lunes, 25 de mayo de 2026

Aquelarre de la vulgaridad

Se decía en un tiempo que el pase del celeste imperio debía su nombre a que al públicos entusiastas al verlo se les engañaba como a chinos


Esto parece que no hay quién lo pare; quizá porque pretender pararlo sea equiparable a pretender parar un mercancías cuesta abajo, simplemente extendiendo los brazos, cerrar los ojos y volver la cara. Ganado infame, toreros cuyo único objetivo es acumular despojos a base de dar un espectáculo lamentablemente vulgar, adocenado y vacío, un palco que los ampara y un público vocinglero y para los que la cosa va de divertirse. Diversión que solo consiste en jalear lo que sea, ya pueden estar colándoles el timo de la estampita, que la diversión para residir en el jalear todo, para coronar esta orgía de berridos con un despojo. Y si no se entra en ese juego, es que no sabes divertirte y además caes en el pecado mortal de criticar eso que nos quieren hacer tragar sin tan siquiera un vasito de agua que nos ayude a pasarlo. Que resulta que no les gusta la plaza de Madrid, porque protesta sus juergas, pero luego bien que rebosan el babeo cuando uno de los que visten de luces hurtan un despojo casi a traición. Que me dirán que la cosa tampoco era para rasgarse las vestiduras, pero si tenemos una corrida mansa, floja y descastada, unos toreros empeñados en alargar el tedio, bien fuera por creer que a los mil trapazos daban un despojo o por no quedar mal delante de no sé quién, o sí lo sé, haciendo como que hacían, sin importarles tirar de repertorio de talanqueras y además un presidente que ya acredita un currículum lo suficientemente extenso como para no volver a estar en el palco de Madrid ni de paso, don José Antonio Rodríguez San Román, pues solo falta la guinda de un público que solo miran por el despojo y si además es para el paisano, para qué más.

Lo de Alcurrucén, pues eso, para pegar pases, que es lo moderno, sin someterles, ni amagar con hacerlo. Mansos en el caballo y en lo que no era el caballo. Que lo mismo entraban a los capotes con las manos por delante, que se emplazaban en terrenos cercanos a toriles, que salían de najas al notar el palo o se retorcían desesperadamente al notar las banderillas. Luego más o menos acudían a las muletas que en ningún caso les sometían. Que a algunos esto les sabrá a poco, pero, ¡ojito! Que a otros esto ya les da para pedir el indulto a voz en grito y tienen tema para llenar las redes sociales mostrando incredulidad, atacando a la plaza de Madrid porque en esta no se saca el pañuelo que los devolvería a la finca ¿Quieren indultos? Pues que los pidan en su plaza y punto y que nos dejen tranquilos a los que llaman amargados de Madrid. Que por ahí hay indultos, música durante la lidia, despojos a tutiplén y merienda para todos.

Los de luces eran Fortes, David de Miranda y Víctor Hernández. El primero toreó al que abría plaza con lo que muchos llamarían lentitud. Y es así, pero esa lentitud no dice nada cuando procede de la exigua energía de un moribundo al que le costaba un mundo dar un pasito. Y para que no faltara de nada, salpicado el moribundicidio con enganchones y más enganchones, sin dejar de exhibir el pico de la muleta. Pierna retrasada, como en el cuarto, muy perfilero y citando siempre desde fuera, muy fuera. Ventanazos y más ventanazos, echándose al toro fuera, que ya iba por allí como la borrica del Domingo de Ramos.

No tengo que negar mis simpatías por David de Miranda, sería cínico, pero la verdad, se nota de quién es la mano que ahora mece la cuna. Que su apoderado anda por ahí diciendo que lo del pico es más peligroso y que los de Madrid pitan a los toreros a los que tiene manía. Que hasta pareció indicación del señor apoderado ese duelo de quites entre el onubense y Víctor Hernández. Qué bonita y necesaria es la competencia, pero competencia ofreciendo algo de sustancia, no un duelo de ver quién levantaba más aire. Cuatro quites y ni una santa verónica llevando al toro. Que si chicuelinas apartándose, que si gaoneras a la velocidad del rayo y enganchadas, que si quite sin gracia ¡Apasionante! Para evitárselo. Con la muleta de Miranda empezó con estatuarios, eso que el crítico denomino pases del celeste imperio e investiguen el porqué del nombrecito. Y menos mal que vino uno del desprecio, que eso pone a todo el personal a mil. Luego lo ya sabido del pico, que incluso en una de estas el toro se fue al hueco entre el bulto y el engaño. Muletazos tropezados, para culminar metido entre los cuernos, enganchados de uno en uno y sacando en exceso el brazo, para terminar alborotado y con un bajonazo. Pero allí estaba el señor presidente presto a sacar el pañuelo blanco. En su segundo más de lo mismo y de nuevo para acabar en el arrimón, siempre muy, muy fuera en los cites y con un repertorio quizá más de masas y de otros lugares, que de la plaza de Madrid, aunque esto último puede que sea mucho suponer, porque en esta plaza ya de talanqueras se aplaude cada cosa.

Víctor Hernández hacía su aparición en la feria y a pesar de la expectación de muchos, no dijo más que todos los demás coletudos que le han precedido. El mismo repertorio de todos, que ellos van a soltar su bonotrapazo, sin preocuparles las formas, los terrenos, los trazos, ni por supuesto los remates. Ventanazos hasta violentos, a medio muletazo, dejándosela tropezar demasiado, pico, carreras y no haciendo otra cosa que hacer que el tiempo pasara. En su segundo parecía dispuesto a no exagerar todos estos defectos, pero la cosa duro una tandita, en línea, pero al menos... Para acabar encimista, pegando tirones y muy fuera al citar y unos trallazos citando de frente incluso después de escuchar el primer aviso. Que juntamos este ganado, estos coletudos, este palco y este público despojador de despojos por vicio y nos queda un bonito aquelarre de la vulgaridad.


