sábado, 6 de junio de 2026

Tanta feria histórica ya agota

 

¿Estarán ya pastando los que serán toros encastados que nos vuelvan a enganchar y que nos hagan olvidar tanto acontecimiento histórico que solo pasará a la historia de la gran vergüenza de estos tiempos?

Que ya anda ya más de uno sacando la bandera del triunfalismo con que nunca se habían cortado tantas orejas, tantas puertas grandes, tantas vueltas al ruedo, tantos llenos, tanta juventud, tanto de tanto y de todo, que es para reservar una temporadita en un balneario en Tierra del Fuego, como once meses, hasta el próximo serial isidril. Que claro, las cifras son estratosféricas, siderales, cósmicas, pero que nadie se pare a ver no el cuánto, sino el cómo, porque igual se lleva el chasco de su vida. Que le entregan una cajita de una joyería cara, usted se piensa que dentro hay un anillo con un diamante engastado con rubíes, lo abre y se encuentra la arandela de una lata de aquarius; que ni de cerveza, ni de coca coa, ni una bebida energética, no, de aquarius, eso que la gente se toma cuando no puede tomar otra cosa,no vaya a ser que le provoque unas prisas repentinas y que cuando llegue, el lugar de las prisas esté ocupado. Pues así andamos en esta feria, que no sé si esto nos provoca prisas o deseo de tenerlas. Aunque seguro que, metafóricamente, a alguien le den ganas de pronunciar improperios que literalmente nos conducirían a ese destino de las prisas. Pero esto es solo para los que no saben divertirse; que anda que no nos han dado motivos para el goce más festivo jamás conocido. Que sí, háganme caso, que esto es un no parar del divertimento. Y si usted no encuentra motivo, péguense unos cuantos vivas con la bañera de alcoholazo al viento y verán cómo les cambia la película. Que eso es imbatible y no puede con ello ni una bueyada de Juan Pedro Domecq, ni un Uceda Leal pasado de rosca, ni un Clemente más perdido que Wally en un partido entre los dos Atletis, el papá bilbaíno y el retoño madrileño.

Lo de Juan Pedro Domecq, Juan Pedro para los más allegados, es una cosa para que la traten en un programa de misterio. Que no se explica que venga dos veces a Madrid en una feria, como tampoco se explicaría tan solo una presencia. Bueno, sí, basta ver los que se acartelan y uno se va haciendo una idea. Pero claro, Uceda y Clemente, no sé yo ¡Ah! Pero el tercero es Pablo Aguado. A ver si va a ser eso, ¿no? No. seguro que no, no sean mal pensados. Aunque si no es así, igual es que el ganadero te coloca dos y de la segunda pagas la mitad. Que dirán que el aficionado es duro con este hierro. Pero, ¡no me digan eso! Si les oyes hablar y te dicen que para ser lo que es no ha estado mal, que ha habido un toro que si tal y que cual.

Que sale el primero que no podía con su alma, pero como se revolvió un poquito en la muleta, ya lo salvamos, sin importar que no se picara y sí le picaran las banderillas. Y Uceda, tan elegante él, que parece un marqués venido a menos en un baile de Versalles, un marqués de Bradomín en guapo. Que el paradito sin fuerza resulta que se puso a enredar, a poner en apuros al espada, un moribundo pudiendo con el maestro y este inseguro y con demasiadas precauciones El segundo era un sobrero de Montalvo, que ese no se caía, pero como derrotaba mucho en el peto, ya se podía decir que peleaba. Pero si lo que no quería era pelear, que quería que le quitaran esa incomodidad del lomo y las banderillas que vinieron después. Que claro, no pretendería el animal que todo fuera como ese manteo insípido y nada molesto con el que le recibió Clemente, que prosiguió con la muleta con unos trallazos impresionantes, que parecía que en cualquier momento iban a restallar como un látigo de siete cabezas. Pero él estaba a lo suyo, a soltar lo que debía tener pensado desde casa, sin importarle esa minucia del pico, los enganchones, citar desde muy, pero que muy fuera, ventanazos, tirones y el verse sorprendido en algún momento le importaba solo porque le pudiera afear la estética y la figura al destorear. El tercero, ya de la ganadería buena, buena, tiraba cornadas al peto con descaro, pero aún así, no se le pico. Eso sí, en la muleta iba y venía, ¿se puede pedir algo más? Si vamos a malas, seguro que sí, que siempre habrá quién ponga pegas. Como se las pondrían a los banderazos de Pablo Aguado en el comienzo de su trasteo. Un toro insulso y le trajo de cabeza, viendo que eso del pico, de citar desde fuera y el no parar de correr no entusiasmaba a nadie.

El cuarto de la tarde y vuelta a empezar, Uceda de vuelta, al que le costaba hasta poner el toro en el caballo. Un espectáculo, pero que nadie hiciera ruido, no fuera a ser que el Juan Pedro despertara de repente de ese sueñecito debajo del peto. Que claro, se despertó y luego volvía una y otra vez al peto, pero sin que el de aúpa tan siquiera le apoyara el palo en el morrillo. Empezó el madrileño con muletazos por abajo, siempre trallaceros y el toro al suelo. Un poquito de mimo, ¡oiga! Y prosiguió con lo de siempre, ya saben, el toreo moderno y así nos entendemos todos. Otro mortecino y que no podía con él, que se derrumbaba a nada que le hiciera acudir al trapito, pero que no había manera, que resultaba que el viejo marqués ya empezaba a dar muestras de no poder acudir a estos bailes de etiqueta, no fuera a ser que le pusieran la etiqueta de caducado y pasado de fecha. Con lo que él había sido. Al quinto se fue Clemente a recibirlo a la puerta de toriles y a parte de dar una larga extraña, se quedó descolocado y un poquito vendido. Entraba rebrincado y embistiendo como un burro, sin tan siquiera amagar con humillar. En el caballo hasta parecía querer empujar el Juan Pedro, pero la gaseosa ya se sabe, empieza como un volcán y acaba como una charca de rañas, dormitando en paz. El bordelés empezó entre telonazos, para proseguir entre enganchones y a merced del toro, evidenciando que no podía con ya de primeras. Cogió el truco del pitón derecho, que parecía para algunos que allí había enjundia, pero lo que había era un no poder, ni saber, pegando los trapazos que se daba el animal. Y en un momento de distracción, en que parecía que el espada iba a ponerse de cháchara con el tendido, le pegó un arreón, teniéndole suspendido por un pitón lo que pareció una eternidad. Toda la plaza creyó que le había metido el pitón por el muslo hasta la mazorca, pero luego en frío y viéndolo repetido, no había sangre, nadie taponaba nada, pero el gesto de dolor era evidente. Y les confieso que en ese momento no reparé en nada de esto, la conmoción era grande. Y no se sabe si fue mejor esto o la fractura que la caída le produjo. Salió Uceda Leal a despachar a este quinto. Y acababa Pablo Aguado, la tarde y su feria, todo en uno; y que descanso. Han sido seis toros y no recuerdo nada diferente en ninguno, todo lo mismo, ese recibir bailando, como al que cerraba plaza, el no picar a sus toros, como en este sexto y muchos trapazos, mientras da la sensación de no saber por dónde meterle mano, desganado, teniendo energías según parecía, para las carreritas y más carreritas entre muletazos. Y así una tarde y otra y otra, dando igual los nombres de los actuantes, casi lo mismo con las ganaderías, que solo varía el público, cada día diferente, pero que parece clonarse una tarde tras otra. Que si de repente a alguno, por arte de magia le hubieran dado un despojo, habría salido alguno diciendo que había sido una buena tarde. Que este es el panorama. Se mide la bondad por kilos de despojos, como esto tuviera algún sentido. Y luego, sumando despojos por aquí y por allí, echando mano de esas estadísticas que nadie de los taurinos quiere interpretar, resulta que hemos vivido, aún vivimos, una feria histórica, única, irrepetible. Y de verdad, que sea única e irrepetible, que esto no vuelva a pasar jamás, que tanta feria histórica ya agota.


