jueves, 18 de noviembre de 2021

La corrida sin muerte o la muerte del toreo

Hay muchos dispuestos a alargar el negocio a costa de eliminar lo fundamental, sin querer darse cuenta de que acabarían con la totalidad de la fiesta de los toros


Parece mentira, resulta insólito que gente que supuestamente vive del toro y que vive esto más cerca que nadie, planteen esto del toreo con ese simplismo desesperante de entenderlo como una simple danza en la que el actor principal, según sus parámetros, se limita a dar pases y más pases a un animal, a su “colaborador”. Así, de un solo golpe desarman cualquier fundamento de los toros, de eso que ellos llaman con tanta pomposidad “tauromaquia”, refiriéndose precisamente a los toros. De un plumazo mandan a paseo lo de lidiar, lo de poder, lo de mandar a un animal, lo de enseñarle a embestir, lo de llegar al último instante, ese que justifica todo esto, ese en el que se cambia la muerte por la gloria o es aquella la que se adueña de todo. Todo eso se suple por una danza graciosa, hasta con garbo, pero poquito más.

Aseguran que es la única vía de salvar esto. ¿Esto? ¿Y qué es esto? Muy fácil, su negocio, porque en el momento en que se cumplan sus deseos, todo se habrá terminado para los toros. El aficionado abandonará al momento en que se alcance semejante culminación de lo absurdo. Que seguro que se felicitarán por ello, se congratularán de que ese aficionado molesto, el que exige, se vaya de una vez de las plazas, pero, ¿creen que los demás, su público querido, aguantará mucho más? Que equivocados están. Quieren contentar a esos que reniegan de los toros, a esos que disfrazan de barbarie el rito de las corridas de toros. Pero, ¿creen que se conformarán con que ni se pique, ni banderillee, ni se mate a los toros en el ruedo? A ver cuánto tardarían en ver humillación en que un señor con un trapo burle a un animal que corre y corre en su busca, pero que al final nunca lo alcanza. Que no se nos olvide, que son los mismos que ven humillante el montar un caballo, el que este tire de un carro, el que haya ocas en una cabalgata, el que a las gallinas les retiren los huevos, el que un perro corra, un pato vuele, un pez nade, pero no que  un necio babee mientras es engañado ante una pantomima.

Que ahora parece que a esos “profesionales”, que no matadores de toros, les ha entrado un ataque de moralidad, de ética animalista y con un extremado cinismo, sin un mínimo de vergüenza, afirman que a ellos les da pena matar a un toro. Que es algo muy respetable, pero, ¡hombre! ¿Y eso me lo dices después de haberte hecho de oro con el estoque en la mano? Y precisamente lo dices ahora, que es cuando más te cuesta eso de la suerte suprema. Que si tanta pena les da todo esto, lo tienen muy fácil, háganse a un lado, o mejor dicho, pásense al otro lado y adelante con los faroles. Pero no, no lo verán nuestros ojitos, porque ellos, igual que otros, dirán lo que quieran, pero seguirán haciendo el paseíllo mientras esto les dé sus dineros. ¿Y se supone que hay que unirse a estos caballeros? ¿Esta es la unidad que tanto cacarean?

Que mala cosa el presentar tan buena disposición para dejarnos llevar a su terreno y allí, en lo que ellos dominan, ponernos a querer defender lo nuestro, pero dejando de lado lo que convierte a esto de los toros en algo único, arrinconando los fundamentos sobre lo que esto se construyó a lo largo de los siglos y haciéndolo con tanto descaro y tan poco pudor como han querido apartar a todo y a todos aquellos que no les bailaran le agua, que no les aplaudieran cada trampa, el fraude, la mentira de la que ellos pretendían sacar buenos beneficios. Y de entrada, como dominguillos esperando el batacazo, parece que admiten la perversidad que los de enfrente atribuyen a los toros, la maldad, la inmoralidad, la falta de humanidad. Como si de repente se hubieran hecho buenos, gentes con corazón. Pero, y a partir de ahí, ¿qué nos queda? ¿Qué defensa puede haber? Pues la única defensa creíble, pero que no se atreven a reconocer, es la de mantener su negocio, lo que resulta más que evidente. Otra cosa es que qué quedaría de ese negocio, un negocio al que siguen aspirando esos especuladores de la fiesta. Que si les va mal, luego podrán clamar, pedir ayudas, pedir apoyos, unidad o que el aficionado corra a toda prisa a rescatarles, como siempre hacen, después de haberle dado una tremenda patada en su dignidad. Que allá cada uno con sus aspiraciones, con sus deseos más íntimos, con sus castillos en el aire, pero hay una cosa clara, para el que la quiera vero, por supuesto, y es que con estos planteamientos habría que optar entre la corrida sin muerte o la muerte del toreo.

