Que ya anda ya más de uno sacando la bandera del triunfalismo con que nunca se habían cortado tantas orejas, tantas puertas grandes, tantas vueltas al ruedo, tantos llenos, tanta juventud, tanto de tanto y de todo, que es para reservar una temporadita en un balneario en Tierra del Fuego, como once meses, hasta el próximo serial isidril. Que claro, las cifras son estratosféricas, siderales, cósmicas, pero que nadie se pare a ver no el cuánto, sino el cómo, porque igual se lleva el chasco de su vida. Que le entregan una cajita de una joyería cara, usted se piensa que dentro hay un anillo con un diamante engastado con rubíes, lo abre y se encuentra la arandela de una lata de aquarius; que ni de cerveza, ni de coca coa, ni una bebida energética, no, de aquarius, eso que la gente se toma cuando no puede tomar otra cosa,no vaya a ser que le provoque unas prisas repentinas y que cuando llegue, el lugar de las prisas esté ocupado. Pues así andamos en esta feria, que no sé si esto nos provoca prisas o deseo de tenerlas. Aunque seguro que, metafóricamente, a alguien le den ganas de pronunciar improperios que literalmente nos conducirían a ese destino de las prisas. Pero esto es solo para los que no saben divertirse; que anda que no nos han dado motivos para el goce más festivo jamás conocido. Que sí, háganme caso, que esto es un no parar del divertimento. Y si usted no encuentra motivo, péguense unos cuantos vivas con la bañera de alcoholazo al viento y verán cómo les cambia la película. Que eso es imbatible y no puede con ello ni una bueyada de Juan Pedro Domecq, ni un Uceda Leal pasado de rosca, ni un Clemente más perdido que Wally en un partido entre los dos Atletis, el papá bilbaíno y el retoño madrileño.
Lo de Juan Pedro Domecq, Juan Pedro para los más allegados, es una cosa para que la traten en un programa de misterio. Que no se explica que venga dos veces a Madrid en una feria, como tampoco se explicaría tan solo una presencia. Bueno, sí, basta ver los que se acartelan y uno se va haciendo una idea. Pero claro, Uceda y Clemente, no sé yo ¡Ah! Pero el tercero es Pablo Aguado. A ver si va a ser eso, ¿no? No. seguro que no, no sean mal pensados. Aunque si no es así, igual es que el ganadero te coloca dos y de la segunda pagas la mitad. Que dirán que el aficionado es duro con este hierro. Pero, ¡no me digan eso! Si les oyes hablar y te dicen que para ser lo que es no ha estado mal, que ha habido un toro que si tal y que cual.
Que sale el primero que no podía con su alma, pero como se revolvió un poquito en la muleta, ya lo salvamos, sin importar que no se picara y sí le picaran las banderillas. Y Uceda, tan elegante él, que parece un marqués venido a menos en un baile de Versalles, un marqués de Bradomín en guapo. Que el paradito sin fuerza resulta que se puso a enredar, a poner en apuros al espada, un moribundo pudiendo con el maestro y este inseguro y con demasiadas precauciones El segundo era un sobrero de Montalvo, que ese no se caía, pero como derrotaba mucho en el peto, ya se podía decir que peleaba. Pero si lo que no quería era pelear, que quería que le quitaran esa incomodidad del lomo y las banderillas que vinieron después. Que claro, no pretendería el animal que todo fuera como ese manteo insípido y nada molesto con el que le recibió Clemente, que prosiguió con la muleta con unos trallazos impresionantes, que parecía que en cualquier momento iban a restallar como un látigo de siete cabezas. Pero él estaba a lo suyo, a soltar lo que debía tener pensado desde casa, sin importarle esa minucia del pico, los enganchones, citar desde muy, pero que muy fuera, ventanazos, tirones y el verse sorprendido en algún momento le importaba solo porque le pudiera afear la estética y la figura al destorear. El tercero, ya de la ganadería buena, buena, tiraba cornadas al peto con descaro, pero aún así, no se le pico. Eso sí, en la muleta iba y venía, ¿se puede pedir algo más? Si vamos a malas, seguro que sí, que siempre habrá quién ponga pegas. Como se las pondrían a los banderazos de Pablo Aguado en el comienzo de su trasteo. Un toro insulso y le trajo de cabeza, viendo que eso del pico, de citar desde fuera y el no parar de correr no entusiasmaba a nadie.
