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lunes, 8 de octubre de 2012

Gran par, un gran torero y los gladiadores

David Adalid nos rompió la voz en un grandioso par de banderillas



A la salida de la plaza había opiniones para todos los gustos, los más seguían cuadrándose en la cara de aquel barrabás y sacando los brazos casi prendidos de los alamares, una y otra vez, otros solo eran capaces de decir “¿Has visto?”, incluso los que jaleaban el valor de lo hecho por los tres espadas. Y no digo yo que no lo tuvieran, pues es de mérito el plantarse delante de semejantes mastuerzos con malas ideas, disponiendo de tan escasos recursos lidiadores. Pero con tanto coraje como el que se planta en medio de una vía esperando al AVE o el que mirando al mar cree que va a lograr frenar el temporal… o no.

Por supuesto que respeto y valoro que Robleño, Castaño y Alberto Aguilar se apuntaran a la corrida de Palha y que aguantaran allí hasta el final con una dignidad bárbara, la misma que le falta a muchos cuando se ponen a exigir una admiración no ganada, con unos animalejos chicos, insulsos y bobones. Pero uno realmente no va a los toros a ver a tres valientes, además se espera que aporten algo más que valentía. No quiero ni locos, ni suicidas, ni desesperados, ni gladiadores, yo quiero ver toreros que sepan como dominar a un toro con el capote y la muleta.

Orgulloso estará el señor Folque de lo que echó al ruedo de Madrid. Toros que parecían un catálogo de los horrores taurinos, solo a primera vista. Luego al verlos evolucionar la cosa empeoraba ostensiblemente, ostentóreamente, como diría el expresidente de uno de los líderes actuales de la liga de las estrellas. El primero justito de presencia, empujó de lado y luego le valió con un picotazo y las banderillas que le hicieron revolverse de dolor; con un pitón izquierdo para no perdérselo de vista, pues más parecía la llave a la enfermería, que se pasaban de unos a otros los toros portugueses. El segundo de una lámina preciosa para ser una cabra, no tanto para toro de lidia, entraba a los capotes como lo hacen los mulos a la alfalfa, empujó sin codicia alguna en el caballo e incluso se arrancó con cierta alegría en la segunda vara, desde media distancia. La misma desde la que acudió a la muleta al inicio de la faena, pero ya con mucha menos galanura; era el prólogo de un último acto, en el que al animal le tocó el papel de zombi, o sea, de muerto viviente, para que se me entienda, pero con las fuerzas suficientes y malas entrañas de enganchar a su matador y buscarle cuando este estaba en la arena a su merced. El tercero, un novillo casi toro, pero novillo, despreciaba los capotes que le ofrecían, se volvía al revés, fue al caballo sin pararse, para derribar en esa primera cita. Para la vez siguiente, como ya se lo sabía, le intentaban poner en suerte, pero entre que ya no estaba para caballos y entre que los de a pie no eran capaces de quitárselo de encima con un remate, tardó un mundo en volver al peto, que fue el que pagó la cuenta de su mansedumbre. Mientras le tapaban la salida corneó y corneó la guata, o sucedáneo. Un toro complicado, haciendo hilo y con mucho que torear, cruzándose mucho en las embestidas, parándose, una joya. Al cuarto no se le vio en el caballo, pues las dos veces le metieron debajo del peto, empujaba fijo de lado, con el pitón izquierdo, que parecía el que tenía más entrenado para soltar tarascadas, convirtiendo el segundo tercio en un continuo ay. Esperaba a los de los palos, se dolía de los arpones. Podía estar dispuesto para muchas cosas, pero no para que se parara nadie a pegarle pases. Un derrote escalofriante que el matador esquivó como pudo. Otra prenda del afamado ganadero portugués. El quinto era otra cabra, pero vaya cuernos, que no es que me queje yo del tamaño, pero si la cosa va en armonía, cuerpo, cabeza, edad, peso, casi es mejor, porque entonces podremos hablar de trapío, que no es ni muchos cuernos, ni mucho peso, ni muy grandón, el trapío es algo más serio que eso. Pues como decía, el quinto ya salió escarbando, fue al caballo al relance y se quedó parado en el peto, sin hacer intención de nada. En la segunda vara se le metió debajo del caballo, sin tan siquiera señalar el puyazo. No paraba de perder las manos, pero a pesar de todo le quedaban fuerzas para defenderse con mucho peligro y amparándose en las tablas. En la muleta se comía al matador por el pitón derecho, sin meter la cara abajo y revolviéndose muy rápido buscando que se quedaba por allí que pudiera interesarle para ensartarle con esas dos lanzas que le nacían de las sienes. El último siguió la línea marcada por sus primos, porque con lo distintos que eran los seis, no podían ser hermanos, si acaso primos y muy lejanos. En lo único que se les podía sacar parecido es en el aspecto anovillado de la mayoría de los Palha. Recibió dos picotazos de los dos caballos cuando asomaban al ruedo, coincidiendo con la gira que el toro había emprendido por el ruedo. Bien sujeto en la primera vara, aguantando el incesante cabeceo del animal para quitarse aquello que le molestaba en el morrillo. El segundo encuentro fue más liviano y se limitó a un picotazo, antes de salirse suelto de la suerte. En el último acto acusó el defecto de acostarse mucho por el pitón derecho, lo que dificultó la labor de su matador. Fue el último de la vacada portuguesa que se reafirmó en el mal estado que viene demostrando desde hace años, manteniéndose muy lejos de aquella corrida que nos emocionó a todos y que sirvió para que el señor Folque sacara pecho, demasiado diría yo, cuando quería enseñar a todo el mundo a criar toros. Pues ahora bien le vendría ponerse al día e intentar levantar este hierro.

