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martes, 16 de mayo de 2023

16 de mayo sin toros en Madrid

Gloria al Rey de los Toreros, siempre en la mente de los aficionados. Los mediocres, los advenedizos y los que solo son negociantes, no tienen cabeza para los más grandes.

Joselito el Gallo, allá dónde esté, no ha podido sentir ese minuto de silencio que Madrid guardaba todos los años en su memoria. Se les pasó, no se dieron. No habrá ese minuto de silencio en el que la afición de Madrid, esa a la que tantas veces mostró lo que era el toreo. En silencio se rompían las manos, el alma, ese sentimiento de aficionado a los toros, cada 16 de mayo, en pie en la piedra de Madrid. Siempre se les recuerda, claro que sí, pero al menos esa tarde se podía hacer dentro de su idea de plaza de toros, en esa monumental que pensó, que promovió y que nunca llegó a ver. ¡Joselito el Gallo! Tardes de novilleros que querían ser y que en ese silencio podían saber quién era el Rey de los Toreros, mucho más allá de biografías, libros o historias que volaban de boca en boca. Un torero, un hombre, al que décadas después, ya más de un siglo, se le sigue venerando, rindiendo el respeto que solo merecen los más grandes. Y precisamente a los más grandes es a los que menos respetan y menos quieren respetar los menguados de sentimiento y afición al toreo.

Me contaba una aficionada de esas de una vez, una señora, alguien excepcional y muy querida, que su abuelo, aquel 16 de mayo al salir del teatro se enteró de la noticia de que Joselito había caído en Talavera, Bailaor se llamaba, y con las mismas marchó a su casa, cambio su corbata por una de luto y se dirigió a la casa del torero en la calle Arrieta, en Ópera. Como si con el calor de estar presente quisiera guardar el calor de la vida de quien ya yacía frío, inerte, quien ya había subido al cielo de los toreros, al cielo del toreo. Y esa corbata de una vez, de una noche de duelo, fue la corbata de una vida, la que nunca se volvió a quitar, porque él, como todos los aficionados de aquella época y de todas las épocas venideras nunca dejarían de honrar al más grande, a José Gómez Ortega, Joselito”, “Gallito”, “El Rey de los Toreros”.

 

José Gómez Ortega, “Joselito”

Inmortal, DEP

viernes, 24 de enero de 2020

La evolución o engrandece o no es evolución


A veces se llama evolución a lo que no es y nos olvidamos de lo que verdaderamente sí que lo es. Joselito nos evolucionó la fiesta.

En estos días que inician el año, se hace más evidente la presencia de Joselito el Gallo, que va a presidir de forma especial este 2020. Un siglo de su marcha y sigue impartiendo magisterio entre los aficionados a los toros. Un recuerdo y un reconocimiento más que merecido a su legado. A él se le reconoce, sin reservas, ser el artífice del toreo moderno, el arquitecto de este edificio que es la fiesta de los toros. Quizá él fue quien protagonizó la mayor evolución en el mundo de los toros, consiguiendo con este gran paso adelante engrandecer la fiesta. Sería injusto quedarse solo en que cambió la forma de torear, incluso el tipo de toro, porque hizo que estos evolucionaran, avanzaran, al ritmo que lo hacía todo el entorno, sin descuidar a ninguno de los agentes que se involucran en esto que llamamos los toros. Podríamos decir que este fue el rasgo más determinante de su tarea, el hacer progresar la fiesta y conseguir ubicarla en un escalón superior, edificando esa gran casa común dónde no solo cabían toreros, ganaderos, aficionados, sino que había sitio para todo aquel que llegara para interesarse por esto.

Pero claro, hay que tener cuidado con los evolucionistas del toro, más concretamente con los actuales, que pretenden tintar de evolución a los cambios que pretenden unos para llegar a unos límites de acomodo inadmisibles, otros para no dejar escapar un céntimo y otros para encontrar un lugar en el que poder ya sea acoplarse para recibir favores o para pasar un rato de jolgorio y divertimento. Eso sí, al contrario de lo que hizo Joselito el Gallo, sin pretender ni garantizar futuro alguno. Es más, ni ellos se creen que este pueda existir y de ahí su actitud de rapiña sistemática, de expolio de la fiesta, hasta que esta aguante.

