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viernes, 10 de junio de 2016

La Voz y Got Talent en mi San Isidro particular. Muchas gracias

El primero que me abandonó, un amigo se enamoró de él. No podía estar en mejores manos


¿Quién no ha visto alguna vez uno de esos programas en los que se presentan soñadores a mostrar lo que hacen? Ellos cantan desde siempre, bailan, hacen juegos malabares, pero nunca se habrían imaginado que su habilidad, su arte, pudieran provocar alguna sensación en los demás. Y van allí, se suben en el escenario, disfrutan con lo que llevan haciendo desde siempre y se encuentran con que hay quién se emociona, quién se estremece, quién se acerca y les dice que les gusta y hasta que pagarían una entrada por verle gozar de su pasión. ¡Qué grande es la gente! ¡Cuánta generosidad!

Pues hay quién empezaba la feria de San Isidro por un lado expectante por lo nuevo que se avecinaba, por tener el compromiso, el hermoso compromiso de poder mostrar su trabajo en su plaza, en la sala Antoñete, en Madrid, en Las Ventas, pero al mismo tiempo había que compaginar esto con ese deseo de dejar en su blog, cómo vio el festejo de cada día. Que lo extraordinario no eclipse lo ordinario. No creo que hayan tenido que consultar los casos de Holmes o Poirot para llegar a la conclusión de que estoy contando mis vivencias este San Isidro. ¿Y porque lo hago de esta manera y dedicándole una entrada a algo tan personal? Pues porque ustedes con sus apoyos, con sus visitas, con sus comentarios con sus saludos y sobre todo, con su presencia, han hecho que me vea superado, ampliamente superado, mucho más allá de lo imaginable. Y quiero darles las gracias especialmente. Necesitaría mucho tiempo y muchas letras para poder conseguir transmitir todo lo recibido y responder en la medida justa y merecida.

Desde la primera de feria pude comprobar cómo las cifras de visitas subían al cielo. Pensé que podía ser cosa de un hacker, de que se me había colado una palabra que desviara a los buscadores de internet hacia este Toros Grada Seis”, pero claro, si la cosa se repetía y si además lo hacía a partir de publicar mis escritos, porque no me atrevo a llamarlo crónicas, a uno ya le hacía pensar en otras cosas. En unos casos coincidían con mi punto de vista y en otros, afortunadamente, no, pero siempre, siempre, tanto en el desacuerdo, como en la discrepancia, el respeto era extremo. No solo no podía sentirme ofendido por las divergencias, sino que me sentía halagado. Que anda que no ha habido días en los que se ha podido esperar en el polo opuesto, Ureña, Mora, los Saltillo, los Victorinos... Pero siempre ese cariño. No se puede pedir más. Porque lo de un cheque con muchos ceros, eso mejor me lo evito, ¿no? Eso no tendría buena acogida, ¿verdad? Bueno, seguro que eso no me daría la felicidad completa y si no, que le pregunten a Tita Cervera. Esa sí que me quita el sueño con lo masl que lo está pasando forrada de millones.


Pero claro, aparte de el devenir cotidiano de mi grada, se unía mi exposición. Ya desde el primer momento en el que se confirmó el hecho y pude anunciarlo, las muestras de cariño y apoyo fueron increíbles y se mantuvieron hasta el momento de la inauguración. Perdónenme ustedes y no crean que les infravaloraba, pero uno no estaba preparado para ciertas cosas, en el curso de “¿Cómo recibir los halagos y el cariño de los demás?” me lo convalidaron porque el monitor era un tío salado y le hizo gracia que hiciera “novillos” para irme a los toros. Al fin colgué los cuadros, toda mi obra estaba en las paredes de mi plaza. Allí, con mi Pepe, que para recibir igual se pierde, pero que para dar siempre es el primero, los dos podíamos contemplar algo que hace un tiempo no habría sido ni una opción posible. El madrugón había merecido la pena. Y a partir de ahí, un aluvión de sensaciones de muestras de cariño, de mucho afecto, con los que se acercaban por la sala y los que aún sin estar allí, estaban presentes. No se imaginan cuántos de los ausentes estaban presentes. Permítanme que ponga primero a mi padre, que nada imaginaba de todo esto, ni de mis escritos, no de exposiciones, ni de nada, cuando hace ya unos cuántos años se tuvo que marchar, con un único fracaso en su vida, el que el que ahora escribe esto no fuera de aprender todo lo que él enseñaba. Mi padre y luego tantos y tantos, mi Manolo Troya, mi Haroldo, los que están allá al otro lado del mar y a los que quité horas de conversación por horas de pincel, los que no viven en Madrid y que siempre están ahí cuando creen que se les necesita. Los que fueron testigos del proceso de creación, los que confiaron, incluso más que yo, los que se pararon a contemplar a mis niños, pues así los considero, los que se emocionaron, los que se recrearon, los que querían mostrarme agradecimiento, como si fuera el mundo al revés, agradecimiento por mis escritos y mis pinturas. Quién movió los hilos para que fuera todo eso posible, los que son familia sin serlo, la gente de mi tierra, los de la tierra de al lado, hasta las cámaras de algunas teles, ese hijo que se salta unas clases para sorprender a su padre, la mamá, ¡Ay la mamá!, la pequeña respondona. Han sido muchos, amigos, conocidos, desconocidos, que con tanta generosidad se acercaron a esa sala y que me regalaron unos momentos de charla, los que también han hecho hueco en sus casas para colgar en el salón una parte mía. A todos, a todos, muchas, muchas, muchas gracias. Perdonen que no pueda estar a su altura, pero es que no se me ocurre más. Yo iba solo a mostrar lo que tengo en ese escenario imaginario y ustedes han llenado de alegría el teatro y han hecho que pueda entender un poco mejor a los que se presentan a  La Voz y Got Talent en mi San Isidro particular. Muchas gracias.

lunes, 6 de junio de 2016

¡Familia! He vuelto

Pues eran de Miura, pero...


Soy yo, he vuelto, ya estoy aquí, ya no me volveré a marchar, salvo los domingos y el próximo mes de mayo, aparte de la Feria de Otoño, los domingos que haya fútbol, los días entre semana que haya liga, Copa o Champions, cuando me junte con los amigos a hablar de toros, cuando vaya a tertulias taurinas, lo de la radio, las escapadas al campo, el... pero, ¡He vueltooo! Que pena no tener perro, con lo contentos que se ponen cuando vuelves a casa. Vaya estirón que han pegado los niños, anda al final la obra de la cocina ha quedado muy bien, al final acabaron las obras de la calle y aquí han abierto una tienda de los chinos nueva... Cómo cambia la vida en un mes de toros, treinta días que a veces parecían una eternidad, las penalidades de tener que soportar el fraude, el medio toro, las figuritas de porcelana, los transeúntes devoradores de pipas y yintonises, los jaleadores profesionales sacudidores de pañuelos y esas proclamas insultantes de los francotiradores de los micrófonos, que tiran sin compasión a todo lo que no les origine un beneficio o a lo que pueda descubrir esta trama antitaurina desde dentro.

Tarde de Miuras, que salieron cómo salieron pero que dan valor a todo lo que se hace ante ellos. Valor tuvo lo de Rafaelillo, de quién hace unos días decía de su afán de malear los toros para convertirlos en malajes, para tirar después de arrimón, sesión vespertina de Gladiator y a arrancar aplausos generosos, pero tengo que confesar que desde el principio pareció querer intentar otra cosa. ¡Muchas gracias y enhorabuena! No quiere decir que lograra hacer el toreo, pero las intenciones fueron otras. Por ser devuelto su primero, que perdía las manos una y otra vez, corrió el turno e hizo salir de primeras al que iba a ser el cuarto. Empezó dándole un puñado de capotazos, pero en seguida se dio la vuelta y fue cediendo terreno hacia los medios. Mi pregunta es la de siempre: ¿no puede hacer eso mismo un peón? El animal apretaba y le respondía con trapazos. Bien puesto en suerte, empujó con fijeza, pero con más ganas por el pitón izquierdo. Repitió en la segunda vara, mientas le tapaban la salida, picándole trasero. Mucho capotazo, apretaba por ese mismo pitón izquierdo, pero aún mostraba más peligro por el derecho, haciendo hilo con los banderilleros, de los cuales José Mora se salvó de una cornada fea, cuando quedó en tierra de nadie, a mitad de camino entre dos burladeros, haciendo por él el Miura y empalándolo contra las tablas. Toda la faena la basó el murciano por el menos malo lado izquierdo, con naturales bastos, pero aguantando la embestida, en línea recta, y teniendo que corregir terrenos a cada muletazo, lo que no conseguía con la muleta, tenía que hacerlo con las piernas. El toro exigía una atención absoluta, pues al menor fallo podía ser complicado. Le costó mucho cuadrar al toro, al que había que entrar a matar por el dificilísimo pitón derecho. Al menos Rafaelillo quiso estar, aguantó sin malear al animal y quizá eso fuera parte de la fórmula para haber podido salir con bien del envite. Su segundo fue un sobrero de Valdefresno, de seis años en noviembre, con aspecto de buey y muy basto. Le costaba moverse a tal ejemplar, que tenía que arrastrar demasiados kilos. Peleo medianamente regular en el primer puyazo, para derrumbarse en el segundo. En la muleta empezó con un molesto calamocheo, el matador no paraba quieto y aunque por momentos, si le corría la mano, el animal parecía ir, la verdad es que tampoco tenía demasiado que ofrecer.

Javier Castaño fue recibido por el público de Madrid con mucho cariño tras haber superado el matador las dificultades de todos conocidas. Salió el segundo de la tarde estampándose contra las tablas, muy corretón por todo el ruedo, ya en el caballo se retuvo al notar el palo, para continuar soltando derrotes desaforadamente. En la segunda se defendió también mucho, no siendo casi picado. En los comienzos del trasteo permitió Castaño que le tocara demasiado las telas, lo que no ayudaba a mitigar el molesto calamocheo. El toro empezó muy pronto a defenderse, a quedarse a medio pase y a echar la cara arriba. Por el pitón izquierdo hasta parecía que iba más largo, pero también encerraba mayor peligro por ese lado. concluyendo con un mitin con los aceros por parte del salmantino. Al segundo, que salió un tanto pegajoso, le veroniqueó de forma arrebatada. Poco castigo en el caballo, derrumbándose debajo del peto. En banderillas Fernando Sánchezle aguantó mucho, pero clavó malo, demasiado a toro pasado, aunque le hizo saludar el respetable. Mientras el Miura se retorcía al sentir los palos. Enganchones y mano levantada, lo que complicaba aún más las cosas para estar ahí. Sin fuerzas, se fue quedando y precisamente por esta circunstancia, se iba tornando peligroso. Arrimón sin venir a cuento y punto.