Sobre los tres matadores, Robleño, Castaño y Alberto Aguilar, a ver como digo yo como fue su actuación ni herir sensibilidades, especialmente la de los amantes de los gladiadores de luces. Realmente demostraron no saber lidiar, no saber colocarse o si lo sabían, no lo practicaban y sea el tipo de toro que sea, pretenden hacer siempre su faena a base de derechazos y naturales, sin importarles si están toreando, si solo dan trapazos al aire y si están pudiendo al toro. De acuerdo que habrá quien me diga que los hay que mandan en el escalafón y que todavía tienes más limitaciones que estos, lo cual es una realidad más que evidente, como también otros opinarán que qué pintan aquí ahora las figuritas y su corte celestial; pues también es verdad, pues ahora estamos hablando de toreros de verdad y aquellos…

Fernando Robleño, que abría el cartel, venía precedido de importantes triunfos conseguidos esta temporada ante compromisos muy serios. Pero el madrileño no tuvo su día; mal en la lidia, descuidando ponerlos correctamente en suerte en el caballo y quedándose deambulando por las proximidades como un bulto sospechoso. En el primero se empeñó en pegar pases, a pesar del toro, que estaba por la fiesta. Abusó del pico, se destapó en alguno de pecho y al final el toro acabó atropellándole la muleta. En el que hacía cuarto sí que le recogió bien para recibir a un toro que se revolvía muy rápido, pero luego no tuvo reparos en tirar al toro contra el caballo, ni en meterlo debajo del peto, quedándose de nuevo a estorbar. Con la muleta volvió a lo de pegar pases y tuvo que ver como la perlita de Palha le tiró un viaje malintencionado para que se decidiera a machetearle tímidamente, invirtiendo el orden lógico que exigía el toro. Primero darle por bajo hasta que se le endulzara el carácter y después, si le quedaba resuello al toro, ver si admitía algún derechazo o algún natural.

