Mostrando entradas con la etiqueta Ganaderías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ganaderías. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de abril de 2012

Fuga de cerebros, expolio en el campo

Los Patas blancas no han tenido la suerte de elegir entre exilio o matadero


Uno empieza a estar harto de que ciertos hechos se repitan a lo largo de la historia y de que no seamos capaces de aprender y evitar esas situaciones que solo nos perjudican a los que vivimos en esta piel de toro, como la llamó Herodoto. ¡Ay! Herodoto, si tú supieras lo que ha pasado por aquí en estos siglos, la cantidad de gente que vino y se quedó, lo que ha progresado incluso a pesar de nosotros y lo que todavía podía haber llegado a ser si no fuéramos a veces ni tan ciegos, ni tan sordos. Hemos permitido que los mejores de nosotros se tuvieran que marchar a otras tierras para poder descubrir su genio en toda su plenitud, aunque también lo hubieran mostrado aquí, pero más tarde se tuvieron que marchar: Goya, Severo Ochoa, muchos de los genios del 27, Picasso, Arrabal, Barbacid, Pedro Duque, los jóvenes que ahora tienen que buscar su futuro más de nuestras fronteras y tantos y tantos más.

Pero el mal no es solo lo que sale, sino la forma en que abrimos la puerta a los de fuera. Detrás de ese orgullo patrio que nos hace pensar que como España nada, hay una falta absoluta de sintonía entre lo que se dice y lo que se hace. Incluso hasta se podría hablar de cierto desprecio, desdén o falta de aprecio a lo que podría alimentar y justificar ese orgullo, que en ocasiones parece que solo lo aguantan la tortilla, el jamón y la paella. Del resto estamos sobrados. Ya se pueden llevar nuestro arte por cuadro duros, ya pueden asfaltar el litoral y jalonarlo de torres de apartamentos llevándose por delante todo lo que se les ponga por medio, total, si playas hay muchas y arena mucha más.

Se adocenó el flamenco para agradar a japoneses, americanos y demás devoradores del sol de España, y si se ha mantenido con vida y ha llegado al auge y respeto que ahora tiene solo es debido a cuatro locos que no se resignaban a que ese patrimonio se convirtiera en un adefesio. Qué suerte tuvieron los flamencos de que entre ellos aún quedara alguien que no se deslumbrara por el oropel de las divisas. Como en otros casos, volvemos a encontrarnos con la sentencia orteguiana que unía la historia de España y del toreo para poder comprender mejor a ambas. En esta piel de toro aún no hemos acabado de exportar cerebros para hacer progresar otros países, ni nos importa que los símbolos que más nos identifican viajen a otros lugares para gozo de aquellas gentes y que hasta se establezcan allí por los siglos de los siglos.

Dicho en otras palabras, no nos parece suficiente que sea Francia la que soporta el peso del toro bravo, manteniendo vivas las sangres no comerciales que aquí se desprecian con tanta alegría, sino que ahora emigran las ganaderías al completo buscando un futuro mejor. Habrá algún patriota que viva su ceguera nacional pensando que allí mandamos lo malo y que nosotros nos quedamos con lo bueno, con la flor y nata de la cabaña brava ¡miau! A otro perro con ese hueso. Lo que hace unos años no es que pareciera imposible, sino que además nadie podía llegar a imaginarlo, se está dando. El toro está empezando a abandonar el Campo Charro. Entre el matadero, la Unión Europea, la crisis, la falta de afición y el “buen criterio” de las figuras que van tentar a su manera, en Salamanca se está hundiendo el campo bravo. La última en hacer el petate y subirse a al tren del exilio ha sido la ganadería de Valverde, aquellos mozos del cura que con solo nombrarlos ya sembraban el pánico entre los taurinos, aquellos a los que se tuvieron que enfrentar los que no eran figuras, ni tenían pinta de llegar a serlo, pues a la mínima escapaban de verse en el mismo cartel que los toros de Salamanca.

