viernes, 19 de junio de 2026

Esa diversión solo provoca pena

Aquella tarde en la que la conmoción se llevó por delante cualquier tipo de vacía diversión.


En esto de los toros hace tiempo que se creó una deriva al menos un tanto cuestionable y que nos está llevando adónde quizá no podíamos imaginar y que, desde luego, no deseábamos. Que empezamos con aquello del arte, todo es arte, un trapazo, un banderazo, hacer el paseíllo medio compungido, el vender almendras por los tendidos, arte, arte y más arte. Que arte de verdad es formular tal afirmación y aguantarse la risa y no ponerse colorado. Que ya me dirán si se les puede llamar artistas a los que hasta en los andares parecen ir sorteando caballones en un sembrado. Que veneno ese de querer ensalzar lo censurable. Pero es que ahora ha llegado la moda de la diversión, que hasta mente preclaras se atreven a decir que tal plaza es la más aburrida del mundo ¡Anda valiente! ¡Anda y anda y no pares! Pero eso que podría encerrar buenas intenciones, que no, lo que nos quiere decir con esa autoridad que ellos mismos se atribuyen, cómo es eso de divertirse en una plaza de toros, por ejemplo la de Madrid. Que para divertirse no hay que tener ni al toro, ni al quehacer del torero, que si nos entretenemos en eso, igual no nos divertimos; siempre de acuerdo a esos parámetros de las mentes preclaras, aunque igual sería más exacto llamarles mentes interesadas o estómagos agradecidos. Y cuidadín, que si usted, usted o usted no se divierte viendo cortar despojos, viendo a un señor ejecutando un desgarbado baile meneando telas, es que usted es un malage, un “amargao”, un “frustrao” o un antitaurino, que esta ya es la máxima categoría. Bueno, no, lo máximo es que te digan que eres un mal español. Que, ¿qué tiene que ver esto? Pues no lo sé y si ustedes lo averiguan, por favor, ilústrenme.

Que eso de divertirse es algo muy sano y que hay que practicar todo lo que el cuerpo aguante. Que uno se ha divertido como nadie en las fiestas del pueblo, en los Moros y Cristianos, en las reuniones con los amigos, en el gusano loco en el parque de atracciones, en las fiestas de Nochevieja, en las comidas y celebraciones con la familia, intercambiando anécdotas con los amigos, como aquella vez que paseando por la plaza de Santa Ana se paró un coche a nuestro lado, bajaron la ventanilla y de un coche lleno de toreros uno de ellos nos pidió un cigarro. Incluso a la salida de los toros cuando un grupito de amiguetes nos íbamos a empezar la noche. Que hasta de los toros ha brotado la diversión, pero en la plaza, en los toros... Ustedes me perdonarán.

Que igual en los toros no he encontrado momentos de diversión, pero, momentos inolvidables, todos y aún más. Y precisamente momentos en los que no se dejaba de lado la exigencia, el respeto al rito, el respeto a quién a nuestro lado nos enseñó a sentir esto como algo mucho más enriquecedor que la simple diversión. Eso es, la simple diversión, que poca ambición, con qué poquito se conforman los pobres, que con un barreño de alcoholazo y un despojo ya van listos para casita. Y mientras unos se divierten, otros solo podemos sentir pena, la pena de ver como un lugar, la plaza y el sentimiento de esta afición, se reduce a la nada más primaria. Y no intenten explicárselo, porque nunca lo entenderán, quizá porque lo primero que no entienden es la propia fiesta de los toros. Que no digo entender de toros, que eso lleva tiempo y quizá nunca se llega, pero sí entender de qué va esto. Porque resulta un imposible explicarle a algunos el que en una plaza de toros haya momentos en los que se te hace un nudo en el corazón y por mucho tiempo que pase, ese nudo nunca se libera. Momentos que años después la memoria hace que volvamos a aquella tarde, a aquel instante de inspiración en el que el arte o el poder domeñaban la casta y la fiereza, en ese momento compartido con quién hace años que ya no está a tu lado abriéndote los ojos para entender el misterio del toro, pero que cada vez que se entra por la puerta, cada vez que llegas a tu sitio, el de siempre, sigue a tu lado, en la plaza y en cada conversación en que salta el toro al ruedo de una tertulia ¿Divertido? Pues... Allá cada uno. Y ahora, con tanta diversión, tanta alegría, tanta celebración, uno ve como toda esta algarabía solo parece querer borrar esos momentos de conmoción y siente pena, una pena muy honda, tan profunda que parece querer enterrar esos nudos que atenazaron el corazón.

Explícales a estos divertidos, a estos que no faltan como poco dos veces al año a los toros, a estos que te hablan de los cuatro tercios de la lidia, a los que cuentan su arte por arrobas de despojos, que eso no es divertido. Ni lo intenten, porque además se atreverán a volverse y echarles en cara que su ídolo ha despojado a un borrego, un borrego al que usted prestó toda su atención desde que asomó en la arena y ellos solo desde que asomó el trapo rojo para pasárselo por el culo. Que a ver si eso va a ser lo divertido, pero... que no, si es que esto es como al que no le gusta el gazpacho, que por mucho que se lo metan con un embudo, que no, que no hay manera. Y como para contarles, y pretender que lo entiendan, que esa diversión solo provoca pena.


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lunes, 15 de junio de 2026

¡Agua va!

Verás como todavía nos mojamos. Y el paraguas en el coche. Mira que te dije que lo cogieras. Y yo con la permanente reciente.