Allá aparecía Pérez Mota, al que no le debieron encontrar otra corrida más cómoda. Mucho mantazo y carreras de salida, un primer puyazo que se dejó sin más el de Miura, un segundo arrancándose de muy mala forma, señalada. Reservón en la muleta, esperaba y tiraba el derrote, realmente no tenía un pase, era para aviarlo y a otra cosa, enganchones y el toro haciendo hilo constantemente y gazapeando, muy incómodo, pero tampoco era para el bajonazo peor que infame. El sexto acudió, por una vez y sin que sirva de precedente, tres veces al caballo, arrancándose con alegría, tardeando demasiado en la tercera vara, cada vez a mayor distancia. Pelea más que discreta en el primer encuentro, para recibir un picotazo en los otros dos. El picador movió el caballo bien, pero lo de clavar fue un calvario, no atinó ni una. Comenzó galopando en busca de la muleta, le acortó Pérez Mota el viaje, que daba muestras de no poder con el toro, que aún no siendo un marrajo, tenía bastante que torear y no acabó de entregarse en ningún momento. Y así se terminaba la feria del Santo por este año. Los habrá muy felices, pero no nos engañemos, dejando de lado los despojos, esto va de mal en peor y lo que debería ser lo habitual, ha pasado a ser lo extraordinario y si seguimos por este camino, al final se va a ovacionar y dar trofeos, porque el matador de turno se vista de luces. Y lo que me recuerda a mí esta deriva a la que en su momento tomó el toreo a caballo. Pero como todo tiene su parte buena, ya terminado todo, ya puedo volver con los míos a pasar las tardes en el calor del hogar y vale que no tengo perro, pero a uno también le gusta que le esperen y decir eso de: ¡Familia! He vuelto.

Enlace Tendido de Sol del 6 de junio de 2016:

sábado, 4 de junio de 2016

Ya nada es lo que era y los Victorinos mucho más

Cuándo le hablaron de que él y Rey Mago habían sido dibujados, preguntó: ¿Se puede ver? Y lo vió


Desde hace tiempo hay una duda que me ronda. Siempre se dice que hay que adaptarse a los tiempos, que ese es un signo de inteligencia y además es la mejor garantía para subsistir, y la duda que me ronda es saber si el hierro de Victorino Martín se ha adaptado a los tiempos o si desde hace ya muchos años, desde aquellos tiempos en los que el ganadero de Galapagar dejó incluso de venir a Madrid dos años seguidos, si a partir de entonces intentó adaptar la realidad de la fiesta a sus circunstancias particulares. Era cuando de repente nos empezó a contar que el toro tenía que ser mucho más chico, que era lo ideal para la tauromaquia, justo cuando sus pupilos empezaron a lucir como cabras escuchimizadas. Y a partir de entonces pasó de lidiar solo en plazas de primera y esporádicamente en otras de inferior categoría, a anunciarse hasta en las capeas de empresa. De matarla un tipo de torero muy específico de los que Ruiz Miguel era el paradigma, a que se apuntara a ella hasta el Pichinchi de Torralba de los Montes. Era un toro duro, encastado, con complicaciones, que de vez en cuando embestía haciendo surcos en la arena con el hocico, pero siempre exigente. Y a día de hoy nos encontramos con corridas como la que ha echado en esta feria de San Isidro, que si nos dicen que son de origen Juan Pedro o Núñez, nos lo tragamos como parvulitos. A buenas horas iban a permitir aquellos Albaserradas que el matador se les colocara de mala manera o que le ofrecieran la muleta al bies, porque el osado que se atreviera a tal sacrilegio podía acabar por los aires.

Y qué decir cuando en los carteles asomaba el nombre de Uceda Leal; el aficionado se animaba a ir a la plaza, porque se podía ver torear con pureza y gusto y ejecutar la suerte suprema con toda la verdad del momento supremo. O los días en los que El Cid ponía el “No hay billetes” y los reventas te compraban la entrada alejados de las inmediaciones de la plaza, para después ellos revenderla a precio de oro. Y qué me dicen cuando aún pensábamos que Abellán era un prometedor valor de la tauromaquia al que no había que perder el ojo. Pues ahora, si quieren, les cuento cómo he visto la antepenúltima de este San Isidro 2016.

Lo de Uceda Leal está entre muy complicado de definir o muy fácil, todo depende si el intento es desde el punto de vista racional o el emocional. En el primer caso se puede hablar de falta de sitio, poca capacidad lidiadora y no encontrase a gusto con su lote. ¿Bien? Pues lo emocional diría que le ha echado un descaro de impresión y que la desvergüenza se ha hecho dueña de él. Al primer Victorino tras estamparse contra las tablas, les recibió con tibios capotazos enganchados, intentando quitárselo de encima de la mejor manera posible. Dos puyazos traserísimos, tapándole la salida, mientras el animal se empleaba con ímpetu, con el picador saliéndose a los medios para dar leña a placer. En este caso no se justificaba eso de rebasar la raya del tercio. El caos en el ruedo era absoluto. Tomó Uceda la muleta y quizá ya tenía la idea en la cabeza de que el toro tenía una nube en un ojo, que estaba quizá reparado de la vista, lo mismo sintió que estaba capeado, total, que tras pasarle por abajo sobre las piernas y sentir un arreón por el pitón izquierdo, se fue a por la espada y aquí paz y después gloria.

En su segundo, la gente no se puede decir que estuviera muy a favor, incluso le protestaron el que entrara en quites en el toro de El Cid, ignorando que es su derecho y obligación, pero ya saben, cuando el público se emperejila con uno, no le pasa una. El cuarto salió derrumbándose sobre la arena. Se le picó poco y mal, mucho capotazo innecesario, el animal se defendía en el peto tirando derrotes a la guata. Muletazos por abajo, carreras y más carreras y Uceda como loco por quitarse del medio, pero había que hacer el paripé, Aburrido, sin ganas, perdiendo el tiempo, hasta que le debieron avisar que a partir de cinco minutos de rondar por ahí, ya no te pitan. Y así, de esta forma tan penosa inició y concluyó Uceda Leal su presencia en esta feria de Madrid. Con un “chimpúm” sonoro, pero desafinado.

Volvía Miguel Abellán, del que algunos ya ni nos acordábamos, pero aquí estaba, si señor, quizá sentía que le quedaban muchos capotazos con el pasito atrás por dar. Y a fe que los dio. Ni para poner el toro al caballo tuvo tino. El de Victorino acudió al paso, se le pegó en la primera vara y en la segunda cabeceaba cuando le apretaban con el palo. ¿Había fútbol o algo después de la corrida? ¿No? Pues lo parecía, porque el señor Polo cambió el segundo tercio con tres palos y pensamos que habría quedado o algo así. Mira si no le podía haber hecho el día un compañero sin tanta urgencia. Luego Abellán, que lucía un novedoso terno blanco y plata, se hartó y hartó al personal de trapazos con ambas manos, abusando de pico, retorcido, echando el toro fuera, citando muy fuera, carreritas para recuperar el sitio, muleta retrasada, alargando el brazo y largando tela, con el peligro añadido de que el Victorino se colaba yéndose al hueco que quedaba entre la muleta y el bulto. Una faena vulgar, que el toro no merecía, al menos se le podía haber intentado hacer el toreo.

El quinto, muy rebrincado de salida, obligó o quizá no tanto, a Abellán a darse la vuelta para después ir cediendo terreno hacia los medios. Lo dejó en el caballo a su aire, para que, tapándole la salida, le dieran los justo, sin excesos. En el segundo puyazo, al que fue al paso, ya le castigaron con más empeño. En la faena de muleta una repetición de lo de siempre, de inicio, tras unos latigazos destemplados mandó a l de Victorino dos veces a medir el suelo. Lo siguiente fue una cadena de retorcimientos, pico, tirones, falta de temple, desarmes, sin mando ninguno, mientras el animalito, como diría mi compañero de grada un novillo serio, seguía la muleta incansablemente. Los que nos cansábamos éramos los que cubríamos la piedra con la esperanza de ver, aunque solo fuera por un instante, hacer el toreo.

Ya no sorprende a nadie que El Cid lleva años perdido, ya demasiados, pero nadie le puede negar ese afán por salir de ahí, por volver a vivir aquellos triunfos tan rotundos de otras tardes. Lo que no sabemos es si eso es posible y si el camino elegido es el idóneo; él sabrá mejor que nadie las vías, pero quizá modernidad, alivio, toreo y pureza puede ser que no casen demasiado bien. En el tercero, su primero, le jalearon unas verónicas enmendadas y otras menos profundas a pies juntos, pero ya se sabe que esto de los pies juntos resulta muy efectivo, curiosamente, a veces hasta más que cargar la suerte, embarcar al toro y metido en la tela llevarle hasta rematar el lance. Pero esto ya son cosas mías que a nadie interesan. Sin poner al toro en suerte, este empujó con fijeza, tapándole la salida. Un segundo encuentro desde más distancia, el de Victorino se arrancó para recibir un picotazo. Tras los primeros compases de la faena de muleta en los que el toro le sorprendía con  sus arrancadas, citó de lejos para dar medios pases desajustados, seguidos de continuas carreras para recuperar el sitio. Mucho pico, siempre sin rematar los muletazos, siempre citando desde fuera, despegadito y en un momento de duda el toro se le echó encima, afortunadamente sin consecuencias. El toro seguía la muleta una y otra vez, repetía, pero El de Salteras no lo vio o quizá si lo vio, sería que la mano y el corazón no obedecían lo que su cabeza imaginaba para volver a ser El Cid.


En el sexto no fue capaz de quedarse quieto en el recibo, dejó que se pegara al toro en el caballo, el animal se repuchaba y peleaba especialmente por el pitón derecho. En la segunda vara, al paso, cumplió sin más. Molestaba el viento para manejar la muleta. Trapazos sin temple con la izquierda y el de Victorino perdiendo las manos, naturales sin parar quieto ni tan siquiera cuando pasaba el toro, pero aún así, había quien se los jaleaba; ¡cuántas ganas hay de que vuelva! Tanto era el hueco entre la tela y el bulto al meter el pico y estirar el brazo, que el animal se iba por allí. Él seguía a todo lo que le pusieran por delante, la cuestión era cómo y dónde se lo ponían y la velocidad y trayecto por dónde lo movían, eso era otro cantar. Visto lo visto, El Cid mueve las telas, pero por caminos muy alejados por los que las mecía cuando era un torero de Madrid, cuando toda la plaza empujaba con él la espada que certificaba triunfos y salidas por la Puerta de Madrid, pero ahora él tampoco empuja. Se fue una corrida para que los tres toreros hubieran demostrado que quieren y que pueden. Y Madrid esperando ver toreros, que como dicen malintencionadamente, Madrid espera a los toreros, claro que sí, que no para ajusticiarlos, sino para ver sus triunfos. Queremos ver a todos, a pesar de la empresa que por los motivos que sean, a veces nos impide ver a algunos. Nos quitó la posibilidad de ver como un matador veterano confirmaba su máxima ilusión de torear en las Ventas, ya no será posible, y seguro que él, el Pana, se estará lamentando, allá donde esté, por no habernos podido mostrar su genialidad en nuestra plaza. Rodolfo, descansa en paz.

viernes, 3 de junio de 2016

Vamos a llevarnos bien

Cuando están enchiquerados no se sabe lo que llevan dentro, lo peor es cuando son arrastrados y no nos lo han dejado ver


Vaya que no se esperaba la corrida de Cuadri, muchos aficionados la tenían marcada con un círculo rojo para no perdérsela. Si hasta los hay que se trasladan de fuera de Madrid al foro para verla in situ, pero... El resultado fue decepcionante, una corrida que no respondió a las ilusiones de tantos, toros sosos, parados, como si aquello no fuera con ellos, pero, lo que es el toro bravo, aparentando en muchas fases que estaban por encima de todo aquello. Una corrida que pasadas las horas, a algunos nos tiene con la mosca detrás de la oreja. Los que desde luego no estuvieron a la altura fueron los tres espadas, programados con el chip de la modernidad del pase, pase y pase, sin pararse en ver lo que tienen delante. Y es que si la norma y costumbre es que yo me pongo por ahí, voy dejando pasar los dos primeros tercios a la buena de Dios y luego en el último engancho la muleta y me lío a dar trapazos que la parentela me jalea, pues mal vamos. Si no caemos en la cuenta de que a estos toros hay que darles una lidia muy meticulosa, meterse con ellos y hacerles reaccionar, que hay que ponerlos en el caballo en el sitio, no diez metros más allá o más acá picarles en lo alto, que los capotes no pueden andar volando por los aires, que hay que hacerles que se sientan sometidos, entonces no vamos ni a la vuelta de la esquina. Pensando, pensando, hasta he llegado a pensar que quizá lo que los matadores no querían era despertar a la fiera, no fuera a ser que entonces tuvieran que emplearse a fondo, sobre todo cuando el fondo de algunos estaba muy poco profundo. Porque díganme ustedes cómo se justifica la presencia de Luis Miguel Encabo, perdido, perdidísimo y falto de recursos, sin parecer que pudiera ver algo claro en el ruedo. Tan poco comprensible como esta es la inclusión de Fernando Robleño, que tras aquel fracaso con aquel castaño de este mismo hierro, no se entiende a qué vuelve. Y Rubén Pinar, que no solo no se entiende el que se le ponga con los Cuadri, no se entiende el que esté en una feria de San Isidro, pero bueno, como a tantos y tantos y tantos ejemplos, aún más sangrantes, que tanto nos han encabritado.

