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viernes, 20 de noviembre de 2020

Y después… ¿qué?

 

Que dicen que somos amigables y pacíficos. Pues que sigan diciéndolo y no se tapen, a ver si lo siguen diciendo

Los toros, las corridas de toros, son el gran mal de nuestra sociedad en estos días de paz, alegría y ausente de preocupaciones. Bueno, dejando de lado la pandemia. Pero esta pasará y los toros seguirán ahí. Y para estos no hay vacuna ni posible, ni viable. Que los infectados de taurofilia no tienen remedio. Y lo que es peor, que a nada que se pongan a hablar de toros con el primer fulano con que se crucen por la calle, lo mismo le contagian ese entusiasmo y acaban los dos yéndose a los toros. Afortunadamente puede ser que sea un día de figuras y de golpe se les rebaja ese entusiasmo en un abrir y cerrar de ojos. Pero esto no quiere decir que los toros, las corridas de toros, no sigan siendo el gran mal de nuestros días. Y ahí nos encontramos con esa lucha incesante de los antitaurinos, los animalistas, que recorren las calles en multitudinarias hordas reivindicativas de quince o veinte personas. Que usted, aficionado a los toros igual cree que son pocos y que no hay que tenerlos en cuenta. No se equivoque, porque aparte de que griten mucho, tienen de su lado el magnífico altavoz de los medios de comunicación, los cuales solo hablan de los toros en dos casos. Si un toro parte en mil a un torero, lo cual debe gustar a la audiencia, quizá pensando que esto haga cundir el desánimo en los que están en querer ser toreros. Y el otro caso es cuando estas almas inocentes y adalides de una utópica felicidad universal se lanzan a un ruedo y les tienen que desalojar las fuerzas del orden o cuando se plantan a la puerta de una plaza de toros a intentar “amablemente” evitar que los malajes sin entrañas entremos a los toros.

 Pero, ¿alguien ha escuchado, leído o adivinado cuáles son los planes de esta gente para el día después de la supuesta prohibición de las corridas de toros? Que uno ha escuchado algunas cosillas, pero sin responder a planes meditados y suficientemente contrastados con especialistas. Que cuándo haces esa pregunta, la de qué hacer con ese ganado y esos campos, te sueltan con decisión: pues se dejan cómo están. ¡Ah! Buena respuesta. ¿Y quién cuida de ese ganado y cuándo es preciso les echa de comer? Muy fácil, los mismos que lo hacen ahora. Pero eso cuesta dinero. Pues que no los tengan. ¡Caramba! Ya vamos clarificando las cosas. Basta con no tenerlo, se acabó el problema, se murió el perro, se acabó la rabia. Que también digo yo una cosa, que sin toros en el campo, será mucho más fácil enmoquetar las fincas, poner salas chilout, spas en las charcas y chiringuitos veganos a la sombra de una encina. Que no sé yo si es necesario que no haya toros cerca, porque lo mismo se podría dejarlos por allí, a su libre albedrío, y que les dieran de comer los visitantes. Que el toro se acercara a las mesas, que transitara entre ellas y que el personal les diera cacahuetes, almendras y patatas fritas de la tapita que se van trajinando para que la cervecita pase mejor.  Que solo le veo yo una pega a esto. Que estos animales, herbívoros, pacíficos, tiernos, entrañables y amigables con las personas, hay veces que se les tuerce el ánimos y en dos quítate pa’lla te desbarajustan el mobiliario de la terracita y te ponen mesas y sillas a la encina por montera.

 Bueno, parece que lo de dejarlo todo cómo está y no dar corridas de toros, no es un buen plan. Pero, ¿cuál es un buen plan? ¿Hay plan? ¿Existe tal plan? Que igual los animalistas piensan que se pueden llevar un toro al salón y sentarlo en el sofá, pero no iba a ser buena idea. Que igual algún que otro partido pueda pensar que se prohíbe todo esto y todos tan felices. Que el mundo no se iba a acabar, eso está claro, pero afectaría, vaya si afectaría. Que pretender hacer como si no pasara nada es tan estúpido y fuera de lugar como llegar a alguien que le han amputado una pierna y decirle que tampoco es para tanto, que con las muletas que hay ahora de carbono criogenizado y sofronizado se podrá dar unos paseos que pa’qué más. Que podía haber sido peor. Claro, le podrían haber arrancado la sesera, como a ti, que sin cerebro sigues siendo igual de imbécil que con él. Será la falta de proteína animal, ¿no? ¿No pasaría nada si el 5% del territorio de España se libera de la cría de ganado de lidia? Pues miren que lo dudo. Dudo mucho que estas joyitas de la naturaleza no se convirtieran en cualquier otra cosa, excepto en lo que son actualmente, en un tesoro al que hay que cuidar. Si ya es extremadamente complicado eso de mantener ese frágil equilibrio para mantener el medio, no quiero ni imaginar qué pasaría si el toro desapareciera. Aunque visto lo visto, no soy el único que no quiere imaginar ese día después de la prohibición. La diferencia es que yo ruego que todo siga igual y otros claman por darle la vuelta a todo. Que el animalismo está muy bien, es una filosofía de vida genial, aunque igual algunos no han caído en que choca frontalmente con el ecologismo. Que igual ese animalismo, sin pretenderlo, por supuesto, lo que está pidiendo a gritos es que se eliminen de un plumazo cientos de miles de cabezas de ganado, que el medio ambiente se degrade precisamente por esa medida y que esto provoque una ola que se lleve por delante flora y fauna casi exclusiva de la Península Ibérica. Que yo entiendo que estaría muy bien que en nuestros campos hubiera búfalos, el oso Yogui, el Correcaminos, Bugs Bunny o el osito Misha, pero no es posible. Vivimos dónde vivimos y tenemos lo que tenemos, lobos, cabras, cigüeñas, nutrias, encinas, matorral, lirones, buitres, dehesa mediterránea y además, así, de regalo, toros, toros de lidia. Esos que viven aquí desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera comerse una hamburguesa de tofu. Pero claro, mis dudas siguen ahí atornillándome la cabeza y pensando en los que quieren acabar con los toros, en la prohibición y siempre concluyo con el “y después… ¿qué?”.