Esto de los toros tradicionalmente se ha manejado siguiendo la lógica que marcaban los acontecimientos. Una lógica que solo los más insensatos se atrevían a cuestionar, precisamente porque esa lógica había superado la dictadura del tiempo con algo tan simple como lo de la prueba y el error. Las normas, los usos del toreo, han demostrado su idoneidad con las evidencias de cada momento. Una lógica al servicio del espectáculo y del aficionado, además de no dejar de lado la integridad de los actuantes; pero que nadie se equivoque, no era cuestión de eliminar los riesgos propios de enfrentarse a un toro, se trataba de no añadir más a los ya inevitables, por encima de otras cuestiones. Pero estamos en otros tiempos, otra época, otros intereses, otras prioridades. Si en otros momentos se ponía a llover como si no hubiera un mañana, si el toro estaba en el ruedo se despachaba de la mejor y más rápida manera posible y si había que suspender, se suspendía y a otra cosa. Y el personal ya sabía que con agua, no se podía torear. Que se llegaron a dar casos de salir el primero de la tarde, abrirse el cielo en dos y se daba el festejo por concluid, pero ya digo, eran otros tiempos. Y ahora, ¿qué pasa? Pues que si rompe a llover y caen chuzos de punta, se sigue para adelante. Y motivos no faltan para explicar la no suspensión. Que igual el público no lo iba a entender y se pondría de manos, porque para algo han pagado su entrada. O también puede ser que un espada decida por todo el mundo que la cosa no se para y todos a pisar charcos como infantes en un patio de colegio. Lo malo es que esto de torear, fácil, lo que se dice fácil, pues no es. Que a la complicación de mover las telas le añadimos el toro y, ¡para qué más! Y encima con la piscina del antiguo Parque Sindical de Madrid o la Playa de Madrid. Y ruego que nadie de la periferia peninsular se ría, pero sí, hubo un tiempo en que por aquí se era tan pretencioso que hasta hubo una playa y una carretera de la Playa.

Y llegamos a la “Gran Corrida Extraordinaria de la Beneficencia” La más importante del año, porque en ella actuaban los triunfadores de la feria. Lo que digo, que por favor no se rían. Toros de Victoriano del Río, aunque saliendo seis, solo pudimos ver tres, porque los del diluvio... Aunque los que quedaron en la piedra tras la estampida general que prácticamente vació los tendidos, celebraban los trapazos como si no pasara nada. Bien presentados, aunque... que flojitos ellos, de no poder con su alma, de no poderse picar los dos primeros, no fuéramos a tener un disgusto y que hubiera que devolverlos a los corrales, con el evidente perjuicio para la empresa de tantos desvelos por hundir esta plaza. Al tercero tampoco se le picó, echaba la cara arriba, pero al menos no se desmoronaba. Al cuarto no se le picó, amagaba con pelear mientras le tapaban la salida, pero debió pensar que estaba en la ducha y medio aguantó en pie. El quinto hasta puso en apuros al picador, que ya es noticia, al igual que el sexto. Si al final a esto de don Victoriano le van a poder dar un picotazo. Pero en la muleta, con las fuerzas que cada uno tuviera, más o menos iban a la muleta, unos como un burro, otros como un perrillo, otros como una babosa sosita.

De los tres triunfadores de San Isidro... sí, ¿no? ¡Ah! Que ya no, que ahora cogen a tres y punto. Y yo pensando que aquí se respetaban las tradiciones. Bueno, pues ahora instauramos la tradición del me paso las tradiciones por dónde me parezca ¡Qué bonita tradición! Que si no han sido los triunfadores, se les monta una corrida a modo y verás como salen en volandas por la puerta de Madrid. Alejandro Talavante estuvo pesado con su primer inválido, pasándose del tiempo lógico con un animal en esas condiciones. Para pegarle un sartenazo con derrame, que a pesar del lamentable espectáculo, algunos aplaudieron. En su segundo, en mitad del diluvio, se limitó a la nada habitual, trapazos con enganchones y con el pico, concluyendo su primavera madrileña con un soberbio e infame bajonazo. Y que muchos pensábamos que nos iba a deleitar con el más exquisito repertorio de plaza de talanqueras para hacer las delicias de ese público tan conformista como agradecido.

El segundo no triunfador era Roca Rey, un señor al que algunos nos resulta de difícil comprensión. Aunque resumiendo podríamos decir que todos los días que viste de luces, al menos en Madrid, se empeña en soltar todas sus vulgares triquiñuelas de golpe, sin dar un respiro a los presentes que tampoco entienden sus maneras, sus poses, sus inhibiciones y su estar en su mundo de gloria estelar. Que no se le puede negar su insistencia, pues una y otra vez nos quiere deleitar con lo mismo, ese pegar pases ventajista, con la tela atravesada, muy distante, largando tela sin sonrojo, salpicado según su inspiración, de ahora de hinojos, ahora por la espalda, ahora un enganchón, pero siempre, que no se olvide nadie, poniendo ese gesto de dolor de estómago permanente. Que buen montaje tan bien montado es este señor que no sé en otras plazas, pero en Madrid no ha hecho nada hasta el momento que poner de los nervios a los habituales del recinto; a los no habituales ya es otra cosa, que hasta los bajonazos se los celebran como si fueran una obra de arte.

Víctor Hernández sigue siendo ese torero que a pesar de todo, le siguen esperando. Que es tan modernamente vulgar como todos, que parece que torea al natural como los ángeles, si eso va de meter el pico con un descaro insoportable y largar tela en línea, cunado no estirándose con peligro para su salud lumbar. Y luego eso de no manejar la espada y esperar y esperar y esperar casi hasta el tercer aviso, con media tendida y trasera, a ver si el animal dobla, todo por no dar un mal golpe de verduguillo. Pero de todo esto no pregunten a nadie que se encuentre con la camisa solo un poco mojada, que son los que escaparon al bar a las primeras gotas. Esto solo lo vieron o los que estaban sequitos, sequitos porque estaban en gradas y andanadas, o los que fueran empapados como sopas por haber querido permanecer en el tendido contemplando a los triunfadores de la feria ¡Ay, no! Que ya no van los triunfadores. Pero estos se quedaron impasibles, por mucho que algunos vociferaran una y otra vez eso de ¡Agua va!


