jueves, 28 de mayo de 2026

Que no se mueva, que no me mire, que no respire...

Hasta la mirada les molesta.


En esto de los toros parecemos tan obsesionados con el arte, que al final no valoramos ni el toreo, ni la falta de este. Arte, arte y más arte y todos tenemos que estar comprometidos para favorecer eso que llaman arte. Hasta los toros tienen que colaborar con el artista para que este cree su magna obra. Que como en casi todo, o todo, en esto de los toros se han invertido los términos, el mundo al revés. Antes, o por lo menos antes de este síndrome de Florencia taurino, lo primero de todo era el toro, un toro fiero y encastado, fuera bravo, manso o a determinar; Y a este animal en primera instancia había que dominarlo, dominarlo lo mejor que se pudiera, mandar sobre aquel caudal indómito y en último término, en la cúspide de la pirámide de los Toros, el arte, arte que solo alcanzaban unos pocos, que esto no era para todo el mundo. No se compraba en el mercado, ni a plazos como las televisiones, o te tocaban los dioses o estabas apañado. Pero para llegar a esto, lo primero dominar a un toro y el resto... gloria bendita. Y ahora es todo lo contrario, los artistas tienen que crear todos los días y contar con el favor de todo el mundo, incluso del toro, al que se le exige salir ya enseñado, tiene que saber entrar largo a los capotes, responder en el caballo, más o menos, que esto tampoco parece una condición sine qua num, y al llegar al último tercio convertirse en un carretón, en un dócil animalico. Pero, ¿y si resulta que el toro no sale tan colaborador? ¿Si resulta que faltó a clase el día de la toreabilidad? ¿Y si no le contaron que él había nacido para regalar embestidas formales?

Pues los de Pedraza de Yeltes no han debido ir a un colegio de pago de la “tauromaquia”. Que tampoco es que hayan salido alimañas, simplemente que no eran tontos del todo. Manejables, pero que había que saber manejar, había que imponerse a ellos con toreo, así de simple y no con trapaceo insulso, ni con un intentar caz<ar el muletazo bonito, uno aquí, otro allí y entre carrera y carrera, si los juntamos, tenemos una faena de época, ¿no? Pues no, porque eso, muy a nuestro pesar, no es toreo, es dar pases. Una presentación impecable por lo serio, ni una pega, aunque bonitos, lo que se dice bonitos... No creo que este año vaya a ganar ninguno el Mister Toro Lindo de este año. Que lo mismo quería meter los riñones para después simplemente dejarse y acabar peleando sin brío, como el primero. El segundo muy suelto, porque nadie de los de luces le fijó, ni hicieron por ello, apenas se dejaba. El tercero, distraído y tardo, se arrancó al caballo pegando un arreón, para después solo pelear con un pitón y sin humillar. El cuarto no llegó ni a cumplir y acabó saliendo huyendo del peto. Al quinto le cogió mal el del palo y este acabó en el suelo. El matador se lo llevó al de puerta y después pidió el cambio, demostrando José Fernando Molina lo poquito que le importaba la lidia y que se pudieran ver las condiciones del de Pedraza. El sexto, muy suelto, intentaba escapar al caballo que guardaba la puerta y una y otra vez había que quitarle esas ideas de la testuz. Le cogió bien el picador en la segunda vara, pero el castigo fue más bien rácano.

Los tercios de banderillas han sido más que lamentables, que lo mismo sembraban el ruedo de banderillas, que clavaban en mitad del lomo para entusiasmo de muchos. Y quizá unos y otros se limitaban a tomar ejemplo de sus maestros. Isaac Fonseca, totalmente desnortado, intentaba relatar su repertorio de novillero, pero aquellos días ya están lejanos y lo único que muestra es un no saber cómo abordar al toro, ni por supuesto limar cualquier complicación por leve que sea. Pases y más pases con todos los males de moda y en el mejor de los casos, pegando ventanazos con la muleta. Sin parecer que viera las condiciones de sus oponentes, en un pase por la espalda el toro, cuarto, se le llevó por delante, que me pongo de rodillas, haciendo más evidentes sus vicios y carencias. Trapazos desordenados, pero ni podía, ni sabía, todo muy desordenado, para acabar entre los cuernos, con esa trampa de con la muleta retrasada alargar el brazo y citar con el pico. Un torero que despertó interés, pero que aunque con voluntad, parece muy desnortado.

José Fernando Molina es el prototipo de torero al que los seguidores le llevan, inexplicablemente, a la alternativa y en tardes como esta no deja ni una sola duda de sus carencias. Sin saber qué hacer con sus toros, inhibido durante la lidia, parece ser que solo va a pegar trapazos mil, sin garbo, ni gracia, alargando el brazo para echárselo más fuera de lo que ya se pone y si se le pita, con razón, se encara con el respetable, que tuvo que sufrir sus anodinos trasteos, eternos e insufribles.

Jarocho era era reclamado por muchos después de una tarde de hace años en esta plaza. Él, como sus compañeros, no es capaz de fijar al toro con el capote y como los demás, a la mínima se gira de espaldas a los medios para perder terreno, lo que el público aplaude con entusiasmo, Ver para creer. Con la muleta no supo mantener a raya los arreones del de Pedraza y solo tenía como objetivo el dar pases, que solo eran trallazos acelerados, mucho enganchón y largando tela, mientras el toro pedía otra cosa, mando y poder. En el sexto empezó entre enganchones, tirando tela y en línea, lo que empezó a calentar a quienes veían en esto toreo. Sin rematar jamás, medios muletazos y más muletazos entre enganchones y pico desde fuera, hasta que el animal acabó yendo al engaño como un mulo. Que quizá había quién ya contaba con el triunfo, pero un bajonazo infame después de dos pinchazos, acabó con cualquier posible ilusión de triunfo. Que quizá podría haber habido alguno que otro de cualquiera de la terna, pero si obviamos las condiciones del toro y vamos a lo nuestro, pues es muy complicado. Que queremos un toro que así y asá, que no moleste, que complique, que sea dócil, en definitiva, un toro que no se mueva, que no me mire, que no respire...


