miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que nadie toque Madrid, que me enfado un montón

Los hay que se quieren erigir en dueños únicos de Madrid, sin ser capaces de tener la intención de mirar a su lado y aprovechar lo que puedan aprender de la compañía. Allá ellos.


Seguro que si usted es habitual de la plaza de Madrid, vean que no digo aficionado, no consienten por nada de este mundo que nadie venga a contarnos cómo deberíamos actuar en esta plaza. Y luego, enfrente, están los que se creen con derecho a querer cambiar Madrid y adaptarlo a lo que a ellos les viene bien, quizá a lo que conocen en otras partes. Bueno, es una forma de ver las cosas. Que anda que no se preocupan por lo que sucede en esta plaza. Pero no se preocupan por la plaza, ni mucho menos, se preocupan por los que frecuentan la plaza de las Ventas. No entienden que detalles que son señas de identidad de la plaza se mantengan por los siglos de los siglos. Pero entienden que esas cosillas solo hacen que amargarnos el carácter y no se crean, lo mismo hasta tienen razón, porque anda que no somos unos siesos esaboríos. Si es que estamos todo el día con el ceño fruncido, si es que no nos gusta na. Bueno, hay a quién le gustan muchas cosas, que no todos van a ser unos amargaos. Esos ajenos quieren que en nuestra plaza se toque la música cuando haya algo sobresaliente, aunque la cualidad de sobresaliente varía según a quién se le pregunte. Pero no me digan que la música no animaría el cotarro, pues claro que sí. Lo malo parecería regular y lo regular excelente, ¿qué digo? Histórico, pero histórico, histórico, aunque eso de histórico nos aguante en la memoria diez minutos. Pero esto no puede ser, hay que encontrar algo que recordar, a ver qué se nos ocurre. ¡Ya está! A dar muchas orejas y así seguro que nadie se olvida de aquella tarde en que fulanito cortó... entre mil y dos mil despojos. Estuvo grandioso. Eso sí, no pregunten más, que igual no saben dar más razones de lo grandioso. Eso, despoj... perdón, orejas. Pero, a estas alturas, ¿nos vamos a poner límites? ¿Madrid no tiene derecho a merendar? Instauremos la merienda en las Ventas. Solo tienen que ver el éxito del “Cénate las Ventas”. Que la plaza no se llenará, pero ese olor a fritanga tan nuestro, tan popular, tan de verbena del pueblo en verano, ese trajín de gente con bandejitas sin importarles que el toro esté en el ruedo o en la luna, con las bañeras de alcoholazo y con los ánimos dispuestos para... para solicitar despojos con vehemencia. Eso sí, no intenten llevarse las bebidas de casa, que en esos días hay un caballero en la puerta que se empeña en registrarles bolsos, mochilas y baúles, porque no dejan meter bebidas, que hay que consumir dentro. Pero el clímax llegaría en el momento en que ese entusiasmo por lo divertido nos llevara a que se diera un rabo a uno de los mediáticos. Y si además llegara el indulto, ¡no lo quiero ni pensar! No sé si lo resistirían nuestros cuerpos, no sé si tanta emoción cabría en nuestras molleras. Nos explotaría la cabeza ¡Un indulto! El cielo en la tierra. O quizá... Igual hasta podría ser entrar al infierno sin poder salir ya nunca más.

Pero que nadie piense que este abrir las puertas a la diversión es un imposible, ni mucho menos; no se me desanimen los animosos, por mucho que escuchen a unos clamar que si esta es la primera plaza del mundo, que si son muy exigentes, que si hay que picar, ¡naaa! Ni caso. Esos igual serían los primeros en querer pasar un rato bien divertido. Háganme caso, que se quejan de que los demás merienden, pero ellos, quizá sufriendo un taurino síndrome de Estocolmo, en cuanto pueden se preparan una merendola de toma pan y moja y no dejan de pasar tupperwares hasta que no se ve el fondo. Aunque esto son pequeñeces. Lo malo es cuando sale el toro y mientras gritan eso de hay que picar, cuando al toro no se le pica, por lo que sea, si este acude a la muleta como un bendito, sin un mal gesto, sin un mal derrote, ya están con que si es el toro del año, que si hay que darle una vuelta al ruedo, por aquello de la diversión y hasta alguno con el fervor que provoca el morapio, hasta repite eso de “es un toro de vacas”. Y no les pregunten motivos, que igual se llevan un rapapolvo dialéctico. Que a nada que uno no les baile el agua, lo más suave que te sueltan es que no tienes ni idea; ellos sí, por supuesto. Y no digamos cuando llega el amigo vestido de luces, el vecino del pueblo de al lado, que entran de lleno en el divertimento y se ponen a airear el pañuelo como posesos y si no logran el despojo, ya se encargarán de hacerle pegarse un rulo por el ruedo y que lo carguen a su cuenta, que pagan ellos. Como si ellos fueran dueños de lo que no tiene dueño, al menos solo uno o unos pocos. Ni tan siquiera son los amos que decidan quién y cuándo uno tiene que divertirse. Se creen tan, tan exclusivos, que actúan como si fueran socios, panas, coleguitas de la empresa y se alegran de sus supuestos éxitos, como si fueran suyos propios. Que verás cuando se enteren de que nadie va a compartir con ellos los beneficios. Eso sí, que como alguien se ponga como no se debe poner, ya saben, que nadie toque Madrid, que me enfado un montón.



