, de su trayectoria y sobre todo, de sus manifestaciones, pues tampoco es la cosa para tanto, pero, ¡caramba! Mucho hay que pasar por alto para que esto no nos afecte. Quizá, y de forma inconsciente, esto no sea nada más que un signo de las intenciones y formas de entender esto de los toros. Para unos, entre los que parece que se encuentra el maestro Ponce, este es un negocio, un show, en el que todo vale para aderezar una ensalada, a la que no paran de echarle especias. ¿Está rica? Pues quizá sí, puede parecer que no sabe mal, pero claro, si con tanto condimento lo único que se consigue es ocultar una lechuga insípida, unos tomates pasados y un atún rancio, entonces ya hay algo que empieza a fallar. Al maestro Ponce, al igual que al resto de las figuras y a todos los aspirantes a ello que transitan por los ruedos, lo único que les importa, exclusivamente, es el negocio, los contratos y llenar la faltriquera. Es más, no entienden otro punto de vista, no les da para más. Luego llegan, para que el olor a podrido no se note, y lo visten de arte, que eso es como la cal viva, que lo tapa todo, aunque al final o acaban asomando los restos del difunto o se desintegra todo, lo bueno, lo malo y lo regular, bastando una rafaguita de aire para hacer desaparecer cualquier indicio de lo que un día fue grande.

Lo malo no es el smoking, lo peor son las intenciones, los sentimientos que este señor maestro y sus colegas del sindicato del arte muestran día a día. Si se pone el smoking delante de una corrida encastada y con sus cosas, y la lidia, puede con ella y además tiene el valor y capacidad para crear arte, pues solo me cabe una respuesta, un olé grande y sentido. ¿Qué prefiero el traje de luces? Por supuesto, el oficiante debe vestir como tal y más en esto de los toros, en los que todo, pero todo, tiene su aquel, su significado y su motivo, aunque muchos no lo lleguen a ver y se atrevan a cometer la desfachatez de querer eliminar aquello a lo que ellos no llegan. Baste aplicar sus misérrimos razonamientos, cortos y escuálidos, para que ya quieran eliminar una tradición de siglos de un plumazo. Sea de smoking o no, lo que encierran estas actitudes es un desprecio por los fundamentos sobre los que se edificó todo esto, llegando a creer que todo vale y en ese todo entra el llenar la bolsa, el minimizar el riesgo al extremo y hacer más llevadero esto de ser profesional. Qué poca ambición, ¿verdad? Pero ya digo, mientras la bolsa suene, a ellos lo demás se la bufa. Que lo mismo que hoy arrinconan el traje de luces, desde hace años vienen despreciando cualquier hierro que se salga del guión del borreguito colaborador y juguetón, que de la misma forma se esfuerzan en expulsar al aficionado, pues es tan tonto, tan tonto, que no llega ni a entender, ni a sentir nada con sus números de prestidigitacón taurina. ¡Eh oiga, que esto es arte! Pues este arte, para ti, que también dicen que es arte lo de Camela, Bisbal o el Salchipapas de Leticia Sabater y uno no puede con ello. Pero a la gente le gusta. Claro y el Sálvame, el Qué tiempo tan feliz, las mañanas con Ana Rosa y al padre Apeles cazando cacha. Y así volveríamos a lo de las mayorías, las minorías y al truco de trilero de yo decido que mayoría debe mandar y que minoría aplastar, pero siempre decidiendo la parte interesada de la parte contratante de la primera. Y por supuesto, acabamos en esa eterna verdad, el toro. Si este asoma por el portón, todo adquiere valor y si el maestro Ponce se enfrentara de una vez por todas, al igual que sus colegas de “profesión”, al toro íntegro, entonces ya importa poco si iban de charros, de mariachis, de lagarterana en día de fiesta, con chándal o de smoking y... ¿oro?



Enlace programa tendido de Sol del 19 de junio de 2016:

miércoles, 10 de agosto de 2011

Joselito, Belmonte y sus proclamados herederos

Andrés Vázquez y su media belmontina


Podríamos decir que Joselito y Belmonte fueron la perfección en el toreo, pero no, uno cambió el rumbo de la fiesta, el otro lo normalizó desde el clasicismo y la ortodoxia, ambos sentaron las bases para construir la tauromaquia contemporánea, pero ahora, a lo largo de los años, cerca de un siglo después de la desaparición de uno y del medio siglo de la del otro, ahora asoman sus carencias. Aunque tampoco creo que haya que culparles de ello, pues no se les puede responsabilizar de lo hecho por sus “herederos”.

Desde hace un tiempo vengo leyendo como algunos se afanan en emparentar a los figurones del ballet taurino de los inicios del s. XXI, con dos de las figuras más determinantes de la historia del toreo y los pilares de la fiesta en el siglo pasado. Por un lado hace tiempo leí el despropósito de un periodista en su empeño en convertir a Enrique Ponce en descendiente por línea directa de José Gómez Ortega, “Gallito” o “Joselito el Gallo”. Detengámonos unos instantes en este punto y que cada uno haga lo que crea conveniente, Unos intentar sujetarse los entresijos descabalados a causa de la risa, otros recolocarse esos pelos después de mesarse desesperadamente las guedejas y otros, o tomarse un vaso de agua muy fría o echárselo por la espalda.