Javier Castaño se ha investido en los últimos tiempos como el paradigma del lidiador, aunque en Madrid no hemos todavía podido verle plenamente en esa faceta. Al segundo de la corrida le empezó a torear con pases por alto con los pies juntos y uno del desprecio, que siempre suele ser muy jaleado por los más sensibles, vaya o no vaya toreado el animal. Se puso pesado, metiendo el pico y queriendo que el marmolillo se moviera, pero ya no era posible. Se tiro a matar y resultó enganchado, protagonizando unos momentos dramáticos, en los que el toro volvía una y otra vez sobre el torero, con la certeza de tener la presa segura. Y si este no tenía nada, el quinto aún menos, un manso instalado del tercio hacia adentro, que se defendía. Por el lado derecho se comía al torero, que con muchas dudas se limitó a pasarle sacando el culo y con muchas precauciones. Pero lo más destacado, quizás de la temporada, y que fue claro reflejo de lo que era el Palha, lo evidenció David Adalid, un torero de una pieza. No había forma de sacar el toro entablerado en terrenos del 6 y 7, capotazos y más capotazos, hasta que apareció el banderillero y apartó de allí a todo el mundo. Al hilo de las tablas de le le encaró con majeza y galanura de modo desafiante. Uno esperando y el otro a conquistar la plaza. Le citó, el toro se arrancó, Adalid tuvo que aplicarse a modo para poder ganarle la cara y, por el pitón derecho cuadrando y clavando reunido en la cara, aguantó que el toro le tocara el “bordao”,  y sin inmutarse, con el hocico en la cara, se apoyó en los palos y salió de la suerte limpiamente. Puede que sea “el par” desde hace muchos años para acá. La plaza retumbó en un estallido de emoción, dejando escapar la tensión acumulada en un rotundo olé. Aquí no había lugar para “bienes”, ni otras mangachuchas del toreo moderno. A un par con el corazón, le respondió el corazón. Un segundo par en las mismas condiciones, la gente expectante, lo anterior era ciertamente insuperable, pero señores, esto es el toreo. Se cuadró igual, atacó el par igual, pero el toro ya se sabía el truco y se le defendió aún más. No clavó tan reunido, pero volvió a echar la moneda de la vida al aire; y ganó. La plaza era una locura, pero de las de antes, no la de los claveleros felices por contarle las orejas al vecino. Pero ¿qué queda de la plaza de Madrid? Su degradación no se ve solo en la concesión de orejas, en la benevolencia de los públicos modernos, también se ve en la racanerí a de no empujar al banderillero a dar la vuelta al ruedo, por ese tercio de banderillas era para haberse pasado a recoger las felicitaciones de toda la concurrencia.

Alberto Aguilar probó a torear a sus toros por uno y por otro lado, en el primero aguantando que cortaba por el derecho, que se le paraba por el izquierdo, en el sexto, tras unos naturales muy peleados, pasó a meter el pico y a pegarse mil carreras para recolocarse, muy valiente, pero muy vulgar, tirando de arrimón en el tercero y de querer sacar pases de uno en uno en el sexto; pero parece ser que nunca se le pasó por la cabeza lo de torearle por bajo, con poder y quebrando al toro para poder entrar a matar. Un valor absurdo y poco fructífero, que demuestra que está dispuesto a dejarse coger, pero esto no es así, esto sí que es verdad que tiene muchos riesgos que el torero debe asumir, pero hay que minimizarlos todo lo posible a fuerza de conocimientos del toro, de su lidia, de los terrenos y si se puede, con arte. Esto no es la lotería, que si el toro quiere te coge, y si no, no. El toreo es David Adalid, que vio el peligro, lo asumió, pensó en torero y con valor y saber, como decía Corrochano que debían ser los buenos banderilleros, encontró toro en todos los terrenos, hasta en los de la fortaleza de un Barrabás que quería cobrarse la pieza de un torero, que no de un gladiador.

domingo, 7 de octubre de 2012

Tarde de confirmaciones

Y si quieren toros para torear, ¿por qué no los aprovechan?


Que nadie se confunda, ni hubo ningún toricantano que se pasara por Madrid para confirmar su condición de matador de toros, ni el señor obispo de Madrid- Alcalá se puso a dar bofetones a diestro y siniestro para que los asistentes se acordaran de él. La cosa viene porque todos los protagonistas de la tercera de la feria de Otoño tenían algo qué decir para dejar clara su posición en esto de la Fiesta.

