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| En este año de reivindicaciones y disputas, estos señores y yo os deseamos a todos mucha felicidad en las fiestas y el año que se nos echa encima |
¡Madrid, que te quedas sin gente! Esa era la frase que se
escuchaba hace años cuando los hijos de la Villa y Corte, que son todos los que
aquí viven, sin tener en cuenta su procedencia, se encaminaban a las playas de
Levante y Andalucía para pasar el verano, o a los pueblos de origen, o a las
elegantes ciudades del Norte. Dejaban el Foro vacío, convirtiéndolo casi en una
ciudad fantasma, por escasez de almas que atascaran sus calles, porque los
turistas, por muchos que fueran, no eran capaces de llenar el hueco dejado por
los madrileños ansiosos de sol, playa, descanso y paseos por el pueblo.
Pues trasladémonos al coso de la calle de Alcalá y
exclamemos ¡Madrid, que te quedas sin afición! Y apliquen todo lo dicho
anteriormente a la plaza de Las Ventas. Solo unos años después, pero las
circunstancias son idénticas. Unos aficionados que antes poblaban los tendidos,
gradas y andanadas, que hartos de tanta vulgaridad, tanta pantomima y tantas
ilusiones dinamitadas por la ineptitud y ansias recaudatorias de una empresa,
con el consentimiento de la Comunidad de Madrid, han abandonado su punto de
encuentro con la Fiesta de los toros, la plaza. En su lugar se han incorporado
otras gentes, nuevos aficionados perfectamente adoctrinados por los medios de
comunicación, especialmente por la tele de las corridas, por gentes que sacan
su entrada con el único objetivo de ver cortar orejas para luego poder contarlo
a los amigos y los que acompañan al paisano que esa tarde se viste de luces,
con la tarea de sacarle por la Puerta de Madrid a fuerza de sacar pañuelos a
dos manos.
Entonces es cuando esos señores, acompañantes o seguidores
de ídolos de cartón, lanzan las campanas al vuelo, porque su torero ha
triunfado en Madrid. Pero no nos hagamos trampas en el solitario, si los que
piden las orejas son los isidros y transeúntes ocasionales, entonces no es el
aficionado de Madrid, aquel que antes tanto se valoraba, el que les ha sellado
el visado como torero bueno, dominador y de arte. Porque haber si nos damos
cuenta de una cosa, las piedras de Las Ventas no imprimen carácter. Uno, por
mucho que se roce con el granito de los tendidos, no recibe el saber taurómaco
por ciencia infusa, y si no podemos decir saber, digamos que no se ve inundado
por el gusto que siempre ha tenido esa plaza. Puede que muy diferente a las del
resto del mundo, pero era el que tenía y el que se tenía como baremo para
calificar a toreros y ganaderías que por allí pasaran.
¿Y por qué todo este preámbulo? Pues muy sencillo, para
explicar sucintamente el declive y bajada a los infiernos del adocenamiento de
esta plaza. Ya no se ve el no hay billetes todas las tardes de feria, que algo
quiere decir, y a veces, aunque se agotara el papel, era significativo el vacío
de localidades de grada en el sol y de las andanadas. Que si leemos entre
líneas, nos damos cuenta de que hay muchos que han preferido quedarse en casa,
aún con la entrada en el bolsillo. En San Isidro se vendieron muchos menos
abonos que hace dos o tres años; vale como excusa la crisis, pero el que se
quede en este argumento, de nuevo se engaña a si mismo. Ha habido otras crisis,
y en mayo se llenaba la plaza casi todas las tardes. Igual es que el desinterés
empieza a adueñarse del público.
Pero aparte del desinterés, no hay que ocultar el
preocupante bajón en el nivel de exigencia, que ha sufrido la plaza.
Actuaciones que hace no más de diez años causaban risa, crítica y censura
procedente de los tendidos, ahora son jaleadas como hazañas del Capitán Trueno.
Han saltado al ruedo animales infames, que si no se han caído ha sido porque ni
se les ha castigado, ni se les ha sometido, aunque esto no le importara a
nadie, lo que esperaban era ver cortar orejas. Tan estricta en otros tiempos a
la hora de juzgar la suerte suprema, ahora solo se valora la rapidez en hacer
doblar al toro, ¿para qué? Para seguir pidiendo orejas. La protesta, muy
reducida tanto en intensidad como en expansión por los tendidos, así como la
duración de esta, en demasiadas ocasiones es casi algo testimonial, una
expresión de cuatro que se aferran al pasado, que son tomados como locos por el
resto del respetable. Atrás quedaron aquella andanada del 8, el más reciente
tendido 7, del que solo quedan algunos restos fosilizados, y por supuesto los
tendidos de sombra que ya en otra época, eran verdaderos Torquemadas taurinos.
Aquello era la afición de Madrid, mucho más protestona y ruidosa que ahora y
mucho más entendida que lo que hoy se aposenta en la piedra de Madrid.
Madrid ya no marca el camino, ahora Madrid imita a otras
plazas; si Manzanares triunfa en Sevilla, también lo tiene que hacer aquí; si
en Albacete se aprecia sobremanera las eternas faenas de Perera, pues aquí
también; si en México se idolatra a El Juli y Talavante, ellos no van a ser
menos. Qué tiempos en los que un torero salía catapultado de Madrid. Y lo peor
de todo, es que si las cosas no salen como marca el guión, a esta nueva afición
le entra sentimiento de culpabilidad. Él solo se inventa coartadas. De siempre
han sido conocidas las novilladas que se echaban aquí, pero ahora resulta que
nos parece inhumano, porque los chavales vienen con dos o tres festejos en la
talega; cómo si nosotros tuviéramos la culpa. Que no los traigan, porque al que
pasa por taquilla se lo cobran como si fuera bueno. Lo mismo ocurre con el
ganado. Cuando no son los hierros que las figuritas se traen bajo el brazo, son
ganaderías infames, cuya única virtud parece ser lo arregladito de su precio y
las facilidades de pago de que se beneficia la empresa.
Y dirán, ¿esto qué tiene que ver con la afición de Madrid de
siempre? Pues nada, pero no pensemos que lo que se sienta en los tendidos no es
el público de Las Ventas, no cometamos ese error, porque nos guste o no, esa es
ahora la que se llamaba la primera plaza del Mundo, pero que va desbocada al
abismo para convertirse en una más en el circuito de los Coros y Danzas del
taurinismo. Aunque no se crean, todavía queda ese el grupo de los incrédulos,
esos que habitualmente se pasaban por aquí dos o tres veces al año para
empaparse del espíritu venteño, y que respiraban el toreo desde que asomaban
por Manuel Becerra; pero se dan cuenta de que es inútil hacerse una montonada
de kilómetros para ver toros, que con ir a la capital de su provincia o a las
fiestas de su pueblo, es suficiente y además se ahorran el paseo en coche.
Mientras seguiremos viendo como aplauden en el arrastre a un
manso que pasaba por la muleta con el ánimo de un tractor a pilas, se
protestarán cada vez más los mansos, gritándose eso de “Fuera ese toro”, como
di esperaran que el señor presidente cometiera el error de mandarlo para
adentro. Aprovecharán el primer tercio para llamar al de las bebidas, porque el
caballo es algo de otro tiempo y no respetarán aquello que era tan sagrado en
los toros y ejemplo para todo el mundo, eso de no ocupar, ni abandonar su
localidad durante la lidia de cada toro. Pero no nos engañemos, ahora, así es
Madrid y su afición.