La cosa recordaba a eso del fútbol cuando un equipo modesto se enfrenta a uno de los dos poderosos, que si le marcan en los primeros diez minutos, acaban llevándose media docena, como poco, así que intentan contemporizar con el empate hasta dónde les den las fuerzas. Pues bien, los tres espadas aguantaron con el casillero a cero, pero ellos tampoco marcaron, pero ni tan siquiera el gol del cojo. Solo sacaron las uñas cuando un señor saltó al ruedo a estirar las piernas, aunque les costó reaccionar. Si les costaría, que llegó antes el caballero del traje, con una furia desmedida y desproporcionada, aparte de fuera de lugar, pues él nada pintaba en el ruedo y menos en esa actitud de macarra. Que no nos gustan esos caballeretes que nos quieren hacer pasar por salvajes e inhumanos, claro que no, pero tampoco les demos razones, que no la razón. A ver si los “profesionales”, que esto está ya lleno de profesionales, se enteran de que el ruedo no se pisa, que no lo puede pisar ni la fuerza pública, que allí solo de luces, los monos, areneros, mulilleros y el que pinta las rayas. Para colmo en la grada unos jóvenes impetuosos recordando la supuesta condición de la madre del intruso. ¿No se habrían dado cuenta de que estaban en una plaza de toros? ¿No sabrían de las normas no escritas que el aficionado a los toros ha mantenido a lo largo de los tiempos como algo sagrado? Por favor. A ver si se enteran de lo que es una plaza de toros y la fiesta de los toros. Críticas, todas, apasionamientos, también, pero ese insulto y esa violencia de cualquier forma, déjenla para otros momentos, si hay momentos propicios para ello.

Y ahora, si me lo permiten, voy a pensar en voz alta, bueno, no, en letras altas. Salió el primero de Cuadri, que remató en tablas, ¡cosas extraordinarias jamás vistas! Y para empezar, capotazos sin fundamento de Encabo, dando aire al de negro. Lo dejó bien en el caballo, se arrancó con prontitud para recibir una cuchillada caída. Empujaba sobre todo con el derecho, tirando derrotes. En la segunda vara ya tardeó, teniendo que cambiarle los terrenos y poniéndole muy cerca, para señalarle un puyazo antes de que el toro se saliera de la suerte. Puso banderillas el matador, sin lucimiento, pero por ambos pitones y sabiendo ganarle bien la cara al toro, que iba cortando por el pitón derecho. Inició el trasteo quitándole las moscas, mientras el toro acusaba ese defecto de vencerse por el pitón derecho. Trapazos al natural, recolocándose constantemente. Mucho tirón y enganchones, sin temple, metiendo el pico de la muleta y haciendo el arco. Trapazos y trapazos, que el toro se iba tragando con la sosería que le marcaba el maestro. Al segundo ya empezó cediéndole terreno, dándose la vuelta hacia los medios. En la primera vara al animal le costó entrar, estaba más con los capotes que con el caballo, montándose una magnífica capea en la arena. Acabaron metiéndolo debajo del peto, dónde echó la cara arriba de forma exagerada. Lo que le dieron fue a base de hacerle la carioca. Para la segunda vara el Cuadri ya no quería caballo, acabó entrando cabeceando, mientras aprovechaban para darle tapándole la salida. Complicado en banderillas echando la cara arriba y esperando. Pero cuando Encabo tomó la muleta, siguió levantándole la mano, se la echó a la zocata para liarse a dar vueltas alrededor del toro, ofreciendo como una solución el estirar el brazo y tirar de pico, dejándose tocar la tela, alborotado y sin poder al animal, trapazos como si los diera con una tralla, sin hacerse en ningún momento el dueño de la situación. El sablazo en la paletilla fue una evidencia de lo que había sido su paso por Madrid, con la de Cuadri.

Quizá alguien pueda darme una buena razón que justifique el que Robleño vuelva a matar una de Cuadri en Madrid, si es que las hay. Ya de salida a su primero le aplicó ese toreo ratonero con el que tantas veces nos ha obsequiado, que parece más bien dirigido a malear al toro y tapar sus carencias, que a intentar domeñarlo y a hacer el toreo. Mantazos respingones de recibo a su primero, que fue al caballo al paso, con la cara a media altura, mientras le tapaban la salida. Tardó en ir al peto la segunda vez, frenándose y sin recibir apenas castigo. Muy parado en banderillas, reculaba ante los capotes. Con la muleta Robleño le recibió trapaceándole agitadamente por ambos pitones, mientras el toro le iba ganado terreno, derechazos arrancados, con el defecto de levantarle la mano siempre. Pico y más pico, sin guiar las embestidas, empezó a quedarse a mitad del viaje, tirando el correspondiente derrote, carreras y más carreras, intentando bandear el genio que había sacado el Cuadri, pero los medios pases, más bien trapazos y el no quedarse quieto no ayudaban. Un bajonazo al que ni se podía calificar de infame. Más mantazos al quinto, al que ni en suerte pusieron en el caballo, aunque por no colocarse, allí no se colocaba ni el maestro, que por allí se quedaba para ver como no picaban al toro. Como si fuera una continuación del anterior, Robleño prosiguió su concierto de desconcertadas carreras, trapazos enganchados y cambiándose la muleta de mano sin criterio, quizá para ver si así el toro se liaba y le dejaba parar quieto un momento. Pero ustedes quédense tranquilos, porque si a Fernando Robleño se le quedó algo en el tintero, el año que viene podrá volver a intentarlo y seguramente que con los Cuadri. Y espero equivocarme; no saben de qué manera.


Pero si lo de Robleño se entiende poco, lo de Rubén Pinar es para que lo aclare Iker Jiménez. Un torero que no ha podido con lo comercial y me lo embarcan en esta corrida, lo que da la sensación de que ya le andan poniendo en corridas a las que agarrarse como a un clavo ardiendo y que si no aguantan... Capotazos sin alargar el viaje del toro, al que le dieron a placer en la primera vara, tapándole la salida, mientras el animal simplemente se dejaba. Una segunda vara a más distancia, a la que se arrancó incluso con cierta alegría, para que casi solo le señalaran el puyazo. En el segundo tercio Javier Ambel se sintió torero e hizo disfrutar a la parroquia, quizá a medida que avanzaba su labor se fue creciendo y recreando, pero más vale eso que el trapacear vulgarmente. A cada entrada de los banderilleros dejaba el toro dispuesto con un único capotazo, que malo no es, ¿verdad? Pues según parece a algún matador de toros, ya retirado, le molesta el que las cuadrillas se luzcan. ¡Caramba! Señor Muñoz, mejor arrancar aplausos por torear y cuidar la lidia del toro, que no por torear con ventajas y mentiras, con la pierna de salida retrasada y el pico de la muleta adelantada, por muy de oro que se ciñan el vestido, ni por muy hijo de sean. Aunque quizá a usted le molestara que sus banderilleros recibieran las ovaciones que usted jamás cosechó en la plaza de Madrid, ni tan siquiera por hacer el paseíllo. Pero a lo que íbamos, a lo de Pinar y el Cuadri que hizo tercero. Trapazos acelerados por abajo para comenzar la faena que prosiguió con un achuchón del toro y las carreras del espada. A toda la corrida se le pasó sin darle distancia ninguno de los tres matadores, pero Pinar ya salió de cara ahogando demasiado la embestida, demasiado. Pico, carreras, más pico, muletazos de uno en uno, brazo muy extendido. El toro ya iba muy, muy despacito, pero la vulgaridad no mira de velocidad, esta lo anula todo, hasta las embestidas francas y suavonas. Para cerrar, el sexto, como el primero, hasta parecía querer rematar en tablas, aunque eso está por confirmar. Si alguien creía ver bravura, en el caballo se le disiparon todas las dudas, sosete, se limitaba a dejarse hacer, no quería caballo en la segunda vara, que se limitó a un picotazo sin más. Prosiguieron los trapazos del maestro, las carreritas y uno del desprecio, que es lo que más enardece hoy en día al personal. Usted puede estar como la Chana, que si tira uno del desprecio, el público se le entrega sin reservas; que no sé yo porque no montan las faenas solo con desprecios. ¿O quizá eso ya lo ha puesto más de uno en práctica? En fin, creo que estoy hablando de otra cosa. Pero bueno, la cosa no dio para mucho más, al menos servidor no lo vio, igual que no vio el acontecimiento del siglo, ese en el que el señor presidente parece que se lía y saca un segundo pañuelo sin querer, en que un figurón es la vez que mejor está en su vida en esta plaza, pero en comparación con lo que él mismo había hecho, sin llegar a equipararse con otros que calzan de rosa. Pero eso nos vale y nos sobra para reivindicar una fiesta que solo beneficia a los mercaderes a los que les importa un bledo esto de los toros, lo importante es la mosca que ellos se llevan, y que corridas como la que me perdí y me volvería a perder mil veces, quieren convertirla en paradigma de la tauromaquia. Pues no, caballeros, ante una corrida de borregos y una infame, mansa, malísima, horrible, casi prefiero esta última y que conste que de estas no quiero ni media corrida, que a todos nos gusta el toro bravo, no el mochuelo tonto, que no es lo mismo, así que igual que hicieron los tres de Cuadri y los toros del mismo, entre ustedes y yo, vamos a llevarnos bien.

miércoles, 1 de junio de 2016

Ni un pase por detrás, ni casi por delante

A veces no hay otro camino que lidiar sobre las piernas


Algunos dicen que corridas como estas, la de Saltillo, son las que gustan a los toristas, dando por supuestas dos cosas que se basan en un error, el que haya toristas tal y cómo ellos lo entienden y el que corridas como la que mandó don Joaquín, puedan hacer disfrutar a alguien. Una corrida que respondía al criterio del toro que debe embestir con generosidad, chiquito, con cierto aspecto anovillado y con mucha movilidad. ¿A que esto es jugar sucio? Pues sí, lo reconozco, muy sucio, pero es para que vean como en esto de los toros no es posible aplicar verdades absolutas, porque como he dicho otras veces, en esto de los toros, la única verdad absoluta es que no hay verdades absolutas. No creo que nadie se haya divertido, ni disfrutado, ni nada por el estilo, pero sí conmocionado, pues el espectáculo ha sido de aúpa, toros imposibles, mansos, complicados, ¿qué digo? complicadísimos y toreros poniendo sobre la mesa todos los recursos con que contaban, que tampoco eran demasiados. Eso sí, no creo que haya mucho matador en el escalafón que pueda hacer frente a una corrida de este corte.