Hecho este paréntesis, sigamos. De repente se le atribuyeron al señor Ponce, don Enrique, una serie de cualidades propias del Rey de los Toreros, pero sin tener en cuenta ni el toro, ni el momento, ni las condiciones y conocimientos del toro y de la lidia de uno y de otro. Uno dirigía su aprendizaje y conocimiento hacia el dominio, el poder y la mejor forma de lucirlo más, evitando cualquier circunstancia que pudiera perjudicarle a lo largo de la lidia. Baste como ejemplo la retirada del ruedo de los caballos de picar hasta que el toro no hubiese sido parado, evitando de este modo aquellas embestidas desatemperadas que ni dejaban ver la bravura del toro, ni amoldar su embestida. O la disposición de elementos en el ruedo de las Ventas en beneficio de una lidia más lógica y ordenada. Y ¿qué aporta don Enrique? Cuasi eliminar la suerte de varas, convirtiéndola en una pamema absurda, pretender que la faena de muleta dure seis días con sus respectivas noches y achicar el ruedo de Madrid, para que el toro no haga tantos kilómetros dándole vueltas, mientras no hay nadie capaz de fijarlo en los capotes.

Pero si en unos casos son los corifeos oficiales de la post-tauromaquia, o tauromaquia 2.0, en otros es el rey sin trono de los inicios del s. XXI, el que se arrima al torero de Gelves. Que conste que esta reflexión no es algo original del que escribe y para muestra basta con pasarse por el blog de Isa Molina, En Barrera, y podrán comprobar como hay otras formas de indignación ante la necedad. Pues aquí va don Julián López, “El Juli” y se despacha con: “En muchas cosas me identifico con Joselito El Gallo”, “Me preocupa la marcha de todas las ganaderías” o “Como es natural a mí me gustan los toros que embistan. Lo mejor de las ganaderías de encaste Domecq que, por algo será, es la sangre predominante. Aunque, a veces sufran baches, siempre salen algunos toros extraordinarios. Incluso de las vacadas que están en mal momento. También me gusta el ritmo con que embisten los toros que proceden de Santa Coloma”. Ahí lo tienen, él solito, sin ayuda ni na’. Y yo me identifico con Pablo Picasso, pero lo malo para mí es que no me parezco en nada de nada, pero nada, pero que nada ¿eh? Pues así anda el Juli.

En otros momentos hubo toreros que afirmaban sentirse más próximos a uno o a otro, Marcial Lalanda a Joselito, Antonio Márquez a Belmonte, más recientemente el mismo Andrés Vázquez acusaba cierto toque abelmontado en su toreo. Pero tanto a unos como a otros les unía un elemento común, el respeto por el toreo clásico, por el toro y por ellos mismos. Y los que se proclaman herederos directos de aquellos maestros, por el contrario, se pasan el día exigiendo el respeto que no se tienen a si mismos, mientras intentan adaptar todo a su propio acomodo, sin importarles lo más mínimo el hacer añicos los fundamentos de la fiesta. No importa si la farsa, la pantomima y lo grotesco se han convertido en la esencia de esta nueva fiesta, que por supuesto, también tiene sus seguidores, porque como ya dijo otro viejo maestro, “Hay gente pa’to”.

Joselito se encerró una tarde con los pupilos de don Vicente Martínez y convirtió aquella fecha en el kilómetro cero de la tauromaquia moderna. Enrique Ponce se encerró con seis toros en Madrid, con el único objetivo de cortardos orejas y salir por la Puerta de Madrid, en la tarde en que muchos ponen la marca del inicio del declive del valenciano, o el momento en que abjuró de la fe clásica para abrazar la doctrina del postmodernismo ya definido, pero no suficientemente asesntado. Por su parte El Juli, que había evitado presentarse en Madrid de novillero, lo hizo con una corrida en solitario, con seis novillos de diferentes ganaderías, y en la que cortó dos orejas a uno de ellos sin haber dado ni una verónica, ni un natural, ni un derechazo. Pero este sí que pudo salir a cuestas de los capitalinos.

Parecen evidentes las diferencias entre unos y otros, lo que no quiere decir que despierten pasiones entre la masa espectadora que les sigue con fe ciega, como si realmente fueran los herederos de Joselito, el prototipo del clasicismo en su momento, que fijó las bases para el desarrollo de la nueva tauromaquia nacida a partir de la revolución que encabezó Juan Belmonte. Cosas de la fiesta.

