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| Si don Vicente viera en lo ha quedado su plaza de Madrid. |
Cuando se hacen resúmenes o reflexiones sobre un ciclo o una
feria como la que acaba de finalizar en Madrid, se puede uno detener en la
mejor faena, la mejor estocada, el mejor toro o la mejor corrida. Pero ya los
ha habido que han hablado de ello, han discutido, han presentado sus candidatos
y han intentado echar por tierra a los del prójimo y mucho más a los que
Taurodelta ha proclamado como triunfadores de este San Isidro. Pero a mi juicio
esto es como estar hablando de la temperatura del agua en medio de un tsunami y
si resulta conveniente o inconveniente tal avalancha para los dolores de
espalda o para la cría del tomate cherry en la vega del Henares. Así puede que
estemos colaborando a la perpetuidad de esta Fiesta con un intenso hedor a
fraude, mentira y en la que hay que luchar por los intereses de quienes actúan
como padrinos en Brooklyn o Chicago en tiempos tenebrosos.
Nos empezaron contando que era la mejor feria de los últimos
años, seamos benévolos y admitámoslo, pero es como si el niño que saca un 1 en
matemáticas todo un curso y en junio saca un dos. ¡Caramba! ha mejorado un 100%,
pero claro, el aprobado está aún muy lejos y el notable, no digamos. ¿Es la
mejor nota del curso? Por supuesto, pero, ¿cuál es la consecuencia? Que ese
ejemplo de superación tendrá que estar hincando codos todo el verano. Pues eso
les ha pasado a los taurinos, encabezados por Taurodelta, que con esa magnífica
feria, con esa buena salud de la que hablan y que solo niegan cuatro amargados,
entre los que me permito incluirme, han conseguido no sé si cuatro o cinco
llenos en 31 tardes. La crisis, los antitaurinos, la variedad de ofertas de
ocio y mil excusas más que seguro que no les valen, pues resulta evidente que
no han cubierto lo esperado. Enhorabuena señores de Taurodelta, han dilapidado
la herencia del abuelo en dos timbas de julepe. A esa sangría continua de
abonados hay que unirle el desinterés por un espectáculo cada vez más decadente
y putrefacto. Me llamarán negativo, pero, ¿hay algo que pueda hacernos sentir
satisfechos? pues nada, ustedes mismos. De los habituales llenos de hace dos o
tres años, hemos pasado a los tres cuartos, incluso menos; eso sí, los señores
de la tele, con sus malabarismos con las cámaras, parece que pretendían ocultar
una realidad contundente. Los señores de la tele, otros que tal bailan, toda la
vida alimentando niñatos caprichosos y ahora resulta que estos se les plantan
en plan macarra y exigen que quién tanto les cantó sus milagros y tanto les
encumbró aupados en la mentira, ahora no le quieren ni ver y el supuesto cantor
de las montañas se tiene que quedar en casa, a ver la corrida por la tele. O
igual no, quién sabe, o si la vio, lo mismo quitó el sonido para no escuchar
las melonadas de comentaristas y hooligans desmedidos. Que del éxito y
seguimiento de la feria por televisión, igual se podría hablar otro ratito.
Pero que no se nos olvide, que esta ha sido la mejor feria
desde que el mundo es mundo y el julipié, julipié. Y luego viene lo de los
asistentes a la Plaza de Madrid. Ya sabemos que han sido muchos menos que
nunca, que hay que remontarse muchos, pero que muchos años, para ver algo
parecido y lo mismo no lo encontramos. Que se ha pasado de ampliar festejos por
exigencias del publico, a crear otra vez la feria de Otoño, a aquello que era
la feria de la Comunidad, a la Prensa y la Beneficencia fuera del abono, a
querer ver toros, a plantearse San Isidro como un suplicio por el que hay que
pasar para mantener el abono que se tiene como oro en paño desde hace una vida.
Pero claro, los más listos se han dado cuenta de que esto no tiene sentido y
han abandonado su abono, la plaza y hasta la afición a esto de ir a los toros.