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miércoles, 27 de mayo de 2026

De los creadores de “Bochorno en las Ventas 1, 2, 3 , 4” “Desmadre en las Ventas 5”

Antes se decía que cuando no había toros, había toreros, pero ahora, cuando hay toros, hay un señor que regala despojos a cascoporro.


Esto es un no parar, que salen algunos de la plaza pensando que Madrid ha tocado fondo y a nada que se despistan, ¡zas! Otro bofetón con la mano abierta. Y es que esto no parece tener fin, esto no tiene límites. Aparte del público verbenero, transeúntes del autobús, nada de esto sería posible sin la estimable colaboración, sin el inconmensurable protagonista de un señor sin criterio en el palco, que a nada que uno se fija, se ve que no sabe ni cuándo, ni cómo se sacan los pañuelos. Porque en esta tarde de bochorno con el regalo de dos orejas a una labor que sonrojaría a cualquier veterano de Madrid, del Madrid de antes, lo que el señor presidente, el señor González Carvajal, dejando de lado el aguantar para sacar el primer pañuelo, en su torpeza ha sacado tres pañuelos blancos. Uno lo ha quitado a toda prisa, pero sacado, lo ha sacado. Que no debe saber cómo están ahora las cosas en el palco; se saca uno, se deja y luego va el otro. O lo mismo es que realmente quería dar un rabo y alguien le habrá dicho “¡Tente Babieca!” Y de ahí el tirón. Pero como las ganas de airear pañuelos parecían irrefrenables, pues hala, el azul y la vuelta al ruedo al toro. Y ya tenemos montado el gran pitote, venga palmas, viva la algarabía. Que unos sentían vergüenza, pero, ¿qué es eso comparado con el desmadre del personal? No tiene ni punto de comparación. Que podíamos estar comentando una interesante novillada del Conde de Mayalde, pero no, eso da igual, qué importa si los toros son así o asá. Lo que importa es el despendole generalizado gracias a este señor comisario de policía, que como para todo despliegue tal habilidad, me le veo en la escena de un crimen pasando la fregona y la aspiradora, que esto está hecho un asquito. Pero no se crean, que para que el despropósito adquiera categoría de acontecimiento, ahí vemos a exigentes, pero exigentes de verdad, de esos que niegan la voz y la palabra a todo quisque, aplaudiendo con frenesí en mitad de esta locura. Que el cielo nos libre de los exigentes, que de los no exigentes ya nos libramos solos. Que tendrán que venir premios Nobel en Medicina para que investiguen que virus ha inundado los tendidos y palcos de las Ventas ¿El virus vulgaris desmemoriatum? ¿El virus vulgaritorum taurum? No lo sé, pero tiene que ser un virus muy potente. Que ya son conocidos el virus merendadorum y el virus amicus ganaderorum, pero es que estos son nuevos. Igual son virus cultivados en algún despacho más cerca que lejos, ¿no?

Y es una pena que tengamos que dedicar un tiempo a estas cuestiones patológicas, espero que ustedes me sepan disculpar, pero un especialista me ha aconsejado comentar todo esto, que dice que así se espanta a los virus, a parte de lo ya consabido, caminar, para acudir todas las tardes a la plaza, y beber líquidos, sin alcohol, para aguantar estos calores que parece que derriten las seseras y el entendimiento. Una novillada del Conde de Mayalde, justita en algunos de los mozos que saltaron al ruedo, quizá los tres primeros. Variada de comportamiento y muy apta para que los de luces lucieran y no solo fueran destellos fugaces. Novillos para hacer el toreo, porque con el picante que presentaban, todo lo que se les hiciera bien hecho habría adquirido valor. El primero se frenaba en los capotes y nadie era capaz de hacerse con él, costándoles capotazos y más capotazos ponerlo al caballo. Y en el caballo vimos, puñalada en la paletilla al margen, como el novillote empujaba con ganas; le taparon la salida. Le dejaron casi sobre la misma raya para la segunda vara, picotazo en el lomo y salió huyendo. Lo volvieron a poner y a pesar de la carioca, siguió peleando bajo el peto. Aún volvió una vez más por su cuenta con el tercio ya cambiado, para proseguir provocando el caos en el primer tercio con el que le lidiaba. Al segundo, una raspa cornalona, le dejaron corretear a su aire. Puyazo más que trasero, tapándole la salida y otra más en el segundo encuentro. El tercero, otra raspa, aunque con algo más de presencia, tampoco mucha, hasta parecía que arrastraba las patas. Lo abandonaron para que él buscara el peto. Otra cuchillada en la paletilla, que el de aúpa no atinaba y el del Conde empujando con los riñones, sin reserva, aunque bien es verdad que salió suelto del encuentro. De nuevo, esta vez al relance, ya derrotando en el peto mientras le hacían la carioca, para acabarse yendo suelto. Desorden en banderillas, con el animal cruzándose un tanto por el pitón derecho. El cuarto peleó con ganas en el primer tercio, pero siempre tirando cornadas al peto. De igual manera en la segunda vara, teniendo que tragarse demasiados capotazos. Al quinto ya empezaron a descomponerle con regates con el capote, no le atinaban no ya en el morrillo, en toda la masa bovina del animal, que solo se empleaba con el pitón derecho, primero haciéndole la carioca y después tapándole directamente, para a continuación dolerse de los palos. El sexto no tuvo ni la fijeza, ni la codicia, ni la emoción del tercero que propició un triunfo en bandeja. Se le picó poco y mal, teniendo en cuenta las vueltas de campana que seguro le quebrantarían. Ya ven variedad en los comportamientos en el caballo, y en la muleta, pues todo dependía de los actuantes. Emilio Osornio no pudo desde muy temprano con su primero; trallazos y desarme, venga enganchones y sin parar un momento, que no podía y no podía. Uno pedía, exigía mando y el otro solo andaba a dejar pasar el tiempo, muy desconfiado, dejándosele ir ni ser capaz de nada. En su segundo fue capaz hasta de recibirlo a la verónica dignamente. Con la muleta en principio no abusó de un pico exagerado y aunque con la lentitud que marcaba el animal, tuvo algún medio destello antes de enfrascarse en lo de siempre y el apunte quedó en un borrón garabateado. De nuevo parecía que, pero nada, sin rematar y forzando las poses.