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sábado, 23 de mayo de 2026

Y me hablaban de la importancia del primer tercio

Me pregunto si realmente cuando muchos dicen que el primer tercio es fundamental, si de verdad se lo creen o si basta un toro que acuda a la muleta para que se entreguen sin reservas.


Quizá alguna vez, solo alguna, ustedes habrán escuchado eso de la importancia del primer tercio para valorar un toro, que si no da el do de pecho en el caballo ya pierde toda opción a los máximos honores. Que lo mismo hasta a usted mismo se le ha escapado en algún momento, incluso sin querer. Yo recuerdo a varios de los que se autocalifican como exigentes, ¡ay, pobres! Afirmarlo con esa rotundidad de quién se inviste con galones de general de la tauromaquia. Que oiga, uno hasta se lo cree, pero es llegar una tarde zurrándote el sol en la azotea y parece que se te reblandece la materia gris. Que malo es el sol en esta época del año. Que así pasa, que les sale un toro que pastó en la sierra de Madrid que en los primeros encuentros con los capotes salía de los lances como un burro despistado mirando al tendido, quizá buscando a algún conocido que le hubiera visitado por la finca. Luego llegamos a ese punto culminante, el caballo, que independientemente de que le taparan la salida, usó el peto para dormirse a su calor sin tan siquiera amagar pelea. Bueno, estaría despistado, probemos por una segunda vez, que como parece costarle arrancarse, pongámoslo de cerquita, en la mismita raya. Y allá que va para colarse debajo de la cabalgadura. Anda, sacalo, que al final vamos a tener un disgusto, aunque no se le haya picado, pero sácalo de ahí. Eso sí, luego iba y venía a la muleta las veces que se lo mandaran. Un toro de esos que llaman para el torero, ¡Ay la frasecita! El animal era el perfecto colaborador para propiciar el delirio de las masas con el torero que le tocó en suerte, Sebastián Castella. Que sería que como muchos ya le veían en la cumbre del mundo y al final no pudo ser, pues nada, le damos la vuelta al ruedo al toro. Pedida por algunos, unos autodenominados exigentes de nuevo cuño, otros no tanto. Que tenían ganas de estrenar el pañuelo azul. Tiempo le faltó a don José Luis González para sacar también el suyo. Y vuelta al ruedo al toro que en el caballo. Pero... ¿No era que si no se cumple al menos en el caballo no...? Que sí, que nos cuelan muchas, pero es que ni protestas, ni descontento. Eso sí, ya saben, que igual no se lo han dicho nunca, pero el primer tercio es fundamental y además, ¡hay que picar!

Pero claro lo del “¡hay que picar!” con lo de Victoriano del Río, pues no casa. Esto no cuadra con la “tauromaquia moderna”, con estos usos actuales en los que lo que vale es la muleta; y que no me cuenten rollos, muleta, muleta y muleta. Y esto, la verdad es que este ganadero lo borda, le sale que ya quisieran muchos. Otra cosa es si nos debemos conformar o simplemente lamentarnos de que nos pongan solo la mitad de la película, como si tuviéramos la obligación de asumir lo que nos negamos a asumir. Pero, ¡ojo! Que lo den gato por liebre. El gato podrían ser los tres primeros, que en nada parecían criados en la sierra, que no daban el tipo de la casa; flojones, aunque aún así, como el segundo, pues hasta iba y venía. El primero pendiente de las tablas y el tercero, pues esperando a que alguien le sujetara, visitando a todos los tendidos de la plaza. Fue a partir del cuarto cuando ya se les reconocía como parte de la familia del Río. El cuarto ya ha quedado retratado al inicio. Al quinto no se le picó demasiado, aunque se marcara el puyazo en buen sitio. Luego bastante tenía con no hincar la cornamenta en la arena entre trallazos por abajo de su matador. Y el sexto, este era de la familia, pero que al amigo le dio por arrancarse con alegría al caballo, muy mal picado, pero que quería pelea, hasta encelarse con el caballo. Luego tuvo la mala suerte en el sorteo, haciendo que le correspondiera Tomás Rufo, que ni de lejos se le pasó por la cabeza mostrar a ese toro a ver si tenía algo más de lo expuesto en el tercio de varas.

De los espadas, pues poco nuevo, incluido ese escándalo trapacero que arrebata a las masas de Sebastián Castella. En su primero nada de nada, anodino. E incluso en el del éxtasis fue incapaz con el capote. Eso sí, fue irse a los medios y decidió innovar iniciando muletazos por la espalda, por delante, para proseguir atravesando la muleta con la zurda ¡Pa qué más! Con la diestra pico exagerado y pierna de salida escondiéndola a veces hasta con exageración. La misma tónica con la izquierda, siempre con la uve y alguno algo más largo, lo que ya enloquecía al más frío del mundo. Sin rematar jamás detrás, cortando el muletazo y el de Victoriano que seguía en su papel colaborador. Que ya estaban unos preparando el pañuelo para sacudirlo a los cuatro vientos, otros tomando proteínas para coger fuerzas para pasearlo a cuestas hasta la calle de Alcalá, pero nadie contaba con el fallo con la espada primero y con el descabello después. Hasta tiró este de malas formas, que debe ser algo también de la “tauromaquia moderna” Y uno, como ya va para tarra, ni lo entiende, ni lo admite. Y venga golpes de verduguillo y no golpes, porque el atornillar no es golpe, ¿no? Y será por el disgusto, que en los siguientes toros, en lugar de ocupar el sitio que le correspondía durante la lidia, pues se limitó a andar por allí.

Emilio de Justo, al que alguien hace tiempo calificó como figura, pues si reparamos en el capote, verónicas echando la pierna atrás o chicuelinas siempre apartándose. Y ponga esto en el toro que quieran. Y con la muleta, pues más trampas, un no parar, abuso del pico, tirones, enganchones, trapazos echando al toro para fuera, siempre citando allá a lo lejos, quitándole el engaño a medio trapazo y siempre forzado.

