jueves, 14 de mayo de 2026

Cuando mi primo Juancho, el “Chanclas”, quiso ser torero

Parece que ya va a haber que resignarse a que esto sea Partido de Resina y deje de ser para los aficionados más nostálgicos Pablo Romero


La vida familiar era un remanso de paz, hasta que a mi primo se le ocurrió decir que quería ser torero. Fue una tarde en los toros, en la plaza de Madrid en plena feria de San Isidro, cuando decidió cuál sería su futuro, ser torero. Era una de Pablo Rom... perdón, de partido de Resina, porque aquello poco o nada tenía que ver con aquel hierro legendario. Que decían los más viejos del lugar que aquello podía ser de cualquier cosa, menos de lo que indicaba el hierro que marcaba a aquellos animales. Los toros más guapos, contaban nostálgicamente aquellas gentes. Hasta se negaban a llamar a aquella vacada por otro nombre que no fuera el que se había grabado con oro en la historia del toreo. Pero después de aquel día, toda aquella leyenda pareció diluirse ante los ojos que no podían creer aquel esperpéntico espectáculo. Que decían que aquellos en el primer tercio eran... pues eran lo contrario de los de aquella tarde, que si uno se paraba debajo del peto, que si otro notaba el palo y salia de najas, otro tenía que ir el caballo al toro, incluso con las gravísimas consecuencias de que las pezuñas de un caballo pisaran y borraran la raya de picar. Si es que, cuando las cosas van mal, siempre pueden ir peor. Daba lo mismo que aquellos insulsos animales no dieran nada o poco de si, lo trágico era el que se borraran las rayas de picar. Y no les digo nada mi primo Juancho el “Chanclas”, que si no hay derecho, que si es el trabajo de un hombre.

Pero resulta que mi querido primo no siempre sabe valorar el trabajo ajeno, que hay veces que lo subestima y la verdad es que por momentos se entiende. Que aquella tarde actuaban con los del Partido de Resina, Antonio Ferrera, Calita y J. E. Colombo. Y claro viendo lo que vio, resulta que aquello le parecía lo más fácil del mundo, que eso de andar merodeando toros también lo hacía él. Que lo más complicado era tener que correr tanto por la plaza y a veces, solo a veces, hasta alrededor de los toros esos que no se meneaban ni una miaja. Y lo pero de todo, es que con aquel esperpento de aquella tarde esperpéntica, a ver quién le quitaba la idea de la cabeza de aquello no era tan sencillo. Y él, que es muy cerril, decidió que quería dedicarse a eso, porque le habían dicho que se ganaba parné a espuertas. Que tampoco es de extrañar con lo que hizo aquel día Ferrera, aparte de encogerse y sacar chepa, poniendo así posturas como si estuviera encarándose con un dragón. Siempre con precauciones, se ponía fuera a citar al toro, ofrecía solo la punta de la muleta, corría y no dejaba de correr y solo conseguía ponerse pesado y desesperar al personal, a aquella gente que en más de dos horas se ganaron el mismísimo cielo, el Janna, el Valhalla o reencarnarse en vidas futuras de marqués para arriba. Y Ferrera entre retorcimientos, enganchones y bailes, muchos bailes, con el pico de la muleta y quitándosela de golpe. Que para que pareciera más dramático, daba un trapazo, bailaba, luego otro, bailaba, y así tanto rato, haciendo que mi primo se creyera capaz de... y querer hacerse torero para ganar mucho parné y poder llevar a su chica de vacaciones al Pantano de San Juan. Lo que mi primo no entendió y yo no supe explicarle, fue eso de que en un toro parearan los tres peones y bregara el matador. Ahí casi se resquebraja esa naciente vocación, pero nada, duro nada y menos ese estado de dudas.

Pero aún le dieron más argumentos para cumplir su locura; y ahí que llegó Calita, que era como si no estuviera, pero estuvo y era la encarnación de la sosería, el aburrimiento y la incapacidad torera. Una máquina de fabricar trapazos y con enganchones, siempre muy lejos, como cuando las tías de las pretendidas por mi primo les decían en el baile que corriera el aire. Huracanes cabían entre Calita y sus toros, toda la corriente del Golfo de México. Y claro, pegando cuchilladas en los bajos, mi primo decía que eso lo hacía él en la matanza en el pueblo ¡Para qué más! Pero es que ya dicen que si las cosas pueden ir a peor, irán a peor. Que llegaba J. E. Colombo. Que impresionó a mi querido Juancho cuando capoteaba rodilla en tierra, pero cuando se dio cuenta de que esto era casi a toro pasado, ya hasta veía fácil esto de la verónica. Que no, Juancho, que esto de fácil no tiene nada. Con la muleta era complicado quitarle la idea de la cabeza, porque decía que eso de no parar de bailar, de dejar que se enganchara la tela y de ir de un lado para otro a ver si cazaba un trapazo, que eso lo hacía él. Pero fue ver las banderillas de J.E y... si era dejar pasar al toro y clavar, eso estaba chupado, aunque más difícil le pareció eso de clavar muy de lejos y atinar en el animal. Decía que si fuera con un arco, que sí, pero que de la otra forma había que estirar mucho los brazos. Y ya en la segunda oportunidad en que J.E. En otro toro, se dispuso a poner banderillas pero que iba y no clavaba y volvía y nada y nada y más nada. Que él decía, él que de toros lo mismo que Torrente de higiene personal, que por qué no le llevaban el toro a otro sitio, que probara de otra manera, pero no, él a lo suyo. Y el personal que se impacientaba, porque el personal es muy impaciente. Pues nada, que la pongan los peones. Y estos tampoco, que no había manera, ni hacían por buscarla y encontrarla. Pues nada, si no las ponía nadie, a otra cosa. Y J.E. Fue a poner posturas con la muleta, pero era tanto el jaleo entre pitos, palmas y protestas, que desistió de las posturas. Y así pasó, que a raíz de aquella tan nefasta tarde, una de las más nefastas de todas las nefasta, la desgracia entró en la familia y aquel remanso de paz se convirtió en un mar de lagrimas cuando mi primo Juancho, el “Chanclas”, quiso ser torero.