Mientras que Joselito pensaba en plazas monumentales con mayor aforo, estos caballeros que ahora hablan de evolución reducen aforos. Mientras Joselito quería hacer llegar la fiesta a todo el mundo y que todo el mundo pudiera ir a las plazas, estos señores quieren convertirlo en algo elitista encareciendo las entradas y les sobran todos aquellos que no comulgan con sus trapicheos. Joselito pensaba en conseguir un toro que favoreciera el lucimiento en el ruedo y estos gerentes, productores y demás tipo de taurinos están más pendientes del negocio hostelero, del  merchandising y de todo lo ajeno a la lidia, a lo que acontece en el ruedo. Se cuenta todavía que Joselito se citaba en la plaza de Madrid con todo aquel que en un momento u otro despuntaba, para así dilucidar quién era el rey de los toreros. ¿Qué les voy a contar? El taurineo presente no solo rehúye de competencias, manteniendo un pacto no escrito de no agresión, sino que la pretensión es fabricar todos los días tardes triunfales a base de jolgorio y una absoluta falta de rigor. Evocando al despotismo ilustrado, es un todo para el pueblo, pero sin el pueblo, que solo tiene derecho a pagar, callar y vocinglear falsas glorias cuando lo mandan los jefes.

Estamos ante dos tipos de evolución, una, la de Joselito el Gallo, dirigida al engrandecimiento de los toros, tanto cuantitativa como cualitativamente. Más gente en los tendidos y un mayor interés de lo sucedido en los ruedos. Y la otra, pues todo lo contrario, hasta el punto de que se quiere no solo huir de la tragedia, como ellos dicen, sino que se quiere hacer desaparecer. Y ojo, que nadie piense que otros estamos desando ser testigos de ninguna tragedia, pero sin que esta planee sobre la fiesta y sin que los toreros la burlen con gloria, esto pierde mucho del sentido de su existencia. En nuestros días se ha querido sustituir la emoción por lo que ellos llaman arte. Que el toreo puede alcanzar altas cotas artísticas, pero esto no es posible todos los días a la misma hora; la consecuencia es que esto que llaman arte no llega ni a ser artesanía de aficionados a esculpir figuritas con miga de pan. Se pretende vestir de evolución a algo que más parece una mutación, si no involución. Llaman evolución al hecho de ir despojando a la fiesta de los elementos fundamentales, el rito, la tradición, la historia, la lidia, la verdad de la lidia y lo que es más determinante, el toro. Llámenlo cómo les parezca, pero no fiesta de los toros, porque la evolución o engrandece o no es evolución.

Enlace programa Tendido de Sol del 19 de enero de 2020:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-19-enero-de-audios-mp3_rf_46707345_1.html

jueves, 7 de diciembre de 2017

Historia de una mesa


Creían en el poderoso influjo de la mesa y resulta que lo sobresaliente estaba en el propietario de esta, en su afición, su idea del toreo y sobre todo en esa cabeza privilegiada, única e irrepetible en la historia del toreo

La historia del toreo está llena de hechos curiosos, sorprendentes coincidencia e hitos que se mantienen en la memoria de los aficionados, por muchos años que hayan pasado y aunque sus protagonistas ya no estén presentes. En estas fechas ha adquirido especial protagonismo una mesa. Otro de los caprichos del mundo del toro en que cualquier objeto, por banal que pueda ser su naturaleza, de repente el destino quiere que se convierta en algo único. Esa mesa quizá no lo sea solo por el nombre de los que en su día la poseyeron, lo que ya será suficiente, sino por haber sido soporte o testigo del transcurrir de la historia. Quizá sobre ese tablero aquel joven maestro, aquel genio del toreo, garabateo y trazó lías proyectando la plaza perfecta, la que debería ser el ideal para el buen trato del toro, de los toreros y, sobre todo, para que allí se pudiera dar la lidia perfecta. Esta llegaría o no, pero las condiciones estaban, nunca mejor dicho, encima de la mesa. Allí, quizá, se establecieron las dimensiones de un ruedo, para que las querencias no viciaran la posibilidad de poder ver al toro en toda su dimensión y quizá sea mucho aventurar, a lo mejor hasta se vio con buenos ojos que hubiera una pendiente en el piso, pero ya digo, que esto es mucho aventurar.