Tomás Rufo debe sentirse un incomprendido, pero que esté tranquilo porque hay muchos que tampoco comprenden a qué su presencia en esta feria. La de él y la de tantos otros. Un torero que sabe guardar las distancias, lejos durante la lidia de sus toros, aunque eso sí, dando órdenes, no parando de hablar, que seguro que alguno de los suyos pensará; ven tú. Pero tranquilo, que eso no parece que vaya a pasar. Y ya con la pañosa, pues él viene a soltar su repertorio sin importarle lo que tenga delante. Que se le marcha porque a estas alturas nadie ha fijado al animal, pues él detrás a ver si caza algún trapazo. Y si su toro parece haber dicho algo en el caballo, da igual, venga a pegar trapazos con la muleta exageradamente torcida y él guardando las distancias, que ya se sabe que... Que en el sexto de principio le iba como un tren, pero eso a él le importaba bien poquito, él a lo suyo. Cerca del cinco, que dicen que es su terreno talismán, más pico, algún empalmado, huy que me la ha quitado, pero tengo más. Cuartos de muletazo, ahora me pongo encimista y nada, que a esta gente no le gusta nada, que soy un incomprendido. Pero para muchos lo que todavía les daba vueltas en la cabeza es esa vuelta al ruedo a un toro que en fin...Y me hablaban de la importancia del primer tercio.


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viernes, 22 de mayo de 2026

La mentira resulta indefendible

Que quería Aguado animar a la parroquia con molinetes y molinillos, pero lo que nos tenía guardado superaba todas las expectativas.


Si usted coge una libreta y se pasa por los alrededores de la plaza antes del festejo y elige a la gente guapa para preguntarles su opinión por el cartel del Puerto y la Ventana con Manzanares, Ortega y Aguado, no es difícil vaticinar que las respuestas giren en torno a la gran maravilla que se les presenta para una tarde de toros. Ganadería de postín, que vienen, repiten y vuelven y vuelven a repetir y así hasta el infinito, pase lo que pase. Y los diestros, tres figurones, tres figuras más que consolidadas, uno que compone como Stravinski, otro que tiene dentro más arte que el Prado y el tercero que es esa elegante naturalidad del artista tocado por los dioses. Ahora vayan y con la misma libretita apunten lo que les diga un habitual de la plaza de Madrid. Les dirá que lo del Puerto y la Ventana están podridos y que no entienden su presencia año tras año. Que Manzanares quizá no fue santo de su devoción, pero mucho menos en la actualidad, en que no puede ni con un eral de cartón piedra. Ortega quizá le parezca que tiene mucho arte... pero sin toro. El arte de un capotazo hoy, otro para dentro de dos meses y la faena completa que se prevé en las calendas grecas. Y Aguado, pues eso, la mentira más natural, sin aditivos, ni colorantes, pero mentira y con el inválido, que es lo que él mismo ha declarado que precisa, porque así es su arte.

El detenerme en el detalle me parecería un insulto y apropiarme de un tiempo que quizá podrían emplear en algo mejor que en el festejo de la tarde en Madrid. Lo del Puerto y La Ventana, de la misma casa, pero de diferente sangre, ya ni tan siquiera recordaban en presentación a lo que siempre fue. Eso sí unos mojicones, algunos pasados de kilos, buenos solo para hacer un balde de albóndigas. Inválidos, descastados, mansos y todo lo que se les pueda ocurrir para poner de ajo perejil a una ganadería. Lo de picarles... Perdón, que no es por molestar, que dirán que hablar del primer tercio con esto; pero les doy mi palabra que no es por molestar. Que han devuelto a dos, segundo y cuarto, porque lo siguiente era sacar a la Cruz Roja. Uno de José Vázquez, que no se ha devuelto quizá porque el pañuelo verde lo habían echado a lavar. Y no ha sido el único que debería haberse devuelto. El del Freixo, un cornalón desproporcionado, habría valido para la muleta, pero sin nadie delante que solo se dedica a componer.

Los espadas, pues José María Manzanares, ya que compone tan bien, que empiece por la Patética, un Réquiem o el adiós muchachos compañeros de mi alma y que se dedique a otras cosas y deje de aparecer por aquí un par de veces al año, cobrar y hasta la vista. Que no me dirán que esto no es brevedad, porque lo del pico, los enganchones y demás ya nos lo sabemos, ¿no? Juan Ortega, pues, si es que está todo dicho. Que él, como sus compañeros de terna pasan como fantasmas. Que igual mañana les sale la borrega del de los botijos y da mil trapazos, le escucha un presidente benévolo y con un asesor del sistema van y le sacan a cuestas. Que no sería la primera vez, pero al menos aquí, intentemos hablar de toros y no de verbenas multitudinarias. Y Pablo Aguado, él tan derechito, sin bajar la mano ni para atarse los cordones de los zapatos, se ha puesto a desplegar su naturalidad vacía y tanto ha estado desplegando, que se ha liado. Una menos de media y a descabellar, ¡se va a complicar él! Pues se ha complicado. Que se ha dado la vuelta al ruedo detrás del toro a ver si doblaba. A ver el verduguillo, uno, no, dos, no, tres... Dame el bueno, el de los domingos, que este no tiene punta. Maestro, es que hoy es jueves. Me da igual, el descabello de los domingos. Hasta 21 golpes de cruceta y nada; que decían que igual tenía un callo en el cerviguillo. Que con 21 golpes lo habría echo mouse de toro. Y un aviso, dos avisos y tatachín, el tercer aviso. Que no se crean que le han regañado, ni mucho menos ¡Ay, Madrid, sombra de lo que eras Que para el abuso del pico y los enganchones, muy natural él, no hay extenderse. Que la ovación más cálida se la ha llevado el puntillero, que desde el burladero ha atinado a la primera... quizá circunvalando el callo, ¿no?