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lunes, 8 de junio de 2026

Ir por lana y salir trasquilado

El aficionado no necesita "in Memoriam" para homenajear a los que hicieron grande la fiesta, los homenajean todos los días en los que sueñan con el toro y los que hicieron el toreo.


Ya empezábamos la tarde recogiendo el programa de mano y la portada hacía daño a la vista, al alma y a todo aquel que tuviera una cierta sensibilidad e inquietud por el arte y la cultura, y admiración por ese polímata llamado Sánchez Mejías. Pues nada, que ponen su foto junto a la del único actuante. Que si es un homenaje a la figura histórica de Ignacio, no le mezclemos con... con nada, ni nadie. Que si ya el aficionado no entendía que hacía Borja Jiménez con seis toros en solitario y además en la corrida que se ha dado a llamar “In memoriam”, al menos no carguen las tintas. Que si para algo ha servido esta encerrona es para que los aficionados hablaran de toreros con seis toros, de recuerdos de grandes triunfos y de las condiciones que creían absolutamente necesarias para enfrentarte a un compromiso como este. Eso sí, también ha servido para recordar tantas y tantas encerronas, “gestas” que les llaman, de los que se anunciaban con la esperanza de cortar dos orejitas, una más una, dos de un golpe de suerte y salir a cuestas en triunfo y así tener la deseada fotografía del torero medio desnudado por los entusiastas macarras arrancando los alamares a tirones. Decían muchos que no veían a Borja Jiménez para seis toros en solitario; vamos, que lo que más se escuchaba era que tenía un repertorio único y que se lo endilgaba a todo hijo de vecino tarde tras tarde. Entonces, ¿qué sentido tenía semejante esperpento? Pero si hurgamos un poquito más y vemos la ganadería anunciada y luego vemos lo que ha salido por la puerta de toriles, o se entiende todo o no se entiende nada. Que los había que hablaban de que el espada tenía que despedir al veedor inmediatamente, pero, ¿y si en lugar de veedor lo que tenía era un escogedor? Alguien con capacidad y autoridad para entrar en una ganadería y decir ese, ese, aquellos dos y esos dos, cada uno de su padre y de su madre y sin importar las hechuras.

La ganadería, perdón, ganaderías anunciadas eran las de Domingo Hernández y Toros de Cortes, que creo que los propietarios no se conocen ni de vista, ¿no? Pero con lo que no contábamos era que iban a salir tres sobreros, pudiendo haber sido más, de Victoriano del Río, otro de Domingo Hernández y uno más de El Torero. Que a don José Luis González, presidente del festejo, le ha costado devolverlos, porque si un toro está inválido, está inválido y no hay que esperar hasta llegar a banderillas, a ver si más o menos cuela y tira para adelante. Eso es algo feo y que da mala sensación. Así es difícil no ser pesimista y creer que hay premeditación en lo de tangarnos vilmente. De los toros y su comportamiento, ¿qué vamos a decir? ¿Les cuento toro por toro lo que han hecho en los tres tercios? No tengo tan mala idea como para hacerles pasar por esto. Una bueyada descastada, que igual luego iban al trapito en el último tercio, como el cuarto, pero tampoco creo que esto sea para ponerle una plaza en el Batán, ¡Ay, no! Que el Batán ahora es el Bluespace de la empresa para meter allí toros como el que guarda la cómoda carcomida de la abuela en el trastero. No, que ahora las placas las ponen en el desolladero, sí, dónde van las guapas y los guapos a tomarse un peloti y que quedan en el patio de arrastre, que es más fino. Bueno, y si tienen alguna duda más sobre el ganado, háganlo por privado en el correo feriahistoricaquetemueres@feriahistoricaquetemueres.plof

Y llegamos al gran protagonista de la tarde, Borja Jiménez ¿De verdad quieren que entre en detalle toro a toro? Que si se ponen insistentes ya les digo que me marco un corta y pega en las seis faenas, que lidias no han existido, y me quedo más ancho que ancho. Que la única variación sea si se va a portagayola o no, que se lo pase en los inicios por el pandero o no, que se arroje de rodillas o no y que acabe entre los pitones antes o después, son muy poquitas diferencias para rellenar una tarde con seis toros para él solito. Lo demás, pues ya saben, toreo moderno, pero a tope. Con la derecha o la izquierda, pero con el trapo siempre al bies, que a veces hasta los empalmaba, que eso pone al personal a cien, salpicado todo de enganchones, muchas, pero que muchas carreras, para terminar que si de bajonazo, de medias escasas, siempre yéndose, cuando no soltando el trapo en la cara del toro. Él que, por lo visto, iba a por los dos despojitos y se ha quedado muy lejos hasta de uno. El personal, que iba a sacar a cuestas a su ídolo de la tarde. Otros quizá que esperaban otra tarde histórica, una más, y se han quedado con dos palmos. El presidente, que tenía los pañuelos bien planchados y oliendo a un suavizante de los que anuncian en la tele. Si hasta los mulilleros se han quedado que no han podido ganarse un jornal extra. Así es que no se puede. Y los que iban esperando ver toros y deseando ver toreo y se han encontrado con un monumento a la chabacanería, a la vulgaridad y al ganado impresentable e insufrible. Que como decían los mayores, a esto de le llama ir por lana y salir trasquilado.


