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martes, 5 de julio de 2011

¿Qué quieres ser de mayor? Torero

El señor que llevaba niños a los toros, con uno de ellos a punto de envenenarse con este sentimiento



Cuántas veces se le ha hecho esa pregunta a un niño y cuántas veces la respuesta ha sido la misma, quiero ser torero. Ese era el mayor aliciente para un niño que jugaba al toro, cuando todavía se jugaba al toro. Los domingos iba al campo con su familia y siempre se llevaba su capte rojo, que enrollado a un palo hacía también de muleta. El balón podía ser que se le olvidara, pero el capote y los palos que hacían de estaquillador y estoque, jamás. Luego se pasaba el día dando pases al aire y simulando con la boca los clamorosos olés de una imaginaria plaza, llena para ver aquellas faenas que siempre se premiaban con las dos orejas y el rabo.

Aquel niño ya conocía el orden de la lidia, primero el capote, que había que echar abajo para sujetar al toro, luego el picador, las banderillas y la muleta. Naturales, redondos, de pecho y la estocada en todo lo alto. El mismo niño que jugaba al toro, pero al que no le gustaba hacerlo en el cole porque los demás niños empezaban con la muleta y seguían por las banderillas y así no era, el orden no era ese. Así que se aguantaba las ganas y jugaba a otra cosa, aunque tuviera que aguantar la tentación de coger la montera de juguete de otro niño.

Cuando más le gustaba torear en público era en el pueblo de su padre, esos sí que sabían del orden en que se hacían las cosas. Sabían hasta organizar encierros, que acababan en la plaza portátil que se montaba en la plaza del pueblo para las fiestas. Unos niños hacían de toro y otros de mozos que corrían por la calle larga del pueblo, bajaban por la del cuartel y al llegar a la arena, cada uno se buscaba su refugio en los burladeros, porque la cosa era muy seria.

Qué presente estaba el toro en la cotidianeidad de aquel niño, que lo mismo jugaba con los muñecos de plástico, los indios, a atacar la diligencia, que se montaba una corrida de toros con aquellas figuras coloreadas de toreros, monosabios y picadores, que siempre se tenían que enfrentar a los toros más bravos del mundo. Con la boca imitaba los clarines y timbales, de Madrid o Sevilla, porque para algo conocía los toques propios de cada plaza y empezaba la corrida. Pero ojito, si al mismo tiempo había otra por la tele había que estar calladito, que a papá le gustaba ver los toros en silencio. Que no estaba mal eso de las corridas televisadas, pero era mejor cuando su padre le llevaba a la plaza, que por lo menos era en color. ¡Los toros en la plaza! ¡Qué maravilla! Cuando le decían ¿Te vienes a los toros? Pues claro. Y allá que iba tan contento con su papá, que le llevaba a los toros. ¿Quieres agua? Y en la puerta de las Ventas bebía de un botijo en el que una señora vendía tragos a todo aquel que quería refrescarse. Luego a ver llegar a los toreros. ¡Allí viene uno! Y llegaba un coche grande, de formas redondeadas, con una mole que le aplastaba la capota, de color rosa y amarillo, entreverada del rojo de las muletas. Se abría la puerta del coche y empezaban a bajarse unos dioses vestidos de luces, elegantísimos, muy repeinados dejando paso al matador, que era el que tenía el traje dorado. Luego no era de extrañar que el niño le pidiera a su madre “mamá, péiname como a Paco Camino” Y la madre intentaba imitar el añadido haciendo que amontonaba el pelo de la nuca.

Al entrar en la plaza todo era más oscuro y también más ruidoso. Que orgulloso iba de la mano de su padre; llegaban los dos delante de un cajón alargado donde un señor con gorra echaba los papelillos que cortaba a las entradas, se subían unas escaleras y allí aparecía el ruedo dorado e inmenso. Con sus rayas pintadas de rojo, que era el color que se usaba antes en Madrid. A sentarse la almohadilla y a esperar a que sonaran los clarines. La magia ya había empezado. Esa magia que ya nunca abandonaría a aquel niño que sonrojaba a su padre cuando se ponía a torear entre el tendido alto y el bajo, sin importarle que en el ruedo hubiera torero o no, consiguiendo sus primeros y casi últimos olés de su vida. El padre que, aunque avergonzado por el desparpajo del niño, también provocaban el orgullo del aficionado que quiere adivinar a un aficionado del futuro. Ese mismo orgullo que el padre ya convertido en abuelo, sintió cuando una tarde entró en la plaza cogido de la mano de su nieto, el hijo de aquel espontáneo que ya gritaba ¡maleta! a los desafortunados coletudos de una tarde sin suerte. Era el orgullo del abuelo que ya creía tener a quien dejar las llaves de una afición. Recorría los pasillos respondiendo a los comentarios de aquellos que no podían evitar dar la bienvenida a un nuevo correligionario. Unos llamaban al niño torero, otros le preguntaban si le gustaban los toros, otros simplemente le sonreían y hasta un alguacilillo jubilado le raptó por un segundo y le intentó subir a uno de los caballos que abrirían el paseíllo. Pero ¡ay! los años y la frágil espalda obligaron a la autoridad de otro tiempo a pedirle al padre a que aupara al niño en la montura. Pero daba lo mismo, la magia no se iba a romper por un ligero contratiempo.