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lunes, 14 de septiembre de 2026

El toro sorprende y los de luces... ya ni pueden decepcionar

Y esos toros pensando a ver quién les va a trapacear, quién les ha tocado en mala suerte. Venga a derrochar embestidas, para que un caballero le largue tela sin garbo.


Los más viejos igual recordarán aquello de la maldición de la gitana: “ojalá te salga un toro bueno”. También los había, tiempo ha, que juzgaban la labor de los de luces de acuerdo a las condiciones de lo que tenían delante. Pero todo esto ya no vale, hay que olvidarlo, ¿no? Pues que pierda la memoria el que quiera, pero uno intenta mantenerla, aunque para ello tenga que atiborrarme a rabos de pasa. Y los desmemoriados o los que nunca conocieron de estas cosas de gente mayor, ven toreo en no poder con un toro, ven arte en la trampa, ven poder en no parar quieto y bailar más que un sobrepasado en un after. La cosa es ensalzar al torero y soltar los ¡Bieeeejnnn! Que nos salgan de ahí mismo. Que qué será lo que a esos entusiastas les hace jalear hasta los enganchones. Que no entremos en que si el pico, que si el trallazo o el ventanazo retorciéndose, que con que nos quedemos con los enganchones ya tenemos tema para poner peros a los que ellos perciben como genios de la tauromaquia. Que igual lo son, que no digo yo que no, pero desde luego lo que no son, ni de lejos, medianamente interesantes para el toreo. Que lo dela tauromaquia parece admitir lo ya comentado y exige que si eres paisano o amigo, tengas que mostrar no admiración, verdadera devoción. Si hasta música han pedido. Y ya saben, pedid y se os concederá; y la música ha llegado en forma de avisos, así, como si fuera el vals del segundo. Pero no, a los caballeros no les ha debido parecer bien. Pero siéntense, que esto da para más. Que ya puestos a hacer vergüenzas, los amigos, conocidos o lo que sean, no dudan no solo en hacer que el incapaz se de un giro por el ruedo, sino que encima se ofuscan contra los que opinan muy diferente. Damas y caballeros, es que no todos tenemos amigos toreros a los que ponen para rellenar una tarde de septiembre en Madrid.

Que empezaba la tarde con toros de Valdellán y Juan Luis Fraile y más de uno acudiendo a la plaza con un “verás tú” en la cabeza. Que no digo que lo de Valdellán no se espere siempre, pero lo de Juan Luis Fraile despertaba cierta desconfianza. Pues para que nos vayamos enterando, si no es por el ganado, alguno dudaría entre cortarse las venas o dejárselas largas. Que a la salida todo el mundo comentaba la grata sorpresa de lo de Valdellán y Juan Luis. Pero... siempre hay un pero, la terna actuante... quizá era para refrescar la memoria de los habituales a esta plaza, ni mucho menos de los afines a los toreros. Tres toreros que desde hace tiempo ya no decían nada y... A Pérez Mota parece que nos lo ponen para que no se nos olvide su plomiza incapacidad. Alberto Lamelas, confirmando que lo de hace ya demasiados años parece que fue un espejismo y que su normalidad es el no poder con los toros, ni tener el más mínimo sentido de lo que es lidiar, aunque esto es común a esta terna y a mil que se nos puedan ocurrir. Y José Carlos Venegas, pues dejándose ir dos dulces que exigían toreo y no trapaceo. Pero él a lo suyo, a poner poses y trampear como Dios le dé a entender, con más trampas que Daniel Boon (famoso trampero del far west americano)

Como es habitual, se ha picado penosamente, lo mismo en la paletilla dirección a la pezuña, que más allá de mitad del lomo; imaginen todas las posibilidades para acuchillar a un toro, sin que ninguna de las opciones sea en lo alto del morrillo. Eso sí, como los picadores no tienen padre, ni madre, ni parientes, ni paisanos, se les pueden decir todas las barbaridades que a uno se le pasen por la cabeza en un momento de ofuscación transitoria. Que no sé que iba a ser de esto si no hubiera picas a los que mentarle lo más sagrado. Eso sí, pocos caen en la cuenta de que quien le paga es... y el que le paga es que el que manda, el que da las órdenes y curiosamente suele ser el mismo que no pone los toros en suerte con un mínimo de cuidado y los mismos que no acuden a sacarlo de debajo del peto cuando el de aúpa está zurrando al animal, que uno no sabe como no les falta el riego en el brazo a algunos partelomos que visten de oro. Si vamos por hierros, el primer Valdellán peleó con fijeza, aunque le costara un mundo decidirse a ir al peto. El segundo, tercero de la tarde, fue sustituido por un sobrero del Montecillo que no quería cuentas con el tío del palo. Queriéndose ir en todo momento, escarbando, para acabar yendo el caballo al toro y no al revés. Y el tercero, que hizo quinto, se acercaba al caballo andandito, sin convencimiento, para que no se le picara, aunque el picotazo casi al final del lomo, se lo llevó. Y de los de Juan Luis Fraile, el primero, segundo de la tarde, muy suelto, sin humillar y sin codicia, para acabar en el que hacía la puerta. El segundo, q7ue salió cuarto, medio cumplió en la primera vara y en la segunda, desde lejos, volvió simplemente a cumplir. Y el tercero de Fraile, el que cerraba plaza, tras un primer puyazo sin más y después de pensárselo mucho, en el segundo encuentro hasta empujó con ganas. Pero en la muleta la cosa fue bien diferente, aunque no me gustaría que olvidáramos lo sucedido en estos primeros tercios, porque luego viene el entusiasta de turno y te dice que porque no se cansaba de ir al trapo, este o el otro era el toro de la temporada. Moderación, señores, moderación. Que a veces tenemos la memoria más a corto plazo que un pez.