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domingo, 7 de junio de 2026

¿Era Victorino Domecq o Juan Pedro Martín? Y el del palco en un 2x1

Parece que eso de la suerte de varas es cosa de un remoto pasado, pero que vuelva el toro y verán como volverán modas que creíamos pasadas. A ver si la cuestión va a ser el toro.

Pues ya se acabó la feria, ¿no? ¡Ah! Que queda una, pero esa no es de la feria, esa solo es del invento de Plaza 1 para sumar un festejo más a rebufo de la propia feria, para que los abonados saquen una entrada de más y los no abonados se crean que siguen honrando al patrón sacrificando su bolsillo; aunque parece que esto les importa poco, que al final, entre copas y más copas, el precio de la entrada es pura bagatela. Que un día es un día ¿Un día? Si llevamos... pregúntenle a las espaldas, rodillas y posaderas de los habituales a ver si un día es solo un día. Pero a lo que estamos. Se cumplía una tradición secular, que ya en tiempos de los Reyes Católicos parece que se cerraba la feria con una de Victorino y como esto es de seguir tradiciones o eso dicen los taurinos, pues este año repetimos ¿Repetimos? Que igual esas tradiciones han sufrido algunas modificaciones. Y este, como años atrás, se anunciaba una de Victorino y por la puerta de toriles ha salido una de... Que de verdad, uno no sabe lo que ha visto, que se suponía que íbamos ver la máxima expresión del toro en el caballo, como siempre, y lo que hemos visto ha sido lo de siempre, con las ganaderías de siempre. Que si hablamos de presentación, pues habrá quién diga que ese es el tipo de Victorino. Sí, de Victorino, pero no de Albaserrada. Que no se han protestado, pues vaya usted a saber. En el peto no se les ha picado como a todos, que a lo más que se llegaba es a que uno quisiera empujar y solo llegara a apoyarse en el peto. Pero luego hasta iban a la muleta ¡Viva el toro moderno! El toro moderno cuyo máximo exponente es... ¿Victorino Domecq? ¿Juan Pedro Martín? ¿Cómo juzgamos esto? Pues a lo mejor no hay ni que juzgarlo, que esta es una pieza más de este monopolio del taurinismo y al que hay que alabar sin límites, porque su titular es el piramidón dorado de esta mole que todo lo devora y que no permite que haya nada que sea diferente fuera de su mundo.

Y ante este encierro tan generosamente mandado por el ganadero, pues tres que no molesten y la verdad es que no molestan ni un tantito así. Morenito de Aranda no sabemos si está en un profundo bache o en sus últimos días calzando las rosas. Incapaz en todos los tercios. Incapaz con el capote aunque solo sea para poner un toro en suerte y conseguir que se quede en el sitio. Con el paño rojo es un no poder, es un correr y correr, trapazo tras trapazo y que el animal, por muy endeble que sea, se le suba a las barbas. Muletazos llevando la mano a las nubes, uno, dos y ya está en apuros. Con la muleta retrasada, abusando del pico y sin llegar a ningún puerto.

Lo de Fernando Adrián uno no sabe si es para que lo estudien en un programa de misterio o directamente para que no vuelva y se entretenga por esas plazas en las que se aplaude la más insoportable vulgaridad. Tiene todos los vicios de la modernidad elevados a la máxima potencia, quizá con el agravante de que no entiende por qué se le pita y se le protesta. Que la cosa es bien sencilla, porque es todo trampa, trampa con unas precauciones que las ve hasta un gato de escayola. Que él se retuerce como para hacer ver que ahí hay drama, pero lo único que puede haber es una ciática de manual. Un señor que no sabe seguir la lidia, que se planta por allí a ver qué pasa, que no sabe cuál es su sitio en sus toros en el primer tercio y mucho menos en el segundo en los de los compañeros. Que hay que empujarle para que vaya a amparar a los banderilleros, que estos ya van a entrar con el par, cuando él llega por allí, a lo lejos, con paso cansino. Que de verdad, si no volviera, pues... que me dirán de su excepcional estadística de puertas grandes por esos mundos de Dios. Pues nada, que siga por ahí y que deje visitar la calle Alcalá, donde alguien le debía decir que el cambio de tercio no se pide descubriéndose, si no al alguacil. Cosas de Madrid.

Y volvía Román, un torero moderno, modernísimo, que siempre hace lo mismo, no cambia, pero al que yo creo que hay que reconocerlo su honestidad y hasta respeto por esta plaza, algo muy infrecuente. Que le salió un toro de carril, uno de esos modernos al que le costaba a veces mantenerse en pie, pero es que es ver la tela roja y se transforman. Repetía una y otra vez, que no se cansaba. Y Román tiraba de él con el pico una y otra vez, muy acelerado, corriendo para recolocarse constantemente, pero la emoción del toro prendió en los tendidos y la virtud del animal la proyectaron sobre el espada, que por supuesto se supo aprovechar de la circunstancia. Daba lo mismo que le tropezara la tela, para acabar fuera del tercio citando para recibir, cobrando una entera fulminante algo desprendida. Y ahí estaba el señor presidente, el señor Fernández Serrano, que le deben poner los pañuelos al rojo vivo y los saca con una velocidad del rayo. Dos orejas. Que algún entusiasta incluso decía que era solo de un despojo y los menos, que ni dos, ni una, pero tal y como está la plaza, en la semana fantástica, medio gane una y le regalan la otra ¿Y qué más da ya? Si esto está tan desnortado y la plaza tan humillada, que lo que haga este o cualquier presidente ya no tiene valor alguno. Que solo nos queda esperar... ya saben lo que esperamos y no deseamos, ¿no? ¡Líbrenos el cielo! En su segundo toro, Román hizo prácticamente lo mismo que en su primero, pero el toro era otro, no daba esa sensación de emoción y todo quedó en nada. Una nada que lleva presidiendo el palco y la plaza durante toda esta feria en la que unos se han preocupado y ocupado en honrar y adular a otras gentes y no precisamente al santo patrón de la capital. Pero que aún le ando vueltas a lo que se ha visto en esta última de feria y es que no acabo de saber, no paro de preguntarme ¿Era Victorino Domecq o Juan Pedro Martín? Y el del palco en un 2x1.