Que felices estamos, esos tontos de franceses se llevan lo malo y los Cuvillitos, Garcigrandes, Zalduendos y todas las “grandes” ganaderías que matan las figuras, nos las dejan para nosotros. Pero que listos somos, para nosotros la toreabilidad, durabilidad, docilidad, bobonería, flojedad, toros bonitos y muy en tipo y proporcionaditos y sin pitones exagerados. Y ellos se tragan lo malo, malísimo, ¡qué listos somos! Anda y que se queden con el toro íntegro, con la variedad de encastes, la casta, las láminas de otras épocas, los toros con unos pitones de impresión, los que van tres veces o más al caballo, esos a los que no hay quien les pegue cien pases porque te comen. Eso no es la fiesta de los toros, eso es la tragedia, lo que quieren algunos aficionados anclados en el pasado, no los amantes del arte, tal y como afirmaba don Finito de Córdoba, el torero de Sabadell. Creo que nos podemos sentir orgullosos de nuestra “listeza”. Y los que no quieran ellos, los vendemos para las calles, que ahí no miran el tipo, solo quieren el toro que parece un toro.

Me siento como un imbécil vestido de payaso con una nariz roja en medio de un funeral, encantado de ser el más animado en un sitio donde todos van de negro, pensando que son unos aburridos. Y es que no aprenderemos nunca. Si de Salamanca a Ciudad Rodrigo todo eran toros a lo largo de la carretera, pronto veremos restaurantes, centros comerciales, clubs nocturnos, urbanizaciones de adosados, clubs de vacaciones, campos de golf y un vivero de plantas vendiendo palmeras, que dicen que es lo que mejor se adapta s los desiertos. La cara que se les va a quedar cuando se den cuenta que para todas esas cosas está mucho mejor Benidorm y la Manga y que además tienen playa para dormir la mona. Pero seguro que esto no es posible, no hombre, ¿a quién se le ocurre? Eso es cosa de los catastrofista y pájaros de mal agüero, lo mismo que decían hace tiempo algunos y Cataluña y… ¿Catalu… ña? ¿Fiesta? ¿Prohibición? ¿Galicia? ¿Los niños no pueden entrar en las plazas? Pero ¿qué está pasando? ¿Qué nos estamos perdiendo? Empiezo a tener la sensación de que los timadores son los timados. Con lo listos que somos aquí, más listos que nadie y nos estamos dejando hacer el tocomocho por alguien que no es ni español. Pero si los “espabilaos” éramos nosotros. Tendrá que hacer algo la Administración, las Comunidades Autónomas, esas que han declarado la fiesta Patrimonio Patrimonial del Patrimonio, el Ministerio de Cultura, Presidencia del Gobierno, el Rey y si hace falta, el Papa. A ver si ahora va a resultar que ya nunca se van a poder prohibir los toros, pero no nos van a quedar toros. Que alguien lo mire detenidamente y si ve algún resquicio por el que todavía podamos creernos los más listos del mundo y no quedar como el tonto la boina, que me lo diga. Que uno así, con esta congoja, no puede vivir.

viernes, 7 de octubre de 2011

Las ganaderías que fallen, al matadero

Aquel recorte de Morante


Por ahí leo el debate de lo que es o debe ser una moruchada. Hay muchos pareceres sobre ello, porque de la misma forma, hay mucha distancia entre los que unos creemos que es el ganado morucho y su comportamiento y lo que piensan otros. Incluso puede haber quien no llegue a pensar nada y simplemente utiliza el término por parecerle atractivo. Que bien suena eso de “moruchada”.

Pero acabemos con todo esto. Por una vez recogeré una idea que manejan muy a menudo los seguidores del postmodernismo imperante, que no es más que lo que no valga, al matadero y punto. O quizás para ser más exactos, lo que no nos guste o lo que no esté bien una tarde, al cadalso taurino. Que estuvo mal Adolfo en Madrid, pues a pasar toda la ganadería a cuchillo y filetes para un hospicio. Y así lo de Miura, Dolores Aguirre, Palha, Moreno Silva, Barcial, Partido de Resina, todo lo procedente de Coquilla, cualquier hierro con el mínimo rastro de Santa Coloma, Atanasios, Gracilianos, Escolar y ojito los demás que no se anden con bobadas. Lo que pasa es que igual hay quien decide seguir por lo de Núñez y Domecq y al final podremos ver como estos profundos conocedores de la cabaña brava compartirán mesa con Mosterín para discutir si las corridas de toros debían haber desaparecido antes o si se tendría que haber hecho algo más para salvar aquel espectáculo.