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viernes, 5 de junio de 2026

Y en la fiesta de la modernidad se coló un intruso y todo patas arriba

Hay días en los quizá la mejor opción sea doblarse y poder por abajo a un animal, antes que querer liarse a dar derechazos y naturales o meterse entre los pitones a ver qué pasa.


Si uno empieza a ver la corrida de Jandilla con dos remiendos de Santiago Domecq, de primeras todo le puede resultar familiar, lo de siempre, que si los dos primeros tercios no cuentan, que unos de luces van a buscar despojos sin importarle nada más y que esos animales modernos van a responder como se les enseñó en la escuela de toros de la ganadería; pero sucede que a veces no se pone el celo suficiente en eso de dejar pasar solo a los recomendados y si se te cuela alguien que no estaba invitado a la fiesta, la que se puede montar es chica. En este caso el intruso, el que no iba vestido para la ocasión, el que no había estudiado en el cole de pago de los toros, fue el sexto, de Santiago Domecq. Que a todas luces el toro tenía que venir rebotado de un centro público, un centro de esos en los que no se cuidan las formas igual que en una escuela de pago, en un Centro de Estudios Domecq, todo con alumnos educaditos que toman el té a las cinco levantando el meñique y cogiendo las pastas de una en una. Que sí, que se pusieron de pastas como el tenazas, pero con un estilo, con un saber hacer. Que lo tengo que escribir en román paladino, porque como servidor no fue a una escuela de semejante postín, pues no aprendió francés, como ese sexto, que ni francés, ni lenguas muertas del Cáucaso, ni tan siquiera protocolo de la modernidad taurina. Pase por aquí, señor burel, como usted ordene, señor maestro, ¿algún trapazo más desea el señor? El sexto igual me lo encontré alguna vez jugando en el patio al “cómo te pille, te reviento”.

Los de Jandilla muy en lo que deben los descendientes con ese nombre glorioso en sus ancestros de Domecq, hasta justitos de presentación, que a alguno le quitabas los kilos que le sobraban con cinco minutos en un baño turco y te cuadran para otro tipo de festejos. Lo de picarles, ¿qué les voy a contar? Que estamos hablando de la modernidad. Ni se les picó, ni se hizo por al menos llevar una lidia medianamente lógica. Que si un picotazo por aquí, que si la carioca por allí, que si al segundo lo agarran mal, derriba y se marcha con un único picotazo, que si en eso de taparle la salida acaban toro y jinete bailando la yenka en los medios. Un verdadero despropósito, el despropósito de todos los días. Los de Santiago Domecq variaron poco de esta tónica, al menos en el primer tercio. Solo el quinto parecía que quería pelea, aunque sin humillar.

Lo de las lidias, pues para qué seguir, exceso de capotazos y a veces los maestros pendientes de sus cosas en lugar de estar atentos en algo tan básico como la colocación en banderillas. Quien para algunos no defraudó fue Emilio de Justo, torero al que no se sabe quién, auparon al podium de figura, pero ya digo, no defraudó, atizó a los presentes con un rotundo sopapo de vulgaridad, incapacidad, trapaceo muy rápido. Quizá había apostado con alguien que llegaba a la centena, sin ningún criterio lidiador, que lo mismo te recibe a un toro por chicuelinas, que por manteos bailados, muy bailados. Y con la muleta, pues parece que el éxito depende de las voces que pegue, a más voces, mayor respuesta de los leales. Toreo moderno muy exagerado, poniéndose descaradamente perfilero, pero alargando hasta la desesperación del que está en la piedra, los trasteos sin sentido. Con unas cosas de plaza chica, que si cambio el palo por la espada y acto seguido la tiro adónde vaya. Molinetes por aquí forzando la pose, trapazos por allá y con la espada... ¡Ay la espada! En su primero, después de un bajonazo, venga golpes de verduguillo, muy alejado y con la espada demasiado horizontal. Pero él quiso desquitarse en su segundo, ahí sí que voceó a placer. Después de muchos mantazos de la cuadrilla, allá que se fue al tercio a lo suyo, trapazos y más trapazos entre enganchones, instrumentados desde el metro del Carmen. Perfilero, acelerado, más voces, venga trallazos y no se imaginan lo encendidos que estaban los ánimos entre los hijos de la modernidad. Que llegó la hora de entrar a matar y ellos que vieron todo el acero enterrado, ¡qué felicidad” Lo más grande. Pero, ¿qué les pasa a esos amargaos? Seguro que no son de cole de pago. Que no les gusta que la espada este en mitad del lomo o más allá ¡Hombreee! Esto no se puede consentir, apiolar así a un toro que acudía una y otra vez a las llamadas de De Justo. Que hasta podría haber embestido hasta a las mulillas camino del desolladero. Y con lo que nos las prometíamos tan felices viendo a un torero a cuestas, al final, na de na. No se podrían haber callado los que protestaban que el solomillo hubiera quedado hecho una brocheta.

