domingo, 11 de octubre de 2026

Histórica caricatura, histórica indecencia e histórico insulto al toreo

Creíamos que Madrid ya no podía caer más bajo. Pues sí y posiblemente no haya tocado fondo, posiblemente vengan momentos aún peores.


Hubo una vez lo que se llamó la Plaza de Madrid, un lugar en el que se veneraba al toro, al toreo y a los toreros que lo hacían ante el toro. Una plaza que consentía al que quería hacerlo y que se ponía de uñas al que tomaba la bandera de la mentira, el engaño, y la teatralidad trampantojo de lo que a esto le hizo grande. Pero los años pasan, llegan unos señores que con la careta de la tradición y cuatro pamemas más, se encargan de especular de todas las formas posibles, subordinando absolutamente todo lo que tuviera que ver con la Plaza de Madrid, al dinero, al dinero rapidito y sin pensar no en el mañana, ni tan siquiera en lo que pueda pasar dentro de cinco minutos. Y si para eso tienen que desalojar a la afición de Madrid, la de toda la vida desde siglos ha y sustituirla por... por otra gente, pues adelante con ello. Que si luego la cosa se tuerce, ya se buscará a quién culpar, que si los políticos de no sé qué, que si aquellos que protestaban, que si la tía Curra la de los pavos, cualquiera, menos ellos y todos los que siguen vehementemente esta corriente, porque resulta que dicen que se divierten. Pero que estos no son los únicos, que los hay que han encontrado la coartada perfecta, los que se emocionan. Que no hay quién pueda discutir un sentimiento tan subjetivo como la emoción, que ahí puedes dejar de lado cualquier norma, cualquier fundamento, absolutamente todo, porque si ese alguien se emociona, ¡adiós la luz! Cada uno con ese criterio puede interpretar lo que le dé la gana. Incluso los habrá que en este caso concreto, después de ir días contados a la plaza, habrán pensado que han visto la mejor tarde del año, el mejor encierro de la temporada y casi la tarde de su vida. Pues tampoco nos vamos a poner a discutir por ello, faltaría más.

Pero quizá la corrida ha sido de faltas, las faltas que se reclaman otros días, las faltas que denuncian algunas voces desde el tendido. Cuando señores sesudos reclaman toros con cuajo, con culatas poderosas, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se grita lo de hay que picar, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se censura el abuso del pico, el dar aire a los toros, el vaciar en línea, el no lidiar, la falta de mando, el no conducir las embestidas aunque sea una vez tan solo, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se afean las estocadas defectuosas, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se dice que esto es Madrid, que si es la primera plaza del mundo, que si es y somos exigentes y no dejamos pasar ni una, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Que ya no entramos en eso de llamar casta al simple picante, que por la incompetencia de los lidiadores haga que los toros mal, pésimamente lidiados puedan llegar a parecer alimañas, fieras corrupias, porque eso ya sabemos que según quién, cuándo y cómo, varía de polo a polo.

Los de Adolfo Martín, cornalones, que no diré que exageradamente, porque hasta ahí podíamos llegar, que ya nos pareciera la leña un defecto. De caja nada potente, ni poderosa, exiguos de culata, lo que muchos llaman escurridos, algunos flojos, manseando incluso, que en el caballo han estado y se han dejado sin más. Alguno ha peleado con cierta fijeza mientras les tapaban la salida. Pero muy justitos de fuerza debajo del peto. Al tercero Antonio Ferrera tuvo el buen detalle de cambiarle la lidia, poniendo el penco más a favor de querencia ¡Al fin! Y el quinto que iba de media distancia, iba, sí, pero andandito caminito de Jerez. Que luego en la muleta, hasta medio iban, incluso repitiendo, no presentando más complicaciones que las que los propios lidiadores provocaban. Y ya sabemos, esa emoción de la incapacidad, que hace que un trapazo parezca algo grandioso, como si a un pregonao se le arrancaran los muletazos a bocados, pero no, no vayamos a volvernos locos.

De los señores de luces, pues un Antonio Ferrera que encanta a los iconoclastas de la fiesta, a los que se maravillan viendo ese repertorio tan... tan... tan de Ferrera. Y Román, que parece que entiende como nadie la plaza de Madrid, pero esta tarde parecía más estar en la calle Turia que en la de Alcalá. Ferrera inoperante con el capote, a veces intentando cosas raras, que si unos faroles sin luz, que si un quite por... Eso sí, como es habitual, él quita en el sentido estricto del concepto quitar, va al caballo y saca al toro medio airosamente. Luego con la muleta, pues lo de siempre, histrionismo puro, retorcimientos, pico abusivo, trapazos en línea, siempre sin mando, sin torear, sin bajar la mano, muleta retrasada, demasiados enganchones y carreras, muchas carreras, que da uno, se jalea, sprinta, da otro, se jalea, sprinta y ya lo culmina tirando el palo, que quizá es lo más honrado, porque para el uso que le da, y venga a dar trapazos por uno y otro pitón, que me la cambio de mano, que pego un respingo; y el personal en pleno delirio a punto de pedir un desfibrilador para ellos solitos. Y lo de las estocadas, ¿es necesario? Aparte del número tan suyo, que si voy corriendo como el Coyote de los dibujos animados para cazar al correcaminos, al toro en este caso, y que el acero caiga allá dónde pille. Que si caída, pues caída, que si muy trasera, pues vale y en su tercero, una especie de recibir que se le va contraria y bastante caída, pero que resulta que eso ahora es virtud. Pues podían haber avisado antes. Le han dado dos despojos para entusiasmo de las huestes de la iconoclastia taurina y estupefacción de los que creían que esto era otra cosa y de otra manera.

