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miércoles, 11 de junio de 2014

A modo de epílogo

Si don Vicente viera en lo ha quedado su plaza de Madrid.


Cuando se hacen resúmenes o reflexiones sobre un ciclo o una feria como la que acaba de finalizar en Madrid, se puede uno detener en la mejor faena, la mejor estocada, el mejor toro o la mejor corrida. Pero ya los ha habido que han hablado de ello, han discutido, han presentado sus candidatos y han intentado echar por tierra a los del prójimo y mucho más a los que Taurodelta ha proclamado como triunfadores de este San Isidro. Pero a mi juicio esto es como estar hablando de la temperatura del agua en medio de un tsunami y si resulta conveniente o inconveniente tal avalancha para los dolores de espalda o para la cría del tomate cherry en la vega del Henares. Así puede que estemos colaborando a la perpetuidad de esta Fiesta con un intenso hedor a fraude, mentira y en la que hay que luchar por los intereses de quienes actúan como padrinos en Brooklyn o Chicago en tiempos tenebrosos.

Nos empezaron contando que era la mejor feria de los últimos años, seamos benévolos y admitámoslo, pero es como si el niño que saca un 1 en matemáticas todo un curso y en junio saca un dos. ¡Caramba! ha mejorado un 100%, pero claro, el aprobado está aún muy lejos y el notable, no digamos. ¿Es la mejor nota del curso? Por supuesto, pero, ¿cuál es la consecuencia? Que ese ejemplo de superación tendrá que estar hincando codos todo el verano. Pues eso les ha pasado a los taurinos, encabezados por Taurodelta, que con esa magnífica feria, con esa buena salud de la que hablan y que solo niegan cuatro amargados, entre los que me permito incluirme, han conseguido no sé si cuatro o cinco llenos en 31 tardes. La crisis, los antitaurinos, la variedad de ofertas de ocio y mil excusas más que seguro que no les valen, pues resulta evidente que no han cubierto lo esperado. Enhorabuena señores de Taurodelta, han dilapidado la herencia del abuelo en dos timbas de julepe. A esa sangría continua de abonados hay que unirle el desinterés por un espectáculo cada vez más decadente y putrefacto. Me llamarán negativo, pero, ¿hay algo que pueda hacernos sentir satisfechos? pues nada, ustedes mismos. De los habituales llenos de hace dos o tres años, hemos pasado a los tres cuartos, incluso menos; eso sí, los señores de la tele, con sus malabarismos con las cámaras, parece que pretendían ocultar una realidad contundente. Los señores de la tele, otros que tal bailan, toda la vida alimentando niñatos caprichosos y ahora resulta que estos se les plantan en plan macarra y exigen que quién tanto les cantó sus milagros y tanto les encumbró aupados en la mentira, ahora no le quieren ni ver y el supuesto cantor de las montañas se tiene que quedar en casa, a ver la corrida por la tele. O igual no, quién sabe, o si la vio, lo mismo quitó el sonido para no escuchar las melonadas de comentaristas y hooligans desmedidos. Que del éxito y seguimiento de la feria por televisión, igual se podría hablar otro ratito.

Pero que no se nos olvide, que esta ha sido la mejor feria desde que el mundo es mundo y el julipié, julipié. Y luego viene lo de los asistentes a la Plaza de Madrid. Ya sabemos que han sido muchos menos que nunca, que hay que remontarse muchos, pero que muchos años, para ver algo parecido y lo mismo no lo encontramos. Que se ha pasado de ampliar festejos por exigencias del publico, a crear otra vez la feria de Otoño, a aquello que era la feria de la Comunidad, a la Prensa y la Beneficencia fuera del abono, a querer ver toros, a plantearse San Isidro como un suplicio por el que hay que pasar para mantener el abono que se tiene como oro en paño desde hace una vida. Pero claro, los más listos se han dado cuenta de que esto no tiene sentido y han abandonado su abono, la plaza y hasta la afición a esto de ir a los toros. Eso sí, como esta enfermedad no se cura, se chutan con publicaciones antiguas, vídeos y tertulias con otros que padecen el mismo síndrome. Se han marchado buenos aficionados, está claro, pero, ¿quienes han venido a suplirles? ¡Aaayyy! Esta es otra juerga que teníamos pendiente. Nos hemos pasado las tardes con el micrófono en la mano intentando justificar lo injustificable y resulta que muchos aficionados de tele se han liado y no han entendido nada de la doctrina oficial de los taurinos. Y cuidado, que no quiero ni insinuar que entre los que ven las corridas por la televisión no haya buenos aficionados. Quizá hasta mejores que los que asistimos a la plaza, pues desde el sillón tienen que juzgar lo que ven y al tiempo no dejarse influenciar por lo que le cuentan los del micro, que están encantados de haberse conocido u que te cambian lo blanco por lo negro y lo negro por lo blanco, tres veces en un mismo toro. Con esa alegría que te hablan que parece que están en el paraíso del buenismo y la voluntad de ver la parte positiva en las llamas del infierno. Pues claro, luego llegan a la plaza y ya sea ayudados por ese afán de vivir la gran tarde, porque para una o dos que van, no se van a hacer mala sangre, por el poder del gin tonic y para que los de alrededor se den cuenta de que uno sabe porque conoce a fulanito o menganito, a los que trata de Pepito, Juanito o Rodolfito, y lo mismo protestan cuando un peón hace lo que no sabe el maestro, que ven caer el toro y sacan el pañuelo como impulsados por un resorte. ¡Qué pena de Plaza de Madrid! Y hablan de la afición de Madrid. No señores, esto no es la afición de Madrid, entre otras cosas, porque Madrid ya no tiene afición. Aquella afición con cierta estabilidad, manejando unos criterios más o menos uniformes, gustos aparte. Ahora igual te protestan un toro por manso, que si tiene pinta de buey cebón, como pesa 600 kilos, no se protesta, que aplauden a una bobona porque el maestro le ha pegado 2.527 mantazos. Que si hay tres toreros que se las ven con una señora corrida de toros y no cortan orejas, pero entregan todo lo que llevan dentro, se les pega una bronca monumental y hasta se lanzan almohadillas. Algo que algunos mermados intelectuales se creen que es una bonita costumbre de las plazas de toros. ¿Dónde hemos llegado? Su única preocupación es que el siete no proteste, o que lo hagan cuando a ellos les viene bien. ¡Ay Señor! Y los del siete. Otra vez ¡Ay Señor! Tanto viajan por los pueblos, que al final se les han pegados sus mismos usos y costumbres.


Tanto han intentado dominar y moldear a su gusto a la afición de Madrid, que al final les ha quedado un engendro incontrolable. Eso sí, usted les pregunta por el encaste tal de cual vaca y tal semental que una noche de parranda cubrió a siete vacas y a otra a puntito estuvo en los baños de una discoteca, que te lo cuentan con pelos y señales, pero luego confunden el genio con la casta, la bobonería con la nobleza, la bravura con la docilidad extrema, ir el toro andandito al caballo con paso cansino y desconfiado con arrancarse galopando, son tantas cosas. Pero me da a mí que tendré que ir asimilando esto poco a poco y cuando lo tenga digerido lo volcaré aquí para al menos que me sirva de desahogo. Seguro que ustedes me entenderán, aunque no compartan mis opiniones. Yo se lo agradezco. Quizá sea esta parte la más gratificante de todo este pitote, el sentir que a uno le leen, que a veces hasta se arrancan a comentar el escrito, a favor o en contra, lo que hace que uno siga dándole vueltas a esto del toro. Aunque ya se lo he manifestado anteriormente, muchas gracias de nuevo.

lunes, 9 de junio de 2014

¿Y si no fueran de Miura?

Perfil agalgado de los Miura


Quizá no se habría pedido la vuelta de un toro que fue andando al caballo, que derrotó en el peto y que se dolió en banderillas y quizá tampoco se habría ovacionado a un toro de más de 600 kilos, con unos pitones que habrían provocado el cabreo generalizado otro día cualquiera. Hay días que dicen que los toreros se sugestionan y que se dejan intimidar por el nombre de la ganadería, Victorinos, Miura, Palha, Escolar o cualquiera que se tilde de dura. Pero en la última de feria ha ocurrido algo parecido a lo que antes pasaba con los Victorinos, se aplaudía todo lo que procediera de los toros. Aún así, la corrida de Miura ha tenido su interés, su variedad y no estado mal presentada, muy en Miura, ese toro agalgado y no siempre muy armónico, pero tampoco era la cosa para perder la cabeza, ni jurarles amor eterno. Eso sí, puede que sea de las mejores apariciones en muchos años, y me refiero, lógicamente, a lo que trajeron de Zahariche hace ya mucho tiempo.

Eso sí si pretendemos que se luzcan estos toros y se aprecien todos sus matices durante la lidia, ¿adónde vamos con Rafaelillo, Castaño y Serafín Marín? Parece una burla, o quizá pretendían que unos y otros, toros y toreros, se estrellaran contra un muro. No diría yo que no, y más después de escuchar los comentarios sobre otros hierros que recientemente han aparecido por esta plaza y que han dicho que eran unas alimaña o unos mulos descastados, faltando solo esa frase tan familiar de “¿Así los queréis? ¿Estos son los toros que pedís?” ¿Les suena? pero jamás lo dirán con lo de Victoriano del Río o Garcigrande, los toros que no hace falta picarlos, ya vienen lidiados de casa, un minuto en el microondas y listo para pasar de muleta hasta la extenuación.

