
Antes de nada, tengo que aclarar que Belador, con “B”, fue un toro bravo; otra cosa es que se mereciera aquel indulto que se fraguó días antes de la Corrida de la Prensa de aquel año de 1982. Llegó a convertirse en tradición el que dicho festejo fuera concurso y como estaba reglamentado en aquellos años, en este tipo de funciones cabía la posibilidad del indulto de los toros extraordinariamente bravos. Los medios de la época hicieron especial hincapié en este detalle; esta posibilidad caló en el público y fue a la plaza con el firme propósito de mandar uno de los seis toros de vuelta al campo.
Tampoco era exacto lo que se decía, que se indultaría al mejor de la tarde, pues podían serlo los seis, si los seis hubieran sido el paradigma de la bravura. Pero claro, si había que elegir a uno, ¿qué mejor que el Victorino? Eran los años en que el de Galapagar asombraba a todo el orbe taurino, la corrida del siglo, los finales gloriosos de la feria de San Isidro, Ruiz Miguel y sus hazañas ante las alimañas o el ganadero que se ponía aquel día su traje y su corbata para estar a la altura del acontecimiento. Incluso creo recordar que aquella tarde la corrida empezó algo más tarde de lo habitual. ¡Qué cosas! La Corrida de la Prensa entonces era todo un acontecimiento taurino en el que el protagonista era el toro.
Toros de Miura, Hernández Pla, Victorino Martín, Guardiola, Bohórquez y Celestino Cuadri. ¿No es eso variedad de encastes? La misma variedad que ofrecían los matadores, Manolo Cortés, el arte y la elegancia, José Antonio Campuzano, quien se ganó en aquellas corridas su merecida fama de buen lidiador y José Ortega Cano, que estaba queriéndose hacer un hueco en el mundo del toro.
Y como aquella tarde iba a ser algo especial, con toda la decisión del mundo saque una entrada para mí t otra para la que por entonces era mi novia y para su hermano, que se viera que uno era rumboso, y si se hubiera apuntado, hasta para su madre. Una delantera a pleno sol, para no pasar frío, que el mes de julio puede ser muy traicionero y de esos 40º, ¿quién decía que no se pudieran desplomar los termómetros? Y casi se desploman, pero del calor que derretía hasta la alcayata en la se colgaban de la pared. Salieron los dos primeros, el de Miura y Hernández Pla, de quien se recordaba aquel famoso toro Capitán y al que tuvieron que sacar del peto coleándole, pues su afán no le dejaba alejarse del caballo.
Y llegó el de Victorino, codicioso y muy pegajoso, obligando a Ortega Cano a recolocarse constantemente y a intentar quitarse de en medio a aquel ciclón que le estaba arrollando. En varas se arrancó de largo, pero no tuvo el comportamiento que se le podía exigir a un toro de indulto, era bravo, pero no para eso. Aunque esto siempre desde el punto de vista y el gusto de la época. Si aquello ocurre en estos días, a Belador, con “B”, le hacen un monumento en el centro de las plazas mayores de todos los pueblos de la piel de toro y en Barcelona hasta le pondrían su nombre a una calle. Lo que a lo mejor extrañaría al público es que el matador solo pudiera dar una tímida vuelta al ruedo. Esa es la demostración de que un toro bravo lo es en si mismo y no dependiendo si el torero que le ha tocado en suerte pega cien, doscientos o tres pases. Son dos cosas diferentes, aunque siempre es de agradecer si el matador se digna en lucir las condiciones del animal para disfrute del aficionado.
Se estaba perfilando Ortega Cano para entrar a matar, cuando empezaron a flamear pañuelos blancos en los tendidos. A medida que muchos se daban cuenta de que era el de Victorino, secundaron la propuesta de indulto. Entre algunas protestas, el usía accedió y sacó el pañuelo que despenaba a Belador, que en ese mismo instante pasó a engrosar la historia de la Plaza de Madrid y de toda la tauromaquia. Ortega simuló la suerte de matar con una banderilla blanca y acto seguido los lidiadores se retiraron tras las tablas. Salieron los cabestros, pero el toro no se encelaba con ellos, una y otra vez, pero nada. Parecía que la cosa no iba a ser fácil. Desfile de cabestros y tampoco, ¿qué hacemos? pues más cabestros, que por cierto en aquellos años no mandaba Florito. Luego fue un perro tirando dentelladas a las patas y orejas del Victorino. Ahora sí, esa era la solución que se esperaba para retirar al toro, pero no, tampoco el perro tuvo la habilidad necesaria.
Toc, toc, toc, y se anunció por la megafonía de la plaza que se iban a apagar las luces del coso como nuevo recurso, para lo cual se pedía que la asistencia se mantuviera en silencio. Las Ventas a oscuras y en silencio, mientras un operario de corrales encendía y apagaba una luz desde dentro de la puerta de toriles. Pero nada. Quizás es que no se guardaba el suficiente silencio ¡A callarse! Y que no. Mi novia inquieta, pues llegaba la hora de irse a casa y estábamos en el tercero de la tarde, y yo rezando para que eso acabara y poder ver la corrida completa. En el maremagno que había en la puerta principal, un policía y un portero nos permitieron salir a buscar una cabina. Al rato volvimos, no sin algunos problemas para volver a entrar. Menos mal que el portero levantó la mano y dijo eso de “déjalos pasar”. ¡Ufff! Volvimos y allí seguía Belador en el ruedo, esperando a que todo el mundo volviera a ocupar sus localidades.
La gente se impacientaba y pedía que se apuntillara al toro allí mismo, abusando de la extraordinaria habilidad de Agapito Rodríguez para despachar toros desde el burladero. Pero entonces los que en un primer momento protestaron el indulto, ahora protestaban la posibilidad de que el señor presidente cambiara de idea. ¿O qué pasaba, qué lo pintoresco se había vuelto incómodo? Pues nada a aguantar las consecuencias de ese indulto improcedente. Y fuera de toda lógica, en un momento, salieron los cabestros y mientras se volvían a los corrales, Belador decidió seguirles ante la incredulidad del respetable, quien le despidió en pie entre una sonora y aliviada ovación, mientras se frotaba el culo acorchado e insensible, después de tantas horas sobre la piedra de la plaza de Madrid, aunque se fueron a casa felices porque ellos podrían contar que vieron a… Belador, el Victorino indultado porque sí.