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| Creíamos que Madrid ya no podía caer más bajo. Pues sí y posiblemente no haya tocado fondo, posiblemente vengan momentos aún peores. |
Hubo una vez lo que se llamó la Plaza de Madrid, un lugar en el que se veneraba al toro, al toreo y a los toreros que lo hacían ante el toro. Una plaza que consentía al que quería hacerlo y que se ponía de uñas al que tomaba la bandera de la mentira, el engaño, y la teatralidad trampantojo de lo que a esto le hizo grande. Pero los años pasan, llegan unos señores que con la careta de la tradición y cuatro pamemas más, se encargan de especular de todas las formas posibles, subordinando absolutamente todo lo que tuviera que ver con la Plaza de Madrid, al dinero, al dinero rapidito y sin pensar no en el mañana, ni tan siquiera en lo que pueda pasar dentro de cinco minutos. Y si para eso tienen que desalojar a la afición de Madrid, la de toda la vida desde siglos ha y sustituirla por... por otra gente, pues adelante con ello. Que si luego la cosa se tuerce, ya se buscará a quién culpar, que si los políticos de no sé qué, que si aquellos que protestaban, que si la tía Curra la de los pavos, cualquiera, menos ellos y todos los que siguen vehementemente esta corriente, porque resulta que dicen que se divierten. Pero que estos no son los únicos, que los hay que han encontrado la coartada perfecta, los que se emocionan. Que no hay quién pueda discutir un sentimiento tan subjetivo como la emoción, que ahí puedes dejar de lado cualquier norma, cualquier fundamento, absolutamente todo, porque si ese alguien se emociona, ¡adiós la luz! Cada uno con ese criterio puede interpretar lo que le dé la gana. Incluso los habrá que en este caso concreto, después de ir días contados a la plaza, habrán pensado que han visto la mejor tarde del año, el mejor encierro de la temporada y casi la tarde de su vida. Pues tampoco nos vamos a poner a discutir por ello, faltaría más.
Pero quizá la corrida ha sido de faltas, las faltas que se reclaman otros días, las faltas que denuncian algunas voces desde el tendido. Cuando señores sesudos reclaman toros con cuajo, con culatas poderosas, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se grita lo de hay que picar, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se censura el abuso del pico, el dar aire a los toros, el vaciar en línea, el no lidiar, la falta de mando, el no conducir las embestidas aunque sea una vez tan solo, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se afean las estocadas defectuosas, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Cuando se dice que esto es Madrid, que si es la primera plaza del mundo, que si es y somos exigentes y no dejamos pasar ni una, ¿eso se aplica siempre o hay excepciones? Que ya no entramos en eso de llamar casta al simple picante, que por la incompetencia de los lidiadores haga que los toros mal, pésimamente lidiados puedan llegar a parecer alimañas, fieras corrupias, porque eso ya sabemos que según quién, cuándo y cómo, varía de polo a polo.
Los de Adolfo Martín, cornalones, que no diré que exageradamente, porque hasta ahí podíamos llegar, que ya nos pareciera la leña un defecto. De caja nada potente, ni poderosa, exiguos de culata, lo que muchos llaman escurridos, algunos flojos, manseando incluso, que en el caballo han estado y se han dejado sin más. Alguno ha peleado con cierta fijeza mientras les tapaban la salida. Pero muy justitos de fuerza debajo del peto. Al tercero Antonio Ferrera tuvo el buen detalle de cambiarle la lidia, poniendo el penco más a favor de querencia ¡Al fin! Y el quinto que iba de media distancia, iba, sí, pero andandito caminito de Jerez. Que luego en la muleta, hasta medio iban, incluso repitiendo, no presentando más complicaciones que las que los propios lidiadores provocaban. Y ya sabemos, esa emoción de la incapacidad, que hace que un trapazo parezca algo grandioso, como si a un pregonao se le arrancaran los muletazos a bocados, pero no, no vayamos a volvernos locos.
De los señores de luces, pues un Antonio Ferrera que encanta a los iconoclastas de la fiesta, a los que se maravillan viendo ese repertorio tan... tan... tan de Ferrera. Y Román, que parece que entiende como nadie la plaza de Madrid, pero esta tarde parecía más estar en la calle Turia que en la de Alcalá. Ferrera inoperante con el capote, a veces intentando cosas raras, que si unos faroles sin luz, que si un quite por... Eso sí, como es habitual, él quita en el sentido estricto del concepto quitar, va al caballo y saca al toro medio airosamente. Luego con la muleta, pues lo de siempre, histrionismo puro, retorcimientos, pico abusivo, trapazos en línea, siempre sin mando, sin torear, sin bajar la mano, muleta retrasada, demasiados enganchones y carreras, muchas carreras, que da uno, se jalea, sprinta, da otro, se jalea, sprinta y ya lo culmina tirando el palo, que quizá es lo más honrado, porque para el uso que le da, y venga a dar trapazos por uno y otro pitón, que me la cambio de mano, que pego un respingo; y el personal en pleno delirio a punto de pedir un desfibrilador para ellos solitos. Y lo de las estocadas, ¿es necesario? Aparte del número tan suyo, que si voy corriendo como el Coyote de los dibujos animados para cazar al correcaminos, al toro en este caso, y que el acero caiga allá dónde pille. Que si caída, pues caída, que si muy trasera, pues vale y en su tercero, una especie de recibir que se le va contraria y bastante caída, pero que resulta que eso ahora es virtud. Pues podían haber avisado antes. Le han dado dos despojos para entusiasmo de las huestes de la iconoclastia taurina y estupefacción de los que creían que esto era otra cosa y de otra manera.
Lo de Román es más o menos lo habitual, deficiente con el capote, por momentos en extremo pródigo, demasiados mantazos. Tampoco es un espada que se preocupe demasiado de las lidias, que lo suyo es el último tercio. Y aquí lo suyo es abusar del pico, pegar trapazos distante, muy distante, brazo largo y estirado, dejando un peligroso hueco entre engaño y bulto y... pues que eso tiene mucho peligro y así pasó, que el cuarto de la tarde le levantó muy feo. Pero esa incapacidad entusiasmaba al personal. Pero tampoco crean que se enmendaba, era más el ansia de atravesar la tela que el de taparse, meterlo en el engaño y pasárselo por la faja. Tirones en línea, sin importar que no supiera por dónde meterle mano al Adolfo. Sartenazo y orejita, que para algo se había llevado un revolcón. Y ya que estábamos animados, dos despojos Ferrera y quedaba el sexto. Esto no puede quedar así, otra sesión de la misma vulgaridad habitual, pico, enganchones, más tirones, que si un cuarto de muletazos, venga a escupirlo para fuera, mucho contorsionismo y despojito al canto. Que los habrá, porque seguro que los habrá, que saldrían encantados de la plaza. Que no se puede decir que salieran toreando, porque si imitaban a los de luces esto era un imposible y además poco recomendable, que luego si nos retorcemos nos machacan las dorsales, la espalda de toda la vida. Que dirán hasta que ha sido una de esas tardes que hacen afición. Que lástima de Plaza de Madrid. Que lástima que no cuente con entusiastas como los que llevan los de luces, capaces de aclamar la más excelsa vulgaridad y el más sublime destoreo. Que mientras unos se iban encantados por ver que al de la casquería le iban a faltar cuatro despojos, convencidos de haber vivido una tarde histórica, otros se habrán marchado rumiando otra cosa entre dientes, histórica caricatura, histórica indecencia e histórico insulto al toreo.
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html