Quizá en esa mesa era dónde se cerraban los contratos que en la plaza de Madrid enfrentaría al Rey de los Toreros con cualquiera que empezara a despuntar, cualquiera al que los aficionados empezaban a ver como el nuevo mandón del toreo. Esa plaza no parecía ejercer ninguna mala influencia sobre su dueño, empujándole a esquivar hasta el ridículo estar en la plaza de Madrid, ante la afición de Madrid, ante ganaderías de compromiso y con el compromiso de codearse con quién pretendiera ser en esto del toro y al tiempo no dejar pasar la ocasión de dejarle claro quién realmente ya era y quién se lo iba a poner muy crudo si alguien que calzara taleguilla quisiera descabalgarle de la posición conquistada. Esa mesa quizá vio cómo nombres de promesas emergentes iban paseando del brazo de su dueño por los contratos que allí posaba la empresa de Madrid. Uno, otro, otro, otro más y hasta aquel que calificaban de revolucionario, que hasta disputó la hegemonía del toreo al Rey, y al que este nunca hizo ascos para alternar cuándo fuera, dónde fuera y las veces que fueran. 

Es posible que sobre esa misma mesa, lo mismo se escribieran las misivas exigiendo corridas de Miura, porque esas las debían matar los mejores, los más capaces, que se esbozaran los planos de una Monumental en Sevilla, que se tomaran notas, ideas sobre cómo mejorar la lidia, cómo mejorar la fiesta, trazando el tipo de toro que permitiera ese toreo en redondo que calaba en los públicos y en los propios toreros, la firma de seis toros de Martínez, el esperar a que se parara al toro para que salieran los montados. ¿Quién nos dice que esa mesa no es en si misma un compendio de torería, de historia del toreo? Pero los tiempos son otros y del maestro indiscutible, la cabeza pensante del toreo, aquella testa privilegiada, hemos pasado a otros modos, a otras intenciones no tan reconfortantes y fructíferas para el aficionado. Allá dónde hubo grandezas, ¿quién nos dice que no se ha pedido que se rectifique a aquel Rey de los torero? Lo mismo en dimensiones de ruedos, que en chepas alisadas, que en negarse a matar nada que puede parecer un toro, que se comporte cómo un toro, que sea encastado cómo un toro y que en definitiva, sea un toro. Puede que sea aquí dónde se veten ganaderías de las llamadas duras, se exijan otras de las denominadas comerciales y hasta se establezcan estrategias para manejar el cotarro las mañanas de apartado, cuándo no se cumplan los caprichos sin sentido de quién se piensa maestro.

Más bien parece que la mesa que en su día soportó los papeles que generaba una leyenda, ahora solo sirve para que un personaje excéntrico diseñe su nuevo disfraz de lince, de cigüeña o de pollino de Sierra Morena; quizá allí sea dónde se planeen chiquilladas de niño travieso, pero que muchos aplaudirán cómo genialidades. Y cómo las genialidades se supone que son exclusivas de los genios, hasta se atreven a querernos hacer creer que tal personaje lo es. Que se entiende esa necesidad de algunos de tener siempre un ídolo ante el que postrarse, pero entiendan que a veces resulta complicado, porque el supuesto genio lo pone muy difícil, tomarse en serio todo este numerito de varietes. La única diferencia es que la vedette no bajará la escalinata zarandeando esbelto plumaje, sino que lo mismo hoy se sienta en ese añejo escritorio para redactar una retirada que nadie creyó, que para exigir firmar allí mismo su vuelta a Sevilla, allá para San Miguel. Que igual nos cuentan que es con el afán de iniciar ahí su temporada, que por muy optimista que se sea, a todo lo más que llega es a esta, la de San Miguel, el Pilar, la feria de Otoño de Madrid y la feria de Jaén. ¡Un temporadón! Aplaudan los que quieran aplaudir, muestren su desacuerdo los que no quieran almorzar ruedas de molino, aquí solo hemos querido contar lo que sobre aquel tablero ocurrió un día, esto no es más que la historia de una mesa.