Eso sí, como esta enfermedad no se cura, se chutan con publicaciones antiguas,
vídeos y tertulias con otros que padecen el mismo síndrome. Se han marchado
buenos aficionados, está claro, pero, ¿quienes han venido a suplirles? ¡Aaayyy!
Esta es otra juerga que teníamos pendiente. Nos hemos pasado las tardes con el
micrófono en la mano intentando justificar lo injustificable y resulta que
muchos aficionados de tele se han liado y no han entendido nada de la doctrina
oficial de los taurinos. Y cuidado, que no quiero ni insinuar que entre los que
ven las corridas por la televisión no haya buenos aficionados. Quizá hasta
mejores que los que asistimos a la plaza, pues desde el sillón tienen que
juzgar lo que ven y al tiempo no dejarse influenciar por lo que le cuentan los
del micro, que están encantados de haberse conocido u que te cambian lo blanco
por lo negro y lo negro por lo blanco, tres veces en un mismo toro. Con esa
alegría que te hablan que parece que están en el paraíso del buenismo y la
voluntad de ver la parte positiva en las llamas del infierno. Pues claro, luego
llegan a la plaza y ya sea ayudados por ese afán de vivir la gran tarde, porque
para una o dos que van, no se van a hacer mala sangre, por el poder del gin
tonic y para que los de alrededor se den cuenta de que uno sabe porque conoce a
fulanito o menganito, a los que trata de Pepito, Juanito o Rodolfito, y lo
mismo protestan cuando un peón hace lo que no sabe el maestro, que ven caer el
toro y sacan el pañuelo como impulsados por un resorte. ¡Qué pena de Plaza de
Madrid! Y hablan de la afición de Madrid. No señores, esto no es la afición de
Madrid, entre otras cosas, porque Madrid ya no tiene afición. Aquella afición
con cierta estabilidad, manejando unos criterios más o menos uniformes, gustos
aparte. Ahora igual te protestan un toro por manso, que si tiene pinta de buey
cebón, como pesa 600 kilos, no se protesta, que aplauden a una bobona porque el
maestro le ha pegado 2.527 mantazos. Que si hay tres toreros que se las ven con
una señora corrida de toros y no cortan orejas, pero entregan todo lo que
llevan dentro, se les pega una bronca monumental y hasta se lanzan
almohadillas. Algo que algunos mermados intelectuales se creen que es una
bonita costumbre de las plazas de toros. ¿Dónde hemos llegado? Su única
preocupación es que el siete no proteste, o que lo hagan cuando a ellos les viene
bien. ¡Ay Señor! Y los del siete. Otra vez ¡Ay Señor! Tanto viajan por los
pueblos, que al final se les han pegados sus mismos usos y costumbres.
Tanto han intentado dominar y moldear a su gusto a la
afición de Madrid, que al final les ha quedado un engendro incontrolable. Eso
sí, usted les pregunta por el encaste tal de cual vaca y tal semental que una
noche de parranda cubrió a siete vacas y a otra a puntito estuvo en los baños
de una discoteca, que te lo cuentan con pelos y señales, pero luego confunden
el genio con la casta, la bobonería con la nobleza, la bravura con la docilidad
extrema, ir el toro andandito al caballo con paso cansino y desconfiado con
arrancarse galopando, son tantas cosas. Pero me da a mí que tendré que ir
asimilando esto poco a poco y cuando lo tenga digerido lo volcaré aquí para al
menos que me sirva de desahogo. Seguro que ustedes me entenderán, aunque no
compartan mis opiniones. Yo se lo agradezco. Quizá sea esta parte la más
gratificante de todo este pitote, el sentir que a uno le leen, que a veces
hasta se arrancan a comentar el escrito, a favor o en contra, lo que hace que
uno siga dándole vueltas a esto del toro. Aunque ya se lo he manifestado
anteriormente, muchas gracias de nuevo.