Lo de Román es más o menos lo habitual, deficiente con el capote, por momentos en extremo pródigo, demasiados mantazos. Tampoco es un espada que se preocupe demasiado de las lidias, que lo suyo es el último tercio. Y aquí lo suyo es abusar del pico, pegar trapazos distante, muy distante, brazo largo y estirado, dejando un peligroso hueco entre engaño y bulto y... pues que eso tiene mucho peligro y así pasó, que el cuarto de la tarde le levantó muy feo. Pero esa incapacidad entusiasmaba al personal. Pero tampoco crean que se enmendaba, era más el ansia de atravesar la tela que el de taparse, meterlo en el engaño y pasárselo por la faja. Tirones en línea, sin importar que no supiera por dónde meterle mano al Adolfo. Sartenazo y orejita, que para algo se había llevado un revolcón. Y ya que estábamos animados, dos despojos Ferrera y quedaba el sexto. Esto no puede quedar así, otra sesión de la misma vulgaridad habitual, pico, enganchones, más tirones, que si un cuarto de muletazos, venga a escupirlo para fuera, mucho contorsionismo y despojito al canto. Que los habrá, porque seguro que los habrá, que saldrían encantados de la plaza. Que no se puede decir que salieran toreando, porque si imitaban a los de luces esto era un imposible y además poco recomendable, que luego si nos retorcemos nos machacan las dorsales, la espalda de toda la vida. Que dirán hasta que ha sido una de esas tardes que hacen afición. Que lástima de Plaza de Madrid. Que lástima que no cuente con entusiastas como los que llevan los de luces, capaces de aclamar la más excelsa vulgaridad y el más sublime destoreo. Que mientras unos se iban encantados por ver que al de la casquería le iban a faltar cuatro despojos, convencidos de haber vivido una tarde histórica, otros se habrán marchado rumiando otra cosa entre dientes, histórica caricatura, histórica indecencia e histórico insulto al toreo.


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Cuando lo que puede salir mal, sale peor

Tantas ilusiones, que al final la realidad y la mala fortuna hicieron que todo se esfumara y se convirtiera en el deseo de que el torero se recupere lo mejor y más pronto posible.


En esto, como en todo, están los optimistas, los que hacen esfuerzos titánicos por verlo todo de color de rosa, que no hay obstáculo razonable que se les ponga delante, ni tan siquiera los argumentos de los de enfrente, los realistas. Que será porque estos a nada se ponen a pensar y rechazan el subirse en la carroza de Cenicienta, porque solo ven una calabaza y unos roedores uncidos a esa cucurbi... a la calabaza. Que los primeros quizá han visto muchas películas de esas en que un joven de la calle un día se cruza con un magnate, le dice que se sabe las tabla del dos, le epata y le hace presidente de una multinacional; y lo mejor de todo es que el muchacho triunfa, se casa con la chica prota de la peli y le invitan a la tele en la Gran Manzana ¡Joer, vaya peliculón! Y ahora vamos a lo que vamos, un joven que todo voluntad, muy bullicioso él, asoma un día en Madrid, unos dicen que es el nievo rey en ciernes del toreo y la empresa, muy cuca ella, decide ponerle en Otoño con seis novillos para él solito; bueno, para él solito y para dos sobresalientes. Un rebujito de hierros, todos del tronco Juan Pedro, que quizá no eran lo mejor para fabricar una hazaña, aunque la cosa estaba complicada para ello. Y estaba complicada porque Álvaro Serrano, la Cenicienta de la tarde, no estaba para enfrentarse a esto y menos seis veces seis. Las ganaderías, por orden de aparición, Domingo Hernández, Fuente Ymbro, Conde de Mayalde, Luis González Conde, Montealto y Julio de la Puerta. Y en los tendidos, muchos partidarios y mucho entusiasmo, que al chico había que empujarle entre todos. Y vaya si le empujaron, con tanto aplaudir el vacío, al final le han empujado hasta la enfermería. Que los hay que culpan a los que protestan, pero quizá estos optimistas de vocación tendrían que echarse una pensadita, que a lo mejor tanto empujar y empujar solo conduce a algún sitio nada deseable.

Todo era jaleable, Álvaro Serrano lanceando y pasando con apariencia de algo, pero con el fondo de poco o casi nada. Ni una vez conduciendo las embestidas con las telas, verónicas bailando, sin atender la lidia, ahora un quite dando aire y sin parar quieto. Después con la pañosa, un inicio para los partidarios, a los que les importaba bien poco que los muletazos no fueran limpios y mucho menos el abuso del pico, los tirones, el solo acompañar el viaje y las prisas, ¡ay las prisas! Brazo largo y pico, pico y más pico, sin tan siquiera amagar con mandar un mínimo. Pero había que forzar el triunfo, había que pedir un despojo, lo mismo daba que se viera el principio y final de la espada que atravesaba al novillo. En el de Fuente Ymbro la cosa parecía que no iba a ser fácil. Ni un picotazo recibió el animal. Con la muleta, inicio por abajo, siempre echando la pierna atrás y como en el anterior, pues pico, tirones, enganchones, siempre jaleados, y mucha vulgaridad, engarzando una eterna serie de trapazos. Y salió el del Conde de Mayalde, al que recibió con un farol de rodillas a un manso que buscaba terrenos más caldeados. Trapazos descompuestos al comienzo del trasteo y volvemos a los enganchones y al dar uno de pecho, adelantándose al viaje del toro, este le levantó y le caló certero. No cabía más mala suerte. Ni una duda entre la gente en el ruedo, a la enfermería sin perder un segundo. Que si nos ponemos en ver películas, ojalá que esta sea la de un chaval que quiere ser torero, torero de verdad y que tenga a su lado a alguien que le sepa conducir por este mundo y que incluso sea capaz de decir a la empresa de Madrid que no está para seis novillos, que esa no es una forma de cuadrar los números a estas altura de temporada. Ojalá se recupere pronto, que piense y que encuentre la manera de ser torero, con lo que esto implica, nada más que cosas grandes y bellas.