Borja Jiménez parecía que venía a tener una actuación estelar, prólogo de la que deberá ser gloriosa dentro de dos días. Pero a él, como a sus compañeros, parece que no le explicaron detenidamente lo del temple o quizá es que le dedicaron más tiempo a lo de los trallazos y tirones. Primero en las proximidades de toriles, a ver si veía con claridad por dónde meterle mano al animalito. Siempre tirando de pico, citando exageradamente desde fuera, para cerrar en su primero muy encimista. A su segundo un precioso sardo de lámina impresionante, solo supo empezar a pasarlo por la espalda, para continuar con los trallazos de rigor y los enganchones inevitables, según parece. Pero igual es que se estaba reservando para su gran día, que esperemos que tenga una revelación taurina y abandone ese toreo ventajista que practica cada tarde.

Víctor Hernández era esperado por quienes quizá dejaron de esperarle después de su anterior y anodina presencia en la feria. Y la cosa parecía que iba a continuar por unos caminos bastante similares. Que a partir del insulso recibo de capote a su primero, solo había que añadir una faena de muleta al suyo de toda la tropa de la modernidad, con tirones, enganchones, echarse encima de su oponente, demasiado acelerado, quedándose al descubierto por ese empeño en meter el pico y el querer dar muchos muletazos. Su segundo, el que cerraba plaza, ya empezó con un tremendo sobresalto; en el saludo de capote quizá se quedó a merced del animal al marcar antes de tiempo la salida. La voltereta, el zarandeo puso los pelos de punta a todo el mundo. Con un toro reservón, que no paraba de escarbar, dando la sensación de que eso era el preludio de un arreón inesperado. Tremendo desorden en el ruedo durante la lidia, el toro cómodo en tablas, pero con bastante peligro. Y llegado el último tercio, el espada decidió ponerse a dar derechazos y naturales, que quizá no era lo más conveniente, con un toro que exigía mando, que le pudieran. Quizá podría haber sido mejor opción el toreo por abajo, un macheteo decidido hasta que se le quitaran las malas ideas y las ganas de seguir pegando arreones. Quizá los habrá que califiquen esta actuación de valiente, que el valor está muy bien y es más que necesario, pero en el toreo y sobre todo en casos como este, puede que lo más sensato sea que impere la cabeza, el conocimiento, los recursos para hacerse con el mando y no estar a merced de esas arrancadas y a ver qué pasa. Que quizá se lo podrían haber apuntado desde el callejón o quizá quién debería hacerlo pensaba más en eso que dicen que hay que echarle cuando se habla de valor y no raciocinio y conocimiento de la lidia, que tan bien viene para días así.

Y cuando todo el mundo esperaba orejas tras faenas interminables, va y en la fiesta de la modernidad se coló un intruso y todo patas arriba.


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jueves, 4 de junio de 2026

Nunca tanto sopor fue tan celebrado por tanta gente

Resulta que los anuncios aventajados del toreo moderno no serían admitidos en el clasicismo.


y una más... y una menos. Esto podría ser una suma de festejos memorables o el deshojar la margarita deseando que no quede ni un pétalo; me aburro, no me aburro, me aburro, no me... Que si hablamos de la corrida de Montalvo, quizá habría que decir que me aburro, me aburro, me aburro, me... y no paro de aburrirme. Que cosa más insufrible. Que hablamos del ganado que sustituía a la anunciada originalmente, Lagunajanda, lo de Montalvo, pues una bueyada en la que los animalicos igual iban a la muleta, que se medio dejaban picar lo poco que les picaban, el segundo salía tambaleándose del caballo, después de querer emplearse solo con un pitón. El tercero, un novillote sin chichas, el pobre hasta quería pelear en el caballo, pero si es que no tenía energías, que estaba como para empujar, cuando su mayor preocupación era aguantar en pie. El cuarto fue topar con el peto y al suelo. Como para ponerle a ver si comprometía al picador. El sexto, al que le pararon bien, notó el palo y dijo que para tu prima. Y me he dejado los dos que salieron como sobreros, el segundo de Casa de los Toreros, que solo hizo el salirse suelto; y el quinto, de Bohórquez, al que picaron poquito. Eso sí, en el primer encuentro partió una vara. Que la pregunta es que dónde compran los palos. Que resulta que esta feria también será histórica por la cantidad de varas partidas. Que será por haber sido un año de lluvias, ¿no? Seguro que sí.

Y vamos con los actuantes, José Garrido, sí hombre, aquel que calificaron un día como artista, pero que... ¡Ese! Que la verdad es que parecía venir decidido, que hasta inició de rodillas con mucho pico. A ver, me van a perdonar, pero es que uno está cansado de repetirse todas, todas, toditas las tardes. Ahora en lugar de decir pico, enganchones, carreras, trapazos desde fuera, vamos a acordar decir toreo moderno y ahí ya entra todo y así no se cansa ni el que escribe, ni mucho menos usted que dedica su tiempo a esta lectura. Bueno, pues a lo que íbamos, José Garrido desplegó el toreo moderno en toda su extensión, a un toro que iba y volvía a ir, una verdadera babosa, pero que incluso con esa condición, había momentos en que se comía al espada que no lo llevaba en ningún momento. Y en estas, sin suficiente petición, el señor que “okupaba” el palco, don Pedro Fernández Serrano, sacó el pañuelo para regalar el primer festejo. Pero que no se piensen que la petición era porque había unos que sí y otros que no, ni mucho menos. La petición ha sido en casi todos los toros. Que en la plaza al doblar el toro unos van al baño, otros miran el móvil, otros tontean con la vecinita o vecinito monos y otros sacan el pañuelo, que se lo ha dicho el panadero, que no hay nada mejor contra el tedio y sopor al sol. Y a Garrido le cayó el despojito. En su segundo se fue a portagayola, sobre la raya, no allá a lo lejos como suele ser ahora la norma. Y después de la larga de rodillas, pues venga tirones con el capote, sin cuidar el meter al toro debajo del caballo en el primer tercio. Y de nuevo inicio de rodillas, que suele ser la mejor manera de liarse. Luego vino lo de siempre, pero con una ligera variante, era toreo moderno, pero muy exagerado, para terminar mostrando al respetable lo que es la vulgaridad y poniendo unas poses forzadas y nada adecuadas, por ser elegantes.