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miércoles, 27 de octubre de 2021

Elimina lo anterior

De tanto eliminar, al final la fiesta se va a quedar en los huesos


Hay frases poco afortunadas por cómo dicen y otras muy desafortunadas, por lo que dicen. En esto del toro parece que eso de “elimina lo anterior” ha pasado de ser algo que describe una situación, a ser una norma tan extendida, como imperante entre los que manejan todo esto. Que me dirán que siempre ha ocurrido eso de que un ganadero compre una ganadería de tal o cual sangre, para después empezar a probar por aquí y por allá y decidir quedarse con lo que mejor le da. Y entonces aparecía eso de “elimina lo anterior”. Que bien podía ser para hacerse con un hierro, una finca, para darle un capricho a su hijo o lo que se le hubiera antojado en ese momento de la compra. Pero esto, que ya digo que ha sucedido siempre, desde hace ya bastantes años, se ha hecho ley y al “elimina lo anterior” se le podría añadir una coletilla y dejarlo en “elimina lo anterior y lo cambia por Domecq”. Y lo dejo ahí, porque decir que lo cambia por borregos descastados, quedaría feo, aunque feo ya es de por si; pero ya saben, parece que nos ofenden mucho más las palabras, que los hechos, cuando las palabras se las lleva el viento y los hechos perduran en el tiempo, por los siglos de los siglos.

Que puede ser que uno esté equivocado, que seguro que sí, pero es que parece que hay cierta coincidencia entre esa generalización de la norma y la absoluta decadencia que ya sufrimos de lleno desde hace demasiado tiempo. Una huida de la casta ante la selección de aborregados productos bovinos casi no aptos para la lidia; una huida de la emoción en los ruedos, mientras que el aburrimiento y la asfixiante monotonía se enseñorea por las plazas del mundo. Pero quizá haríamos mal en quedarnos ahí y pensar que la frase, la aplicación de lo que dice se queda solo en el campo y en la selección del ganado. ¿Y si resultara que esta “ley” se hubiera aplicado a todos los estamentos de los Toros? Porque igual solo tenemos que pararnos unos instantes y pensar sobre lo que tenemos a nuestro alrededor.

En primer lugar y de forma un tanto escandalosa, se ha eliminado toda crítica y toda valoración de los méritos de los toreros, especialmente los del escalafón inferior, sustituyéndose la valía taurina, el saber estar y saber hacer delante del toro, por el valor de las cuentas corrientes de los ponedores y así es el talón, así torean los de luces. Que aplicando la sabiduría popular, esa filosofía de la calle, aquí impera el “tanto tienes, tanto vales” Se elimina lo anterior en cuanto a conocimientos del toro, de la lidia, cualidades y capacidades para poner en práctica todo ese saber imprescindible ante un toro encastado.

Resulta complicado adjudicar un hecho a un solo estamento del toreo, pues hay actitudes, modos, ese “elimina lo anterior” que abarca más allá de una única jurisdicción. Y podemos seguir por la exigencia. Que habrá quién piense que eso es cosa exclusiva de los públicos que llenan, perdón, que ocupan los tendidos, pero no. Porque en esto de la exigencia también entran los moradores de los palcos, que según algunos están ahí para seguir los dictados del público ocupante, con la única misión de que este no se nos enfade y no provoque un altercado de orden público; como si a la puerta de la plaza hubiera una guillotina esperando a presidentes, asesores y veterinarios poco o nada influenciables. Que a lo mejor va a resultar que la función de los que suben al palco es velar por la integridad del espectáculo y no por los caprichos de una masa levantisca y sediente de despojos, porque sedienta, lo que se dice sedienta en su más estricto significado, no debe estar, que ya se ocupan ellos mismos de ello. Una masa que también se ha apuntado al “elimina lo anterior”, elimina el rigor, elimina la exigencia, la crítica y por supuesto, la afición al toro. Que ellos disfrazan como tal sus ansias de ensalzar al paisano, sus anhelos triunfalistas traducidos en el número de despojos cercenados y cuando se ponen tiernos, sus ansias de devolver al campo lo que no tenía otra salida que el desolladero, si es que antes no debió volver a los corrales a causa de una invalidez manifiesta o una falta de trapío insultante. Pero no, esta masa tira o por devolvérselos al ganadero que en muchas ocasiones no sabe qué hacer con ese regalo envenenado o a los corrales por manso, sí, damas y caballeros, por manso. Ya ven, es lo que tiene el eliminar el rigor y la propia afición, que al final estamos dispuestos a cometer cualquier atropello, por aquello de impedir que se desbarajuste el buen orden de la masa. Pero cómo decía antes, esto no es exclusivo de un sector en particular, porque aquí entrarían los señores que portan micrófonos o descargan plumas sobre el papel, los que en lugar de contar lo que pasa, inventan para contar lo que a algunos les gustaría que pasara, para así poder seguir en el puesto comiendo de las migajas que les echan los que tienen el poder y que les alimentan como si fueran patos en una charca, tirándole migajas con desprecio, mientras se burlan al ver como pelean entre ellos para hacerse con esa nadería.

Pero quizá la culminación de este despropósito sea ese deseo desmedido de esta gente de ¡eliminar todo lo anterior” en lo referente a la reglamentación actual, pasada y futura. Fuera reglamentos, fuera normas, que la única ley sea la del “hago lo que me da la gana y tú te callas”. Que esto ya no es “elimina lo anterior”, esto es un “dinamita la fiesta”, para dar paso a este caos que, supuestamente, preside el arte. Porque si no se han enterado aún, esa panda se autodenominan artistas. Que ya me gustaría a mí saber qué es el arte para ellos. Que estaría bien que nos lo explicaran, pero no creo, porque tampoco es que sean muy duchos en manejar la palabra y si dicen algo, a nada que les dejen un poco a su aire, seguro que se echan al monte y tiran por lo de “elimina lo anterior”.