Entonces entraron en escena los dos sobresalientes, Aitor Fernández, que debutó en el 2018, y Héctor Roberto, que lo hizo en 2014. Se encontraron con una papeleta que había que resolver como el cielo les diera a entender, lo que quizá era un regalo envenenado. Tantos años en el escalafón, pero quizá muy poco o nada placeados. Aitor Fernández despenó al del Conde y luego se las vio con un manso de Montealto. Y cuando asoman las complicaciones, salen a relucir las carencias. Un novillo que no quería caballo de ninguna de las maneras, ni en broma, al que se empeñaban en poner a contraquerencia, sin que a nadie se le pasara por la cabeza mover el caballo, cambiar la lidia. Un verdadero caos, uno que se quería ir a toriles y otros que se empeñaban en picarlo en los terrenos que no quería. Que luego el bicho hasta peleaba debajo del peto mientras le tapaban la salida. El que sí que tenía las ideas claras era Iván García, que sin pudor se lo llevó al que guardaba la puerta, en lugar de hacer que el de tanda se fuera a los terrenos del tres, a favor de querencia, a picar. Que debía tener prisa. En el último tercio, muchas vueltas, mucho trapazo sin parar un momento, incapaz ni de tan siquiera plantear un trasteo medio regular. Quizá por eso tantos años en este escalafón. A Héctor Roberto le tocó primero el de Luis González Conde, al que no se picó. Con la muleta, el trapo iba por un lado, defecto que ya acusó con el capote, y el novillo por otro. Muy incapaz, desarmes, enganchones y un no parar de correr. Muleta atrás y ya que no podía, pues vayamos a subirnos encima del toro, pero no había nada que hacer. En el de Julio de la Puerta, pues más de lo mismo, un susto con el capote, para pasar con la pañosa a pretender entusiasmar con el clásico repertorio de la vulgaridad, culerinas trapazos, trallazos, el animal que le arroyaba, baile y más baile y un mitin con la espada. Que a saber qué opinaba el optimismo, que igual tampoco se irían demasiado contentos, pero es que al final la realidad se impone y si además no hay despojos, para qué más. Una tarde en el que quizá más ilusión tenía acabó en la cama con una cornada fuerte, en el que el ganado no dijo nada, los que tuvieron que salir después no podrán poner este festejo en su currículum, o no deberían, y todo se reduce a que cuando lo que puede salir mal, sale peor.


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lunes, 5 de octubre de 2026

Que no miren, que no anden, que no resoplen, que no molesten, que vamos a ponernos artistas

 

A veces, lo que se ganaría simplemente poniendo un poquito de orden en la lidia.


¡Un Victorino de los de antes! Eso es una constante cuando sale uno con la A coronada que se sale del juampedrismo al uso. Que igual quien dice tal cosa no vio ni de lejos un Victorino de los de antes, que en gloria estén. Que hace décadas que esto no pasa, pero no debemos obviar el que alguien siga con esta cantinela, que igual también se podría traducir con que si sale uno que no es una boba, todo salta por los aires. Que lo que quieren es que los Victorinos, y cualquiera que salte a los ruedos, sea amable, con embestidas formales, aprendido desde casa, con ritmo, casi con anteojeras, muy toreros, muy... un bobón en toda regla. Que luego también te dirán eso tan repetido y cada vez con menos sentido, de que cada toro tiene su lidia, aunque parece que ya salen lidiados y dispuestos para que el señor artista ponga posturas mientras mueve unos trapos de colores. Pero, ¡ay! Que nos sale uno que sí que hay que lidiar, que tampoco es que sea un barrabás y… se nos funden los plomos, se nos apagan todas las luces y la fiesta se nos viene abajo. Que los más optimistas habrán visto en tres de Victorino a tres alimañas, al Sacamantecas vestido de cárdeno, pero lo mismo es que estos tres sí que tenían realmente su lidia, la que ni Uceda Leal, ni Paco Ureña, ni Borja Jiménez les han dado. Y claro, cosas que pasan, en estas, el que sale un poquito revoltoso, si le dejas a su aire, si no haces ni por fijarle, ni por meterle de verdad en los capotes, ni por medirle el castigo en el caballo, ni poderle con la pañosa, igual se te complica tanto, que acaba convirtiéndose en un imposible y solo queda que correr, correr y correr y quedar en evidencia, por mucho que los leales de la positivología se rompa las manos a dar palmas.

Que han salido los Victorino Martín con presentación ajustada a partir del tercero y algo menos ajustada los tres primeros. Estos flojeando, pasaron por el caballo con esfuerzos por aguantar allí debajo, sin amenazar al señor del palo. El cuarto sacó más brío, aunque tampoco es que hiciera nada que reseñar en la guata. Todos sin que nadie pensara en colocarlos en suerte, que se apañaran por su cuenta. Y el quinto, al que por supuesto nadie llevó al caballo, empezaron picándole muy trasero, que si pilla al de aúpa despistado, que si coge de mala manera al caballo, que el toro, con la cara muy alta, se puso revoltoso y mientras le hacían la carioca estuvo a nada y menos de deslomar al jinete contra la arena, saliendo con la vara enhebrada en el lomo y paseándola por el ruedo. Una segunda vara desde cerca, sin ponerlo en suerte, faltaba más, tapándole la salida y recibiendo lo suyo. Se pidió el cambio y el personal, cómo se puso el personal. Que no creo que fuera un bravo de premio, pero después de dos entradas irregulares, sin ningún cuidado, aunque solo fuera para verlo y poder afinar más su condición, ¿qué costaba ponerlo una tercera vez al caballo? Pues debía costar un mundo. El sexto iba a su aire por el ruedo y si en su camino había un caballo, pues allí que iba al caballo a dormirse bajo el peto. Y ahora veremos lo que pasó y lo que no pasó con los tres espadas.

Pasó que excepto en el primero de Uceda, en el resto los espadas no aguantaron con el capote y cinco veces, cinco, se giraron para ceder terreno hacia los medios, algo que a muchos les encanta. Allá cada uno. Por momentos el caos en el ruedo inundó las no lidias y a partir de ahí, los tres, en el pecado llevaron la penitencia, viéndose incapaces de reconducir aquello medio dignamente. Y ellos que esperaban toros con embestidas formales. Que no sabremos si los toros hubieran tenido o no un comportamiento más favorable, nunca lo sabremos, pero lo que quedó claro es que la terna no hizo nada para que esto sucediera, ellos estaban a verlas venir y lo que les vino...

Uceda en su primero ya apuntaba maneras, trapazos sin parar de bailar, el toro que se empezaba a quedar y él sin saber por dónde tirar. Ahora me pongo, ahora me quito y el animal, escasito de fuerzas a estas alturas, empezaba a revolverse. En su segundo ya debió torcer el ceño de salida, cuando el ímpetu del Victorino le descolocaba continuamente con el capote. En el último tercio inició sacándolo de la segunda raya, para empezar a bailar con la zurda, un muletazo, la muleta al bies, el toro, sin resuello, haciendo lo que podía y el matador aturullándose solo; venga trallazos, venga a no parar quieto y a lo que el Victorino decidiera, acabando hasta aperreado. Que más bien parecía que no estaba ya para estos trances.