 Enlace programa Tendido de Sol del 15 de noviembre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-15-noviembre-de-audios-mp3_rf_60421562_1.html

jueves, 29 de octubre de 2020

Paso al animalismo más… ¿puro?

 

¿Quién podría pensar que este angelito te iba a hacer daño? Si solo quiere jugar.

Reconozcámoslo, o nos aclimatamos o nos aclimamorimos. Hay movimientos que nacidos de la modernidad más moderna, bondadosa y a veces un pelín ñoña, pero en el buen sentido, están conquistando el mundo y queramos o no, no nos podemos abstraer, ni excluir de ellos; sobre todo si el hecho de dejarnos caer en sus brazos nos van a convertir en mejores personas. ¿O es que usted, usted y usted no quieren ser mejores seres humanos? Tanto, tanto, que hasta podríamos llegar a pretender convertirnos en un gato, un perro, una iguana, un tigre, una anaconda o en cualquier otro animal de los que todos podríamos tener en casa como un miembro más de la familia. ¿Qué digo familia? Como un hijo más. Que ya saben, que los hay que incluso quieren más a la mascota que a un hijo y que al hijo le educan como a una mascota, pero eso es otra historia. Pero claro, si realmente queremos mejorar este mundo en el que habitamos, quizá deberíamos tomar ciertas medidas, quizá sería necesario el modificar algunas cosillas que en su momento ya nacieron viciadas, pero que aquí está la bondad humana para corregirlas. Y hasta ya hay quién ha abordado tal empresa y si quieren, aquí les dejo algún ejemplo muy ejemplarizante, por supuesto.

 La Opera House de Cincinapolis ha reescrito el drama de Carmen, corrigiendo esas partes tan… ¿penosas? ¿Ofensivas para nuestros semejantes los animales? Desde ya, para no recordar tiempos pasados, la obra de Bizet pasará a llamarse “Mamen, una jovencita laboriosa que entablaba amistad con unos caballeros”. Bueno, sí, se alarga el título, pero creo que es mucho mejor, ¿no? Así las Cármenes no se verán señaladas y los gatos, perros, iguanas, tigres, anacondas o cualquier otro animal de los que todos podríamos tener en casa como un miembro más de la familia, no se sentirán ofendidos, ni heridos en sus sentimientos si su compañera que le quita la caca, les cambia la arena y les prepara el tofu en forma de animalitos, se llamara Carmen. Olvidémonos de eso del torero, la cigarrera o el oficial del ejército. El argumento tratará sobre una joven que trabaja en el departamento de márqueting de una multinacional alimenticia que importa y elabora cereales tropicales para distribuir en los países desarrollados. Pero resulta que se enamora de Escámez, nada de Escamillo, que es el responsable de ventas para España y Portugal. Pero también coquetea con José, el jefe de administración. Y bueno, tienen sus cosas, pero al final Mamen decide abandonar la empresa y montar una casa rural en los montes de Toledo.

 Otra obra que dicen “clásica” y que se va a reelaborar es el Guernica. De momento se cambiará el título y para hacerla más universal se llamará “Un lugar próximo al mar, en el que un día no reinó la armonía”. Evidentemente, ese toro y ese caballo no pueden seguir ahí, con lo cuál se ha decidido cubrir esas partes del cuadro con mandalas hechos por los alumnos del colegio “Aguas y Mares en libertad”. Estos los realizarán en la clase de integración con la naturaleza, en un parque público, aprovechando los bancos, las máquinas de bebidas, las terrazas en medio de los bulevares y las medianas de la autovía de circunvalación, para que sientan los niños el estrecho contacto con la naturaleza. Eso sí, todos con sus correspondientes mascarillas.

 Por supuesto que tampoco se podía dejar la mitología así como está y es por ello que lo que siempre se llamó el mito del Minotauro, a partir de ahora pasará a llamarse “Cómo incentivar a la juventud a la aeronáutica ecológica y a la superación humana”. Sería la historia de un joven, apoyado en todo por su padre y que en colaboración con un toro, mientras retozaban por un prado en las laderas del Monte Olimpo y jugaban al escondite en un laberinto, con todas las medidas de seguridad, por supuesto, ideaban cómo conseguir para que el joven pudiera hacer vuelo sin motor. El toro sería su instructor, un poco severo, eso sí, pero muy encariñado con el chaval, tanto que no paraba de decirle “es que te como”. Al final, Teseo, que así se llamaba el emprendedor muchacho, logró su objetivo. Bueno, solo por un ratito, pero eso se eliminará de la versión cívico dulce modernista. Incluso se medita si en lugar de un toro se pudiera poner un cocodrilo, que como no tiene cuernos, es mucho más amable. Un cocodrilo vegano, por supuesto.

 Hay que reconocer los esfuerzos de tanta buena gente para lograr un mundo mejor. Y quizá lo más laborioso en todo este proceso ha sido interpretar correctamente la obra de Francisco de Goya, que tanto y tanto mostró las cosas desagradables del mundo, sin pararse a pensar en lo que podía ofender a quién viera su obra, aparte del mal rollito que le podría causar. Es por ello que se decidió cambiar el título de muchos de sus trabajos, especialmente de una serie de grabados, nada bonitos, que ilustra cosas feas, malas de frustrarte mucho y quedarte marcado, tan marcado, que se te quitan hasta las ganas de tomarse una quinoa revigorizante con un buen batido de acelgas y espinacas, con un toquecito de perejil deshidratado de los montes Taurus de Anatolia. Empezaríamos por llamar a tales grabados “Cositas feas que los buenos ya no hacemos con nuestros semejantes los animales”. Y luego los guardaríamos en una caja fuerte, muy fuerte y los enterraríamos muy profundo en un lugar indeterminado de la naturaleza, justo antes de enmoquetar el lugar, porque hay que ser precavido, que igual en el césped natural hay bacterias y bichos que podrían hacer que luego nos pusiéramos malitos. Y con todas esas reproducciones que hay de estos dibujitos en las redes, pues nada, delete, delete, delete y venga delete y ya está.

