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| Nos pusieron la miel en los labios, pero poco dura la alegría en casa del aficionado a los toros. |
Siempre he sido de la opinión de que está feo marcharse de la plaza antes de que doble el último de la tarde y no creo que haya excepciones posibles, pero en el festejo de la Paloma en Madrid, si alguien después del primer toro hubiera decidido marcharse, no se lo habría reprochado. Que no porque el resto haya sido una mansada de impresión, una mansada made in Arauz de Robles, a la que los anunciados no han sabido tampoco darles el trato que les correspondía, sino porque ha salido un toro, del mismo hierro, una pintura. No era el más grande, ni el mejor armado, pero era el que uno pintaría sin pensárselo dos veces. Era el de la confirmación de Antonio Puerta, que casi once años después ha llegado a Madrid para decir quién quiere ser en esto del toro. Sale el mozo plantándose en la puerta de chiqueros, como mirando a ver qué se cocía por allí, hasta que le mostraron un capote a lo lejos. Se frenó en la primera embestida, para a continuación irse detrás de los engaños una y otra vez, queriéndolos coger, hasta su último aliento. El toricantano manejaba el capote con eficacia, que no es poco. Con el paso atrás, pero bueno, medio aseado. Lo puso dando distancia en los dos encuentros con el caballo, dónde cumplió, en la primera vara y en la segunda tiró varios derrotes. Buscaba a los banderilleros y había que hacerles el quite para que no hiciera hilo a la salida del par. Sin abrir la boca ni para relamerse, lo recibió Puerta con muletazos por abajo suaves y cadenciosos por ambos pitones. Aquí había toro. Quería coger las telas, aunque con esa nobleza que emociona, no la bobona que desespera. Y ya en pie, el espada empezó a pegar trapazos con la punta de la muleta, siempre para fuera, cambio a la zurda y venga a dejar que le tocara la tela. Despegadísimo para intentar conducir las inagotables embestidas del toro. Y la sensación era que se estaba dejando ir un toro de triunfo, pero triunfo de verdad, no solo era cuestión de cortar una o mil despojos, era la forma en que aquel animal merecía que se las cortaran. Y sí, se le fue, que hubo pañuelos con acento de su tierra, pero que ni tan siquiera valieron para haber una simple vuelta al ruedo. Si en ese momento alguien se hubiera marchado a la verbena, ya les digo que el chocolate o el bocadillo de calamares le habría sabido a gloria bendita, porque los paladares estaban a punto para unas gotitas de verbena de la paloma al ritmo de don Hilarión dudando si la Casta o la Susana, hijas del pueblo de Madrid.
Pero no, nadie se marchó, es más, después de lo visto, hasta pensaban algunos ingenuos que lo de Arauz de Robles iba a ser el renacer de un hierro que... Pues eso. Volvía, una vez más, Javier Cortés, que sí, que hizo el paseíllo y por allí anduvo repartiendo y recogiendo trastos. Al torazo grandullón le recibió bailando, no el chotis, más bien la yenka, a izquierda, derecha delante, atrás, un dos tres. Desconfiado, incapaz, alimentando el caos con su inseguridad. El manso ni quería caballo, ni quería banderillas, que picaban, ni nada de nada, pero si algo no necesitaba eran trallazos, enganchones y a su espada sin parar quieto, para acabar encimista y sin criterio. El que hizo cuarto de primeras decía que a él le dejaran en paz de capotes y capotas. Ni caballo, ni nada y el picador que no se atrevía a pisar la raya, que ya se sabe, que eso no se consiente, aunque al final, después de evitar que llegara al de puerta y de carreras por el ruedo, no hubo otra que el que el caballo fuera al toro, porque el toro no iba al caballo. Se lo sacó a los medios, pero el manso solo tiraba arreones, bronco, violento y Cortés un tanto desganado, mientras se empeñaba en dar pases, como fuera. Así, hasta que al final el animal se refugió en tablas.
Resultaba raro ver a José Garrido por Madrid en estas fechas y menos con una corrida de estas, pero así están las cosas. Que recibió hasta con gusto a su primero a la verónica, aunque echara el pasito atrás en la mitad de los lances. Mal y poco picado otro torazo, lo recogió el pacense por abajo con la muleta, pegando trallazos por uno y otro pitón, demasiado acelerado. Continuó con la diestra y venga enganchones, prisas, más enganchones y carreras, sin poder dominar el genio del de Arauz, que con un pinchazo nada más dijo que hasta aquí y se acostó él solito. En su segundo, el quinto, capotazos recortados al que echaba las manos por delante en cada viaje, para después ponerse a correr sin rumbo. Y allí que montaron una animada capea los de luces, sin conseguir fijar al animal. Reacio al caballo, solo pareció querer pelear, después de irse, cuando ya no notaba el palo, ¡qué vivo el tío! Esperaba peligrosamente en banderillas, pero al recibir los ayudados de Garrido en el inicio de faena, se iba escapando sin disimulo. Lo siguiente fue entrar, bueno, entrar, iba como un burro a la muleta. Si bien es cierto que el espada consiguió que dejara de deambular, todo se reducía a trapazos enganchados, embarullándose, hasta vulgarote y empeñado en dar pases y más pases. Cerró con más de media muy caída.
Y cerraba el que abría plaza, Antonio Puerta, con torazo enorme que ya de salida se le quedaba y se le revolvía. Dos cuchilladas traserísimas, que igual por eso el de Arauz no quería ir al peto; que encima había un señor que le quería ensartar los riñones. Y si en en su primero pareció que, aquí ya despejó dudas, venga trapazos, venga a dar aire y dando la sensación de que los ánimos que se suponen al que viene a confirmar a Madrid, se los había dejado en casa. Una desgana, un a ver si acabo y me voy de verbena, que hasta podían ofender a los que se habían quedado a pie de piedra toda la noche. Y claro, que todavía habrá a quién le parezca mal, de malísimo afisionao, el que pensara en un momento eso de: y después del primero... Vámonos de verbena
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html






