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| Si la suerte de varas siempre tiene que ser la fundamental medida del toro, en una concurso... |
Seguro que más de una y mil veces habrán oído eso de que sobre gustos, no hay nada escrito, que para gustos, los colores; incluso en esto de los toros algunos se lo quieren aplicar para justificar alguna preferencia. Ya se sabe, si tu preferido es un tahúr del toro con ases ocultos en las mangas, como es tu ídolo, baste decir que te gusta, que si su tauromaquia, que si su personalidad, que si su genio, para que lo mejor sea cortar la conversación, que lo mismo ni apenas estaba iniciada. Pero la cosa va más allá, que puede haber días con alguna peculiaridad especial a priori, como por ejemplo sucede con una corrida concurso de ganaderías. Que no es que si sale su número le toque una ganadería con su finquita y todo, con sus vaquitas, sus terneros, sus toros y un guardés que te cuida el regalito, ni mucho menos. Que desde tiempo ha, el concurso era para ver el toro, el toro en su máxima expresión y de entre todos, al mejor se le proclamaba ganador. Si hasta hubo un concurso en Madrid en el que se indultó un toro; cosas que pasan y que pasaron. Y allá que va el personal con su traje de aficionado conspicuo, dispuesto a mirar con lupa a los astados. Pero, y siempre hay un pero, en estos días los hay que van a lo de todos los días, a acompañar al paisano y a aplaudirle y jalearle con entusiasmo hasta el ver su trapo enredado en los pitones. Que ya lo dijo el Gallo, que es que hay gente pa'to. Pero que la cosa no queda en eso, que en las concurso también están los que no quieren ver el toro ni en pintura, que les muestras una foto o unos rayajos que parezcan un toro y te echan una cántara de agua bendita por encima para exorcizarte, te enredan al cuello hasta la asfixia una ristra de ajos y si fuera menester, van con una estaca a... a lo que sea. Y curiosamente, estos últimos o visten de luces o están próximos a los que visten de luces o son conocidos de los que están próximos a los que visten de luces.
El entusiasmo en una plaza de toros está muy bien, pero con mesura, que lo que no tiene mucha cabida es que cuando sale el tuyo te líes a dar palmas como foca en el Price y cuando le toca a otro, trae las pipas, que las sueltan de repente cuando el niño de la Antonia vuelve a tomar la muleta. Y aunque en las concurso no se sortea, va por antigüedad, para no liarnos, vayamos torero a torero y toro a toro. Salía de primeras uno de Saltillo, que hubo quien le ovacionó cuando aún no había pisado la arena con los cuartos traseros ¡Caaaalllmaaa! A este le tocó en suerte José Carlos Venegas, que le dejó corretear y corretear y corretear. Lo de poner un toro en suerte, ya es mala suerte, pero este espada no parece partidario. El animalito solo quería escapar en cuanto que sentía el aliento del palo. Solo le faltaba mentarle lo más sagrado al del caballo. Pero luego en la muleta acudía con cierta regularidad, sin tirar un mal derrote. Y allí esta Venegas para endiñarle trapazos de todos los colores, con el pico, alejado y a ver si cazo uno aquí y otro en la calle de Alcalá. Con la zurda una retahíla de enganchones, pero muy jaleados por los que habían dejado unos minutos de lado las pipas. Tirón va, tirón viene, pero por eso de que las mulillas son fieles seguidoras de aquello que los papás llevaban en el coche, el “papá no corras”. Pues igual hay uno que se nos escapa, que dice “mulillero no corras”; y en verdad que ni corren, ni ganas. Y hala, despojito para el espada. Despojito que devolvió con creces en el que salió cuarto. Uno del Conde de la Corte, ¿se acuerdan cuando este hierro era un fijo en feria? Tiempo ha. El animal, mal picado, se salía del peto una y otra vez, buscando la salida, preguntando por dónde se volvía a su casa y rehusando la pelea. Esperando con mucho peligro en banderillas por el pitón derecho. Ya en el último tercio, el espada empezó por abajo, sin parar de bailar. Se quiso poner a dar trapazos, pero el del Conde tiraba para tablas descaradamente, sin que nadie propusiera la más mínima idea para retenerlo en la muleta, al menos para poder prepararlo para la suerte suprema. Vaya, que el paisano había arrinconado las pipas para palmotear a su torero y nada, que no hubo manera.