La de Saltillo ha sido una corrida que no se veía desde hace décadas. Aficionados habituales no recordaban haber visto nunca foguear a un toro, se les desmoronaban esas reglas que en su ideario figuran como monolitos inmutables y que de repente no solo han visto como se desmoronaban, sino que hasta parecía que era la lógica la que imponía por pura necesidad, como lo ha sido al ver a un picador traspasar esas rayas sacrosantas del tercio, porque al toro había que picarlo, había que ir a por él, porque si no sería una empresa inútil. O cómo un banderillero ha parado a un toro de salida, en lugar del matador, tal y como sucede desde hace unos años. Con estos dos detalles parece como si esa juventud hubiera comprendido que en esto de los toros la flexibilidad debe ser real y el sentido común el que impere.

Sánchez Vara solo tenía esta corrida en la feria y puede que sea la única de la temporada en Madrid y una de las pocas que mate en todo el año. No sé si esta es el premio o el castigo a este torero, porque visto lo visto, hasta puede parecer esto último. Tanteó a su primero de capote para no conseguir fijarle, iniciando el caos en el que luego se convirtió el ruedo. En la primera vara el toro peleó mientras le hacían la carioca, mucho capotazo, le dieron más distancia en la segunda, pero el Saltillo no estaba “colaborador” y se largó buscando terrenos próximos a la salida. En el de puerta se lió a tirar cornadas y a darle vueltas al caballo, queriendo quitarse el palo de encima y sin tan siquiera llegar al peto. Volvieron al de tanda, desde muy cerquita, pero nanay de que le hicieran pupa. Multitud de capotazos, vuelve a notar la puya, se repucha y se acaba yendo. ¡Uff! En banderillas defendiéndose y esperando a que le llegaran. Sánchez vara empezó a muletearle tirando de pico, mientras el Saltillo no se entregaba jamás; algunos echaban de menos un macheteo eficaz por abajo, pero ese no llegó. Por el izquierdo se le venía al pecho al matador, siempre con la cara alta.

Alberto Aguilar recogió al corretón segundo con unas verónicas alargando los brazos, intentando prolongar el viaje del toro, pero este seguía correteando; fue el matador a los medios a capotearle por abajo intentando fijar aquel abanto que nadie podía sujetar. Una primera vara en mitad del lomo para que saliera a escape a toriles. La segunda al relance, tapándole y convirtiendo aquello en una carnicería, clavando dónde pillara, sin acertar en el morrillo y siempre muy trasero. Aguilar comenzó el trasteo por abajo, rodilla en tierra, enganchones, la muleta torcida y a base de trallazos. Muchas carreras para recolocarse a cada pase, echándoselo siempre para afuera, poniéndose hasta pesado con un toro que no tenía nada y que había que despenar, lo que le costó , llegando a escuchar hasta dos avisos de la presidencia.

José Carlos Venegas debía venir, como tantos, con la esperanza de quedar bien y poder hacer una temporada medio aceptable, pero seguro que no se esperaba lo que le iba a venir por delante. Un Saltillo anovillado, pero con una cara de meter miedo que no se cuántos de luces aguantarían. De salida ya empezó a dar vueltas por el ruedo, ante las dudas del matador que no acababa de verlo claro para meterle el capote. Suelto, al hilo de las tablas, se encontró con el caballo, le tiró un derrote y siguió camino; aquello era un tremendo desbarajuste, del que no sé si el matador estaba tomando nota para el último tercio. No iba al caballo ni al relance estampándole contra el peto, contra el que cabeceó con desesperación, para volver a tomar la huída. Otro intento en el que hacía la puerta, al que llegó escapando desde el otro extremo del ruedo, topó y fueraaa, lo mismo al titular, no permitiendo más que le soltaran un picotazo con la puya, al reserva y el toro sin picar y el matador como mero espectador. El pánico se apoderó del ruedo, tirando arreones a los banderilleros, que se la jugaron, destacando David Adalid, exponiendo una barbaridad. ¿También se puede uno sentir torero con estos marrajos? Pues parece ser que sí. En la muleta se cruzaba mucho por el pitón derecho que a medida que avanzaba la faena iba de imposible a mucho peor que imposible. Mal picado, mal lidiado y Venegas empezando a pagar las consecuencias. El toro escapaba siempre al abrigo de las tablas y el de Beas detrás, intentando ponerse a dar naturales, no sé cuántos del desprecio dio; lo del derecho se estaba convirtiendo en un gran problema, a no ser que el matador se manejara con la izquierda para entrar a matar. Muy distraído, siempre con la cara alta, sin amagar el humillar, muletazos a pies juntos, dando la sensación de no estar dándose cuenta de lo que allí se estaba cociendo. Llegaron a toriles, Venegas hizo un conato de macheteo, pero quedó en nada. Y empezó el calvario de la espada, en el que no es que fuera difícil atinar, es que la complicación empezaba al querer cuadrar al toro, muy entero y que no metía jamás la cabeza en los engaños. Sin recursos, el matador fue oyendo el primero y segundo aviso. Cobró entonces una entera contraria, pero ya no había tiempo, sonó el tercero y el toro se fue para adentro. Hubo quien le ovacionó, quizá eso sea excesivo. Puede que lo del respetuoso silencio fuera lo que más mesura podía aportar. El que te echen un toro al corral siempre es una mancha para un torero, pero si paramos un segundo en las condiciones del animal, igual hasta puede encontrar cierta comprensión en los aficionados.

Con la plaza conmocionada y aún comentando lo del toro anterior, salió el segundo de Sánchez Vara, a ver si este ofrecía algo más, pero ya de salida empezó amagando y sin tomar el capote. De primeras se fue suelto al picador de puerta, que casi le arranca las orejas con la puya. Le pudo pegar mientras corneaba el peto; en  la segunda ya en terrenos del seis, apenas le tiró tres navajazos traperos, más un embate al reserva, que no le pilló. Acertadamente y sin perder el tiempo, el presidente sacó el pañuelo rojo, que precedía a las viudas. ¿Cuánto hacía que no se fogueaba a un toro? Esa era la pregunta que muchos se hacían, ¿la tarde de Joselito del 2 de mayo? Aquel par de Carretero. Pero al Saltillo aún le quedaba ímpetu para tirar un derrote al caballo en toriles. No atendía a los capotes, que iban cayendo por el ruedo al paso de este marrajo avieso. Estaba muy peligroso, un verdadero barrabás, al que intentaron parear de frente, pero eso era ser demasiado ingenuo, cuatro palos de cuatro entradas, a la media vuelta, que para estos casos y otros parecidos, la tauromaquia ha previsto de siempre recursos con los que poder a los toros complicados y hasta a los imposibles. Sánchez Vara no se anduvo con contemplaciones y tras intentar probar las inexistentes embestidas del perla este, tomó la de verdad y se fue a por él. Sorprendió que vistos los antecedentes saliera con el estoque simulado, pero bueno, la esperanza es lo último que se pierde. Una entera habilidosa, con todos los defectos del mundo, pero ¿qué quieren que les diga? En estos casos hay defectos que hay que pasar por alto, porque lo primero es lo primero y estarse ahí en medio para que uno de estos te lleve por delante, es estúpido e insensato. Esto también es oficio y Sánchez Vara supo tirar de él.

El cuarto, para Alberto Aguilar, ya de salida escapaba a los capotes, se emplazó en los medios tirando a chiqueros, como esperando a ver quién le echaba un cuarto a espadas y se atrevía a irle con un capotillo. Tuvo que ser César del Puerto quién le metiera en el engaño por abajo, una, dos tres, doblándose y doblándole. Extrañaba a los más jóvenes que no hiciera esto el maestro, pero así era antes, este observaba y el peón le mostraba al toro. No se estiró Alberto Aguilar, no estaba la cosa para eso, pero si lo llevó al caballo metido en la tela y tirando de él. Le cogió bien con el palo Juan Carlos Sánchez, infringiéndole el castigo debido y soportando los continuos derrotes en el peto. En el segundo encuentro se repuchó nada más sentir el palo. Se dio la circunstancia de que el pica salió fuera de la raya en las dos varas, ante el enfado de muchos, pero había que picar, como fuera. El sentido común decía que había que pillarle, al menos una vez y darle lo suyo, porque igual luego ya no había ocasión. Yo sé que el que el picador rebase la raya indigna mucho al personal y a mí tampoco me agrada cunado eso lo hacen en otros casos persiguiendo a un moribundo borreguito al que el maestro ordena masacrar, pero en casos como este, leña al mono. Y Juan Carlos Sánchez rebasó la línea, pues bienvenido. Esperaba en banderillas y hacía hilo con los banderilleros. Se arrancaba como un tren a la muleta de Aguilar, que le toreó arrebatado con la derecha, aguantando los arreones del que tenía delante. Escarbando, pensándoselo mucho y el madrileño allí firme. Le costaba un mundo arrancarse para el primer muletazo y el matador tuvo que inventarse recursos para provocar esa primera embestida y luego quedarse con la muleta puesta para intentar torearle, con mucho valor y mucha verdad. Cada vez se ponía más difícil, muy peligroso. Se lo quitó de encima como pudo y todos respiramos y Alberto Aguilar más a gusto que ninguno y seguro que se sentiría satisfecho.


