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domingo, 20 de marzo de 2011

Los grandes males del pasado


Chiculina de Silverio Pérez
Desde hace tiempo leo a algunos compañeros de otros blogs como abogan por una excesiva idealización del pasado de la fiesta de los toros y no seré yo el que les quite la razón, es más gracias a ellos me he puesto a hacer memoria y espero que ellos como buenos conocedores de la tauromaquia de hace treinta y tantos años completen aquellos detalles que a mí se me queden en el olvido o sencillamente en el desconocimiento.

Eran momentos en los que la afición de Madrid se tiraba de los pelos al ver como el paseíllo lo hacían tres o cuatro caballos y no los seis más el reserva desprovisto de peto. La verdad es que era un público mucho más amable, que no se cegaba con su manía a las figuras del toreo cuando estas les mostraban la sublimación de su toreo. Aunque también tenían sus cosas. Era salir el toro al que consideraban falto de trapío, que renqueara de patas o manos, que un pitón no estuviera pulcramente en puntas o que el toro soltara el derrote antes de tiempo y, chico, la sobria y seria plaza de las Ventas se convertía en un manicomio; la andanada del ocho, el siete, la sombra, y todo para cambiar el toro, que permanecería en el ruedo sin poder ser sustituido si el de a caballo le tocaba con el palo. Unos sacaban un billete de mil con su entrada y se lo mostraban al señor presidente, pero respetuosamente, eso sí, y otros, que se habían gastado el billete en comprar la entrada, simplemente protestaban.

Otro de los males que afeaban la fiesta era el terrible problema del monopuyazo, en el que el pobre toro recibía de lo lindo en su primer encuentro con el caballo y luego le costaba apretar en los dos puyazos restantes que se le administraban desde una pesada mole compuesta por caballo, picador y un peto que no movían catorce buenos mozos sin partirse los lomos. Sin hablar de cuando el toro doblaba las manos, aunque eso aún lo tenemos presente cualquier tarde del siglo XXI.

Tampoco era inhabitual el que los días de las figuras hubiera baile de corrales la mañana de la corrida y los días previos a ésta. Y es que la gente de Madrid siempre ha sido muy rencorosa ella. Si no, ¿cómo se puede llamar a que si un matador protagonizaba año tras año este rally de camiones de la finca a la plaza, de la plaza a la finca, del Batán a la finca, de la plaza al Batán? Un lío. Y además, como se podían ver los toros en el Batán durante la feria, pues ya se les iban calentando los cascos, que empezaban a echar fuego en el apartado y ya era una falla por la tarde en la corrida. Si es que no se puede ser tan rencoroso hombre. Eso sí, se podía consolar con ver verdaderas corridas de toros en la parte de la feria en la que acudían los modestos, aunque era bastante infrecuente que estos modestos debutaran en la temporada de ese año en una corrida de la feria de San Isidro, o que fueran con una o dos toreadas en la temporada antterior, a ver qué pasaba.

Como decía al empezar a escribir, en aquellos años no se ataban los perros con longaniza y si no, solo hay que recordar como se censuraba lo del codilleo, lo de no torear con el capote y en su lugar limitarse a sacudirlo como las mantas al acabar el invierno. El no entrar en quites, el no colocarse en su sitio durante la lidia o su inhibición mientras esta transcurría eran motivo de mandarle a pensar al rincón ¡Cuánto se afeaban las carreras o los excesos atléticos en banderillas!

¿Y con la muleta? Con la muleta, el que no anduviera espabilado tenía que escuchar como le contaban los pases a coro y como era tomado a chufla al llegar al cuarenta. Claro que también había cosas que no eran tan idílicas, había matadores que presentaban un certificado médico aludiendo una lesión para no llevar la espada de verdad y utilizar la de mentira durante la lidia. Lo que luego ya hemos conocido como “la ayuda”. Entonces la gente era más ignorante y se limitaba a lo de “la de mentira”. Si no serían ignorantes que no perdonaban un bajonazo, que no pedían la segunda oreja si no habían desarrollado un lidia completa con capote y muleta y después de dejar una estocada en todo lo alto, aunque fuera una media, pero ejecutando la suerte a ley.

Fíjense ustedes lo que se idealizarán aquellos años que hoy en día se les da el título de maestros a toreros que nunca triunfaron de verdad en Madrid, y no me refiero a orejas y salidas a hombros, se les considera maestros a Paquirri, que era un prodigio de facultades físicas, Dámaso González, honrado como el que más, Espartaco, que conseguía que embistiera una máquina de tricotar, Ojeda, que hacía lo mismo que Manili, pero con un toro más… más para la ocasión, y otros cuantos que ahora pretenden hacernos pasar como los autores de la nueva tauromaquia. Las figuras de entonces huían de los tremendos pitones de los toros de Luciano Cobaleda, que procuraban evitar los Miura, Victorinos o Albaserradas, y que preferían lo de Núñez, Osborne, Santa Coloma, Atanasio, Barcial, algunos los Coquillas o Pablo Romero; ahí también entraban en juego las manías y predilecciones de unos u otros hierros, pero sin defenestrar a los demás, entre otras cosas porque a lo mejor los quería el compañero. Incluso había Juan Pedros, para los que había que echar un cuarto a espadas para torearlos.