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sábado, 6 de junio de 2026

Tanta feria histórica ya agota

 

¿Estarán ya pastando los que serán toros encastados que nos vuelvan a enganchar y que nos hagan olvidar tanto acontecimiento histórico que solo pasará a la historia de la gran vergüenza de estos tiempos?

Que ya anda ya más de uno sacando la bandera del triunfalismo con que nunca se habían cortado tantas orejas, tantas puertas grandes, tantas vueltas al ruedo, tantos llenos, tanta juventud, tanto de tanto y de todo, que es para reservar una temporadita en un balneario en Tierra del Fuego, como once meses, hasta el próximo serial isidril. Que claro, las cifras son estratosféricas, siderales, cósmicas, pero que nadie se pare a ver no el cuánto, sino el cómo, porque igual se lleva el chasco de su vida. Que le entregan una cajita de una joyería cara, usted se piensa que dentro hay un anillo con un diamante engastado con rubíes, lo abre y se encuentra la arandela de una lata de aquarius; que ni de cerveza, ni de coca coa, ni una bebida energética, no, de aquarius, eso que la gente se toma cuando no puede tomar otra cosa,no vaya a ser que le provoque unas prisas repentinas y que cuando llegue, el lugar de las prisas esté ocupado. Pues así andamos en esta feria, que no sé si esto nos provoca prisas o deseo de tenerlas. Aunque seguro que, metafóricamente, a alguien le den ganas de pronunciar improperios que literalmente nos conducirían a ese destino de las prisas. Pero esto es solo para los que no saben divertirse; que anda que no nos han dado motivos para el goce más festivo jamás conocido. Que sí, háganme caso, que esto es un no parar del divertimento. Y si usted no encuentra motivo, péguense unos cuantos vivas con la bañera de alcoholazo al viento y verán cómo les cambia la película. Que eso es imbatible y no puede con ello ni una bueyada de Juan Pedro Domecq, ni un Uceda Leal pasado de rosca, ni un Clemente más perdido que Wally en un partido entre los dos Atletis, el papá bilbaíno y el retoño madrileño.

Lo de Juan Pedro Domecq, Juan Pedro para los más allegados, es una cosa para que la traten en un programa de misterio. Que no se explica que venga dos veces a Madrid en una feria, como tampoco se explicaría tan solo una presencia. Bueno, sí, basta ver los que se acartelan y uno se va haciendo una idea. Pero claro, Uceda y Clemente, no sé yo ¡Ah! Pero el tercero es Pablo Aguado. A ver si va a ser eso, ¿no? No. seguro que no, no sean mal pensados. Aunque si no es así, igual es que el ganadero te coloca dos y de la segunda pagas la mitad. Que dirán que el aficionado es duro con este hierro. Pero, ¡no me digan eso! Si les oyes hablar y te dicen que para ser lo que es no ha estado mal, que ha habido un toro que si tal y que cual.

Que sale el primero que no podía con su alma, pero como se revolvió un poquito en la muleta, ya lo salvamos, sin importar que no se picara y sí le picaran las banderillas. Y Uceda, tan elegante él, que parece un marqués venido a menos en un baile de Versalles, un marqués de Bradomín en guapo. Que el paradito sin fuerza resulta que se puso a enredar, a poner en apuros al espada, un moribundo pudiendo con el maestro y este inseguro y con demasiadas precauciones El segundo era un sobrero de Montalvo, que ese no se caía, pero como derrotaba mucho en el peto, ya se podía decir que peleaba. Pero si lo que no quería era pelear, que quería que le quitaran esa incomodidad del lomo y las banderillas que vinieron después. Que claro, no pretendería el animal que todo fuera como ese manteo insípido y nada molesto con el que le recibió Clemente, que prosiguió con la muleta con unos trallazos impresionantes, que parecía que en cualquier momento iban a restallar como un látigo de siete cabezas. Pero él estaba a lo suyo, a soltar lo que debía tener pensado desde casa, sin importarle esa minucia del pico, los enganchones, citar desde muy, pero que muy fuera, ventanazos, tirones y el verse sorprendido en algún momento le importaba solo porque le pudiera afear la estética y la figura al destorear. El tercero, ya de la ganadería buena, buena, tiraba cornadas al peto con descaro, pero aún así, no se le pico. Eso sí, en la muleta iba y venía, ¿se puede pedir algo más? Si vamos a malas, seguro que sí, que siempre habrá quién ponga pegas. Como se las pondrían a los banderazos de Pablo Aguado en el comienzo de su trasteo. Un toro insulso y le trajo de cabeza, viendo que eso del pico, de citar desde fuera y el no parar de correr no entusiasmaba a nadie.