El cuarto de la tarde y vuelta a empezar, Uceda de vuelta, al que le costaba hasta poner el toro en el caballo. Un espectáculo, pero que nadie hiciera ruido, no fuera a ser que el Juan Pedro despertara de repente de ese sueñecito debajo del peto. Que claro, se despertó y luego volvía una y otra vez al peto, pero sin que el de aúpa tan siquiera le apoyara el palo en el morrillo. Empezó el madrileño con muletazos por abajo, siempre trallaceros y el toro al suelo. Un poquito de mimo, ¡oiga! Y prosiguió con lo de siempre, ya saben, el toreo moderno y así nos entendemos todos. Otro mortecino y que no podía con él, que se derrumbaba a nada que le hiciera acudir al trapito, pero que no había manera, que resultaba que el viejo marqués ya empezaba a dar muestras de no poder acudir a estos bailes de etiqueta, no fuera a ser que le pusieran la etiqueta de caducado y pasado de fecha. Con lo que él había sido. Al quinto se fue Clemente a recibirlo a la puerta de toriles y a parte de dar una larga extraña, se quedó descolocado y un poquito vendido. Entraba rebrincado y embistiendo como un burro, sin tan siquiera amagar con humillar. En el caballo hasta parecía querer empujar el Juan Pedro, pero la gaseosa ya se sabe, empieza como un volcán y acaba como una charca de rañas, dormitando en paz. El bordelés empezó entre telonazos, para proseguir entre enganchones y a merced del toro, evidenciando que no podía con ya de primeras. Cogió el truco del pitón derecho, que parecía para algunos que allí había enjundia, pero lo que había era un no poder, ni saber, pegando los trapazos que se daba el animal. Y en un momento de distracción, en que parecía que el espada iba a ponerse de cháchara con el tendido, le pegó un arreón, teniéndole suspendido por un pitón lo que pareció una eternidad. Toda la plaza creyó que le había metido el pitón por el muslo hasta la mazorca, pero luego en frío y viéndolo repetido, no había sangre, nadie taponaba nada, pero el gesto de dolor era evidente. Y les confieso que en ese momento no reparé en nada de esto, la conmoción era grande. Y no se sabe si fue mejor esto o la fractura que la caída le produjo. Salió Uceda Leal a despachar a este quinto. Y acababa Pablo Aguado, la tarde y su feria, todo en uno; y que descanso. Han sido seis toros y no recuerdo nada diferente en ninguno, todo lo mismo, ese recibir bailando, como al que cerraba plaza, el no picar a sus toros, como en este sexto y muchos trapazos, mientras da la sensación de no saber por dónde meterle mano, desganado, teniendo energías según parecía, para las carreritas y más carreritas entre muletazos. Y así una tarde y otra y otra, dando igual los nombres de los actuantes, casi lo mismo con las ganaderías, que solo varía el público, cada día diferente, pero que parece clonarse una tarde tras otra. Que si de repente a alguno, por arte de magia le hubieran dado un despojo, habría salido alguno diciendo que había sido una buena tarde. Que este es el panorama. Se mide la bondad por kilos de despojos, como esto tuviera algún sentido. Y luego, sumando despojos por aquí y por allí, echando mano de esas estadísticas que nadie de los taurinos quiere interpretar, resulta que hemos vivido, aún vivimos, una feria histórica, única, irrepetible. Y de verdad, que sea única e irrepetible, que esto no vuelva a pasar jamás, que tanta feria histórica ya agota.
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
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