Pedro Montaldo no paró de bailar en su primero, con mucho pico, lo que hacía que fuera peligroso el que el animal viera el hueco y se lanzara por ahí. Sin saber qué hacer, limitándose a estar por allí. En su segundo, más trampas, más pico, sin aprovechar ni medianamente una de las arrancadas del novillo, resultando su labor realmente anodina. Julio Méndez, a las puertas del doctorado, demostró un buen manejo de la puesta en escena. De rodillas, aunque sin parar en ninguno de los trapazos, pero encendiendo al personal. Pico muy descarado y cuando se veía comprometido para sacar el de pecho, se lo pasaba por la espalda, matando dos pájaros de un tiro, por un lado se aliviaba y por otro ponía al paisanaje a mil. Cuanto más atravesaba el engaño, más le jaleaban y el animal toreándose solito, daba lo mismo el de los trapazos y sus retorcimientos. Y para culminar, las bernadinas aturulladas y un solemne bajonazo, prólogo a los juegos de manos con pañuelos en el palco. La ventaja en este trasteo era la emoción del propio toro del Conde, que no se cansó de embestir. Y al señor del palco se le debió olvidar lo sucedido en el primer tercio, a él y a tantos, que le dio la vuelta al ruedo. Que ahora le dan vueltas hasta a uno que un día pasó por allí. En el último, carente de esa emoción, la cosa bajó. Poco se diferenciaba un trasteo del otro, pero lo que cambiaba era el toro. El diestro muy distante, mucho pico, pero mucho, trapazos y más trapazos y venga a recolocarse después de cada uno. Otro bajonazo y punto. Pero a la asistencia ya le daba lo mismo, que ya tenían la juerga preparada, lo contentos que se iban a hacer el viaje de vuelta después de sacar al chico a cuestas. Pero esta es una película que ahora se repite con demasiado frecuencia en esta plaza, como si nada estuviera preparado, todo improvisado, ¿verdad que sí? Y así andamos, con la misma película, guionizada y producida por quiénes ya imaginan. De los creadores de “Bochorno en las Ventas 1, 2, 3 , 4” “Desmadre en las Ventas 5”.


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lunes, 25 de mayo de 2026

Aquelarre de la vulgaridad

Se decía en un tiempo que el pase del celeste imperio debía su nombre a que al públicos entusiastas al verlo se les engañaba como a chinos


Esto parece que no hay quién lo pare; quizá porque pretender pararlo sea equiparable a pretender parar un mercancías cuesta abajo, simplemente extendiendo los brazos, cerrar los ojos y volver la cara. Ganado infame, toreros cuyo único objetivo es acumular despojos a base de dar un espectáculo lamentablemente vulgar, adocenado y vacío, un palco que los ampara y un público vocinglero y para los que la cosa va de divertirse. Diversión que solo consiste en jalear lo que sea, ya pueden estar colándoles el timo de la estampita, que la diversión para residir en el jalear todo, para coronar esta orgía de berridos con un despojo. Y si no se entra en ese juego, es que no sabes divertirte y además caes en el pecado mortal de criticar eso que nos quieren hacer tragar sin tan siquiera un vasito de agua que nos ayude a pasarlo. Que resulta que no les gusta la plaza de Madrid, porque protesta sus juergas, pero luego bien que rebosan el babeo cuando uno de los que visten de luces hurtan un despojo casi a traición. Que me dirán que la cosa tampoco era para rasgarse las vestiduras, pero si tenemos una corrida mansa, floja y descastada, unos toreros empeñados en alargar el tedio, bien fuera por creer que a los mil trapazos daban un despojo o por no quedar mal delante de no sé quién, o sí lo sé, haciendo como que hacían, sin importarles tirar de repertorio de talanqueras y además un presidente que ya acredita un currículum lo suficientemente extenso como para no volver a estar en el palco de Madrid ni de paso, don José Antonio Rodríguez San Román, pues solo falta la guinda de un público que solo miran por el despojo y si además es para el paisano, para qué más.

Lo de Alcurrucén, pues eso, para pegar pases, que es lo moderno, sin someterles, ni amagar con hacerlo. Mansos en el caballo y en lo que no era el caballo. Que lo mismo entraban a los capotes con las manos por delante, que se emplazaban en terrenos cercanos a toriles, que salían de najas al notar el palo o se retorcían desesperadamente al notar las banderillas. Luego más o menos acudían a las muletas que en ningún caso les sometían. Que a algunos esto les sabrá a poco, pero, ¡ojito! Que a otros esto ya les da para pedir el indulto a voz en grito y tienen tema para llenar las redes sociales mostrando incredulidad, atacando a la plaza de Madrid porque en esta no se saca el pañuelo que los devolvería a la finca ¿Quieren indultos? Pues que los pidan en su plaza y punto y que nos dejen tranquilos a los que llaman amargados de Madrid. Que por ahí hay indultos, música durante la lidia, despojos a tutiplén y merienda para todos.

Los de luces eran Fortes, David de Miranda y Víctor Hernández. El primero toreó al que abría plaza con lo que muchos llamarían lentitud. Y es así, pero esa lentitud no dice nada cuando procede de la exigua energía de un moribundo al que le costaba un mundo dar un pasito. Y para que no faltara de nada, salpicado el moribundicidio con enganchones y más enganchones, sin dejar de exhibir el pico de la muleta. Pierna retrasada, como en el cuarto, muy perfilero y citando siempre desde fuera, muy fuera. Ventanazos y más ventanazos, echándose al toro fuera, que ya iba por allí como la borrica del Domingo de Ramos.