Puestos a hacer alardes, Rafaelillo ha recibido a su primero de una larga afarolada de rodillas, el cual, una vez ya en pie su matador, tras dos verónicas y cuando iba a por la tercera, se ha dado media vuelta y ha seguido camino. Buen síntoma, sí señor. Mientras los de luces le hacían todo por arriba y el de Miura tomaba las telas como las toma un penco, sin humillar en ningún momento. Le pusieron al caballo y pies para qué os quiero, otra media vuelta. Entra al caballo con la cara alta, le hacen la carioca y así, como si no pasara nada, le organizan una verdadera carnicería. Con esa suerte de la batidora, que parece que el picador solo aguanta empalo, pero que le sigue dando de lo lindo. En la segunda se la señalan sin más. Apretaba por el derecho en banderillas, yendo con la cara alta y doliéndose de los palos. Ya con la muleta, Rafaelillo empezó por abajo, por el derecho le cortaba él mismo el viaje, acababa los pases con la mano alta y dejando que le tocara la tela demasiado. La misma tónica durante toda la faena, el toro se iba poniendo más peligroso, se le revuelve al torero, que por otro lado no para quieto un momento. Se lo acabó quitando de encima con tres pinchazos y media atravesada. El cuarto de la tarde iba largo por ambos pitones de salida. Le picaron trasero, mientras hacía sonar el estribo. En cambio, cuando le tapaban la salida empujaba con más fijeza. En la segunda vara, un puyazo trasero, volvió a cornear el peto queriendo quitarse el palo. Se dolió en banderillas, pronto por el pitón izquierdo, por el que más apretaba y que por cierto era por el que mejor tomaba a la muleta. Eso sí, el animal pedía que le templaran las embestidas y no que le sacudieran trallazos metiendo el pico, con un Rafaelillo retorcido hasta la lumbalgia. Se echó la muleta a la mano derecha para dar un cuarto de pase, retirando la tela violentamente. Intentó volver al pitón izquierdo, pero la cosa ya no daba más de si.

Lo que ha quedado claro es que ni Castaño, ni su cuadrilla están a la altura de tiempos pasados, que por otra parte, no están demasiado lejos. Recibió al segundo de la tarde con verónicas aseadas, pero sin sujetar al Miura, que rondando por el ruedo se marchó suelto hacia el picador reserva, de donde lo rescató Fernando Sánchez. En la primera vara se fue al relance. Empujó bien, pero solo con el pitón derecho. En la segunda le colocaron y fue al paso en busca del peto, sin alegría ninguna, lo mismo que en la tercera vez que le pusieron, esta desde un poco más lejos. Acudía sin ningún entusiasmo al caballo, en la segunda no se le castigo apenas y en el tercero recibió un picotazo trasero. De los banderilleros destacaría a Fernando Sánchez, más reposado y clavando más en la cara que su compañero David Adalid, quien lo fía todo más a sus facultades físicas. El toro se dolió mucho de los palos, pero aún así, quedó en buenas condiciones para el último tercio, en parte gracias a la buena brega de Marco Galán. Castaño le recibió con la muleta por abajo y levantándole la mano al final de cada muletazo. Se dejaba tocar demasiado la muleta, pases sin mando, tomándole de lejos se limitaba a darle aire al animal. Tanto tropezar la tela perjudicó la calidad de las embestidas, un tanto bronco incluso, empeorando poco a poco a medida que avanzaba la labor de Castaño, que fue consiguiendo que le toro fuera a peor. Muchos pedían la vuelta al ruedo para el Miura, pero en caso de haber sido concedida por el presidente se habría cometido otro desmán que sumar a los ocurridos durante esta feria. En quinto lugar tuvo que salir el sobrero de Fidel San Román, por sensible invalidez del de Miura. Castaño volvió a dejar muestras de que cuando las cosas no ruedan, no lo hacen para nadie. Él recibió al toro con insulsos mantazos, el picador picó muy trasero, tapando la salida, mientras el toro empujaba de lado, solo con el pitón izquierdo y sin meter la cara. Por momentos el ruedo se convirtió en el escenario de una capea de pueblo, con el matador vagando como un bulto sospechoso. Afortunadamente también estaba por allí Marco Galán. En el segundo puyazo le siguieron pegando al animal, para acabar señalando el puyazo. Entusiasmo general ante los saltos de adalid, clavando sobre un pitón, mejor Fernando Sánchez. Luego no quedó muy claro si los banderilleros saludaron a requerimiento de su jefe, si lo hicieron desde dentro del burladero para no desatender sus tareas, el caso es que hubo cierto desajuste entre ambas partes. El último tercio se redujo a muletazos desajustados, pases de tanteo y visto lo visto, a optar por tomar el estoque.


Serafín Marín sigue viviendo de aquellos días en los que era querido por el público, luego las circunstancias cambiaron radicalmente y su ánimo también. Capotazos enganchados al tercero, dándose la vuelta y cediendo terreno hacia los medios. Lo tiró al caballo, para que le picaran trasero, barrenando, tapándole la salida. El castigo no bajó de intensidad en la segunda vara, incluso cuando el de a caballo perseguía al toro más allá de las rayas del tercio. En banderillas apretó bastante por el pitón derecho, lo que no amilanó a Curro Robles, que en los pares se jugó la cornada, viendo como se le ponía el pitón rozando el pecho. Marín se sacó el toro levantándole la mano, facilitando que echara la cara arriba. Enganchones con la derecha, acortando el viaje, toreando muy fuera, lo mismo con la mano izquierda, si no peor, para empezar a acortar injustificadamente las distancias. En el sexto, un grandullón más que justito de pitones, se le ovacionó de salida, sería por sobrepasar los 600 kilos, que siempre impresiona. Le picaron trasero, tapándole la salida, mientras empujaba solo por el izquierdo. En el segundo encuentro no se le pico y para colmo, el último de la feria se llevó la vara enganchada en el morrillo. Pegaba cabezazos por el pitón derecho, mientras el catalán pasaba el tiempo en probaturas. A los derrotes que lanzaba el toro, el diestro pretendía pegar pases insustanciales. Lo mismo pasó por el lado izquierdo, y lo único que quedaba claro es que aquel pozo se había secado, igual que esta feria de trastorno bipolar de la plaza de Madrid, que ha dejado claro que sus parroquianos cambian cada tarde, que los habituales son escasos y conformistas, que aquel sector inconformista del 7 ya es más un nido de japoneses que de aficionados y que eso que parecían desear e impulsar desde los micrófonos de muchos medios, eso de echar por tierra el prestigio de una plaza dura y seria, eso sí que se ha logrado. No me queda nada más que agradecer profundamente el seguimiento que han hecho a mis opiniones y que nos iremos viendo. La primera cita no creo que tarde, las siguientes… las siguientes ya se verán.

sábado, 7 de junio de 2014

Pobre Madrid, ovaciona el genio, pensando que era bravura


Cuando la sangre de los Saltillos se pone en ebullición, hay que estar muy firme para que no te abrase.
Qué lástima da ver la plaza de Madrid, que pena; aquella que fue grande, aquella que en su piedra acomodó a una afición principalmente justa y sensible, que valoraba lo que allí sucedía con mesura, sin dejarse llevar por modas o imposiciones de los que ostentaban el poder taurino, porque con la plaza de Madrid, de ninguna valieron componendas. En la de la Puerta de Alcalá, la de la carretera de Aragón y por último en la que construyeron en el barrio de Ventas, en distintos cosos, una misma afición. Viajando en calesa, a pie, en jardineras, simón, tranvías, autobús, trolebús, taxi, coche o metro, pero el espíritu no cambiaba, iba pasando de generación en generación. La temían los mediocres, la respetaban los más grandes, ella era única, mejor o peor, pero única. Dura, exigente, pero justa, siempre justa y sabiendo lo que quería. Bulliciosa, hasta escandalosa, pero entregada no había amante más apasionada. Madrid, Madrid, Madrid. Pero la vulgaridad se hizo fuerte, quisieron que fuera lo que nunca fue, la engañaron queriendo convencerla de que su esencia era callada, sumisa y verbenera, para anular su energía, su saber y su humanidad. La querían vulgar y vulgar, ignorante, altanera e intolerante es como la tienen ahora. Qué pena Madrid, ya no existe. Quedan las piedras, pero no su plaza, su plaza ha sido invadida por autómatas sin alma que obedecen las doctrinas que mamaron de la televisión, esa que se puso al servicio de las figuras, los taurinos, los charlatanes y mercachifles que hacen perder la cordura a quienes les prestan atención. Qué pena mi Madrid, se me fue un día y no me di cuenta de que nos dejaban a merced de una burguesía taurina, acomodada y complaciente que solo se preocupa por el gin tonic, el bocata, lucir almohadilla forrada con tela de capote, su pulsera con calcomanías de tema taurino y de ser testigos de muchas orejas cortadas. ¿La Fiesta? A la Fiesta que la den. Cuando me canse de ella me iré a otra parte a lucir mi look de vulgar hortera encharcado en colonia, pantalones pesqueros con zapatos sin calcetines o con pantalón corto y la camisa por fuera con la manga a medio brazo, del brazo de su “perica”, apretada hasta reventar, subida en unos coturnos indomables.