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viernes, 15 de octubre de 2021

Libertad, libertad, libertad

Libertad para uno mismo, pero silencio para el de enfrente. Libertad para todos, y no tergiversar, ni manipular su significado a capricho.


Que palabra tan llena de significado, tan anhelada por todos y que tanto se ha vaciado de contenido a lo largo de la historia. O quizá no sea eso, quizá sea que muchos que pronuncian hasta la saciedad la palabra libertad son los más aplicados para negar tal libertad a los que son afines a sus ideas, a sus movimientos y convencionalismos, muy personales, pero que quieren extender a todo hijo de vecino, porque es lo bueno, lo decente… lo que me conviene a mí. Eso sí, no se paran a pensar un segundo como defender esa libertad que proclaman; a todo lo más que llegan es a vociferar, vociferar mucho, y si hay que llegar más lejos, sin argumentos y sin diálogo, por supuesto, se llega. Todo por esa libertad. Que hay que reconocer que a veces las autoridades se lo ponen en bandeja, pero no saben aprovechar ni eso, se ponen a vocear, se visten de víctimas perseguidas e incomprendidas y sin dar una razón de peso, que seguro que las hay, se disponen con firmeza a montar camorra. Camorra que por otro lado solo les llega a ellos, solo lo hablan entre ellos, así como para consolarse, como para darse comprensión y poder volverse a su casa más que convencidos de que la razón es suya y de nadie más, porque ellos son los que saben de todo.

Pero esto de la libertad no va solo de la que obliga al mundo ante mí, esto de la libertad es recíproco y además debe llevar una gran carga de tolerancia, que a veces resulta muy pesada, pero es que si no, igual eso de la libertad es un imposible. Aunque igual ellos no solo no aprecian lo que es la libertad, sino que hasta puede ser que la repudien, que la rechacen frontalmente. Si no, no se explica como niegan el aire que respiran a cualquiera que opine diferente, que sienta diferente, sin la más mínima intención de sentarse un segundo a saber por qué ese piensa diferente. En una plaza de toros no admiten que nadie pueda estar desacuerdo cuando ellos enloquecen con lo que les dé la gana enloquecer. No admiten que se proteste una oreja que nadie les ordenó que no pidieran. Su libertad es lanzar vivas al aire, lo cual puede estar muy bien, pero en otro sitio. Una señora se pone a cantar, o lo que fuera, en la plaza de Madrid y ellos, tan amantes de las tradiciones, niegan la libertad de muchos a defender la tradicional seriedad de esa plaza. Su libertad les lleva a creerse que pueden saltarse las normas, porque sí, porque ellos son libres, son espíritus libres, ignorantes y sin educación, que en un acto de libertad exigen respeto, que te calles, con el hombre que está en el ruedo, pero al que desprecian entrando y saliendo de su localidad cuándo les viene en gana, porque también tienen libertad para atizarse alcohol suficiente para cauterizar la falla de San Andrés.

Libertad, libertad y más libertad, pero no cuentan ni con una palabra, ni con un argumento propio para defenderla. Libertad para linchar un espectáculo, un rito de años, porque libremente se erigen en dueños de esta fiesta de los toros, con poder para destrozarla, para desmontarla según sus intereses de esa tarde. Que antes que la libertad de defender toda esta bella locura, está el aupar al paisano o al que un día decidieron convertir en ídolo, porque así lo dicen los de los micrófonos. Libertad para imponer, libertad para silenciar, libertad para excluir, libertad para dejar tras de si un páramo yermo de tierra quemada, donde ya no pueda crecer una brizna de verdad torera, de casta brava. Es que era por la libertad. Pero no parece ser que tengan muy en cuenta que su libertad llega hasta la del otro, la del que está en el lugar opuesto o simplemente un poco desviado de sus convencimientos. Libertad para llamar de todo al diferente, al que se agarra a ese rito con fuerza, no intentando que no cambie, sino que no degenere. Que al final, en esto de los toros, parece que todo acaba reduciéndose a que unos quieren libertad para exigir el toro y otros para que este sea un mero instrumento para ensalzar al paisano, al ídolo al que un día decidieron afiliarse. Unos piden libertad para defender una pasión y otros se apasionan porque todo siga las directrices de voces interesadas a las que les da lo mismo inventar, manipular, tergiversar la verdad con tal de mantener una posición, un status y sobre todo un bolsillo bien alimentado de monedas de plata de treinta en treinta. Son muy libres de hacerlo, pero si otros van contra esa calumnia, por favor, no les traten ni de maleantes, ni de reventadores, ni de amargados, ni de mala gente. Si quieren, hasta pueden llamarles ignorantes, quién sabe, aunque eso sería su opinión, la cual habría que respetar, que no compartir, pero es que eso, aunque no guste, sí que puede ser un acto de libertad, libertad, libertad.