Pérez Mota empezó con ciertas precauciones con el capote. Inseguro en los primero compases con la muleta, iniciando por enganchones, trapazos acelerados y sin ser capaz de poder con el Valdellán, lo que se evidenciaba con un no parar de bailar entre trapazo y trapazo. En su segundo, insulso con el capote, manteo de compromiso, para luego dar un concierto de muletazos con el pico, mucho enganchados y tomando ese camino que denuncia el no poder, pero que oiga, los hay que se entusiasman con ello y hasta piden música, que no hay nada que les ponga más felices que un buen arrimón, pero que a otros desespera hasta el clímax de la desesperación. Y a ver si otra vez que se piensen ponerle ya se nos ha olvidado lo poquito que da de sí este torero. Eso sí, al entrar a matar por segunda vez salió prendido, siendo zarandeado una eternidad por el toro, recogiéndolo de la arena y volviendo a tenerle a su merced.

Alberto Lamelas recibió al primer Fraile con el capote, mientras este lo punteaba por ambos pitones. No fue el más fácil de la tarde y quizá pedía otra cosa que no fueran derechazos y naturales, al menos de primeras.. Por el izquierdo se vencía, por el derecho tiraba derrotes y lo único que se le ofrecía era un no parar quieto, dejarle enganchar la tela y que el toro fuera el que mandara. Al de Valdellán lo recibió a portagayola, para acabar de cara en la arena. En el último tercio fue una sucesión de trallazos, enganchones, abuso del pico y sin poder hacerse con él, lo que provocaba en el respetable una sensación de emoción, la del que no puede y está a merced de su oponente, que iba una y otra vez a cada cite. Pico exagerado y el animal que se le venía por el hueco entre bulto y engaño. Pero eso parece ser que gusta, que no se imaginan lo feliz que estaba una señora venida de más allá de los Pirineos, que hasta se quería echar al ruedo para agasajar a su torero/ ídolo/ amigo/ váyase a saber.

Y el tercero era José Carlos Venegas, que al que me diga que no se pone estiloso, la tenemos. Eso sí, que cuide las lumbares, que con esas poses tan... que la espalda es muy traicionera. En el recibo a sus dos toros hubo de darse la vuelta para perder terreno. Como todos, mucho trapazo, siempre sacando el culo fuera, muletazos nalgueros, que dicen. Siempre atravesando la muleta, venga a colocarse, salpicado de enganchones muy celebrados, sin percatarse de que el manso en el caballo no paraba de acudir adónde le llamaran. Y dos avisos, ¿no querían música? Pues toma música. A su segundo empezó dándole distancia, igual que le daba ventanazos, siempre muy fuera. El toro no se cansaba de embestir, embestidas que no merecían tanto trallazo, tanto dejarse enganchar la tela y tan poco mando, manifiesto en carreras y más carreras. Que si no pincha cuatro veces, para que el toro acabara echándose solo, igual alguno agitaba el pañuelo, aunque igual en lugar de para pedir la oreja era en señal de rendición, que ya no había quién aguantara más. Eso sí, si la cuadrilla es incapaz de poner cuatro palos y casi deja caer al suelo una docena, por mucho que se mire al palco, señor Venegas, no se puede cambiar el tercio. Que si fuera el caso de que el toro fuera una alimaña, igual podía ser, pero porque los de luces sean unos incapaces, por eso no ¡No, hombre, no! Y al final resultó que el toro sorprende y los de luces... ya ni pueden decepcionar.


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lunes, 7 de septiembre de 2026

A los toros con la fresca

La montada acorazada se está convirtiendo en un espectro sombrío, cuyo única función parece ser masacrar tapando la salida o no recetar ni tan siquiera un picotazo. O Juanín o Juanón, sin querer encontrar la medida justa.


Pocos elogios ha recibido la empresa de Madrid, para lo que se preocupa por los que insisten una y otra tarde en acercarse a la plaza de las Ventas. Que lo mismo deciden que nada mejor que un jueves por la noche para ir de toros, con merienda servida en la propia plaza, sin importarle si un señor de Toledo, Alcalá de Henares o Fuenlabrada tiene que levantarse pronto para ir a trabajar. Y ahora, aún con los calores, y vaya calores, del verano, te ponen la novillada a las seis de la tarde, que aún a estas horas igual hay alguno al que aún le sigue tostando el Lorenzo; y eso que ya han pasado de largo las horas de la cena, pero es que los de sol han debido acumular calorías de aquí hasta el mes de enero. Pero claro, si estamos en septiembre, los toros a las seis, aunque estén lloviendo candelas como melones. Que habrá quien diga, uno de esos que con tanta facilidad se ponen en lugar de la empresa, algo ya muy habitual, que el que no quiera sol, que afloje la mosca y se vaya a la sombra, que estaba vacía. Que ya nos quejamos de vicio.