Enlace programa Tendido de Sol del 3 de diciembre de 2017:

jueves, 24 de abril de 2014

Joselito, Belmonte, el Juli, Morante, la Chata, doña Esperanza Aguirre y la madre que parió a Panete

¿Estaría conforme Joselito con las comparaciones a las que ahora se ve sometido?


A ver por donde empiezo sin que me enrede a la tercera línea; y es que servidor lleva unos días que ya sin escribir se enreda solo y luego necesita el auxilio social de voluntarios y buenos samaritanos para que me deslíen y me pongan cada cosa en su sitio, quitar el brazo derecho del ojo izquierdo y ponerlo en su sitio, no sin antes quitar de ahí la pierna izquierda, que no puede recolocarse sin que se desenganche el brazo izquierdo, ya que en su sitio esta otra pierna izquierda, ¿o es la derecha? No sé, va a haber que empezar otra vez. El brazo derecho…

Perdonen mi desorientación, pero es que no hay manera, fue escuchar eso de que El Juli es poco menos que la reencarnación de Joselito y Belmonte, que no digo yo que no, pero tampoco digo que sí, y se me hizo un nudo todo mi ser. De Joselito tiene el querer mandar en la Fiesta, pero muy a su pesar, se limita solo en manejar en beneficio propio, huyendo de lo que es la verdad del Toreo, de la torería del que se viste de luces y de la vergüenza torera del que se atreve a enfundarse el vestido de torear. Si será osado su afán de manejo, que al no conseguir alcanzar esa autoridad que conquistan los más grandes, pretende adueñarse de la ganada con honra por dos de los pilares sobre los que se edificó la Tauromaquia moderna, sin tan siquiera plantearse si, además de hacer el ridículo, estaba profanando el mausoleo del Toreo. Qué más da, todo con tal de ganar adeptos a su fe, que como todas, exige ceguera y creencia sin reparos de los dogmas que dicha fe impone. Pero lo que igual no acaba de entender es que con estas salidas de tono, al aficionado le hace encastillarse más en su postura, quizá intransigente para unos, pero para otros no es más que la fidelidad a los principios del Toreo que fue mamando desde niño a la sombra de sus maestros.

Resulta chocante, quizá demasiado burlesco el ver como estas figuras, estas pretendidas reencarnaciones de Joselito y Belmonte, se devanan los sesos para elevar a la categoría de idea magistral y transcendental, las simples ocurrencias de una tarde de botellón, jaleadas por esos incondicionales del maestro, siempre y cuando el maestro les “obsequie” con un “gesto” que premie su servilismo. Que la torería no reside en el saber estar delante de un toro, ni mucho menos, la torería es llegar a la plaza subido en un coche de los años veinte del siglo pasado, en fumarse un puro entre toro y toro, justo cuando los compañeros andan faenando con su lote, en tomarse un cafelito, por aquello de calentar el buche. Y qué me dicen de eso de llevar cada uno sus toros, sin necesidad de sorteo, ni na’ de na’, o anunciarse en una plaza de primera sin que se le diga a los señores aficionados la ganadería que va a ser lidiada. ¿Es eso torería? ¿Es eso emular y no faltarle al respeto a la memoria de José y Juan? Pues parece ser que sí, que hasta los profesionales de la pluma le quitan importancia a eso de callarse el hierro a lidiar, total, ¿qué más da? Si lo importante son las figuras, que irán en automóvil de hace casi cien años. Luego ya pueden salir cabras montesas desaliñadas, que si el artista pega una media de esas hipnotizadoras, cualquier engaño está más que justificado.