 

Enlace Programa tendido de Sol Hablemos de Toros del 10 de octubre de 2021:

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miércoles, 13 de octubre de 2021

Entre unas gotitas de Channel y chorretones de Barón Dandy

Volvió el ídolo. A unos les pareció mucho y a otros... algo menos


Si un caballero de repente percibe ese aroma sofisticado, embriagador y delicado que desprenden unas gotitas de Channel es posible que vea nublados sus sentidos y caiga en un enamoramiento transitorio que le haga creerse estar entre hadas y faunos en un reino de fantasía. Los suspiros se sienten eternos, la eternidad dura un suspiro, justo lo que duran dos verónicas y una media. Pero aunque queramos cerrar nuestros sentidos con siete llaves, puede ser que nos rocíen con chorretones de Barón Dandy, que sin ser desagradable, no nos transportan más allá de puerta de casa; ni hadas, ni faunos, ni eternidad, ni suspiros, que no es que huela mal, pero cuidado, que puede que nos sature y no distingamos los aromas sutiles de los olores mareantes que igual hasta nos provocan dolor de cabeza. Y ahora, juzguen ustedes, por un lado, el capote de Morante y por otro el toreo de muleta de Gines Marín. Que cada uno es muy suyo de decidir, aunque uno…

Años después de que le quitaran la chepa tan característica del ruedo de Madrid, esa que chupaba las tormentas como una esponja gigante, esa que se echó tanto de menos en la primera de feria, ahora con el ruedo plano, pero que no evitó tampoco la larga ausencia del sevillano. Día de fiesta mayor y no faltó de nada, ni la señora presidenta, ni el señor alcalde dándose su tradicional paseo por el callejón, como el señorito lo hace por sus tierras para ver su hacienda y que todo marcha. El himno, por supuesto, que no se tocaba nunca antes en tal fecha, pero que igual es la aportación que la señora presidenta quería hacer en este día. Y como colofón, las banderas de todos los países taurinos del mundo: Uruguay, Argentina, Honduras, Nicaragua, Guinea Ecuatorial, República Dominicana, Puerto Rico, Paraguay… Aunque igual. Bueno es lo mismo. Y uno no sabe si es aportación reciente o simple falta de tacto y desconocimiento desde el palco, que el señor presidente saca el pañuelo para que salga el primer toro antes de que asome la autoridad en el ruedo, la collera de alguacilillos.

Que ganas había de morantear esta tarde. Que ya han jaleado los asistentes con delirio sus primeras verónicas, enganchadas y con el pasito atrás. El de Alcurrucén se empleó en el primer puyazo, para a continuación tomar de nuevo el capote de Morante, que parecía seguir en la misma línea, pero aquí llegaron esas gotitas de Channel, una verónica mecida, llevando al toro y rematada por una media para saborear un buen rato. Comenzó el trasteo con ayudados por alto no templados y un toreo fino, elegante, pinturero, todo muy pinturero, pero abusando del pico de la muleta y citando más allá de la pala del pitón, más allá de lo permisible, quedando siempre descolocado, teniendo que recuperar el sitio y rara vez rematando abajo. Pero ya les digo, pinturero, como el que más. ¿Qué eso llega al personal? Claro que llega y más en este mar de adocenados pegapases impíos, pero don tanta sustancia como los volovanes rellenos de nada. Entera caída y oreja que paseo con esa majestuosidad de los que creen que tocan el cielo y caminan por encima de las nubes. Su segundo salió defendiéndose y Morante lo capoteó de aquella manera, por la cara, mientras el animal no hacía ni amago de humillar. No quería caballo, ni nada que le pudiera incomodar, se marchaba en cuanto atisbaba el penco, desde antes de saber lo que había allí. Huía a toriles y mientras le picaban cómo se podía y le daban todo lo que se podía, allá por el cuatro, el cinco y parte del seis protestaban airadamente al manso. ¿Será otra aportación de la modernidad esta de protestar los mansos? Y se oyó una voz que decía que los mansos tienen su lidia y que no se cambian, lo que provocó la ovación de aquellos que tantas veces le mandaban callar. Algo que no creo que se vaya a repetir en muchos años, que los del “cállate ya” se reservan las palmas solo para los sainetes del toreo moderno y sus borregos. Tanteó Morante por aquí y por allá, pero nada, desconfiado, trapazos por la cara y hasta más ver. Nos quedamos con esa verónica y un quite por chicuelinas, demostrando que ese lance puede ser algo más que un trapaceo acelerado, rematado con una media, que no es mucho, pero el Channel es lo que tiene, que te dan unas gotitas y luego tú ya te imaginas el resto.

López Simón anduvo por allí, a lo suyo, a lo que lleva haciendo años, que igual no son demasiados, pero lo parece. Sin capacidad para conducir la lidia, que lo mismo un toro se le va del caballo una y otra vez antes de entrar al peto, que se marcha al hacía la puerta, que se le quede sin apenas picarlo. Le quiso recibir a este segundo por estatuarios y el Alcurrucén se le fue directo al muslo, afortunadamente sin más consecuencias que un tantarantán de impresión. Ya algo repuesto, volvió a la cara del toro y todo transcurrió entre trapazos con el pico, excesivamente fuera, estirando el brazo en demasía, acortando las distancias sin tener por qué y dejando fluir libremente la vulgaridad y gusto de plaza de talanqueras. Al final el toro se quedaba ya por lado izquierdo, lo que complicaba aún más la cosa, echando la cara arriba y enganchándole la muleta. Le acabó propinado una estocada entera que le hizo caer redondo en un abrir y cerrar de ojos. Su segundo salió punteando continuamente el capote. Escarbaba ante el peto, tardeaba un mundo para arrancarse, mientras le esperaba Ángel Rivas para administrarle dos puyazos en el sitio. Eso sí que sería una buena aportación, si cundiera el ejemplo. El animal tenía cierto peligro, recortaba por el lado derecho, esperaba a los banderilleros y en estas José Chacón clavó un segundo par de mérito, sin que se le ofreciera ninguna facilidad. López Simón comenzó la faena por alto, pegando tirones y acomodándose con el pico y citando desde muy fuera. Quiso volver a tirar de repertorio chabacano, metiéndose entre los cuernos y sacando muletazos de uno en uno, acabando por ponerse muy pesado.