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miércoles, 13 de mayo de 2026

Abracemos la felicidad

Más a menudo de lo recomendable los derribos se corresponden con una desesperante inacción de los portadores de capotes en el ruedo, lo que puede tener muy malas consecuencias.


Estamos tan necesitados de una alegría, que a nada que no nos guinden la cartera, lo celebramos con entusiasta emoción, que ya se sabe que ahora en esto lo que cuenta casi exclusivamente es la emoción. Que si alguien te dice que se ha emocionado, punto en boca. Y qué bonito es eso de emocionarse, de dejar que el corazón sienta y no sea un bloque granítico impenetrable; otra cuestión es que entre tanto sentimiento celestial se lleven a cuestas a nadie por la Puerta de Madrid. Que habrá tardes en las que nos quedaremos con eso del una más una y nos tiraremos de los pelos. Pero si esto va de ser selectivos según quién y qué, pues habrá que conformarse... siempre. Novillada de Montealto correctamente presentada, aunque, será por eso de las emociones, ovacionada de salida en casi todos los novillos. Que lo mismo estos ovacionadores no han visto lo que sale por aquí fuera de feria, que los taurinos se echan las manos a la cabeza diciendo que si tal o cual. Correcta, sin ponerle ni medio pero, pero ya. Que creo que ha sido más interesante su comportamiento, que ya firmaban muchos que encierros como este salieran más a menudo, pero insisto, sin volvernos locos, porque ahora, lo que debería ser norma, lo convertimos en acontecimiento. Al primero, mal tratado, lo han abandonado en el peto, pero el animal quería pelear, no estaba de paso sin más. Amagaba con esperar en banderillas y en la muleta iba una y otra vez hasta que se hartó en el trapazo mil y empezó a pararse, lo que Tomás Bastos pretendió aprovechar como toreo lento y cadencioso. Eso sí, aún el Montealto tuvo energías para arrancarse y sorprender al espada, que remató con un repertorio “agita masas”. Al segundo, que más que derribar fue el caballo el que se rindió, le abandonaron ante el peto y le dieron cera para iluminar un altar. En la muleta Martín Morilla, un abusador del pico y los enganchones, no pudo con el animal, que quizá pedía a gritos un mínimo de mando y nada de maneras vulgares y soporíferas.

Y salió el tercero, aquí iba a rebosar la emoción de los llegados en buses fletados por los partidarios y los no autobuseros. Verónicas aseadas de Álvaro Serrano, curiosamente sin rectificar, aunque sin demasiado toreo. En el caballo el novillo peleó, más con el pitón izquierdo, empujando con ganas para afuera mientras le tapaban la salida, parándose cuando tenía la libertad a su espalda. Había que verlo de nuevo en una segunda vara, pero tras verse descabalgado el picador se cambió de tercio y nos quedamos con las ganas. Quites muy efectivos de Serrano entre la asistencia. Acusó los palos, para en el último tercio ir una y otra vez, primero a los muletazos rodilla en tierra, siguiendo de derechazos acelerados, que emocionaban y sembraban la felicidad en los tendidos. Trallazos sin llevarlo, a veces alborotado y con la zurda hasta echándolo fuera, siempre gobernado por el toro que marcaba el ritmo. Bien es verdad que molestaba el viento, pero este no hacía que todo fuera un tanto apresurado. Primera oreja, primera de la una más una.

El cuarto, segundo de Tomás Bastos, ya apretaba de salida a un insulso novillero a las puertas del doctorado. Le taparon la salida en el caballo, para después salirse del encuentro. Segunda vara yendo el caballo al toro, sin ningún criterio durante la lidia, para que se vieran derrotes al peto. Se dolió bastante de los palos y ya con la muleta, el personal se dolió de la pesadez y nula emoción, ni mucho menos felicidad del personal. De rodillas para pasarlo por detrás, se le fue a tablas, pero el luso insistió, que tenía que pasárselo alguna vez más por la espalda. Luego vino lo habitual de pico, enganchones y muletazos a raudales para no decir nada, porque los tirones dicen poco. Apurado al entrar a matar, se atravesó media plaza escapando del Montealto, sin que nadie estuviera atento para hacerle el quite.