Y dirán ustedes que si esta es forma de comenzar el relato de una tarde de toros; que igual no, pero que opinen los de las localidades de sol. Festejo con seis hierros distintos, que al final fueron ocho. Guadajira, La Machamona, Chamaco, José González, Ángel Luis Peña, que fue devuelto, un sobrero de El Cotillo, también devuelto, otro de Couto de Fornilhos y uno de José Cruz, que sustituía al anunciado de Jiménez Pasquau. Para los espadas, todos nuevos en esta plaza, Adrián Centenera, Tomás González y Andrés García. No sería novedad decir que se ha picado mal, tapando la salida, sin poner los novillos en suerte; que esto no quiere decir el dejarlos allí a su aire, abandonarlos como el que deja un perro abandonado en una gasolinera, que hay que colocarlos con un cierto criterio, preferiblemente después de un remate garboso, aunque esto ya sí que es pedir peras al olmo. Y que una vez que el animal acuda al peto, estar atentos para sacarlo del caballo con acierto. Sí, que dirán que me ha afectado el sol, que seguro que sí, pero es que uno a veces delira. Que no digo nada de esos matadores, tanto novilleros, como los figuras y aspirantes, que no saben cuál es su sitio y se dedican a... ¡Yo qué sé a qué se dedican! A merodear por ahí. De los novillos, el de Guadajira quiso pelear en la primera vara, el de La Machamona solo con un pitón, el de Chamaco tirando derrotes a la guata, el de José González dejándose sin más, el de Couto acudiendo en huida primero al de la puerta y el de José Cruz aguantando al de encima del mulo, a ver si acababa de atinar con el palo. Novillos que no aburrieron, que para eso estaban otros. Es más, alguno ofrecía embestidas que en el mejor de los casos solo fueron acompañadas, aunque sin ajuste.

Adrián Centenera muy perdido, con la idea bien aprendida de iniciar los trasteos por abajo, pero eso de pegar trallazos afeaba lo que podrían ser buenas ideas. Luego mucho abusar del pico, mucha carrera y en el caso de su segundo, ligando enganchones en demasiados trapazos. Tomás González, debió escuchar lo torero que es empezar con ayudados, pero volvemos a lo mismo, que no es lo mismo templar, que tirar trallazos. Un novillo que era un dulce que no merecía esos trapazos al aire con la muleta al cielo, ni permitir tanto enganchón, concluyendo en su primero con una dosantina muy bailada, o lo que también llaman un invertido. En su segundo, el quinto, aparte de proseguir con su serie de banderazos, se pasó el rato venga a colocarse como para empezar lo bueno, pero nada, que no se acoplaba y al final, pues no se acopló. El tercero era Andrés García, que a su primero, un novillo huidizo, se lo llevó a los medios y consiguió sujetarlo. Después vinieron ventanazos y muletazos con la zurda iniciados con un tirón. Después prosiguió con un toreo demasiado moderno, con las fallas de todos y las carreras como todos. El que cerraba plaza parecía salir con la lección de torearse solo y el espada se mostró más efectista que eficaz, con un inicio por abajo gustoso, pero sin llevar al toro, que ya se llevaba él. Prosiguió con muletazos que cortaba antes de tiempo, sin rematar ninguno y escuchando como la cla le jaleaba hasta los enganchones, algo ya muy habitual, con esos ¡Bieeejjjnnnn! Trompicados. Para terminar con una serie al natural de frente, en el que se hacía más evidente ese pasarlo en línea y largando tela, que por supuesto caló entre los partidarios., que si no es por el pinchazo hondo o menos de media, depende de a quién pregunten, y los ocho golpes de verduguillo, lo mismo contagiaban a alguno más y le pedían un despojo. Y así terminamos una novillada que se hizo demasiado larga, sin aire acondicionado, que debía estar en reparación, con las radiaciones del Lorenzo aún a flor de piel y encantados de que esta empresa decida que esto empiece a las seis de la tarde y que vayamos llenos de optimismo y con la mente limpia, virgen, a los toros con la fresca.


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viernes, 28 de agosto de 2026

¡Ay que me he emocionao!

La abuelita guarda emocionada el dibujo de su nieto y casi lo compara con cualquier creación de Goya, Picasso o cualquier genio cósmico.


Hay un argumento irrebatible en esto de los toros, un argumento que no admite respuesta alguna. Que no se puede oponer a este si el toreo ha estado presente o ausente, si este o aquel han podido o no con un toro, que basta que alguien te diga que con este o el otro se ha emocionao, ya no hay más que hablar. Porque, ¿cómo te vas a poner a rebatir los sentimientos de alguien? Es absurdo e inútil, aunque eso sí, con eso del “me he emocionao”, estos pretenden taparte la boca e invalidar cualquier otro argumento que se les pueda presentar. Porque, ¡quién se pone a discutir con la abuela que ve que su nieto ya se tira solo por el tobogán? Si hasta le emociona esto y el que aterrice en un charco y vaya hecho un eccehomo de vuelta a la casa de la hija. Que eso sí que la emociona, no que el repelente Emilín recite la canción del pirata del tirón, cosa que a su vez emociona a su abuela, que dice que ella conoció al tal pirata del recitado. Y en los toros, pues tres cuartos de lo mismo, que vemos a uno de los del figuranato haciendo ciertas cosas y nos falta el aire de tanto pitarle y abuchearle, pero lo hace otro y... ¡Ay que me he emocionao! Y a ver qué le dices. Que con tanta emoción, uno solo puede ofrecerle un pañuelo para que enjuguen esas lágrimas tan sentidas. Que habrá quién diga que el ambiente en la plaza era como si hubieran fumigado con algo raro desde los cielos, pero uno no cree en las doctrinas antropoestácticas del profesor Llorente, don Marcos, especialista en las nubes del firmamento. Pero la verdad es que el ambiente era de aquella manera.