¿Que qué es lo que tiene que ver todo esto con la corrida de Victorino Martín? Pues mucho, porque estos son los que no se enteran de que un toro manso no va al caballo de lejos, que un toro bravo no pega desesperados cabezazos en el peto, ni es bravo el toro al que le mantiene vivo la casta, que no el impulso de defender su territorio queriendo ser el rey. Y que si un toro con genio, se lleva por delante a un puntillero, no es por bravura. Y que si un torero se pone delante de un toro y no puede con él dándolo todo, aunque sea poco, no se merece que le piten y abucheen como si les hubiera querido robar la cartera. Con ciertos toros no hay posibilidad de ponerse a buscar la cartera del respetable, no da tiempo, hay que estar pendiente del de las patas negras, no vaya a ser que te mande al hule.

Si tuviera que calificara la corrida que ha mandado Victorino Martín a Madrid, diría que ha sido más tirando a buena, que tirando a mala, pero ¡cuidado! Así dicho parece que estoy hablando de una corrida que regalaba el triunfo. Nada más lejos de la realidad. El triunfo era posible, pero había que ir a buscarlo y para lograrlo, antes había que pasar mil penalidades, tener mucho acierto y no permitirse ni un fallo, porque este, cuando hay casta de por medio, te lo pueden hacer pagar de muy malas formas. De la misma forma que si digo que la terna no ha estado a la altura de las circunstancias, que nadie se piense que han estado para mandarles al paredón. Esto es lo que tiene el toro cuando es íntegro, que hace que los que se ponen delante mantengan íntegra su dignidad. ¡Faltaría más!

Uceda Leal volvió a exhibir ese distanciamiento y esa frialdad que le envuelve cuando no está, y lleva mucho tiempo ausente, capoteando sin intención, como para pasar el trámite. No fijó a su primero, permitiendo que anduviera a su aire por el ruedo. Empujó y se empleó en la primera vara, sin que el picador apretara demasiado. A la segunda se fue suelto cuando le convino. Siguió correteando e hizo por los banderilleros que estaban preparándose; Ferrera, bien colocado, se mantuvo impasible, quieto como una vela, para en el momento oportuno, cuando el toro entraba en jurisdicción, desplegar el capote y echárselo al hocico, haciendo que desviara su camino y se frenara en seco, librando a los rehileteros de un posible percance, pues se encontraban en un terreno de nadie en el que correr no era la mejor opción, aunque sí la única. Las muestras que daba el de Victorino eran de no estar picado y que en cualquier momento podría venirse arriba peligrosamente. Distraído en el segundo tercio, esperaba a los banderilleros a que entraran en su coto privado.

Uceda trasteó con sosería, sin parar de moverse y dando pases, pero sin torear, que era lo que el toro pedía a gritos y además con mucho mando. Sin rematar los pases abajo, dejando la mano alta al vaciar las embestidas, le corta el viaje por el pitón derecho, por el izquierdo se revuelve todavía antes, lo que no hizo que Uceda pensara en plantarle batalla cara a cara. Su segundo, de salida ya exigía por ambos pitones. Fue tres veces al caballo, empujando con fijeza, especialmente con el pitón izquierdo, le picaron trasero en la segunda vara, le taparon la salida y le dieron bastante. En la tercera acudió con alegría al caballo y desde más lejos, para que le pusieran un puyazo delanterito. Con la muleta Uceda Leal empezó con pases por alto, levantándole la mano, lo que probablemente no era lo más indicado. Muletazos que solo servían para abanicar al de Victorino, al que no acababa de ver claro por dónde entrarle. No estaba ni mucho menos apropiado para aplicarle una faena al uso de esas en las que los mantazos se suceden y que a poquito que le insinúen, el toro se torea solo. Pero estos cárdenos deben ser más tontos que los demás, no solo no se saben torear, sino que exigen que se les marque el camino con autoridad, porque si no, se ponen ellos a decidir y la cosa puede ser todavía peor. Este solo se aburrió y la cosa no fue a más, pero, ¿y si le da por querer saber lo que había detrás del trapo?

Antonio Ferrera podía tener el ánimo de torero espectacular y corretón que se abandona a esas poses forzadas y poco estéticas o el de torero atento a lo que pasa en el ruedo y dispuesto a echar una mano en todo momento o una mezcla de ambos. Quizá lo que prevaleció fue esto último. Ya he comentado ese fantástico quite a los banderilleros en el primer toro, lo que indica que hay que estar muy metido en lo que pasa en el ruedo y ser muy consciente de lo que hay allí delante. A su primer lo recogió con el capote queriendo empezar a ser él quién gobernara durante la lidia. Muy pendiente de todo, dejó al toro de lejos en la primera vara, para que este se arrancara pronto y con alegría. Un marronazo que el picador no tuvo a bien rectificar. Una bonita revolera con la rodilla flexionada para dejarlo al segundo puyazo. El cárdeno volvió a ir con buen estilo. Se le dejó una tercera vez, más lejos, pero ahí ya dijo que no y acabaron metiéndolo debajo del peto de mala manera. Quiero destacar eso de poner el toro en suerte con un recorte; no me gusta cuando lo van queriendo llevar y de repente deciden que ahí y el torero se marcha sin más. Con esos recortes, aparte de ser mucho más torero, tengo la sensación de que al toro se le dice ven por aquí y te quedas ahí, para después infringirle el correspondiente castigo con el palo. Ferrera pareó, como es habitual, y como es muy frecuente, a toro pasado. Trasteo inicial por ambos pitones, demasiadas prisas, uso del pico y sin parar quietos los pies. Naturales levantando la mano, vaciando la embestida en la lejanía y en línea recta, y el toro poniendo la casta sobre la mesa, haciéndose del dueño de aquello. Demasiadas carreras para recolocarse en cada pase, acabó demasiado aperreado con el animal. El mando que hubo fue el que impuso el toro. Luego unos naturales con la derecha tirando el estoque al suelo. ¿Se imaginan a Fernando Alonso despreciando su coche y echando a correr por el circuito solo con el casco? Vale, vale, seguro que igual iba más rápido sin coche, que con el Ferrari, pero seguro que ustedes me han entendido por donde iba.

En el quinto, Antonio Ferrera se encontró con un toro que no ofrecía las posibilidades de suyo anterior. Para entrar al caballo no había alegrías de ningún tipo, se acercaba al paso y descargaba todo su genio pegando cornadas al peto. Una mezcla entre genio y casta que le hacían especialmente complicado. Aún así, podía adivinarse un pitón derecho con posibilidades. Pero claro, hablar de un buen pitón derecho en estos casos no tiene nada que ver con los dóciles borregotes a los que nos tienen acostumbrados. Ferrera optó por un macheteo para comenzar la faena. Quizá excesivo, pues tampoco era cuestión de meterse por los riñones del toro. Incluso hasta puede ser que esto acabara con cualquier asomo de poder darle algún muletazo. El toro exigía mucho mando, tenía mucho que torear, pero creo que no valoró en su medida las contraindicaciones de la medicina que aplicó. ¿Estuvo bien? Pues no, pero tampoco se ganó esa bronca monumental con que le despidió el público. ¡Qué pena! Tras una tarde responsable y dando la cara con este ganado, el público que estaba en la plaza de Madrid le dedicó una tremenda bronca. Hasta hubo menguados sociales que lanzaron almohadillas al ruedo. ¿Pero, ¿qué es esto? Recordaba cuando se medía la actuación de los toreros de acuerdo al toro. Pues sigamos recordándolo. Al final de la lidia de este toro, cuando Manolo Rubio se disponía a apuntillar al Victorino, este se levantó de repente y le arrolló, tirándole gañafones sin piedad. Eso sí, no se quería morir, la casta le aguantaba en pie. Incluso hubo quien se deshizo en aplausos según le arrastraban. Pero, ¿quién viene a la plaza de Madrid? ¿Son esos que te exigen que te calles cuando un señor se pone bonito con un moribundo desmochado? ¿O los que se sienten molestos cuando protestas esos inválidos o esas posturas? Hemos perdido el rumbo.

Alberto Aguilar fue el tercero que se enfrentó a estos Victorinos que parecían llegados del pasado. Su primero le sorprendió por el pitón izquierdo, muy rebrincado, lo que no debería haber impedido que le pusieran al caballo y que no fuera al relance. Empujaba con ganas cuando notaba que el palo apretaba, mientras el montado le hacía la carioca. En la segunda vara fue desde algo más lejos, tardeó, pero acabó cumpliendo en el peto. Eso sí todos los viajes los pegaba con el izquierdo, en cambio por el derecho embestía con franqueza. Aguilar se lo sacó por abajo, una tanda por ese lado derecho, pero sin parar quieto, muchas carreras, mucho recolocarse y poco a poco el toro iba ganado la pelea. Se precisaba mucho mando, mucho dominio de las embestidas, porque si no, podía ocurrir lo que acabó sucediendo, que el toro se comía al matador. El Victorino se fue viniendo arriba, hasta que ya no había ningún hueco por el que meterle mano. Ya se complicó por el derecho, aún más por el izquierdo y a los más que podía optar Alberto Aguilar era a dar pases según venía el toro a su aire.

En el sexto no hubo ni esa opción de aprovechar un buen pitón. Ya de salida pegaba tornillazos según tomaba los capotes, el matador tuvo que darse la vuelta y ceder los adentros al toro, para, perdiendo terreno, llegar a los medios. Un toro complicado al que no era conveniente dudarle, ni mucho menos hacerle regates con el capote en la cara, tal y como hizo el madrileño. Se fue suelto al picador, que pasó ciertos apuros para mantenerse en pie. Mucho capotazo que no conseguían fijarle. Le taparon la salida en el segundo puyazo, le pegaron bien mientras se deshacía derrotando en el peto. No obstante, el toro quedó demasiado crudo. Esperaba y hacía hilo por el derecho y cortaba el viaje por el izquierdo. Una joya. Tiraba bocados al espada, que acabó macheteando al Victorino. A diferencia de otros días, la suerte suprema fue un suplicio.