A Martín Morilla le tocó el quinto con algún kilo de más. Lo metieron en el caballo sin cuidado alguno. Cabeceaba el animal mientras le hacían la carioca, partió el palo y nadie, el espada menos que nadie, se dignó a ir a auxiliar al picador, desarmado y con el novillo debajo. En la segunda entrada, cuchillada trapera en la paletilla y martín Morilla que seguía de miranda. Fue una tercera vez, con capotazos y más capotazos para medio colocarlo cerca del caballo. Con la muleta el novillero solo supo estar a merced de su oponente, sin nada más que ofrecer que trapazos acelerados y enganchados, ahora por el derecho, cambio al izquierdo, de nuevo al... sin ningún sentido lidiador. Pero la cumbre de felicidad más emotiva asomó en el sexto, el segundo de Álvaro Serrano. No vean lo contento que se puso el cotarro. Se preocupó de intentar llevar el toro al caballo, pero el capote por aquí y el colorado a su aire. Este empujó con fijeza, después de que intentara llegar al que guardaba la puerta. Empujó, mientras el pica le aguantaba, para acabar tirando derrotes. En la segunda vara, bien cogido, siguió mostrando fijeza en la pelea, para acabar yéndose del peto. Inició el de navas del Rey con un telonazo que convirtió en ayudados por alto y por bajo, para rematar con una trincherilla y el desprecio, que es lo que más gusta, emociona y acerca los corazones a la sublime felicidad. Tanda tras tanda con media muleta, algún empalmado y la locura del personal. Que, ¿qué podemos decir a quién nos dice que se emociona? Pues nada, que eso es cosa de cada uno. El novillo se toreaba solo, iba una y otra vez en busca de la tela. Con la zurda siempre tirando de la uve de la muleta, todo muy vistoso, pero sin torear; eso sí, con mucha decisión, pero, ¿a esto ha llegado la plaza de Madrid? Que ya valen las ganas, que de novillero no lo va a saber todo, pero no es demasiado bagaje el salir a cuesta solo por la voluntad. Voluntad que le faltó para usar el descabello, estando cinco minutos venga a pinchar en el hocico, pero sin buscar el cerviguillo y con evidentes muestras de desconfianza. Al final un golpe certero y la oreja de la felicidad a tanto emocionado. Quizá habrá quien piense que los novillos salieron triunfantes, pero con lo que se queda la mayoría es con esas dos orejas, una más una, pero que provocó emociones excelsas, esas emociones que nos dicen a voces que abracemos la felicidad.


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lunes, 11 de mayo de 2026

La tarde infinita con inesperados pellizcos de emoción

Querer llegar al tendido con una estocada recibiendo, siempre es de valorar.


Al salir de la plaza se oía de forma recurrente eso de que una corrida no puede durar tres horitas de reloj, algo que sobrepasa los límites de la paciencia, pero al mismo tiempo recordaban el encierro del Conde de Mayalde, que no ha sido la boyada que algunos pensábamos. Qué gusto equivocarse así. Y los reconozco, esperaba que los grandullones fueran más carne de carreta del Rocío, que toros de lidia. Pero no, tenían algo más. Dos devueltos a los corrales, de los que aguantaron, el que hizo segundo, flojeaba, pero con sus pocas fuerzas, aún quería pelear en el peto, ese en el que se desmoronó quedando debajo del caballo. Apenas se les picó, un debe que habría que remediar, y quitando el ya señalado, no más que se quedaban debajo del peto. Pero para la muleta la cosa fue diferente, aunque hay que pensar que en el no excesivo lucimiento del ganado también colaboraron los actuantes, David Galván, Román y Gonzalo Caballero. Que me dirán que este es el relato de todos los días y sí, pero no y paso a explicarme.

David Galván es un torero en el que parece confundirse la elegancia con el amaneramiento, muy lejos del toreo de verdad. Con el de Fermín Bohórquez, ya de salida le instrumentó verónicas siempre rectificando, sin aguantar a pie firme. Lo de seguir y llevar la lidia ya es una utopía, que parece que su amaneramiento, que no elegancia, no le permite fajarse con sus oponentes. Recibió de muleta a este primero con telonazos en los que llegó a citar de culo, pero sin descomponer la figura, claro que no. Es verdad que el viento molestaba, pero su labor no pasó del abuso del pico, enganchones y una sucesión desesperante de trapazos, siempre desde fuera. Le tocó también el segundo sobrero, también de Bohórquez que, como consecuencia de un trompazo recibido por el de la Isla en un quite, por el que tuvo que ir a la enfermería, salió en sexto lugar, cambiando el orden de lidia. Un toro parado, que no quería caballo, teniendo que ir este al toro y no el al revés, con la consiguiente ruptura de las rayas del tercio por las pezuñas del penco, lo que exacerbó los ánimos de muchos de los presentes que parece no gustarles que se maltrate la labor del operario que pinta las rayas ¡Qué falta de consideración! Poco daba de si el Bohórquez, que se llevó puestos unos cuantos trallazos enganchados entre los retorcimientos de Galván.

Román al menos no va de esteta incorrupto, el es lo que es y como siempre le ha funcionado eso de ponerse en los medios y citar dando distancia, a veces mucha distancia a los toros, pues es lo que practica. A su primero, que empezó mirando a tablas, lo recibió con la pañosa de lejos, muy lejos, a base de trallazos con el pico. Insistió, cada vez acortando más desde dónde citar, hasta que el del Conde de Mayalde dijo que hasta aquí y se fue a tablas, para acabar revolviéndose y recibiendo la muerte pegado al olivo. A su segundo le dejó a su aire después del recibo. El trasteo comenzó con muletazos deslavazados, para empezar de nuevo dando distancia, lo que el toro aceptó sin rechistar, yendo una y otra vez al cite. Y de repente Román pareció renunciar al pico exagerado y se conformó con algo bastante más moderado y conseguir una serie con la diestra en la que incluso condujo el viaje del de Mayalde. A continuación hubo más pico, más aceleración, mucho más descaro en estas ventajas con la zurda y cada vez la muleta más atravesada a medida que avanzaba la faena, hasta acabar con retorcimientos, muy jaleados, y aguantando dando distancia, lo que hacía que todo llegara más a los tendidos, mientras el toro seguía queriendo buscar la tela, sin parecer una boba jugando a coger la pelotita, ni mucho menos. El ambiente lo tenía muy a favor y una casi entera fue lo que le valió el que no pareciera justo el protestarle la oreja. Que al menos tuvo un detalle, no empalmó ningún muletazo, no sé si se me entiende.