Y salía el sexto, los relojes no existían, las pipas no crujían, los yintonis no volaban y Venegas tenía que reponerse a lo sucedido en su otro toro, justo después de ver lo sucedido en los dos anteriores a este. EL panorama era de todo, menos halagüeño. Hasta parecía que el toro podía ir de largo en los capotes, como todos sus hermanos cabeceó, queriendo quitarse el palo del lomo, le tapa la salida, el toro se da la vuelta y acaba derribando. En la segunda vara parecía una devanadera tirando cornadas al peto y el picador persiguiéndole por el ruedo para poder enganchar. David Adalid volvió a dar una lección con los palos y otra de torería, cuando le requerían para saludar, pero él estaba a lo que estaba, en aquello que estaba en el ruedo y no daba lugar a otras cosas. Ya con la muleta, pases destemplados, banderazos al aire, pases aperreados, latigazos, cambió a la mano izquierda para aguantar los arreones que tiraba sin humillar jamás. En uno de estos le arranca la muleta, lo mismo por uno que por otro pitón, al final tomó la espada para terminar con aquel quinario innecesario. No creo que nadie se haya podido sentir satisfecho de la corrida que ha mandado don Joaquín Moreno Silva, ni tan siquiera los carniceros, pues no andaban muy sobrados de carnes. El ganadero seguro que no, los aficionados, tampoco y esos amantes de la Tauromaquia 2.0, esos que dicen que si estas son las corridas que nos gustan, pues tampoco. Esto no le gusta a nadie, es imposible que siendo aficionado te pueda gustar, es una barbaridad, pero claro si la opción es esto o lo del Vellosino, Núñez del Cuvillo y esa purrela de borregos y pegapases, pues yo lo tengo claro. Si tengo que elegir entre esos triunfos verbeneros y estos fracasos llenos de dignidad, pues no tengo duda. Eso sí, de aquello es más fácil que se puedan beneficiar muchos, pero de esto ya es más complicado. Para aquello igual vale hasta algún niño mono y hasta algún ganadero experto en maíces, pero para esto hay que tener mucho más. Pero ya ven a estos no ha habido quién le haya podido dar un pase por detrás, ni casi por delante.

martes, 31 de mayo de 2016

Unos hablaban japonés y los otros en ornitorrinco arcaico, cerrado

Si el toro se complica y sale respondón, hay más recursos que ponerle una velita a san Modorro mártir y esperar a ver qué pasa


Pretender que alguien se entienda con otro, cuando cada uno se expresa en una lengua diferente y además sin que ninguno haga el menor intento por aprender a hablar como el otro, puede ser un rasgo de locura o de estupidez. De locura por pretender un imposible y de estupidez, cuando ambos, o al menos el de la mente superior, siempre va a querer mantener que eso siga siendo un perfecto imposible. Que los hay que se manejan por señas y cuando tienen hambre agitan las manos muchos, abren los ojos como lunas y emiten sonidos guturales y les ponen un pollo, cuando ellos querían un simple filete con patatas, pero bueno, comen, no les gusta el pollo, pero comen. Pues eso le pasa a Rafaelillo, que agita los trapos, se agita él, y mucho, y hasta el público se agita, pero al toro que ofrecía macarrones, así por las buenas le tiró el plato a la cara y se puso a comerle las pezuñas. ¡Qué valor eso de comerle las pezuñas al toro! Pero, ¿no eran más apetecibles los macarrones, así con su queso, sus tropezones de carne y ya puestos, hasta un vasito de vino, de brick, pero vino al fin y al cabo. Por su parte, Castella y Escribano no quisieron ver ni los macarrones, ni el vino, ni na’ de na’, decían que ellos eran más de angulas, perdón, de gulas del norte y no estaban para pastas.

Rafaelillo es un torero, murciano para más señas, que se ha investido de un halo de santidad, valor y honestidad que pasea por los ruedos del mundo, como si se lo creyera y todo. Y aquí voy a expresar mi opinión personal, muy personal. Rafaelillo es un torero muy limitado tanto para lidiar, como para intentar hacer el toreo y se limita a estar por ahí, esquivando derrotes mortíferos que tiran a la yugular. Igual hay alguien que esté de acuerdo en esto, pero en lo que viene a continuación, lo mismo no coincide nadie. Y es que esa cortedad de recursos le lleva a que si el toro no pega derrotes, hay que hacer que los pegue, porque lo de correr la mano y hacer el toreo templado y con mando, eso no va con él, Me dirán que soy excesivamente duro y hasta injusto y lo tengo que admitir, pero realmente uno está cansado de este número que repite una y otra vez. Y metámonos en harina. Su primero, pobre de cabeza, al segundo capotazo ya le obligó a darse la vuelta y a ceder terreno hacia los medios. Rafaelillo, lejos de intentar alargarle el viaje, se lo acortaba retirándole el capote de golpe, al tiempo que echaba a correr para atrás. En segundos en el ruedo se organizó una magnífica capea, el toro fue suelto al caballo, le hicieron la carioca, sin que se le castigara, se salió suelto por la grupa y prosiguió su vagar por el ruedo. Una segunda vara con el pica atrincherado en tablas, para ya pegarle algo más mientras le tapaba la salida, un vicio que se repite permanentemente. Yo tengo la sensación de que es como si a un boxeador le agarran entre tres, le vendan los ojos y le ponen frente a un muro a reventarse a pegar puñetazos, para que luego Giulianni Kid le sobe el morro a placer. Hubo un tercer encuentro con el caballo, en el que Rafaelillo intentó ponerlo en suerte, para que al final lo hiciera el peón con bastante mayor destreza. Al pasito, para que el de aúpa descargara un poquito el brazo. Trapazos por abajo para comenzar la faena de muleta y hacer que el de don Adolfo diera con sus huesos en la arena. Me llamó la atención el que muchos recibieran con agrado el abuso del pico y los retorcimientos lumbares. Muy fuera, mucho enganchón, carreras, trallazos, que solo servían para que fuera pasando el tiempo.

Y salió el cuarto, del que me van a permitir que no emita juicios, simplemente voy a intentar contar lo que yo vi, que por otro lado, también puede ser que tenga que agarrarme a una oferta de esas de “Progresivas a 199 €”. Recogió Rafaelillo al toro con capotazos por abajo, intentando alargar el viaje estirando los brazos, todo lo que este torero puede alargar. Eficaz y sin echárselo tan encima como en otras ocasiones. De nuevo se montó la capea, dándose capotazos por decenas. Sin pararlo fue al caballo, puyazo trasero que el animal recibió simplemente dejándose. El matador lo quiere dejar lejos y pierde el capote; más capotazos y capotazos de todo el que pasaba por allí, hasta el cocacolero casi se anima. Puyazo en mitad del lomo haciéndole la carioca. Pidió Rafaelillo el cambio, pero el usía no se lo concedió, picotazo leve en buen sitio. El toro iba bien en banderillas, franco, permitiendo incluso cierto lucimiento de José Mora. Y ya en la muleta, el murciano le soltó un trapazo y el Adolfo al suelo. Trapazos por abajo quitándose de repente y haciendo que el toro se revolviera a buscar el trapo. Le acorta las distancias de repente, pases escapando a las orejas, quitándole la muleta antes de acabar el pase y huyendo a las orejas. Sí es verdad que el toro se vencía por el pitón derecho en este momento. Cambió a la mano izquierda, con más de lo mismo, pico y a medio camino, respingo y a quitarle el engaño de repente. Pero curiosamente, cuando no daba el respingo, el animal hasta medio seguía la tela. Pases de uno en uno, desplantes histriónicos y tras una lidia peor que nefasta, el matador se sentía en ese barullo como pez en el agua. Además, si esto gusta y se lo jalean, pues adelante con los faroles. Pinchazo y entera, soltando la muleta, que hizo rodar al toro. Y Rafaelillo se sintió plenamente satisfecho, aunque esta vez no hubo lágrimas.

También andaba por allí monsieur Castelá, que por lo menos hacía dos días que no venía a Madrid, nos tenía “abandonaos”. Verónicas sin echar la pata para atrás, echaba las dos. Al toro le dieron poco castigo en el caballo, aunque le taparon la salida en los dos encuentros, yendo dándole distancia en la segunda vara. Con la muleta, monsieur Castelá le aplicó una conferencia en turco osmanlí, que el toro escuchó atentamente, pero sin enterarse de nada. Pases y más pases, sosísimos, aburridísimos, despegadísimos, con la muleta atravesadísima, mientras el toro ofrecía nobles embestidas, pero al que estaba delante no le sonaba de nada eso de torear con verdad, templando y mandando, sometiendo al toro. Parece ser que al finalizar uno de sus toros, por canal amigo de la fiesta manifestó que no se puede torear más despacio. Bueno, monsieur Castelá, usted domina muy bien el castellano, de forma envidiable, pero a ver, no es lo mismo pegar pases despacio a un toro que lleva el ritmo de un caracol, que torear con temple y despaciosidad. Pero seguro que se apunta al curso “Mejore su Castellano, de CCC” y seguro que en nada le queda claro el matiz. Y al matricularse le regalan la guitarra y unas medias para favorecer la circulación.

Su segundo le hizo darse sus carreritas entre capotazo y capotazo, para inmediatamente hacer que el matador se diera la vuelta de espaldas hacia los medios. Mil capotazos, aproximadamente, para acercar el toro al caballo, para que este se durmiera bajo el peto mientras le tapaban la salida. El peón de brega andando por allí por el ruedo a ver si lo ponía al caballo de nuevo y monsieur Castelá allí parado como una estatua de sal, viendo como pasaban toro y torero por sus inmediaciones. Luego ya vino el repertorio de siempre, con muletazos muyyyyyyyy lentos, con un toro que no podía caminar más rápido, que el espada no paró con la muleta, ni le templó, ni le mandó, simplemente acompañó al animal que se arrastraba en busca del trapo. No paraba de embestir y al pobre no le dieron ni un derechazo, ni un natural, diciéndole por dónde. Será que monsieur Castelá es tan delicado que no quiere imponer nada a nadie y menos a animal tan extremadamente noble.


¿Sabían que Manuel Escribano quiere poner banderillas en todos sus toros? Pues díganle que las ponga, pero que no las tire. A portagayola en ambos toros, el primero muy parado de salida, lo que le obligó al matador a aguantar allí de rodillas hasta que el toro hiciera por él. Muy corretón, frenándose ante los engaños. Gazapón, de gira, pasaba por el caballo y le daban un puyazo mientras le tapaban la salida, él cabeceaba, al paso en la segunda y solo se dejó, y luego lo de las banderillas de Escribano. Pues vale, pues ya está dicho. Se le quedaba corto por el derecho en la muleta, tiraba arreones y don Manuel a lo de todos, al pico y sin saber por dónde echarle mano a un toro incierto. Acabó de un bajonazo mucho más abajo de dónde caen los bajonazos. En el sexto más de lo mismo, el toro suelto, se fue al caballo al hilo de las tablas para que le zurraran a modo, se fue suelto de nuevo, para otra segunda vara en la que también recibió el de don Adolfo. Inicio de muleta por detrás, que la parroquia agradeció, pues ya eran demasiados días sin ver a un señor doblarse cómo un arco los lomos; carreras, pico, el toro se le mete por dentro, pico, corto, a correr y menos mal que la cosa terminó, porque aunque pueda parecer divertido, resulta muy estresante presenciar una representación en la que unos hablaban japonés y los otros en ornitorrinco arcaico, cerrado.

lunes, 30 de mayo de 2016

O me toreas o nanay, pero trapazos, ni medio

Los toros esperaban otra trato y los aficionados, también


Lo que es el toro bravo, que si no te pones en el sitio no hay nada que hacer, que si no le mandas, quedas como la Chencha y que si te pones tolay, hasta se aburre de ti y te deja más “tirao” que una colilla. ¿Qué no? Pues si no me creen, baste recordar la corrida de Baltasar Ibán en esta feria de Madrid. Siempre se les espera con cierta ilusión, pero después de lo que ocurrió en sus últimas comparecencias, había dudas razonables. Pues la corrida ya pasó y las dudas se disiparon y han dejado a los tres matadores en mal lugar, porque ni Iván Vicente, ni Alberto Aguilar, ni Víctor Barrio parecía que se presentaban a torear una corrida de toros, más bien sus pretensiones eran las del pegapasismo al uso. Quizá ese fuera su primer y gran error. La casta no admite componendas, ni medias tintas, o estás o no estás. No ha sido tarde de triunfos, a pesar del despojo cortado, incluso hasta puede que el festejo se alargara un poco, pero tampoco lo puedo asegurar, porque lo que sí les garantizo es que no me dio tiempo a mirar el reloj, creo que ni el público, ni servidor,  nos hemos aburrido. ¿por qué? Porque el toro y el aburrimiento son como el agua y el aceite, no casan. Otra cosa es con el borrego, ahí ya me callo.