Corrida de Pedraza de Yeltes, unos correctos y otros enormes, que entre el de menos peso y el de más, había casi 200 kilos de diferencia. Y entre el más longevo y el más bisoño, dieciocho meses. Que pareja, lo que se dice pareja. En el caballo unos medio cumplieron sin más en un puyazo, que en el otro casi ni se simulaba el picotazo, a otros apenas se les tocaba, pero se les dejaba ahí en el peto sin tan siquiera apoyar el palo. Al sexto es al que más le dieron candela en una vara, mientras el animal empujaba sin humillar. Por supuesto que se les hacía la carioca, se les tapaba la salida y había pocas ganas de ponerlos en suerte con un mínimo de criterio, Mal lidiados, aunque esto no importa, porque eso de mantener cierto orden en la lidia parece ser que no emociona y si no emociona, ¿pa qué?

Los actuantes fueron Francisco José Espada, que hacía que no venía por aquí, un habitual del tedio; Joaquín Galdós, el segundo torero con más cartel del Perú, y Christian parejo, que ya en otras actuaciones emocionó a la parroquia y hasta a las abuelas de otros. Espada estuvo tan soso como algunos no le querían recordar. Inédito con el capote, especialmente en su segundo, que fue ver que se le frenaba para ceder la tarea a la cuadrilla. Con la pañosa, puro toreo moderno, pero sin emocionar, lo de todos y lo de siempre, muy despegado, que el tinte luego cuesta. En el cuarto habría que añadir que después de la segunda entrada al caballo, los emotivos decidieron que el toro era un inválido y había que cambiarlo. Y sí, hubo momentos en los que besó la arena, pero igual un pelín de temple por parte del matador, sin tanto trapazo, habría ayudado algo al de Pedraza. Que igual nada tiene que ver que en la segunda vara la puya cayera un tanto baja.

Joaquín Galdós dejó a su primero que correteara buscando la salida, hasta que se decidió a darle mantazos. Y empezó el trasteo por abajo, con cierto sabor, pero lo acelerado deslucía todo. Y continuó apresurado, pero ya para administrar toda la modernidad vigente del destoreo. A los arreones respondía con trallazos y así pues no hay quién se emocione... ¿O sí? El quinto era un mercancías que se defendía ya de salida y mientras el caos se empoderó en el primer tercio, con pérdida del palo y todo, el espada solo estaba por allí. Seguro que se fijaba mucho, pero aparte de teledirigir en la distancia levantando la mano, nada más. En la faena de muleta, pues mucha desconfianza, mucho trapazo para quitarse aquello de encima y siempre muy lejos. Que tanto se separaba, que no extrañaría que en la furgoneta de la cuadrilla le pusieran para él un sidecar en un lateral, no fuera a ser que sintiera las apreturas dentro del vehículo.

Y, ¿no querían emociones? Pues prepárense, que llega el nieto a tirarse desde el tobogán para aterrizar de boca en un charco. Chistian Parejo es de esos actuantes efectistas, que por su propia poca pericia transmite esa emoción que ahora tanto se jalea. Que no le pidan que medio intervenga durante la lidia, ni mucho menos. Que no duda en si está él con el toro, hacerse a un lado y decirle al peón: ahí lo tienes, apáñate. Que lo suyo es la muleta, ahí sí que levanta pasiones. A su primero, una vez que se lo sacó de las tablas, venga pico y ventanazos, trapazos y carreras, muy acelerado. Con la zurda, la muleta atravesadísima, casi como haciendo alarde de ello. Trapazos y más trapazos, tirando de recursos de plena vulgaridad. Que después de una estocada caída y cinco golpes de verduguillo quizá el personal se dejó de emocionar, que si no... Y fue en el sexto cuando ya los ¡bieeejjjnnn! Llenaron el ambiente de este nuevo templo de la vulgaridad. Empezó con ayudados sacando en exceso el culo y con el trapo por aquí y el toro por allá. Un animal que no paraba de entrar al engaño. Un achuchón por el derecho al colarse por el hueco que dejaba atravesando tanto la tela. Siempre pico, muy arrebatado, un enganchón por aquí, otro por allí, pero que se jaleaban con el mismo entusiasmo. Trapazo y a correr, otro y otra carrera, para terminar con una supuesta tanda de naturales de frente. Que no dudo en lo de la emoción de muchos, eso es cosa de cada uno, que hasta me dirán que dio uno de aquella manera, que si esto lo consideramos torear, pues venga con la emotividad. Pero si damos un muletazo y tenemos que recuperar siempre la posición, igual es que mucho toreo, lo que se dice toreo, no hay, ¿no? ¿Pases? Miles, pero, ¿toreo? Y no digo más. Pero claro, si contra lo del emocionarse hay poco que argumentar, contra lo del bisturí taurino, poco más. Eso sí, que como ahora resulta que esto se limita casi única y exclusivamente por lo de emocionarse, ya no hay más que decir. Y quizá sea un diálogo inútil si se intenta razonar y comentar algo con alguien que de primeras se te cierra en bando y te espeta eso del ¡Ay que me he emocionao!