No seré yo el que diga que los espadas estuvieron bien, incluso no haré esas consideraciones de que bastante hicieron con ponerse delante. Dentro de lo que es el encaste Albaserrada, dejaron pasar sus opciones. No fueron los Victorinos de Domecq que son los que parecen habituales en estos tiempos, pero tampoco aquellas alimañas que no permitían un pase, a excepción del sexto. El problema es que ya no hay quien sepa lidiar este ganado y si se puede, hasta hacer faena. Los toreros se harán cruces con este tipo de toro, pero que sepan que cuanto más cacareen, más dejarán al descubierto sus limitaciones. Aún así, tampoco era para esos abucheos injustos e injustificados. Pero no hagan demasiado caso, ni en lo bueno, y a veces tampoco en lo malo, porque pobre Madrid, ovaciona el genio, pensando que era bravura.

viernes, 6 de junio de 2014

Soy la vaca madrina y os traigo un toro para triunfar

Tanto mimo para criar toros bravos, para que luego...


“Estoy cansada de que me piten las orejas porque las vacas parimos toros a los que no se les pueden cortar las ídem, que digan que son inválidos, que son moruchos como los del cercado de más arriba, que no valen, que no tienen casta y que son un dechado de mansedumbre. Pues hala, ahí van unos toros para que el triunfo sea posible y rotundo, unos toros del Puerto de San Lorenzo, una ganadería de Salamanca, de un pueblo que se llama Tamames. Y dense cuenta ustedes que muchas veces han salido toros de esta ganadería que ni se aguantaban en pie, que se caían constantemente, que paseaban su invalidez para bochorno de sus criadores y de sus madres, nosotras las vacas. Mira que no lo he comentado yo veces con las demás compañeras. No nos podíamos creer que nuestros retoños dieran ese espectáculo en la plaza. Pero vaya, al final hemos podido responder a las expectativas de los toreros. Pues muy bien, ahora me hago a un lado y espero que me expliquen por qué no han dado pie con bola los toreros y se han limitado a pegarles trapazos a mansalva. ¿No han pensado estos señores lo difícil y sacrificado que es parir y criar un becerro y que se haga toro, para luego darles ese trato?”

Caramba como está la señora vaca, aunque visto lo ocurrido en la del Puerto de San Lorenzo, el cabreo no es para menos. Tanto que ha tenido que soportar este ganadero con esas corridas flojuchas que se pasaban la tarde rebozándose en la arena, para que le desprecien de la forma que lo han hecho a unos toros dispuestos hasta a modelar un puchero de barro. Tras la corrida de máximo boato y glamour del año, esta con toros de los que a priori se desconfiaba y con tres toreros en una situación cuanto menos, extraña. El figurón que despierta pasiones entre los aficionados que tanto se identifican con su espíritu de superación, Juan José Padilla; la figura que un día fue su enamorado y al que aún esperan algunos, El Cid; y una promesa del toreo que lleva años prometiendo, Daniel Luque, pero que de momento no cumple, a pesar de los despojos de casquería que pueda haber recolectado. Y ha sido el toro bueno el que ha puesto a cada uno en su sitio.

Juan José Padilla ha estado en la antepenúltima de la feria, incluso también en otra tarde, pero que como si nada. Su toreo de cara a la galería, vacío de dominio, moderno y basto, no ha coincidido en los días en que la plaza era ocupada por los seguidores de esta tendencia o igual es que les ha pillado sesteando después de la merienda. De primeras vio como le devolvían al corral al primero del Puerto, que parecía un mago moviendo las manos a la remanguillé. El sobrero del mismo hierro salió parado, enterándose, echando las manos por delante al entrar en los capotes. El espada le recibió en toriles. Muy suelto y recibiendo demasiado capotazo, con evidentes muestras de flojedad. En el primer puyazo, trasero, empujó con fijeza mientras tuvo energías, le taparon la salida, pero se dejaba castigar. En la siguiente vara solo recibió un tímido picotazo. En banderillas rozó al matador con el pitón derecho, lo que pudo parecer un error de cálculo en las distancias y que el toro también cortaba por ese lado. Con la muleta, entre que el toro andaba parado y él poco confiado, poco pudo lucir. Naturales con el pico a un moribundo que no paraba de doblar las manos, con el engaño retrasado y adelantando solo la punta. En el buen cuarto intentó ofrecer variedad, pero la falta de argumentos consistentes hizo que todavía luciera más el toro. Recibo a pies juntos, galleo apartado para llevar el toro al caballo, que empujó de firme, empleando ambos pitones de forma alternativa. En el siguiente puyazo fue desde más lejos y con prontitud, para seguir corneando el peto. Mantazos por ambos pitones, pico, retorcimientos y sin que el toro se cansara de embestir. Venga muletazos y más muletazos, como si la intención del espada fuera mostrar la calidad del toro y su propia incapacidad para torearlo con verdad.

El Cid era esperado por algunos que en otoño se creyeron que su recuperación era posible, pero aquel espejismo se ha disuelto hasta para los más fieles. Verónicas suavonas a un inválido, siempre echándose atrás. El animalito, que no se sujetaba, se dejó en el caballo, soltando todos los derrotes con el pitón izquierdo. No le castigaron y a pesar de todo, el del Puerto doblaba las manos continuamente. Acudió de lejos en la segunda vara, pero no se aguantaba en pie. Cambio de tercio y cambio de tercio de nuevo. ¿Les extraña? Pues pregunten al usía, que fue quién sacó el pañuelo dos veces para que se marcharan los de a caballo. El toro, cerrado en tablas, sin fuerzas, no dejaba de acudir a la muleta que El Cid manejaba abusando del pico, más o menos erguido, pero acompañando la embestida. Si acaso pudo haber dos derechazos en los que el sevillano pareció tirar del desfondado animal. En el quinto pareció tenso y agarrotado con un toro que parecía que iba a ir bien a los engaños, sin apretar a los toreros, que le dejaron ir a su capricho por el ruedo, sin que nadie tuviera la ocurrencia de sujetarlo. Marronazo en la primera vara, tapando la salida al toro que aún así no cesaba de empujar, metiendo la cabeza abajo. Se pudo apreciar la condición del toro en un quite por gaoneras de Luque, que curiosamente no fueron esa retahíla de trallazos a los que la torería presente nos tiene acostumbrado. La faena de muleta comenzó directamente por naturales trapaceros, medios pases con la derecha y enganchones, para pasar a ahogar las embestidas del animal, como si hubiera cierta intención en hacerle pasar por malo, lo que estaba claro que no era. Es más, la sensación que dio es que se escapaba sin que le torearan.


Daniel Luque dijo hace tiempo que le faltaban no sé cuántos toros para ser figura, cuando aquellas encerronas con las que pensaba encumbrarse, pero si con la corrida del Puerto de San Lorenzo no ha explotado definitivamente, ¿Cuándo lo hará? Salió flojeando el tercero de la tarde, con el que Luque hizo de peón. Ya en el caballo empezó a dar muestras de que podía ser un toro a tener en cuenta. Se empleó bien, levantó al caballo, aunque hay que reconocer que el castigo no fue mucho. Le dejaron de lejos para la segunda vara, pero tardeó demasiado y hubo que ponerle a corta distancia. Puyazo trasero del picador que aguantó el empuje del animal. Daniel Luque le citó a distancia, aunque con el pico de la muleta, y le pasó a la velocidad que marcaba su oponente, permitiendo que le enganchara la tela. El sevillano parecía una ametralladora pegando pases, sin templar nunca y acompañando las buenas embestidas que se le brindaban. Naturales con la muleta completamente torcida, con la derecha tras tirar el estoque de mentira, mantazos y más mantazos, que solo evidenciaban que aquel toro se iba sin torear y que era un toro de cortijo. Le costó al espada confiarse con el sexto, que salió paradito. Es fácil que se llegaran a los mil setecientos capotazos, mantazo arriba o abajo. Se le pego en el caballo, mientras empujaba a media altura, más con la cara que con los pitones. Fijo en la segunda vara, en la que también recibió por parte del pica. Esperó en banderillas, con la cara arriba y doliéndose de los palos. En el último tercio andaba suelto y su matador daba pases, pero no le toreaba en ningún momento, quitándole la muleta de repente. Parecía que Luque empezaba a atisbar lo que tenía delante, lo que le decidió para poner su mejor perfil. Tal cual, muy perfilero, sin mando, mientras el pupilo del Puerto se toreaba solo. Iba a todo lo que le ponían por delante, aunque no quita que poco a poco fuera acercándose a terrenos de toriles. Una oreja en cada toro y salida a cuestas por la Puerta de Madrid, pero tanto en el caso de Luque, como en el de sus compañeros, lo que quedó claro es que los toros descubrieron la incapacidad de los tres espadas, que ignoraron lo que se les dijo nada más llegar a la plaza, “soy la vaca madrina y os traigo un toro para triunfar”.

jueves, 5 de junio de 2014

Tía Maca, he visto al Rey, al de 1 euro

¿Recuerdan ustedes aquello de la torería?