Ginés Marín se encontró con su primero que ya de salida se le frenaba en los engaños, emplazándose y echando las manos por delante. Hay que reconocerle al espada que puso las dos veces el toro al caballo después de un recorte. Un primer puyazo trasero, para acabar escapando el burel a toriles, que allí hacían pupa. Una segunda vara señalada apenas, pero en buen sitio. A continuación vinieron las ya nombradas chicuelinas de Morante de la Puebla, a las que respondió Marín con decoro, pero, sinceramente, no era lo mismo. Empezó con la muleta de rodillas, pero descompuesto, hubo de ponerse en pie inmediatamente. A cada trapazo destemplado el Alcurrucén respondía doblando las manos. Hubo en algún momento cierta despaciosidad, incluso temple, pero abusando del pico. Siguieron los tirones y más doblar las manos, cites muy fuera, muletazos de uno en uno, demasiado encimista y brazo demasiado largo. El sexto fue otro de Alcurrucén de un encierro desigual de presencia y comportamiento. En líneas generales no aburrían, pero tampoco entusiasmaban, más mansos que otra cosa, en ese límite de no aburrir, pero tampoco protestarlos airadamente. A este sexto, muy corretón, no parecía que hubiera nadie capaz de atarlo a un capote. Al contrario que en su primero, no cuidó el ponerlo en el caballo. Un verdadero caos en banderillas, al que colaboraron quienes debían estar atentos a la salida de los pares, uno de ellos, López Simón, que ya no estaba. Ginés Marín comenzó el trasteo con la derecha, sin templar y sin mandar en los arreones del toro. Todo transcurría entre muletazos con el pico, descolocado, pero de repente aparecieron dos, tan descolocado y con el pico como todos, pero conduciendo la embestida. Que dirán que vaya contrasentido, que lo es, pero al menos ver eso ya suponía una novedad. Siguió la misma tónica por ambos pitones y de nuevo un natural tirando hasta atrás, con los mismos defectos y esa virtud. Un cambio de mano y otro circular muy largo. Luego quiso poner la guinda con unos de frente, pero… quizá lo mejor fue uno de esos muletazos ligado con el de pecho. Culminó con un bajonazo y se le concedieron las dos orejas, excesivas a todas luces, pues no hubo toreo de capote, no cuidó la lidia, los cites y las ejecuciones ya se han comentado y esos destellos no justificaban tanto premio. Que en primera instancia puede parecer que eran aromas de toreo, pero al final eran chorreones de Barón Dandy, que a la segunda friega satura los sentidos. Y así concluyó la tarde, la feria que supuestamente iba a ser grandiosa, que incluso los habrá que se hayan emocionado más de una tarde, aunque mi duda es si se conmocionaron con tanta mediocridad y ya que no podía haber meriendas, pues que hubiera orejas. Acabamos y echamos el cierre hasta… Dios sabe cuándo, entre unas gotitas de Channel y chorretones de Barón Dandy.

 

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lunes, 11 de octubre de 2021

Échate un cantencito y que viva la juerga

Érase una vez un toro que empujaba y romaneaba y un picador que agarrado a la divisa dejaba un puyazo en lo alto del morrillo. Érase, que ya no se es

Si ustedes me van a venir ahora con que esto de los toros es algo muy serio, paren el carro, que esto es juerga pura, pura diversión y no me vengan que a los toros van a emocionarse, que a los toros uno va a divertirse y todo recurso es válido. Que lo mismo me vale una orgía de alcohol chorreando por los tendidos, que unas voces dando vivas hasta al del carro de los helados, que el que de repente se levante una señora y me cante la del Soto del Parral de pe a pa, con sus oberturas, interludios y danzas de sombras chinescas. Y al que no le guste, que se vaya a los toros a las Ventas, que allí son todos unos siesos del co… ¿Cómo? ¿Qué eso pasa en las Ventas desde que abrió sus puertas después de la pandemia? Bueno, sí y no, todo sí, pero lo del cantecito es algo nuevo y vista la respuesta, igual no hay bemoles de volver a afinar el gaznate para entonar loas al divismo torero de algunos. Que ya hay que ser… En fin.

Un cartel que seguro que sería aclamado hasta el infinito por las gentes de esas plazas de Dios, pero como en Madrid son unos siesos, los abonados hasta remolonean y van, pues por lo que van. Toros de Santiago Domecq, remendados por dos de la Ventana del Puerto, para los afamados matadores Julián López el Juli, maestro del mando y dominio… en los despachos, Miguel Ángel Perera el de la sonrisa congelada, y Daniel Luque, el amigo del mundo, de niños y mayores, la simpatía en cajitas de seis, aunque igual algún lote le ha caducado y ya no hace efecto de tanta simpatía.