Tarde de figurones y menos mal que el anti del otro día no estaba, que parece que afortunadamente no saben elegir, pero habría sacado material para que nos avergonzáramos con estos bochornos. Que aún los había a la salida que se lamentaban y le echaban todas las culpas solo al ganado. Que culpa tienen, evidentemente, pero, ¿no se preguntan quién elige y exige estos hierros? Que ya es mala pata que esto pase siempre con los figurones. Que no relacionan a unos con otros en los montajes de estos escándalos. Que todo va hilado y muy bien hilado. Que luego me empezarán que si esto es un arte; a las pruebas me remito. Que si esto es nuestra tradición, que no, este espectáculo, de ninguna manera, aunque lleva años siendo tradicional. Tantas y tantas frases hechas, frases vacías que quizá ni los que las repiten serían capaces de explicarlas. Lo mismo que si en mitad de esto alguien me sale con que fulanito dio un natural, una media un... ¡Qué noooo! Que eso no es el toreo, que poner posturas con el carretón no es toreo, ni arte, ni nada. Que por mucho que estos se esmeren en ello, la mentira resulta indefendible.


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jueves, 21 de mayo de 2026

Un poquito de sal y pimienta y ya se les atraviesa la merienda

Algunos de Saltillo parecían otra cosa por la estampa y todos no lo parecían tanto por su noble comportamiento.


Que nos acostumbramos al tofu vuelta y vuelta, a las algas al vapor sin sal por lo de la tensión y si nos ponen un chuletón mínimamente sazonado, pues que no, que nos liamos a darle vueltas y más vueltas y ni con mucho pan o muchas patatas lo pasamos. Un chuletón tiernecito, sin nervios, sin hueso, solo con una pizca de sal y pimienta y nada, que no nos entra. Y el cocinero que no da crédito, pero tampoco tiene otra cosa, así que al final, algo que podría ser una delicia se convierte en un mal trago y nunca mejor dicho.

Llegaba la de Saltillo, con un remiendo de Couto de Fornilhos, que hizo quinto. Que muchos esperaban un derroche de casta, complicaciones por doquier, ganado tirando bocados, pero la realidad ha sido muy diferente, una corrida tirando a mansa, pero en líneas generales derrochando nobleza en la muleta, pero si llegar a la bobonería tan al uso en la inmensa mayoría de los hierros. El personal además esperaba estampas de otros tiempos y más al ver salir al primero, el toro que un aficionado se imagina al mentar esta vacada; pero a partir de ahí la cosa fue para abajo, aunque ya digo, todos con un pelín de picante, pero sin excesos, que no hacía falta tirar de sales de frutas en el arrastre de cada Saltillo. Es más, algunos incluso habrían pedido al maitre un poquito guindilla o tabasco para darle más gracia a la cosa. Y delante se ponían tres estómagos acostumbrados a la sopa de sobre o a los taquitos de caldo concentrado. José Carlos Venegas, Juan Leal y Juan de Castilla. Que a ver quién les explica a estos que cuando sale un toro con algo dentro lo primero es fijarlo, evitarle capotazos y ponerlo y sacarlo del caballo, para después darle lo que pide, que en este caso era toreo, mando y no trapazos y más trapazos, que por otro lado los animales se tragaban sin apenas decir “hasta aquí hemos llegado”.

El primero, el Saltillo de los libros antiguos, recibió un manteo insulso de Venegas. En el caballo, cuando atinó el del palo, peleó y empujó, hasta que decidió pararse. En la segunda vara cabeceaba y al final se repuchó. Y allá que fue el espada a por él, aquerenciado en tablas y ya en el tercio, pues muchos trapazos distante y con el pico, encimista, sin parar quieto y enganchón tras enganchón, mientras el animal iba allá adónde le ponían el trapito; por alto, pues por alto, por abajo, pues por abajo. Y estas embestidas más que aprovechables, las tiraba el espada por la ventana. Su segundo, que sí que llevaba el hierro de la casa, pero nada más, aparte de ser manteando, le arrancó el capote, paseándolo como prenda triunfal por el ruedo. Le pusieron de lejos, pero el animal tardeaba. Peleaba tirando derrotes y en el segundo puyazo, después de meterlo debajo del peto, apenas se le picó. Se defendía en la muleta y Venegas que no sabía por dónde tirar, que no se hacía con él. Se le venía echando la cara arriba, siempre tocándole el engaño y poco a poco haciéndose el amo de la situación. Un toro que no era para liarse a pegar trapazos, que clamaba a gritos por una mano con mando, pero esa no era la del que le tocó en suerte.

Quizá si hiciéramos una encuesta preguntando por nombres de toreros para enfrentarse a la de Saltillo, lo mismo nadie votaría por Juan Leal, pero como aquí deciden otros, pues hubo de aguantar al espada que a todas luces da muestras de andar muy, muy despistado. Que él viene a hablar de su libro y resulta que esto es un festival de la canción. El primero se frenaba echando las manos por delante en los mantazos de recibo, defendiéndose y buscando la salida por dónde había entrado. Muy suelto sin un capote que echarse a la cara, buscaba al que guardaba la puerta, pero no llegó, afortunadamente, a él. Cara alta y derrotes al notar el palo en sus encuentros con el picador. Siempre suelto, a su aire, ya en la faena de muleta, en los medios, Leal le recibió con mantazos por delante, por detrás, para continuar despegadísimo y dejando ver el pico de la muleta desde la acera de enfrente de la calle de Alcalá. Trampa exageradísima, que se le iba, pues por la espalda, que se le protestaba, pues más trapazos y a ver si cazaba alguno suelto deambulando por el ruedo, pillara dónde pillara. A él le tocó el remiendo grandullón de Couto de Fornilhos, que seguro que iba a ser más dócil y facilón y apto para desplegar todo su repertorio de talanquera de tercera ¿Seguro? Pues para que te fíes. Le salió corretón y en lugar de hacerse con él, el galo se limitaba a dar mantazos corriendo para atrás y acortando el viaje en esas primeras embestidas. Que siguió corretón y el llevarlo al caballo era un vía crucis, no se sabía cómo domeñar a aquel ejemplar. Primero al hilo de las tablas, picotazo y a correr pegando un respingo, así hasta tres veces. Que algunos aún pedían que se le pusiera de lejos. Llegó al de la puerta y ahí, tapándole la salida se le pudo picar. Y vuelta al de tanda, para que al menos le dieran un picotazo haciendo la carioca. Con un pitón izquierdo que no regalaba precisamente caramelos. Y ahí que fue él con la muleta a... a algo, pero no me pregunten a qué. Un desarme, aire con la zurda, uno y a ver si me coloco bien, pico y venga enganchones, incapaz, pero consiguiendo con nota ponerse muy pesado, como si no quisiera que nadie se marchara a su casa sin saber lo vulgar que puede llegar a ser este torero que, con toda seguridad, volveremos a ver ¿Nos apostamos un duro?

