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| Verás como todavía nos mojamos. Y el paraguas en el coche. Mira que te dije que lo cogieras. Y yo con la permanente reciente. |
Esto de los toros tradicionalmente se ha manejado siguiendo la lógica que marcaban los acontecimientos. Una lógica que solo los más insensatos se atrevían a cuestionar, precisamente porque esa lógica había superado la dictadura del tiempo con algo tan simple como lo de la prueba y el error. Las normas, los usos del toreo, han demostrado su idoneidad con las evidencias de cada momento. Una lógica al servicio del espectáculo y del aficionado, además de no dejar de lado la integridad de los actuantes; pero que nadie se equivoque, no era cuestión de eliminar los riesgos propios de enfrentarse a un toro, se trataba de no añadir más a los ya inevitables, por encima de otras cuestiones. Pero estamos en otros tiempos, otra época, otros intereses, otras prioridades. Si en otros momentos se ponía a llover como si no hubiera un mañana, si el toro estaba en el ruedo se despachaba de la mejor y más rápida manera posible y si había que suspender, se suspendía y a otra cosa. Y el personal ya sabía que con agua, no se podía torear. Que se llegaron a dar casos de salir el primero de la tarde, abrirse el cielo en dos y se daba el festejo por concluid, pero ya digo, eran otros tiempos. Y ahora, ¿qué pasa? Pues que si rompe a llover y caen chuzos de punta, se sigue para adelante. Y motivos no faltan para explicar la no suspensión. Que igual el público no lo iba a entender y se pondría de manos, porque para algo han pagado su entrada. O también puede ser que un espada decida por todo el mundo que la cosa no se para y todos a pisar charcos como infantes en un patio de colegio. Lo malo es que esto de torear, fácil, lo que se dice fácil, pues no es. Que a la complicación de mover las telas le añadimos el toro y, ¡para qué más! Y encima con la piscina del antiguo Parque Sindical de Madrid o la Playa de Madrid. Y ruego que nadie de la periferia peninsular se ría, pero sí, hubo un tiempo en que por aquí se era tan pretencioso que hasta hubo una playa y una carretera de la Playa.
Y llegamos a la “Gran Corrida Extraordinaria de la Beneficencia” La más importante del año, porque en ella actuaban los triunfadores de la feria. Lo que digo, que por favor no se rían. Toros de Victoriano del Río, aunque saliendo seis, solo pudimos ver tres, porque los del diluvio... Aunque los que quedaron en la piedra tras la estampida general que prácticamente vació los tendidos, celebraban los trapazos como si no pasara nada. Bien presentados, aunque... que flojitos ellos, de no poder con su alma, de no poderse picar los dos primeros, no fuéramos a tener un disgusto y que hubiera que devolverlos a los corrales, con el evidente perjuicio para la empresa de tantos desvelos por hundir esta plaza. Al tercero tampoco se le picó, echaba la cara arriba, pero al menos no se desmoronaba. Al cuarto no se le picó, amagaba con pelear mientras le tapaban la salida, pero debió pensar que estaba en la ducha y medio aguantó en pie. El quinto hasta puso en apuros al picador, que ya es noticia, al igual que el sexto. Si al final a esto de don Victoriano le van a poder dar un picotazo. Pero en la muleta, con las fuerzas que cada uno tuviera, más o menos iban a la muleta, unos como un burro, otros como un perrillo, otros como una babosa sosita.
De los tres triunfadores de San Isidro... sí, ¿no? ¡Ah! Que ya no, que ahora cogen a tres y punto. Y yo pensando que aquí se respetaban las tradiciones. Bueno, pues ahora instauramos la tradición del me paso las tradiciones por dónde me parezca ¡Qué bonita tradición! Que si no han sido los triunfadores, se les monta una corrida a modo y verás como salen en volandas por la puerta de Madrid. Alejandro Talavante estuvo pesado con su primer inválido, pasándose del tiempo lógico con un animal en esas condiciones. Para pegarle un sartenazo con derrame, que a pesar del lamentable espectáculo, algunos aplaudieron. En su segundo, en mitad del diluvio, se limitó a la nada habitual, trapazos con enganchones y con el pico, concluyendo su primavera madrileña con un soberbio e infame bajonazo. Y que muchos pensábamos que nos iba a deleitar con el más exquisito repertorio de plaza de talanqueras para hacer las delicias de ese público tan conformista como agradecido.
El segundo no triunfador era Roca Rey, un señor al que algunos nos resulta de difícil comprensión. Aunque resumiendo podríamos decir que todos los días que viste de luces, al menos en Madrid, se empeña en soltar todas sus vulgares triquiñuelas de golpe, sin dar un respiro a los presentes que tampoco entienden sus maneras, sus poses, sus inhibiciones y su estar en su mundo de gloria estelar. Que no se le puede negar su insistencia, pues una y otra vez nos quiere deleitar con lo mismo, ese pegar pases ventajista, con la tela atravesada, muy distante, largando tela sin sonrojo, salpicado según su inspiración, de ahora de hinojos, ahora por la espalda, ahora un enganchón, pero siempre, que no se olvide nadie, poniendo ese gesto de dolor de estómago permanente. Que buen montaje tan bien montado es este señor que no sé en otras plazas, pero en Madrid no ha hecho nada hasta el momento que poner de los nervios a los habituales del recinto; a los no habituales ya es otra cosa, que hasta los bajonazos se los celebran como si fueran una obra de arte.
Víctor Hernández sigue siendo ese torero que a pesar de todo, le siguen esperando. Que es tan modernamente vulgar como todos, que parece que torea al natural como los ángeles, si eso va de meter el pico con un descaro insoportable y largar tela en línea, cunado no estirándose con peligro para su salud lumbar. Y luego eso de no manejar la espada y esperar y esperar y esperar casi hasta el tercer aviso, con media tendida y trasera, a ver si el animal dobla, todo por no dar un mal golpe de verduguillo. Pero de todo esto no pregunten a nadie que se encuentre con la camisa solo un poco mojada, que son los que escaparon al bar a las primeras gotas. Esto solo lo vieron o los que estaban sequitos, sequitos porque estaban en gradas y andanadas, o los que fueran empapados como sopas por haber querido permanecer en el tendido contemplando a los triunfadores de la feria ¡Ay, no! Que ya no van los triunfadores. Pero estos se quedaron impasibles, por mucho que algunos vociferaran una y otra vez eso de ¡Agua va!
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html