PD: Gracias a Isa Molina de el blog “En Barrera”, por hacernos pensar sobre el toro y sus circunstancias.

jueves, 11 de marzo de 2010

Enrique Ponce, torero de otra galaxia


Foto: Tania Castro (El País)
Me atrevo a hacer esta afirmación con el absoluto convencimiento de que es verdad. Para mi Enrique Ponce ahora mismo es un torero que está en otro mundo y si no, sólo hay que leer las manifestaciones con que de vez en cuando nos deleita, mostrando hasta donde llega su magisterio. Según él, uno de los toreros más valorados de los últimos años, la fiesta se encuentra actualmente en uno de los mejores momentos de su historia reciente, menos reciente y muy, muy poco reciente, vamos la lejana, lejana. Ahora se torea mejor que nunca, siendo él una muestra evidente y en lo que no le cabe ninguna duda, los toros son más bravos y encastados que nunca, lo que también puede experimentar él en su persona; pero esta dulce situación tiene un inconveniente, esos aficionados que se creen que todo lo saben, pero que ignoran lo difícil que es estar delante de un toro y pegarle entre doscientos y trescientos muletazos, casi todos con la derecha, en unos quince o veinte minutos.

Pues por esto creo fervientemente que Enrique Ponce es un torero de otra galaxia, y si no, lo que nadie me va a contradecir, incluidos sus más leales corifeos, es que este señor vive en otro mundo. No voy a dudar de su capacidad de discernimiento, ni de su honestidad, pero un poco alejado de la realidad de esta galaxia y de otro mundo si que vive. En lo que el torero de Játiva ve virtud, otros ven mentira, engaño o simplemente trampa. Además, cuando hace estas afirmaciones está despreciando toda la tauromaquia clásica que a lo largo de los años ha ido evolucionando para conseguir un espectáculo más estético, construido a partir del fundamento del dominio del toro, sometiendo su bravura, su fiereza y acometividad. Pero siempre pensando en que el toro pudiera demostrar todo esto a lo largo de su lidia.

El toro hoy en día sólo muestra este empuje durante las primeras carreras por el ruedo, no siendo capaz de acometer al caballo como se espera que lo haga un toro bravo, motivo por el cual la suerte de varas se ha convertido en algo meramente simbólico, cuando no esperpéntico. Consecuencia de esto es que los añorados quites hayan quedado prácticamente desterrados de la corrida de toros actual. Y si el primer tercio es ya algo testimonial, las banderillas son un mero trámite con saltos y carreras, que casi ha perdido su función de ver como se ha quedado el toro para la muleta. Pero aquí viene el plato fuerte, la muleta. Hemos pasado de que sea una labor de poder, dominar y preparar al toro para la suerte suprema, a una tarea, a la que reconozco su dificultad, de conseguir que el toro no se derrumbe a los pies del “toreador”, mientras este gira una y otra vez sobre si mismo con un trapo en la mano, sin tener en cuenta si el animal lo sigue o si lo busca queriéndolo coger; ojo a la diferencia entre estos dos términos.

En contra de lo establecido en tauromaquias de antaño, hoy en día el momento culminante no es cuando el matador monta la espada y se va tras ella buscando el morrillo del toro, en la actualidad, de lo que se trata es de conseguir el indulto. El premio más deseado para un ganadero, en el que el mérito se ha trasladado al “toreador”. Tanto es así, que tengo mis dudas de que tanto toro indultado acabe con las vacas, como parecería lógico en estos mundos de Dios. Pero en esas galaxias en las que vive el taurinismo imperante y sus apóstoles de las medias rosas, eso da igual. Perdón, no da igual, porque el toro indultado debe aguantar el tipo y recuperarse de sus heridas, al menos el tiempo en que las diferentes televisiones le visiten en el campo para hacer esos estupendos reportajes titulados: “La vuelta a la dehesa” “El descanso del guerrero” o “El maestro tal le regaló la vida”.

Si nos paramos un segundo, podemos darnos cuenta de que en la corrida de toros actual, entre figuras, taurinos y otras gentes, nos hurtan más de las dos terceras partes de lo que es la tauromaquia clásica. No vemos al toro, no vemos la suerte de varas y las banderillas se han convertido en una muestra de poderío atlético, muy alejada de lo que debería ser.

Yo no sé cual de las dos opciones es mejor, o si lo sé, pero viendo tales demostraciones de euforia y de triunfalismo, llego a dudar de que lo que a mi me gusta sea lo que debe ser la fiesta. Aunque hay un dato objetivo que nadie me puede discutir. En el modelo galáctico y de otros mundos, si no hay bocata, bota, ni banda de música, la gente se aburre soberanamente, incluso llegando a dormirse en los tendidos. Y en el modelo terrenal, el de siempre, aparte de resultar impensable eso de la siesta en el tendido, no hay cristiano al que le siente bien el bocadillo entre los sobresaltos que provoca el toro bravo en el ruedo.

Otro día pasaremos a analizar esa forma de torear tan elegante, tan pinturera, tan despegada, tan falta de emoción y tan aburrida de los mandones del toreo actual. Yo sé que hay muchos que pretenden desmitificar el toreo de hace unos años, y para ello no dudan en echar mano de vídeos, fotos y lo que les venga bien para reforzar sus argumentos. Yo no voy a llegar a tanto, con mis recuerdos tengo más que suficiente. Y para el que quiera meditar sobre cómo es ese toreo de otros mundos y de otras galaxias, sólo hay que echar un vistazo a la foto en la que toro y torero se ponen de rodillas. ¿Será una muestra de respeto?