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domingo, 16 de agosto de 2026

Y después del primero... Vámonos de verbena

Nos pusieron la miel en los labios, pero poco dura la alegría en casa del aficionado a los toros.


Siempre he sido de la opinión de que está feo marcharse de la plaza antes de que doble el último de la tarde y no creo que haya excepciones posibles, pero en el festejo de la Paloma en Madrid, si alguien después del primer toro hubiera decidido marcharse, no se lo habría reprochado. Que no porque el resto haya sido una mansada de impresión, una mansada made in Arauz de Robles, a la que los anunciados no han sabido tampoco darles el trato que les correspondía, sino porque ha salido un toro, del mismo hierro, una pintura. No era el más grande, ni el mejor armado, pero era el que uno pintaría sin pensárselo dos veces. Era el de la confirmación de Antonio Puerta, que casi once años después ha llegado a Madrid para decir quién quiere ser en esto del toro. Sale el mozo plantándose en la puerta de chiqueros, como mirando a ver qué se cocía por allí, hasta que le mostraron un capote a lo lejos. Se frenó en la primera embestida, para a continuación irse detrás de los engaños una y otra vez, queriéndolos coger, hasta su último aliento. El toricantano manejaba el capote con eficacia, que no es poco. Con el paso atrás, pero bueno, medio aseado. Lo puso dando distancia en los dos encuentros con el caballo, dónde cumplió, en la primera vara y en la segunda tiró varios derrotes. Buscaba a los banderilleros y había que hacerles el quite para que no hiciera hilo a la salida del par. Sin abrir la boca ni para relamerse, lo recibió Puerta con muletazos por abajo suaves y cadenciosos por ambos pitones. Aquí había toro. Quería coger las telas, aunque con esa nobleza que emociona, no la bobona que desespera. Y ya en pie, el espada empezó a pegar trapazos con la punta de la muleta, siempre para fuera, cambio a la zurda y venga a dejar que le tocara la tela. Despegadísimo para intentar conducir las inagotables embestidas del toro. Y la sensación era que se estaba dejando ir un toro de triunfo, pero triunfo de verdad, no solo era cuestión de cortar una o mil despojos, era la forma en que aquel animal merecía que se las cortaran. Y sí, se le fue, que hubo pañuelos con acento de su tierra, pero que ni tan siquiera valieron para haber una simple vuelta al ruedo. Si en ese momento alguien se hubiera marchado a la verbena, ya les digo que el chocolate o el bocadillo de calamares le habría sabido a gloria bendita, porque los paladares estaban a punto para unas gotitas de verbena de la paloma al ritmo de don Hilarión dudando si la Casta o la Susana, hijas del pueblo de Madrid.

Pero no, nadie se marchó, es más, después de lo visto, hasta pensaban algunos ingenuos que lo de Arauz de Robles iba a ser el renacer de un hierro que... Pues eso. Volvía, una vez más, Javier Cortés, que sí, que hizo el paseíllo y por allí anduvo repartiendo y recogiendo trastos. Al torazo grandullón le recibió bailando, no el chotis, más bien la yenka, a izquierda, derecha delante, atrás, un dos tres. Desconfiado, incapaz, alimentando el caos con su inseguridad. El manso ni quería caballo, ni quería banderillas, que picaban, ni nada de nada, pero si algo no necesitaba eran trallazos, enganchones y a su espada sin parar quieto, para acabar encimista y sin criterio. El que hizo cuarto de primeras decía que a él le dejaran en paz de capotes y capotas. Ni caballo, ni nada y el picador que no se atrevía a pisar la raya, que ya se sabe, que eso no se consiente, aunque al final, después de evitar que llegara al de puerta y de carreras por el ruedo, no hubo otra que el que el caballo fuera al toro, porque el toro no iba al caballo. Se lo sacó a los medios, pero el manso solo tiraba arreones, bronco, violento y Cortés un tanto desganado, mientras se empeñaba en dar pases, como fuera. Así, hasta que al final el animal se refugió en tablas.

Resultaba raro ver a José Garrido por Madrid en estas fechas y menos con una corrida de estas, pero así están las cosas. Que recibió hasta con gusto a su primero a la verónica, aunque echara el pasito atrás en la mitad de los lances. Mal y poco picado otro torazo, lo recogió el pacense por abajo con la muleta, pegando trallazos por uno y otro pitón, demasiado acelerado. Continuó con la diestra y venga enganchones, prisas, más enganchones y carreras, sin poder dominar el genio del de Arauz, que con un pinchazo nada más dijo que hasta aquí y se acostó él solito. En su segundo, el quinto, capotazos recortados al que echaba las manos por delante en cada viaje, para después ponerse a correr sin rumbo. Y allí que montaron una animada capea los de luces, sin conseguir fijar al animal. Reacio al caballo, solo pareció querer pelear, después de irse, cuando ya no notaba el palo, ¡qué vivo el tío! Esperaba peligrosamente en banderillas, pero al recibir los ayudados de Garrido en el inicio de faena, se iba escapando sin disimulo. Lo siguiente fue entrar, bueno, entrar, iba como un burro a la muleta. Si bien es cierto que el espada consiguió que dejara de deambular, todo se reducía a trapazos enganchados, embarullándose, hasta vulgarote y empeñado en dar pases y más pases. Cerró con más de media muy caída.