Pues vaya que se ha idealizado el pasado, incluso se ha idealizado la idea de pensar que se contaba con los mismos medios de divulgación como son el vídeo, los libros, Internet y demás. Eso ha llevado casi al olvido de las masas a Camino, el Viti, Curro Vázquez, Puerta, El Inclusero, José Luis Palomar, José Ignacio Sánchez, Pepe Luis Vargas, Manolo Cortés, Gabriel de la Casa, Ángel Teruel, José Luis Galloso, Manili, Julio Robles, Juan José, Macareno, Miguelín, Joaquín Bernadó, Andrés Vázquez, Pepe Luis hijo, Miguel Márquez, Manolo Vázquez, Dámaso Gómez, Marismeño, Luguillano, El Yiyo y tantos y tantos que sé que olvido, y lo siento, que torearon otro toro y que mostraron otras maneras y otro respeto por el clasicismo, tan devaluado con el paso del tiempo. Es verdad que aquello no era tan idílico y maravilloso, pero ojalá tuviéramos aquellos problemas y no los de ahora. Y nos quejábamos, pero no sabíamos lo que se nos venía encima. Ahora sí, porque sufrimos todos los días el peso de su vulgaridad. Y una última pregunta ¿Quién está satisfecho con lo de Valencia?

lunes, 7 de marzo de 2011

Con el toro ya nos conformamos


Hemos pasado un entretenido invierno con el monoencaste de marras; Unos alabándolo y queriendo demostrar lo beneficioso que es tener un toro hecho a la medida de las capacidades de los toreros, que no les moleste, vamos, como afirmaba un ganadero, que no se entere que allí hay un toro. Otros tirándose de los pelos precisamente por todo lo dicho anteriormente. Y ahora que ya se nos arrima la primavera, pues unos y otros vamos a “disfrutar” de los torillos del monoencaste. Como aperitivo ya tuvimos la sublimación del arte del toreo de Vistalegre, al que solo le faltó el indulto para poder ser proclamada como la corrida paradigmática de la tauromaquia moderna y ejemplo a seguir en el siglo XXI, donde se destaparán todas las falsedades del pasado y surgirá toda la vulgaridad del presente.

Uno de los principales culpables de esta degeneración que estamos sufriendo es el requetesobado monoencaste, al que se contrapone la variedad de encastes, discusión en la que hemos caído todos. Yo francamente estoy un poco cansado, porque veo que esto resulta infructuoso. Unos nos aburrimos con la monotonía impuesta por ese tipo de toro que ha infestado los carteles de todas las plazas y otros se parapetan en que de vez en cuando sale algún toro bueno. ¡Hombre! Solo por estadística, alguno tendrá que embestir, lo que no quiere decir que sea bueno; al toro de lidia hay que exigirle algo más, no para que sea el prototipo de la bravura, sino para que alcance unos mínimos que ahora no cumple.

Entonces ¿qué es lo que estamos pidiendo? Pues sencillamente el toro íntegro, otra de las expresiones más sobadas del panorama taurino y al mismo tiempo otra de las circunstancias que menos se cumplen. Pero no hay otro camino que exigir el toro, con eso es más que suficiente. Y si ese toro es de este o aquel encaste, pues que sea, y si este o aquel encaste resulta más molesto o más incómodo para el torero, pues allá penas, que se aplique en conocer los secretos del toro y de su lidia y punto. Y no ese papanatismo de entronizar al elegante incapaz a costa de castrar la esencia del toro.

Quizás si don Juan Pedro Domecq Solís no hubiera salido con aquella genial idea del toro artista y se hubiera dedicado a preparar unas oposiciones a bodeguero en su pueblo, a lo mejor ahora no estaríamos en las que estamos. Pero lo hecho, hecho está. El problema ahora es ver cómo se convence al público de que eso que llaman fiesta de los toros es un tercio, o menos de lo que fue. Igual todos tendríamos que aprender que hay toros que el espectáculo lo dan en el caballo y que luego tienen una faena más corta, o que otros parecen mansear de salida y en cuanto notan el palo del picador se empiezan a venir arriba, o esos que parece que se van a comer a todo el que se les ponga por delante y que después de que les digan dos veces como son las cosas acaban entrando en la muleta como los ángeles.