Paco Ureña se ha empeñado con su primero en darle pases y pases, mientras el animal no besara la arena. Muletazos que unos dirán que lentos, sí, pero al ritmo del toro, no que el impusiera temple y mando. Siempre escondiendo más de la cuenta la pierna de salida, sin rematar un muletazo en ningún caso, teniendo que salir a la carrera. Muletazos sin el palo con la derecha, pero sin olvidarse del pico y muy lejano. En su segundo, tras un lamentable primer tercio y una lidia inexistente, generándose un auténtico caos, sin que nadie fuera capaz de sujetar a aquel animal. Fue con la muleta y toneladas de desconfianza y claro, con lo sucedido dos minutos antes, el toro empezó, o continuó, complicándose. Este sí que tenía su lidia y la ausencia de esta... Un desarme y el lorquí echó por medio y se fue a por espada sin quererlo ni ver. La duda es lo que podría haber sido, pero de lo que no hay duda es que los responsables de todo este caos son los que impidieron ver al toro lo que podía haber dado de si.

Borja Jiménez llegó a lo de siempre, a soltar su repertorio, en el que tampoco se incluye la buena y ordenada lidia. A su primero le cuidaron para que medio fuera a la muleta y esto del cuidado implica el no picar, el dejar el toro entre las dos rayas y no darle más de un efímero picotacito. Pero lo que importa es el último tercio y ya saben, si no quieres caldo, toma trapazos, muchos trapazos, de todos los colores, gastando pico sin piedad, siempre muy fuera, siempre corriendo y con la pañosa retrasada. Una estocada entera muy eficaz y despojito. Pues estupendo. En el que cerraba plaza, pues más ausencia de lidia, ni un mínimo de cuidado para que hubiera cierto criterio para obtener un buen fin. Y así llegamos al trasteo final, que si un trapaceo por abajo, más que eficaz, para quitarse al toro de encima. Dudas en lugar del mando que se exigía. A poco que se quedara en la pala, el toro se le venía y ante eso, nada supo que oponer. Que esto no era para él, torero efectista como ninguno. Pero es que este es uno de tantos, igual que los otros dos de la terna, tres de tantos, que les tiene que salir toros tan a modo, que... ya saben, que no miren, que no anden, que no resoplen, que no molesten, que vamos a ponernos artistas.


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domingo, 4 de octubre de 2026

La vergüenza torera hay que mamarla, que no se vende en los bazares

 

Tanto quite y la verónica nos la tenemos que imaginar

De cuando en cuando los taurinos nos sacan a relucir eso que llaman los valores de la tauromaquia. Lo bien que suena y lo difícil que parece el medio acercarse a esos valores que hablan. Que si le preguntan a un no taurino, simplemente aficionado, que ya es bastante, igual interpreta que esos valores de los que habla esa gente, nada tienen que ver con lo que debería ser. Que empiezan a enumerar y seguro que les sale la soberbia, el engreimiento, el desprecio por el que paga, el mayor desprecio por el que critica o no está de acuerdo con la empalagosa alabanza a los que se visten de luces y que con tanto desenfado califican como maestros. Y si seguimos, también parecen ser sus valores la mentira, el engaño, el fraude, en fin, que si se rigen por estos valores, que ya les vale, ¿qué podemos esperar? Que por orden de aparición, si empezamos por el que abría plaza, un mozalbete al que le invisten de divinidad del toreo tarde tras tarde y que cuando un plaza le abuchea, excepto los que debían ser paisanos, que el pañuelico les delataba, con todos sus reales sale despreciando a los disconformes y saludando como si no hubiera bronca, como si le fallara el oído o sencillamente porque le fallaba la vergüenza torera. Pues vaya con el torerillo; como dicen por su tierra, anda majito. Que quizá le falten a este joven modelos en que mirarse, pero claro, si el modelo es Emilio de Justo, ese torero al que decidieron un día, no se quién, que era un figura por dos estocadas en una tarde y que se especializó en medios trapazos, en no rematar jamás un muletazo, en andar desubicado por el ruedo, pues como modelo no parece el más recomendable, ¿no? El tercero era Víctor Hernández, también nombrado sucesor de un gran y aspirante, firme aspirante a integrarse en el figuranato, pero que tarde a tarde parece empeñado en que todo lo que unos creyeron que podía ser, nunca llegara a ser. Llegaban con el ganado de las figuras, toros de Victoriano del Río. Ya saben el paradigma de la modernidad, de puntillas por el caballo, manseando, en el mejor de los casos peleando cuando les tapan la salida. Que también resulta curioso que a un picador, que en un segundo puyazo se agarró bien, le aclamen después de eso, de tapar la salida. Cosas que pasan. Y como buenos modernos, en la muleta iban y venían, alguno con más brío, otros... Que se han tragado quites de todas clases por parte de los de luces, aireando las telas, pero ni una verónica. A ver qué idea traían, habría que preguntárselo. Siguiendo con el ganado, la corrida no ha estado mal presentada, en algún caso ovacionando más la leña que otra cosa. Eso sí, que alguien podía pensar al ver tanta variedad, tan poco pareja, que alguien ha podido liquidar existencias de temporada.

Emilio de Justo no es el mejor ejemplo para hablar de torero responsable en la lidia, él los deja a su aire e incluso, como en su segundo, mientras el peón lo quita y lo pone en el peto y el de aúpa se apaña, el maestro observa desde treinta metros, o más, y ahí se las ventilen los de la cuadrilla. Que se lía a dar mantazos y a poquito que le achuche, ya se aturulla. Con la muleta, ni medios muletazos, trapazos trallaceros desde lejos y atravesando el engaño, para acabar en su primero a la puerta de toriles, sin mando alguno. Y en su segundo, pues trampas aún más evidentes, con más descaro, pero mucho, cerrando de infame bajonazo. Y este era el de las dos estocadas de años ha, muchos ya.