El cuarto de la tarde y vuelta a empezar, Uceda de vuelta, al que le costaba hasta poner el toro en el caballo. Un espectáculo, pero que nadie hiciera ruido, no fuera a ser que el Juan Pedro despertara de repente de ese sueñecito debajo del peto. Que claro, se despertó y luego volvía una y otra vez al peto, pero sin que el de aúpa tan siquiera le apoyara el palo en el morrillo. Empezó el madrileño con muletazos por abajo, siempre trallaceros y el toro al suelo. Un poquito de mimo, ¡oiga! Y prosiguió con lo de siempre, ya saben, el toreo moderno y así nos entendemos todos. Otro mortecino y que no podía con él, que se derrumbaba a nada que le hiciera acudir al trapito, pero que no había manera, que resultaba que el viejo marqués ya empezaba a dar muestras de no poder acudir a estos bailes de etiqueta, no fuera a ser que le pusieran la etiqueta de caducado y pasado de fecha. Con lo que él había sido. Al quinto se fue Clemente a recibirlo a la puerta de toriles y a parte de dar una larga extraña, se quedó descolocado y un poquito vendido. Entraba rebrincado y embistiendo como un burro, sin tan siquiera amagar con humillar. En el caballo hasta parecía querer empujar el Juan Pedro, pero la gaseosa ya se sabe, empieza como un volcán y acaba como una charca de rañas, dormitando en paz. El bordelés empezó entre telonazos, para proseguir entre enganchones y a merced del toro, evidenciando que no podía con ya de primeras. Cogió el truco del pitón derecho, que parecía para algunos que allí había enjundia, pero lo que había era un no poder, ni saber, pegando los trapazos que se daba el animal. Y en un momento de distracción, en que parecía que el espada iba a ponerse de cháchara con el tendido, le pegó un arreón, teniéndole suspendido por un pitón lo que pareció una eternidad. Toda la plaza creyó que le había metido el pitón por el muslo hasta la mazorca, pero luego en frío y viéndolo repetido, no había sangre, nadie taponaba nada, pero el gesto de dolor era evidente. Y les confieso que en ese momento no reparé en nada de esto, la conmoción era grande. Y no se sabe si fue mejor esto o la fractura que la caída le produjo. Salió Uceda Leal a despachar a este quinto. Y acababa Pablo Aguado, la tarde y su feria, todo en uno; y que descanso. Han sido seis toros y no recuerdo nada diferente en ninguno, todo lo mismo, ese recibir bailando, como al que cerraba plaza, el no picar a sus toros, como en este sexto y muchos trapazos, mientras da la sensación de no saber por dónde meterle mano, desganado, teniendo energías según parecía, para las carreritas y más carreritas entre muletazos. Y así una tarde y otra y otra, dando igual los nombres de los actuantes, casi lo mismo con las ganaderías, que solo varía el público, cada día diferente, pero que parece clonarse una tarde tras otra. Que si de repente a alguno, por arte de magia le hubieran dado un despojo, habría salido alguno diciendo que había sido una buena tarde. Que este es el panorama. Se mide la bondad por kilos de despojos, como esto tuviera algún sentido. Y luego, sumando despojos por aquí y por allí, echando mano de esas estadísticas que nadie de los taurinos quiere interpretar, resulta que hemos vivido, aún vivimos, una feria histórica, única, irrepetible. Y de verdad, que sea única e irrepetible, que esto no vuelva a pasar jamás, que tanta feria histórica ya agota.


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viernes, 5 de junio de 2026

Y en la fiesta de la modernidad se coló un intruso y todo patas arriba

Hay días en los quizá la mejor opción sea doblarse y poder por abajo a un animal, antes que querer liarse a dar derechazos y naturales o meterse entre los pitones a ver qué pasa.


Si uno empieza a ver la corrida de Jandilla con dos remiendos de Santiago Domecq, de primeras todo le puede resultar familiar, lo de siempre, que si los dos primeros tercios no cuentan, que unos de luces van a buscar despojos sin importarle nada más y que esos animales modernos van a responder como se les enseñó en la escuela de toros de la ganadería; pero sucede que a veces no se pone el celo suficiente en eso de dejar pasar solo a los recomendados y si se te cuela alguien que no estaba invitado a la fiesta, la que se puede montar es chica. En este caso el intruso, el que no iba vestido para la ocasión, el que no había estudiado en el cole de pago de los toros, fue el sexto, de Santiago Domecq. Que a todas luces el toro tenía que venir rebotado de un centro público, un centro de esos en los que no se cuidan las formas igual que en una escuela de pago, en un Centro de Estudios Domecq, todo con alumnos educaditos que toman el té a las cinco levantando el meñique y cogiendo las pastas de una en una. Que sí, que se pusieron de pastas como el tenazas, pero con un estilo, con un saber hacer. Que lo tengo que escribir en román paladino, porque como servidor no fue a una escuela de semejante postín, pues no aprendió francés, como ese sexto, que ni francés, ni lenguas muertas del Cáucaso, ni tan siquiera protocolo de la modernidad taurina. Pase por aquí, señor burel, como usted ordene, señor maestro, ¿algún trapazo más desea el señor? El sexto igual me lo encontré alguna vez jugando en el patio al “cómo te pille, te reviento”.

Los de Jandilla muy en lo que deben los descendientes con ese nombre glorioso en sus ancestros de Domecq, hasta justitos de presentación, que a alguno le quitabas los kilos que le sobraban con cinco minutos en un baño turco y te cuadran para otro tipo de festejos. Lo de picarles, ¿qué les voy a contar? Que estamos hablando de la modernidad. Ni se les picó, ni se hizo por al menos llevar una lidia medianamente lógica. Que si un picotazo por aquí, que si la carioca por allí, que si al segundo lo agarran mal, derriba y se marcha con un único picotazo, que si en eso de taparle la salida acaban toro y jinete bailando la yenka en los medios. Un verdadero despropósito, el despropósito de todos los días. Los de Santiago Domecq variaron poco de esta tónica, al menos en el primer tercio. Solo el quinto parecía que quería pelea, aunque sin humillar.

