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| Dos matadores de toros que se han ido para torear en el ruedo de los cielos. |
De nuevo la muerte ha vuelto a sorprender y como si quisiera
demostrar su arrogancia, su poder y hacernos sentir que no somos nada, elige
caprichosamente a sus víctimas sin tan siquiera tener la delicadeza de avisar,
aunque esto tampoco sería consuelo para nadie; siempre llega en mal momento e
inexorablemente recluta otro espíritu para la otra vida. de repente decidió que
los marcados serían José María Manzanares y El Hencho, uno de Alicante,
rebosante de fama, y el otro cordobés, un torero de esos que aparecían en los
veranos venteños, cuando con los calores de julio y agosto salía el toro que
ponía a prueba el ánimo de toreros y aficionados. Eran los tiempos en los que
la canícula sacaba a flote la honestidad, la honradez y el querer ser de los
que se vestían de luces, toreros entre los que figuraba El Hencho, por
supuesto.
Pero ya se sabe cómo se mueven las cosas en este mundo y más
en el de los toros y quién se ha llevado todos los comentarios y publicaciones
ha sido Manzanares, un torero que transitó a lo largo de su carrera con rumbo
poco predecible. Figura indiscutible, maestro de toreros, aclamado en muchas
plazas, como la de Sevilla, considerado un modelo estético, pero que en otras,
como la de Madrid, pasó más de diez años, creo que fueron trece, sin tan
siquiera dar una vuelta al ruedo. Se decía que le tenían manía; bueno, hay
opiniones para todo, de la misma forma que rompió la racha con un triunfo más
que discutible. No es momento para juzgar a un ser que se acaba de marchar o al
menos no creo que haya que recrearse en ciertas circunstancias que ya no
aportan nada.
Personalmente tengo la sensación de que pudo haber sido
mucho más de lo que fue y haberse convertido en una figura rotunda y sin
fisuras, pues tal era lo que apuntaba en sus comienzos de novillero cuando
asombraba con su toreo allá dónde actuaba; pero después decidió encaminarse por
una senda quizá más rentable y efectista que lo que supone el camino de la
verdad y aunque se apartara del aficionado, la verdad es que caló hondo en el
público y entre los taurinos. Se convirtió en referente indiscutible de toreros
que hoy manejan la fiesta y que vieron en él el espejo en que mirarse, dentro y
fuera del ruedo, Ponce, Perera, El Juli, y, por supuesto, su hijo, aparte de
muchos más. Toreros y aficionados que se aplicaban al pie de la letra sus
conceptos taurinos que aparecen muy bien expuestos en un vídeo en el que más
parecía justificar sus formas ante los críticos, que desgranar sus fundamentos.
Ya sería porque no fue un exquisito del capote o porque no figurara este entre
sus preferencias, basó su tauromaquia en el último tercio y siempre en la forma
de dar pases, con poca atención a la lidia de toros de todo tipo. Y siempre con
esa estética propia y esa personalidad de la que carecen en este momento la
inmensa mayoría de los que se visten de
luces. Un toreo que parecía por momentos más crispado que natural. Choca ver
esa mano izquierda con extrema tensión, en contraposición a otros matadores en
que esta asoma relajada y entregada al toreo.
Dejemos de lado las disputas y oscuros sucesos que le
enredaron con las voces discrepantes, porque, ¿hay alguien perfecto? Por
supuesto que no. De la misma forma que los hay que pretenden ser aficionados a
los toros y que no le consideran entre sus preferidos, lo que no quiere decir
que no se le respetara, como a todos los que portan añadido, pero sin esa
admiración que se le profesa a los que una tarde nos arrebataron el alma con
verónicas y naturales. Quizá fuese a partir de aquella faena de dos orejas a un
toro castaño de Manolo González, a finales de los 70, cuando una mirada
privilegiada me mostró la diferencia entre dar pases y el toreo verdadero, el
mismo que me enseñó el respeto debido a todos los toreros, pues se ponen
delante del toro y eso es mucho, lo que no está reñido con que se puedan tener
preferencias y gustos por un tipo de toreros esos que te levantan del asiento,
o incluso por un tipo de toro, ese que hace que se admire profundamente al hombre
que puede con él y además hace arte, arte de verdad. Este señor que me metió
muy dentro que fuera de la plaza los toreos ya no están sometidos al juicio del
aficionado y que hay que valorarlos como personas que son y que ya sean de tu
agrado o no, cuando se van siempre dejan
un hueco y una pena imposible de cubrir. Por eso solo puedo decir que siento la
muerte de José María Manzanares y El Hencho y que desde esta grada solo puedo
acompañar en el sentimiento a esos familiares que nunca podrán olvidar a los
que se les fueron para siempre.
José María Manzanares, El Hencho, Descansen en Paz.