 También surgió qué hacer con eso tan desagradable, bárbaro y brusco de las corridas de toros, pero se optó por dejarlos a su aire, porque según parece, ninguno de los animalistas sería capaz de acabar con eso de los toros ni tan bien, ni tan rápido. Y luego, en los campos dónde se crían los toros, se podrían hacer campamentos de convivencia allí, con los toros, las vaquitas, los terneros y que el dueño de ese campo nos trajera por las mañanas el desayuno para todos, para los toritos y para las personas humanas, que les visitarían con sus gatos, perros, iguanas, tigres, anacondas o cualquier otro animal de los que todos podríamos tener en casa como un miembro más de la familia. Y así, cuándo el sol empezara a aparecer en el horizonte por la mañana tempranito, nos cogeríamos todos de las manos, pezuñas, garras, patas y anillos y gritaríamos al viento paso al animalismo más… ¿puro?

 Enlace programa Tendido de Sol del 25 de octubre de 2020:

https://www.ivoox.com/tendido-sol-25-octubre-de-audios-mp3_rf_58404843_1.html

viernes, 10 de agosto de 2018

La animalasmia, sin tratamiento conocido


La mejor cura para el animalismo y demás males del cuerpo

Si usted se encuentra delante de un chuletón de Ávila y justo en el momento en que va a pincharlo con el tenedor, duda, ¡cuidado! Si usted se ve un día haciéndole un jersey de punto a la serpiente pitón a la que ya considera como uno más de la familia, ¡ojo! Si usted empieza a pensar en la pesada carga que para un caballo supone su jinete y opta por subirse a la chepa, a su chepa de usted, al caballo e intenta un trote alegre por un prado, ¡Mucho cuidado! Y si se ve en el zoo, dentro de la jaula de los leones, sentado frente a un melenudo ejemplar de lo que la ciencia conoce por “Pantera Leo”, intentando negociar sobre un cambio en su dieta, sustituyendo la carnaza por tofu enriquecido con salsa de soja, ¡Alerta! Tenga a mano la tarjeta del médico a mano, llame a urgencias y dígales que usted padece “animalasmia”, el mal del siglo XXI. Ese mal que dejo pequeña a la Gripe Española, a la Peste Bubónica, a las chancletas con calcetines grises. Esto es serio de verdad.

Y esto son solo los primeros síntomas, que luego viene lo de liarse a gorrazos con todo aquel que no siente a los animales como hermanos, en versión San Francisco de Asís del s. XXI, con gafas de sol galácticas, chancletas de vestir y con el iPhone grabando para subirlo a Instagram. Ese banco de alimentos para animales, ese refugio para animales, con las ovejitas, los lobos, los leones, las anacondas, las pirañas, los dóciles toros de lidia, todos juntitos en amor y compañía y cuidadito con que al hermano lobo no le dé por zamparse a la hermana oveja; que todos sabemos que es jugando, pero es que a veces, al lobo le pierden las formas.

Que no es que quiera yo ahora alarmar al personal, porque, ¿quién no ha sentido algún tipo de afecto con un animal en alguna ocasión? Es más, hasta puede que hayan sentido hasta amor y yendo más allá, que hayan sentido la pérdida de alguno de ellos. No, no se asusten, que esto es propio de la condición humana, el problema empieza en el momento en que se sorprendan con la escala de valores del revés, cuando sitúen en la cúspide a cualquier animal, al que además dotan de valores propios del ser humano, arrinconando, casi condenando, a las personas al escalón más bajo de tal escala, tal y como si fuera un animal. Si se ven en esta situación, ustedes padecen animalasmia, todo para los animales, nada para los seres humanos. A los animales se les dotan de todos los derechos propios del hombre y al hombre, a la especie humana, se le niegan todos estos mismos derechos y es más, respondiendo a una especie de justicia sobrenatural, extraterrestre o vaya usted a saber de dónde emanará tal sentido de esa justicia.

Pero esto de la animalasmia no solo resulta peligroso para los hombres, que si solo fuera eso, aún podríamos defendernos de este mal de nuestro tiempo. Lo peor de todo es que la animalasmia también perjudica y seriamente, al reino animal y en consecuencia a la naturaleza. Porque no es infrecuente que los anilasmiáticos pretendan una extraña urbanización y asfaltado de la naturaleza, procurando un bienestar animal más propio para las personas, que para los animales. Lioso, ¿verdad? Cómo no va a serlo, porque así, sin quererlo, estamos queriendo explicar y razonar el mundo al revés. El bienestar animal es poner zapatos a un perro, abrigo, estar encerrado en una casa y salir solo a mear, tratando de que el trato con otros congéneres no pase de olerse el culo, pues ni gruñirse pueden, porque tienen que darse cuenta de que el gran danés que mea en mi esquina con un chorro como el Amazonas, es mi amiguito. Anda, no te j… Que el que te encierren en una cristalera de dos por uno y que te echen un ratón vivo de cuándo en cuándo es la mayor aspiración para una pitón “domesticada”. El bienestar animal es impedir que el caballo corra, que el perro cace, busque, husmee, que el gato trepe, cace ratones, se aparee, merodee en la noche, que el galgo corra, corra y corra o que el toro embista, luche, pelee y se sienta poderoso, el más poderoso de la creación. El bienestar animal es reprimir cualquier instinto de todo animal que nos empeñamos en que viva en el asfalto, sin que este entienda lo que es el asfalto. ¿Será eso del bienestar animal una consecuencia de la animalasmia o la animalasmia una consecuencia del tal bienestar animal entendido desde el punto de vista y aspiraciones del hombre?