¿Ustedes se creen? Uno pone toda su ilusión en el talento de la Vane y de repente se me queda embelesada porque ve al rey de un extremo al otro de la plaza. Si es que esta juventud se impresiona con nada; se me ha quedado bloqueada al ver que el señor que estaba en el palco era igual que el de las monedas de un euro. No sé que idea tendrá ella de lo que es un rey y de lo que hay que hacer para que te pongan en una moneda. Que ya se me ha quedado fundida. Y casi lo prefiero, porque la Vane es una buena chica, muy inocente, con una inteligencia, digamos que rara, y con una visión de la vida que no casa demasiado bien con el mundo del toro. No quisiera yo por nada del mundo perturbar ese espíritu virginal con el que contempla una corrida de toros. Y en días como en el de la Corrida de Beneficencia, pues casi mejor dejarla con sus ideas de cuento de niños.

Siempre recuerdo cuando en esta corrida, que se celebraba acabada la feria, se daban cita los triunfadores de la feria de Madrid, lo que la convertía en el festejo más importante de la temporada. Que hartazgo el tener que estar mirando por el retrovisor casi permanentemente. Pero ya ven ustedes, unos lo hacemos con añoranza, pero otros no lo hacen jamás, ni tan siquiera para ver cómo eran las cosas que funcionaban y cómo las que no, aunque solo fuera para no repetir los mismos errores. Todos los días intento detenerme en lo que sucede, pero el hartazgo y las circunstancias hoy me lo impiden. Se suponía que era una corrida importante, con ganado importante, toreros importantes y una afición… Pero esta Tauromaquia 2.0 tiene la virtud de llevarse por delante todo lo importante y salvar lo accesorio, lo fundamental, para elevarlo a lo más alto de su Olimpo de vulgaridad. Uno siente tal aversión, que antes de empezar la corrida, al comprobar el ambiente que se respiraba en la plaza, le daban ganas de marcharse y ahora me las dan de no volver. Un público verbenero e intolerante, de esa gente que se siente demócrata si estás en su bando, pero que si no es así, te quieren poner una mordaza muy apretadita, no sea que se te oiga quejarte. Solo faltaría que les fastidiases la juerga. Por el contrario hay otro aficionado, que no es habitual de la plaza, que a lo más vienen tres o cuatro tardes al año, que aprovechan la semana en que el ganado se parece más a lo que ellos creen que debe ser el toro, sin importarles si van a salir figuras o figurones. Vienen de Chiva, como todos los años, de Zaragoza, de Badajoz, La Rioja, Salamanca o de dónde sea. Un esfuerzo de tiempo, vacaciones, ilusión y su dinero. Pero cuidado, que no rompan la estúpida felicidad de los que no quieren ver nada que no sean orejas y más orejas.

Del ganado de Alcurrucén, poco se puede decir, mansos escapando de cualquier signo de pelea, marchándose de los caballos a la carrera en busca de la puerta de toriles, queriendo tener las tablas siempre a la vista. Por supuesto que no hubo posibilidad de que se les picara, lo que congratulaba al personal. Ni mucho menos se emplearon y lo que es peor, con la inestimable colaboración de toreros y autoridad, dando su bendición a esta porquería desigual que la empresa trajo para este día; además de ese público trágala que no solo lo pasa todo, sino que exige que lo haga todo el que les ronde a su alrededor. Eso sí, luego sale un animalejo que sigue la muleta y ya se borra todo, como fue el quinto, un toro geniudo que hasta para muchos pasó como la encarnación de la casta, de la que por momentos exudaba algunas gotitas. Poco para el aficionado, mucho para los palmeros. Aunque tranquilos, no teman, que ya podrán ver estos mulos este año o el que viene, en la misma laza y en otras de postín.

De los de luces, pues o te callas y tragas, demostrando tu buena educación y sentido cívico o es que les envidias por ser ricos y tú pobre, porque ellos son dioses y tú un simple desgraciadete que camina pisando el asfalto, o porque si no es en la plaza, ¿dónde podrás gritar a tus anchas? Ves a El Juli delante de una cabra escurrida y se te llevan los demonios, pero, ¡ojo! hay que rendirle pleitesía. Desinhibido de la lidia, dejando a sus toros vagar por el ruedo, a su aire, esperando solo el momento de la muleta. No hay ni asomo de lidiar, ni orden en el ruedo, ni el menor interés por torear ese animal, al que hay que mantener en pie a costa de todo, echando los capotes al cielo, yando a matacaballo para que se cambie el tercio a todo correr. Y ya una vez con la pañosa, pues a pegar pases y más pases en los que el animal pasa lejos, muy lejos, a costa de los retorcimientos del espada y de alargar el brazo hasta lo indecible. Descargada la suerte siempre, con la pierna de salida atrasadísima de forma exagerada y vaciando el muletazo en la lejanía, con pases en línea recta, sin someter y solo acompañando las arrancadas. Faenas eternas y vacías de sustancia. Luego ese sacrificio de matadero que es la forma de ejecutar la suerte suprema. La espada suele quedar enterrada, pero casi nunca lo hace en tierra santificada, la mayoría de las veces lo es en la paletilla, trasera o en el pudor de los aficionados. Luego el mal no es que el presidente conceda una oreja, lo jorobado es que después de estos mítines, haya quien piense que eso merece premio. ¿Qué pensarán los toreros que se empeñan en torear con pureza? Pero cuidado, no digan nada contrario al engendro nacido de Joselito y Belmonte, pues igual te destierran a una isla del Pacífico; además de eso de vetar a los medios de comunicación o a sus trabajadores, aunque algunos sean poco imparciales, pero bueno, este es un terreno en el que habría que dedicarse con más calma. A propósito, será verdad lo que me contaba ayer un amigo de que el Juli no compra lotería porque exige que le den el boleto premiado y si no veta a la administración en cuestión. Yo no lo creo, nadie en su sano juicio se atrevería a despreciar los sorteos, ¿no?

Iván Fandiño ya nos va dejando entrever cada vez con más claridad, lo que quiere ser en esto del toro, un privilegiado más. Era un torero con una voluntad inquebrantable, sí es verdad que algo acelerado en su toreo, con una ambición desmedida y poniéndole las cosas en su sitio al toro de verdad. Pues bien, lo del toro ya ha cambiado. Lo de matar con muleta o sin ella es casi anecdótico, la prueba es que se tirar a matar con el trapo con la misma o más decisión que sin ella. Pero la cuestión es su toreo, ausente de temple y a veces hasta apropiándose de las ventajas de las figuras. No creo que haya hecho la mejor feria de su vida, podría tener muchos argumentos de crítica, pero voy a aplicarme la receta de la calma y la paciencia y me voy a limitar a expresar una serie de deseos, como si estuviera escribiendo la carta a los Reyes… Magos. Le pido que no se olvide del toro, que su toreo ganaría mucho con más templanza, sin aceleramientos, pues aunque no es un fino estilista, el torear de verdad ya es importante. Que haga de la lidia otro de sus motivos de ser torero y que no se olvide del aficionado que tantas ilusiones depositó en él. Que no se convierta en uno más, que sea el Fandiño que nos encandiló.


Alejandro Talavante es uno de esos casos que ha provocado un extraño caso de bipolaridad en la afición de Madrid. Tras esa etapa de retorcimientos y vulgaridad con mojicones desmochados, en un momento de reflexión y sinceridad declaró que él así no era feliz, no se sentía a gusto, le bullía nada dentro como en otros tiempos pasados. ¿Y qué mejor decisión que volver a los orígenes? Se le notó cierto cambio de actitud, más en el público, que le recibió con los brazos abiertos y aplaudiendo cualquier síntoma de cambio. Los resultados no han sido los mejores, pero habrá que mantener al enfermo en observación y esperar a ver como evoluciona. Han sido muchos días de retorcimientos como para de repente curarse de la espalda. Eso sí, aparte de esto, quizá sería bueno desterrar el toreo con el pico de la muleta, perfilero, de líneas rectas y de acompañar más que de dominar. Luego ya vendrá lo de pasárselos cerca y esas cosas que hacen los toreros. Solo pregunto una cosa, ¿No les dan ganas de mandar esta basura en estado comatoso a la…? ¿No les apetecería? Pero si por una casualidad caen en la tentación de ir a los toros, procuren no molestar a los que van de verbena y fiesta orejera. ¡Aah! Y no se agobien por lo del “No hay billetes”, que con la última ampliación de Las Ventas, excepto en los tres días de clavel, siempre habrá entradas para tapar esa gran media luna del sol y los múltiples huecos de la sombra, aunque la tele del vetado no lo refleje en sus barridos de cámara. A ver si los que tendrían que vetar al señor periodista van a ser los aficionados.

miércoles, 4 de junio de 2014

La verdad y la gloria a un paso

Urdiales toreó


Otra de las corridas toristas, eso que tan mal me suena, como lo de los encastes minoritarios, toreristas, talibanes y esos términos que la modernidad nos ha colado y que no sé si tan siquiera sirven para llamar algo real o simplemente es una falacia interesada. En unos casos para ofender al prójimo y en otros porque los hay que se vanaglorian de refugiarse bajo ese paraguas impreciso. Los de don Adolfo Martín, una de las predilectas de Madrid, aunque haya a quien le cueste explicarse los motivos de tan fuerte fidelidad, pero bueno, ahí está. Y tampoco creo que se vaya a hundir el mundo por apoyar a un ganadero que busca el toro íntegro. Los resultados ya son otra cosa. Adolfo Martín busca y busca la verdad de la Fiesta, pero esto no garantiza la consecución de la gloria. Es verdad que esta siempre puede estar muy cerca, a un paso.