El abuelo al fin se iba a poder marchar tranquilo, ya tenía quien le sustituyera cuando él no estuviera. Ya dejaba otro aficionado que velara por la salud de la tauromaquia, aunque como la realidad suele ser caprichosa, no fue el nieto el que mantuvo encendido el fuego sagrado de la tauromaquia. El destino quiso que fuera la nieta, con la que nunca entró de la mano a la plaza de Madrid, la que nunca montó el caballo de los alguacilillos y a la que casi no tuvo tiempo de disfrutar, la que parece empeñada en continuar la fe de sus mayores y que todas las tardes, cuando su padre se prepara para irse a la plaza le hace la pregunta de: ¿Hoy no hay entrada para mí?

viernes, 24 de junio de 2011

Los toros, el fútbol y hasta pronto




Recuerdo cuando los más añejos aficionados a los toros se posicionaban lo más lejos que podían de los futboleros, la antítesis por definición de la tauromaquia y de toda su historia y tradición. Incluso a veces se escuchaba en la plaza como cuando alguno sacaba mínimamente los pies del tiesto se le gritaba: “¡Vete al fútbol!” Pocas cosas podían ser tan ofensivas como esta. Pero hoy las cosas han cambiado y los que profesamos esta fe, la taurina, también podemos confesar nuestros colores en materia futbolística.

A veces estos dos mundos se acercan más de lo que podemos imaginar. Solo tenemos que echar mano a El Retoñal, bético y recreativista, Hasta el Rabo todo es Toro, madridista, El Toro de la Jota, del Real Zaragoza, y el sentimiento rojiblanco atlético declarado de Toros de Tinta; y no creo que ninguno esté dispuesto a apostatar de su fe taurina. Pero estos ejemplos no son los únicos, yo mismo me encuentro entre esos futboleros que atienden al balón y al toro en invierno y casi solo al toro en verano. A nadie le sorprenderá que yo ahora me declare colchonero y aunque muchos no lo crean, ambas pasiones tienen mucho en común.

El momento de la fiesta y la situación que atraviesa el club de mis amores desde hace años, no es el mejor de la historia para ambos. Tanto unos como otros llevamos años en los que el principal sustento de nuestra afición es la ilusión y la esperanza en que el futuro sea mucho mejor que el presente y que las glorias por venir harán olvidar de un plumazo las penas pasadas. Unos sacamos el abono cada año esperando la reaparición de Domingo Ortega, cosa poco probable, y los mismos renovamos nuestro abono pensando que ese es el inicio de un camino de rosas hacia la conquista de nuestra primera Champions League.

Tenemos la virtud de leer e interpretar los signos del destino en los que nadie antes ha caído, pero que para nosotros no pasan desapercibidos. Una tarde en que sale un toro encastado que hace volar los petos, es la muestra evidente de que esto no está muerto. Una remontada ante el mejor equipo del momento y nos creemos los dueños del mundo, un mundo que pronto lucirá los colores rojiblancos. Una salida a hombros a ley es como una visita a Neptuno con la familia, pues si alguno se pierde la ocasión pueden pasar años sin volver a disfrutarla.

A los atléticos nos han hecho creer durante años que nuestro sino era el del perdedor, el condenado a no ver jamás triunfar a su equipo del alma, igual que también quieren meternos en la cabeza que las corridas de toros tienen como uno de sus ingredientes principales al aburrimiento y que solo podremos disfrutar de este arte el día en que esta pesada compañía decide no acudir a la plaza. De la misma manera que unos cuantos interesados y mediocres decidieron que el nuestro debía ser un club pobre y sin aspiraciones, lo que han conseguido con creces, que un día fue grande y que a pesar de todo sigue siendo el tercer equipo del país; mentira. Igual que también es mentira que el toreo viva un momento de excelencia y que somos unos privilegiados por poderlo vivir.

Unos gozamos de tener vestidos a rayas a unos de los mejores jugadores del mundo y otros de contar con una amplísima baraja de toreros únicos que nos hacen tocar el cielo, que paran los relojes y que sientan cátedra taurina allá donde desparraman su sabiduría. Si se gana al último de la tabla, somos únicos, y si se indulta un borrego, estamos ante un acontecimiento histórico. No sé, a veces se me entremezclan sin demasiad claridad estás dos formas de entender el mundo y la conclusión es que aunque sean dos aspectos muy importantes de mi vida, la verdad es que suponen una gran fuente de satisfacciones, más bien todo lo contrario, aunque de momento no me veo apartado ni de los capotes, ni de las rayas. Uno acude cada domingo y día entre semana que hay fútbol en el Manzanares, con frío abrigado hasta las cejas y con calor aguantando el sol cayendo de plano, igual que allá por mayo coge su almohadilla y su entrada y se va a Las Ventas con la ilusión de volver a ver algo que le hizo emocionarse, y mucho, y que al volver por la noche a casa casi siempre intentas olvidar el fraude del que has sido testigo.