Que este mal de la animalasmia llega a pretender que todos los animalitos vivan en libertad, felices, negándoseles incluso su capacidad de cazar para comer y que a eso del equilibrio animal le den, pero bien dado. Que puede que no sea agradable ver como un águila caza una liebre y la engulle con voracidad. Pues puede ser, pero si empezamos a pensar en cosas poco agradables de ver, igual nos falta vida. La animalasmia empuja a una vida supuestamente sana, con toda la salud que puedan dar únicamente las lechugas, los tomates, el brécol, las acelgas y las algas del Mar Muerto tratadas con iones enriquecidos con proteínas pluricelulares de las mareas del Ganges una mañana de domingo. Que cosas brotan una mañana de domingo y otros, aquí, por estos lares, desayunando churros esas mañanas de domingo. Que si nos sube el colesterol por exceso de churros con chocolate, si nos sube el azúcar en sangre, si con la grasa nos salen piedras en la vesícula, la medicina moderna tiene remedio, unas pastillitas, una dieta o ya en caso extremo, el bisturí y así vamos tirando, pero la animalasmia, ¡ay! Que para esto no, que solo una cosa tenemos cierta de momento, la animalasmia, sin tratamiento conocido.

miércoles, 19 de julio de 2017

De animalistas, naturalistas y esa vida sana de promisión


Esa paz del campo en el tiempo de los Neardenthales

A nadie se le hace de nuevas la cantinela de los defensores de los animales por encima de todo, la de los que se convierten en adalides de la defensa de la naturaleza sin pararse a mirar a su alrededor o de esos que no paran de pontificar sobre una vida sana, esa que nos llevará a un estado de felicidad y bienestar que nos reencontraría con el paraíso. ¿Quién, salvo mentes trastornadas, no es defensor de los animales, de su bienestar? Otra cosa es que ese bienestar se entienda desde el punto de vista del ser humano, de pensar que su confort es ponerles un sofá para que se despanzurren en él, un bol de palomitas y Rin Tin Tin, con el montaje del director. Luego están esos naturalistas que han encontrado la fórmula mágica para construir un mundo mejor y no es otra cosa, algo tan sencillo, que remontarnos a la época de los Neardenthales, pero esta vez confraternizando entre las especies y los vecinos, nada de pelearse por un cesto de bayas o por un mastodonte recién cazado, hay que compartir y si no hay comida para todos, tampoco viene mal una semana sin comer, así nos depuramos por dentro. Que la cosa pinta bien, pero, ¿y qué hacemos con los más de siete mil millones de humanos que andamos por estos barrios? Que no digo yo que haya voluntarios para ser sacrificados en pos de cederle más espacio a la cacatúa del Orinoco, pero con servidor que no cuenten, que seguro que hay otras vías. Y luego viene esa moda de la vida sana, que lo mismo, ¿hay alguien que se mortifique para vivir malamente el resto de su vida? Pues no creo que sean muchos; pero ahora resulta que todo lo sano es no comer carne, la carne, mala, caca, puffff. Milenios de evolución y ahora resulta que lo bueno eran las bayas y no el mastodonte. El problema son las vacas, esas nos arruinan el planeta, hay que deshacerse de las vacas y ponernos todos a comer arroz, coles, bayas y complejos vitamínicos que suplan las carencias producidas por no comer carne. De locos, o eso me parece a mí, pero, ¿Qué tiene esto que ver con los toros? Pues es posible, nada y ahí voy yo, porque igual tampoco tiene que ver con el animalismo, el naturismo o la vida sana.

Aparentemente, las demandas de estos animalistas, naturalistas o amantes de la vida sana y, ya de paso, del civismo extremo, van dirigidas a acabar con espectáculo tan bárbaro, retrógrado e incivilizado como las corridas de toros, heredado por este mundo desde la noche de los tiempos, aunque no sabemos si viene de antes o después de lo de los Neardenthales. Eso sí, lo que parece confirmado es que por aquel entonces no andaba por medio la fundación Rockefeller, o al menos con el entusiasmo y esfuerzos económicos con que ahora defiende nuestra moral y sensibilidad en paz con el orbe. Con ese entusiasmo y entrega con que esos activistas defienden sus convicciones, ¿realmente estarán peleando por lo que creen? ¿Por qué ese acabar con los toros? Que resulta curioso que ante el panorama de la abolición de la tauromaquia no tiene ningún plan previsto y si no, basta con preguntar a cualquier entusiasta animalista/ naturalista/ amante de la vida sana, ¿y después qué? Y a lo más que llegan es a que se les deje a los toros vivir tranquilamente en el campo o que se queda todo cómo está, pero sin toros y si desaparece el toro, pues que desaparezca y si no, pues lo dejamos en la dehesa; eso sí, le damos todos los días unas monedas para que se saquen un sándwich de tofu de la máquina expendedora instalada a tal efecto en la esquina del cercado y que todos los días repone Matías, el empleado que igual hasta es un contratado de la Fundación Rockefeller, o igual no. 

Que por estos lares y por aquellos en los que hay toros, arremeten contra los toros, pero en otros vecindarios, como puede ser Canadá, Australia o San Marino, el problema son las vacas, que comen hierba, la rumian y en el proceso digestivo emiten gases que dañan la capa de ozono. Y esto no es broma, aunque tampoco puedo afirmar que sea una teoría de los expertos de la Fundación Rockefeller. El futuro es el arroz, las verduras, las hortalizas y, ¡qué curioso! El naturalismo no promueve el consumo de productos de cercanía, lo sano el consumir un cereal que se cultiva a miles de kilómetros, una hierba tropical, una hortaliza de la Patagonia o un alga que se cría diez manzanas más allá del atolón de Mururoa. ¿Solo me extraño yo de todo esto? Es que, cualquiera diría que alguien, no sé quién, estuviera pensando en ostentar el control de la alimentación mundial, implantamos unos usos y cuándo estos ya están completamente establecidos, entonces comerá quién y cuándo yo decida. Bonita manera de manejar el mundo, por la boca. Porque, ¿quién nos dice que lo del toro de lidia importa entre poco y nada? ¿Y si fuera que lo apetecible fuera todo ese espacio, que es mucho, que ocupan ahora el toro de lidia y otras muchas especies? ¿Y si la cuestión es hacerse con esos espacios y darles un uso más ambicioso? Que no digo yo que esto sea así, que son simples elucubraciones de servidor, pero, ¿por qué no? Lo que sí tengo claro es que detrás de todo esto hay algo que se nos escapa, que va más allá de toros sí, toros no, de la defensa de los animales, de la naturaleza en su estado primigenio de cuando los Neardenthales o de si mejor un chuletón de buey o de tofu. Imagino que antes o después nos enteraremos, espero que antes y que no sea demasiado tarde, pero de momento tendremos que seguir oyendo hablar de animalistas, naturalistas y esa vida sana de promisión


lunes, 16 de enero de 2017

Y Dios creó al hombre ¡...dita sea!