La corrida tuvo dos partes, la primera en la que salieron por delante los más chicos, que no solo eso, también los más destartalados, escurridos, escuálidos y escachifollados, con los huesos marcándosele como lo están los de las vacas en los reportajes que tratan de las grandes sequías. Ni a cabras llegaban. En cambio, los de la segunda tanda ya eran toros con trapío, con presencia de toro, con las carnes justas y las defensas en su punto; quizá el cuarto un poco más pasado. La primera chiva se frenaba en el capote de Ferrera, que a las primeras de cambio se dio la vuelta para, perdiendo terreno, llegar a los medios. Allí se vio un poco acosado por el pitón izquierdo, queriendo quitárselo de encima a base de tapazos. Fue suelto al caballo, a su aire, para que le taparan la salida y le picaran trasero; bueno, lo de picar es una forma de hablar. En la segunda vara el caballo fue a buscar a un toro parado que dobló repetidamente las manos. Lo de las banderillas fue un espectáculo de os que hacen época, carreras, pares a toro pasado, siempre con demasiadas precauciones. ¿Sabrán coger los palos los miembros de la cuadrillas de Ferrera? La muleta fue una sucesión de trapazos y aún así el Adolfo seguía la muleta allá dónde se la pusieran. Acababa los pases allí cerca del cielo, el animal notaba la tela y derrotaba, hasta que se quedó parado y el matador pretendió eso del arrimón que tanto gusta al espectador del corte que esta tarde poblaba los tendidos.
El cuarto, muy cornalón, primero de la corrida seria, fue recibido por el extremeño con capotazos al aire, a la según viene y así se va. Le tira al caballo en vez de colocarle, para ver como le tapaban la salida y como se quedaba paralelo al caballo. Picotazo largo en la segunda vara, en la que el animal no llegaba a más que dejarse. Lo de las banderillas nuevamente es un suplicio por el que hay que pasar, sí o sí. Continuó con la muleta con su repertorio, digamos bullidor, por no repetirnos en eso de vulgar. Retorcimientos e histrionismo puro Ferrera, mientras el mulo de don Adolfo andaba por allí buscando un carromato que echarse a los lomos. Habrá quién diga que el torero ejerció a la perfección de director de lidia o que estuvo muy pendiente de ella. ¡Cuidado! A ver, si echamos cuentas de que en sus toros ni puso el toro en suerte, pues el título se nos empieza a quedar muy amplio. Eso sí, fue el único que en el segundo de la tarde se dio cuenta de la fijación del toro con el caballo y que para facilitar la salida de este del ruedo se fue a cubrirle con el capote, en previsión de un arreón intempestivo. De la misma forma que cuando el picador en el sexto se vio en el suelo y a merced del toro, él voló para sacarlo de allí y a continuación aún tuvo tiempo y energía para hacerle el quite al caballo. Esto sí que es digno de halago y de agradecimiento.

Diego Urdiales ya se sabe que es un torero que no se quiere apartar ni un dedo de la pureza, de la misma manera que a veces no se sabe si su freno es el viento, el toro o vaya usted a saber qué. En el primero, al que recibió con capotazos acelerados para intentar calmar el genio del Albaserrada, adoleció de no ordenar una lidia bastante caótica e ineficaz. En la primera vara el toro se fue suelto contra el peto, no se le picó prácticamente, veías como se estrellaba, pestañeabas y ya le estaban levantando el palo. En la siguiente, aunque se encelara con el penco no quiere decir que le picaran, eso ya es otra cuestión. Muletazos sosos y desvaídos, resultando pesado, de uno en uno, mientras el toro no paraba de doblar las manos. Pero en el siguiente, el quinto, la cosa cambió por completo. Salió barbeando, como alguno más de sus compañeros, no humilló en el caballo y se le picó poco, una característica que iguala a este hierro con los de las ganaderías comerciales. De la misma forma en que la casta no apareció, aunque el genio pudiera ser tomado como un espejismo de esta. Inició Urdiales su labor con muletazos por abajo y a las primeras de cambio un derechazo hondo, templado, tirando del de don Adolfo y rematado atrás y otro de pecho sacándose el toro por la hombrera. Vaya, unas gotitas de torería en este páramo de modernidad y mal gusto torero. Pero el toreo se fue haciendo paso en la tarde. Lástima que los muletazos manaran de uno en uno y sin ligazón. Toreo al natural, con el mismo pero, tras cada muletazo le quitaba la muleta de la cara, lo que hacía que aquello no reventara hasta la luna. Siempre bien colocado, siempre adelantando la pierna de salida, con el medio pecho dándoselo al toro, pecheando, como me enseñó mi amigo Pepe Luis Bautista. Pero quizá los cites de frente fueron los más emotivos, sin truco, sinceros y sencillos. Pero seguíamos con la sensación del que lleva un gran coche, pero sin quitar el freno de mano. Lástima del fallo con el estoque, si no, igual estaríamos hablando de otras cosas. Diego Urdiales, matador de toros al que no se puede dejar de lado, al que hay que tener más en cuenta que a muchos otros que los cuelan en los carteles por cuestiones ajenas a lo que pasa en los ruedos. Pero no nos recreemos en la suerte y exijamos a Urdiales que de ese paso que no acabó de dar. Entre otras cosas, porque es de los pocos, de los muy escasos, a los que se les puede exigir el toreo bueno, el que pone de acuerdo a todo el mundo.

La novedad era ver a Miguel Ángel Perera con los de Adolfo Martín, en estos días y a estas alturas. Ya que tantas veces le hemos echado en cara su permanente huída ante este tipo de hierros, creo que también es justo reconocerle su elección. Pero recordemos aquello de que una golondrina no hace primavera. Su primero era uno de los tres chivos de la primera parte. Salió curioseando detrás de las tablas, pegajosito y complicando a Perera el quitárselo de encima. Muy suelto, nadie le fijaba en las telas. Mantazos a tutiplén, empujó con cierta fijeza en la primera vara en un primer momento, para acabar pegando cornadas de lado. Al toro a su aire. Le abandonaron para que fuera al caballo de nuevo. Picotazo trasero y se va suelto. La lidia fue un compendio de cosas mal hechas. Con la muleta mucha vulgaridad, mucho truco, pierna escondida, pico, enganchones, el toro para afuera y aperreado con el novillote. Su segundo, el sexto, de excelente presencia, recibió capotazos de trámite, como si se nos hubiera olvidado para qué sirven estos lances. No se le picó, se le tapó la salida y en un arreón, el picador se vio en el suelo. Muy crudo, se dolía de los palos, violento por el izquierdo y cortando por el derecho. Lo que vino a continuación tuvo puntos de vista muy diversos. A favor del matador se puede decir que estuvo mejor que en otras ocasiones, precisamente por la exigencia del toro. En este sexto no le volvió la cara y se lió a pegar los trapazos tipo con que este torero se enfrenta a todos los animales. Trucos ya conocidos, pero repito, la importancia la daba el de Adolfo. El primer muletazo siempre era perdido, trapazo largando al toro, sin mando alguno, se recolocaba y aprovechando el viaje le embarcaba en los sucesivos de la serie. Muy perfilero, pero mucho, quizá toreando más de lo que es habitual, lo que no es en si mismo una virtud, pues el punto de salida se encuentra muy abajo. Destoreando permanentemente, aunque hubo dos naturales templando y llevando bien al animal, pero sin que pudieran calificarse de algo más que aseados. Se le metía el toro para él, claro, es que a estos toros, por muy mulos que parecieran, no se les pueden pegar tandas de 200 muletazos. Estocada trasera que hace caer al toro y la locura se desata. Pañuelos, más pañuelos y venga pañuelos; y el señor presidente como si fuera una metralleta, venga a dejar asomar el suyo por el palco. Yo ya adelanto que las formas de este toreo no coinciden ni remotamente con mis gustos; quizá una oreja no la habría protestado, aunque no la habría pedido jamás. Pero eso de la segunda también, pues se hace duro de asimilar. Yo les pido ahora una cosa a los que estén en desacuerdo con que la segunda oreja nunca debió ser dada. Vuelvan a leer lo que ocurrió hasta que tomó la muleta, que se supone que es el punto decisivo que el presidente debe tener en cuenta al sacar el pañuelo.


Cuando salía de la plaza tengo que confesar que la felicidad me poseía, en ese momento entendí que en poco tiempo, quizá en semanas más que en meses, Madrid tendría mar, podríamos ir a la playa de Levante de Madrid, se construiría grandes rascacielos todos apelotonados y hasta puede que El Cordobés reapareciera aquí años después de marcharse. Madrid ya era como Benidorm. Se consiguió. Anda que les den morcilla a esos exigentes a los que no les gusta nada. Al final Madrid tendría como himno una canción parecida a aquella de Benidorm, Benidorm… Urdiales no fue a buscar su oreja, no dio el paso, aunque toreara con la verdad. Y a Perera, la verdad, le han caído las dos orejas del cielo, echando el paso atrás y trapaceando. La verdad y la gloria a un paso

martes, 3 de junio de 2014

Viva Domecq y la normalización

Quizá sea bueno eso de hablar de vez en cuando con un Revisor u otro toro con larga experiencia en esto de la Fiesta


Quiero empezar agradeciendo el seguimiento con el que ustedes me han honrado leyendo mis opiniones, mis reflexiones y mis devaneos con la insania. Sus muestras de apoyo, ya fueran desde el apoyo o desde la crítica, que en ambos casos me han ayudado desde el primer día. ¿Qué por qué digo esto? Pues porque voy a hablar de la corrida de Cuadri, de lo que yo vi y lo que no vi. Lo que quizá les haga pensarq eu es mejor abandonar esta grada. Eso sí, a los que se queden no sé si ponerles un piso o casarme con ellos. Pero bueno, dicho esto no me queda más remedio que hablar de la corrida y de los matadores designados para torearla.