Ismael Martín era el segundo de la terna y... ¡Madreeee! Pocas veces se podrá ver a un torero hacer tantas cosas y ninguna bien. Que ya tiene mérito. Con el capote te recibe a un toro con una larga de rodillas, más un farol, que mantazos, que chicuelinas, que se vuelve a hincar de rodillas para dar una media. Y todo perfectamente alborotado. Pero que también pone banderillas, banderillas a toda velocidad y siempre a cabeza pasada, muy pasada. Pero, ¿y lo que esto anima a muchos? Luego vino lo del toreo moderno, ¿hace falta decir más? Y que bueno es tener amigos y caer simpático, que van y sacan los pañuelos. En su segundo la cosa no fue muy diferente, si acaso, que se fue a portagayola y a dejar al animal campar a sus anchas por el ruedo. Lucía una venda, o lo que fuera, alrededor de la cintura a causa del revolcón que le dio el que fue devuelto al corral. Y al de Bohórquez, pues variando el inicio de rodillas con un afarolado, inmediatamente se sumergió en el toreo moderno, para cerrar no sé si con bernadinas, las inventadas por don Joaquín, o “bernardinas” ya saben lo de la señá Bernarda. Eso sí, aquí respondió a los pañuelos al aire dándose un garbeo por el ruedo mostrando su luminosa sonrisa, aunque a algunos no les pareció bien, pero a otros, quién les ha visto y quién les ve, le aplaudieron con entusiasmo..

El tercero era Samuel Navalón, tan vulgar como su compañero de terna, pero con menos entusiasmo que el otro. Que ya no es que practicara el toreo moderno, es que hasta parecía recrearse metiendo el pico. Igual que como veía que aquello no remontaba, tiró de un repertorio de otras latitudes, que si invertidos, que si arrimón y más “bernardinas”, las de la seña Bernarda. En su segundo imitó eso de la portagayola y los faroles de rodillas y por supuesto lo de pegar mantazos al toro. Inicio del trasteo de rodillas, para simplemente enredarse y dar paso al toreo moderno. El animal escarbaba y se le quedaba, para acabar pareciendo una borrica para vender botijos. Pero él a lo suyo, ya saben, toreo moderno. Le costó quitárselo de encima y ya ni pañuelos, ni nada, con las ganas de aventar miasmas del personal, pero a veces no se puede luchar contra los elementos, contra estos elementos incapaces de citar una vez a ley, de mostrarla plana, de correr la mano y rematar el muletazo, que solo se saben la lección de... maneras y ganado que hacen que una tarde de toros se haga eterna, pesada, que parecía no tener fin, pero no se crean, que ya dijo el genio que hay gente pa to y nunca tanto sopor fue tan celebrado por tanta gente.


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miércoles, 3 de junio de 2026

Emociones, sí, pero...

A veces hay que echar mano de lo irreal para poder llegar a emocionarse.


Anda que no se repite una y otra vez eso de que a los toros hay que ir a emocionarse, pero quedarse en eso quizá se nos quede corto, ¿no? Que emocionarse se emociona una abuelita cuando su nieta le entrega un papel lleno de rayajos y le dice que son los abuelitos; o cuando al final el niño se gradúa de la ESO el mismo día que cumple los 25 ¡Qué emoción! Y qué alivio. Quizá una emoción parecida a que unos señores vestidos de luces salgan indemnes una tarde después de no haber sido capaces de mandar mínimamente a lo que les salía por la puerta de toriles. Que andar a merced y sin recursos también provoca emoción, aunque quizá, solo quizá, algunos agradecerían que propusieran algo más que el estar y punto. Que sí, que se pasa muy mal, el de luces y los parientes y amigos del de luces que estén en la plaza. Y claro, la mejor forma de soltar tensiones es aplaudir, aplaudir mucho y jalear todo mucho más. Qué alguien pone peros ¡Baja tú! Que alguien no está conforme ¡Date la vuelta al ruedo! Porque yo lo valgo y te doy permiso, no te amuela...

Y si hablamos de los de José Escolar, ¡qué impresión! Vaya láminas, como para no emocionarse. Lo malo es que si se les trata como a maleantes, si no se les da la lidia oportuna, si parece como se pretendiera hacerlos pasar por malos no siéndolo tanto, pues igual ya hay quién se baje del tranvía de la emoción. Que sí, que delante de estos mozos siempre se ponen los mismos, que tiene mucho mérito el apuntarse o dejar que te apunten a este encierro, pero, ¡eso da patente de corso para que se les haga cualquier cosa? Pues poniéndonos benévolos... Si es que uno no puede ponerse benévolo en este caso, ni en esta plaza. Los actuantes, Pepe Moral, Damián Castaño y Gómez del Pilar.

Pepe Moral no es que esté en su mejor momento, es más, está muy lejos de ello y más lejos aún de un momento admisible para hacer el paseíllo en Madrid. Siempre con muchas precauciones, muy desconfiado, sin saberse realmente qué pretende delante de los toros. A su primero le recibió bailando permanentemente; se rebrincaba y se empezaba a quedar por el pitón izquierdo. En el caballo en la primera vara parecía que quería emplearse, para a continuación solo aguantar toro y jinete y aquel medio dormirse en la segunda vara. En la muleta Moral solo respondía apartándose a cada arrancada, enganchones y sin acabar de decidirse, limitándose a merodear al Escolar. Incapaz y dejándose llevar poco a poco hacia toriles, sin saber por dónde echar mano al cárdeno claro. A su segundo ya le cortaba el viaje de salida y en seguida se dio la vuelta para ceder terreno. Fue el toro al caballo sin que nadie le parara frente al caballo. Cara alta y peleando por pitón izquierdo, encelándose con el peto. Después solo un picotazo y una lidia bastante deficiente. Empezó el trasteo en el cinco, ese tendido talismán, ¿verdad? Seguía muy desconfiado, dando trapazos en muchos casos tropezados. Citando desde fuera, pegando tirones, con el pico, ¡faltaría más! Sin confiarse en ningún momento, no permitiendo que se pudiera ver al toro con tanta incompetencia. Quizá alguien , a causa de esta, se emocionó, pero sería por eso, que no por que asomara un mínimo de toreo.