Una corrida de saldos, que igual es que cuesta encontrar toros en el campo para Madrid, o quizá el enunciado correcto sea que cuesta encontrar toros en el campo para Madrid para que los toreen las figuritas. Al Juli le echaron de primeras uno justito, justito, pero regordete, que los kilos siempre hacen parecer a algunos que ahí hay más de lo que hay, aunque no haya apenas nada. Si acaso se le pegó un rasguño en el caballo, al que el matador no se dignó a conducirlo. Se reservaba para la muleta, donde desde el primer muletazo por abajo ya empezó a tirar de pico, para qué iba a esperar más. A ver por el izquierdo, nada, el animal ya no podía ni levantar las cejas para saludar. A su segundo, de la Ventana del Puerto, apenas se le pico, trasero, y eso que el animalito hizo amago de poder echar abajo al penco, pero nada, pura ilusión. La misma que esperar que el dominio del Juli se hiciera presente en el último tercio, pero nada, todo es pura ilusión. Muletazos ventajistas siempre con el pico y pegándose una carrerita a cada trapazo, lo mismo por uno que por otro lado, dejando además que el animal le tocara demasiadas veces el engaño. Y como guinda, esa espectacular y tramposa forma de entrar a matar, escapando a la carrera de la suerte. Otra vez será.

Miguel Ángel Perera recibió a su primero, un zambombo con más kilos que trapío, con verónicas en las que aguantó dos quieto, tirando con la puntita del capote y el animalito ya pedía socorro. Picotazo en la paletilla, para desplomarse al salir del peto, mientras le ofrecían los capotes por las nubes. Bien Curro Javier pareando al derrengadito de la Ventana del Puerto. Y para encender los ánimos del personal, a Perera se le ocurrió sorprender desde los medios con trapazos por detrás, por delante, que eso siempre anima al pueblo. Luego, pues, ¿ustedes han visto alguna vez una faena de perera? Pues eso, ya las han visto todas, incluida la de este segundo. Pico, siempre muy fuera, apelotonando trapazos y con la zurda de uno en uno y teniéndose que recolocar constantemente, muy encima, que eso también gusta, el péndulo, enganchones, todo ello coronado por un tan solemne como infame bajonazo. ¡Ea, ahí queda eso! Su segundo, de la ganadería titular, ya salió arrastrándose. Lo de hablar de picar, pues imaginen, si acaso, si acaso, un arañazo. Le dio distancia, pero al toro le pesaba hasta el aire que respiraba. Trapazos anodinos, ventajistas, para acabar metido entre los cuernos, a ver si así le cantaban otra pieza del acervo popular, que la primera no pudimos ni identificarla, ni disfrutarla; quizá si la plaza fuera más chica y más proclive a esas manifestaciones espontáneas y tan sentidas. Pero no habría estado mal que le hubieran dedicado “la chica del 17”, “la pulga” o “Sombrero ay mi sombrero”, pero la artista, viendo la acogida inicial, desistió y eso que hubo una voz desde allá el siete, que le pidió que se cantara algo. La inquietud surgió cuando otro motivado lanzó un ¡Viva los toreros extremeños! Y la gente, que es muy mal pensada, atando cabos de aquí y de allá, se vieron en que este extremeño se pedía el sobrero y…

Daniel Luque dicen que está en un momento que para si querrían muchos, incluyendo la sarta de inválidos que nos han echado en esta magna y fabulosa feria de Otoño, por la que habría que preguntar a su promotor el señor Casas, si es que ha visto alguno de los festejos que él mismo perpetró. Le salió un animalito al que ni los kilos podían tapar, escuchimizadillo. Recibo a la verónica, con algunas de ellas tirando del toro, aunque sin mayor alarde. Podría decir que le dieron dos puyazos traseros, pero ya les digo que eso sería ser benévolo en exceso. Sobre todo el segundo, casi más allá de mitad del tomo. Poco picado, pero en un sitio nefasto. Inició el trasteo con latigazos por abajo, para después continuar con el pico, sin parar quieto ni en uno. Se le notaba algo aperreado con el animalito, sin mando, sin poder con él. Una perfecta conjunción de trapazos y baile, sin conducir nunca la embestida, el toro le toreaba a él, lo que no quita que el personal se entusiasmara. Así es el público, que tras una entera y contraria decidió pedir la oreja, que muy amablemente concedieron los mulilleros, que pacientemente esperaron reteniendo el tiro de acémilas hasta que el usía sacó el pañuelo blanco. Al sexto tampoco le picaron, lo que no quita que le pusieran el palo más allá de lo que sería recomendable. Eso sí, el personal aplaudía a rabiar el no picar, que eso gusta mucho por ahí. Para que luego sigan que en Madrid no hay buena gente que lo aplaude todo. Si hasta aclamaron dos pares de Javier Ambel el quinto, pretendiendo que se desmonterara y al torero le dio vergüenza y tímidamente se descubrió en el burladero, que solo le faltaba decir que no aplaudieran más, que había sido todo a cabeza pasada, pero que bastante. Que se fijaran más para otra vez. Pero bueno, a lo que íbamos, el sexto de Luque, al que parecía que podría sacarle algo y arañar un segundo despojo, pero poquito aguantó el sevillano. En la primera tanta que se le venía rebrincadito ya se borró. Quizá con un poquito más de mando habría evitado que se le revolviera, el que se acabara liando solo, el acabar aperreado y poniéndose un poquito chabacano y vulgarote. Que igual ustedes pueden pensar que fue una tarde desastrosa, que no entendería de dónde se sacan eso, porque anda que no los había que a la mínima gritaban eso de échate un cantencito y que viva la juerga.