Otra sorpresa fue la de Gonzalo Caballero, lejos de aquellas maneras poco sensatas, estando más relajado y asentado, permitiéndole acabar con sus dos oponentes y salir andando de la plaza. Aunque aún tiene mucho margen de mejora. Desde el primer muletazo a su primero ya se vio apurado. Mucho trallazo, muleta sacando el pico, siempre fuera y levantando la mano en cada pase, dejándosela tocar en demasía. Mucha carrera, mucho trapazo, a merced del toro y yéndose mucho al entrar a matar, nada de aquello de tirarse entre los pitones. En su segundo, como en el anterior, bailando mucho con el capote y ya en la faena de muleta, quizá se le complicaran las cosas al permitir que el toro se aquerenciara demasiado en los terrenos de dentro, provocando que no se le entregara en las embestidas. Ya avanzado el trasteo se lo sacó más allá del tercio , naturales en línea siempre con la uve de la muleta y limitarse a andar por allí sin más, para cerrar con manoletinas, prologo a un bajonazo.

Hubo un hecho que sorprendió, el que se cambiara la lidia del primer tercio durante toda la tarde frente al seis, según se supo después, por el mal estado del ruedo en los terrenos habituales en las cercanías de la Puerta de Madre. Y eso de devolver los toros ya con los palos parece que empieza a ser costumbre, mala costumbre, no ya por ese alargarse la tarde hasta la desesperación, sino porque esto puede abrir la puerta para malas artes en un futuro. Que si además de devolverse los toros que se dañan en el ruedo, también los echamos para atrás en el segundo tercio, vamos bien. Que luego pasa como en la presente tarde, que el ganado no fue la boa de siempre, pero que acabamos pareciendo que citamos el título de una película de suspense, la tarde infinita con inesperados pellizcos de emoción.


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sábado, 9 de mayo de 2026

Lo histórico empieza con un bochorno, vergüenza y Madrid pisoteada

Se declara inaugurada esta feria histórica, meca de la vulgaridad y chabacanería apta para jóvenes y mayores, no recomendable para aficionados al toro y al toreo clásico. Abstenerse mentes claras.


Miren que estábamos avisados, miren que se veía venir lo que no queríamos que llegara. Pues nada, que empieza la primera de feria y los aficionados de Madrid tienen que salir escondiéndose por culpa del bochorno e indignación de ver su plaza, la cátedra, la primera, el centro del universo, a la altura de cualquier plaza de talanqueras poblada de gentes ahítas de alcohol. Que había que elevar a los altares al pupilo de la empresa, que tan bien se maneja en estos ambientes en los que se enseñorea lo chabacano y es gobernado por la más absoluta vulgaridad. Y para que no se escapara un detalle, un caballero ocupando el palco, que igual había dicho en casa que iba a salir por la tele, que no perdieran ripio de su debut y... Vamos, que estaría bien que le destinaran como comisario en un aeropuerto próximo a Marte, y que no volviera por el barrio de Ventas y la Guindalera ni como controlador de la ORA; sí, eso mismo, los parquímetros de la zona. Que visto lo visto, con ese ojo de águila, igual multaba a los carritos de bebé o a los de la compra que arrastraran los vecinos.

Chotada de Núñez del Cuvillo, ideal para algarabías modernas para acabar sacando a cuestas al primero que se les ponga por delante y que al menos haya cumplido el requisito de haberse liado a pegar trapazos sin cuartel. Impresentables, aunque los presentaron, que el señor presidente del festejo ya empezó a dar pistas al dejar pasar estos toros anovillados unos, chicos pero cebados otros o simplemente destartalados otros. Que a su criador, desde hace muchos, muchos años, le hablas de Casta y te suelta la de don Hilarión dudando entre la Casta y la Susana. Pero casta en sus pupilos, pues nada más lejos. Eso sí, les pones como bueyes en un belén viviente y los rechazan porque de tan parados, el personal creería que son de barro. Que si tenemos que hablar del tercio de varas, pues igual podíamos hablar, claro que sí, pero no sé si... Que los animalicos llegaban al peto, sin que nadie los hubiera puesto correctamente en suerte, por supuesto, para que un señor con un palo lo apoyara en una paletilla, más allá de mitad del lomo, pero sin apretar. Que hasta simulaban apretar, pero no sufran, que no. Que si la carioca, que si ahora te tapo la salidas, pero todo puro teatro. Eso sí, los de Núñez del Cuvillo, el que no se dormía en el peto se dedicaba a tirar derrotes desesperados y acababan yéndose sueltos, ¡anda ya! Le vas a poner el palo a quién yo te diga ¡Ya el tío del palito! Lo de banderillas, pues... si es que esto es perder el tiempo. Eso sí, la concurrencia ha hecho saludar y todo a un señor que ha puesto dos pares a toro pasado; así estaba el patio.

