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| No permitan que los animalistas decidan mi futuro. |
Son muchos los que no están de acuerdo con los Toros, los
que muestran una actitud displicente o incluso los que muestran una
indiferencia extrema, pero si hay algo que me ocurre con los animalistas,
opositores acérrimos a esta pasión, es que no dejan de sorprenderme y además me
cuesta un mundo entender sus argumentaciones. No creo que tenga nada que ver el
que se apiporren a lechugas y acelgas, con las que por otra parte no muestran
ningún sentimiento fraternal. Qué curioso, tienen con las berzas el mismo
comportamiento que con las personas a los que nos gustan los toros, a ambos nos
quieren hincar el diente y si pueden, nos tronchan como si fuéramos hojas de
rábanos. Y ruego me perdone Andrés de Miguel al compararle con una zanahoria,
pues él ha sufrido en sus carnes la humanidad de estos amantes de los animales,
que no quiero decir con ello que practiquen la zoofilia, ni mucho menos, que
todo hay que aclarárselo a estos... a estos... a estos activistas en la defensa
de los animales, de todos los animales.
Ya sabrán de la agresión sufrida por el propio Andrés de
Miguel, que fue el que peor salió del suceso, Yolanda Fernández Fernández-
Cuesta y Rafael Cabrera Bonet, durante la conferencia que estaba pronunciando
la presidenta de la Asociación del Toro de Madrid. Según cuentan, unos
individuos pretendieron boicotear el acto y como esto les debió saber a poco,
ya sabemos que ellos están acostumbrados a grandes bocados, se liaron a
mamporros. Había que callar “democráticamente” a quien utilizaba la palabra
para hablar de algo con lo que no están de acuerdo. Por supuesto que los
métodos deberían observar la proporcionalidad que requiere el enfrentarse a
aficionados a los Toros. Doña Yolanda, una señora que osa hablar
apasionadamente del toro; don Rafael, que como un violento anarquista se
encierra entre libros, hasta tal punto, que puede que sea el más erudito
bibliófilo taurino del momento; y Andrés de Miguel, que necesita sus casi dos
metros para que le pueda caber tanto saber y tanta bondad. No hace mucho me
crucé con él por la calle Arenal y acabé aterrorizado, iba paseando buscando
rincones taurinos de Madrid. ¡Escalofriante! ¡Intolerable!
Es posible que los salvajes, como lo son las amapolas, los
leones de la sabana, los cocodrilos del Nilo, las hienas y demás alimañas de la
naturaleza y estos mismos delincuentes, pensaran que en una conferencia sobre
Toros solo habría ancianos y seres timoratos que al primer golpe de viento
meten la cabeza debajo de la mesa camilla no vaya a ser que se lleven un
tortazo. Que no digo yo que alguno hubiera y que todavía esté temblando, pero
lo que sí había era gente que vive una afición, que disfruta con ella y sobre
todo, que no tiene que esconderse por ello y que no permite que unos
zampaberengenas les pisoteen la dignidad. Estará Andrés tragándose el dolor,
seguro, pero lo que no soportará es el pensar que alguien quiera imponerle una
opinión y robarle su libertad a fuerza de golpes. Resulta paradógico, los
animalistas que abogan por la no violencia, por esa paz y amor con las
criaturas del reino animal, tratan a los seres humanos salvajemente, empleando
la violencia verbal y la otra, la que fractura huesos, cuando les viene bien.
Baste con no darles la razón y no acatar sus dictados, para que se líen a
empellones. No creo que quieran poner en práctica lo que tantas veces
vociferan, eso de que nos muramos, que todos los toreros tenían que estar
muertos y lindezas parecidas, pero viendo sus reacciones, cualquiera diría que
buscan la paz y el equilibrio con el Universo.
Cuando me enterado del suceso no puedo más que reconocer que
me he indignado y habría pagado con dos cajones de nabos por habérmelas con uno
de estos indeseables, sobre todo pensando en el talante de las tres personas
que más sufrieron las consecuencias de la agresión y en especial al ver la
imagen de Andrés de Miguel siendo agredido por estos animabestias, pero ahora
ya más reposado, al menos puedo reflexionar sobre entes como estos. Pero yo les
digo que no vayan a estos actos en los que la asistencia no puede ser
multitudinaria, más por razones de espacio, que no por el interés que
despiertan estas charlas, acudan a la plaza, vénganse un día a los toros,
saquen su entrada y allí dentro podremos hablar, cada uno expondremos nuestros
puntos de vista y estoy convencido que los aficionados a los toros tendrán un
amor a los animales y a la naturaleza mucho más arraigado que ustedes, incluso
comiendo chuletones de Ávila, viendo corridas de toros y haciendo la matanza
allá por San Martín. Piensen una cosa, de los animales destinados a la lidia,
el que menos vive lo hace dos años y en libertad, después de estar uno entero
junto a su madre. Si este espectáculo desapareciese hoy mismo, la primera
consecuencia, que no la única, es que en menos de una semana desaparecerían
cientos de miles de cabezas, todo dependería de la saturación de los mataderos.
Y uno de los primeros que lamentaría este holocausto sería precisamente don
Andrés de Miguel, al que junto a Yolanda Fernández Fernández- Cuesta y a Rafael
Cabrera Bonet dedico este escrito, mis mejores deseos y mi solidaridad. Seguro
que ahora, desafortunadamente, son perfectamente capaces de discernir entre
Animalistas, animabestias... o simples salvajes.