Los de Valdefresno confirmaron que pueden criar un toro para el triunfo de verdad, pero también deben mejorar en cuanto a las fuerzas del ganado, un pelín más de casta para que no sean tan excesivamente nobles, en ocasiones casi rayanos en la bobonería, y con unas gotitas extras de bravura. Para que nos vamos a engañar, el 150% de los que fueron a Las Ventas esperaba una debacle ganadera al uso de la Tauromaquia 2.0, con algún punto que los diferenciara de los bodegueros, pero nunca lo que salió por los toriles. El primero distraído y buscando las tablas constantemente, hasta que al final encontró los terrenos de chiqueros, parecía que empujaba en el caballo, aunque sin fuerzas y mientras el de arriba hacía que hacía, sin hacer. En la segunda vara casi ni estrenaron el palo mientras le tapaban la salida. Luego aguantaba dos pases y se iba, tres sin entregarse y hasta que no llegó a toriles no paró. El segundo fue tratado con todo el cariño del mundo, ni le picaron, ni le lidiaron y en compensación se hartó a embestir en la faena de muleta, sin pegar ni un derrote para asustar. El tercero, con una arboladura digna de un bergantín, tras desmontar limpiamente al pica en el primer encuentro, en la segunda la tomó con el peto y lo frió a cornadas. Otro que casi no dejó que le quitaran el capuchón a la puya, pero que iba como un bendito detrás de los trapos. El cuarto, escurridito él, echó la cara arriba en la primera vara, en la que echó por tierra a caballero y caballo. Segundo puyazo trasero y el jinete queriendo vengar la afrenta del porrazo. Costó sacarle del peto, se le coleó, se le metieron capotes por delante y por detrás, pero no había manera, eso sí que es un flechazo. Pronto a los cites desde lejos, se paró a medida que se le ahogaba la embestida. El quinto un inválido al que casi ni se picó, corneaba el peto y tenía que estar más pendiente de mantenerse en pie que de plantar cara a sus oponentes y curiosamente al darle distancia se le quitaron todos los males. El toro media mejor y aguantaba en pie buscando la muleta e incluso se le olvidó un ligero calamocheo que molestaba cuando se le citaba desde cerquita. Y el último fue mal lidiado, mal picado, dejando que correteara por el ruedo y ahogando las embestidas en el último tercio.

Sergio Aguilar confirmó que es un torero que quiere ser puro, pero también que no mide demasiado bien las faenas y el sentido de la oportunidad. En su primero intentó hacerle las cosas bien, a pesar de que el de Valdefresno se quería marchar constantemente. Con la muleta intentó torearle hacia fuera, luego lo cerró, quiso ver si empezando en el tercio paralelo a las tablas, el toro se desorientaba y admitía más de un pase; llegó a tragarse tres seguidos. Pero al final tuvo que marcharse a toriles, donde toreó con naturales muy peleados. Quizás las tandas deberían haber sido más cortas y acto seguido entrar a matar a favor de querencia. Pero se empeño en seguir dando pases, lo que espantó al toro y propició es imagen nada torera de ir detrás del animal. Estocada valiosa, aunque perpendicular, en la que el toro ni se movió. En su segundo se perdió un tanto en la lidia y con la muleta, aunque el toro se venía bien de lejos y seguía las telas, se empeñó en acortar distancias; el toro más incómodo que de lejos no le ayudaba  y él se limitó a abusar del pico y a pegarse una carrerita después de cada pase, para recuperar la posición.

Iván Fandiño, uno de los toreros que más expectación ha despertado en esta temporada que se va, confirmó que tiene valor y entrega, con mucha ambición, pero poquito más. Más acelerado que un camarero a las dos de la tarde, parecía que tenía que llegar a los mil pases en una corrida. Mantazos con el capote en su primero, un inicio de faena por delante y por detrás con la inspiración confundida, por no decir que sin criterio, para seguir con naturales sin mando y en ocasiones hasta metiendo el pico. Eléctrico y ventajista, por momentos chabacano, pico con la diestra y una serie de derechazos empalmados, que no ligados, que entusiasmaron a parte del público, haciendo brotar los ¡bieeeeejn! desordenados, como los cánticos de las ranas. No le mandó jamás, pero a pesar de todo el animal seguía embistiendo con toda la nobleza imaginable. En el quinto continuó con esa serie de descargas que se traducían en un toreo acelerado y espasmódico, que no le permitía ni poner el toro en suerte con un mínimo de cuidado. Comenzó la faena de muleta con trallazos varios, pero afortunadamente y con mucha vista por su parte, vio que el inválido se venía de lejos y aunque prosiguió co esa tormenta eléctrica, hay que agradecerle y reconocerle ese mérito de citar de una punta a otra de la plaza. Ya digo que a este torero le sobra corazón, por momentos cabeza, pero en lo del temple y el arte de torear, ahí es lo que es y punto. Sin en su primero le dieron una orejita, siguiendo ese baremo, en este le deberían haber dado otra, pero tanto la primera, como la no concedida, era un exceso que Madrid no se podía permitir.