Y cerraba el que abría plaza, Antonio Puerta, con torazo enorme que ya de salida se le quedaba y se le revolvía. Dos cuchilladas traserísimas, que igual por eso el de Arauz no quería ir al peto; que encima había un señor que le quería ensartar los riñones. Y si en en su primero pareció que, aquí ya despejó dudas, venga trapazos, venga a dar aire y dando la sensación de que los ánimos que se suponen al que viene a confirmar a Madrid, se los había dejado en casa. Una desgana, un a ver si acabo y me voy de verbena, que hasta podían ofender a los que se habían quedado a pie de piedra toda la noche. Y claro, que todavía habrá a quién le parezca mal, de malísimo afisionao, el que pensara en un momento eso de: y después del primero... Vámonos de verbena


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viernes, 14 de agosto de 2026

El mejor torero de la historia


¿Adónde va?


Oímos, leemos, que estamos ante el mejor hombre que viste de luces de la historia. Allá cada uno y hasta dónde se remonte su historia. Que esta va hasta apenas un cuarto de siglo, pues igual puede medio entenderse, siempre poniendo mucho de parte de uno; pero claro, a nada que viajemos unos añitos más atrás en el tiempo, tal afirmación puede convertirse en un insulto. Y si esta emana de cabezas con canas, ¡ojito! Que algo buscan o algo esconden. Que no creo que haga falta dar nombres, porque todo aquel que ha visto algo de aquellos tiempos, igual se pone a relatar y nos sale una lista en la que a lo mejor ni tan siquiera piensan incluir a este mejor torero de la historia de este momento.

Lo que es indudable es que este mejor torero de la historia ha contado y cuenta con la mejor y más eficaz campaña de márqueting de la historia, que ha utilizado, él y sus acólitos, los media de una forma magistral. Y a las pruebas hay que remitirse, llegándose a nombrarle sin sonrojo como el mejor torero de la historia. Sí que es verdad y es innegable, que hubo un momento en el que deleitó con su capote, algo que aún se recuerda, pero parece que aquella corriente ha querido llegar, y con fuerza, hasta nuestros días. Que ahora hace cosas variadas con e capote, cierto, pero si tenemos que considerar toreo a que el animal pase mientras le mueven la tela con una y otra mano alternativamente. Si hay que obviar que le tengan que poner al toro en el punto exacto, ni un milímetro más, ni uno menos, para que él haga sus cosas, igual... Recordaba su toreo de capote, pero hemos llegado al punto de jalear con entusiasmo el dar aire, con un porte majestuoso, pero dando aire. Y perdónenme los entusiasta que no comparta su entusiasmo, pero a uno le llega lo que le llega y estas formas ni tan siquiera llaman a mi puerta de aspirante a aficionado a los toros. Y si continuamos con la muleta, pues... que insisto en lo del porte, pero en definitiva es eso, para ejecutar como todos. Eso sí a partir de ahí es dónde empieza la parafernalia mitómana.

Empezamos por la indumentaria, rememorando al mismísimo Francisco Montes; a esto, ni una pega, pero tampoco es para montar una peregrinación de rodillas a las cuatro de la tarde en mitad de la calorina de agosto. Eso sí, para los afines, los muy afines, esto ya es algo inaudito, excelso, magisterio puro. Luego estamos que me anu8ncio, pero igual voy, que no voy, con la mística que esto provoca en tantos. Y que conste que las causas por las que no va adónde sea, las justifico sin reservas y las entiendo absolutamente. Y si ya entramos en esas loas encendidas, en esas justificaciones, en que si es un torero que bebe de no sé qué fuentes y proseguimos queriendo disfrazar de no sé qué un corte de coleta, pues ya me contarán ustedes. Que ahora resulta que hay que manejar un manual aparte del toreo para saber que un corte de coleta es esto o lo otro según cómo nos venga bien.

Y ahora que me vuelvo a anunciar en Madrid, a ver si no me fallan los fieles y me preparan otro excelso montaje, porque esta parece ser la única fórmula para que le saquen a cuestas por la calle de Alcalá. Que se dice pronto, tantos años de alternativa y la primera vez que logra triunfar en Madrid es por un vergonzoso montaje, que solo fue el principio de una práctica que se quiere convertir en tradición. Que seguro que volverán aquellos jovencitos a invadir el ruedo sin respetar tiempos, ni tradiciones que creíamos eternas en una plaza de toros. Quizá porque era a eso a lo que iban, a ese jolgorio desenfrenado. Que no vino en mayo porque decía respetar mucho esta plaza. Y ahora parece que ha perdido momentáneamente ese respeto. Pues nada, que nadie se preocupe, que unos seguiremos esperando ver algo con que relamernos con el arte torero y otros querrán relamerse con el chachachá, que lo del toreo les importa un bledo. Que si les importara, quizá, como los primeros, echarían de menos ver todas esas performances con un toro y no con lo que se anuncia, que no es poca cosa. Pero resulta que al final, es todo lo externo a lo que se proyecta en el ruedo y lo que lleva a tantos a afirmar sin rubor eso de que es el mejor torero de la historia.