A partir de aquí vamos a tomarnos esto con más calma, no voy a abandonar ni los toros, ni el Aleti, pero sí que me voy a relajar un poco, no me pondré como obligación el aparecer cada cuatro o cinco días en Toros Grada Seis, seguiré pensando en el toro y cuando crea que tengo algo que decir apareceré por aquí para compartirlo con tanta gente que tantas veces me ha dado tanto bueno, que me han llevado en volandas durante la feria de San Isidro, que muchas veces se han mostrada de acuerdo y otras no, pero en que en todos los casos me han hecho sentir un tremendo respeto y satisfacción. Pero bueno, creo que tampoco hay que darle más coba a esto, así que como de momento no creo que tenga mucho que decir, pues habrá que tomarse las cosas con más calma, aunque seguro que siempre habrá alguno que me cite de lejos, que haga sonar el estribo, que mueva el caballo y que me haga volver a arrancarme para meter los riñones y, si hay fuerzas, hasta romanear.

lunes, 16 de febrero de 2009

Esta religión nuestra


Porque así se podría considerar esta nuestra afición al arte de birlibirloque, como lo llamaba Bergamín. Una religión en la que los parroquianos son capaces de partirse la cara por el oficiante, o sea el torero. No me imagino yo en un templo al susodicho oficiante susurrando una salmodia extraña que no venga a cuento y que un asistente le pida: ¡Más alto, que no se oye! Y que alguien le espetara: ¡Sube tú! Seguido del correspondiente insulto. Y en esto se oyeran otras voces confirmando que no se oye nada y que se organizara un gran revuelo porque el señor oficiante va a lo suyo. Y que encima, que ahí no pare la cosa, que obliguen a los disconformes a asistir repetidamente a los oficios de este hombre, que este hombre cree escuela y que muchos más oficiantes se dediquen a susurrar la tarara en todo lo alto del púlpito. Seguro que cualquiera me diría: ¡pero eso es una barbaridad! Pues sí, eso mismo digo yo, y lo digo incluso cuando un matador de toros se planta como oficiante a regalarnos una eterna salmodia de trapazos con la derecha, la izquierda y hasta con unos “estupendos” pares de banderillas de despoder a despoder.

Pero se puede ir más allá. ¿Qué pensaríamos si de repente todos pretendiéramos que hasta la más lejana ermita en lo alto de una montaña, se convirtiera en un segundo Vaticano y que quien nos hablara fuera colega del mismísimo Santo Padre? Pues estamos en las mismas. Hoy todas las plazas no es que sean de primera, son de primerísimo categoría. Con la buena labor que han venido desempeñando desde hace décadas. Cosos que daban festejos en los que había sitio para casi todos y que en su momento supieron ver muy bien en localidades como el mismo Valdemorillo o cualquiera de las localidades del “Valle del Terror”, donde la responsabilidad no era la misma que vestirse de luces para hacer el paseíllo en la calle de Alcalá de Madrid, o junto al Guadalquivir en Sevilla.

Hoy todo está al revés. Es como si la plaza de Madrid se utilizara para que los espadas fueran casi a la desesperada y a ver qué pasa, a ver si con una tarde salvan su permanencia en la profesión. Como si se dedicara todo un mes de la temporada a dar novilladas sin caballos, en las que la gente está más pendiente del bocadillo que del “cartuchito de pescao”. O como si de repente hubiera que ser magnánimo con los toreros anunciados, porque son de no se que pueblo, porque han llegado cuatro autobuses llenos de vecinos incondicionales y porque tampoco se les va a echar por tierra una tarde de alegría y diversión. Pero… ¿Qué estoy diciendo? Si este es el panorama de la primera plaza del mundo desde hace años…Si ya me parecía que algo había que no funcionaba como debía. Pero tranquilos, que no pasa nada, porque esto se soluciona con la frase lapidaria de que “fuera de San Isidro no es rentable”. Pero, ¿cómo que no? En Madrid, que es lo que tengo más cerca, si hay carteles, la gente va, pero lo que no hace es ir a ver al primo de no sé quién, de no sé qué sitio, para que a la mínima le manden callar y le llamen, como poco, ignorante. Y si estos lo extrapolamos al resto de España, en mi opinión sería casi igual. Si se ofrece un espectáculo íntegro y de verdad, la gente irá. Pero claro, si lo que hacemos es organizar un festejo con los que se dicen figuras y la gente se aburre estrepitosamente, entonces piensan que si estos son los buenos, ¿cómo serán los malos? Y además les pegan un palo en la cartera como para que se le quite la afición de golpe, porque entre la entrada propia, la de la señora o el marido, el suegro que es muy “aficionao” y los niños, más el refresco, la copa y la merienda, más le habría valido invitarles a la Costa Azul, y encima ven mundo.

Y luego nos echamos las manos a la cabeza porque los antitaurinos quieren acabar con los toros. Pero si el enemigo lo tenemos en casa. Pero nosotros seguiremos con esta religión nuestra tan particular y… ¡Que Dios me libre de los taurinos, porque de los antitaurinos me libro yo!