Damián Castaño era el segundo de la terna. Inició a su segundo con capotazos sin parar quieto, girándose a las primeras de cambio de espaldas a los medios, lo que produce grandes emociones entre la asistencia, vaya usted a saber por qué. Tres veces fue al caballo el Escolar. La primera sin poner, trasera, tapándole, mientras el animal solo cabeceaba. Una segunda muy trasera que casi no llegó ni a picotazo. Y la tercera, por el estilo, desde la raya. Inicio del trasteo por abajo, dudas, para continuar con la diestra, fuera y con el pico, lo que le hizo quedarse descubierto y que el animal hiciera por él. Ya evidenciaba que no se hacía con la situación, dejándose puntear el engaño, pico, muleta retrasada, más enganchones y siempre fuera, sin parar un momento, con un toro que hasta medio seguía el engaño, pero si se le dejaba como un telón, pues llegaba el enganchón. En su segundo ya empezó acortándole el viaje, de nuevo perdiendo terreno hacia los medios, entre el alborozo del personal. En el caballo le taparon la salida, mientras derrotaba con la cara alta. Una segunda vara de la que se fue suelto y un picotazo trasero. Y castaño, pues deambulaba por allí. En banderillas apretaba para los adentros, con la mala fortuna de que resultara cogido Rubén Sánchez. Y tomó la muleta Damián Castaño, sin desmonterarse, con muletazos por abajo, para acabar echándoselo él mismo encima. Tomó la diestra y se limitó a cazar muletazos, sin parar un momento, sin tan siquiera amagar con mandar las embestidas, trallazos y más trallazos, escapando antes de que pudiera pensar en rematar el muletazo. Eso sí, si medio le enseñaba la tela, el Escolar la seguía allá adónde la llevara. Quizá el defecto era adónde la llevaba. Estirando mucho el brazo, cambiando de mano, pero sin dejar de correr de un lado para otro. Que más parecía que pretendiera hacer ver que el animal era un marrajo, antes que poderle. Eso sí, esta falta de capacidad, este estar a merced, pues emocionaba, algo que dista mucho de la emoción nacida del toreo con poder y mando. Se dio la vuelta al ruedo no porque la aclamación popular lo pidiera, sino porque miró a un lugar del tendido y desde allí le dieron permiso. Pues allá cada uno con lo que se crea, buen provecho. Tampoco vamos a llevar la contraria a la esencia de la sabiduría. Ya saben, lo dijo Blas, punto redondo.

Gómez del Pilar era el tercero del cartel. Siguiendo la norma de la tarde, no se paró con el capote y se giro para perder terreno hacia los medios. Picotazo en la primera y sin parecer haber tenido en cuanta lo sucedido en esta vara, fue el espada a dejarlo de lejos en la segunda. Tardeó, no parecía con intención de acudir al peto, para al fin arrancarse con cierto brío para casi ni echarle un mínimo rapapolvo con el palo. Con la muleta venga a acortarle el viaje al Escolar, yéndose antes de tiempo, trapazo y a bailar escapando, así una y otra vez, dejando que el toro se hiciera el amo. Quizá habría estado mejor haber empezado por abajo, aunque tampoco reparó en que el animal seguía el engaño si se le mandaba, pero él parecía solo estar interesado en que hubiera emoción, fuera esta del tipo que fuera. En el sexto, tras un manteo desairado, pero dando mucho aire. Lo dejó ir sin más. Dos varas y dos picotazos, sin pensar en que quizá una vara en regla le habría venido bien. De nuevo trapazos y más trapazos, quitándosela antes de tiempo, sin reparar en que el animal iba detrás del trapo. Venga carreras, poses, tirando la de mentira al suelo y cazándolos siempre desde fuera. Solo un detalle de la tarde, durante las faenas de muletas, uno o los dos compañeros estaban en el callejón pendientes de lo que pudiera suceder. Pero quizá lo que realmente importaba era la emoción, porque ya saben, esto va de emocionarse, como sea, y por supuesto, emociones, sí, pero...


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lunes, 1 de junio de 2026

Y un vulgar asaltaplazas quiso humillar a Madrid

El colmo en esto de los toros es que haya intrusismo, y del malo, en esto del primer tercio.


Si alguien me dice que esto va de divertirse, que esto es un espectáculo del pueblo, mejor que se lo cuenten a su prima, por favor. Que bastante es tener que aguantar estos esperpentos, estas humillaciones perpetradas por un vulgar asaltaplazas incapaz de hacer nada de mérito, como para además tener que aguantar que te vengan a dar explicaciones. Que chabacanos ha habido siempre, por supuesto, o quizá debería decir toreros que distan mucho del gusto de Madrid, pero llegaban aquí y respetaban esos gustos. Pero este no es el caso de don Antonio Ferrera. Este señor arrasa, sin importarle lo más mínimo, con todo lo que se le ponga delante. Es un incendiario de las masas, pero un vulgar trapacero, tramposo y ventajista, que si no es por esos números de circo, quizá no torearía ni en el patio de su casa. O sí, pero lo que deseo fervientemente es que nunca más vuelva a aparecer vestido de luces por las Ventas. Que allá cada uno con sus excentricidades, siempre y cuando no ofendan al prójimo y mucho menos al lugar de dónde va a comer; y eso, este señor lo escenifica a la perfección, que maestro del toreo ni lo es, ni parece que lo vaya a ser nunca, pero de estos montajes chuscos es un número uno. Que incluso hay otros figurones tan henchidos de soberbia como él, tan faltos de toreo como él, pero hay que reconocer que no tienen tanta imaginación, ni tanta falta de límites como don Antonio Ferrera, además de ser ridículo y una caricatura de si mismo. Y podrán decirme que soy subjetivo. Absolutamente, pero después de lo que llevamos y lo que se espera, ¿me voy a andar con paños calientes? Otro día, quizá.