Yo estoy convencido que si se estableciera esta exigencia de mínimos en la fiesta seguiríamos teniendo toros del encaste Domecq, lo único que quizás no pertenecerían a los hierros que ahora van apestando en todas las plazas del mundo. Puede que muchos piensen que de esta forma la fiesta se convertiría en un espectáculo monótono y aburrido, pero ¿qué tenemos ahora? ¿Por qué pagamos cada tarde? ¿Qué nos dan a cambio? Puede que este cambio exigiera un tiempo de adaptación, o puede que no. A lo mejor lo único que cambiaría sería el nombre de las ganaderías, que casualmente pertenecerían a una mayor variedad de encastes. Lo que sí es muy posible es que cambiaran los nombres de los coletudos, a no ser que se apretaran los machos y se adaptaran a ese toro que muchos no han visto ni en foto. Y a cada toro tendríamos que saber lo que les pedimos. A un Miura no se le puede pedir nobleza y docilidad, igual que a un Atanasio no se le puede exigir fiereza, o a un Veragua que se convierta en un carretón por arte de magia. Nos hemos empeñado en tomar solo un camino, pero quizás el único viable sea el del toro, que es el único que hace que tenga valor lo que se hace en el ruedo. Si no, nos podemos encontrar con lo que ocurrió en Carabanchel protagonizado por Morante. Muchos fueron los que cantaron las glorias del de la Puebla, incluso buenos aficionados que no podían sustraerse al arte de este torero, pero a mi juicio esto es lo más próximo a un ballet, alejándose de lo que es el toreo.

Y, como es habitual, al final nos encontramos en el mismo punto de siempre, que todo nace a partir del toro. Sean de uno u otro encaste, lo primero es el toro y nos podremos empeñar en hacer desparecer los patas blancas, los coquillas o los atanasios, pero entonces corremos el peligro de quedarnos sin toro, o se podrá insistir en esa uniformidad que impone lo Domecq, pero antes que después nos quedaremos sin toro y sin vías para recuperarlo; así que parece que lo único que podemos hacer es exigir el toro, que con el toro ya nos basta.

PD: ¿Veremos algún torillo de Carabanchel protagonizando el entierro de la sardina?

jueves, 23 de octubre de 2008


Qué difícil y qué fácil es hablar de toros. Difícil, porque como casi todas las artes, está llena de matices, de interpretaciones, y puntos de vista, aunque, en mi opinión, siempre debe respetarse la esencia clásica de la lidia del toro. Esto es, ejecutando las suertes según la tauromaquia clásica; ¿Que de esa forma los toros pueden coger a los toreros? Pues claro, pero de eso se trata, de que el toro tenga una mínima oportunidad y de que el torero no resulte cogido. Y no es que yo desee que cada tarde salgan los tres espadas por la enfermería, ni mucho menos, pero esa es la forma de que su arte no sea una pantomima y de que sean, con todo derecho, los héroes admirados como ningún otro ser, después de haber sometido a un animal tan fiero como el toro bravo.

Y al mismo tiempo es fácil hablar de toros porque cualquiera de nosotros nos creemos en poder de una verdad absoluta que nos permite expresar tranquilamente los fundamentos de nuestra particular tauromaquia, demostrando así nuestra ignorancia - y que conste que no me excluyo de este grupo-. Aunque yo tengo claro que no la tengo, no soy como creen muchos “un taurino que sabe mucho de toros”. Sólo me considero un aficionado que sí sabe cómo le gusta que se hagan las cosas en la plaza, fuera de la plaza, al prepararse los carteles, al criarse los toros en el campo y hasta cómo me lo cuentan los sabios del toreo.

Se me hace muy difícil digerir las opiniones de gran parte de la prensa especializada, cuando de una faena mentirosa y llena de trucos, me quieren hacer creer que ha sido una faena “para aficionados” y, en cambio, otras en las que el torero se ha jugado la cornada en el muslo ante un toro de verdad, me cuentan que no ha estado tan sublime como Joselito con los seis de Vicente Martínez en la segunda década del s. XX.

Hoy parece que se valora más el arrimón ante un toro ya parado de por sí, que ponerse a dos o tres metros, adelantar la muleta, sin estridencias de contorsionista, esperar la arrancada, embarcar la embestida, pasárselo muy cerquita llevando al toro toreado y darle la salida rematando el pase atrás, quedándose colocado para el siguiente y así una y otra vez, hasta que el propio toro obliga a que se cierre la tanda con el de pecho. Así de fácil ¿no? Lo malo es que de esta forma los toros cogen más a los toreros, pero para eso también tenemos la coartada preparada: si le cogen los toros es que no es buen torero. Lo dijo Blas, punto redondo. Pobres los Joselito, Manolete, Granero, Antonio Bienvenida y tantos otros, que cayeron por “no ser buenos toreros”. Y otros que, aunque no dejaron su último suspiro en el ruedo, salieron demasiadas veces en brazos de peones, monosabios, areneros, y muchos más, tapando con sus manos las bocanadas de sangre que salían de las heridas, que para esos matadores de toros eran el orgullo de su profesión.

A mí me queda el consuelo de intentar plasmar sobre el lienzo o el papel la forma de torear que me gustaría ver unas cuantas veces por temporada, esa que aprendí desde pequeño, cuando mi padre me decía: “No eches la pierna atrás” o “ya no agarra nadie la muleta por el centro”, aunque luego corregía la frase diciendo: “Por el centro justo no, un poco más atrás, así, como la cogía Pepe Luís”. Y yo toreaba y toreaba con mi muletita y mis lápices de colores, sin saber quién era Pepe Luís, Manolo González o Pepín Martín Vázquez, pero al Viti sí, a ese sí le conocía desde muy pequeñito.