No tengo que negar mis simpatías por David de Miranda, sería cínico, pero la verdad, se nota de quién es la mano que ahora mece la cuna. Que su apoderado anda por ahí diciendo que lo del pico es más peligroso y que los de Madrid pitan a los toreros a los que tiene manía. Que hasta pareció indicación del señor apoderado ese duelo de quites entre el onubense y Víctor Hernández. Qué bonita y necesaria es la competencia, pero competencia ofreciendo algo de sustancia, no un duelo de ver quién levantaba más aire. Cuatro quites y ni una santa verónica llevando al toro. Que si chicuelinas apartándose, que si gaoneras a la velocidad del rayo y enganchadas, que si quite sin gracia ¡Apasionante! Para evitárselo. Con la muleta de Miranda empezó con estatuarios, eso que el crítico denomino pases del celeste imperio e investiguen el porqué del nombrecito. Y menos mal que vino uno del desprecio, que eso pone a todo el personal a mil. Luego lo ya sabido del pico, que incluso en una de estas el toro se fue al hueco entre el bulto y el engaño. Muletazos tropezados, para culminar metido entre los cuernos, enganchados de uno en uno y sacando en exceso el brazo, para terminar alborotado y con un bajonazo. Pero allí estaba el señor presidente presto a sacar el pañuelo blanco. En su segundo más de lo mismo y de nuevo para acabar en el arrimón, siempre muy, muy fuera en los cites y con un repertorio quizá más de masas y de otros lugares, que de la plaza de Madrid, aunque esto último puede que sea mucho suponer, porque en esta plaza ya de talanqueras se aplaude cada cosa.

Víctor Hernández hacía su aparición en la feria y a pesar de la expectación de muchos, no dijo más que todos los demás coletudos que le han precedido. El mismo repertorio de todos, que ellos van a soltar su bonotrapazo, sin preocuparles las formas, los terrenos, los trazos, ni por supuesto los remates. Ventanazos hasta violentos, a medio muletazo, dejándosela tropezar demasiado, pico, carreras y no haciendo otra cosa que hacer que el tiempo pasara. En su segundo parecía dispuesto a no exagerar todos estos defectos, pero la cosa duro una tandita, en línea, pero al menos... Para acabar encimista, pegando tirones y muy fuera al citar y unos trallazos citando de frente incluso después de escuchar el primer aviso. Que juntamos este ganado, estos coletudos, este palco y este público despojador de despojos por vicio y nos queda un bonito aquelarre de la vulgaridad.


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sábado, 23 de mayo de 2026

Y me hablaban de la importancia del primer tercio

Me pregunto si realmente cuando muchos dicen que el primer tercio es fundamental, si de verdad se lo creen o si basta un toro que acuda a la muleta para que se entreguen sin reservas.


Quizá alguna vez, solo alguna, ustedes habrán escuchado eso de la importancia del primer tercio para valorar un toro, que si no da el do de pecho en el caballo ya pierde toda opción a los máximos honores. Que lo mismo hasta a usted mismo se le ha escapado en algún momento, incluso sin querer. Yo recuerdo a varios de los que se autocalifican como exigentes, ¡ay, pobres! Afirmarlo con esa rotundidad de quién se inviste con galones de general de la tauromaquia. Que oiga, uno hasta se lo cree, pero es llegar una tarde zurrándote el sol en la azotea y parece que se te reblandece la materia gris. Que malo es el sol en esta época del año. Que así pasa, que les sale un toro que pastó en la sierra de Madrid que en los primeros encuentros con los capotes salía de los lances como un burro despistado mirando al tendido, quizá buscando a algún conocido que le hubiera visitado por la finca. Luego llegamos a ese punto culminante, el caballo, que independientemente de que le taparan la salida, usó el peto para dormirse a su calor sin tan siquiera amagar pelea. Bueno, estaría despistado, probemos por una segunda vez, que como parece costarle arrancarse, pongámoslo de cerquita, en la mismita raya. Y allá que va para colarse debajo de la cabalgadura. Anda, sacalo, que al final vamos a tener un disgusto, aunque no se le haya picado, pero sácalo de ahí. Eso sí, luego iba y venía a la muleta las veces que se lo mandaran. Un toro de esos que llaman para el torero, ¡Ay la frasecita! El animal era el perfecto colaborador para propiciar el delirio de las masas con el torero que le tocó en suerte, Sebastián Castella. Que sería que como muchos ya le veían en la cumbre del mundo y al final no pudo ser, pues nada, le damos la vuelta al ruedo al toro. Pedida por algunos, unos autodenominados exigentes de nuevo cuño, otros no tanto. Que tenían ganas de estrenar el pañuelo azul. Tiempo le faltó a don José Luis González para sacar también el suyo. Y vuelta al ruedo al toro que en el caballo. Pero... ¿No era que si no se cumple al menos en el caballo no...? Que sí, que nos cuelan muchas, pero es que ni protestas, ni descontento. Eso sí, ya saben, que igual no se lo han dicho nunca, pero el primer tercio es fundamental y además, ¡hay que picar!

Pero claro lo del “¡hay que picar!” con lo de Victoriano del Río, pues no casa. Esto no cuadra con la “tauromaquia moderna”, con estos usos actuales en los que lo que vale es la muleta; y que no me cuenten rollos, muleta, muleta y muleta. Y esto, la verdad es que este ganadero lo borda, le sale que ya quisieran muchos. Otra cosa es si nos debemos conformar o simplemente lamentarnos de que nos pongan solo la mitad de la película, como si tuviéramos la obligación de asumir lo que nos negamos a asumir. Pero, ¡ojo! Que lo den gato por liebre. El gato podrían ser los tres primeros, que en nada parecían criados en la sierra, que no daban el tipo de la casa; flojones, aunque aún así, como el segundo, pues hasta iba y venía. El primero pendiente de las tablas y el tercero, pues esperando a que alguien le sujetara, visitando a todos los tendidos de la plaza. Fue a partir del cuarto cuando ya se les reconocía como parte de la familia del Río. El cuarto ya ha quedado retratado al inicio. Al quinto no se le picó demasiado, aunque se marcara el puyazo en buen sitio. Luego bastante tenía con no hincar la cornamenta en la arena entre trallazos por abajo de su matador. Y el sexto, este era de la familia, pero que al amigo le dio por arrancarse con alegría al caballo, muy mal picado, pero que quería pelea, hasta encelarse con el caballo. Luego tuvo la mala suerte en el sorteo, haciendo que le correspondiera Tomás Rufo, que ni de lejos se le pasó por la cabeza mostrar a ese toro a ver si tenía algo más de lo expuesto en el tercio de varas.