Alejandro Talavante abría la feria, ¡ay, no! Que han echado por delante a una joven promesa de la tauromaquia para que abriera plaza, feria, historia, contubernio, congreso mundial de la chabacanada. Todo con un mismo toro, o lo que fuera. En su primero nos ha tocado el Tala, que así le llaman los más fieles, pasivo, que hoy no tengo ganas de nada. Bueno, espera, pego unos trapazos y me voy a descansar. Pero llega su segundo, un animalejo que iba y venía como un perrillo jugando a coger la pelota. Eso sí, que Toby, perdón, que el animalito no se cansaba de juguetear detrás del trapito rojo. Y Talavante empalmando muletazos, sin acabar de rematar ninguno, siempre fuera y abusando hasta el hartazgo del pico de la muleta. Venga a dar vueltas y más vueltas y otras tantas más. Pero oiga, como gustan los empalmados al personal, es que les enloquecen. Y si esto lo rematamos con más trapazos tirando la espada y hasta desplantando tirando el trapo, no quiero ni contarles. Estocada efectiva y petición mayoritaria, que esto hay que reconocerlo. Una oreja y como si cumpliera un guión establecido, el usía, don Pedro Fernández Serrano, tiro del segundo blanco y el azul sin pensárselo dos veces... quizá si se lo hubiera pensado solo una vez, otro gallo cantaría. Un toro sin picar que cabeceó en el peto y se fue suelto tras un picotazo, premiado con una vuelta al ruedo. Muy bien, sí señor, que este va a ser el nivel, ¿no? Pues no nos espera nada, que igual a algunos se nos hace muy larga esta nueva feria histórica. Que histórica fue la peste negra y no veo a nadie de celebraciones.

El segundo acartelado era Juan Ortega, un dechado de arte, un torero que da mantazos y trapazos al aire como pocos. Que poses, que enjundia para no hacer nada, pero se pone tan, tan... Siempre tirando del pico, escondiendo la pierna de salida y hasta citando dando el culo, con perdón. Pero no voy a ponerme a decir que citaba ofreciendo la rabadilla, ¿no? O bueno, mejor, citando con la parte de su anatomía en la que la espalda pierde su honorable nombre. Enganchones celebrados y en un momento en que se puso a empalmar los muletazos, algunos ya atisbaban la gloria del arte de “atorear”, pero no hubo suerte, o sí, y la cosa quedó en lo que era, en la nada.

Y cerraba el cartel Tristán Barroso, el que inauguró la feria y la tarde y echó el cierre a este histórico evento de la diosa Chabacania, una diosa del Atlas que se dice que pastoreó los toros de Gerión. No cuela, ¿no? El toricantano mostró ganas, unas ganas infinitas, aunque por lo que parece, estas ganas no es que estén bien canalizadas del todo. Que quiere animar el cotarro con trapazos de rodillas, pasándoselo por detrás, por delante y pegando muchos, pero muchos trapazos, hasta llegar al aviso sin tomar la espada. Venga pico y más pico y me pongo lejos, lejos, para que no se me manche el traje, que es nuevo. Y se lo manchó, quizá porque le acertaron en un paintball con unas bolitas de colores. Que es ver a este torero y es ver a todos, como pasa siempre con todos sus colegas de profesión. Que pensaba que se premiaba la cantidad, pero resulta... o igual sí, porque Talavante... Bueno, no nos liemos. Un revolcón en su segundo y cuando la asistencia ya se veía con otro despojo paseado, la espada, la misma que tiró al suelo con un desparpajo que ofendía, no fue eficaz y la cosa quedó en nada. Y así acabamos, que no había acabado Barroso de refrescarse, cuando ya saltaban al ruedo los roba alamares de turno que tanto se esfuerzan en hacer añicos los trajes de luces en las salidas a cuestas. Que bonita costumbre. Que a los clásicos igual les desagrada, pero, ¿qué quieren que les diga? Es lo que están criando, una muchachada para la que esto no es un rito ni de lejos, sino un motivo de jarana, sea cual sea el origen. Y así pasa lo que pasa, que lo histórico empieza con un bochorno, vergüenza y Madrid pisoteada.


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lunes, 4 de mayo de 2026

Que no les engañen con cínicas alabanzas


La colocación en el ruedo no es un capricho, es algo imprescindible


Algo ya demasiado frecuente en esto de los toros y quizá en especial en la plaza de Madrid, son los autobuses de partidarios que se hacen presentes en la plaza. Entusiastas dispuestos a jalear lo que haga falta, aunque esto más que jaleable resulte ser algo vergonzoso y ridículo, tanto para los aplaudidores, como para los aplaudidos. Ellos llegan con una idea fija, que al chico del panadero o del de la gasolinera o el del Fran, que quiere ser torero, le den muchas orejas, le sacamos por la Puerta Grande y así él, sus padres y todos nosotros nos creamos la falsa ilusión de que ha triunfado a lo grande. Que como un coro de párvulos se les oyen los oles, que no los olés rotundos, pase lo que pase; y se aplaude hasta el que asome por la tronera. Que hay un enganchón o mil, se aplaude; que hay un desarme, se aplaude, no digo nada si hay revolcón, ese es un clásico; un bajonazo, el delirio; un pinchazo, más palmas. Palmas y más palmas, que parece el Domingo de Ramos, todos con las palmas. Y si cae el toro y solo es un sector muy fácilmente identificable el que airea los pañuelos, pues no pasa nada. Que si no los sacan los demás, casi toda la plaza, será porque o no tienen para sonarse la nariz o... o vaya usted a saber qué les pasa a esos “esaboríos”. Quizá es que esos “esaboríos” vieran con desazón como unos cazadores de despojos estaban dejándose ir una corrida para triunfar, porque todo lo que se hiciera con verdad tendría mérito.