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viernes, 7 de agosto de 2026

Bienvenido Mr. Marshall

Si la cosa empieza con el entusiasmo con los alguacilillos, poco más se puede esperar


Esto de los toros traspasa fronteras, eso es una evidencia; otra cosa es cómo las traspasa. Que puede ser con la grandeza que todos suponemos y deseamos, lo que ha hecho desde tiempos inmemoriales que se acerquen gentes de todas partes, gentes que se veían deslumbradas por lo que allí pasaba. Incluso se hacían películas, películas que rodadas por los americanos mostraban una visión un tanto particular de esto de los toros, lo que no dejaba de confundir a estos foráneos que se interesaban por esto tan hispano. Allí se veía un ambiente festivo, con mucho “¡Olei toreiro!”, mucha bota viajera, mucho torero galano y conquistador y ese entusiasmo obligatorio en cuanto que el de luces sacudía los engaños aunque fuera solo para quitarles el polvo. Pues así ha empezado el festejo veraniego en este inicio de agosto en la plaza de Madrid. Que ha sido ver salir a los alguacilillos y el delirio ha aparecido en los tendidos. Pero bueno, tampoco hay que echarse las manos a la cabeza, que esto ya pasa demasiado a menudo en esta plaza. Que los montados no se han visto en otra. Pero claro, sale el toro y ¡Huyyyy! Pero, si es un toro de verdad. Y por si esto fuera poco, que va un señor con calzas rosas y empieza a agitar un telón delante de su cara. Los “¡Olei!” han brotado de golpe, con la fuerza de un tapón de gaseosa. Que como sería la cosa de extravagante, que los cuatro nativos que andaban en la noche por la plaza les han reconvenido que dejaran de celebrar como si estuvieran en un rodeo, en un partido en el Yankee Satadium o en una barbacoa en casa de los Johnson para dar la bienvenida al vecindario a los Wilson. Y por ese exceso de celo intentando preservar la seriedad del rito, la animación se ha evaporado. Que podía haber sido una noche festiva, alegre y llena de “¡Oleis!”, pero se ha quedado en... Se ha quedado en que entre el ganado, toros de José Enrique de Valdefresno, y los actuantes, Luis David Adame, Alejandro Mora y Alejandro Peñaranda, no han dado opción de divertimento ni al más entregado paisanaje. Tan pobre ha resultado todo lo sucedido, que quizá a los partidarios les ha dado hasta vergüenza de que alguien les pudiera relacionar con cualquiera de la terna. Y luego nos cuentan que esto es para divertirse, que hay que venir plenos de optimismo y con la mente virgen. Pero, ¿qué virgen? Si a la mínima te sueltan un sartenazo en plena cara, que a uno se le quitan las ganas de vivir.

El ganado ha sido una mansada, sin estridencias, pero una mansada. Y digo sin estridencias, porque no es que merecieran las viudas, pero entre la falta de casta, que ni genio tan siquiera, que han salido como vienen saliendo ahora los mansitos, que sí, que tiran para toriles, que buscan las tablas, que hasta te sueltan una coz, que en el caballo pasan de perfil, que se dejan sin más y que se encelan con el peto cuando no sienten el palo, pero que no dicen na de na. La mansa sosería o la sosa mansedumbre, cómo prefieran. Por lo demás, la de siempre, puyazos traseros, tapándoles la salida y para darle emoción, un palo se rompe, algo que se está poniendo de moda.

Luis David Adame igual es un figurón en México, pero para creer tal afirmación, como no venga un notario con las escrituras del figuranato, no me lo creo. Vulgar e incapaz, pero alargando su trapaceo tramposo hasta la desesperación de los presentes. Y lo peor es que cuantas más cosas quiere hacer y durante más tiempo las quiere hacer, más queda en evidencia. Que el mayor deseo, para él y los demás, ya no es que mejore sus actuaciones precedentes, que empezamos a conformarnos con que no las empeore, que al menos no vaya para atrás, pero hasta esto es mucho pedir. Eso sí, no duden en que próximamente tendremos nuevas oportunidades para ver su irrefrenable escalada a la cima de la más inoperante vulgaridad.

Alejandro Mora volvía a Madrid y... ¿De verdad es necesario que vuelva por aquí? Aunque son tantos los que se nos hacen candidatos para no volver a Madrid. Y no me refiero solo a estos espadas de tercera cuarta o quinta fila, que habría que empezar por los figuras que lideran el escalafón, por esos que conforman el figuranato en la actualidad: y aquí pueden añadir nombres sin recato. Alejandro Mora muestra una incapacidad asfixiante, no puede con los animales, a nada se ve aperreado, aunque eso sí, pone la pose galana y de una fineza escultural, pero es bufar el toro y a tomar vientos las exquisiteces. Enganchones, acelerado, más las tópicas y típicas trampas de la modernidad. Aunque seguro que aún habrá voces que digan con toda la autoridad que se atribuyen, que a este hay que verlo más. Pues para ellos, que le inviten a un chocolate en su casa.

El tercero era Alejandro Peñaranda ¿De verdad que aún no ha dejado más que claro que no da de sí para nada y que todo lo que da es de de no? Que entre enganchones, banderazos, pico y un aperreamiento permanente, no da para más. Que como sus compañeros de terna, ya no aspiramos a que mejore, que margen tiene para mejorar, es que con que no vaya a peor ya es un triunfo. Que se le vio por aquí hace nada, mes y medio, y estamos en las mismas. Que tanto a él, como a sus compañeros de terna no les han ovacionado ni los paisanos, aunque tampoco es que hubiera demasiados y los que se hayan acercado a las Ventas en medio de la canícula madrileña, al verse rodeado de tanto guiri entusiasta, igual pensaban ser amables y hospitalarios y dedicarles a los foráneos un cinematográfico Bienvenido Mr. Marshall.


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