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| Algunos de Saltillo parecían otra cosa por la estampa y todos no lo parecían tanto por su noble comportamiento. |
Que nos acostumbramos al tofu vuelta y vuelta, a las algas al vapor sin sal por lo de la tensión y si nos ponen un chuletón mínimamente sazonado, pues que no, que nos liamos a darle vueltas y más vueltas y ni con mucho pan o muchas patatas lo pasamos. Un chuletón tiernecito, sin nervios, sin hueso, solo con una pizca de sal y pimienta y nada, que no nos entra. Y el cocinero que no da crédito, pero tampoco tiene otra cosa, así que al final, algo que podría ser una delicia se convierte en un mal trago y nunca mejor dicho.
Llegaba la de Saltillo, con un remiendo de Couto de Fornilhos, que hizo quinto. Que muchos esperaban un derroche de casta, complicaciones por doquier, ganado tirando bocados, pero la realidad ha sido muy diferente, una corrida tirando a mansa, pero en líneas generales derrochando nobleza en la muleta, pero si llegar a la bobonería tan al uso en la inmensa mayoría de los hierros. El personal además esperaba estampas de otros tiempos y más al ver salir al primero, el toro que un aficionado se imagina al mentar esta vacada; pero a partir de ahí la cosa fue para abajo, aunque ya digo, todos con un pelín de picante, pero sin excesos, que no hacía falta tirar de sales de frutas en el arrastre de cada Saltillo. Es más, algunos incluso habrían pedido al maitre un poquito guindilla o tabasco para darle más gracia a la cosa. Y delante se ponían tres estómagos acostumbrados a la sopa de sobre o a los taquitos de caldo concentrado. José Carlos Venegas, Juan Leal y Juan de Castilla. Que a ver quién les explica a estos que cuando sale un toro con algo dentro lo primero es fijarlo, evitarle capotazos y ponerlo y sacarlo del caballo, para después darle lo que pide, que en este caso era toreo, mando y no trapazos y más trapazos, que por otro lado los animales se tragaban sin apenas decir “hasta aquí hemos llegado”.
El primero, el Saltillo de los libros antiguos, recibió un manteo insulso de Venegas. En el caballo, cuando atinó el del palo, peleó y empujó, hasta que decidió pararse. En la segunda vara cabeceaba y al final se repuchó. Y allá que fue el espada a por él, aquerenciado en tablas y ya en el tercio, pues muchos trapazos distante y con el pico, encimista, sin parar quieto y enganchón tras enganchón, mientras el animal iba allá adónde le ponían el trapito; por alto, pues por alto, por abajo, pues por abajo. Y estas embestidas más que aprovechables, las tiraba el espada por la ventana. Su segundo, que sí que llevaba el hierro de la casa, pero nada más, aparte de ser manteando, le arrancó el capote, paseándolo como prenda triunfal por el ruedo. Le pusieron de lejos, pero el animal tardeaba. Peleaba tirando derrotes y en el segundo puyazo, después de meterlo debajo del peto, apenas se le picó. Se defendía en la muleta y Venegas que no sabía por dónde tirar, que no se hacía con él. Se le venía echando la cara arriba, siempre tocándole el engaño y poco a poco haciéndose el amo de la situación. Un toro que no era para liarse a pegar trapazos, que clamaba a gritos por una mano con mando, pero esa no era la del que le tocó en suerte.
Quizá si hiciéramos una encuesta preguntando por nombres de toreros para enfrentarse a la de Saltillo, lo mismo nadie votaría por Juan Leal, pero como aquí deciden otros, pues hubo de aguantar al espada que a todas luces da muestras de andar muy, muy despistado. Que él viene a hablar de su libro y resulta que esto es un festival de la canción. El primero se frenaba echando las manos por delante en los mantazos de recibo, defendiéndose y buscando la salida por dónde había entrado. Muy suelto sin un capote que echarse a la cara, buscaba al que guardaba la puerta, pero no llegó, afortunadamente, a él. Cara alta y derrotes al notar el palo en sus encuentros con el picador. Siempre suelto, a su aire, ya en la faena de muleta, en los medios, Leal le recibió con mantazos por delante, por detrás, para continuar despegadísimo y dejando ver el pico de la muleta desde la acera de enfrente de la calle de Alcalá. Trampa exageradísima, que se le iba, pues por la espalda, que se le protestaba, pues más trapazos y a ver si cazaba alguno suelto deambulando por el ruedo, pillara dónde pillara. A él le tocó el remiendo grandullón de Couto de Fornilhos, que seguro que iba a ser más dócil y facilón y apto para desplegar todo su repertorio de talanquera de tercera ¿Seguro? Pues para que te fíes. Le salió corretón y en lugar de hacerse con él, el galo se limitaba a dar mantazos corriendo para atrás y acortando el viaje en esas primeras embestidas. Que siguió corretón y el llevarlo al caballo era un vía crucis, no se sabía cómo domeñar a aquel ejemplar. Primero al hilo de las tablas, picotazo y a correr pegando un respingo, así hasta tres veces. Que algunos aún pedían que se le pusiera de lejos. Llegó al de la puerta y ahí, tapándole la salida se le pudo picar. Y vuelta al de tanda, para que al menos le dieran un picotazo haciendo la carioca. Con un pitón izquierdo que no regalaba precisamente caramelos. Y ahí que fue él con la muleta a... a algo, pero no me pregunten a qué. Un desarme, aire con la zurda, uno y a ver si me coloco bien, pico y venga enganchones, incapaz, pero consiguiendo con nota ponerse muy pesado, como si no quisiera que nadie se marchara a su casa sin saber lo vulgar que puede llegar a ser este torero que, con toda seguridad, volveremos a ver ¿Nos apostamos un duro?
El tercero, para Juan de Castilla, ya salió olisqueando la arena, para después ser recibido entre bailes, echando la pierna atrás en cada capotazo. Buena cuchillada en la paletilla, tapándole la salida y en cuantito que vio el campo libre, adiós. Más derrotes en la segunda vara cerrado en tablas. Inició el trasteo de rodillas, dando vueltas con el pico de la muleta, hasta que se vio apurado. Nada diferente de pie, venga trapazos, a la zurda y sin parar un momento según pasaba el toro. Venga carreras entre pase y pase, con el toro acudiendo al engaño, quizá esperando que alguien le mandara por dónde ir, pero no, la cosa iba de trapaceo insulso. Al sexto de nuevo le recibió bailando y cortando el viaje del toro, dándose la vuelta para perder terreno hacia los medios. Derrotes con la cara alta en el peto haciéndole la carioca. Bien agarrado en el segundo encuentro con el palo, para no dejar de tirar viajes a la guata. En la faena de muleta, desde el primer momento el toro se le vino arriba, marcando el paso al espada, que ni lograba llevarlo, ni parar de correr entre trapazo y trapazo. El toro pedía mando, toreo, pero de Castilla estaba a otras cosas, no oía al Saltillo. Mano alta y mucho pico, con descaro. A los tres les vino grande la corrida, no supieron darle lo que precisaba y cosa curiosa y criticable, es esa costumbre de tirar la muleta al suelo en la suerte suprema. Que feo y poco profesional eso de despreciar así los trastos. Qu8e algunos esperaban otra cosa de Saltillo, algo que se asemejara más a lo de tiempo atrás y no a lo que tenemos cada día en los ruedos. Que no se comían a nadie, que no eran bobonas, de ningún modo, pero es que al final, un poquito de sal y pimienta y ya se les atraviesa la merienda.
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html