Ignoro si detrás de todo esto hay una red oculta de casquerías y carnicerías. Parece que volvemos a los orígenes de todo esto, cuando los matatoros se cobraban en carne su actuación. Entre este afán de enviar las reses al matadero y el ansia orejero de los públicos, quizás hayamos encontrado una justificación a este fenómeno de la tauromaquia moderna. Pero la cosa es más seria que todo esto. No se puede trasladar al mundo de los toros ese sentido utilitarista de la vida. Sobretodo si nos paramos a echar cuentas y vemos que el tiempo que se necesita para incorporar cualquier modificación en el toro y para conocer el resultado. Las prisas, además de no ser buenas, no son posibles. Hay que ajustarse a lo que va marcando la naturaleza. No se puede esperar que un hierro mantenga una línea absolutamente regular como si en lugar de tener toros pastando en el campo tuviera una cadena de montaje. Aunque muchos lo pretendan. Si decidimos refrescar una ganadería con un semental o una punta de vacas nueva, habrá que esperar unos dos años para ver el resultado en la tienta de las primeras, tres para los novillos y cuatro para el toro, porque todos deberíamos saber que estos pasos son ineludibles. Habrá gente con mucha capacidad que le valga ver lo que dan de si las vacas, pero ¿cuántas ganaderías no tienen unas vacas bravas y encastadas y los machos le salen blandos y mansos? Y cuando no, los novillos salen estupendos y de toros se vienen abajo. Si es que esto no hay quien lo entienda. No es nada fácil.

Igualmente, las ganaderías pasan por períodos de bonanza y por baches tan profundos como el abismo. Entonces ¿qué hacemos? en ese momento sacamos la puntilla a pasear. Pues por esa regla de tres es muy posible que ya no existiera el toro de lidia, ni monoencaste, ni moruchos, ni burras tontas, no quedaría nada. Quizás algunos de estos adalides del utilitarismo deberían saber que la ganadería de Victorino Martín pudo haber ido al matadero antes de que se la llevara el de Galapagar. Lo que nos habríamos perdido. Es en ese momento, cuando todo parece acabado, cuando los más sabios creen que ya no hay salida, cuando empieza a actuar el ganadero de verdad, cuando el mayoral abre el libro de la experiencia y cuando surge el milagro del buen ganadero. Pero si el ganadero es un inversor, pues ni sabe de libros, ni sabe de la cría del toro, ni sabe de nada, solo sabe de números de beneficios y de poder codearse con la aristocracia del toro y darse un barniz al pertenecer a esa élite de los ganaderos de bravo.

Con esta óptica utilitarista, ¿qué habría pasado si ganaderos como el mismo Cuadri, que tan en boga está en los últimos años, después de aquella corrida de Beneficiencia en que salieron sus toros tambaleándose? Afortunadamente el ganadero debía saber lo que tenía en su casa, debió saber identificar el problema y finalmente le encontró una solución. Lo que no quiere decir que no eche de vez en cuando un toro malo, e incluso una corrida mala al completo. Eso es lo que tiene trabajar con animales, eso es lo que tiene el toro. O si en una posterior Feria de San Isidro hubiera visto reaparecer los viejos fantasmas, con una corrida, mala, muy parada, y al tercer toro hubiera decidido cargarse a todas las vacas y toros de la dehesa. Y mira por donde, el último fue el que resultó premiado como mejor toro del serial de aquel año. Es que esto es muy complicado y además de conocimientos y trabajo, además es necesaria la paciencia. Virtud que aunque en menor medida se debe trasladar al aficionado. Lo que no quiere decir que éste deba tragar lo que le echen apelando a esta paciencia. No nos confundamos. La situación actual, dominada por la vulgaridad emanada de los pegapases que desconocen los fundamentos de la lidia y por ganaderos de mulos fofos, no es paciencia precisamente lo que necesita. O sí, pero dirigida en otra dirección; la tranquilidad que se requiere para empezar de nuevo siguiendo las reglas clásicas y olvidándonos de tanta majadería dañina que nos ha llevado a donde estamos ahora, en un mueco en el a un mulo se le parchea poniéndole unos pitones, pintándole de negro para que parezca un toro, cortándole las crines y rizándole la frente, pero aunque acabe teniendo apariencia de toro, por dentro seguirá siendo un mulo.

jueves, 15 de julio de 2010

¿Queda semilla brava que nos rejuvenezca?


Ya anuncié suficientemente en su momento que me iba de vacaciones. Debía de ser el síndrome Dominguín, ese que cuando vives algo bueno sientes un irrefrenable impulso que te hace correr para contarlo. Pues bien, eso ya se ha acabado y aparte de paseos, visitas, comidas de condenado a muerte, mundiales de fútbol y calor, también ha habido ratos de modorra en los que pensaba y pensaba, aunque doliera.