De los espadas, pues poco nuevo, incluido ese escándalo trapacero que arrebata a las masas de Sebastián Castella. En su primero nada de nada, anodino. E incluso en el del éxtasis fue incapaz con el capote. Eso sí, fue irse a los medios y decidió innovar iniciando muletazos por la espalda, por delante, para proseguir atravesando la muleta con la zurda ¡Pa qué más! Con la diestra pico exagerado y pierna de salida escondiéndola a veces hasta con exageración. La misma tónica con la izquierda, siempre con la uve y alguno algo más largo, lo que ya enloquecía al más frío del mundo. Sin rematar jamás detrás, cortando el muletazo y el de Victoriano que seguía en su papel colaborador. Que ya estaban unos preparando el pañuelo para sacudirlo a los cuatro vientos, otros tomando proteínas para coger fuerzas para pasearlo a cuestas hasta la calle de Alcalá, pero nadie contaba con el fallo con la espada primero y con el descabello después. Hasta tiró este de malas formas, que debe ser algo también de la “tauromaquia moderna” Y uno, como ya va para tarra, ni lo entiende, ni lo admite. Y venga golpes de verduguillo y no golpes, porque el atornillar no es golpe, ¿no? Y será por el disgusto, que en los siguientes toros, en lugar de ocupar el sitio que le correspondía durante la lidia, pues se limitó a andar por allí.

Emilio de Justo, al que alguien hace tiempo calificó como figura, pues si reparamos en el capote, verónicas echando la pierna atrás o chicuelinas siempre apartándose. Y ponga esto en el toro que quieran. Y con la muleta, pues más trampas, un no parar, abuso del pico, tirones, enganchones, trapazos echando al toro para fuera, siempre citando allá a lo lejos, quitándole el engaño a medio trapazo y siempre forzado.

Tomás Rufo debe sentirse un incomprendido, pero que esté tranquilo porque hay muchos que tampoco comprenden a qué su presencia en esta feria. La de él y la de tantos otros. Un torero que sabe guardar las distancias, lejos durante la lidia de sus toros, aunque eso sí, dando órdenes, no parando de hablar, que seguro que alguno de los suyos pensará; ven tú. Pero tranquilo, que eso no parece que vaya a pasar. Y ya con la pañosa, pues él viene a soltar su repertorio sin importarle lo que tenga delante. Que se le marcha porque a estas alturas nadie ha fijado al animal, pues él detrás a ver si caza algún trapazo. Y si su toro parece haber dicho algo en el caballo, da igual, venga a pegar trapazos con la muleta exageradamente torcida y él guardando las distancias, que ya se sabe que... Que en el sexto de principio le iba como un tren, pero eso a él le importaba bien poquito, él a lo suyo. Cerca del cinco, que dicen que es su terreno talismán, más pico, algún empalmado, huy que me la ha quitado, pero tengo más. Cuartos de muletazo, ahora me pongo encimista y nada, que a esta gente no le gusta nada, que soy un incomprendido. Pero para muchos lo que todavía les daba vueltas en la cabeza es esa vuelta al ruedo a un toro que en fin...Y me hablaban de la importancia del primer tercio.


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viernes, 22 de mayo de 2026

La mentira resulta indefendible

Que quería Aguado animar a la parroquia con molinetes y molinillos, pero lo que nos tenía guardado superaba todas las expectativas.


Si usted coge una libreta y se pasa por los alrededores de la plaza antes del festejo y elige a la gente guapa para preguntarles su opinión por el cartel del Puerto y la Ventana con Manzanares, Ortega y Aguado, no es difícil vaticinar que las respuestas giren en torno a la gran maravilla que se les presenta para una tarde de toros. Ganadería de postín, que vienen, repiten y vuelven y vuelven a repetir y así hasta el infinito, pase lo que pase. Y los diestros, tres figurones, tres figuras más que consolidadas, uno que compone como Stravinski, otro que tiene dentro más arte que el Prado y el tercero que es esa elegante naturalidad del artista tocado por los dioses. Ahora vayan y con la misma libretita apunten lo que les diga un habitual de la plaza de Madrid. Les dirá que lo del Puerto y la Ventana están podridos y que no entienden su presencia año tras año. Que Manzanares quizá no fue santo de su devoción, pero mucho menos en la actualidad, en que no puede ni con un eral de cartón piedra. Ortega quizá le parezca que tiene mucho arte... pero sin toro. El arte de un capotazo hoy, otro para dentro de dos meses y la faena completa que se prevé en las calendas grecas. Y Aguado, pues eso, la mentira más natural, sin aditivos, ni colorantes, pero mentira y con el inválido, que es lo que él mismo ha declarado que precisa, porque así es su arte.

El detenerme en el detalle me parecería un insulto y apropiarme de un tiempo que quizá podrían emplear en algo mejor que en el festejo de la tarde en Madrid. Lo del Puerto y La Ventana, de la misma casa, pero de diferente sangre, ya ni tan siquiera recordaban en presentación a lo que siempre fue. Eso sí unos mojicones, algunos pasados de kilos, buenos solo para hacer un balde de albóndigas. Inválidos, descastados, mansos y todo lo que se les pueda ocurrir para poner de ajo perejil a una ganadería. Lo de picarles... Perdón, que no es por molestar, que dirán que hablar del primer tercio con esto; pero les doy mi palabra que no es por molestar. Que han devuelto a dos, segundo y cuarto, porque lo siguiente era sacar a la Cruz Roja. Uno de José Vázquez, que no se ha devuelto quizá porque el pañuelo verde lo habían echado a lavar. Y no ha sido el único que debería haberse devuelto. El del Freixo, un cornalón desproporcionado, habría valido para la muleta, pero sin nadie delante que solo se dedica a componer.