¿Quién anda ahí? ¿El hombre? ¡...dita sea!


Dice la Biblia que Dios creó todo lo imaginable e inimagible de lunes a viernes y el sábado, que parece que se levantó con ganas y buen ánimo, se puso a juguetear con el barro, así como el que no quiere la cosa, y le salió un hombre. ¡Vaya por Dios! Y hasta se le daba cierto aire, eso que se dio en llamar a su imagen y semejanza, lo que no quiere decir que fuera igual, simplemente el mismo Dios se tomó como modelo y le salió parecido, semejante, que no igual. ¡Qué cosas! Con lo bien que le había quedado todo lo imaginable e inimaginable y puso al ser humano sobre la Tierra. Que la verdad es que yo me alegro y agradezco que así fuera y que su Divinidad decidiera crear a nuestros tatatatatarabuelos. Pero claro, visto lo visto y según cómo se interprete, hay quién piensa que esta no fue una buena decisión y solo ve al hombre como un usurpador una ingerencia innecesaria en la perfección de la naturaleza.

Hasta ese mismo momento de “Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza”, la vida era todo paz y armonía, el león se paseaba por la sabana, porque entonces había mucha más sabana, aún no se habían inventado las urbanizaciones cerradas, y saludaba a las gacelas, los ñus, los elefantes grandes y chicos y estos le devolvían educadamente el saludo.

-         Buenos días gacelas, buenos días ñus, buenos días elefantes y elefantitos, me voy a desayunar unos juncos a la orilla del río.
-         Buenos días, su majestad del reino animal

Contestaban los súbditos ante la presencia de tan guedejudo soberano.

Pero ¡Ay, cuándo llegó el hombre! Entonces todo se torció. Al principio no, aquel matrimonio en apariencia tan amable y jovial iban a lo suyo, un fruto de aquí, otro de allá, unas raíces de estas, unos tubérculos de aquellos, porque como era el paraíso, las patatas se podían comer sin necesidad de ser cocinadas, ya brotaban tiernas de la tierra. Otros ratos se hacían carantoñas, otras copulaban, otras se aburrían y otras pensaban en otras cosas. Si acaso más la chica, que ya se sabe, si el ser humano es el mal, la mujer ya ni te cuento, que así lo afirman especialistas los especialistas en psicología femenina que colaboraron para escribir la Biblia. Él no pensaba en nada, bueno, sí, en copular todo el rato. Luego vino lo de la manzana, luego que si nació Abel y luego Caín. El primero era dulce y amable, cuidando sus ovejitas, mientras se deleitaba con los frutos de los árboles, pero el otro no era de la misma naturaleza, era más retorcido, se parecería a su madre, por supuesto. Sea por esto, sea porque no tenían una abuela que les hiciera comidas ricas, tartas, natillas o dulce de papaya, a Caín se le metió entre ceja y ceja el comerse una de las ovejas de su hermano y en una de estas, pues ya sabemos lo que pasó, que le partió la crisma con una quijada de burro. ¿Se puede ser más animal? Y así, rodando, rodando y quijadazo va y quijadazo viene, hemos llegado hasta lo que somos ahora, los mismos usurpadores que queremos adueñarnos del espacio de los animales y hacernos los amos absolutos de la naturaleza y por si esto fuera poco, hasta queremos aprovecharnos de ella y comernos a los pobrecitos bichitos.

Una falta de respeto absoluto por la naturaleza; menos mal que siempre queda quién se preocupa por los animales y se desvela porque vivan plácidamente, les ofrecen sus casas, ¿qué digo ofrecer? Les entregan las llaves y les dejan que gocen del hogar ellos solitos, durante todo el día; les sacan de ese medio hostil en el que nacieron y les ofrecen las comodidades que el progreso les ha acercado al alcance de la mano, el sofá, la alfombra al lado del radiador, el aire acondicionado en verano, una bañera para sumergirles en agua calentita, champúes desparasitadores, champúes suavizantes, champúes para fortalecer las raíces, piensos para equilibrar la dieta a base de proteínas, minerales y fibra, por aquello de... Si hasta pueden ver la tele, sin olvidar esas largas conversaciones con los amos, aparte de eso de que te pongan un nombre. Esas ropitas para no pasar frío en invierno, el gentil dueño que se preocupa de recoger lo que al animalito se le desprende vía rectal. ¿Cabe un mundo mejor? ¿Cabe mayor respeto e integración con la naturaleza? Es la mejor manera de volver atrás, de regresar a aquel estado puro de felicidad que un día fue.


Lástima que haya quién no quiere entrar por el aro, como esos de la tauromaquia, que disfrutan viendo la sangre derramada del toro, al que le hacen todas las perrerías posibles para enfadarle, mucho, mucho y obligarle a atacar. ¡No hay derecho! ¿Alguien se imagina a un toro atacando con semejante furibundez si no es porque les cabrean? Se rumorea que para conseguir tales reacciones, antes de salir a la plaza les insultan y todo, pero así, con inquina. Les crían ahí abandonados en el campo y les hacen pasar por lo menos cuatro años a la intemperie, sin un hogar en el que descansar, un sofá dónde estirar las pezuñas, ni una tele plana para ver los reportajes de naturaleza de la dos. Sin ducha, ni calefacción, ni aire acondicionado, ahí con sus compañeros de manada, sin intimidad, todos juntos. No hay derecho. Les obligan a comer la hierba del campo, las bellotas de los árboles y las comen del suelo, sin lavar, ni pelar, ni tan siquiera echarle una gotita de aceite de oliva extra virgen Hojiblanca del 0,4 de acidez. Eso no se puede consentir y no lo vamos a consentir. Porque si entramos en lo que les hacen en esas infamias, esos nidos de barbarie, esos agujeros de podredumbre que son las plazas de toros... Todo era paz, todo era alegría, todo era maravilloso, perfecto y Dios creó al hombre ¡...dita sea!