A los que les hubiera gustado que aquello fuera más aburrido, quizá sea a los tres matadores que se las vieron con la de Baltasar Ibán. Sin ser alimañas, nada más lejos de la realidad, mostraron sus dificultades, dificultades que eran perfectamente subsanables con el buen transcurrir de la lidia. Se comenta que Iván Vicente, o su espectro, anduvieron por el ruedo. Las verónicas de saludo, más bien lejanas, igual podían dar una idea de los ánimos con que se venía. Bien puesto al caballo, el toro se arrancó con decisión, para que le clavaran en la paletilla. Otra vara también de lejos, arrancándose con alegría, para recibir una vara solo señalada, en mitad del lomo. En el último tercio, Iván Vicente se limitó a tandas aburridas abusando del pico, cazando muletazos por el derecho y con la izquierda, aparte del inevitable pico, ahogando la embestida del toro, acortando en exceso las distancias. El cuarto, que se frenó peligrosamente en la primera embestida, luego hasta parecía querer ir largo. Le llevaron al caballo en la primera al relance, mostró fijeza, tampoco demasiado ímpetu peleando en el peto y cuando lo sacaron aún estaba pendiente del jinete. Segundo puyazo sin colocarlo, ya escarbando y corneando el peto al notar un puyazo trasero. Tanto en este, como en los demás toros, se habría agradecido mucho una tercera entrada al caballo, para así ya aclararnos definitivamente su condición, pero aquello de reducir la suerte a dos puyazos, con todo nuestro reconocimiento al señor Corcuera, que aparte de patadas en la puerta, a la Fiesta se la dio unas veces en el trasero y otras en la entrepierna. Pero estábamos en el cuarto de la tarde, que se dolió en banderillas y que cortaba una barbaridad por el lado izquierdo. Vicente ni tan siquiera hizo amago para alargarle el viaje al Ibán, que a pesar de lo feo que había hecho, seguía el engaño, al que buscaba al volver tras cada muletazo. Muchos pases y mucho enganchón, que era lo que menos le convenía al animal. Luego un desagradable mitin con once descabellos, lo que los vikingos aprovecharon para herir sin misericordia alguna a los maltrechos corazones de nosotros los indios. ¿Qué creían, que no les iba a sacar el tema? Si no pienso casi en otra cosa, pero en fin. Prosigamos.

Quizá haya a quién todavía le dé la memoria para recordar a aquel Alberto Aguilar valiente, voluntarioso y que al menos intentaba hacer el toreo. Pues sigan recordándolo, porque la realidad de ahora es muy diferente. Le salió el que hasta el momento podía ser el toro de la feria, que no cuidó nada en el caballo, siempre hablando de ponerlo en suerte, mal en la primera, correctamente en la segunda, que tras verle empujar con fijeza en la primera y el piquero dándole estopa, un segundo encuentro en el que se arrancó pronto y de lejos, aunque apenas recibió castigo, cuando el público pedía que fuera una tercera vez, el matador decidió cambiar el tercio. Cuentan que es que decía que si no, solo iba a durar tres tandas; ¿y qué? Más valen tres buenas, que los mil trapazos que nos atizó. Acudió a la muleta de largo, citándole Aguilar dándole distancia, para después embestir con codicia, comiéndose la pañosa y casi al que la sujetaba. El matador no daba más que para meter el pico, carreras para recolocarse, no puediendo impedir que se la tocara constantemente y a cada muletazo daba la sensación de que el toro se le iba yendo. Acabó acortando las distancias, a ver si así cesaba ese aluvión de embestidas, ese torrente de boyantía, al que incluso se atrevió a matar a la suerte contraria. No sé por falta de pericia, porque no se enteró de lo que tenía delante o para ver si así se arrancaba menos. Y los que creían hacerle un favor concediéndole una oreja, incluidos los mulilleros, hoy especialmente poco hábiles, le obligaron a pasear esa oreja de la vergüenza y a tener que ver la cara de tantos que le dijeron que no, no y no. Al quinto le recibió con capotazos sin criterio, lo llevó al caballo a base de tirones, sin templar esas primeras embestidas. Lo dejó de cerca, puyazo trasero, tapándole la salida, mientras el de aúpa se aplicaba con el palo. Igual en la segunda vara en la que el animal se arrancó con alegría, aunque tardeó un poco, quizá más por la mala colocación y la poca fortuna del picador. Muchas dudas cuando el matador tomó la muleta, el Ibán con tendencia a quedarse corto, sin que el matador intentara evitarlo. Revolcón montado sobre el pitón y afortunada y milagrosamente, el pitón no le caló. Tras una primera tanda con ímpetu, el toro acabó aburrido y no pensaba en otra cosa que irse a tablas. Mis dudas es si este hecho se produjo por mansedumbre, de lo cuál no estoy muy convencido o por hartazgo y a consecuencia de la nefasta lidia que se le aplicó.


Víctor Barrio volvía a la plaza en la que tantas tardes, quizá demasiadas, actuó en el pasado. Le tocó un toro que rara avis, remataba y todo. Puyazo trasero en la primera vara y metido debajo del peto en la segunda. Se dejaba sin más, sin que el castigo fuera nada extraordinario. A las embestidas claras y nobles respondía el segoviano con pico, retorcimiento, enganchones, cite fuera de cacho y carreras para recuperar el sitio. Una lidia nefasta, dejando la sensación de que el de Baltasar Ibán se fue sin torear. Larga de rodillas como bienvenida al sexto, para después no poder quitárselo de encima. Dos puyazos traseros tapándole la salida y apretando con el palo. Se dolió en banderillas y en la muleta se puede afirmar que el matador no le entendió, no lo vio. Entre pases adocenados se le iba yendo el toro, que al final se le aquerenció, mientras él ya solo pensaba en péndulos y arrimones, para ver si conquistaba con vulgaridad lo que no había podido con toreo. Y es que ya de salida la de Baltasar Ibán se lo dejó muy claro a los matadores “o me toreas o nanay, pero trapazos, ni medio”.

Enlace programa Tendido de Sol del 30 de mayo de 2016:
http://www.ivoox.com/tendido-sol-del-30-mayo-de-audios-mp3_rf_11711793_1.html

sábado, 28 de mayo de 2016

Rayo McQueen gripado

Puestos a correr, que sea con alegría


Ya estamos, ya estamos, ¿qué creen que voy a hacer el chiste fácil del Fandi echándole carreras a un coche de dibujos animados? Pues están ustedes muy equivocados, yo no infravaloraría así a este torero y ustedes no deberían hacerlo, porque merece un respeto y ese respeto se lo voy a otorgar yo ahora mismo. Ya vale. El Fandi no va a correr con un coche de los dibujos, El Fandi es mucho más, El Fandi le echa una carrera a Alonso, Hamilton o Lorenzo, Pedrosa y Rossi y en dos vueltas les saca tres de ventaja. Y eso con zapatillas de mojado, que con las otras, las lisas, ni salen de la parrilla. Pero, ¿qué creen, que este es el único rayo veloz? Eso es porque no han visto los trallazos, aparte de El Fandi, de David Mora o López Simón. ¡Chico! Que velocidad al correr la mano; si tienen que acabar con las bielas descalibradas. Y lo mismo con el derecho que con el izquierdo.

Que el Fandi tiene fama de correr rápido, pero es que también corre mucho rato seguido y los trastos los mueve muy rápido, es pura velocidad. El hombre quiere agradar, lo pone todo, pero es que tiene muy poquito que poner y como decían los clásicos, lo que Natura non da, Salmantica non presta, y de voluntado solamente no se puede vivir. Larga de rodillas a su primero, verónicas rodilla en tierra y el toro suelto por el ruedo, se fue suelto al caballo y fue notar el palo y salir pegando brincos como alma que lleva el diablo. Fue una tercera vez en el nueve, que a ver si alguien les enseña a los picadores y a los maestros cuál es el sentido de la lidia, al contrario de las agujas del reloj. ¡Aaayyy! Si ahora son digitales. Pues nada. En esa tercera vara cabeceó como un desesperado. Ya apara entonces no parecía que se pudiera arreglar aquel caos en el ruedo. El granadino puso banderillas, por ambos pitones, y ahí lo dejo, las clavó y punto. Del cómo es mejor callar. Con la muleta nos hizo añorar las banderillas. Imagínense ustedes. Y en este y en el siguiente, al entrar a matar se le cayó la muleta al suelo, ¡la pulserita de Wii! En el cuarto se vio sobrepasado ya de salida. En la primera vara el toro se derrumbó bajo el peto y en la segunda le pegaron bien mientras le tapaban la salida. Y no piensen que intentó poner el toro en suerte, déjense de bobadas. Más banderillas y... Pasemos a la faena de muleta o quizá casi tampoco. Pico, banderazos, carreras y trapazos, sin parar quieto ni para pedir un taxi.

Las ganas de ver a David Mora que tenía el público, pero al madrileño le cambiaron la tila por valeriana y, ¿qué quieren que les diga? Con una Puerta Grande ya vamos tirando unos meses, tampoco hay que ser avaricioso. Incluso hubo algunos que recordaron al Mora de antes, a aquel al que se le iban los toros a medio hacer, casi ni vuelta y vuelta. Capotazos al aire, mal colocado en la lidia, achuchón comprometido por el derecho y al toro ni se le reprendió en el caballo. Incómodo en la muleta, sin pararse y metiendo pico desde fuera y con la muletita retrasada. Revolcón y hasta se pensó en que eso acarrearía trofeo, pero tanta fue la sosería, que el personal no se animó. Al quinto le recibió con unas verónicas “esaborías”, le puso de lejos, puyazo muy trasero y el toro queriendo meter los riñones, más cuando le tapaban la salida. El animalito no se aguantaba de pie, pero tomaba bien la muleta. Lástima que en lugar de encontrar temple, se le ofrecían trallazos, lo que dificultaba aún más el quedar en pie. Con la buena medicina que es el temple, pero para extender estas recetas hay que ser doctor en tauromaquia y no un simple ATS (Ahora toreamos separaos).