Corrida con seis novillos de Couto de Fornilhos, con un volumen ajustado, nada grandones, pero que nadie ha protestado ni ha amagado con hacerlo. Que raro, ¿no? En Madrid, que solo quieren elefantes con cuernos grandes, muy grandes. Y, ¿cómo es eso? Pues muy fácil, primero porque esas afirmaciones tan habituales no son reales y segundo, porque la novillada ha salido seria, con el trapío del novillo de esta plaza, nada más que eso. Novillos a los que había que torear, no eran para el pasa por aquí, pasa por allí, que sí, que iban, pero que si no se les mandaba, no había manera, que no eran la boba de los martes. El primero empujó en el caballo y a nadie se le ocurrió ir a sacarlo para ponerlo una segunda vara, encelado en el segundo encuentro, le levantaron el palo y pasó lo que quizá no habría pasado, si no le quitan la puya, que derribó al caballo ¿Y el matador? Mario Arruza, que estaba entre muy lejos y la luna, allí, mirando, sin perder detalle, ni mover un músculo, inoperante, inhibido absolutamente de la lidia y sin preocuparle que su picador hubiera medido el suelo con los lomos. Que sí, que esto es lo habitual, pero no deja de ser una falta de afición que merecería no permitir que quién actúe así pueda volver a vestir de luces y una desvergüenza insultante. Ni por supuesto iba a remediar el caos en banderillas, él iba a no hacer nada con la muleta y lo hizo. Un toro al que había que torear y si no, pues lo que pasó, que no pudo con él, venga trapazos, sin saber por dónde se andaba, echándolo para fuera, trallazos y más trallazos y eso sí, alargando la vulgaridad hasta llegar al aviso sin haber entrado a matar. Su segundo, sin fijarlo, se fue a toriles . Mal puesto al caballo, donde el de Couto peleó metiendo los riñones, le taparon la salida y le dieron para ir pasando. Y el maestro, de nuevo, manteniendo las distancias allá a lo lejos. En el último tercio todo muy, muy vulgar, desconfiado, mantazos y carreras y el toro que empezó a dar muestras de estar aburrido de tanta inoperancia.

Cristian González mostró una desgana desesperante con el capote, que lo suyo, como todos, es lo del trapo rojo, pero... El pero es que es como todos, sin aguantar las embestidas del novillo, sin parar quieto un momento y aderezado con enganchones, pero no pasaba nada, el personal le jaleaba con verbenera algarabía. Mucho pico, trapazos de uno en uno, pretendiendo convertirlo en virtud y hasta había quién se lo creía. La muleta muy atravesada y por si fuera poco, bernadinas. Eso sí, como él lo vale, decidió darse una vuelta al ruedo, faltaría más. En el quinto el recibo fue bailado y bien bailado, que no se paraba el muchacho. Un desastre en el caballo, en banderillas, una lidia desastrosa. Prosiguió su tarde danzarina con la muleta, yéndose antes de que el toro acabara de pasar. Exagerando el abuso del pico y dejándosela tocar mucho. Tirones, trallazos y solo voces, muchas voces y siempre a merced del toro, para acabar con un bajonazo. Que a ver si hay alguien que le diga a esta muchachada aspirante a figura, que tras un bajonazo, lo de levantar el brazo y adornarse, bonito, lo que se dice bonito, no es.

El tercero era Juan Alberto Torrijos, sí al que venían a ver los que ocupaban toda una franja del bajo del cinco y parte del seis, sí, esos, los que aplaudían al picador que marraba en la paletilla, que tapaba la salida, que no atinaba y rectificaba hasta seguir sin acertar, esos mismos. Que en el recibo de capote hasta parecía que el muchacho tenía algo de garbo, pero solo hubo que esperar al galleo para poner el toro al caballo y ver que... ver que no llevaba al toro, que el toro le llevaba a él y remataba dónde el cielo le diera a entender, estuviera el penco aquí o en Pekín, esquina Johanesburgo. Y en banderillas se vio que los espadas de la tarde hicieron novillos, que paradoja, el día en que explicaban la colocación durante el segundo tercio. Que si a la salida del par no hay nadie, pues peor para el que parea. Luego, cuando alguien protesta, siguen sin saber colocarse, pero como pollos sin cabeza. El trasteo fue una sucesión de trapazos tirando del pico, carreras, trallazos enganchados, todo muy deprisa, muy vulgar y dando vueltas y más vueltas como un giraldillo en un huracán. Y fue caer el toro y allí que asomó el paisanaje, todos en línea bien colocaditos y como el muchacho es muy educado, fue a darse la vuelta por su cuenta, aunque ofendiera su desfachatez al resto de la plaza, pero si te vienen a acompañar desde lejos, ¿se les va a hacer el feo de no saludar? Con que ganas sacudían el pañuelo. Que cualquier día tenemos un disgusto al declararse una pandemia de hombros dislocados por pedir un despojo. El sexto podía ser un toro de muchas plazas del mundo, que se fue descaradamente a los terrenos de chiqueros. Manteo girándose para perderle terreno. Mal picado, mal lidiado y haciéndolo empeorar por momentos, gracias a la inoperancia de banderilleros y lidiadores, con mil pasadas dejando uno o ningún palo. Y el novillero allí esperando a ver si y cuando ya pudo, pues lo de siempre, venga trapazos y más trapazos desde muy fuera, pero si no llega a pinchar, igual los de los pañuelos se habrían dislocado hasta el peluquín. Eso sí, como no hubo despojo, ni a saludar le sacaron, quizá porque se hacía tarde y no querían quedarse en tierra, que los autobuses arrancan y no esperan a nadie. Que se creerán los de esta y tantas tardes que ese entusiasmo pidiendo despojos favorece a los muchachos, pero nada más lejos, que eso no ayuda, así que, que no les engañen con cínicas alabanzas.


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domingo, 3 de mayo de 2026

Toros modernos, toreo moderno, público moderno... ¡Demasiada modernidad!