Enlace al programa Tendido de Sol del 15 de enero de 2016:
http://www.ivoox.com/tendido-sol-del-15-enero-de-audios-mp3_rf_16333582_1.html

martes, 12 de abril de 2016

De filosofía... barata, animales, animalistas y hombres, con perdón

No me saques de paseo al parque, déjame en la dehesa, déjame vivir cuatro años en libertad y morir sin que me acribillen por la espalda


Admiro a los animalistas, en principio estoy completamente de acuerdo con ellos y abomino del maltrato a los animales, pero es justamente en este punto en el que no solo discrepo de forma radical, sino que me siento ofendido, entre otras muchas cosas, porque me tomen por tonto, se quieran burlar de mi capacidad intelectual y esos permanentes conatos de tomarme el pelo, sin saber realmente cuáles son sus intenciones finales. Por un lado, estos “amantes” de los animales, amantes no sé hasta que punto, no cesan en su desatada actividad de parir melonadas, sin tan siquiera detenerse un segundo en medir las consecuencias de dichas “iniciativas. Y por otro, esa clase política que tiene más miedo de meter la pata y que le exilien a Siberia, perdiendo el curro, que de actuar en favor de la comunidad. Que digo yo, ¿los mandamases de los partidos no podrían pensar en darle los cargos a los listos y no solo a los dóciles? Que no quiero yo dudar de las inteligencias ajenas, ni mucho menos, pues para llegar a ciertos puestos, hay que tener cacumen y lucidez pa’ regalar; otra cosa son las ruedas de molino que tienen que tragarse para no perder el condumio.

Estos señores, perdón, estas señoras y señores, que se preocupan y “preocupon” por la bienestar y “bienestor” de las “animalas” y los “animalos”, ya pueden querer imponer una medida en favor del gamusino manchego, que al final siempre acaban en intentar soltarle un zurriagazo a las corridas de toros y, en consecuencia, al toro de lidia. Si empezamos a contar, es un no parar. A cuatro jubilados vascos se les ocurre peregrinar al Rocío desde Bilbao en un carro tirado por dos mulas, y la que les montan, vamos, que les quieren detener, porque parece ser que las acémilas, animales de tiro, son víctimas de un flagrante caso de maltrato animal; sacar caballos u otros animales en un desfile, del tipo que sea y ¡zasca! maltrato animal; y para rizar el rizo, en La Rioja la montan con una ILP que promueve el que los animales nocturnos tengan zonas oscuras para su refugio, pero claro, ¿iban a quedarse los toros sin su sopapo de turno? Nooo, ni mucho menos. A los señores con estas inclinaciones animalistas se les ha ocurrido que no puedan entrar en las plazas los menores de 18 años. Y dense cuenta que no digo a las corridas de toros o novillos, sino a las plazas, quedando excluidos de poder asistir a las sueltas de vaquillas, a los recortes, a los encierros y si esto progresa, hasta a contemplar un Belén con el buey y la mula.

Son propuestas y más propuestas, pero en la mayoría de los casos, por no decir en todos ellos, me falta saber si han medido las consecuencias de aplicar todas estas melonadas que tan rápido se les ocurren y que tan poco parece que han meditado. Y allá vemos a darles una idea de lo que puede suceder con todos esos animalitos a los que defienden a brazo partido. Si a los señores del Rocío o cualquier otro que tiene animales de tiro para ir a una romería o para adornar y darle vistosidad a un desfile les prohíben este uso, ¿qué creen que harán? ¿Tenerlos en el salón de su casa viendo la tele y compartiendo lecho? No, lo más lógico es que se deshagan de ellos, porque si estos no tienen utilidad, aunque sea lúdica, no tienen razón de ser para sus dueños, que por otra parte se desviven para mantenerlos en perfecto estado de salud, con sus visitas veterinarias, su dieta asegurada, su ejercicio y un lugar en el que poder estar cómodamente. Qué cosas, ¿verdad?

¿Qué creerán que ocurriría si mañana se prohibieran las corridas de toros? ¿Qué pensarán que ocurrirá con ese empeño de apartar los animales de la cotidianeidad de nuestra sociedad? ¿Cuál es la consecuencia de eliminar todo rasgo de lo rural en este mundo urbano y perfectamente controlado en que creen que viven? ¿Acaso creerán que lo más idóneo para el campo es que se urbanice como el parque al que llevan a hacer pipí a sus mascotas? Esos perros que viven entre cuatro paredes, pero a los que se les permite subirse al sofá y dormir en la misma cama que su dueño y que hasta visten bonitos abrigos tejidos con primor; lo mismo los cerdos vietnamitas, que un hurón, que una iguana, que una serpiente, que un chotacabras al que ponen nombre y le piden las cosas por favor. Quizá quieran “ayudar” a los animales, no lo dudo, pero piensen que en ese empeño de convertir todo en mascotable y en que dejen de ser animales domésticos, están muy próximos a mandar todo bicho con cuatro patas, con alas o con escamas al limbo, por no decir al matadero, como sería el caso del toro de lidia.