Seguro que ustedes recordarán las tardes verbeneras del año pasado, ¿a que sí? Igual hasta recuerdan que López Simón fue uno de los más beneficiados de aquel desquicie colectivo. Pues hoy, un año después, el madrileño parece que ha tirado por lo fatuo y no por lo fundamental, por la teatralidad y no por el toreo. ¿Tendrá que agradecérselo a quien le debería guiar y aconsejar? Su primero se le metía encima, incapaz de ponerlo al caballo, entre otras cosas para no picarle. Pasó mucho tiempo acoplándose y no sé si lo consiguió. Pico, trapazos que hacen que el toro se desmorre contra la arena, muy fuera de cacho, el toro tambaleándose mientras él se limita a acompañar la embestida y como no daba para más, pues arrimón que te crío. ¿Realmente esto es necesario? Eso sí, siempre hay un palmero autorizado que en solitario comienza a aplaudir, para ser secundado por el resto de la plaza. ¿Ustedes conocen Benidorm? Y como si fuera un grande entre los grandes, ante las protestas por ese toreo tan... Bien, ante las protestas, castiga al personal con su toreo. Ahí lo llevas. Entera muy, muy, pero que muy trasera. Y el caballero se queda plantado en el tercio del uno, mientras el toro ya andaba buscando dónde caer allá por el cuatro. Grotesco. Le tocó el sobrero de Salvador Domecq, al que dejó corretear a placer, algo que ya viene practicando demasiadas veces. Fue al caballo las dos veces al relance, no se le picó y el toro se durmió bajo el peto. Con la muleta acabó toreando en toriles, sacudiéndonos en toda la jeta una faena eterna, insustancial, insulsa, aburrida, vulgar. El respetable entre cabezada y cabezada podía comprobar con desesperación que allí seguía el chaval. ¿Es que esto no se va a acabar nunca? Si al menos se hubiera templado algún toro en toda la tarde, pero no aquí todo eran prisas y más prisas. Ya ven así no cabía otra y solo sacamos en claro que con tanta exigencia, al final, Rayo McQueen gripado.

viernes, 27 de mayo de 2016

La pulserita del mando de la Wii

Los montados se van perdiendo en la penumbra


Estábamos allí reunidos en contubernio en la grada del seis, discutiendo y aportando soluciones a esa plaga que asola los ruedos de España, Francia, América, Sebastopol y planetas adyacentes: las muletas que salen volando de las manos de los matadores a la hora de entrar a matar. Que es perfilarse y el trapito ya está volando, o mejor dicho, cayendo entre las pezuñas del toro. Con lo feo que eso queda. Que yo sé que el público lo aplaude, lo jalea y hasta lo comenta por guasapp: Chari, que ha tirado la muleta al suelo LOLOLOL, Jajajaja. Me parto xq es lo + de lo +. Y la Chari lo flipa. Pero es un mal a remediar y por eso andábamos allí arriba ofreciendo soluciones. Ha habido cosas interesantes, pero difíciles de poner en práctica, como el que se le clavara la muleta con chinchetas a la palma de la mano, pero se desechó por el engorro de la sangre; Pegar un trozo de velcro con loctite, a la palma, pero lo malo era que el velcro ya hacía masa con el pellejo e imagínense esa mano acariciando la carita de la novia, la madre, la hija, la hermana... No resultaba operativo. Pero llegó Daniel, chico con estudios y que sabe lo que se hace y nos dio la solución, ¡Eureka! Pues que se les ponga una pulserita como en el mando de la wii. ¿Ustedes se imaginan? Se acabaron las penas para Fandiño, Garrido, Padilla, Roca Rey, Ureña, El Juli y tantos y tantos afectados de ese mal de “la tiro porque me da la gana”.

Que no se crean que el invento de la pulserita es la solución a todos nuestros males, pero bueno, ya estudiaremos como vencer eso del pico, la pierna atrás, el trapazo destemplado, las carreras, los enganc... ¡Uff! Mucho que arreglar, ¿no? Casi mejor empezamos por algo mucho más sencillo, como acabar con la golfería en España. Pero mientras se solucionaban estos problemillas, se hacía presente en Madrid Juan José Padilla, ese torero que tan buena conexión tiene con la plaza de Madrid, ese torero tan del gusto de la afición de las Ventas. ¡Eeeh! Oiga a mí no me digan nada, yo solo me remito a las palmas y olés que le han dedicado mientras correteaba para banderillear  peor que un peón o para pegar trapazos quitándose a los toros delante como podía. Henchido de valor se fue a portagayola en el primero de la tarde. Empezábamos fuerte, un órdago en toda regla. El de Parladé salió despistado y casi le hace una cobra taurina al maestro de Jerez. Verónicas con el pasito atrás y hay que destacar una cosa, Padilla no pone a los toros en suerte, lo hace el peón de brega, además muy eficazmente. Así debe ser. Lo que ocurre es que el matador debe sacarlo del caballo y este se inhibió, pero que conste que se fijaba mucho en como lo hacían los de su cuadrilla, ¿eh? Que no andaba por allí como despistado. El de Parladé cumplió sin más en la primera vara, dejándose pegar. En la segunda ya no hubo castigo. Padilla tomó los palos y en el primer par, incomprensiblemente se quedó en la cara del toro, encunado entre los pitones, llevándose un buen trompazo. Otro de dentro a afuera y el del violín. Con la muleta anduvo un pelín perdido, pero no mucho ¿eh? Que luego dicen que si... Mucho trapazo, pico y carreras a cada momento, no corriendo bien la mano y quitando el trapo de golpe de la cara del toro. De repente, como si se sintiera poseído por un alma adocenada, se puso a hacer el péndulo y a dar pases invertidos, más un bajonazo de cuidado. Pero la gente aplaudía a aquello y a esto, ¡Fiestaaaaa!

Al cuarto le saludó rodilla en tierra, lo que empieza a agradecerse, porque así los toreros no tienen forma de echar el paso atrás. Otra cosa es como maneje el capote y que al final, acaban poniéndose en pie. En el caballo le pegaron al toro, que se dejaba, en el primer puyazo y ya en el segundo se redujo a cumplir el trámite. Más banderillas, siempre manteniendo la distancia de seguridad, bien apartándose, bien clavando a toro pasado. Volvió a echarse de hinojos, recordando a la troupe del Bombero Torero. La de siempre con la muleta, para acabar ahogando la embestida del toro, echándose casi encima de él. Una faena de dejar pasar el tiempo, hasta el momento en que con la espada, el toro desarmó a Padilla. Y hasta aquí el San Isidro del jerezano, del que seguiremos disfrutando en los programas del señor Molés, mostrando esa dureza en los juicios tan propia del equipo de los toros en la radio. Si es que se me ponen los pelos de punta con esa crudeza con que no dejan títere con cabeza. Son tan duros, tan duros, como la crema pastelera.

Fandiño volvía y se iba al fin de este San Isidro, que da la sensación de haberle sorprendido; es como si hubiera pasado del día de San Antón al mes de mayo, así, en una noche. Muy desorientado, se lió a trapazos con su primero, dándose la vuelta para ceder hasta los medios. El animal fue al caballo con la cara alta y cabeceando, saliéndose suelto. La segunda se redujo a un cabezazo y a escapar. Se dolió una barbaridad en banderillas, casi tanto como lo hizo el toro que el año anterior fue premiado como el más bravo de la feria. Tomó Fandiño la muleta, así como desafiante, como soltando un “aquí estoy yo” y fue asomar el toro y no pararse quieto un segundo, enganchones continuados, carreras y el toro que le comía terreno a cada pase. Se vio absolutamente superado por el de Parladé y muy poco confiado. La montó con la espada y el toro acabó echándose de aburrimiento.

En el quinto, un pavo, hasta se quedó quieto en alguna verónica, las del pitón izquierdo. No está mal, el 50%. Como el picador, en el primer puyazo e agarró en buen sitio y hasta parecía medir el castigo, pero en el siguiente, solo hizo que dejar el palo trasero. Comienzo de faena en los medios, tanda un poco acelerada, pero que recordaba a aquel Fandiño en fase ascendente, con carencias, pero queriendo, pero enseguida se le pasó el arranque, ¡Uff! Se habían sobresaltado, ¿verdad? Pues nada, cálmense, el de Orduña sigue en ese bache en el que parece que se metió el día de los seis en Madrid. Siempre citando desde fuera, tirando del pico de la muleta, teniendo que recuperar el sitio, se lo llevó al tercio y allí el toro no apretaba tanto, pero se defendía más y se le echaba más encima. Pases de uno en uno, arrimón, martinetes y el rapo a volar a cobrar una entera caída.


Y llegamos al que para algunos era una de las pocas esperanzas que nos quedan en este mundo, José Garrido. No sé si le habrá aclarado las cosas al personal, pero se ha definido y de forma categórica y concluyente, como un torero pesado, vulgar y chabacano dónde los haya. Latigazos de rodillas a la verónica, acelerado y unos tirones que además de feos, pueden ser peligrosos. Dejó al tercero sin picar y puede que al final acabara pagándolo, o al menos esa era la sensación, cuando en los primero muletazos el Paladé iba comiéndoselo pase a pase. Estaba demasiado entero y el extremeño no parecía ni dispuesto, ni capaz, de arreglar con la muleta lo que no se hizo en el caballo. Mala colocación, carreras, banderazos y cuando la parroquia creía que ya terminaba, otra retahíla de trapazos. El sexto tuvo que sufrir a un picador que en el primer encuentro marró con la vara, para después dormirse en el peto; en la segunda vara le tiro el palo y le cogió en buen sitio, pero ni le picó, ni le regañó, ni tan siquiera le puso mala cara. Eso sí, los aplaudidores se ganaron el sueldo y si algunos vislumbraban un toro bravo, lo confirmaron en banderillas cuando el Parladé se dolía con descaro. No, no, no me miren así, ¿no se han enterado que los que se retuercen al notar las banderillas son los bravos? Y vuelvo al Alcurrucén premio de la feria del año anterior. ¿Que no lo entienden? Toma, ni yo tampoco. Pero cosas de la modernidad, el toro iba con bondad a la muleta, pero había que estar firme y torearle, mandarle en las embestidas y a partir de ahí, cualquier cosa y además buena. Pero lo de Garrido parece que nada tiene que ver con eso, con torear. Multitud de trapazos como tantos y tantos que vemos, con los mismos defectos de todos, que ya son norma y que muchos se resignan con que es lo que hay y hay que adaptarse a ello. Yo no puedo y miren que lo intento. Llevo intentándolo desde que asomaron los grandes pegapases, Espartaco, Ojeda, Juan Cuéllar, Litri... Y a José Garrido, además hay que añadirle lo de la sosería, ¡qué aburrido! Que pan sin sal. Enganchones, trapazos y de repente un desplante de rodillas, para coronar ese canto a la ramplonería, en la que el toro iba a más, sin parar de embestir, comiéndole la merienda y empezando a acusar ese no saberle hacer las cosas cómo el animalito exigía. Arrimón, pases de uno en uno, para terminar soltando la muleta al entrar a matar. Y quizá ya sea hora de poner en práctica la solución que aportó Daniel: la pulserita del mando de la Wii.

jueves, 26 de mayo de 2016

Vosotros sois los antitaurinos

Y con la matrícula, le regalamos una faja para prevenir lesiones lumbares


Lo que se nos han contrariado las figuras en la corrida de Jandil..., perdón, El Vellosino. Lo que se nos ha contrariado don Julián López y toda esa caterva de seguidores interesados, algunos a pie de micrófono, que ven la realidad como todos, pero que se aplican en su función de confundir y decir lo que les puede ser más beneficioso. Y esta claro que la verdad no les viene demasiado bien. Tienen muchos que tapar y que quieren seguir tapando, ante la aquiescencia de los aplaudidores que se pegan con su padre por defender las doctrinas del oficialismo taurino, sin pararse a pensar que esto, la tauromaquia, como a ellos les gusta llamarlo, los toros, el toreo, como se le ha llamado siempre, se nos va. Perdón, mejor dicho, lo están enterrando. Mientras esos aplaudidores dan palmas con las orejas cuando ven dos trapazos seguidos, que intensifican su ardor cuando protestan los de enfrente y que se afanan en pedir silencio, como si estuvieran en misa o en la ópera, pero no. Cuando vayan a entrar en ese edificio tan bonito, párense un momento y miren que dice: Plaza de Toros” .