Hay algo que no podemos negar por mucho que nos empeñemos y es que estamos en la era de Domecq. Nos quejamos, protestamos y negamos este tipo de toro tres y las veces que sean necesarias. Está claro que el monoencaste, eso tan denostado, nos ha robado la variedad y la diversificación del toro, pero también nos ha otorgado un modelo al que ceñirnos y con el que poder comparar, como si fuera el patrón que todo lo rige, ese elemento que nos da uniformidad y la seguridad de que nuestro juicio es el adecuado. Una normalización contra la que nos rebelamos, pero sin la que no podemos vivir. El ser humano necesita encajar las cosas en estamentos, a lo largo de su experiencia y mediante la repetición, se van creando unos departamentos estanco en los que vamos metiendo elementos de todo tipo, para al final poder enunciar sus teorías. Y cuanto más simplifiquemos, mejor. No nos gustará en cuanto a las formas en que esto se produce, pero en el fondo no podemos prescindir de todo esto.

Pero claro, una cosa es aplicar esto a la ciencia o a disciplinas con bajo nivel de entropía y otra pretender hacerlo en el toreo, y ya si nos metemos con una ganadería tipo Cuadri, pues la teoría nos explota en la cara. No diré que hay cierto interés para que estos hierros, los idolatrados por aquellos a los se mal denomina toristas, no triunfen, dejémoslo en que producen cierto refuerzo de las teorías modernas. Pero vayamos al tajo. Seis toros seis de la ganadería de Herederos de don Celestino Cuadri, los tres primeros con una presencia más pobre de lo que habitualmente sale de este hierro, lo que no quiere decir que estuvieran faltos de trapío. Quizá este dato debería congratular a aquellos que tanto temen el que a los toros se les saque de tipo, ¿no?

Confirmaba la alternativa José Carlos Venegas, un torero del que se podría decir que no contaba ni con la más mínima experiencia que pudiera hacer merecer su inclusión en este cartel. Si apelamos a la lógica más elemental, la pregunta es: ¿qué hacía este torero en esta corrida? El paso de los minutos y de los capotazos hacía que esta cuestión estuviese más presente aún. El Cuadri salió rematando en los burladeros, tomó el capote del matador yendo bien por ambos pitones, apretando, lo que hizo que su lidiador optara a las primeras de cambio por dar la espalda a los medios y llevárselo hasta allí perdiendo terreno; lo que quizá podría haber hecho a las mil maravillas un peón. En la primera vara se empleó el toro, recibió bastante castigo, le taparon la embestida y curiosamente cuando tenía la salida franca era cuando más pedía pelea. En la segunda vara le pusieron de lejos, pero ante la inoperancia del picador montando o que el caballo estaba más avisado de lo necesario, hubo que meterle prácticamente el toro debajo del peto. Allí volvieron a darle leña para que no pasara frío. El animal se dolió de los palos y en banderillas cortaba el viaje por el pitón derecho. Este defecto apareció en varios momentos durante la faena de muleta, a lo que colaboró la falta de mando y dominio del confirmante. no obstante, por ese lado el Cuadri acudía bien al engaño. No le templó nunca, se limitaba a acompañar, sin bajarle la mano, se le fue poniendo cada vez más complicado. A todo esto, la única respuesta de Venegas fue el intentar que el toro se pegase los pases solo, pero claro, eso no pasó. En realidad el animal se le fue sin torear.

El segundo lo recibió Javier Castaño con una sarta de magníficos mantazos, mientras el animal parecía tomar bien las telas, aunque dando muestras de flojedad. Se fue suelto al caballo, sin que el matador fuera capaz de sujetarle y ponerle en suerte correctamente, no rehuyendo la pelea. En el segundo puyazo lo abandonaron entre las dos rayas del tercio. Allí cabeceó timidamente el peto, sin emplearse. Los en otros días espectaculares banderilleros de la cuadrilla de Castaño no estuvieron a la altura de lo esperado, si acaso se salvó más en este tercio Fernando Sánchez. El salmantino tomó la muleta y desde el primer instante no paró de levantarle la mano al final de cada trapazo al Cuadri. Estirando mucho el brazo, dejando que se la tocara a cada momento, muy vulgar y sin saber hacerse con el animal. El bajonazo soltando la muleta fue una imagen que resumía mucho de lo sucedido.

El tercer espada fue Iván García, aquella promesa que tanto gustaba al público de hace unos años. Mucho capotazo de recibo, quizá por no saber como quitárselo de encima. En el primer tercio bastante tenía con que el toro se parara en un punto al que llegara el caballo, allá dónde pillara. De cerca en la primera vara, fijo y tapándole la salida. En la segunda se repuchó y cabeceó defendiéndose. En banderillas apretó bastante por el lado derecho. La labor con la pañosa fue una sucesión de mantazos sin parar quieto un instante, con muchas dudas a la hora de decidir por dónde entrarle al toro. Pico y banderazos, sin bajar nunca la mano, que unido a la poca condición del Cuadri convertía aquello en un trasteo imposible.

Volvió Castaño con el cuarto, que sacó astillas de un burladero. Seguía bien el capote que el espada manejaba como una manta. De cerca en la primera vara, mal colocado, haciéndole la carioca. En la segunda le pusieron desde más lejos para simplemente dejarse, mientras le castigaban desde el caballo. Se le volvió a poner una vez más, pero el toro no quería ya más palo, ya le bastaba con lo que llevaba. Se le pareó demasiado cerrado en tablas, destacando el tercer par, de Fernando Sánchez, aguantando que esperara mucho. Mucho trapazo alargando el brazo y desaprovechando las buenas embestidas por ambos pitones. Muchas dudas del salmantino y banderazos como si fuera un guardiamarina. Si sería potable el toro, que hasta dos intrépidos antis se echaron al ruedo. No creo que fuera a pedir una oportunidad, no tenían pinta de ello, ni tampoco parecía que pretendieran “salvarle” la vida al toro, pues el numerito lo montaron cuando Castaño ya había dejado una entera. Pero también puede ser que no se dieran cuenta, pues saltaron por el extremo opuesto del ruedo. Amablemente fueron invitados a abandonar el ruedo por los miembros de las cuadrillas que al fin y al cabo habrían sido los responsables si les hubiera ocurrido algo. ¡Qué cosas! Se tiran para quitarles su pan y encima los tienen que proteger del toro. Insisto, ¡qué cosas!

Iván García iba a cerrar su apática y nada lucida actuación con otra retahíla de capotazos, como en el anterior, lo que hace penar que no tiene demasiado dominio de las telas. En el caballo emplea la famosa suerte del “ahí te quedas” o la versión de “búscate la vida”. Para no ser menos, el de arriba no atina con el palo, marronazo, la carioca y el pica aún buscando dónde poner la puya. Puyazo trasero en la segunda vara y el toro se marcha suelto. Entre medias, capotazos, capotazos y más capotazos, no fuera a ser que le faltara alguno. Trapazos y baile fueron lo más destacable de su trasteo, que a no ser que cambien mucho las cosas, puede ser uno de los pocos que realice en la temporada.


Y terminaba el gran día de Venegas, el día de la confirmación, con un toro que pedía ser lidiado y toreado con mando e imponiéndole el temple que calmara esas embestidas que parecían un vendaval. La lidia no pudo ser peor. Un caballo que se frenaba en cuanto notaba que se movía el estribo de la derecha, el picador agarrotado, quizá por lo que le imponía el Cuadri. Este derribó en el primer encuentro, tras el caos en el ruedo, intentó llevarlo al reserva, pero al final lo estamparon de cerca contra el peto en terrenos del seis. Al coger la muleta Venegas se limitaba a apartarla ante las arrancadas que no era capaz de dominar lo más mínimo. Trallazos, más trallazos, enganchones, desarmes y aunque había quien jaleaba este despropósito, lo único que hacían era alimentar la ilusión de que podía. Pero los signos parecían decir lo contrario. ¿Cuál fue la sensación generalizada? Pues de decepción. Cual fue la de algunos, entre los que me incluyo, que se les fueron toros sin torear, que nos empeñamos en aplicar la receta de los Domecq a todo bicho con cuernos, pero que la realidad es más terca que el ánimo de los aficionados, toreros y demás personas que se acercan a esto del toro. Que complicado es esto del toro, tanto que no podemos por más que gritar a los cuatro vientos ¡Viva Domecq y la normalización!

lunes, 2 de junio de 2014

Tutorial de la suerte suprema

El software toros estuvo muy bloqueado y por más que se pulsaran las teclas, los resultados no resultaban optimizados


Para ejecutar correctamente la suerte suprema en el toreo se precisa de varios comandos, que deberán ser activados de forma sucesiva, para garantizar el éxito de la operación. Si usted es usuario del sistema operativo Toreo Clásico podrá seguir este tutorial paso a paso sin problemas. En cambio, si su sistema es el de la Tauromaquia 2.0, tendrá que desinstalar este e instalar el anterior, ya que pueden darse serios problemas de incompatibilidad. En primer lugar, aparte de la consabida muleta, espada y toro, este último imprescindible, como el estoque; hay algunos sistemas libres que prescinden de la muleta, pero no es recomendable, pues puede dañar piezas esenciales de su equipo y problemas que no se solucionaran con reiniciar el equipo.