Todas estas benditas intenciones, ese afán de waltdisneyzar la naturaleza puede llevarse por delante gran parte de los espacios naturales de los que gozamos en la actualidad, entre otros motivos, gracias al toreo y a la caza. Quizá no se han pasado por una dehesa de bravo en su vida; no se lo pierdan, merece la pena el mancharse un poco los zapatos de barro y estar calladito un rato sin vocear, ni subir fotos a instagram, por aquello de no molestar a los animales. Lo mismo se llevan la gran sorpresa de poder contemplar, además del toro en su medio natural, en libertad, otras especies de ganado de carne, rapaces, animales carroñeros, halcones, gavilanes, cigüeñas, verdejos, cerdos ibéricos, que también los hay, liebres, hurones, caballos y hasta el lince ibérico, ese emblema ibérico que tanto nos preocupa a todos, pero que algunos parecen querer conservar a pesar de destruir su casa. No he nombrado a los lindos burritos o mulas, porque ya no se ven tantos, es más, están al borde de extinguirse en nuestra península, simplemente porque ya no tienen ninguna utilidad y los que se conservan, en muchos casos es por romanticismo de los amos, que no suelen buscarles sustitutos y se ayudan para mantenerlos de sacarlos en cabalgatas, desfiles y las celebraciones que aún mantienen ese espíritu rural que dio origen a muchas celebraciones de nuestra tierra. Qué malos son los que tienen un burro y no tienen doscientos por tenerlos. Pero, ¿saben que ocurre? Que todos estos animales no se mantienen del aire y quienes aún los conservan no lo hacen de cualquier manera, les cuidan, les alimentan y se desviven por tenerles como reyes, animales, pero reyes, pero sin confundir a un hijo o a un hermano con un buey o con una mula, ni tan siquiera con un perro, porque tienen muy claras las diferencias de términos y terminología y nadie les tiene que dar lecciones de filosofía... barata, animales, animalistas y hombres, con perdón.


Enlace al programa Tendido de Sol del 11 de abril de 2016:

lunes, 18 de enero de 2016

Los límites del maltrato y el bienestar animal

Su bienestar nos preocupa más de lo que algunos puedan pensar. Llega a convertirse en un motivo de nuestras vidas


¡Feliz San Antón a todos los animalitos de la creación! Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, doña Inés Sabanés aprovecha la oportunidad para pedir a la Comunidad de Madrid que aclare cuáles son los límites de lo que se considera maltrato animal y lo que se ha dado en llamar su bienestar, sin dejar de lado a la Fiesta de los Toros. No me dirán que no es admirable la propuesta de doña Inés. Siempre ha sabido muy bien lo que se hacía y en este caso, no iba a ser menos. Así, de un plumazo, saca los Toros de la barra del bar, de la anécdota animalista de señoras y señores desnudos en la calle embadurnados con pintura carmesí, para introducirlo en al ámbito legislativo. Ahí sí que puede ir directamente contra la Fiesta, poniendo las bases de la abolición, sin tener que andar con eso de las manifestaciones multitudinarias, que no es el caso, ni del mayoritario apoyo popular, que de momento tampoco es la cuestión; más bien parece que ganaría el bando de los apáticos que el de los ruidosos activistas. Y lo que es peor, no creo que ningún político vaya a plantar cara a semejantes propuestas con argumentos de peso, con convencimiento y sabiendo qué es lo que los Toros necesitan, separándolo del interés de los que luchan exclusivamente por su negocio. De estos se puede esperar cualquier cosa. No me veo a las figuras peleando por el toro, no va con ellos, lo harían por “su arte”, “su cultura”, “su tradición” y “su saca”. Que ya pueden obligarles a no matar el toro en la plaza, ya pueden llamarles asesinos en serie en su jeta, que si no ven peligrar “su pasta”, tranquilos, no moverán un dedo.

La cuestión es delimitar eso del maltrato y bienestar animal. Quizá sea más fácil de lo que creemos, aunque a lo mejor el delimitar la cuestión podría molestar a más de uno y hasta podría ser que se le complicara la vida a esos que tanto aman a los animales. Podríamos hablar de que el maltrato y bienestar animal se empieza a producir en el momento en que a los animales se les obliga a vivir sin que se respete su condición natural, una forma de vida que respete sus condiciones naturales y que no reprima sus instintos innatos, que no le aleje de su medio natural y que no tenga que incorporar comportamientos ajenos a su especie y a su condición de animal, respetando su derecho a serlo hasta el momento de su muerte, sin que su vida y modo de vida dependa de estos cambios y adaptaciones a un medio para el que genéticamente no están dotados. Con estricta observancia de estos preceptos hasta el momento del sacrificio de estos animales para el consumo humano.

Vayamos al caso del toro de lidia. Desde que nace, hasta que muere en la plaza, no existe ningún intento de modificar sus condiciones naturales, ni de sus instintos, que, no se sabe por qué, le impulsan a atacar a todo aquello que se le acerca, ya sea para darle un beso o un muletazo. Y aprovechando tal hecho, durante la lidia el hombre intenta canalizar tales impulsos hasta el último momento, el de la estocada. El ganado de lidia nace en el campo, se le mantiene con la manada hasta el año de vida, para a partir de ahí pasar a hacerlo con sus hermanos de camada, durante uno, dos, tres y hasta cuatro años más. Y siempre en la dehesa, en el medio natural en el que ha venido viviendo los últimos miles de años. Según restos fósiles, en las cuencas de los ríos donde ahora se cría el toro de lidia, podemos estar hablando de unos 50.000 años. Mucho más de lo que los hurones, los huskies, los chow chow, las iguanas o los agapurnis llevan viviendo en la península ibérica. Que puede darse el caso que a los animalistas les sea más difícil explicar eso del bienestar animal en un piso de Canillejas, Moratalaz, la Prospe o Aluche, que a un criador de bravo del Campo Charro. Que hasta puede que si se consultara a algún psicólogo animal (¡Madre mía!, me horroriza solo decirlo), lo mismo nos descubre que una mascota no goza de todo el bienestar necesario si está encerrado en un piso durante todo el día, saliendo solo por la mañana y por la noche para hacer sus cositas y sus cosazas. Que eso de tratarle como un ser humano le desquicia más que le beneficia y que vivir a más de cuarenta grados de lo que siempre lo ha hecho su especie, sin permitirle desarrollar su instinto de caza, de vida en manada y de integrarse y hacerse con su lugar en esta, digo que esto, puede que sea una forma de maltrato animal y que se aleje, pero mucho, de su ideal de bienestar. Pero claro, a estos animales les podemos subir al sofá, meterlos en la cama, ponerles un jersey a rayas y dar besos en el hocico y a un toro, una vez superados los quince días de vida, pues, ¿qué quieren que les diga? No es recomendable. Aunque de momento tenemos que fiarnos de doña Inés Sabanés, de otros compañeros de escaño suyos y de si la viabilidad de los Toros depende de un puñado de votos, de algún que otro acuerdo de gobierno o vaya usted a saber, sin que creo que realmente salgan a la luz unos criterios con sentido común que aclaren cuáles son los límites del maltrato y el bienestar animal.