El tercero, para Juan de Castilla, ya salió olisqueando la arena, para después ser recibido entre bailes, echando la pierna atrás en cada capotazo. Buena cuchillada en la paletilla, tapándole la salida y en cuantito que vio el campo libre, adiós. Más derrotes en la segunda vara cerrado en tablas. Inició el trasteo de rodillas, dando vueltas con el pico de la muleta, hasta que se vio apurado. Nada diferente de pie, venga trapazos, a la zurda y sin parar un momento según pasaba el toro. Venga carreras entre pase y pase, con el toro acudiendo al engaño, quizá esperando que alguien le mandara por dónde ir, pero no, la cosa iba de trapaceo insulso. Al sexto de nuevo le recibió bailando y cortando el viaje del toro, dándose la vuelta para perder terreno hacia los medios. Derrotes con la cara alta en el peto haciéndole la carioca. Bien agarrado en el segundo encuentro con el palo, para no dejar de tirar viajes a la guata. En la faena de muleta, desde el primer momento el toro se le vino arriba, marcando el paso al espada, que ni lograba llevarlo, ni parar de correr entre trapazo y trapazo. El toro pedía mando, toreo, pero de Castilla estaba a otras cosas, no oía al Saltillo. Mano alta y mucho pico, con descaro. A los tres les vino grande la corrida, no supieron darle lo que precisaba y cosa curiosa y criticable, es esa costumbre de tirar la muleta al suelo en la suerte suprema. Que feo y poco profesional eso de despreciar así los trastos. Qu8e algunos esperaban otra cosa de Saltillo, algo que se asemejara más a lo de tiempo atrás y no a lo que tenemos cada día en los ruedos. Que no se comían a nadie, que no eran bobonas, de ningún modo, pero es que al final, un poquito de sal y pimienta y ya se les atraviesa la merienda.


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miércoles, 20 de mayo de 2026

Qué mala suerte tienen los novilleros

Les hacen creer lo que no son, les convierten en unos engreídos. Pena dan estos novilleros que no parecen tener a nadie que les cuente el toreo y no solo como cortar despojos sin valor.


A veces la mala suerte se presenta disfrazada con la mejor de las apariencias, con las galas más brillantes y lujosas, sin dejar asomar los harapos y la miseria que es en realidad. Esa mala suerte que nos besa en el momento que más lo deseamos, pero sin que sepamos que es un beso traicionero y que en el futuro, a corto o medio plazo se nos revelará como una gran mentira. Que habrá quién diga eso de “que nos quiten lo bailao”, pero lo malo puede ser que lo que venga detrás sea de todo, menos agradable. Y a veces, últimamente demasiado a menudo, en la plaza de Madrid alguien prepara un montaje con todo detalle para simplemente engrosar esas estadísticas propagandísticas que solo engañan a los que lo organizan y a los que para una vez que van, se dejan engañar; que estos podrán decir que han encumbrado al paisano, al chaval que les ha caído bien o cualquiera del que luego no se acordarán ni si se llamaba Juan o Manuel. Que se empieza por un encierro impresentable de Fuente Ymbro, con algunos novillos para una sin caballos y otros demasiado novillos para Madrid. Que ha salido uno después de los tres casi erales del principio y, no siendo nada, parecía el padre de todos los novillos del mundo. Todos luciendo magna mansedumbre y en la muleta, pues los desorejados se han movido, el sexto la verdad es que no se cansaba de embestir, pero ha sido la excepción. En el palco un presidente, el señor González Carvajal, asesorado por el veterinario Recas Vara que le habrá aconsejado bien diciendo que era una novillada propia de Madrid. Primer traspiés. Y como asesor artístico, el señor Yestera Fernández- Pacheco, que curiosamente ha morado en el palco en los últimos escándalos vergonzantes en esta plaza. Pero que nadie piense que pretendo descargar de responsabilidad al usía, ni mucho menos, porque se supone, igual es mucho suponer, que algo de idea de todo esto tendrá. Que para ver si hay muchos o pocos pañuelos tampoco hay que ser Pitágoras, o hay petición o no la hay y en estos tres casos, pues ni de lejos. Pero por esas cosas, que si los mulilleros tardean como mansos, que si lo que interesa para convertir esto en histórico es dar despojos, pues se dan, ¿qué más da? Aunque mi pregunta es si dar esos despojos a unos novilleros incapaces y montados en la vulgaridad es justo para ellos o no. Que están muy bien los triunfos prefabricados, que se pasan un rato de felicidad, pero si se premia el no dar el nivel, lo que puede pasar es que los porrazos les lleguen a los de las medias rosas y no a los entusiastas de los tendidos 4, 5 y parte del 6.