Que era la de Adolfo Martín, con un torazo que quizá responda poco o muy poco a lo de Albaserrada, un segundo y tercero más que justos, que les tapaban las arboladuras. La verdad que el comportamiento ha resultado mejor de lo esperado, comparándolos con los Adolfos de años atrás. Al menos aguantaban en pie y hasta llegaban a embestir a la muleta, a pesar del trato tan nefasto de matadores y cuadrillas. El primero, al que le echó pocas cuentas Ferrera, se echó una siestecita en el peto y aunque le pegaron más en la segunda vara, solo se dejaba. En la muleta en los primeros compases ya comprometía al matador, que empezaba un tanto aperreado, sin pararse y atravesándole la muleta para echarlo para fuera. Desarmes, trapazos, carreras y sin amagar tan siquiera con mandar, trapazos sin llegar a esbozar el correr la mano, desconfiado, haciéndole él peor de lo que era. Ese truco de los mediocres de hacer que el toro es peor, para que parezca que no había oportunidades con el animal. En el cuarto Ferrera ya empezó dándose la vuelta para perder terreno, lo que a muchos, en lugar de parecerles una carencia, ven a un gladiador peleando con una alimaña mala de la maldad. En el caballo le pegaron, hasta que se quiso quitar el palo y se fue. Fue en el segundo encuentro cuando medio cumplió, sin más. En el segundo tercio Ángel Otero puso dos pares comprometidos aguantando como le cortaba por el pitón derecho, sin arrugarse ni un paso. Empezó con la muleta su jefe largando tela, siempre con el pico, muy fuera y el personal empezó a encenderse con esa supuesta naturalidad cuando Ferrera se pone digno, pero con las trampas de siempre. Pero hay algo que no falla, cuando tira la espada de mentira para seguir largando tela, aunque con la diestra. Y el de Adolfo una malva que acudía y no ponía un pero, aunque tampoco es que le sometieran esos trapazos a medias. Y la guinda era el número de la cabra, que me pongo allí, en “ca Cristo” Y hago que me perfilo con la espada. Menos de media y una entera caída y una orejita. Pues venga. Pero aún no había acabado el circo, quedaba el número fuerte, la mujer barbuda tocando la trompeta con la cabra bailando el charlestón en una mesa camilla con unos caballeros echando un mus. Hubo de estoquear el sexto de la tarde, por la cogida en el tercero de Paco Ureña. Recibido con un manteo a ritmo de mazurca. Y en estas que este dechado de arte y respetuosa torería mandó descabalgar al picador. Que lo pico yo. Bueno, se subió al caballo y punto. Picotazo en la paletilla, que a ver si atino, caos en el ruedo, otro picotazo ahora en la otra paletilla, otra entrada trasera y el toro estaba sin picar. Luego vino el gran lío, el presidente que no cambia el tercio, lo cual parecía lógico, porque allí no se había picado ni de lejos. Va el de la gregoriana y otra vara trasera, que si Ferrera se encara, que si en el palco y en el callejón los gestos son muchos, pero nadie se entera. Pero esto anima el cotarro. Al final salen los banderilleros, sin que en el palco asomara ningún pañuelo blanco. Unos que pedían al maestro que `pareara, otros solo gritaban entusiasmados, vaya usted a saber con qué. Y tomó la muleta para empezar su mitin trapacero al uso, trallazos al aire, muchas carreras, muy descolocado, pico muy exagerado, lo mismo con la diestra, que con la siniestra. Siempre quitándosela a medio trapazo, cazando los viajes del Adolfo, que seguía yendo detrás del trapito. Y ahora, como en el cuarto, que me pongo la pañosa a lo Raquel Meyer sobre el hombro, que si a 15 o 20 metros, que me doy un paseo por la calle de Alcalá con la jeta hormigoná, se lo saca a los medios, otro paseo alejándose, que este nos canta aquí las Leandras del tirón. Y toma espadazo delantero, casi golletazo, pero como el de Adolfo, que igual iba a seguir embistiendo en el limbo, dobló, pues el segundo despojo, quizá más de la vergüenza, que del triunfo. Y como se dice, que lleve tanta paz, como tranquilidad deja y si no vuelve, al menos con tanta majadería, mejor.

Manuel Escribano no es que sea un dechado de virtudes toreras, pero al menos no irrita con ridículas ocurrencias. Se fue a portagayola en sus dos toros, aunque tan lejos se pone, que igual habría que inventar otro término, de rodillas en los medios, de hinojos pasado el tercio, para que los dos de Adolfo se le quedaran mirando antes de decidirse a ir a su llamada. El primero de los suyos echaba las manos por delante y en el peto, al que acudía andando, solo se empleó cuando no tenía el palo, para acabar sin ser picado. Se decidió Escribano poner banderillas, lo cual lamentó gran parte de la concurrencia y quizá él mismo. Mucha carrera con la muleta y sin acabar de saber por dónde tirar, sin llevarle en ningún momento, limitándose a ir recorriendo el ruedo detrás del toro. En su segundo no varió la tónica, ni de ese baile, esta vez con desarme con el capote, ni en banderillas, siempre dejando que el animal viera toriles al fondo. Se le aquerenció en terrenos cercanos a las tablas y Escribano se limitó a pegar trapazos abusando, y con descaro, del pico, siempre muy fuera y sin parar de correr para recuperar el sitio, hasta llegar casi frente a la puerta de toriles, donde seguía intentando cazar muletazos.

El tercero fue Paco Ureña, que recibió al único que estoqueo con verónicas nada pausadas y con el pasito atrás. En el caballo el toro solo se dejó, sin humillar, distraído para el segundo encuentro, le costaba mantenerse en pie. Ya en banderillas, a nada que le querían mover, se venía abajo. Aquerenciado en tablas, Ureña se lo sacó al tercio con la muleta, se le caía y por el pitón derecho, en un derrote le cogió y de nuevo ya en el suelo, le levantó, siendo en este segundo viaje cuando más daño le infirió al lorquí. Con evidentes muestras de estar herido, siguió en el ruedo. Mermado, ya encimista y quedando a merced del Adolfo. Pasó a la enfermería y ya no pudo salir a despachar al sexto, que como ya se ha relatado lo tomó Ferrera para montar lo que montó, uno de sus números. Y un vulgar asaltaplazas quiso humillar a Madrid.


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sábado, 30 de mayo de 2026

Crónica de una muerte, quizá estafa, anunciada

Paso a esos jolgorios de talanqueras, que corran ríos de alcohol y que afloren las más vulgares de las miserias humanas


Habrá quién haya llegado al convencimiento de que la plaza de Madrid ya no puede caer más bajo, que ya ha tocado fondo. Pues ojalá sea así, porque viendo cómo se suceden los acontecimientos, quizá nos queden por ver aún cosas peores. Que es muy simple, esto está manejado por mediocres, los actores son además vulgares personajes que no dan más de sí, que no llegan más allá de los límites de su propia vulgaridad. Y con estas trazas, si el fin es adaptar todo esto a la comodidad de esos elementos, ¿siguen pensando que ya hemos tocado fondo o que esto puede ir todavía a peor? Que podemos empezar por una empresa que ha montado una feria delirante en el que su único objetivo era alimentar unas estadísticas tan mentirosas como manipuladas. Que llevamos no se sabe cuántas salidas a cuestas, de matadores y novilleros y ninguna, pero ninguna, ha dejado de ser un montaje, con la inestimable colaboración de los que “okupan” el palco, presidentes y asesores. Que han concedido despojos hasta sin mayorías, con bajonazos, con pinchazos previos y lo que es peor, sin nada que pueda ser merecedor de ningún premio. Una feria en la que el toro está desaparecido, pero aún así, estos caballero no han dudado en conceder vueltas al ruedo a animales que fracasaron estrepitosamente en el caballo. Que luego nos cuentan, ya saben, eso de la importancia del primer tercio. A otro perro con ese hueso. Con un público, todos los días cambiante, que no sabe ni como estar en una plaza de toros, que para ellos esto no es una fiesta, es una juerga, pública verbenero, con el barreño de alcohol siempre en la mano y al que solo les importan dos cosas, que se callen los que protestan, que cada vez son menos, y que haya despojos por todas partes. Un esperpento alimentado por la empresa y auspiciado por la Comunidad de Madrid, que aplaude todo este engendro. Y así estamos, caminando por esta senda de triunfos, que si rascamos un poquito es fácil comprobar que todo es cartón piedra.

