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| El arte y el artista no se encontraron, con lo bien que lo habían preparado todo |
Era la gran tarde del arte grande, magno, de la magnificencia excelsa de la mano de esa mano tocada por los ángeles; no había dinero bastante para pagar una entrada, pero si había que soltar billetes a cascoporro, se soltaban ¿había ocasión mejor que esta? A ver si después de dos años de glorioso montaje este iba a ser el que no se cumpliera eso de que no hay dos sin tres. Todo preparadito y bien preparadito. Todo propicio para exaltar los ánimos más íntimos desde el minuto cero. Flores, banderas, jóvenes vistiendo de gala, que ni para la boda de sus padres lucirían y todo para ver a los pupilos de dos hierros de postín, a un confirmante, al ganador de un prestigioso trofeo y él, el único, el apóstol del toreo, perdón, de la tauromaquia. Si es que las cosas o se hacen bien, a conciencia, o no se hacen. Pero... hay los malditos peros; que va y el ganado parecía... Que tampoco era para echarse las manos a la cabeza, justicos los pobres animales, pero más de uno hasta con kilos de más. Que claro, ¿cómo un toro de casi de 600 kilos puede no tener trapío? Pues muy fácil, igual que no lo tiene un charolés de 800. La víspera eran escurridos cornalones y al día siguiente, desde luego que cornalones no eran. En el caballo el primer Garcigrande derrotaba con apenas un picotacín; El segundo de la casa, tras derrotar, huye rehusando la pelea; el tercero, de Núñez del Cuvillo, sin picar, pero echándose una cabezadita en el peto; el cuarto, del mismo hierro que el anterior, cabeceando y repuchándose; el último Garcigrande ni un picotazo, que ni una vacuna, para salir escapando; y al sexto, un Cuvillo, pues para destensar, el de aúpa le ha barrenado con ganas, mientras se limitaba a dejarse sin más. Qué bravura, ¿no es cierto? Pero oiga, que luego en la muleta iban y venían, algo ya conocido y habitual, aunque como también es norma, no hay nadie que les propine ni un amago de muletazo sometiéndoles, que si esto no fuera así, igual otro gallo nos cantaría. Y ya me contarán, con estos mimbres, ¿quién hace el toreo? Pero el toreo de verdad, no lo de pegar trapazos que algunos ven como la cima del toreo, que están dispuestos a tatuarse una serie completa en pecho y espalda. Que habría que verlos. Aunque tampoco se crean que el personal estaba muy preocupado por la bueyada que estaba saliendo por toriles, hasta ahí podíamos llegar. Que ellos venían a ver al mejor torero de la historia poniendo posturas galanas, aunque no hubiera toreo por ninguna parte. La cosa eran las poses y el fin de fiesta sacando al ídolo de romería por la calle, pero...
Morante de la Puebla, que uno no sabe si está retirado, si no, si solo es que no puede con alma, si es que... Cualquiera sabe. Que tuvo cosas positivas, la forma de acompañar a los banderilleros cuando les toca parear y lo atento que está a la salida de los pares para quitar al toro. Ya no convence tanto cuando en cada entrada al caballo deja sus toros casi en la raya, sobre ella o sobrepasándola. Intentó estirarse con el capote y oiga, no siempre puede salir bien, como en su primero, pero claro, si los entusiastas jalean el capote enredado, pues es lógico que algunos se pongan alerta. En su primero se alborotó un tantito y ante el descontento de los presentes, abrevió. En su segundo, que no parecía nada, pero al que se le podía adivinar que iba a ponerse colaborador, muchos muletazos, muleta retrasada, pico, como los que no llegan a divinidad, y dando aire, en línea, sin rematar nunca atrás, después de un inicio de ayudados por alto, sin llevar la embestida. Que ya había algunos tan encantados, que hasta parecieron perdonar un metisaca caído. Que estamos como para cuestionar nada a los dioses del Olimpo, ¡Venga ya!
El segundo era Héctor Gutiérrez, sí, aquel que ganó no sé qué y que Victorino estaba encantado repartiendo trofeos y rompiéndose las manos a aplaudir aquella noche estival. Pero si aquello no se entendía, lo de esta tarde es para que se lo expliquen a él, que esto no va de dar vueltas y más vueltas moviendo el trapo que previamente había atravesado mostrando solo el pico de la pañosa. Y venga a dar trapazos y trapazos, sin que a los paisanos les importara que citara tan fuera, ni que le enganchara el trapo.
Y cerraba el cartel el mismo que abrió y cerró plaza, el confirmante Aarón Palacio, que por no cansar se podría decir que hizo lo que todos, trapazos hasta hartar, trapazos tramposos, mientras su primero no se cansaba de acudir al cite. Es un no parar, un cansarse de mover las telas a su aire, sin torear en ningún momento, llegando a ponerse muy, pero que muy pesado, pesado hasta la desesperación. Que esto es muy habitual en todos, que parece que creen que la inspiración les llegará en algún momento siempre que no dejen de pegar mandobles muleteriles. Pero no, la inspiración debía de estar perdida por la M-30, dando vueltas y buscando la salida por los túneles, precisamente en una tarde en la que el mejor torero de la historia podría venir a echar el cierre a la temporada dejándonos con la boca abierta, per, mala suerte, el arte seguía deambulando por el mundo. Y es que es lo que pasó cuando el arte olvidó el GPS.
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html