Los engañados en esta ocasión, y no quito ni una letra, han sido Pedro Luis, Mario Vilau y Julio Norte. El limeño Pedro Luis por no saber, no sabe ni colocarse en el ruedo y ni indicándole desde el callejón cuál era su sitio, atinaba a ubicarse. A su primero, además de menguado, flojito, le soltó una ristra de trapazos, muy ventajista, pico descarado, siempre fuera y sin dejarse un enganchón para casa. A su segundo, más de lo mismo, tirando líneas rectas, trapazos de uno en uno, aunque alguien de los que saben afirman que esto es meritorio; ellos sabrán. Y si a su incapacidad unimos que el animal presentaba un ligero calamocheo, ¡para qué más! Iba detrás del flojón a ver si cazaba algo, pero con estas mañas, ni gamusinos. Mario Vilau se fue por dos veces a portagayola. En la primera aguantó y después se lio a capotear cediendo terreno de espaldas hacia los medios. Este segundo impresentable, siendo bondadosos, se puede decir que medio cumplió en el caballo. Y el espada decidió empezar de rodillas al abrigo de las tablas. El novillo ya se le paraba y después, el que no se paraba era Vilau. Tirones, retorcimientos, siempre muy fuera y dejándosela tocar demasiado, para acabar con un repertorio chabacano, vulgar, innecesario, pero que sin petición, debió enternecer al palco, a todo el palco y le dieron un despojo. En el quinto los capotes volaban entre los pitones del novillo, que los lucía como la señera de un guardamarina en un galeón de su majestad. En banderillas se fue complicando la cosa, esperaba un mundo, se arrancaba tirando arreones y por ese eterno defecto de atravesar la muleta, en un cite con la zurda el toro le cogió certero. Lo que quizá algunos desde el tendido le censuraban mientras otros aplaudían, es lo que llevó al diestro catalán a la enfermería. Alguien pensara que esas palmas falsas y rebosantes de ignorancia se acaban pagando con sangre, pues que cada uno piense lo que crea más ajustado a la realidad.

El tercero era Julio Norte, de familia taurina, que no se sabe si es bueno o malo. Unos hoy se felicitarán porque creerán que ha nacido una estrella, que todo es posible, pero... Bueno, que piensen lo que quieran. Le tocó una bonita cabra cuyo peligro era que se pusiera a trepar por las paredes de la plaza, haciendo honor a su estirpe caprina. No quería caballo, le ponían y le ponían y nada, quizá esperaba a Heidi y Pedro para que le animaran. Ellos criaban cabras, ¿no? Pues eso. Lidia con mil capotazos, capotazos innecesarios y poco convenientes. En la faena de muleta empezó entre enganchones, para proseguir siempre con la muleta atrás y avanzando el pico descaradamente. Venga enganchones y siempre muy fuera. Nada cambió con la izquierda, para terminar casi subido al novillo, perdón, a la cabra. Con un repertorio al más alto nivel de la vulgaridad de plaza de talanqueras. Hasta obsequió al personal con invertidos y tras un bajonazo y con las mulillas que no andaban, ¡zasca! Despojo. Que oiga, al menos había tres docenas de pañuelos, no se vaya usted a creer, que tres docenas son... pocos pañuelos para regalar un despojo. Otro novillo, muy novillo, sin llegar a cabra, pero muy exiguo de todo, al que recibió de una larga, quedándose después a merced del toro. Cuando pasó por el petó cabeceó, pero sin que se le picara. Y Julio Norte debió pensar que era su día y allá que tomó la muleta para ponerse de hinojos, que ahora por la espalda, ahora no, venga enganchones y fue ponerse de pie y, ¡válgame el cielo! No cabe más pico, siempre fuera y el de Fuente Ymbro que iba y repetía y volvía a ir, mientras su lidiador se limitaba a pegarse carreras, a dejarse tocar el engaño, ventanazos, vulgar y tramposo, muy encimista y siempre fuera. Y otro despojito, siempre con una petición insuficiente. Que este, que salió a cuestas de Madrid, Vilau, que cortó otro despojo y cualquier novillero del que queramos hablar, parece que no tienen a nadie que les diga las cosas, cosas que pueden librarle de un mal porrazo, que quizá acumularán trofeos y más trofeos, pero una cosa es bandearse por este mundo y otra ser torero, matador de toros, que no es lo mismo. Y al final nos queda rondando la idea de que no tienen quién les guíe y de qué mala suerte tienen los novilleros.


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lunes, 18 de mayo de 2026

Pases y más pases y pases y venga pases para la más absoluta nada

Por momentos quizá estaría bien volver atrás en el tiempo, a ver si algunos reconocen  lo que es el toreo frente al pegapasismo.

 

Hay quién se siente feliz viendo a un señor con las medias rosas pegando pases a cascoporro, como si el máximo objetivo fuera alcanzar los cien, los doscientos o los mil, como si esto que muchos se llenan la boca a denominarlo arte lo midieran por cantidad y no por calidad. Que me imagino a alguien valorando las Meninas por los kilos de pintura, por la cantidad de brochazos y no por... por la grandeza del verdadero arte. Estamos en ese momento en el que se valora además de los kilos de pintura, el amontonamiento de trapazos, si este es de mi pueblo o del pueblo de al lado, si es un tío simpático, si es bien parecido, pero, ¿dónde cabe el toreo de verdad, la lidia de un toro encastado? Pues por lo que se ve, son dos mundos independientes, dos realidades paralelas, con el único contacto posible de unos que reclaman la grandeza y otros que reclaman los despojos, convirtiendo los tendidos en una jaula de grillos. Unos reclaman muletas planas, poder y mando, lidias según las condiciones del toro, el respeto a este toro, mientras que los de enfrente, porque se ubican enfrente, como les separara una gran zanja, piden regalos inmerecidos, silencios cómplices, absoluta ausencia del sentido crítico, convirtiendo algo que debería ser grande, en una vulgar pantomima verbenera. Y cuando ese festival de despojos, ese carnaval de despropósitos no llega al puerto que pretenden, los aficionados hasta deben sentir alivio.