El segundo de la terna era Víctor Hernández, joven promesa al que muchos esperaban, pero igual se cumple eso de que el que espera, desespera. Eso sí, en la desespera, venga trapazos, enganchones, dando mucho aire, muy fuera, todo en línea, insulso, poco aguantable y hasta degollando a su primero. Pero degollándolo de verdad, una pescuecera que entra por un lado y sale por el otro. Entró en quites, pero... que está bien la variedad, pero, ¿y si empezamos a construir la casa por los cimientos y lo hacemos toreando a la verónica?

Y llegaba el Delfín de la torería, el próximo mandón del figuranato, Marco Pérez. Que ya arrastra su propia legión de entusiastas y todo. Que empezó con el capote que parecía que, que parecía que había aprendido a manejarse, quizá más comparándolo con su asomo por aquí de novillero, que tampoco se vayan a creer que lucía un capote como el de Sánchez Bejarano, el Viti o Julio Robles, vaya herejía más herética de las herejías; pero bueno, en los tiempos que corren. Pero llegó el último tercio, que empezó hasta aseado, con dos trincherillas apañadas, pero fue ponerse para el natural y luego los derechazos y ahí se nos vino todo abajo. Arrebatado, ventajista, sin importarle que se le vieran todas las trampas. Ventanazos por aquí y por allí, cambiando constantemente y sin rigor alguno de pitón, pero los afines le aplaudían mientras la bronca crecía a cada muletazo con el pico. Y al despenar al de Victoriano, en mitad del enfado de los presentes, se fue casi a los medios a saludar, quizá a recoger la bronca. Pues toda para él, que se la ganó a pulso, bueno, mejor dicho, a trapazo libre y enganchado. En su segundo más que salir con ganas de revertir la situación, salió acelerado, queriéndolo hacer todo a la vez. Larga de rodillas, capotazos por abajo, pero sin darle capote al toro, que se marchaba a correr mundo por el ruedo. Si en su segundo hasta aplaudieron a Alberto Sandoval, por tapar la salida, como ya se ha dicho. Y ya con la muleta, pues si no se ha dado el primer muletazo, no se puede dar el segundo, ni el tercero. Muy precipitado, pero sin variar la tónica de los tirones, los trallazos el brazo larguísimo, siempre muy lejos y huyendo permanentemente casi a cada muletazo, sin aguantar un segundo quieto. Que hay mozos en las capeas que se aguantan mejor el ridículo. Pero nada, que los habrá que seguirán viendo como la gran esperanza de la torería ¿Quizá todo esto no sea más que la consecuencia de tanto cuidado en el escalafón inferior? Pues quién sabe. Lo que está claro es que la vergüenza torera hay que mamarla, que no se vende en los bazares.


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sábado, 3 de octubre de 2026

Todo era amabilidad, hasta empapados como sopas

Haciendo memoria, igual alguien se acuerda del Urdiales que no trampeaba


Los habíamos que un ratito antes del tararí inicial no creíamos que la tarde pudi9era ir por dónde fue. Que a ver los Lozano que traen, que a ver la terna, a ver si es la tarde, ¡llover? No creo, ¿no? Si hace sol y todo y además, ¿se iban a atrever las nubes a descargar sobre la plaza en una tarde... Y oiga, que estaba todo en su punto, los ánimos suavones, no empalagosos, eso no, solo suavones. Suena el tararí y el porrompompón del timbal, que el otro se lo guindaron unos desaprensivos, desfilan las cuadrillas con ese ritmo ritual de todas las tardes que las convierte en algo único. Unos toman los capotes de brega y entregan el de seda, otros pasean la media luna del sol, los monosabios y areneros a sus burladeros de callejón, los cascabeles de las mulillas resonando y a lo lejos y entonces sí, entonces llega el amable comité de bienvenida y decide que hay que sacar a saludar a Urdiales. Que habrá quien no entienda ni los motivos, ni el criterio, ni nada de nada, pero si ellos lo deciden, bien decidido está, a ver si ahora no se va a poder ser majo. Y claro, luego el resto de la plaza se lo aprende, vaya si se lo aprende, y se pone maja y amable toda la tarde. Que igual los dioses de las tormentas vieron que la cosa podía ser en exceso melosa y para enfriar los ánimos soltaron un chaparrón de esos que recuerdas... ¿te acuerdas el día en que estaba todo el mundo majo, majo y amable? ¡Joer! Cómo cayó, acabamos como un muffin en un Pumpkin Space. Vamos, lo que viene siendo hechos una sopa. Pero ni con el aguacero se apaciguaron los majos, majos y amables.

Lo de Alcurrucén, lo que todo quisque llama lo de los Lozano, salieron bien alimentaditos; el paraíso de los carniceros. Rebosando kilos por todas partes. Que si tenemos que hablar de lo sucedido en el caballo, esta tarde siempre en el 6, pues los ha habido que ha peleado algo, pero cuando les tapaban la salida, porque cuando no, pues eso, tomaban la salida. Han flojeado, especialmente los dos últimos de la tarde, ayudados por la ausencia de temple por parte de todos los de las calzas rosas. Eso sí, con sus andares cansinos, entre muertos y moribundos, permitían que los de luces pusieran posturas ad hoc y que los majos, majos y amables bienearan a placer, incluso entre enganchones, pero eso ya es un clásico, un mal clásico, pero clásico.

Diego Urdiales, el saludado, paseó esas formas de maestro ya veterano, pero... ¡Ay el pero! Qué bien se ha adaptado a la modernidad y que bien ha asumido el papel de no molestar, él a lo suyo, sin entrar en competencias con nadie, llega y se pone a dar muletazos con el pico sin ningún reparo. Pero como el animal va que casi no va, pues puede parecer que torea despacio y muchos obvian que acompaña despacio, que no es lo mismo, ¿no? Alguna verónica estimable, cuando no barría la pierna de entrada para atrás y alguna hasta queriendo rematarla detrás de la cintura, que todo hay que decirlo. Lo adaptado que estará, que hasta se ha puesto a practicar el encimismo tan propio de los que no pueden y entonces... Su segundo ya se frenaba de salida, no se le picó, según órdenes del matador. Pero los hubo de entre los majos, majos y amables, que lo vieron de perlas. Y allá que volvió a hartarse meter el pico, de dar medios y cuarto de muletazos, ahora uno y al poco otro, desde fuera, pero con esa compostura erguida que embelesa a muchos. Que si no llega a ser por la espada en sus dos toros, ya me veo al comité de bienvenida sacándole a saludar en su siguiente aparición por estos lares.