 

Enlace Programa Tendido de Sol Hablemos de Toros del 10 de Octubre de 2021:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-hablemos-toros-del-10-audios-mp3_rf_76613484_1.html

sábado, 9 de octubre de 2021

Como esto sea lo que nos espera

Y me sigo preguntando que qué será lo que les enseñan en las escuelas. A torear...

Becerrada de abono en la plaza de Madrid. La estación término de ese camino hacia las Ventas. Pues nada, después del camino, a descansar. Novillos, erales, de Jandilla, por momentos demasiado erales. Que sí, que a los chavales no les vamos a echar mastodontes con lanzas como pitones, pero tampoco es para irse al otro extremo, al de los corderillos con cuernos. Pero ni aún así han podido con ellos, a todo lo más que llegaban era a seguir lo que los animales les marcaban y en la mayoría de los casos, a duras penas. Pero que nadie se lleve a equívoco. Lo suyo en los novilleros sin caballos es que estén verdes como lechugas, que carezcan de recursos, de conocimientos de la lidia, de los terrenos. Que me atrevería a decir que eso es como debe ser, pues para hacerse tienen que seguir un camino mucho más arduo que el que les ha llevado a las Ventas. Lo más valioso es la intención, quizá más que la concreción. Esa intención es la que ilusiona a los aficionados, la que les hace mantener el interés por los novilleros, por verlos crecer, por verlos hacerse, como se decía antes. Por ver primero los mil defectos y poco a poco ir siendo testigos de como estos van siendo cada vez menos. Pero en los tres actuantes las intenciones eran para echarse a llorar. Unos modelos de lo que es el toreo actual, de la idea que se tiene en esta atosigante modernidad de lo que es torear. Elijan ustedes mismos uno de los tres, ya sea Rubén Núñez, Juan Herrero o Alejandro Chicharro y le podrán aplicar las mismas carencias y actitudes de los demás: toreo de mucha lejanía, siempre exagerando el abuso del pico, el esconder la pierna de salida y no saber si agarrarse a la zurda o a la diestra; aunque quizá de esto último habría que culpar a quienes les aconsejan desde la barrera. Y los tres, sin distinción, aliviándose en la suerte suprema, quizá porque les han contado que lo importante es que el burel caiga rapidito.

De toreo no es que anden muy sueltos, pero de descaro para darse una vuelta por su cuenta, de aprovechar el tirón de la masa, de eso andan más que servidos. Si hay que agradecerles algo es la voluntad en la variedad con el capote, aunque sin demasiado éxito, atropellándose y embarullándose las más de las veces. Con la muleta esa voluntad se ha traducido en faenas interminables, anodinas, sin el más mínimo asomo de toreo, sin que el aficionado pudiera ni tan siquiera imaginar el pronunciar aquella esperanzadora frase del “apunta maneras”, porque no apuntaban ni la lista de la compra. Y si hay que diferenciar entre sí a estos fieles alumnos de la escuela de la extenuante modernidad vigente, quizá Rubén Núñez parecía más bullidor, siempre siguiendo los cánones del destoreo, por supuesto y despachando a sus oponentes de infames y vergonzantes bajonazos a la altura de la paletilla, en su segundo soltando la tela con absoluto descaro en sus dos entradas.

Juan Herrero quizá por lo único que se diferenció fue por hacer salir al jefe de los matadores de toros y novillos a la arena para brindarle el segundo eral. Que claro, si este señor es el que debe enseñarle valores del toreo y a torear, apañados estamos. Y si él mismo no es capaz de decirle al chico que le brinde en el callejón y que no le haga salir de paisano a la arena como si fuera la arena de la playa de San Juan, poco podemos esperar. De su destoreo, pues poco se puede decir. Lo mismo que del de Alejandro Chicharro, quien en todo momento daba la sensación de que iba a pegar un respingo para atrás. Que ya es triste que con la plaza tan a favor, tan predispuesta a lo que fuera y que solo hayan dado dos vueltas al ruedo por propia iniciativa, excepto Chicharro, que no había manera para colar una vuelta más. Pero claro, era la final de un certamen y había que declarar un ganador. ¡Ufff! Complicado, ¿eh? Que parece ser que no podía declararse desierto, que hubiera sido lo más lógico y sensato. Pues nada, al de los bajonazos, por unanimidad, el jurado ha declarado ganador a Rubén Núñez, aunque quizá habría que haberlos obligado a declarar en otra instancia tras conocer su fallo; que apropiado el término en este caso, fallo, de apellido garrafal. Mientras los poquitos aficionados que acudieron esta tarde a la plaza, mientras esquivaban a los decepcionados paisanos y vecinos de la terna, salían ordenadamente repitiendo como si fuera una cantinela que como esto sea lo que nos espera.

viernes, 8 de octubre de 2021

¡Osá tíaaa! Me mola, me mola, mola, tía, en plan tía

 

La Vane no ha podido disfrutar a pleno gozar, pero al menos ha visto a su Josemari