Lo de las lidias, pues para qué seguir, exceso de capotazos y a veces los maestros pendientes de sus cosas en lugar de estar atentos en algo tan básico como la colocación en banderillas. Quien para algunos no defraudó fue Emilio de Justo, torero al que no se sabe quién, auparon al podium de figura, pero ya digo, no defraudó, atizó a los presentes con un rotundo sopapo de vulgaridad, incapacidad, trapaceo muy rápido. Quizá había apostado con alguien que llegaba a la centena, sin ningún criterio lidiador, que lo mismo te recibe a un toro por chicuelinas, que por manteos bailados, muy bailados. Y con la muleta, pues parece que el éxito depende de las voces que pegue, a más voces, mayor respuesta de los leales. Toreo moderno muy exagerado, poniéndose descaradamente perfilero, pero alargando hasta la desesperación del que está en la piedra, los trasteos sin sentido. Con unas cosas de plaza chica, que si cambio el palo por la espada y acto seguido la tiro adónde vaya. Molinetes por aquí forzando la pose, trapazos por allá y con la espada... ¡Ay la espada! En su primero, después de un bajonazo, venga golpes de verduguillo, muy alejado y con la espada demasiado horizontal. Pero él quiso desquitarse en su segundo, ahí sí que voceó a placer. Después de muchos mantazos de la cuadrilla, allá que se fue al tercio a lo suyo, trapazos y más trapazos entre enganchones, instrumentados desde el metro del Carmen. Perfilero, acelerado, más voces, venga trallazos y no se imaginan lo encendidos que estaban los ánimos entre los hijos de la modernidad. Que llegó la hora de entrar a matar y ellos que vieron todo el acero enterrado, ¡qué felicidad” Lo más grande. Pero, ¿qué les pasa a esos amargaos? Seguro que no son de cole de pago. Que no les gusta que la espada este en mitad del lomo o más allá ¡Hombreee! Esto no se puede consentir, apiolar así a un toro que acudía una y otra vez a las llamadas de De Justo. Que hasta podría haber embestido hasta a las mulillas camino del desolladero. Y con lo que nos las prometíamos tan felices viendo a un torero a cuestas, al final, na de na. No se podrían haber callado los que protestaban que el solomillo hubiera quedado hecho una brocheta.

Borja Jiménez parecía que venía a tener una actuación estelar, prólogo de la que deberá ser gloriosa dentro de dos días. Pero a él, como a sus compañeros, parece que no le explicaron detenidamente lo del temple o quizá es que le dedicaron más tiempo a lo de los trallazos y tirones. Primero en las proximidades de toriles, a ver si veía con claridad por dónde meterle mano al animalito. Siempre tirando de pico, citando exageradamente desde fuera, para cerrar en su primero muy encimista. A su segundo un precioso sardo de lámina impresionante, solo supo empezar a pasarlo por la espalda, para continuar con los trallazos de rigor y los enganchones inevitables, según parece. Pero igual es que se estaba reservando para su gran día, que esperemos que tenga una revelación taurina y abandone ese toreo ventajista que practica cada tarde.

Víctor Hernández era esperado por quienes quizá dejaron de esperarle después de su anterior y anodina presencia en la feria. Y la cosa parecía que iba a continuar por unos caminos bastante similares. Que a partir del insulso recibo de capote a su primero, solo había que añadir una faena de muleta al suyo de toda la tropa de la modernidad, con tirones, enganchones, echarse encima de su oponente, demasiado acelerado, quedándose al descubierto por ese empeño en meter el pico y el querer dar muchos muletazos. Su segundo, el que cerraba plaza, ya empezó con un tremendo sobresalto; en el saludo de capote quizá se quedó a merced del animal al marcar antes de tiempo la salida. La voltereta, el zarandeo puso los pelos de punta a todo el mundo. Con un toro reservón, que no paraba de escarbar, dando la sensación de que eso era el preludio de un arreón inesperado. Tremendo desorden en el ruedo durante la lidia, el toro cómodo en tablas, pero con bastante peligro. Y llegado el último tercio, el espada decidió ponerse a dar derechazos y naturales, que quizá no era lo más conveniente, con un toro que exigía mando, que le pudieran. Quizá podría haber sido mejor opción el toreo por abajo, un macheteo decidido hasta que se le quitaran las malas ideas y las ganas de seguir pegando arreones. Quizá los habrá que califiquen esta actuación de valiente, que el valor está muy bien y es más que necesario, pero en el toreo y sobre todo en casos como este, puede que lo más sensato sea que impere la cabeza, el conocimiento, los recursos para hacerse con el mando y no estar a merced de esas arrancadas y a ver qué pasa. Que quizá se lo podrían haber apuntado desde el callejón o quizá quién debería hacerlo pensaba más en eso que dicen que hay que echarle cuando se habla de valor y no raciocinio y conocimiento de la lidia, que tan bien viene para días así.

Y cuando todo el mundo esperaba orejas tras faenas interminables, va y en la fiesta de la modernidad se coló un intruso y todo patas arriba.


Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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jueves, 4 de junio de 2026

Nunca tanto sopor fue tan celebrado por tanta gente

Resulta que los anuncios aventajados del toreo moderno no serían admitidos en el clasicismo.


y una más... y una menos. Esto podría ser una suma de festejos memorables o el deshojar la margarita deseando que no quede ni un pétalo; me aburro, no me aburro, me aburro, no me... Que si hablamos de la corrida de Montalvo, quizá habría que decir que me aburro, me aburro, me aburro, me... y no paro de aburrirme. Que cosa más insufrible. Que hablamos del ganado que sustituía a la anunciada originalmente, Lagunajanda, lo de Montalvo, pues una bueyada en la que los animalicos igual iban a la muleta, que se medio dejaban picar lo poco que les picaban, el segundo salía tambaleándose del caballo, después de querer emplearse solo con un pitón. El tercero, un novillote sin chichas, el pobre hasta quería pelear en el caballo, pero si es que no tenía energías, que estaba como para empujar, cuando su mayor preocupación era aguantar en pie. El cuarto fue topar con el peto y al suelo. Como para ponerle a ver si comprometía al picador. El sexto, al que le pararon bien, notó el palo y dijo que para tu prima. Y me he dejado los dos que salieron como sobreros, el segundo de Casa de los Toreros, que solo hizo el salirse suelto; y el quinto, de Bohórquez, al que picaron poquito. Eso sí, en el primer encuentro partió una vara. Que la pregunta es que dónde compran los palos. Que resulta que esta feria también será histórica por la cantidad de varas partidas. Que será por haber sido un año de lluvias, ¿no? Seguro que sí.

Y vamos con los actuantes, José Garrido, sí hombre, aquel que calificaron un día como artista, pero que... ¡Ese! Que la verdad es que parecía venir decidido, que hasta inició de rodillas con mucho pico. A ver, me van a perdonar, pero es que uno está cansado de repetirse todas, todas, toditas las tardes. Ahora en lugar de decir pico, enganchones, carreras, trapazos desde fuera, vamos a acordar decir toreo moderno y ahí ya entra todo y así no se cansa ni el que escribe, ni mucho menos usted que dedica su tiempo a esta lectura. Bueno, pues a lo que íbamos, José Garrido desplegó el toreo moderno en toda su extensión, a un toro que iba y volvía a ir, una verdadera babosa, pero que incluso con esa condición, había momentos en que se comía al espada que no lo llevaba en ningún momento. Y en estas, sin suficiente petición, el señor que “okupaba” el palco, don Pedro Fernández Serrano, sacó el pañuelo para regalar el primer festejo. Pero que no se piensen que la petición era porque había unos que sí y otros que no, ni mucho menos. La petición ha sido en casi todos los toros. Que en la plaza al doblar el toro unos van al baño, otros miran el móvil, otros tontean con la vecinita o vecinito monos y otros sacan el pañuelo, que se lo ha dicho el panadero, que no hay nada mejor contra el tedio y sopor al sol. Y a Garrido le cayó el despojito. En su segundo se fue a portagayola, sobre la raya, no allá a lo lejos como suele ser ahora la norma. Y después de la larga de rodillas, pues venga tirones con el capote, sin cuidar el meter al toro debajo del caballo en el primer tercio. Y de nuevo inicio de rodillas, que suele ser la mejor manera de liarse. Luego vino lo de siempre, pero con una ligera variante, era toreo moderno, pero muy exagerado, para terminar mostrando al respetable lo que es la vulgaridad y poniendo unas poses forzadas y nada adecuadas, por ser elegantes.

Ismael Martín era el segundo de la terna y... ¡Madreeee! Pocas veces se podrá ver a un torero hacer tantas cosas y ninguna bien. Que ya tiene mérito. Con el capote te recibe a un toro con una larga de rodillas, más un farol, que mantazos, que chicuelinas, que se vuelve a hincar de rodillas para dar una media. Y todo perfectamente alborotado. Pero que también pone banderillas, banderillas a toda velocidad y siempre a cabeza pasada, muy pasada. Pero, ¿y lo que esto anima a muchos? Luego vino lo del toreo moderno, ¿hace falta decir más? Y que bueno es tener amigos y caer simpático, que van y sacan los pañuelos. En su segundo la cosa no fue muy diferente, si acaso, que se fue a portagayola y a dejar al animal campar a sus anchas por el ruedo. Lucía una venda, o lo que fuera, alrededor de la cintura a causa del revolcón que le dio el que fue devuelto al corral. Y al de Bohórquez, pues variando el inicio de rodillas con un afarolado, inmediatamente se sumergió en el toreo moderno, para cerrar no sé si con bernadinas, las inventadas por don Joaquín, o “bernardinas” ya saben lo de la señá Bernarda. Eso sí, aquí respondió a los pañuelos al aire dándose un garbeo por el ruedo mostrando su luminosa sonrisa, aunque a algunos no les pareció bien, pero a otros, quién les ha visto y quién les ve, le aplaudieron con entusiasmo..

El tercero era Samuel Navalón, tan vulgar como su compañero de terna, pero con menos entusiasmo que el otro. Que ya no es que practicara el toreo moderno, es que hasta parecía recrearse metiendo el pico. Igual que como veía que aquello no remontaba, tiró de un repertorio de otras latitudes, que si invertidos, que si arrimón y más “bernardinas”, las de la seña Bernarda. En su segundo imitó eso de la portagayola y los faroles de rodillas y por supuesto lo de pegar mantazos al toro. Inicio del trasteo de rodillas, para simplemente enredarse y dar paso al toreo moderno. El animal escarbaba y se le quedaba, para acabar pareciendo una borrica para vender botijos. Pero él a lo suyo, ya saben, toreo moderno. Le costó quitárselo de encima y ya ni pañuelos, ni nada, con las ganas de aventar miasmas del personal, pero a veces no se puede luchar contra los elementos, contra estos elementos incapaces de citar una vez a ley, de mostrarla plana, de correr la mano y rematar el muletazo, que solo se saben la lección de... maneras y ganado que hacen que una tarde de toros se haga eterna, pesada, que parecía no tener fin, pero no se crean, que ya dijo el genio que hay gente pa to y nunca tanto sopor fue tan celebrado por tanta gente.


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