Fortes, antes Jiménez Fortes, luce ese parecer lánguido de torero que ha pisado todos los ruedos redondos, y alguno cuadrado, del orbe taurino. Con el capote hasta dio alguna que se pueden aprobar sin ponerle pegas, pero otras, aunque jaleadas, si echas la patita atrás, ya no es lo mismo. Un inicio de trasteo por abajo con muletazos reseñables por el pitón derecho. Luego ya vino lo acostumbrado, pico, enganchones, que si un desarme, que si ahora voy y los empalmo, que si ahora me pongo más fuera aún, con un Alcurrucén que el hombre iba y venía a lo que le mandaran. Tras una de las varias entradas con la espada, salió muy apurado, teniendo que huir desde los medios hasta el burladero de matadores ¿Y la cuadrilla y demás espadas? Tres con las que saques, huy, ese lleva blancas; échale el capote a tu maestro, espera, espera que ya lo tengo, yo digo cuatro. Nadie a hacer un quite en treinta metros. Que son los mismos que en un tercio de banderillas no sabían por dónde se andaban ¿Cómo se explican que Christian Parejo, que debía amparar a los rehileteros y Urdiales, a la salida del par, pudieran estar a tres metros el uno del otro? Pero claro, si ahora de repente dejamos de ser majos, majos y muy amables. En su segundo, Fortes inició por abajo y el animal al suelo. No se entregaba en sus embestidas, aunque al final, hasta medio acabó yendo, pero si lo que se le ofrece no pasa de pico, de colocarse a cada pase, abanicazos y estar a ver si se caza algún muletazo, pues poco se puede esperar.

Y acabamos con Christian Parejo, al que en su día se le jaleó mucho esa bullanguera vulgaridad, pero lo poco no gusta y lo mucho, harta, cansa, aburre, desespera y hace que el personal se pregunte a qué han llamado a este muchacho para este festejo. Que le han contado que lo de citar desde loe medios gusta mucho, pero si el toro está cerrado, muy cerrado, igual complica el número de la emoción del primer trapazo al viento. Pico tremendamente exagerado, tirones, venga a dejarse tocar el engaño y un repertorio contorsionista digno de un circo oriental. Que algunos temían la oreja del revolcón, pero no daba ni para eso. Ni la forma en que salió prendido al entrar a matar. Tan vulgar, que ni los majos, majos y muy amables pudieron dedicarle sus mejores palmeos. En su segundo, un más de lo mismo, rondando al toro con su vulgarísimo repertorio, coronado con varias entradas con la espada, tirando el trapo descaradamente. Y eso que la plaza estaba dulce y suavona, pero es que dan tan poquito de si. Y eso que todo era amabilidad, hasta empapados como sopas.


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viernes, 2 de octubre de 2026

La repetición, con parche, de la final de julio pasa de desierto a erial

Cada vez que vemos una novillada con los alumnos aventajados de las escuelas de tauromaquia, uno se pregunta, ¿Qué enseñan en las escuelas?


Lo de las novilladas, que hace siglos ilusionaba al aficionado por aquello de pensar que les permitía otear el futuro, se ha convertido en un ejercicio de melancólica desilusión. Que lo mismo algunos optimistas creían que aquella noche de julio fue solo un mal sueño, que si se repetía la terna ahora en otoño, seguro, segurísimo, que los chavales iban a dar el do de pecho, que iban a mostrar el futuro esplendoroso que por momentos va germinando en esta fiesta nuestra. Anda que no lo tenían bien pensado los taurinos, dos figuras de la novillería, quizá aspirantes al figuranato de los mayores, y un añadido que seguro que iba a estar a la altura. Que a la altura han estado los tres, pero a tan poca altura, que casi no llegarían ni al entresuelo de la “tauromaquia” (Cuánto les gusta la palabreja, en lugar de emplear lo de El Toreo) Los del desierto que avanzan con paso firme hacia un erial, eran El Mene, cuánto se escribió de sus altas capacidades, Nacho Torrejón, que dicen que torea en el campo más que el tostao, y Sergio Rollón, que se presentaba sustituyendo a Mario Vilau.

Que los había hasta que estaban devolviendo las entradas por el cambio de última hora. Y estos se llaman “afisionaos”, ¡Pero oigaaa! Que eso no se puede consentir; pero claro, para estos caballeros cualquier excusa es buena para intentar descuadrar las cuentas de Plaza 1 al final de la feria. Que si empezamos por no defender los intereses de la empresa, ¿adónde vamos a llegar? ¿A exigir toros y toreros que interesen, aunque el presupuesto se nos vaya por las nubes? Que así está el percal, que esto es cómo funciona la modernidad, que a esto ha llegado esa evolución que cacarean cínicamente los taurinos, a un desierto en el que los méritos de los meritorios quedan desiertos, para zambullirse en un auténtico erial.

Que si empezamos con el ganado, lo de El Retamar ha sido pues eso, para los modernos. Justitos de presentación, y al salir el sexto, una cosa normal, algunos han visto en él el espejismo de un toraco y se le han puesto a aplaudir. En cuanto a su comportamiento, pues el que no era manso, era más que manso, que en el mejor de los casos planteaban algo de pelea cuando se les tapaba la salida, buscando la libertad, y cuando notaban que la tenían a su alcance, derrotes. Otros salían de najas del peto, muy corretones, buscando la puerta de toriles, sin que nadie les propusiera un mínimo de saber lidiar para al menos sujetarles. Pero oiga, que hasta iban y venían a la pañosa; claro, ahí no había nada que les incomodara con picotazos, ni nada parecido y el toreo que le ofrecían eran trapazos a su aire, en línea, sin asomo de sometimiento. Ellos a su aire, sobre todo al aire que les daban los tres espadas.