En otras ocasiones hemos tirado por el sarcasmo, agarrándonos a la ironía, como el que se agarra a cianuro mezclándolo con el azúcar para... Quizá lo que tocaría, como todas las noches anteriores, es el empezar a contar cómo fueron los toros, que hicieron los de luces, que sucedió durante las lidias. Pero es que no hay nada que contar, es que valdría decir que ha sido una estafa, nos echan unos animales infames queriendo que nos los traguemos como si fueran toros de lidia; pretenden que tomemos en serio a unos señores que se visten de luces y a los que les importa entre poco o nada que alguien pague verdaderos dinerales para verlos con toros y no con adefesios como los de Garcigrande. Bueyes grandones, algunos gigantescos, que igual se atreven a decir esa mentira sempiterna de que en Madrid gustan los mastodontes. Y lo peor es que hay quien se lo cree, quizá porque lo escuchan en la televisión o se lo oyen a maestros de esta infamia. Toros para carros, inválidos, mansos, descastados, que solo se limitan a ir y venir en el mejor de los casos. Y me niego a empezar que si uno empujó, que si le taparon la salida o que si iba y venía en la muleta. Eso sí, tres sobreros que parecían puestos para que los maestros decidieran hacerlos salir o no, si es que el titular no era de su agrado. Que yo sé que a los taurinos y a sus aplaudidores les gustan mucho los datos ¿Quieren datos? Ahí van, el de más peso que ha saltado a la arena pesaba 715 kilos y el que menos, 523. Casi 200 kilos de diferencia, Corrida escogida y reseñada para Madrid con mimo, ¿verdad?

Bueno despachados los mulos, vayamos con los artistas. Artistas de la triquiñuela, del destoreo, del ventajismo superlativo. Morenito de Aranda, que cumple a la perfección su función de abrir cartel y a cambio nos obsequia con un toreo desconfiado, pegando trallazos y siempre con las precauciones al uso, que si meto el pico, que si me quedo fuera. Que da lo mismo que se le escape un toro sin haberse enterado de lo que tenía o que se recorra más de medio ruedo detrás de una borrica. Pero quizá hasta esté contento más de uno por haberle visto cumplir como liebre en las carreras de atletismo, sale primero y luego desaparece para que entren en escena las figuras de verdad.

Volvía Talavante, amparado por el jefe del cotarro, que para eso es quién le apodera. Que decide que en uno no tiene el cuerpo para milongas y se limita a andar por allí dejando pasar el tiempo. Y al final decide ponerse manos a la obra para ver si le cae un despojito, que viendo quiénes “okupan” el palco, mucho se tiene que torcer la cosa. En esta ocasión el señor Rodríguez San Román, con amplia experiencia en protagonizar esperpentos vergonzosos y humillantes para la plaza de Madrid, y los señores Bellido González y García Gómez. Y así fue Talavante decidió tirar del repertorio más vulgar, más propio de plaza de talanqueras, más del gusto de otras latitudes y entre trapazos de rodillas, tirar la espada de mentira y trapazos bien aliviado metido entre los cuernos, lo ha bordado. Que le ha quedado como para que se lo borden con letras de esparto en un serón para llevar estiércol. Y cómo ha respondido la audiencia, que entre mandar callar a los que protestaban y sacar el pañuelo y jalear a su ídolo, no daban abasto. Pero cuidadito, que aún quedaba otro figurón que sufrir, el naturalista, uno de los grandes maestros de la más natural mentira, Pablo Aguado, que si no llevara `picadores se ahorraría dos soldadas y el efecto sería el mismo. Que si un animal se le derrumba, él a lo suyo, a ser natural, y si ello implica que los enganchones se apelotonen unos con otros, pues para adelante, mientras sea con naturalidad. Eso sí, esta vez no ha habido callos que se le pudieran por delante, no fuera a ser que le echaran otro toro, perdón, mulo, a los corrales y tampoco le abuchearan, que así están los que nos visitan tarde tras tarde en Madrid, que oyen tres avisos y solo parece que les sirve para salir corriendo al bar a rellenar la bañera de alcoholazo. Y aún habrá quién piense que Madrid ha tocado fondo, pero con todos estos elementos, tranquilos, que aún veremos nuevos prodigios. Aunque al final, todo se resume en que esto es la crónica de una muerte, quizá estafa, anunciada.


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viernes, 29 de mayo de 2026

Esta diversión y estos tan divertidos avergüenzan a la vergüenza

Lo que contenta a la gente uno o mil molinetes.


Si usted tiene prevista alguna celebración en las próximas fechas, no lo dude, encárgueselo a profesionales, profesionales de la juerga; de esos que hacen de un funeral el festival de la risa, de esos que en un incendio se ponen a bailar el Paquito el Chocolatero, porque no hay nada que pueda con esas ganas de disfrutar, de divertirse. Que se enfada la abuela porque montan un botellón en el tanatorio con el abuelito, pues qué se le va a hacer, que será que la señora no sabe ver el lado positivo de la vida. Que se queda la casa familiar hecha cenizas, pues tampoco es para tanto, que si todo el mundo fuera tan negativo, ni Fallas, ni Fogueres, ni Noche de San Juan. Y si resulta que una plaza de toros cualquiera, por ejemplo, así sin pensarlo, la plaza de Madrid. Eso, la plaza de Madrid; que nos vamos a poner hechos una hidra porque la tiran por el suelo y la pisotean sin el más mínimo resto de misericordia taurina, pues... ¿Y el buen rato que echamos? Que esto es como las fiestas del pueblo, que día queman un muñeco, otro el taller del que los fabrica y otra al mismo muñequero. Todo sea por la fiesta, por la diversión y para que los chaveas echen un buen rato. Que no me dirán que no se lo han pasado bien viendo como una masa informe jaleaba al trapazo rey y al rey del trapazo, aunque parece que esto les parecía poco y para mostrar ese saber estar en ese tendido cinco, nido de optimistas jaleadores, se lían a mamporros. Y que a alguno les parecerá mal, porque ellos van a ver toros ¡Anda ya! Para ver toros... váyanse a un prado. Y esa bonita conexión, ese hermanamiento entre estos sacude moqueros y el palco, en esta ocasión “okupado” por don José Luis González González, asesorado por don Vicente Yestera, cuya frase predilecta debe ser la de “tira, tira, sácalo”. Y ¡zas! Pañuelos al lienzo. Que parece ser que ha sido nombrado por tener una capacidad supersónica para contar pañuelos. Que si todavía existiera aquel programa de habilidad raras, este señor lo petaría, se subiría a un palco y en lo que los mulilleros van de la puerta de arrastre al toro, te dice, pañuelo arriba, pañuelo abajo, cuantas sabanas hay: 8.542 pañuelos, 458 hojas del programa y un abanico, ya está 11.001, sobre 22.000 almas, justo, hay mayoría, “tira, tira, sácalo”. Y ya tenemos el despojo en la misma mano que hace unos instantes trapaceaba sin rubor ¿Y todavía hay alguien que dude de esta gente para montar juergas? Perdónenme, pero o ustedes no tienen ni idea de lo que es divertirse o son unos aburridos o solo vienen a fastidiar.