Isaac Fonseca puede que haya sido el más desafortunado de la tarde, ¿por qué? Muy sencillo, por no poder ampararse en mansedumbres para justificar el no haberse enterado de lo que era el quinto, el de Pallarés. Que mala suerte la del toro. En su primero, uno con el hierro de Partido de Resina, que aparte de la marca, el ganadero habrá tenido que entregar una declaración jurada y ante notario diciendo que aquello era de lo que se decía ser. Y no seré yo el que nombre la casa que tanta gloria le dio a esta vacada. Pues al muchacho de la omega apuntada se le administraron tres varas en el mismo sitio, que ya es de mérito, pero si el sitio es tres palmos trasero, o más, es un verdadero demérito. No se puede andar tan mal de la vista como el señor picador. Luego Fonseca, ya muleta en mano, se dedicó a dar trapazos sin bajar la mano ni por penitencia divina. Venga a echarle la cara arriba, venga a pegar el banderazo final. Y claro, el animal va y se pone peligroso y ya por iniciativa propia, venga a echar la cara arriba. Y ahora sí, el quinto, de Pallarés. De primeras le estrellan contra las tablas. Ya verás como todavía tenemos un disgusto. El toro aguantó incluso el aire que le daban con el capote. Le pusieron de lejos en cuatro ocasiones, por petición popular, los que querían ver al toro. Y el espada, que no lo quería ver, que pidió el cambio, pero no, aún fue una cuarta vez al peto. Al principio sin demasiada avidez, al trotecillo, le taparon la salida. Una segunda vara algo más codicioso y a medida que le citaba el del palo, yéndose arriba, de menos a más. Solo una vez, en el segundo puyazo, le cogió bien, en el resto lo mismo atrás, que en dirección a la paletilla. Y en los cuatro encuentros, el de Pallarés peleando. Al de aúpa le dieron el premio, quizá porque quitando la segunda vara, en las demás el jurado se quedó sin cobertura en el móvil; o que ni se les pasaba por la cabeza eso de dejar el premio desierto. En el último tercio, Isaac Fonseca se empeñó en acortar las distancias, en no darle el espacio que exigía y que había mostrado en el primer tercio. Si en esas cuatro entradas va de lejos, ¿para qué empeñarte en echarte encima? Y con tanto encimismo, pues el toro acabó parándose. Que estos de la tauromaquia moderna se creen que lo de los terrenos y las distancias son pamemas; pues a las pruebas me remito de que es algo fundamental. Y el mexicano siguió por allí, sin enterarse de lo que se le estaba yendo. Y es que, ni una muerte digna le ofreció al animal. Que mala suerte.
El tercero era Alejandro Chicharro, que venía a otra cosa que no era un concurso de ganaderías. Tan despistado venía, que ni opción al paisanaje para regalarle un mísero “¡bieeeejjjnnnn!”. Al de Castillejo de Huebra, que ya mansaeba en el caballo, escapándose al notar el hierro, decidió que no era digno de tres varas y al segundo encuentro pidió el cambio. Bueno, era una opción, pero tampoco costaba nada ponerle una vez más, para que el personal se convenciera, pero es que el matador era de los que no lo quería ni ver. Y allá que se fue el de Miraflores de la Sierra, provincia de Madrid, para liarse a dar trapazos abusando en exceso de pico, de lejanías muy lejanas, de brazo estirado como una goma, mucho, mucho. Con las ganas de agradar que traía. Nunca acabó de entregarse y si se terciaba, tampoco se crean que dudaba de tirar el trapo al hocico y echar a correr a tragarse el olivo de un brinco. En el sexto, el de Valdellán, un manso de libro, sería por la pitada de su primero y también porque cada entrada al caballo ere medio picotazo antes de salir huyendo, que le puso cuatro veces; bueno, más, pero las que le ponían y el toro se iba escapando antes de oler el peto, esas no las contamos. Pero Chicharro ahí, dale que dale, sin que se le pasara por la testa el cambiarle la lidia. Si el toro no va, ¿a qué empeñarse con obcecación a dejarle a contraquerencia? Señor, vaya moviendo el penco, primero al seis y si no va, al cinco, como si tiene que acabar en la misma puerta de toriles. Que eso también es ver al toro. Pero esto quizá sean cosas de otros tiempos, tiempos en los que nadie ovacionaba a un toro que se tragaba la muerte y que buscaba el refugio de las tablas. Pero a lo que íbamos, que salió Chicharro, sin desmonterar, dispuesto a algo. Se lo sacó al tercio, incapaz, desconfiado, desarme, enganchones con la zurda y sin dar sensación de que se le quiera volver a ver. Que igual el primero en no verse es el mismo espada. Y así acabamos, ganador el de Pallarés, además de otros premios que no merece la pena nombrar y la cosa estaba en que mientras unos iban a ver el toro, otros no querían verlo ni en pintura.
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html