El Mene hubo quién profetizó que iba a ser un mandón del toreo, un profeta de la tauromaquia, pero según parece, como otros profetas anteriores a él, anda vagando por el desierto. Resulta difícil ser más soso, más anodino, más nada, que este torero. Que a lo más que ha llegado es a empalmar unos trapazos; ventajista, generador de trallazos y cansando al personal sin ningún criterio, sin dejar ni imaginar que pudiera tener alguna intención delante del novillo. La nada más absoluta, aunque muchos iluminados seguro que le ven ya para hacerse doctor en... para tomar la alternativa y en lugar de aburrir con novillos, hartar con toros. Que no camina muy desviado de estas rutas Nacho Torrejón, que si le preguntan qué pretendía en su primero, pues... mejor no pregunten. Pico, trallazos, enganchones, venga ventanazos y a aburrir hasta desesperar a los presentes. Su segunda se marchaba una y otra vez y cuando ya paró, no recibió más respuesta que los trapazos habituales. Pero no se crean, que en una serie con la zurda a base de ventanazos, alguno vio el arte redivivo del mismísimo Lagartijo el Grande, obviando el monumental concierto de la vulgaridad que se estaba cascando el caballero. Y el tercero era Sergio Rollón, tan incapaz como sus compañeros, pero disfrazando todo de un supuesto bullir que aparentaba fingida emoción, fruto de su falta de recursos. A su primero le tuvo que sacar de toriles, para después liarse a pegar latigazos a diestro y siniestro, empalmados, trallazos con el pico, ahora un enganchón, un desarme, ahora un bostezo, un pitido, pero que el hombre no decaía en su empeño de desesperar. En su segundo, como alguien le debió chivar que aquí gusta eso de poner el toro al caballo de lejos, empezó con esa idea, para acabar metiéndolo entre las dos rayas, intentando meterlos debajo del peto, pero el manso no quería caballo, al menos a contraquerencia. Que manía, que si no va allí, igual hay que cambiar la lidia e ir acercándolo a su querencia de manso, que si ponemos el caballo en el seis, que si lo ponemos en el cinco, y si se llega a toriles, pues en toriles. Que ver a un toro y ver una buena suerte de varas también lo es viendo el terreno en el que el animal se arranca al peto. Y si no se arranca, ¡marchando una de viudas! Con la muleta, pues allí se lió con trapazos en línea o dando giros como un giraldillo, sin torear en ningún momento. Que los había que seguían viendo la gloria del toreo. Pero imagínense, que uno de estos magister soltó de uno de los mansos que sí que agachaba la cabeza, que cuando escarbaba y olisqueaba, agachaba la cerviz ¡Madreeee! Vivir para oír. Que uno está pensándose muy seriamente dejar de tomar notas de lo que ve y empezar a tomarlas de lo que oye. Que igual luego me presento en el club de la comedia y... Aunque cuando diga que eso lo he oído de verdad, lo mismo el personal se echa a llorar ¡Cómo está esto! Pero nada, lo que pergeñó la empresa después de aquel súper acontecimiento estival, la conclusión ha sido que la repetición, con parche, de la final de julio pasa de desierto a erial.


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lunes, 28 de septiembre de 2026

Mientras unos iban a ver el toro, otros no querían verlo ni en pintura

Si la suerte de varas siempre tiene que ser la fundamental medida del toro, en una concurso...


Seguro que más de una y mil veces habrán oído eso de que sobre gustos, no hay nada escrito, que para gustos, los colores; incluso en esto de los toros algunos se lo quieren aplicar para justificar alguna preferencia. Ya se sabe, si tu preferido es un tahúr del toro con ases ocultos en las mangas, como es tu ídolo, baste decir que te gusta, que si su tauromaquia, que si su personalidad, que si su genio, para que lo mejor sea cortar la conversación, que lo mismo ni apenas estaba iniciada. Pero la cosa va más allá, que puede haber días con alguna peculiaridad especial a priori, como por ejemplo sucede con una corrida concurso de ganaderías. Que no es que si sale su número le toque una ganadería con su finquita y todo, con sus vaquitas, sus terneros, sus toros y un guardés que te cuida el regalito, ni mucho menos. Que desde tiempo ha, el concurso era para ver el toro, el toro en su máxima expresión y de entre todos, al mejor se le proclamaba ganador. Si hasta hubo un concurso en Madrid en el que se indultó un toro; cosas que pasan y que pasaron. Y allá que va el personal con su traje de aficionado conspicuo, dispuesto a mirar con lupa a los astados. Pero, y siempre hay un pero, en estos días los hay que van a lo de todos los días, a acompañar al paisano y a aplaudirle y jalearle con entusiasmo hasta el ver su trapo enredado en los pitones. Que ya lo dijo el Gallo, que es que hay gente pa'to. Pero que la cosa no queda en eso, que en las concurso también están los que no quieren ver el toro ni en pintura, que les muestras una foto o unos rayajos que parezcan un toro y te echan una cántara de agua bendita por encima para exorcizarte, te enredan al cuello hasta la asfixia una ristra de ajos y si fuera menester, van con una estaca a... a lo que sea. Y curiosamente, estos últimos o visten de luces o están próximos a los que visten de luces o son conocidos de los que están próximos a los que visten de luces.