No sé dónde vamos a ir a parar, pero yo me pregunto, ¿nadie se sonroja con estos derroches de falta de respeto, bravuconería pandillera y desprecio por el rito? Parece ser que no. Que yo no digo que un señor periodista, uno de esos que tanto hacen por su fiesta, la de los billetes y privilegios a cambio de vaya usted a saber qué, no pueda declarar sus amores taurinos; eso es muy digno y muy respetable, por supuesto, pero hay una frontera que no se debería traspasar, la de la dignidad de este espectáculo y por supuesto, la del toro, el único imprescindible en todo esto y que puede poner el mundo patas arriba. Que luego vendrán esos acomodados o los que mendigan un lugar en  el taurinismo y dirán que posiciones como estas pretenden que se acaben los toros, que somos el gran problema y mucho peores que los antitaurinos. Pero tranquilos, no hombre, no sean ustedes tan simples y maniqueístas, no vean en nosotros una amenaza para la continuidad de la Tauromaquia, y perdón por atreverme a incluirme en este grupo que quiere que la Fiesta recupere su esencia y los fundamentos clásicos. Eso sí, tengan por seguro que lo que sí queremos que se derrumbe, y por ello lucharemos aunque les escueza más que el vinagre en un ojo, es su negocio, esta infamia que se han preparado con tanto descaro y que pretenden perpetuar por los siglos de los siglos. ¿Qué se les acaba el chanchulleo? Pues lo sentimos mucho, ¿qué se le va a hacer? Que igual echan ustedes de menos ese compadreo untuoso y apestoso, pero hace falta que corra el aire puro en el mundo del toro. Lo que son las cosas, tanto los taurinos, como Julián y Morante coinciden con José y Juan en su idea de perpetuar y engrandecer una idea. Estos, especialmente José, vivía en una continua búsqueda por la mejora y acercamiento del espectáculo a la mayor cantidad de gente. Belmonte aceptaba lo dispuesto por José y no volvía la cara ante los compromisos que el momento exigía. Aquellos, los que soportamos mientras nos tapamos la nariz, lo único que quieren perpetuar es su negocio, mientras ellos estén dentro de él, lo que venga detrás ya no es cosa suya. Comodidad al precio que sea, aunque para ello haya que vender el alma al diablo.


Pero que nadie se piense que los “arrimaos” terminan con esta panda de taurinos y aspirantes, ni mucho menos, siempre nos encontraremos con el político aprovechado que eche su cuarto a espadas para sacar tajada a cuenta de los Toros. Y en esto que va doña esperanza Aguirre, la otrora lideresa, y como resulta que la Fiesta no tiene suficientes detractores, ni gente que no sabe de que va esto pero que a poquito que les meneemos se nos ponen en contra, va  y suelta eso de que el que va contra los Toros lo hace porque quiere atacar las esencias y la identidad española, y por si no fuera suficiente, que representa la identidad propia de lo español. Demasiado simplismo, ¿no? Doña Esperanza se arremanga la mantilla y como si fuera la Chata, la Infanta doña Isabel de Borbón, se erige en campeona del casticismo más rancio y astracanado, como si anduviéramos allá en los años veinte, en la época del coche con el que los dos maestros se presentaron a las puertas de la Malagueta. No se puede negar la maniobra política de los políticos catalanes a la hora de vetar las corridas de toros en Cataluña, ni que el toro es uno de los símbolos más reconocibles de nuestra cultura, pero no hagamos una bandera exclusiva de ello, entre otras cosas, porque dicho acerbo cultural y las tradiciones de esta península son mucho más que solo esto. Pero ya sabemos que esto enerva a las masas y se las puede manejar como arma arrojadiza contra el oponente político, sin que importe que ocurre después con el Toreo, porque para entonces ya habrán pasado elecciones, disputas políticas o situaciones que se pretende que pasen lo más desapercibidas que se pueda. La Chata se presentaba una tarde en los Toros en la plaza de la Carretera de Aragón, en la de San Sebastián o en la Pradera de San Isidro y ya se tenía ganado el favor del pueblo, hasta tal punto que hasta los republicanos la eximían de tener que marcharse al exilio. Igual que doña Esperanza, que de repente decidió declarar los Toros Bien de Interés Cultural en la Comunidad de Madrid, mientras por otro lado permitía y auspiciaba los abusos de Taurodelta, temporada tras temporada. Y que no se me enfaden los simpatizantes del partido de doña Esperanza; quizá se quedarían más satisfechos si les pegara un buen palo a sus oponentes políticos, que ya me gustaría, pero de momento ya saben que ni están, ni se les espera en esto del toro. Quizá cuando se quiten ese complejo absurdo de que los progresistas no pueden ser aficionados al toro. Allá ellos. Igual es verdad para los políticos que no se quieren bajar de la silla, pero como en tantas cosas, el pueblo, nosotros, llevamos las aficiones como mayor naturalidad y, será porque hacemos las cosas guiados por nuestra conciencia, no tenemos que andar constantemente con absurdas componendas, que al fin y al cabo, no es otra cosa que vivir zambullidos en la mentira y ya se sabe, en la vida y en el Toro, las mentiras no llevan a ningún sitio.