Unos recordaban a aquel que tan buen uso hacía de la espada y otros los muchos fallos a espadas del resto


2 de mayo, ¡qué gran fecha! Fecha histórica, fecha recordada una y otra vez por aquel acontecimiento tantas veces rememorado, ¿se acuerdan? Seis toros, seis, para José Miguel Arroyo, Joselito, que conquistó Madrid y el mundo de los toros, quedando aquel día como una lección de lo que debe ser el toreo. Pues quizá, si quiere alegrarse la vista y el espíritu, mejor pónganse el vídeo de aquel día y así borran cualquier imagen de este 2 de mayo de 2026. Que anda que no estaba amable la plaza, amable y hasta cariñosa, y visto lo visto, hasta ñoña. Que parecía que nadie quería molestar a los ya veteranos Uceda Leal, El Cid y el menos veterano, Javier Cortés, que entre los tres sumaban casi siete décadas de matadores de toros. Y el ganado, pues El Pilar, al que tampoco le han echado muchas cuentas, que los importantes no eran ellos, que su obligación solo era el ser “colaboradores” para los triunfos de los de, ¿luces? De los que lucían unos vestidos que cada uno juzgue y califique como mejor considere.

Los toros de El Pilar, correctamente presentados, algunos acusando algo de flojera, en el caballo, aparte de no cuidarse la forma de realizarse el primer tercio, en el mejor de los casos casi cumplían, pero en líneas generales solo se dejaban sin más. Entre todos se ha convertido en un mero trámite, nada más. En el segundo tercio, aparte de los dos pares, mejor el segundo, de Pablo Gallego, ha habido momentos lamentables con los palos, convirtiendo el ruedo en un lamentable caos.

Los de ¿luces? Pues si preguntan a los más animosos, igual les hablan de maravillas, de... yo qué sé, pregúntenle a ellos. Pero la verdad es que lo desarrollado por la terna ha dejado bastante que desear, si de toreo hablamos, que si de lo que se trata es de posturear, ponerse erguido y andar con displicencia, lo han bordado. Pura apariencia, pura modernidad. Eso sí, el ganadero no podrá tener ni una queja de que no hayan dado aire a sus pupilos, que por momentos lo necesitaban.

Uceda Leal recibió sin demasiada convicción a su primero, que ya de salida estaba parado. En el último tercio parecía costarle poder a un moribundo, sin parar quieto y con cuidado con los trapazos, para que no se le fuera al suelo. Muletazos rematados por alto, siempre ausentes de mando. En su segundo, aparte de vocear demasiado, poquito más, más aire, ventajas en cada pase, muy fuera, muchos enganchones y poco más. Lo más negativo sucedió en banderillas en el segundo toro, cuando a la salida del para Rafa González se vio en extremo apurado, con un Uceda ajeno a lo que allí sucedía, por no estar en su sitio a quitar y por una actitud inaceptable en quién se viste de torero, por las nefastas consecuencias que podría haber tenido para un compañero.

El Cid, a quién al menos veremos despedirse una tercera vez de Madrid, venía con aires de maestro añejo, pero para aires, los que le daba él a sus toros con los engaños. Aplaudido en su recibo de capote a su primero, siempre rectificando con el paso atrás y una media para poner el de El Pilar al caballo. Alguno se estaba frotando las manos y mucho se tenía que torcer la cosa para que nadie quisiera aparcar ese entusiasmo triunfalista. Demasiado pico, muletazos acabados arriba, muletazos sin mando, solo dando aire al toro, la muleta lejos de estar planchada, más bien hecha un burruño, retrasada, para acabar con ese recurso tan popular como es el meterse entre los pitones. Quizá por esa ausencia de toreo, le costó cuadrar al de El Pilar, más pendiente de irse a tablas. Varios pinchazos, para acabar el toro echándose de puro manso, aunque tampoco hay que negarle el que fuera una y otra vez, pero... En el quinto se tomó demasiadas precauciones, mucho pico, mucha carrerita, brazo demasiado largo sacando la tela , enganchones y más enganchones y de nuevo lo de meterse entre los cuernos. Y al final, después de una media, fue un arreón provocado por un peón el que hizo que cayera el animal.

Volvía Javier Cortés, un torero que un día pareció que... otros muchos que no y en estas que le incluyen en este 2 de mayo. Como digno representante de la modernidad, ausente con el capote y prácticamente ausente durante la lidia. Nada en su primero, aparte de muchos trapazos, algún enganchón, demasiada sosería y escondiendo la pierna de salida. En su segundo, un animal que iba e iba y volvía a ir, pudo mostrar toda la dimensión del toreo modernos, el de esconder la pierna de salida, tirar con el pico y no rematar los muletazos, teniendo que recolocarse demasiado. Serie empalmada, que no ligada y la plaza entra en éxtasis. Y el de El Pilar que seguía acudiendo allá dónde le enseñaran un trapito. Que ya los había preparando el pañuelo, afinando la voz para berrear durante la petición, vaticinando más de un despojo, que aquello era para no creérselo; la verdad es que no se podía creer que con eso alguien pensara en... Y llegó el momento final, la espada, tremendo bajonazo, algo previsible viendo lo fuera que se perfilaba. Pero no pasaba nada, había atinado en lo negro, ¿no? Pinchazo y a continuación dos bajonazos más, aún más infames que el primero. Que los modernos pueden hacer la vista gorda con un bajonazo y casi con un pinchazo, pero con tres ya es tentar mucho a la benevolencia de los benevolentes. Y al final todo se reduce a toros modernos, toreo moderno, público moderno... ¡Demasiada modernidad!


