![]() |
| ¿Y si ni tan siquiera hubiera existido el toro? ¿Y si fuera otra ilusión? |
Cada vez que un aficionado tiene que apartarse, que nunca
diré que abandona, si acaso más bien le echan, se me plantea la misma cuestión,
¿qué sentido tiene esta pelea? Incluso entre unos y otros nos damos fuerza
diciendo que los que están prostituyendo la Fiesta no pueden ganar, no se
pueden salir con la suya, pero en conciencia creo que al final perderemos
todos. Estos buscan soluciones que a lo máximo que llegan es a orbitar sobre el
problema, sin atacar nunca al núcleo de la cuestión; que si rebajas en las
entradas de los jóvenes, que si llevar a los niños a torear de salón, que si
cardos, que si flores, pero ni se plantean eso de volver al toro en su
integridad, ni recuperar la verdad del toreo, aunque para muchos interesados no
haya habido un momento tan glorioso como este.
Todo magnífico, pero uno va viendo como son acosadas y
expulsadas todas las opiniones disidentes y que no cantan las glorias de la
oligarquía taurina, bajo pena de ser considerados amargados, rencorosos,
reprimidos, ignorantes, antitaurinos, estúpidos, ciegos o dementes que esperan
y desea volver a los valores de un pasado del que fueron testigos, pero que
ahora parece que nunca existió. Lo que nos faltaba, locos; lo que tampoco creo
que ande muy lejos de la realidad, porque quién si no unos dementes podrían
aguantar todo esto. Ahora resulta que la afición crítica es la gran culpable de
todo este desbarajuste, porque no exige con la contundencia debida, que el toro
y el toreo dejen de ser una patética caricatura de lo que debe ser. Pero ¡ojo!
en el momento en que alguien levanta la voz van corriendo a llamarle
maleducado, reventador…, en fin, esa larga lista de “elogios” tantas veces
escuchada. Entonces, ¿en qué quedamos? Si la buena afición es la dócil, la
triunfalista, la que aplaude un desarme, un pinchazo, un bajonazo, un trapazo o
un desplante al público, al que paga, el que mantiene las fincas de todo el
mundo. Díganme si no es para volverse tarumba. Unos dicen que hay que protestar
al final de la faena, otros que en casa y seguro que algunos pensarán que el
último día del año tomando las uvas. Todo esto me parece absurdo, estúpido y un
sinsentido.
Creo que ya he visto muchos aficionados, muchos de ellos
blogueros, a los que han expulsado estos consentidores del fraude,
intransigentes con la verdad, innovadores de la trampa y extremadamente
agresivos con la libertad de opinión. No respetan ni a los muertos y ahora,
años después de su desaparición, se envalentonan con don Joaquín Vidal y don
Alfonso Navalón, será cuando ya tienen la seguridad de que no volverán para
darles una colleja y un tirón de orejas. Les consideran los padres de toda esta
corriente crítica que tanto les molesta.
Qué envidia siento de esos que han dicho hasta aquí, ahí os
quedáis con vuestros torillos, vuestras figuras fraudulentas, vuestra prensa
del movimiento, los aduladores profesionales y los censores oficiales que a
tantos quieren callar. Envidia y unas ganas terribles de imitarles. Y no es la
primera vez que he dicho que hasta aquí hemos llegado cuatrocientos en
cuadrilla y si quieres que nos quedemos, saca cuatrocientas sillas. Pero por
otro lado tengo la sensación de no tener libertad para hacerlo y cada vez
menos. Hubo un momento en que me despedí definitivamente, en otro me daba un
descanso, pero al final uno vuelve, ¿por qué? Vaya usted a saber. Leo como unos
comentan las ganaderías para tal feria, que ya han salido los la Feria de no sé
donde, pero siempre son los mismos. Bien es verdad que los hay que disfrutan
hablando de ellos, pero no hay novedad posible. Mil veces que repartas cartas
jugando al tute, al final solo pinta en oros, copas, espadas o bastos, no hay
más. Podrían salir también diamantes, tréboles, picas y corazones, pero para
eso hay que echar mano de otra baraja. Y en el toreo pasa lo mismo, siempre se
juega con la misma baraja, que por otro lado tiene toda la pinta de estar
marcada.
Pero nada, sigamos pensando en un bien universal que todos
perseguimos, sigamos pensando que esta basura la recogerán algún día y la
llevarán al vertedero, que las utopías son posibles y que no hay mal que cien
años dure, pero uno de momento se queda con eso de que un tonto hace ciento y
seguirá pensando, ¿qué sentido tiene todo esto?
