El ayudado por alto, aquella forma clásica de empezar las faenas de muleta
¿Qué se creerá este tío? Cumple 80 años y no se le ocurre
otra cosa que encerrarse con un novillo más que respetable, en la plaza de
Zamora. Así no se puede ir por la vida ¡oiga! Estas cosas no se hacen. Llevamos
una eternidad queriendo que lo de ahora cuele como lo mejor de la historia de
la tauromaquia, con eso de que se torea mejor que nunca, con el toro más grande
que nunca, con lo de la técnica sublime que adornan a los que hoy en día visten
la taleguilla y llega este octogenario, falto facultades, por supuesto, y se
pone a derrochar torería a raudales. ¡Qué falta de respeto a la vulgaridad y al
adocenamiento! No podemos consentir que el señor Vázquez, don Andrés, se
permita el lujo de poner en ridículo a los que no llenan las plazas, a los que
exigen como si lo merecieran y a los que insultan y desprecian a los que no les
aplauden a rabiar, ni entienden su arte, por mucho que se esfuercen.
No voy a decir que la actuación de Andrés Vázquez fuera
memorable, aunque, ¿por qué no? Si resulta que con sus limitaciones físicas,
con el tiempo que hace que no torea en público va y se inventa unas verónicas
sin enmendarse, muestra como se colocaban los toreros viejos y como con esa
mismas carencias física sabe como adaptar su toreo a las circunstancias y hasta
da algún pase estimable, pues entonces, que cada uno ponga el adjetivo que le
apetezca a este viejo de Villalpando.
Lo fácil que habría sido hacer el ridículo en un día así, un
compromiso que hace meses aireó por los medios de comunicación, es difícil
aspiración de querer matar un toro al cumplir ocho décadas. La verdad es que a
mí estas cosas me dan pánico, porque pienso en el torero y en que no necesita
de estos gestos para ser reconocido como un torero importante, en una época
complicada, con otro toro que no es la bobona al uso y con unos duros
competidores. Pero ahora, qué nos quiten lo “bailao”. Este viejo que siempre se
ha caracterizado por decir las cosas tal y como él las ve y las siente, que
reparte cera para el que quiere alumbrarse, que dice cómo se hacen las cosas
delante del toro, por si alguien quiere tomar nota y aplicarse el cuento. Un
viejo que molesta y que como un Albaserrada encastado, se revuelve ante la
injusticia y muestra nobleza y bravura, sin querer perjudicar a nadie de forma
gratuita. Y para una ocasión que muchos pintaban calva para pedirle cuentas y
exigirle silencio, va e ilustra sus palabras con hechos. Insisto, que se le
notaban los años, pero es que este viejo, aparte de ser torero, don Andrés Vázquez,
es un simple mortal. Si a esa edad no se le notan los tacos pasados, entonces
habría que buscar en el ático de su casa a ver si se oculta un cuadro que
envejece por él, o también podría ser que hubiera encontrado su Sangrila. Pero
no hay nada de eso, él simplemente observa la vida desde Villalpando, el pueblo
que también se encargó de situar en el mapa, con esa afición, esas vivencias y
ese duro camino que tuvo que recorrer hasta hacerse torero y convertirse en
torero de Madrid.
Ese viejo que peleó en los ruedos con el toro, que nunca le
volvió la cara y al que le aplicó esa lidia seca y austera de la tauromaquia
castellana, cuando los toreros todavía tenían personalidad. Los años quitan
agilidad, reflejos, galanura si se quiere, pero lo de personalidad o se tiene o
no se tiene. La misma que el otro día le empujó a recibir al novillo con un
ayudado por alto, la misma que le permitió meter la mano para dejar la espada,
la que en un momento de apuro le hacía dar uno de pecho sin alardes, con una
quietud extrema. Ay el viejo este de los… pelos canos. Que ni eso ha perdido el
condenado. Igual es por eso por lo que las envidias empujaron a algunos a
intentar arruinar el festival, el homenaje y todo lo que oliera a Andrés
Vázquez. O lo mismo es por lo molestas que pueden ser sus sentencias,
especialmente en este mundo de trampas y mentiras, en que unos exigen ser
llamados artistas sin merecerlo, otros se limitan a fotocopiar carteles y a
contratar a los afines y otros crían unos animalejos vergonzosos a los que
otros aclaman como si fueran toros.
Pues nada, don Andrés, siga usted así de viejo, y con muchos
más años encima. Y que conste que he procurado evitar decir que parece viejo,
lo que no es verdad, y me he limitado hacer dos afirmaciones perfectamente demostrables,
que es viejo, motivo por el cual se celebró el festival en Zamora, y que es
torero, lo que resulta aún más evidente que los años con los que el maestro
carga a sus espaldas. Gracias por demostrarnos que eso que algunos pedimos y
echamos de menos, no es una locura, ni un estado de locura transitoria que nos
atrapa a los que queremos ver el toreo clásico, ese propio de los viejos y de
los toreros de una vez.