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sábado, 2 de mayo de 2026

Ni que hubieran regalado las entradas

 

Lo peor de la tarde fue, sin duda, el grave percance de Raúl Ruiz a la salida del par en el sexto de la tarde


Era la primera de lo que llenaron en su día la feria de la Comunidad y ahora no sabemos cómo denominarla, quizá la que va antes del 2 de mayo, pero... ¿Y qué más da cómo se llame esto? La cuestión es que era un festejo, una novillada con novillos de seis ganaderías de la Comunidad de Madrid, Guerrero Carpintero, Caras Blancas de Carpio, Hermanos Sandoval, Toros de Ayuso, Ángel Luis Peña y el Retamar. Que buen experimento, que buenas intenciones, que sinsentido para evitarse en un futuro. Que para hacer patria no es necesario el ridículo en la plaza de Madrid. Que ya que el Centro de Asuntos Taurinos se desvela por promocionar la fiesta, que lo haga en otras plazas. Pero la fiesta ha proseguido con lo que vulgarmente se llama un entradón. Que no creo que esto sea así, pero vamos, que parecía como si hubieran regalado entradas por el mundo mundial. Y si vemos las reacciones del personal, hasta habría quien diría que en Navas del Rey han echado el resto; Navas del Rey, lugar de procedencia de Álvaro Serrano.

Novillada justa de presentación, unos con kilos de más, lo que hacía que la tablilla maquillara un poco la cosa, pero es que ya se sabe, la tablilla no es de fiar en eso del trapío y la presencia. Y el que destacaba un poco, comparándolo con los demás parecía un toro, pero tampoco nos volvamos locos. Oiga, que aunque que te regalen la entrada, tampoco hay que tragar con todo. Que no vamos a aplaudir mansos descastados que en el caballo no querían líos y salían huyendo, uno, el cuarto, hasta peleo, lo que animó al personal. Otros ni metiéndolo en el peto a la sillita la reina, que en lugar se ir el toro al caballo, iba el caballo al toro, borrando la primera raya, con lo que eso enfada al personal. Si es que les puedes mentar a la madre, al equipo de sus amores, al patrón o patrona de su pueblo, pero que ni les toquen las rayas de picar. De los de aúpa, uno quedó a un palmo de depilarle la penca del rabo, pero hay que quedarse con Carlos Pérez, que aguantó sujetándolo bien y en buen sitio al cuarto de la tarde en el primer encuentro. Pero a pesar de todo el ganado tenía su peligro, como sucedió en el último par del último toro cuando Raúl Ruiz no consiguió ganarle la cara al novillo y le pegó un cornalón que hizo estremecerse a toda la plaza. En un momento en que se les cayó al suelo en el callejón a los que le llevaban a la enfermería, dejó un enorme charco de sangre.

De los de a pie, pues depende a quién pregunten, si preguntan según a quién, igual les dice que fulano o mengano estuvieron colosales, sin importarles si habían matado de espeluznante metisaca en los blandos o si en mitad del fervor por enterrar todo el acero ni se enteraron de que la espada hacía guardia.

Daniel López está para poquitas fiestas, abúlico hasta la desesperación, sin recursos tan siquiera como para no echarse el novillo encima, ni para no quedarse colgado del pitón al usar la espada en su primero. En el cuarto no pareció enterarse de que el manso acudía a cierta distancia cuando le llamaban con los medios a la vista, que él estaba a lo suyo y no para ponerse a pensar en las condiciones del animal. Bajonazo y hasta la próxima. Álvaro Serrano parecía el más bullicioso, pero esto no quiere decir que toreara en algún momento. Un digno practicante del toreo moderno, pero nada de toreo de verdad. En su primero, que se iba a tablas una y otra vez, él quería soltar su repertorio, sin importarle los enganchones, ni a él, ni a los que tanto le jalearon hasta el ridículo, pero claro, imagínense si les hubieran regalado las entradas, que aún estarían más entregados... o quizá no. En el quinto no paraba quieto un momento y fiel al modernismo más populachero, acabó entre los cuernos, librándole del regalo de un despojo no el metisaca traicionero, sino los sucesivos pinchazos, media docenita, como seis soles. Y que los había que amenazaban con que a este señor le volveríamos a ver pronto. Eso es amenazar al personal, ¡oiga! Y acababa Joel Ramírez, con esa manía de ponerse de rodillas a nada que le soplara el viento. Con lo difícil que es de pie, como para ponerse a dar mantazos y trapazos de hinojos. Pero como esto provocaba cierto entusiasmo entre los presentes, pues venga para adelante. En su primero, un novillo que no quería perder de vista el refugio de las tablas, primero aprovechaba los viajes y después se limitó a ir detrás del burel a ver si cazaba algo.. Y tan ensimismado estaba con engatusar al respetable, que al tomar la muleta en el sexto, hubo que recordarle que tenía a uno de su cuadrilla en la enfermería con el muslo atravesado. Empezó de rodilla tirando trapazo tras trapazo, venga enganchones, venga carreras, arrimón vulgar y como broche de oro para olvidar, navajazo haciendo guardia. Que a los presentes les daba lo mismo. Que habría muchos que sería la primera vez en las Ventas, lo cual no es mala cosa; no lo es si la actitud es como la de una joven que se confesa neófita y en lugar de impartir cátedra, preguntaba y preguntaba porque quería saber. De estos, que me vengan muchos y muchas tardes, que de los otros ya andamos más que sobrados. Y quizá de estos era de los que la plaza estaba casi llena, llena de supuestos entusiastas, que no parecía real y es que, ni que hubieran regalado las entradas.


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