Corrida de Fuente Ymbro, con Miguel Ángel Perera, maestro del destajismo, pases a destajo, Paco Ureña, que ya lleva tiempo dando señales de... y Fernando Adrián, paradigma del populismo más vulgar, enaltecido por factores ajenos al toreo y muy próximos a ese hooliganismo del paisanaje, con un pegapasismo agotador e irritante. Que resulta que como este hierro no tiene ruedas, pues que no pueden con ellos. Que es de lo mejor de la modernidad más soportable, que no llegan a ser mojicones con cuernos, que al menos tienen algo de chispa dentro; sin exageraciones, pero estos es que no pueden ni con la mamá de Bambi. Por el momento los ves y parecen toros, que no son los adonis de la dehesa, pero oiga, que parecen unos tíos con los que no se puede andar jugando. En varas no se puede decir que sean un espectáculo, por momentos están lejos de ello. Al primero, sin castigo, Miguel Ángel Perera no salió de un pegapasismo ventajosos y desconfiado, sin poder en ningún momento superar a su oponente, sin mando alguno, lo que por otro lado es harto difícil si se coloca lejos de por dónde debería pasar el animal. Su segundo, al que ni pusieron en suerte, ni lo intentaron, le inici9ó en el último tercio el espada con muletazos por la espalda, ¡oh, novedad! Pero es tomar la muleta para eso de los pases y los ánimos de los más animados se desploman al suelo. Pico descaradísimo, manivolazos, trallazos y gracias que no tiró al Fuente Ymbro al suelo, que ya saben, si un toro anda justito de fuerzas, temple y no ese sacudir la tela. Desconfiado, siendo la imagen perfecta cuando pinchó en el primer encuentro, tiro la tela por un lado y él salió escapando por otro.

Paco Ureña, al que tanto se ha respetado en esta plaza, no está. Su primero que no quería telas tuvo que ser parado y metido en ellas por Curro Vivas. Peleó el animal cuando le tapaban la salida, queriendo encontrar el campo abierto y cuando lo veía a su alcance, simplemente se paraba y dejaba hacer al del palo. El lorquí anduvo desconfiado, con trapazos acelerados, enganchones, con el hándicap de al no bajarle la mano por el izquierdo le cabeceaba un tanto. Sin llevarle en ningún momento, para acabar con derechazos de uno en uno y entre los pitones. Al quinto lo recibió entre verónicas algo apresuradas, rectificando por el pitón izquierdo. El animal cabeceaba en el peto al notar la molestia del palo. Ya en el último tercio, tras los telonazos iniciales, Ureña prosiguió citando desde fuera y metiendo el pico de la muleta, escondiendo la pierna. Soso, sin decir nada, concluyó entre enganchones y alargando en exceso el trasteo.

Fernando Adrián, ese ídolo de masas, ese que anda en volandas de los entusiastas y que sin ellos es posible que... dejémoslo ahí. Tras el reciente bochorno auspiciado por el palco, muchos se temían una reedición de la vergüenza. Con el capote no va más allá del constante baile sin parar un momento, declinando el llevar la lidia de sus toros, él viene a otras cosas, ¿no? Muy mal picado, o muy atrás o caída la vara, pero eso era lo de menos. Inició de muleta rodilla en tierra, que eso llega fácil a los tendidos, que no es lo mismo que los entendidos, aunque habría que saber quiénes son estos últimos. Picazo muy, muy descarado, siempre desde muy fuera y sin venir a cuento, trapazo por la espalda, la pierna de salida exageradamente retrasada, retorcimientos antiestéticos y peligrosos para la ciática con la zurda. Un recital de trapaceo en la cima de la vulgaridad y para rematar un invertido, que por lo que se ve, nadie había avisado a los leales de que eso debía ser jaleado en extremo. Falló con el acero y hay que destacar ese vicio tan poco afortunado de tirar la muleta al suelo. En su segundo, un sobrero del mismo hierro de Fuente Ymbro, resulta que tenía que torear, que el animal no era tonto del todo y si de toreo se trata, Adrián anda más bien escasito. Un grandullón que escarbaba, al que metió debajo del caballo sin miramientos y desde la raya para la segunda no vara. El animal cortaba por el derecho y mostraba una marcada tendencia a querer irse a tablas. Se lo sacó a terrenos más ventilados, pero nada se podía hacer si no había mando, el grandullón se le revelaba, le achuchaba una y otra vez y al espada le costaba no descomponerse. Que si aprovechaba dos viajes, pero sin conseguir en ningún momento hacerse con él. Mal con la espada y el verduguillo, esta vez nos libramos de salir avergonzados de la plaza de Madrid. Y quizá quien respiró aliviado fue el usía, quien se libró de esa obligación de conceder despojos hasta a los vendedores de almendras. A ver si también se aplica un poquito y se entera de una evidencia de los pases y más pases y pases y venga pases para la más absoluta nada.


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domingo, 17 de mayo de 2026

Ni desde el 5 han podido remediarlo

Joselito, el Rey de los Toreros


Esto de los toros, según algunos, tiene que ser alegría, a costa de lo que sea. Y si en la plaza de Madrid hay un sector que se toma esto en serio, pero de verdad, no de boquilla, es el tendido cinco y alrededores, pero el mérito del cinco no se lo puede negar nadie. Que ansias, que energías, que ímpetu, que... dejémoslo ahí. T anda que no es variopinto el cinco, hoy son de aquí, mañana de allí, al otro de... gentes de todos los rincones, gentes del lugar del torero que ese día toca. Pero el cinco reacciona siempre igual, aplauden recibos de capote echando la pierna atrás, aplauden con fervor al ver la montera caer bocabajo, los pares de banderillas atléticos aún en mitad del lomo, un quite atropellado, un enganchón, levantar aun caballo, los trapazos empalmados, los trapazos con el pico, que la espada entre sea dónde sea, pero es un pase del desprecio y ahí ya pierden el sentido, que si les miramos las pulsaciones a todos subirían hasta las estrellas. Que habrá quien piense que con todo este aplaudir a veces puede verse en entredicho su imagen de aficionado y parecerse más a alguien que no distingue un toro de un oso polar y un natural del baile del pañuelo, pero a ellos qué más les da. Que dirán que para una vez que van. Y los aficionados que hay en el cinco, que los hay, como los del resto de la plaza, no pueden hacerse otra pregunta que el “¿Adónde vamos a llegar” Y al tiempo o a continuación afirman con pena que esto está perdido.