En mis cortas conexiones con el planeta de los toros he podido comprobar que todo sigue igual, que en Pamplona de vez en cuando triunfan otros toreros que no son los habituales del circo de Manolita Chen. Y esto no es por otro motivo que por el toro, ese que realmente debería ser el rey con mando en el mundo taurómaco y no un simple atrezzo que aguante los alardes de los figurones. Dejaremos de lado esos conflictos en que nos quieren enredar de si se concedió o no una oreja merecida, de si el usía del palco es un malaje revienta fiestas o es el primo tonto de Teresa de Calcuta. Lo importante es el toro y a eso no podemos renunciar. Eso sería dimitir de nuestras obligaciones de aficionado a los toros. Y que conste que no diferencio entre buenos y malos, porque todos tenemos algo que aportar, siempre que sea desde la sinceridad.

La cabaña brava, como dicen los eruditos del toreo, puede que atraviese uno de los peores momentos de su historia, toros bobones, flojindongues, mansos y descastados, que en el mejor de los casos se limita a seguir el trapo como si estuviera hipnotizado por tan llamativo retal. En algunos casos parece como si algún ganadero hubiera decidido iniciar el camino inverso del que empezaron hace años. Esa andadura hacia la desnaturalización del toro bravo puede tener su vuelta atrás. Hasta el momento los resultados son como una gaseosa en medio del desierto, que nos sabe a gloria, pero que no aguanta ninguna comparación con el ideal del toro que exige la fiesta y la afición.

Nos tenemos que conformar la mayoría de las veces, con toros encastados, aunque mansos, pero que al menos ponen en un brete a los matadores y cuyos hierros son marcados con una cruz por las figuras del momento. Hay que pasar de la bendición que nos supone ver que un toro no se cae y que no es la tonta del bote, a exigir bravura y calidad en la embestida, pero ¡ojo! Que nadie se me confunda, que de embestidas con clase está uno más que harto. Y me explico; muchos son los toros que vemos que arrastran el hocico por el suelo, pero que son incapaces de plantearse algo más que ir tras el trapito. Esas embestidas tienen que responder a la exigencia del torero de ponerse en su sitio, de dar los terrenos que pide el toro y de acuerdo a una correcta lidia en todos los tercios.

Ya digo que parecen intuirse intentos aislados por recuperar el toro bravo, el problema está en saber de dónde tirar. Hace años se oía hablar de la posibilidad de que algunos ganaderos mantuvieran alguna punta aislada de ganado encastado, pero después de tanto tiempo, más puede parecer una leyenda urbana, que siempre es un buen saco donde esconder lo que no es ni posible, ni imposible, sino todo lo contrario. Otra posibilidad sería buscar en las ganaderías en las que las figuras no hayan puesto sus ojos, ni en aquellas que no son dirigidas por aspirantes a ganaderos de cámara de estas figuras, pendientes de ver si queda un hueco en este circo de los despropósitos, para entrar pegando codazos a todo el que se ponga por delante, embistiendo con más fiereza que los delicaditos toros del monoencaste.

La verdad es que no debe quedar ningún tesoro oculto, ¿quizás en las ganaderías llamadas de segunda? ¿Quizás habría que empezar a buscar también en tierras de Portugal? Pues parece más viable la primera posibilidad que la segunda, aunque lo único que tendríamos garantizado es que el camino iba a ser muy largo, tortuoso, lleno de baches y con muchas piedras llenas de aristas. El panorama no es muy halagüeño, unos seguirán pendientes de si a fulanito o menganito le han robado o regalado una oreja o diez, otros habitarán ese mundo fantástico del triunfalismo y a otros, de momento sólo nos queda seguir buscando debajo de las encinas, por las marismas o entre las peñas, para ver si aún queda algún manantial de sangre brava que nos rejuvenezca.

domingo, 18 de abril de 2010

Victorino, Palha y la ley del péndulo… inmóvil


Que la realidad es cambiante, es algo evidente. Es algo sobre lo que han reflexionado filósofos, pensadores, poetas y todo tipo de artistas. Unos decían que el mundo avanzaba en forma de espiral, lo que quiere decir que la historia avanza y retorna al mismo punto cíclicamente, e incluso también están los que afirman que el movimiento es pendular, que se pasa de un extremo a otro periódicamente. Pero aunque parezca mentira, en los últimos tiempos esta norma no se cumple en el toreo. Nuestra historia es un línea recta, como el toreo de los maestros del momento, que se dirige a un punto desconocido, por no decir eso tan sobado del abismo.

