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| Rodolfo Gaona, que igual no cortaba tanto despojo, pero de un par de banderillas le esculpieron un monumento |
Hay que ver cómo son los presidentes de las corridas de
toros, casi tan excéntricos como los presidentes de una comunidad de vecinos.
Quizá la diferencia más grande sea que uno pone orden sacando pañuelos de
colores y el otro impone el desorden cuando el vecindario le saca los colores. Que
no me voy a poner ahora a ensalzar la tarea de ninguno de los dos, eso sería
como montar una peña de fútbol dedicada a un árbitro y hacerle la ola cada vez
que pite un fuera de juego o cuando expulse a un futbolista.
Pero lo que tampoco se puede es pretender convertir en el
origen de todos los problemas a quien no lo es. Hace unos días en Mundoch…
perdón, en Mundotoro, un aspirante a mejora se despachó a gusto con don Julio
Martínez, presidente de la plaza de Madrid, y ¿por qué? Porque tuvo la osadía
de no conceder una oreja que el señor escribiente de dicho portal consideraba
que tenía que haber dado. Semejante afrenta merece el peor de los castigos,
galeras, el
potro de tortura, presidir un congreso de suegras o hacerle ver
todas las corridas televisadas con la locución íntegra de los avispados
comentaristas y entrevistadores que tanto nos enseñan. Ahora, durante las
Corridas Generales de Bilbao parece que todo depende del despertar de don
Matías, uno de los amargados más conocidos de España y que más rencores
provoca.
Lo primero que habría que plantearse es cuál es el objeto de
las corridas de toros, de qué se trata esto. Si la historia va de montar y
mantener un estado de algarabía y euforia general, está claro que estos dos
señores presidentes no merecen ni el pan que comen. Serán bellacos y malditos
roedores don Julio y don Matías. Pero, ¿qué les costará a ellos sacar el
pañuelito para regocijo de la parroquia? Parece mentira que don Julio no valore
el esfuerzo del paisanaje que todos los domingos pueblan, con extrema escasez,
los tendidos de las Ventas, como para no ponerse orejero. Pero si esto de los
Toros tiene como fin primero el ver al toro en la plaza en toda su integridad,
con un torero delante que se le enfrente y que le doblegue y le mande de
acuerdo a los cánones heredados de nuestros mayores, entonces la cosa cambia.
Entonces no vale lo de los autobuses, la euforia por el paisano, ni el gusto
por la casquería, ni nada que no sea el toreo. Pero si se parte de que las
orejas son diversión y el resto no, ya vamos un tanto sesgados.
Tantos respetos que se piden hasta para el que vende los
helados, pero parece que no les quedan para los que piden seriedad, los que
intentan que esto no se degrade y que no se convierta en el ñusco la Bernarda.
Esos que para divertirse se van al Aquapark o a las fiestas de Torrijos. repito
que no me voy a poner a defender a los presidentes de las plazas de toros, pues
estos son los mismos que dejan un inválido en la arena, que cuentan con puyazo
un raspalijón, que admiten como toro a un carnero chico, que permiten que se
acepten cuatro toros y luego Dios dirá, aunque esto suponga timar al
aficionado.
Siempre ha habido críticas a los presidentes, pero no porque
se cambien los términos y las reglas del juego sin que este se haya enterado.
Resulta que ahora no pasa nada por un pinchazo, total, pelillos a la mar, ¿qué
es un picotazo de nada? Y que conste que no estoy hablando del primer tercio.
Sin un pinchazo no va a ningún sitio. Para colmo, los de los micrófonos se las
pintan solos para malinterpretar y maleducar, sacándose de la manga que como la
primera oreja la pide la mayoría, el señor presidente tiene que darla. Ya nos
olvidamos del pinchazo, de la colocación de la espada, del toro y de que el 25
de diciembre es Navidad. Para colmo, el reglamento actual no puede ser más
ambiguo y entre las muchas lagunas que tiene, esta es una de ellas. Qué decir
de la segunda oreja, que todo el mundo se sabe eso de que es del presidente,
pero claro, volvemos a lo mismo, si la pide la mayoría. ¡Caramba con la
mayoría! Que bien aprendido nos tenemos eso de las mayorías, que lo mismo valen
para sacar a uno a hombros, que para sacarle de la cárcel, que para ponerle en
un ministerio. Aunque se salten a la torera el primer principio democrático, el
respeto a las normas, en este caso, el Reglamento taurino, ambiguo y con
lagunas, pero si para dos cosas que están claras nos lo pasamos por el refajo,
dígame usted. Atrás quedó eso de que para conceder la segunda oreja había que
tener en cuenta la lidia completa, el toreo de capote, las condiciones del toro
y siempre, pero siempre, la espada. Que acabo de oír que don Matías no da un
segundo trofeo si la espada no está en lo alto. Y a Molés y compañía esto no
les parece bien. Uno es que no da crédito.
Pero es que ese es el gran problema de la Fiesta, que un
señor presidente no conceda una oreja; ya pueden estar arrastrándose los toros
por el ruedo, que si no va ninguno para atrás, no pasa nada, pero nada. Que si
a un toro no se le puede ni tocar con el palo, pasa menos, y esto sin entrar en
los vicios de los de luces, eso es pecata minuta si lo comparamos con la
degradación del toro. Si este vuelve por lo que fue, ya veríamos como los de
las trampas se iban a andar con más cuidado. Que todo vale, menos negar un
despojo, que no hay diversión si no hay despojos. Que yo no sé qué les han dado
a los escribientes para que les peguen esos ataques de ira antipresidencial,
sólo por negar un nido de chinches y pulgas. Que si le han robado a fulanito,
que si el usía quiere tomar un protagonismo que no le corresponde, que si lo
ven todos menos él. Un poco de sentido común y de afición, valoremos lo
importante y no lo accesorio.
El otro día al leer la magnífica carta abierta que Gloria
Cantero publicó en el blog “Toros en puntas”, de Luis Cordón, pensaba que vaya
forma de cabrearse y de plantarse ante tanta estupidez y tanto sin sentido,
pero es que ahora aún le doy más valor a lo que allí decía mi buena amiga, y al
gesto del dueño del blog al cederle un espacio en su bitácora. Pobre don
Matías, para un día que da gusto al personal, le sale una aficionada
respondona, a la que encima le dan la razón y le alaban el gusto una panda de
insensibles que no saben lo que es un buen despojo. Si al final va a ser verdad
eso de que “Julio Martínez y los demás presidentes culpables”.