lunes, 17 de mayo de 2010

Joselito, a los noventa años


Estaba tentado y lo he meditado mucho el hacer una referencia al aniversario de Joselito en la entrada de la corrida en que se conmemoró este hecho, pero creo que el recuerdo al maestro de Gelves, el verdadero maestro del toreo, merece un capítulo aparte.

Belmonte cambió el toreo y Joselito la fiesta. Cambió el tipo de toro, la lidia y hasta concibió cómo debía ser la plaza perfecta, que cosas de la vida, él nunca vio en pie, la plaza de Madrid. Y aquí en Madrid se guarda año tras año, un respetuoso minuto de silencio, tal y como dicen por megafonía, por el Matador de Toros, José Gómez Ortega, Joselito. Lo rotundo que era el término y lo vacío que se ha quedado. Tan vacío como tantas cosas en el toreo actual Evidentemente existe una gran distancia entre el mundo de ahora y aquel en que Joselito perdió la vida y conceptos de entonces no son aplicables al siglo XXI, pero lo más eterno y lo más clásico es el más despreciado por los coletudos de ahora, la torería.

Lo habitual es quedarse con lo superficial, lo anecdótico, y como torería muchos identifican la chulería, la arrogancia y la soberbia. En cambio desprecian el conocimiento de la lidia, la correcta ejecución de las suertes, y el orgullo de enfrentarse a todas las ganaderías, el poder con ese toro y el querer ser el mejor en el ruedo. Algo muy alejado de lo que nos toca vivir, donde el orgullo es no haber tenido que enfrentarse nunca a tal o cual hierro, se desentienden de la lidia y sólo esperan el momento de coger la muleta, no hacen el toreo de verdad porque es de locos o suicidas y si tienen que vetar a un compañero o pueden evitar encontrárselo en una plaza, pues lo evitan. Y que cada uno saque sus propias conclusiones.
El año próximo se volverá a guardar otro minuto de silencio, volverá a haber quien diga que quién era ese, volverá a haber quien piense que para qué, si ya son 91 años y habrá quien piense que en cada conmemoración estamos un año más lejos de la verdad del toreo. José Gómez Ortega, Joselito, noventa años después, D.E.P.

sábado, 27 de junio de 2009

Todo tenía un motivo



Eso es lo que siempre me ha llamado la atención al ver estas películas antiguas. Porque aparte de quedar maravillado al poder ver a Joselito toreando, o a Vicente Pastor y a Gaona saludando a la cámara, o a Belmonte enroscándose un toro en la cadera, uno se puede dar cuenta de que cada pase, cada lance buscaban un propósito: poder al toro. Todo se hacía con torería, hacer un quite para sacar al toro del caballo, para alejarlo de éste o simplemente para evitar ser cogido. Y en todo momento de la lidia se ve como todos los toreros estaban pendientes de la lidia. Algo que contrasta con la actitud generalizada de la torería actual. Por lo que se puede ver en estas imágenes de principios del siglo XX, pocos serían a los que había que recordarle eso de “a tu sitio”. Parecería impensable eso de lo que muchos aficionados nos quejamos cuando surge el percance y es la excesiva tardanza de maestros y peonaje para hacer un quite. Aparte de mayores conocimientos de la lidia y del toro, quizás también había mayores dosis de afición; pero afición a la fiesta, afición a esto que llamamos fiesta de los toros, no afición a las orejas y a las puertas grandes. A propósito, hasta esto es diferente y si no, sólo hay que ver como salían antes los toreros a hombros.