Aunque como para todo, también hay que contar con algo de atrezzo, y no me refiero a las autoridades que han acudido como abejas a la miel, como moscas a la... bien, para que les viera el jefe. El atrezzo eran seis chavalotes de Juan Pedro Domecq, que presentaba un encierro de su afamada ganadería de coros y danzas de toreros artistas. Que no creo que haya ni un anti que le pueda poner una pega a nada. No se les ha picado, no fuera a ser que... Eso sí, merecen especial reconocimiento los de aúpa, que se ponían así con cara de apretar, haciendo que picaban, pero sin picar. Si ha habido un picador que por no ofender, ha partido hasta tres palos. Y ya le deben haber dicho que se estuviera quietecito, que los animalistas iban a estar muy contentos, pero que los del “Salvemos el Amazonas” empezaban a pensar en la desforestación del Mato Grosso. Esas criaturas de don Juan Pedro que luego iban y venían a la muleta con una docilidad digna de un colegio de monjas a la hora del Ángelus en los años de... Que sí es cierto que en bastantes fases de las faenas de muleta han tocado y enganchado los engaños de los tres actuantes, Diego Urdiales, Roca Rey y Bruno Aloi, pero es que tampoco podemos exigir la perfección, ¿no? Que lo he escuchado muchas veces, es que el toro perfecto no existe. Bueno, denle tiempo al señor ganadero y en tres camadas y con dos hierbas de más, nos prepara una coreografía con seis toros seis bailando el Can Can. Toros artistas, no, artistazos.

Y de los artistas, pues... Me quedo con unas verónicas en el cuarto de Diego Urdiales, sin rectificar en ninguna de ellas y una media final. El resto, ¿lo quieren saber? Que igual se me mueren de envidia por no haber podido asistir en persona al jolgorio de la Prensa. Resumiendo, a Urdiales le han dado una oreja por toro, ya saben, “tira, tira, sácalo”

. Aunque la verdad es que sus dos trasteos se han basado en un toreo erguido, derechito, pero abusando del pico y las separaciones en demasía. Que sí, que esto es estupendo para que el personal se divierta y mucho, pero toreo, lo que se dice toreo. Que los pesimistas pensaban que si el riojano también tira por ahí, ¿qué nos queda? Pues o te diviertes o... Por momentos muy exagerado eso de atravesar el engaño, aunque muy derechito, que conste. Que se lo vemos a otro y lo mismo ya no nos divierte. Eso sí, la estocada a su primero puede ser la de la feria en todo lo que llevamos visto. La se su segundo no tan espectacular, aunque sí muy efectiva. Salida a cuestas, pero que me perdonen los que no me perdonan, no creo que sea un modelo a seguir.

Y el rey del divertimento es Roca Rey, sin lugar a dudas. Que da lo mismo que pegue trapazos hasta a una máquina de coser. Que entre rodillazos, trallazos y desplantes al respetable se te pasa el rato divinamente. Que unos van con esas ganas de divertirse, de ver pasar al toro sea como sea y otros con la esperanza de verle dar uno con verdad y así poder poner en su epitafio, mientras sus allegados están de botellón y ahítos de diversión, “Vio dar un natural a RR, su único natural”. Iba a ser la envidia del Campo Santo. En este caso ganaron los divertidos, que hasta consiguieron que le dieran un despojo a este ciclón de la tauromaquia, pero ya saben, en lo que los mulilleros se deciden, van, se paran y a ver si enganchan, uno se puso a contar y acabamos en lo de siempre, “tira, tira, sácalo”. La sensación que tuvieron muchos de los presentes es de que se estaba rodando la segunda película de Roca Rey, de la que aún desconocemos el título, y a eso se debían las caras crispadas, las miradas llenas de todo menos de diversión a unos y a otros, el meterse a hacer quites cuando no era su turno, el poner esas posturas de opereta, que si doblo la rodilla y levanto el talón. Que uno no lo escuchó, pero seguro que se oyó más de una vez lo de “Corten”, “Acción”, que es lo que se dice cuando se interpreta en una película. Pero no se crean nada, que ya saben, que todo lo que sale en el cine es mentira y esto... ¡Ah! Pues también.

También estaba el confirmante del día, Bruno Aloi, que la verdad, él no pareció divertirse y los que fueron a su llamada, pues parece que tampoco. Que se esforzaban, pedían silencio, lo que a muchos les hizo pensar que o creían estar en misa o en el tenis y no en una plaza de toros. Pero si cogemos y hacemos un compendio de todos los vicios de la torería del momento, los convertimos en una pócima mágica y se los inoculamos a Aloi, lo mismo le pega una sobredosis de vulgaridad, porque al hombre no le falta ni uno, los tiene todos. Que si enganchones, trapazos, el estar despegado, el pico, el socorrido arrimón, el mal uso de la espada. Pero claro, si resulta que le toca con el gran fenómeno del momento al que quiere parecerse y se esfuerza en imitar, ¿qué esperamos? ¿Que temple, que mande, que la presente plana y que remate los muletazos atrás? ¿Estamos locos o qué?

Pero a ver si nos enteramos, que aquí lo que cuenta es la diversión y hay que ir a divertirse, a jalear trapazos, enganchones, trampas y que haya muchos despojos, ¡ah! Y mandar que se callen a los no divertidos, pero qué quieren que les diga, que al final y en definitiva, esta diversión y estos tan divertidos avergüenzan a la vergüenza.


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