Y la última confirmación fue la de David Mora. Qué gran torero vieron muchos en él y que mal pegapases vieron unos pocos. Siempre parecía estar haciendo equilibrios sobre esa raya que separa lo clásico y la verdad de lo vulgar y moderno, pero ya ha dejado claro que él es carne de G-10, que esa es su aspiración y que de ahí no le mueve nadie. Si por él hubiera sido, habría dimitido de los dos primeros tercios, inútiles, molestos y pesados, porque lo “güeno” de verdad es la muleta. Pero si con la muleta nos limitamos a meter el pico, estirar el brazo y a retorcernos, pues… Tandas de trallazos destemplados sin mando, ni dominio, cerradas con airosos banderazos. Y en ocasiones, como en el sexto, olvidándose de las demandas del toro y ahogándole las embestidas, mientras se empeñaba en querer pegarse un arrimón innecesario, inadecuado y fuera de lugar. Con el capote lo mismo pegaba unas chicuelitas apartándose, que galleaba a la carrera, que no al paso, que se amaneraba con un contorsionismo grotesco para intentar llevar el toro al caballo.

Y el aficionado también pudo confirmar que basta que ponga los ojos en una ilusión, sea negra y con cuernos o de luces y con medias rosas, que ya vendrán los fantasmas de la modernidad para engullirlas y vomitarlas cubiertas de sosería y vulgaridad.

sábado, 6 de octubre de 2012

Tanta paz como tranquilidad deja

El Boni asomándose al balcón, para desgracia de las macetas que alegraban  el panorama



Al final se ha podido despedir El Fundi de Madrid con algo más de decoro que si aquella tarde del aguacero hubiera sido la última en Madrid. Que no es que yo sea un fiel de este torero, y no me quiero repetir, que resulta que hace no mucho me enteré que era un maestro, pero un servidor, humildemente y seguro que equivocado, nunca lo vi como tal ni antes, ni ahora. Nadie le puede discutir su entrega, su honradez y las ganas de satisfacer al público, pero de ahí a convertirle en maestro, creo que hay un trecho muy grande. Los hay que alababan sus dotes lidiadoras, pero eso tampoco lo llegué a ver. Sí es verdad que se ha tenido que enfrentar con un toro que las Figueras no saben ni que existe, que nunca ha vuelto la cara a compromisos duros, pero su lidia casi se ceñía a aguantar allí delante, a unas facultades tremendas y a ese pundonor que le hacía ir para adelante. Pero como muchos otros ha abusado del pico, de parear a toro pasado, de no pararse quieto y en ocasiones hasta ha pecado de ratonerillo, pero eso sí y lo repito, siempre con el toro delante. Si nos pusiéramos a elaborar un listado de ganaderías que ha matado solo en Madrid, horrorizaría a más de uno, de dos, de diez y de muchos más, esos que dicen que no quieren tragedias.

Pero claro, si empezamos por el ganado, los chicos de El Puerto de San Lorenzo no han estado por la labor de permitir que nadie triunfara; bueno sí, el segundo de la tarde, pero El Cid no se ha enterado. El primero a la primera huída del caballo como alma que lleva el diablo, ya dejó claro que bravo no era, más bien un manso de cuidado. Ese segundo que valió para la muleta, salió frenándose en los capotes y yéndose suelto del caballo, donde tampoco se le castigó demasiado, como a toda la corrida. A alguno que otro les regañaron los de a caballo, que esa es otra, que poquita afición, que mal torean a caballo, que mal pican y que mal miden el castigo. El tercero un inválido que no se tenía en pie, aunque el señor presidente no lo vio; por favor no permitan que se lleven la consola al palco, que si estamos más pendientes de hacer record que de lo que pasa en la arena, igual se nos pasa algún inválido que otro. El animalito quería seguir los engaños, pero era tan flojito, que casi no los podía seguir ni con la mirada. El cuarto, mal lidiado, poco picado, pero nada más, el hombre deambulaba por allí pidiendo un poco de orden en aquel disloque de plaza. Si hacemos caso a los ademanes de El Fundi, podríamos pensar que era un Barrabás, pero ni mucho menos, quizás tenía bastante más de bobón que de otra cosa. El quinto hasta tuvo el detalle de ir bien a la segunda vara, pero más parecía que en lugar de empujar se apoyaba en el peto para no caerse de morros. El sexto casi derriba al piquero, lo que habría podido hacer creer a alguien que era bravo, obviando eso de empujar de lado y con la cara alta, pero los respingos al notar por primera vez el palo delataron su condición.