Los espadas, pues José María Manzanares, ya que compone tan bien, que empiece por la Patética, un Réquiem o el adiós muchachos compañeros de mi alma y que se dedique a otras cosas y deje de aparecer por aquí un par de veces al año, cobrar y hasta la vista. Que no me dirán que esto no es brevedad, porque lo del pico, los enganchones y demás ya nos lo sabemos, ¿no? Juan Ortega, pues, si es que está todo dicho. Que él, como sus compañeros de terna pasan como fantasmas. Que igual mañana les sale la borrega del de los botijos y da mil trapazos, le escucha un presidente benévolo y con un asesor del sistema van y le sacan a cuestas. Que no sería la primera vez, pero al menos aquí, intentemos hablar de toros y no de verbenas multitudinarias. Y Pablo Aguado, él tan derechito, sin bajar la mano ni para atarse los cordones de los zapatos, se ha puesto a desplegar su naturalidad vacía y tanto ha estado desplegando, que se ha liado. Una menos de media y a descabellar, ¡se va a complicar él! Pues se ha complicado. Que se ha dado la vuelta al ruedo detrás del toro a ver si doblaba. A ver el verduguillo, uno, no, dos, no, tres... Dame el bueno, el de los domingos, que este no tiene punta. Maestro, es que hoy es jueves. Me da igual, el descabello de los domingos. Hasta 21 golpes de cruceta y nada; que decían que igual tenía un callo en el cerviguillo. Que con 21 golpes lo habría echo mouse de toro. Y un aviso, dos avisos y tatachín, el tercer aviso. Que no se crean que le han regañado, ni mucho menos ¡Ay, Madrid, sombra de lo que eras Que para el abuso del pico y los enganchones, muy natural él, no hay extenderse. Que la ovación más cálida se la ha llevado el puntillero, que desde el burladero ha atinado a la primera... quizá circunvalando el callo, ¿no?

Tarde de figurones y menos mal que el anti del otro día no estaba, que parece que afortunadamente no saben elegir, pero habría sacado material para que nos avergonzáramos con estos bochornos. Que aún los había a la salida que se lamentaban y le echaban todas las culpas solo al ganado. Que culpa tienen, evidentemente, pero, ¿no se preguntan quién elige y exige estos hierros? Que ya es mala pata que esto pase siempre con los figurones. Que no relacionan a unos con otros en los montajes de estos escándalos. Que todo va hilado y muy bien hilado. Que luego me empezarán que si esto es un arte; a las pruebas me remito. Que si esto es nuestra tradición, que no, este espectáculo, de ninguna manera, aunque lleva años siendo tradicional. Tantas y tantas frases hechas, frases vacías que quizá ni los que las repiten serían capaces de explicarlas. Lo mismo que si en mitad de esto alguien me sale con que fulanito dio un natural, una media un... ¡Qué noooo! Que eso no es el toreo, que poner posturas con el carretón no es toreo, ni arte, ni nada. Que por mucho que estos se esmeren en ello, la mentira resulta indefendible.


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jueves, 21 de mayo de 2026

Un poquito de sal y pimienta y ya se les atraviesa la merienda

Algunos de Saltillo parecían otra cosa por la estampa y todos no lo parecían tanto por su noble comportamiento.


Que nos acostumbramos al tofu vuelta y vuelta, a las algas al vapor sin sal por lo de la tensión y si nos ponen un chuletón mínimamente sazonado, pues que no, que nos liamos a darle vueltas y más vueltas y ni con mucho pan o muchas patatas lo pasamos. Un chuletón tiernecito, sin nervios, sin hueso, solo con una pizca de sal y pimienta y nada, que no nos entra. Y el cocinero que no da crédito, pero tampoco tiene otra cosa, así que al final, algo que podría ser una delicia se convierte en un mal trago y nunca mejor dicho.

Llegaba la de Saltillo, con un remiendo de Couto de Fornilhos, que hizo quinto. Que muchos esperaban un derroche de casta, complicaciones por doquier, ganado tirando bocados, pero la realidad ha sido muy diferente, una corrida tirando a mansa, pero en líneas generales derrochando nobleza en la muleta, pero si llegar a la bobonería tan al uso en la inmensa mayoría de los hierros. El personal además esperaba estampas de otros tiempos y más al ver salir al primero, el toro que un aficionado se imagina al mentar esta vacada; pero a partir de ahí la cosa fue para abajo, aunque ya digo, todos con un pelín de picante, pero sin excesos, que no hacía falta tirar de sales de frutas en el arrastre de cada Saltillo. Es más, algunos incluso habrían pedido al maitre un poquito guindilla o tabasco para darle más gracia a la cosa. Y delante se ponían tres estómagos acostumbrados a la sopa de sobre o a los taquitos de caldo concentrado. José Carlos Venegas, Juan Leal y Juan de Castilla. Que a ver quién les explica a estos que cuando sale un toro con algo dentro lo primero es fijarlo, evitarle capotazos y ponerlo y sacarlo del caballo, para después darle lo que pide, que en este caso era toreo, mando y no trapazos y más trapazos, que por otro lado los animales se tragaban sin apenas decir “hasta aquí hemos llegado”.

El primero, el Saltillo de los libros antiguos, recibió un manteo insulso de Venegas. En el caballo, cuando atinó el del palo, peleó y empujó, hasta que decidió pararse. En la segunda vara cabeceaba y al final se repuchó. Y allá que fue el espada a por él, aquerenciado en tablas y ya en el tercio, pues muchos trapazos distante y con el pico, encimista, sin parar quieto y enganchón tras enganchón, mientras el animal iba allá adónde le ponían el trapito; por alto, pues por alto, por abajo, pues por abajo. Y estas embestidas más que aprovechables, las tiraba el espada por la ventana. Su segundo, que sí que llevaba el hierro de la casa, pero nada más, aparte de ser manteando, le arrancó el capote, paseándolo como prenda triunfal por el ruedo. Le pusieron de lejos, pero el animal tardeaba. Peleaba tirando derrotes y en el segundo puyazo, después de meterlo debajo del peto, apenas se le picó. Se defendía en la muleta y Venegas que no sabía por dónde tirar, que no se hacía con él. Se le venía echando la cara arriba, siempre tocándole el engaño y poco a poco haciéndose el amo de la situación. Un toro que no era para liarse a pegar trapazos, que clamaba a gritos por una mano con mando, pero esa no era la del que le tocó en suerte.