Enlace programa Tendido de Sol del 18 de enero de 2016:
http://www.ivoox.com/tendido-sol-18-ene-2015-audios-mp3_rf_10109406_1.html


viernes, 5 de diciembre de 2014

Animalistas, animabestias... o simples salvajes

No permitan que los animalistas decidan mi futuro.


Son muchos los que no están de acuerdo con los Toros, los que muestran una actitud displicente o incluso los que muestran una indiferencia extrema, pero si hay algo que me ocurre con los animalistas, opositores acérrimos a esta pasión, es que no dejan de sorprenderme y además me cuesta un mundo entender sus argumentaciones. No creo que tenga nada que ver el que se apiporren a lechugas y acelgas, con las que por otra parte no muestran ningún sentimiento fraternal. Qué curioso, tienen con las berzas el mismo comportamiento que con las personas a los que nos gustan los toros, a ambos nos quieren hincar el diente y si pueden, nos tronchan como si fuéramos hojas de rábanos. Y ruego me perdone Andrés de Miguel al compararle con una zanahoria, pues él ha sufrido en sus carnes la humanidad de estos amantes de los animales, que no quiero decir con ello que practiquen la zoofilia, ni mucho menos, que todo hay que aclarárselo a estos... a estos... a estos activistas en la defensa de los animales, de todos los animales.

Ya sabrán de la agresión sufrida por el propio Andrés de Miguel, que fue el que peor salió del suceso, Yolanda Fernández Fernández- Cuesta y Rafael Cabrera Bonet, durante la conferencia que estaba pronunciando la presidenta de la Asociación del Toro de Madrid. Según cuentan, unos individuos pretendieron boicotear el acto y como esto les debió saber a poco, ya sabemos que ellos están acostumbrados a grandes bocados, se liaron a mamporros. Había que callar “democráticamente” a quien utilizaba la palabra para hablar de algo con lo que no están de acuerdo. Por supuesto que los métodos deberían observar la proporcionalidad que requiere el enfrentarse a aficionados a los Toros. Doña Yolanda, una señora que osa hablar apasionadamente del toro; don Rafael, que como un violento anarquista se encierra entre libros, hasta tal punto, que puede que sea el más erudito bibliófilo taurino del momento; y Andrés de Miguel, que necesita sus casi dos metros para que le pueda caber tanto saber y tanta bondad. No hace mucho me crucé con él por la calle Arenal y acabé aterrorizado, iba paseando buscando rincones taurinos de Madrid. ¡Escalofriante! ¡Intolerable!

Es posible que los salvajes, como lo son las amapolas, los leones de la sabana, los cocodrilos del Nilo, las hienas y demás alimañas de la naturaleza y estos mismos delincuentes, pensaran que en una conferencia sobre Toros solo habría ancianos y seres timoratos que al primer golpe de viento meten la cabeza debajo de la mesa camilla no vaya a ser que se lleven un tortazo. Que no digo yo que alguno hubiera y que todavía esté temblando, pero lo que sí había era gente que vive una afición, que disfruta con ella y sobre todo, que no tiene que esconderse por ello y que no permite que unos zampaberengenas les pisoteen la dignidad. Estará Andrés tragándose el dolor, seguro, pero lo que no soportará es el pensar que alguien quiera imponerle una opinión y robarle su libertad a fuerza de golpes. Resulta paradógico, los animalistas que abogan por la no violencia, por esa paz y amor con las criaturas del reino animal, tratan a los seres humanos salvajemente, empleando la violencia verbal y la otra, la que fractura huesos, cuando les viene bien. Baste con no darles la razón y no acatar sus dictados, para que se líen a empellones. No creo que quieran poner en práctica lo que tantas veces vociferan, eso de que nos muramos, que todos los toreros tenían que estar muertos y lindezas parecidas, pero viendo sus reacciones, cualquiera diría que buscan la paz y el equilibrio con el Universo.


Cuando me enterado del suceso no puedo más que reconocer que me he indignado y habría pagado con dos cajones de nabos por habérmelas con uno de estos indeseables, sobre todo pensando en el talante de las tres personas que más sufrieron las consecuencias de la agresión y en especial al ver la imagen de Andrés de Miguel siendo agredido por estos animabestias, pero ahora ya más reposado, al menos puedo reflexionar sobre entes como estos. Pero yo les digo que no vayan a estos actos en los que la asistencia no puede ser multitudinaria, más por razones de espacio, que no por el interés que despiertan estas charlas, acudan a la plaza, vénganse un día a los toros, saquen su entrada y allí dentro podremos hablar, cada uno expondremos nuestros puntos de vista y estoy convencido que los aficionados a los toros tendrán un amor a los animales y a la naturaleza mucho más arraigado que ustedes, incluso comiendo chuletones de Ávila, viendo corridas de toros y haciendo la matanza allá por San Martín. Piensen una cosa, de los animales destinados a la lidia, el que menos vive lo hace dos años y en libertad, después de estar uno entero junto a su madre. Si este espectáculo desapareciese hoy mismo, la primera consecuencia, que no la única, es que en menos de una semana desaparecerían cientos de miles de cabezas, todo dependería de la saturación de los mataderos. Y uno de los primeros que lamentaría este holocausto sería precisamente don Andrés de Miguel, al que junto a Yolanda Fernández Fernández- Cuesta y a Rafael Cabrera Bonet dedico este escrito, mis mejores deseos y mi solidaridad. Seguro que ahora, desafortunadamente, son perfectamente capaces de discernir entre Animalistas, animabestias... o simples salvajes.