Volvía la Quinta a Madrid por deméritos propios. Que no era suficiente una tarde de bochorno, que había que ponerlos otra vez. Quizá fuera que como en un principio la empresa tenía prevista una de caballos para este día en el que Madrid, un año más, homenajeaba a Joselito y como ese Madrid que queda que aún siente Madrid se puso de manos, pues nada, montamos una de a pie y punto. Y como ahora muchos consideran a la Quinta como una vacada a tener en cuenta, pues seguro que a nadie le importará que vuelva por segunda vez en la misma feria. Pues visto lo visto, han hecho méritos para que sí importe, para que importe incluso a los felices moradores transeúntes del cinco. Vaya encierrito que han echado. Flojos, descastados, inoperantes en el caballo, excepto el sexto, que al menos ha peleado debajo del peto. Y el sobrero de José Manuel Sánchez, tampoco es que haya desentonado con los del hierro titular.

Les juro que ha estado el Cid, aunque más bien no ha estado. Que ya son demasiados años echando mano del recuerdo de aquello de... Que lleva una eternidad pasando por los ruedos como un fantasma y a cada tarde que asoma aún se va desvaneciendo más y más. No le da ni para llevar la lidia, ni tan siquiera para llevar un toro al caballo y ponerlo en suerte. Y con la pañosa, pues como con ese sobrero, sin saber por dónde echarle mano, quejándose del toro, porque el toro no se podía quejar de él. Muy ventajista, con demasiadas precauciones. Incapaz tan siquiera de sujetar a un animal, como el cuarto, al que siguió queriendo pegar trapazos hasta toriles, luego ya por el cuatro, el cinco, el seis, el siete y casi sobrepasa el sol y sombra de las Ventas. Que ya le hemos despedido en Madrid en dos ocasiones, pero parece que ya urge la despedida definitiva y así parar de dar la imagen que está dando el torero al que un día esta plaza elevó a sus altares de toreros predilectos.

Álvaro Lorenzo no llegó a eso de ser predilecto para Madrid y visto lo visto... muy optimista habría que ser para que en la calle de Alcalá le hicieran ojitos. Que él viene a lo que viene, que en su primero se le rompe la puya al picador y no crean que echó a correr para defender a su picador, ni mucho menos, ahí se apañara. De la misma forma que su segundo se fue al relance al caballo, viniendo corriendo desde el extremo opuesto del ruedo. Inicio de trasteo dando distancia en su primero y cantidad sin nada de calidad, aburrido, vulgar solo trapazos y sin acabar de saberse muy bien a qué estaba. En el quinto más de lo mismo, tirando líneas rectas, muy fuera y venga trapazos. Que Lorenzo, como todos, al ponerse al hilo del pitón no la ponen plana, sino que abusan metiendo más el pico. Cambio de la diestra a la zurda y viceversa, para al final no sacar nada en claro. Y con estos mimbres, ni el cinco podían levantar lo hecho por el toledano, no había de dónde rascar algo de ánimo.

Y confirmaba el salmantino Manuel Diosleguarde, dispuesto, pero nada más. Muy justito, pero mucho, de recursos. A su favor el querer poner los toros en suerte, aunque esto no es que llegara mucho, esos son solo trámites sin importancia, deberían pensar, que lo bueno viene con la muleta. Y con esta, pues muy a merced del toro, con coladas por atravesar en exceso la muleta, dejar mucho espacio. Sin llevarlo en ningún momento, permitiendo que el de la Quinta empezara a saberse el amo. A merced del animal, sin intentar bajar la mano, venga enganchones y desde el cinco jaleándole la incompetencia como si esto fuera una virtud. Ellos deberían percibir emoción, pero no la de la lidia en si, sino la de la incapacidad de manejarla con recursos. Sin rematar jamás, el toro se le echaba encima. El fallo a espadas evitó que la vergüenza llegara nada más empezar. Hubo que esperar al sexto para pensar que algo nada conveniente podía suceder. En el que mostró más brío, el único que no pasó por el peto como un alma en pena, resultó que tenía que torear, que era un toro de triunfo y de triunfo de verdad, pero solo si se hacía lo que había que hacer y no dedicarse a dar trapazos y más trapazos. Y el camino que Diosleguarde tomó, quizá fue el único que sabía tomar, el de liarse a la nada, el de no poder con el animal en ningún momento, incluso con peligro para él, a merced continuamente y los del cinco venga a jalear como si estuvieran viendo toreo y no merodeo, que es lo que sucediendo, un hombre merodeando un toro. Para acabar metido entre los cuernos, quizá porque ya no le daba su cabeza para más. Menos de media y evitando volver a entrar con la espada, quizá porque sus partidarios le habían llevado al error de hacerle pensar que tenía algo ganado. Ya se decidió por el verduguillo, clavando más veces en el hocico, que en el cerviguillo. Y al final al tercer golpe consiguió cerrar su labor, una labor muy vacía, en la que no se puede considerar mérito el estar ahí a ver si se libraba y acababa en pie. Eso dista un mundo de lo que es el toreo. Y alguno al acabar y ver que no había posibilidad de premio, igual pensaba para si que ni desde el 5 han podido remediarlo.


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