Quizá si hiciéramos una encuesta preguntando por nombres de toreros para enfrentarse a la de Saltillo, lo mismo nadie votaría por Juan Leal, pero como aquí deciden otros, pues hubo de aguantar al espada que a todas luces da muestras de andar muy, muy despistado. Que él viene a hablar de su libro y resulta que esto es un festival de la canción. El primero se frenaba echando las manos por delante en los mantazos de recibo, defendiéndose y buscando la salida por dónde había entrado. Muy suelto sin un capote que echarse a la cara, buscaba al que guardaba la puerta, pero no llegó, afortunadamente, a él. Cara alta y derrotes al notar el palo en sus encuentros con el picador. Siempre suelto, a su aire, ya en la faena de muleta, en los medios, Leal le recibió con mantazos por delante, por detrás, para continuar despegadísimo y dejando ver el pico de la muleta desde la acera de enfrente de la calle de Alcalá. Trampa exageradísima, que se le iba, pues por la espalda, que se le protestaba, pues más trapazos y a ver si cazaba alguno suelto deambulando por el ruedo, pillara dónde pillara. A él le tocó el remiendo grandullón de Couto de Fornilhos, que seguro que iba a ser más dócil y facilón y apto para desplegar todo su repertorio de talanquera de tercera ¿Seguro? Pues para que te fíes. Le salió corretón y en lugar de hacerse con él, el galo se limitaba a dar mantazos corriendo para atrás y acortando el viaje en esas primeras embestidas. Que siguió corretón y el llevarlo al caballo era un vía crucis, no se sabía cómo domeñar a aquel ejemplar. Primero al hilo de las tablas, picotazo y a correr pegando un respingo, así hasta tres veces. Que algunos aún pedían que se le pusiera de lejos. Llegó al de la puerta y ahí, tapándole la salida se le pudo picar. Y vuelta al de tanda, para que al menos le dieran un picotazo haciendo la carioca. Con un pitón izquierdo que no regalaba precisamente caramelos. Y ahí que fue él con la muleta a... a algo, pero no me pregunten a qué. Un desarme, aire con la zurda, uno y a ver si me coloco bien, pico y venga enganchones, incapaz, pero consiguiendo con nota ponerse muy pesado, como si no quisiera que nadie se marchara a su casa sin saber lo vulgar que puede llegar a ser este torero que, con toda seguridad, volveremos a ver ¿Nos apostamos un duro?

El tercero, para Juan de Castilla, ya salió olisqueando la arena, para después ser recibido entre bailes, echando la pierna atrás en cada capotazo. Buena cuchillada en la paletilla, tapándole la salida y en cuantito que vio el campo libre, adiós. Más derrotes en la segunda vara cerrado en tablas. Inició el trasteo de rodillas, dando vueltas con el pico de la muleta, hasta que se vio apurado. Nada diferente de pie, venga trapazos, a la zurda y sin parar un momento según pasaba el toro. Venga carreras entre pase y pase, con el toro acudiendo al engaño, quizá esperando que alguien le mandara por dónde ir, pero no, la cosa iba de trapaceo insulso. Al sexto de nuevo le recibió bailando y cortando el viaje del toro, dándose la vuelta para perder terreno hacia los medios. Derrotes con la cara alta en el peto haciéndole la carioca. Bien agarrado en el segundo encuentro con el palo, para no dejar de tirar viajes a la guata. En la faena de muleta, desde el primer momento el toro se le vino arriba, marcando el paso al espada, que ni lograba llevarlo, ni parar de correr entre trapazo y trapazo. El toro pedía mando, toreo, pero de Castilla estaba a otras cosas, no oía al Saltillo. Mano alta y mucho pico, con descaro. A los tres les vino grande la corrida, no supieron darle lo que precisaba y cosa curiosa y criticable, es esa costumbre de tirar la muleta al suelo en la suerte suprema. Que feo y poco profesional eso de despreciar así los trastos. Qu8e algunos esperaban otra cosa de Saltillo, algo que se asemejara más a lo de tiempo atrás y no a lo que tenemos cada día en los ruedos. Que no se comían a nadie, que no eran bobonas, de ningún modo, pero es que al final, un poquito de sal y pimienta y ya se les atraviesa la merienda.


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miércoles, 20 de mayo de 2026

Qué mala suerte tienen los novilleros

Les hacen creer lo que no son, les convierten en unos engreídos. Pena dan estos novilleros que no parecen tener a nadie que les cuente el toreo y no solo como cortar despojos sin valor.


