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| Vaciarse sobre el morrillo echando la muleta al hocico del toro y salir airoso de la suerte, eso sí que es valor y valía |
El valor siempre ha sido una cualidad muy valorada en un
torero, a veces llegaba con este a dónde no llegaba con sus otras virtudes, más
bien escasas, pero en estos casos se ponía el valor sobre la mesa y esto se
convertía en el salvoconducto que le permitía ser matador de toros. El valor,
esa fuerza que te impulsa a afrontar los peligros, aún sabiendo que estos están
ahí, esperando y que pueden cambiar la incertidumbre en tragedia en menos de lo
dura un pestañeo. Así los toreros valientes eran admirados, pues no dudaban en
irse al toro con garbo y decisión aunque el marrajo mostrara las peores
intenciones. Asumían con naturalidad el que se podían quedar en el intento,
pero no solo se atrevían, sino que hacían alarde de ello con naturalidad y
torería, cumpliendo con lo que se le debe exigir al que viste taleguilla y
medias rosas.
Pero eso del valor son dogmas antiguos y trasnochados, esas
cosas de los ingenuos de antes o de los pasados de moda de ahora, que ya no
tienen cabida en este mundo de dioses, ídolos, figuras de la torería, maestros
rebosantes de técnica y almas sensibles que saben apreciar lo bueno, hasta
cuando no se produce. Esos privilegiados que encuentran lo excelente hasta en
la vulgaridad. Lo que pita y pita de verdad son los huevos. Si el valor suplía
las carencias de los toreros antiguos, los huevos directamente crean y
licencian maestros. Basta con “¡Qué huevos tiene!” y ya no hay lugar para
responder o plantear más argumentos posibles. ¿Falta saber ver al toro? Huevos.
¿No es capaz de lidiar de forma medianamente aceptable? Huevos. ¿Sus maneras
son más propias de matarife, titiritero o chalán? Huevos. No hay nada que no
arreglen estos atributos en la tauromaquia que hoy sufren muchos aficionados.
El Domingo de Ramos Iván Fandiño se enfrenta a seis toros de
diferentes ganaderías, habrá que esperar acontecimientos, pero el comentario
más extendido acerca de este acontecimiento es el referido a los “huevos”.
Sobre todo porque este torero ha hecho siempre por basar sus actuaciones
precisamente en esto. Ya puede estar a merced de un toro, sin saber como
poderle, que si hay huevos, ya todo se minimiza. ¿Que se encuna para entrar a
matar de una forma muy bien estudiada y dando la sensación de estar viendo a un
atleta del Cirque du Soleil y no a un torero? No importa, porque allí ha habido
eso que tanto gusta al respetable. Haciendo memoria ahora mismo no recuerdo a
un Fandiño lidiador, poderoso, con temple, mandando las embestidas y luciendo a
los toros, pero de huevos estoy sobrado. ¿Eso es el toreo? Pues permítanme que
tenga mis dudas.
Ya ha pasado la feria de Valencia y tengo que reconocer que
ha habido momentos en los que yo también he apreciado la notable presencia de
esto que se llama “huevos”. Pondré solo dos ejemplos; uno el de Jiménez Fortes,
un chaval que deambula por esas plazas del mundo lo mejor que puede y que le
echa muchos, pero muchos de estos a lo que hace. ¿Valor? Pues eso no lo tengo
tan claro. Precisamente los huevos los veo en como un torero con tan escasa
preparación se planta delante del toro. Pega los pases dando la salida antes de
tiempo, sin importarle por donde se ande el toro, eso no va con él. Se queda al
descubierto él solito y al toro no le queda otro remedio que hacer por él. Eso
son huevos, no sabe torear y sale al ruedo con intención de hacerlo. En esas
circunstancias la sensación de peligro es más que evidente y los modernos
taurinos no solo no le piden que se haga a un lado, sino que encima se permiten
la injusticia de jalearle y repetirle a voces eso de “¡Qué huevos!” Pero los
mamporros se los lleva el torero, no los jaleadores entusiasmados.
Otro caso de “¡qué huevos!” es lo que sucedió el día de la
reaparición de El Soro. Yo admiro la afición demostrada, esas ganas de querer
volverse a vestir de luces, incluso con mucho esfuerzo el afán desmedido de sus
fieles, que tras tanto penar, querían verle hacer el paseíllo de nuevo. Pero
eso no puede ser excusa para permitir que se rebasen los límites de la cordura,
del respeto por la Fiesta, el respeto por el toro, por el aficionado y por lo
que significa el traje de luces, el rito y la historia. A mí muy personal modo
de ver lo que allí ocurrió es que un señor muy limitado físicamente, creo que
no tan siquiera llegaba a los mínimos exigidos para poder torear y llevar la
lidia, se mantuvo a merced de un animal, que por otra parte tampoco cumplía los
requisitos de trapío que se deben exigir en una plaza de primera. Todo giraba
en torno a si El Soro aguantaría o no, si podría dar más o menos pases y en
provocar y mantener una atmósfera de locura desmedida y sin razón. Si nunca fue
un torero dominador, con recursos y artista, ahora no lo iba a ser por ciencia
infusa. Fue un torero que todo lo basaba en su poderío físico, carreras, saltos
y un derroche de facultades portentoso, pero, ¿y lo de torear? Pero claro,
ahora, después de todo el calvario que lleva pasado, no pretendamos que
mantenga esta forma. Desgraciadamente, esto es imposible. Y no culpo a Vicente
Ruíz, que tantas veces habrá soñado con vestirse de torero en su tierra, a
quién culpo de este descalabro es a los que le anunciaron y a los que con sus
alabanzas desmedidas le perjudican más que otra cosa. ¿Qué habría pasado si en
ese revolcón las lesiones hubieran sido más serias? Entonces todo sería un “y si”
acusador. ¿Y si no le hubieran permitido torear? ¿Y si el médico de la plaza
hubiera tomado cartas en el asunto y hubiera certificado que el torero no
estaba apto para la lidia? Y si, y si. ¿Y si nos tomamos esto un poco en serio?
Pues a todo esto, a tanta inconsciencia los hay que lo
llaman valor. No hombre, esto son lo que muy bien dicen ustedes “huevos”. Los
mismos que le echa un señor que se sube a once kilómetros con un paracaídas,
sin saber si se le saldrán los ojos de las órbitas y se tira en paracaídas, los
que un descerebrado le echa a eso de subirse a un rascacielos para caminar por
unas estrechas vigas y encima lo graba en vídeo o los que le echa un chalado
metiéndose entre los leones en un parque zoológico. El valor es otra cosa, el
valor es cuando un torero ve el peligro que tiene un toro, las dificultades que
ofrece y aún así se va a por él y salvando todas las dificultades, a base de
lidiar, saber torear y sabiendo ver al toro, acaba llevándole por dónde este no
quería, hasta que se le acaba entregando. Vamos, que para imponerse tiene que
pasar un verdadero quinario, consciente de lo que hay allí. Eso sí es valor,
bueno, valor y huevos.