El entusiasmo en una plaza de toros está muy bien, pero con mesura, que lo que no tiene mucha cabida es que cuando sale el tuyo te líes a dar palmas como foca en el Price y cuando le toca a otro, trae las pipas, que las sueltan de repente cuando el niño de la Antonia vuelve a tomar la muleta. Y aunque en las concurso no se sortea, va por antigüedad, para no liarnos, vayamos torero a torero y toro a toro. Salía de primeras uno de Saltillo, que hubo quien le ovacionó cuando aún no había pisado la arena con los cuartos traseros ¡Caaaalllmaaa! A este le tocó en suerte José Carlos Venegas, que le dejó corretear y corretear y corretear. Lo de poner un toro en suerte, ya es mala suerte, pero este espada no parece partidario. El animalito solo quería escapar en cuanto que sentía el aliento del palo. Solo le faltaba mentarle lo más sagrado al del caballo. Pero luego en la muleta acudía con cierta regularidad, sin tirar un mal derrote. Y allí esta Venegas para endiñarle trapazos de todos los colores, con el pico, alejado y a ver si cazo uno aquí y otro en la calle de Alcalá. Con la zurda una retahíla de enganchones, pero muy jaleados por los que habían dejado unos minutos de lado las pipas. Tirón va, tirón viene, pero por eso de que las mulillas son fieles seguidoras de aquello que los papás llevaban en el coche, el “papá no corras”. Pues igual hay uno que se nos escapa, que dice “mulillero no corras”; y en verdad que ni corren, ni ganas. Y hala, despojito para el espada. Despojito que devolvió con creces en el que salió cuarto. Uno del Conde de la Corte, ¿se acuerdan cuando este hierro era un fijo en feria? Tiempo ha. El animal, mal picado, se salía del peto una y otra vez, buscando la salida, preguntando por dónde se volvía a su casa y rehusando la pelea. Esperando con mucho peligro en banderillas por el pitón derecho. Ya en el último tercio, el espada empezó por abajo, sin parar de bailar. Se quiso poner a dar trapazos, pero el del Conde tiraba para tablas descaradamente, sin que nadie propusiera la más mínima idea para retenerlo en la muleta, al menos para poder prepararlo para la suerte suprema. Vaya, que el paisano había arrinconado las pipas para palmotear a su torero y nada, que no hubo manera.

Isaac Fonseca puede que haya sido el más desafortunado de la tarde, ¿por qué? Muy sencillo, por no poder ampararse en mansedumbres para justificar el no haberse enterado de lo que era el quinto, el de Pallarés. Que mala suerte la del toro. En su primero, uno con el hierro de Partido de Resina, que aparte de la marca, el ganadero habrá tenido que entregar una declaración jurada y ante notario diciendo que aquello era de lo que se decía ser. Y no seré yo el que nombre la casa que tanta gloria le dio a esta vacada. Pues al muchacho de la omega apuntada se le administraron tres varas en el mismo sitio, que ya es de mérito, pero si el sitio es tres palmos trasero, o más, es un verdadero demérito. No se puede andar tan mal de la vista como el señor picador. Luego Fonseca, ya muleta en mano, se dedicó a dar trapazos sin bajar la mano ni por penitencia divina. Venga a echarle la cara arriba, venga a pegar el banderazo final. Y claro, el animal va y se pone peligroso y ya por iniciativa propia, venga a echar la cara arriba. Y ahora sí, el quinto, de Pallarés. De primeras le estrellan contra las tablas. Ya verás como todavía tenemos un disgusto. El toro aguantó incluso el aire que le daban con el capote. Le pusieron de lejos en cuatro ocasiones, por petición popular, los que querían ver al toro. Y el espada, que no lo quería ver, que pidió el cambio, pero no, aún fue una cuarta vez al peto. Al principio sin demasiada avidez, al trotecillo, le taparon la salida. Una segunda vara algo más codicioso y a medida que le citaba el del palo, yéndose arriba, de menos a más. Solo una vez, en el segundo puyazo, le cogió bien, en el resto lo mismo atrás, que en dirección a la paletilla. Y en los cuatro encuentros, el de Pallarés peleando. Al de aúpa le dieron el premio, quizá porque quitando la segunda vara, en las demás el jurado se quedó sin cobertura en el móvil; o que ni se les pasaba por la cabeza eso de dejar el premio desierto. En el último tercio, Isaac Fonseca se empeñó en acortar las distancias, en no darle el espacio que exigía y que había mostrado en el primer tercio. Si en esas cuatro entradas va de lejos, ¿para qué empeñarte en echarte encima? Y con tanto encimismo, pues el toro acabó parándose. Que estos de la tauromaquia moderna se creen que lo de los terrenos y las distancias son pamemas; pues a las pruebas me remito de que es algo fundamental. Y el mexicano siguió por allí, sin enterarse de lo que se le estaba yendo. Y es que, ni una muerte digna le ofreció al animal. Que mala suerte.

El tercero era Alejandro Chicharro, que venía a otra cosa que no era un concurso de ganaderías. Tan despistado venía, que ni opción al paisanaje para regalarle un mísero “¡bieeeejjjnnnn!”. Al de Castillejo de Huebra, que ya mansaeba en el caballo, escapándose al notar el hierro, decidió que no era digno de tres varas y al segundo encuentro pidió el cambio. Bueno, era una opción, pero tampoco costaba nada ponerle una vez más, para que el personal se convenciera, pero es que el matador era de los que no lo quería ni ver. Y allá que se fue el de Miraflores de la Sierra, provincia de Madrid, para liarse a dar trapazos abusando en exceso de pico, de lejanías muy lejanas, de brazo estirado como una goma, mucho, mucho. Con las ganas de agradar que traía. Nunca acabó de entregarse y si se terciaba, tampoco se crean que dudaba de tirar el trapo al hocico y echar a correr a tragarse el olivo de un brinco. En el sexto, el de Valdellán, un manso de libro, sería por la pitada de su primero y también porque cada entrada al caballo ere medio picotazo antes de salir huyendo, que le puso cuatro veces; bueno, más, pero las que le ponían y el toro se iba escapando antes de oler el peto, esas no las contamos. Pero Chicharro ahí, dale que dale, sin que se le pasara por la testa el cambiarle la lidia. Si el toro no va, ¿a qué empeñarse con obcecación a dejarle a contraquerencia? Señor, vaya moviendo el penco, primero al seis y si no va, al cinco, como si tiene que acabar en la misma puerta de toriles. Que eso también es ver al toro. Pero esto quizá sean cosas de otros tiempos, tiempos en los que nadie ovacionaba a un toro que se tragaba la muerte y que buscaba el refugio de las tablas. Pero a lo que íbamos, que salió Chicharro, sin desmonterar, dispuesto a algo. Se lo sacó al tercio, incapaz, desconfiado, desarme, enganchones con la zurda y sin dar sensación de que se le quiera volver a ver. Que igual el primero en no verse es el mismo espada. Y así acabamos, ganador el de Pallarés, además de otros premios que no merece la pena nombrar y la cosa estaba en que mientras unos iban a ver el toro, otros no querían verlo ni en pintura.


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