A veces la mala suerte se presenta disfrazada con la mejor de las apariencias, con las galas más brillantes y lujosas, sin dejar asomar los harapos y la miseria que es en realidad. Esa mala suerte que nos besa en el momento que más lo deseamos, pero sin que sepamos que es un beso traicionero y que en el futuro, a corto o medio plazo se nos revelará como una gran mentira. Que habrá quién diga eso de “que nos quiten lo bailao”, pero lo malo puede ser que lo que venga detrás sea de todo, menos agradable. Y a veces, últimamente demasiado a menudo, en la plaza de Madrid alguien prepara un montaje con todo detalle para simplemente engrosar esas estadísticas propagandísticas que solo engañan a los que lo organizan y a los que para una vez que van, se dejan engañar; que estos podrán decir que han encumbrado al paisano, al chaval que les ha caído bien o cualquiera del que luego no se acordarán ni si se llamaba Juan o Manuel. Que se empieza por un encierro impresentable de Fuente Ymbro, con algunos novillos para una sin caballos y otros demasiado novillos para Madrid. Que ha salido uno después de los tres casi erales del principio y, no siendo nada, parecía el padre de todos los novillos del mundo. Todos luciendo magna mansedumbre y en la muleta, pues los desorejados se han movido, el sexto la verdad es que no se cansaba de embestir, pero ha sido la excepción. En el palco un presidente, el señor González Carvajal, asesorado por el veterinario Recas Vara que le habrá aconsejado bien diciendo que era una novillada propia de Madrid. Primer traspiés. Y como asesor artístico, el señor Yestera Fernández- Pacheco, que curiosamente ha morado en el palco en los últimos escándalos vergonzantes en esta plaza. Pero que nadie piense que pretendo descargar de responsabilidad al usía, ni mucho menos, porque se supone, igual es mucho suponer, que algo de idea de todo esto tendrá. Que para ver si hay muchos o pocos pañuelos tampoco hay que ser Pitágoras, o hay petición o no la hay y en estos tres casos, pues ni de lejos. Pero por esas cosas, que si los mulilleros tardean como mansos, que si lo que interesa para convertir esto en histórico es dar despojos, pues se dan, ¿qué más da? Aunque mi pregunta es si dar esos despojos a unos novilleros incapaces y montados en la vulgaridad es justo para ellos o no. Que están muy bien los triunfos prefabricados, que se pasan un rato de felicidad, pero si se premia el no dar el nivel, lo que puede pasar es que los porrazos les lleguen a los de las medias rosas y no a los entusiastas de los tendidos 4, 5 y parte del 6.

Los engañados en esta ocasión, y no quito ni una letra, han sido Pedro Luis, Mario Vilau y Julio Norte. El limeño Pedro Luis por no saber, no sabe ni colocarse en el ruedo y ni indicándole desde el callejón cuál era su sitio, atinaba a ubicarse. A su primero, además de menguado, flojito, le soltó una ristra de trapazos, muy ventajista, pico descarado, siempre fuera y sin dejarse un enganchón para casa. A su segundo, más de lo mismo, tirando líneas rectas, trapazos de uno en uno, aunque alguien de los que saben afirman que esto es meritorio; ellos sabrán. Y si a su incapacidad unimos que el animal presentaba un ligero calamocheo, ¡para qué más! Iba detrás del flojón a ver si cazaba algo, pero con estas mañas, ni gamusinos. Mario Vilau se fue por dos veces a portagayola. En la primera aguantó y después se lio a capotear cediendo terreno de espaldas hacia los medios. Este segundo impresentable, siendo bondadosos, se puede decir que medio cumplió en el caballo. Y el espada decidió empezar de rodillas al abrigo de las tablas. El novillo ya se le paraba y después, el que no se paraba era Vilau. Tirones, retorcimientos, siempre muy fuera y dejándosela tocar demasiado, para acabar con un repertorio chabacano, vulgar, innecesario, pero que sin petición, debió enternecer al palco, a todo el palco y le dieron un despojo. En el quinto los capotes volaban entre los pitones del novillo, que los lucía como la señera de un guardamarina en un galeón de su majestad. En banderillas se fue complicando la cosa, esperaba un mundo, se arrancaba tirando arreones y por ese eterno defecto de atravesar la muleta, en un cite con la zurda el toro le cogió certero. Lo que quizá algunos desde el tendido le censuraban mientras otros aplaudían, es lo que llevó al diestro catalán a la enfermería. Alguien pensara que esas palmas falsas y rebosantes de ignorancia se acaban pagando con sangre, pues que cada uno piense lo que crea más ajustado a la realidad.

El tercero era Julio Norte, de familia taurina, que no se sabe si es bueno o malo. Unos hoy se felicitarán porque creerán que ha nacido una estrella, que todo es posible, pero... Bueno, que piensen lo que quieran. Le tocó una bonita cabra cuyo peligro era que se pusiera a trepar por las paredes de la plaza, haciendo honor a su estirpe caprina. No quería caballo, le ponían y le ponían y nada, quizá esperaba a Heidi y Pedro para que le animaran. Ellos criaban cabras, ¿no? Pues eso. Lidia con mil capotazos, capotazos innecesarios y poco convenientes. En la faena de muleta empezó entre enganchones, para proseguir siempre con la muleta atrás y avanzando el pico descaradamente. Venga enganchones y siempre muy fuera. Nada cambió con la izquierda, para terminar casi subido al novillo, perdón, a la cabra. Con un repertorio al más alto nivel de la vulgaridad de plaza de talanqueras. Hasta obsequió al personal con invertidos y tras un bajonazo y con las mulillas que no andaban, ¡zasca! Despojo. Que oiga, al menos había tres docenas de pañuelos, no se vaya usted a creer, que tres docenas son... pocos pañuelos para regalar un despojo. Otro novillo, muy novillo, sin llegar a cabra, pero muy exiguo de todo, al que recibió de una larga, quedándose después a merced del toro. Cuando pasó por el petó cabeceó, pero sin que se le picara. Y Julio Norte debió pensar que era su día y allá que tomó la muleta para ponerse de hinojos, que ahora por la espalda, ahora no, venga enganchones y fue ponerse de pie y, ¡válgame el cielo! No cabe más pico, siempre fuera y el de Fuente Ymbro que iba y repetía y volvía a ir, mientras su lidiador se limitaba a pegarse carreras, a dejarse tocar el engaño, ventanazos, vulgar y tramposo, muy encimista y siempre fuera. Y otro despojito, siempre con una petición insuficiente. Que este, que salió a cuestas de Madrid, Vilau, que cortó otro despojo y cualquier novillero del que queramos hablar, parece que no tienen a nadie que les diga las cosas, cosas que pueden librarle de un mal porrazo, que quizá acumularán trofeos y más trofeos, pero una cosa es bandearse por este mundo y otra ser torero, matador de toros, que no es lo mismo. Y al final nos queda rondando la idea de que no tienen quién les guíe y de qué mala suerte tienen los novilleros.


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