Pero qué cuqui, tía, todo muy cuqui, en plan cuqui, tía. Que además, tía, no ha llovido y Josemari no se ha mojado el traje, ni se han manchado ni de barro, ni de nada, en plan nada, tía. Que no sabes lo guay que era la peña, todos encantados con Josemari. Que bueno, que algunos, peña nada cuqui y nada guay, se han chinado mazo porque decían que los tres toros de antes eran chicos y que estaban inválidos. ¡Qué exagerados! Que bueno, que sí que es verdad que se caían, que oye les costaba hasta andar, pero chica, se esperan un poquito y a ver si se curan de eso que decían los picaos estos, ¿cómo era? ¿Inválidos? Eso, inválidos. Pero no veas como se enfadaban cuando les picaban con el palo, venga a tirar cornadas a las faldas del caballo. Pero cuando salían los toreros con la tela roja, ¡pobres! Que no se sostenían en pie. No eran cuquis, tía. Me han gustado más los tres del final, los del señor Victoriano. Mucho mejor que los del señor Jandilla. Los del señor Victoriano eran grandones, grandones, tía, mazo grandones, en plan grandones. Osá, grandones, ¿sabes? Que uno, el cuarto de todos, el pobre parecía que se quedaba dormido apoyado en las faldas. Luego vino uno detrás, en plan mole, pero mazo mole, que ha tirado el caballo y todo, aunque a mí me ha parecido que el caballo se ha echado solo. Y este, tía, en plan guay, tía, que no veas como iba y venía cuándo le decía Josemari. Era el que más ganitas tenía de ir a por el trapito rojo, que nunca me acuerdo bien cómo se llama ¿Muleta? Pero la muleta tenía que ser para los inválidos, ¿no? Porque si es muleta para los inválidos, ¿cómo es para los que van y bien en plan que van y vienen? ¡Tía! Luego el último no estaba para corretear demasiado, que casi no le dieron con el palo largo, pero nada, tía, que nada de nada, osá, nada, tía. Y luego movía así mucho los cuernos como queriendo coger el cielo y como si quisiera quitarse el humo de la cabeza, la movía así mucho.

Que hoy los toreros eran tres, no como el señor del otro día, que era uno solo, ¡qué aburrido solo uno! ¿No? Tía. El primero era un señor que se llamaba Diego Urdiales, pero tía, si es que parecía que lo habían llevado obligado. Que primero estaba allí, como si quisiera curar al toro, uno de los que decían inválidos. Le dado muchas veces con la tela, pero nada, que seguía inválido, osá, que no se podía mover. Que ni ha hecho por torear con la capa rosa grande, todo con la muleta. Y al otro, él se ponía así, como muy puesto, ¿sabes? Sin arrastrar la tela, siempre con cuidado de no arrastrarla, imagino que para no mancharla, que luego la tierra se quita muy mal. Pero ha estado tanto rato dale que dale, que, tía, casi me tomo el yintonis de un trago.

Pero luego le tocaba a Josemari. ¡Tíaaaa! Me lo , me lo como, me lo como. Y la gente to guay con él, si hasta había peña que el móvil lo llevaba de su fábrica. Como se apellida Manzanares, le han puesto una manzana al móvil. ¿Cuqui? Mazo, tía. Que majo y cuidadoso. Como en el primero el pobre no se aguantaba casi en pie, pues ponía el trapo así, como atravesado y sin tocar el suelo y hacía para que pasara, pero lejos, para no mancharse el traje, que un señor muy amable me dijo que se llamaba terno. Con la tela, la muleta, tuvo menos cuidado, que yo pensaba que en un enganchón con los cuernos se la iba a romper y eso que él cada vez echaba a correr para separarse del toro. ¡Qué agilidad! Que él se ponía así, apartado, pero tía, por si acaso, se echaba una carrerita. Imagínate que se mancha el, ¿cómo era? ¡Ah! Terno. Que la sangre sale mal, remal. Que así se echó a perder a mí una falda tableada que era mi favo, tía. Luego, en el otro, el que más quería ir a por lo rojo, se puso así muy derecho y no tenía que hacer nada, que el toro iba solo y no se cansaba. Que eso, la muleta, debe pesar mazo, tía y por eso una vez se la cambió de mano, para que descansara el brazo derecho, ¿no? Pero enseguida se la volvió a cambiar, porque si no, el toro le rompe la… ¿muleta? Por ahí le gustaba menos. Que Josemari le ponía la tela así, como de punta, para que fuera detrás del pico y que diera la vuelta más grande. Pero yo sé por qué lo hacía, tía, para no mancharse el terno. Terno, terno, terno, que palabra tan bonita. Cuando vayamos de shopping nos vamos a comprar muchos ternos, tía. Pero sigo, tía. Cuando le descansó la mano derecha siguió así estirando el brazo y gastando solo el pico de la muleta. Y cuando acabó, hasta salió para despedirse y todo. Que majo, ¿no?

Y había otro más, un chico que se llamaba paco Ureña, que el pobre, parecía que no estaba muy inspirado, porque esto es arte y hay que estar inspirado, ¿sabes? ¡Tía! Este empezó dando muchos pases con el capote, pero un montón. El señor del terno me dijo que capotazos. Y luego, como era un inválido, mazo flojeras, cogió la muleta. Oye, que se despegaba tanto como Josemari, pero a la gente le gustaba más. Envidiosos. Que se ponía así como lejos y con la tela para gastar solo el pico y así reservar el resto. Eso es cuidado y mimo. En el otro, uno así, grandullón, parecía como si se cogiera sus precauciones; como para no cogerlas, tía. Que él no se hacía con esas cornadas que tiraba al aire, pero cualquiera. Que hoy no han salido ninguno a cuestas de la peña, pero bueno, yo he estado cerca de mi Josemari, que hacía mucho que no le veía, pero… ¡Ainsss! ¡Osá tíaaa! Me mola, me mola, mola, tía, en plan tía.