Ya de inicio arreciaron las protestas, ¿están locos? No, no están locos, simplemente era el hartazgo de tanto abuso, del cambio de ganado porque lo anunciado era impresentable, porque es una historia que se repite año tras año, año tras año, año... siempre cuando asoman las figuras y en los últimos tiempos, especialmente, cuando asoma don Julián, quién sigue en su empeño de manejarlo todo para su comodidad y si detrás de él deja la Fiesta sembrada de sal, pues que la desalen, ¿qué más le da a él? Esta divinidad de la Tauromaquia 2.0 que da muy pocas muestras de esa sabiduría que le cantan. Es más, en la Plaza de Madrid aún estamos por verle algo, un rasgo, un leve asomo. Un figurón que en sus dos toros se limitó a trapacearle con el capote, de lejos y sin meter en el engaño a ninguna de las dos fieras corrupias. Ni ponerlo en el caballo, que lo mismo lo tiraba por ahí, que lo encerraba entre las dos rayas. Incapaz de fijar a ninguno de los dos, a los que, por supuesto, no se les picó, se les simuló la suerte, ¿para qué más? Pasados estos trámites, don Julián toma la muleta para soltar una retahíla infumable de trapazos, sin gusto, basto, sin marcar y seguir una línea sobre la que construir una faena, pero no da para más que un toreo adocenado, vulgar, con mucho pase lo mismo por uno que por otro pitón, retorcido, largando tela para echárselo fuera, en los terrenos por los que ande el toro, no en los que marque el buen sentido lidiador que se le supondría a un maestro. Para culminar todo con esa forma tan “personal” de apiolar al toro, que muchos piensan, que pensamos, que es digna de cualquier matarife y no de un matador de toros, pues los toreros tienen que procurar no verse cogidos, claro que sí, pero dando una opción al toro. Eso es el toreo, esa es la tauromaquia, que nada tiene que ver con el engaño, con la trampa, ni con esos ardides tan “personales”. Y me gustaría poder relatar lo que fue su toreo, pero lo que no me apetece es pararme en estas formas que no entiendo, ni quiero entender. Pero nada, el año que viene otra vez. Pues aquí seguiremos.

Pero lo peor de todo esto es que estos males no son exclusivos de don Julián, porque desafortunadamente la trampa tiene fervientes seguidores y destacados discípulos de la pantomima. ¿Qué me dicen de don Miguel Ángel Perera? Lo parecidos que será, que hasta en eso de la lidia parecen un calco, sin fijar al toro, sin ponerlo en suerte, que si al relance, entre las rayas, metiéndolo debajo del peto, para que ni se roce a los toros con el palo. ¿Esa es la maestría? Eso es lo que ellos se creen, esa es la idea que tienen de este negocio, que no Fiesta. Lo reducen a un ir dejar pasar el tiempo, hasta el último tercio. Imaginen ustedes lo pendientes que estarán de lo que es la lidia, que igual Roca Rey, que López Simón, en el segundo tercio, cuando debían estar pendientes de los banderilleros, no se les ocurrió otra cosa que ponerse a torear de salón en medio del ruedo ¿Cabe mayor...? Pero es lo que aprenden de estos maestros. Maestro como Perera, que lleva soltando el mismo repertorio desde hace años, con el ceño fruncido y como si no quisiera estar en Madrid. Pues muy fácil, que no venga, que no vuelva. Que ese liarse a pegar sartenazos nos cansa, nos aburre. Nos desespera el que un toro se quiera ir a tablas después de dos muletazos, porque nadie lo ha lidiado, nadie le ha mandado y al final acaban cansándose, como ocurrió en su primero. Que estos caballeros se piensan que el toro tiene que salir ya dispuesto para aguantar su “arte”. Ese arte que ellos mismos usan como arma ofensiva. Que no puede ser señor Perera que tras aburrir, tras desesperar en el quinto de la tarde y ante las protestas de los tendidos, como castigo no se le ocurra otra cosa que seguir toreando. ¿En tan baja estima tiene su labor que la utiliza para castigar al crítico? Pues ya me lo ha dicho todo. Lo de los bajonazos ya lo dejo aparte, porque ya saben, de dónde no hay...


López Simón quizá se extrañaría de las reacciones del público, más cuando parece dar la sensación de querer ser un alumno aventajado de estos pseudofigurones del toreo. Hasta puede que se extrañe de que, haciendo algo muy parecido, a él le piden las orejas y a estos les tiran de las idem. Y razón no le falta, porque algunos le jalearon su labor, siguiendo el camino de dejar corretear por ruedo al toro hasta que se aburra; hasta tres vueltas le conté y todavía no paraba. Nadie era capaz de echar un capote y fijar al Vellosino. El primer tercio fue una capea en toda regla, quizá solo faltó la rubia atrevida que en todas las fiestas camperas se echa a la arena. Aquí no hubo rubias. Suelto, le llevaron al caballo al relance para no picarle ni en la primera, ni en la segunda vara, mientras echaba la cara arriba. Si el toro andaba justito, justito de fuerzas, ¿qué es lo mejor? Pegar trapazos por abajo hasta que se caiga. Su toreo de muleta es un corta y pega de lo que hacen sus maestros, pico, tirones, brazo estirado, pierna escondida, ante un toro con la cara a media altura. Que si no pincha, los había que ya pensaban en el despojo de turno. Tuvo que lidiar un sobrero de Domingo Hernández, feote, que como decía mi compañero de grada, parecía un novillote serio. No se le picó, si apenas se le rozó. En la muleta la tomaba bien por los dos pitones, pero el de Barajas se limitó a torear con el pico y a ahogarle la embestida. Mucho pase y ninguno bueno, aperreado por el lado izquierdo, sin pararse quieto, pegando tanda tras tanda, que no eran más que la evidencia del fracaso. Y así acabó el esperpento, toreros que no lo parecen y toros que no lo son, aparte de unas actuaciones que deberían ser respondidas por la empresa con la no presencia en ferias sucesivas, que a muchos les iba a alegras. Os quejáis, os quejáis y no os queréis dar cuenta de la realidad, y es que vosotros sois los antitaurinos.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Si ustedes lo dicen, me lo tendré que creer... o no

Cruzarse y dar el pecho, ¡Qué gran ilusión!


Si tantos lo dicen, será verdad, pero, ¿si lo dicen menos, es menos verdad? ¿La verdad se mide por la cantidad de adhesiones que consiga? Han sacado a David Mora por la Puerta de Madrid, tras haber cortado dos orejas a un bravo toro de Alcurrucén. Le ha aclamado la plaza, la petición ha sido mayoritaria, así que no hay más que hablar. Que no puede ser que tantos se equivoquen a la vez, ¿no? Si tantos aclamaron a Roca Rey hace unos días, ¿quién soy yo para dudar? Si otros tantos encumbraron a Ponce, ¿quién soy yo para dudar? Si también lo hizo Juan Bautista, ¿quién soy yo para dudar? Si en otras ocasiones esto lo vivió Castella o el Juli, ¿quién soy yo para dudar? Pues alguien que escucha lo que le dicen unos por un lado y lo que le cuentan después, que encuentra una gran contradicción entre hechos y palabras y entonces, duda.

Segunda de Alcurrucén, que nada tuvo que ver con la anterior que mató El Juli, Castella y Garrido. Una corrida muy pareja, con comportamiento variado y que, exceptuando al segundo, le ha venido muy mal el que les lidiaran de una forma tan nefasta. Empezando por Diego Urdiales, quién ha pasado por la feria como un fantasma sin alma, no sé si reservón o escaso de capacidad. Seguro que lo de que el peón recibiera a su primero fue una casualidad, que algunos agradecimos. Primer puyazo en mitad del lomo, mostrando el de Alcurrucén fijeza, pero sin pelear. Ausente de la lidia, empezó el trasteo con trapazos, mientras el toro le iba acorralando. Se dejó tocar mucho la muleta el riojano, enganchones y pico. En su segundo más ausente si cabe, permitiendo que la cuadrilla se entretuviera trapaceando a este cuarto. Muy suelto en el caballo, tras un picotazo en el segundo puyazo se inició una persecución del pica detrás del toro. Una lidia bochornosa por parte de la cuadrilla, que el espada no supo enderezar. Lo de la muleta no merece ni ser reseñado.

El segundo salió frenándose ante el capote de David Mora, haciendo regates al matador. Verónicas aseadas de recibo, cumplió en la primera vara y desde más lejos, por accidente, para recibir un picotazo en buen sitio. Replicó Mora un quite de Roca Rey, este por todos los palos, aquel por gaoneras a trallazos. Comenzó la faena intentando uno por detrás, pero el toro le arroyó y le levantó por los aires, cayendo de fea manera. Se rehizo el espada y siguió con tanteo por ambos pitones, con la muleta atravesada. Derechazos con mucho pico y dejándosela tocar demasiado. Otra tanda del mismo corte, uno toreando, pero retrasando mucho la pierna de salida. Pases apelotonados, uniendo uno con otro sin acabar de rematar el primero. Mejor al natural, algo mejor, mientras el toro no se cansaba de embestir. la muleta siempre atravesada, estocada más que caída y dos orejas, más vuelta al ruedo al toro. Y no digo nada, ahí está lo que yo vi. Eso sí, no se me quejen de que fulanito o menganito meten el pico y esconden la pierna de salida, ni que en Sevilla se indulta o se deja de hacerlo, porque vale que quieran pedir las orejas que quieran y las vueltas al ruedo que les apetezcan, eso no es cosa mía, pero lo de las ruedas de molino, no, por ahí no. Con los dos trofeos en el esportón, David Mora levantó el pie y decidió no complicarse la vida, mucho mantazo, el toro sin picar y con la franela, que ya no lo es, derechazos sin someter el calamocheo del Alcurrucén, que además salía con la cara alta en cada muletazo. Poca ambición y como no lo veía claro, tocó abreviar.


Roca Rey se despedía de Madrid hasta el año próximo, porque no creo que se apunte a ninguna sustitución, ni a Otoño. Tras el esperpento de su primer día, poco han variado sus formas, lo único que no hubo despojos. El tercero iba rebrincado y ante eso y tras un desarme, la solución del peruano era apartarse. Empujó en el caballo en el primer puyazo, con fijeza, pero no le castigaron apenas, igual que en la segunda vara, trasera. Luego muletazos de todas las formas posibles, pero con un denominador común, pico, falta de mando, tirones y el Alcurrucén sin saber de qué iba aquello, su matador no fue capaz de vislumbrar su condición. Roca Rey le hizo peor de lo que pudiera ser, que por otra parte tampoco lo era, pues cuando le movían la tela con reposo, aún por accidente, la seguía y todo. El espada se vio sobrepasado en todo momento, pues dónde se le pedía toreo, él ponía chabacanería. Al sexto le sacudió un latigazo con el capote que le dejó descoyuntado al pobre animal. Medio se rehizo y aguantó una lidia de trámite, picotazo para irse suelto hasta el de puerta, donde le dieron lo suyo mientras le tapaban la salida. A raíz del primer mantazo se mostró descoordinado en varios momentos, pareciendo incapaz hasta de dar un paso. Luego lo de siempre, sin dar la sensación de poder ni con el inválido. Su truco parece que es el dejar que el toro pase de un lado a otro, sin molestar y aprovechando para acompañar, porque si de poder y mando hablamos, ahí sí que se nos pierde el elegante y garboso Roca Rey. Pero si me quieren contar que es un joven maestro en el cuál tendremos que depositar nuestras esperanzas, pues hala, nos tapamos la nariz y lo hacemos, igual que si me afirman que Mora hizo el toreo del mismísimo Cagancho, pues uno pondrá todo de su parte para hacerse a la idea, porque si ustedes lo dicen, me lo tendré que creer... o no.