De los señores matadores, pues poco se puede decir y bueno, menos aún. El Fundi estuve bastante desdibujado, inseguro, con demasiada precaución, sin llevar la lidia correctamente y haciendo muy pocos esfuerzos por acoplarse en la muleta. Sería el peso de la tarde, sería la falta de sitio por circunstancias ajenas a lo que pasaba en el ruedo, el caso es que se limitó a pasar el trámite, arropado por una plaza que desde el primer momento estuvo entregada al de Fuenla, el pueblo donde dicen “Pesi”.

El Cid fue el que más aparentó de toda la tarde. Incluso en su primero, el mansito aquel al que se le podía torear con la muleta, pegó naturales, derechazos, de pecho, trincherillas, pero todo a un distancia poco recomendable, una distancia entre toro y torero por la que podían pasar las vías del AVE cómodamente. Mucho pico, exagerado con la izquierda, aquella mano buena de hace años, retrasando la pierna de salida y sin mando ninguno, solo acompañando la embestida del animal. Es lo que tiene la Tauromaquia 2.0, que cuando te abduce ya no puedes librarte del fatal encantamiento. Algunos miraban al sevillano y dudaban si era el mismo que hace años les volvió locos cónsul toreo al natural. Y sí, es la misma persona, pero no es el mismo torero; este es otro Cid que vive muy lejos de lo que es el toreo puro de verdad.

Daniel Luque a veces parece que pone todo de su parte para que la gente no entienda el por qué de su inclusión en ciertos carteles y que como toda explicación lógica se piense que se le contrata gracias a su apoderado, don Simón. Un esbozo de verónicas, un quite muy oportuno en el quinto de la tarde y pare usted de contar. Mucha modernidad, mucha vulgaridad, repertorio de plaza de tercera y no solo se atrevía a dialogar con los tendidos pidiendo calma a los que se impacientan por alargar demasiado la faena, sino que encima se demoró hasta ofender, dando pases y más pases sin sentido. Y poco más ha dado de si la tarde, la ovación de despedida para El Fundi y una tarde en la que hemos comido pipas, resuelto sudokus, nos hemos echado unas risas con los habituales, hemos planeado como sacar al país de la crisis, se ha hablado de fútbol, y a veces se miraba al ruedo para comprobar que allí seguían unos señores pegando trapazos al aire y unos animales que a veces bastante tenían con mantenerse en pie. Y al final, lo que todos sabíamos desde mayo, que El Fundi se va. Pues que lleve tanta paz como tranquilidad deja.

viernes, 5 de octubre de 2012

Estalló el Otoño



El primer tercio vive entre las sombras
 ¡Señoras y señores! ¡Damas y caballeros! Ha estallado la Feria de Otoño y hasta el momento solo contamos que ha reivindicado este hecho un grupo antitaurino autodenominado Taurodelta. Parece ser que dicho grupo pretendió infiltrarse en el mundo de los toros tomando la apariencia de una empresa organizadora de festejos, contratando los toros y toreros con categoría suficiente como para verse anunciados en la plaza de Madrid. Todo nos indica que ejecutan sus acciones antitaurinas dándoles la apariencia de acontecimientos celebrados años atrás en esta plaza. En Otoño se contrataban toros del gusto de Madrid y toreros que interesaban a la afición venteña; pero ahora parece que estos se han evaporado y se han convertido en una molesta presencia fantasmagórica a la que no se debe tener en cuenta.