Todos hemos sido testigos de las grandes tardes de algunas de las ganaderías actuales, como la de Victorino y Palha. Una símbolo durante años del gusto del aficionado torista de la plaza de Madrid y la otra como clara aspirante a recoger el cetro que el ganadero de Galapagar se olvidó en la barra de un bar, un día que iba con prisa.

Yo tengo que confesar que no soy de los que investigan en la vida de toreros o ganaderos para conocer el motivo de un bache y darme por conforme. Naturalmente que me gusta saber todo lo que ocurre en torno a cualquier actor de la fiesta, pero por lo que no paso es por admitir como buena esta coartada y comulgar con ruedas de molino, porque a mi la entrada me la cobran igual.


Estamos en la primera parte de la feria de Sevilla y ya hemos podido corroborar el batacazo de las dos ganaderías ya nombradas. Si seguimos esa ley del péndulo, después de un momento bueno, viene otro malo, al que sigue otro bueno o una corrida que sea un chasco, frente a otra en la que salen uno o dos que te hacen albergar ciertas esperanzas. Pues no, el señor don Victorino Martín, uno de los que mejor conocen, o conocían, lo que tenía en su casa, hace años que se lanzó por el tobogán de la mansedumbre, vulgaridad y falta de casta y todavía no sabemos si ha llegado abajo o si sigue cayendo. Porque lo de Sevilla no ha sido una tarde mala, es una tarde mala más. A Madrid, su casa, no viene porque no tiene que traer y se debate en devaneos con plazas que nunca soñaron tener a los archifamosísimos toros de la A en su ruedo. Lo que voy a decir me cuesta mucho y me duele, pero esta ganadería ya no es ni sombra de aquella que garantizaba emoción, que exigía saber lidiar y que en ocasiones regalaba calidad con algún toro surcando la arena con el hocico. Los terroríficos Victorinos ya no aterran a nadie, se caen como los demás, se paran como los demás y aburren igual que los demás. El péndulo de este hierro hace años que se quedó clavado en el polo negativo, quizás esperando hasta que don Enrique Ponce los exija por las ferias de esos mundos de Dios.

La otra ganadería que he nombrado ha sido la portuguesa de Palha, esa de aquella corrida en Madrid que nos hizo frotarnos los ojos al volver a ver de nuevo lo que era el toro bravo de siempre. Pero que nadie piense que don Joao echó seis ejemplares bravos como el toro Diano, nada más lejos de la realidad; unos fueron buenos, otros menos buenos, otros regulares, pero nos hicieron recuperar la emoción, algo tan necesario y tan escaso en las corridas de toros de este siglo XXI. Luego volvió a Madrid para cambiar el éxito por el fracaso, sembró o dejó sembrar la duda sobre posibles oscuras actividades en los corrales de las Ventas y de nuevo en Sevilla ha pegado el petardazo. Otro clavado en el polo negativo. Según las crónicas, los Palha de Sevilla se acercaban más a una moruchada con peligro que a una corrida de toros.

No quiero hacer un juicio de valor precipitado, pero me da en la nariz que el señor Folque ha podido tomar la misma opción que otros antes, y me explico. Han sido muchas las ganaderías que han pasado por un bache a lo largo de su historia y que para salir de él, da la sensación de que lo primero que buscan es que no se les caigan los toros. Me viene a la cabeza ahora Miura. Un toro duro, que no dobla las pezuñas, pero que es intoreable desde cualquier punto. No es que sea duro y que haya que poderle, lidiarle y dominarle hasta que llega el momento supremo; no, son burros con cuernos que no son demasiado aptos para la lidia.

De momento no he querido entrar en otras ganaderías por varios motivos. Primero porque para hablar del monoencaste Domecq, ya voy a tener toda la feria de San Isidro y segundo porque para ir desgranando el estado actual de cada hierro, uno por uno, ya voy a tener toda la feria de San Isidro. De momento con conseguir que el péndulo prosiga su balanceo de lo bueno a lo malo y de lo malo a lo bueno, ya nos conformaríamos más de uno. Ahora a seguir lo de Sevilla como se pueda y a ir preparando la almohadilla, el chubasquero, la libreta y el boli para la feria de San Isidro.