Y estalló la Feria con los petardos que mandaron los hermanos Lozano, que parece que tuvieron que buscar y rebuscar por los cajones para montarse ellos solitos otra novillada concurso. Cada novillo era de su padre y de su madre, uno pobre de cabeza, otro pobrísimo, otro gordo, otro una raspa, otro un galgo, un mulo, pero todos mansos y descastados, pareciendo algunos más bien animales de tiro, no se usar y tirar, sino de los que se ponen delante de los carros. Ni la merienda y la bota podían convertir en ilusión aquella nefasta realidad. Y anda que no estaba bien preparada la traca. Ganado prototipo de la Tauromaquia 2.0, que incluso por momentos se permite el lujo de parecer algo más serio que los toros bodegueros, poniendo delante a tres novilleros en teoría triunfadores del escalafón en la plaza de Madrid, pero si en los dos primeros, Gómez del Pilar y Gerpe, ya hubo dudas sobre la valía de los trofeos, en esta última actuación en el foro no han dejado dudas, son unos pegapases. Lo de Caballero es otra cosa, aunque puede seguir el mismo camino que sus compañeros.

Los de Alcurrucén y el Cortijillo, aunque muy mal lidiados y peor picados, sin ponerlos en su sitio, con puñaladas traseras o detrás de las orejas y tapándoles siempre la salida, no dudaron en liarse a cabezazos con el peto, ni a pegar unos brincos de horror al notar el palo, ni a buscar la calidez de los terrenos más próximos a toriles. De eso de humillar y meter la cara abajo o de seguir medianamente bien los engaños, ni hablamos. Hasta coces soltó alguno de ellos, para ver si los señores miembros de posibles jurados que tengan que dar posibles premios al toro más bravo de la feria tomen nota y no vuelvan a hacer el ridículo que hicieron después de San Isidro.

Los jóvenes toreros venían con cierto halo de santidad taurina, avalada por haber obtenido las sagradas reliquias auriculares de alguno de sus novillos, en actuaciones pasadas. Si en mayo Gómez del Pilar parecía un pegapases o aspirante a pegapases, ahora en octubre y con un bochorno más propio del mes de julio, ya ha dejado de ser un aspirante, ya es un pegapases consumado, soso, aburrido, con un desconocimiento absoluto de la lidia, de la colocación y del saber estar. Su declaración de intenciones parecía que era la de un torero decidido y con ganas de salir triunfador, pero claro, esto se reduce a dos portagayolas, pues la cosa queda más en inconsciencia que en valentía, porque el no intentar poner el toro en suerte en el primer tercio y el abuso del pico y de esconder la pierna de salida, no dice demasiado en su favor. De la suerte suprema hagamos como que no existió, pensemos que estuvimos en Quito o Lisboa, así al menos no tendremos que decir que buscaba el morrillo dándose un garbeo por los bares de la zona.
Luis Gerpe, a quien el paisanaje elevó a las alturas de la torería mundial al concederle una orejita este verano, devolvió con creces aquel injusto premio y todos los que pueda obtener de aquí hasta el día en que le dé por querer torear de verdad y dejarse en el metro el manual de toreo vulgar y provinciano, junto con el de la Tauromquia 2.0. Y ¿cómo no? otro que desprecia entrar a matar por derecho en todo lo alto. Pero bueno, se esperaba que este mal sabor de boca nos lo quitara Gonzalo Caballero, un novillero que asombró en sus dos primeras novilladas picadas en Sevilla y Madrid, con un valor seco y al menos poniéndose, incluso aunque se le viera a la legua el verdor de su bisoñez. Pero es aprender un poquito y ¡catapum! Prende la mecha y estalla el petardo. Fue el más destacado de los tres, pero ni mucho menos se puede considerar su actuación ni como aceptable. Unos estatuarios a su segundo y esa facilidad que ha desarrollado en el pase de pecho, queriéndoselo sacar por la hombrera, pero realmente, uno prefería al torero ignorante y mediatizado pero lleno de naturalidad e instinto torero que tanta modernidad junta. Pero si alguien está ansioso por contemplar a los maestros del toreo moderno, que no se pierda ni los del puerto, ni los de Valdefresno, porque nos vamos a hinchar. Y a ver si somos capaces de ir apagando las llamas de tanto petardo de este verano.