Para entender más fácilmente el proceso, les vamos a poner un ejemplo práctico en el que se podrá ver cada paso con claridad. Tomemos la estocada al quinto toro de la tarde del 1 de mayo de 2014 del diestro Alberto Aguilar. Anteriormente el torero había realizado una faena de muleta a base de mantazos y pases empalmados, más acompañando la embestida del elemento toro, que dominando esta, para así evitar posibles problemas como que el animal le levantara del suelo de forma violenta y peligrosa. Su función muletera prosiguió con más abuso del pico, carreras para recuperar el sitio, naturales muy acelerados, sin temple y sin rematarlos, quizá demasiado atacado, lo que podía provocar daños importantes. Llegado al final del proceso, Alberto Aguilar se dispuso una vez a cuadrar al elemento toro, para así realizar dicha suerte suprema. Afortunadamente desistió al comprobar que la posición de las manos de animal no era la mejor para ejecutar el comando estocada. El toro finalmente las juntó a la misma altura y entonces el diestro consideró oportuno iniciar la suerte suprema. Se perfiló con la espada apoyada en el corazón, contrajo el brazo izquierdo que soportaba la muleta y de un movimiento preciso, sin violencia, se la metió al hocico del toro, como si se la diera a comer. En ese preciso instante, este hizo por ella, dejando al descubierto el área llamado hoyo de las agujas, circunstancia que aprovecho Aguilar para meter la mano empujando la espada, dejando una estocada en todo lo alto y que hizo que el de Montealto rodara. Cabe destacar la lentitud y precisión con que se llevó a cabo el proceso, consiguiendo una ejecución casi perfecta de la suerte, huyendo de esos movimientos rápidos y poco vistosos, así como las imprecisiones habituales en la colocación del acero. Y todo este párrafo para explicar como se ejecuta a ley la suerte de matar.

Si aquí finalizara este tutorial tampoco pasaría nada pues todo lo demás fueron procesos infectados por virus informáticos. Lo del ganado de Montealto, Julio de la Puerta, para remendar la corrida y luego con un sobrero y otro del Ventorrillo, fue la historia de unos marmolillos infumables que no se meneaban ni coleados por cinco monosabios, y esto no es una expresión más o menos afortunada, es la realidad de algo sucedido en el ruedo venteño. Don pedro.gutierrez@elcapea.puff capoteó mecánicamente y acelerado a sus dos toros, los de Julio de la Puerta, sin ser capaz de llevar mínimamente la lidia de ambos, que no fueron ni regañados en el caballo. El primero se lió a cornear el peto y el segundo con aguantar de pie o levantarse de sus derrumbes tenía más que de sobra. Sobre su actividad en el último tercio es idéntica en ambos casos, idéntica a lo realizado otras tardes, idéntica a lo de otros años; vulgaridad, retorcimientos, pico, lejanías y mucho pase acompañando, que no toreando. Este es uno de eos programas que uno se compra o piratea y al cabo del tiempo no entiende por qué lo tiene en su equipo. Misterios de la informática y de Taurodelta Softwere.

Aparte de la gran estocada ya descrita en el presente tutorial, Alberto Aguilar no ha desarrollado ninguna función digna de archivar en el disco duro de su equipo. Capotazos desabridos al primero que buscaba refugio en toriles, o en su defecto en las tablas. Se durmió en el peto mientras le hacían la carioca y gracias a esa extendida costumbre de los picadores de no apretar el comando palo, derribo al caballo con gran riesgo para el jinete, que pudo recibir el golpetazo del caballo sobre él. Con la montura en el suelo, el toro se enceló sin que los de luces fueran capaces de sacarlo de ahí. Incapaces por no habilitar la función “échale h…”, “un capote en la cara” o “estemos atentos al quite y no jugando a los chinos con el alguacilillo”. Inmediatamente se puso en acción el antivirus “los monosabios coleando al toro”, llegando a ser hasta cuatro o cinco a la vez. Esto es algo que se debe evitar, pues este antivirus es pirata, los monos a lo suyo y no a hacer quites, ni a colear, aunque siempre hay quien aplaude este cortafuegos y nadie que lo censure. Pero claro, si matadores y peones antes de hacer el quite tiene que reiniciarse, pues estamos apañados, nos quedamos sin el periférico caballo y picador. La segunda vara fue en el reserva, mientras el respetable estaba enciscado con el lío del caballo y los monos. En la faena de muleta Alberto Aguilar nada pudo hacer con el toro, que se quedó parado, paradísimo. Una buena estocada, pero no apropiada para centrar en ella ningún tutorial. Previamente a lo narrado en los párrafos iniciales, el diestro se limitó a dejar a su segundo vagar suelto por el ruedo y este fue al caballo para que no le picaran prácticamente, a riesgo de desmoronarse contra el suelo.


www.Sebastián.Ritter suplía a Paco Ureña y vistos los resultados, se ha salido perdiendo. Pocos usuarios entendían esa sustitución para el colombiano y en este momento la entenderán muchísimo menos. A su primero, un inválido del Ventorrillo al que ni se picó, le sacudió mantazos a dos manos, con el capote, y c a una, con la muleta. Daba lo mismo la falta de fuerzas, el temple era sustituido por la actualización del trapazo acompañando. En su segundo, que en el caballo pegaba cabezazos al peto en paralelo y solo con el pitón izquierdo. Con la muleta se hartó a pegar trallazos, a darle aire al animal que entraba igual que lo hacen los borricos botijeros, pero a causa de ese mal uso del engaño, el toro se fue poniendo cada vez más complicado y más complicado y más complic… (reset). Sus embestidas eran un arreón inicial y al ver que escapaba la presa medio se paraba y salía con la cara a media altura. Una media atravesada saliéndose una barbaridad de la suerte, por no seguir el tutorial que le precedió unos minutos antes, y un rosario de descabellos de todas formas, maneras y posturas que resultaban ineficaces. Así sonó un aviso, un segundo y el tercero, para que en ese momento atinara el colombiano con el verduguillo. Pero ya no había lugar para cancelar, ni para deshacer, ni para delete (borrar). Pero cuidado no confundir las teclas y presione la tecla Supr. y elimine “Tutorial de la suerte suprema”.

sábado, 31 de mayo de 2014

Yo soy torero

Si las cosas no salen como se quiere, la estocada es una buena manera de demostrar que se es torero.


Un día vas a los toros a ver a las más grandes figuras de la tauromaquia y cuando sales de la plaza procuras evitar el verte en un espejo, porque no te aguantas la cara de tonto que se te queda, la misma del señor que llegaba a la estación del Norte de Madrid y le pegaban el timo de la estampita o el tocomocho. Y vuelves al día siguiente aún con las heridas abiertas y te dispones a aguantar lo que te echen; lo que no te esperas es que te descarguen un balde rebosante de torería y valor. En este orden, pues lo primero es lo que da verdadero valor a lo primero. Y me explico. Esto es que un señor se viste de luces y aplicando las normas y saber del toreo de siempre se dispone a dominar a un toro, sabiendo lo que tiene delante y a lo que se expone en cada momento. Quizá es la diferencia que hay entre una corrida y otra. En unas con el torillo le pides al matador que de un paso adelante y que se deje de precauciones y en otras, como la del Montecillo, ruegas a los toreros que frenen sus impulsos y que reculen, porque los ves constantemente en peligro. Pero ni en uno, ni en otro caso obedecen a los deseos del público. ¿Qué a qué viene todo esto? Pues a que Miguel Abellán, hijo del Maletilla de Oro, puso todo de su parte para encogernos el corazón. No me quiero apuntar al carro de esos sabios que hace tiempo, años, decían que era un torerazo, porque lo que yo vi a este torero era una apatía y conformismo desesperante, incluso con aparente valor irreal, que aparecía por Madrid de la misma forma que desaparecía. Pero señoras y señores, me descubro ante este torero.

Personalmente, yo salí conmocionado de la plaza, quizá hasta más que él, pues los toreros hay veces que no le dan tanta importancia a lo que hacen y, por el contrario, a los que estamos en los tendidos nos parece un imposible, una verdadera heroicidad lo que desarrollan en la arena. Sonaron los clarines y timbales y Miguel Abellán empezó a cruzar el ruedo en dirección a la puerta de toriles. ¡Caramba! Qué malos recuerdos, aún demasiado recientes, se nos venían a la cabeza. Pero empezando por el sitio elegido para arrodillarse, la cosa parecía distinta. Salió el del Montecillo, y antes de se le echara encima, el torero le marcó la salida y le dio una larga afarolada de rodillas. En esa circunstancia el torero queda en unos terrenos complicados, en los que poco se puede hacer aparte de liarse a trapazos descompuestos. Pues con mucha vista, según venía, Abellán le pegó otra larga de rodillas y ya más abierto, se lo sacó hasta los medios a la verónica. Mal el Soro en el caballo, sin atinar con el palo en ninguno de los dos encuentros y perdiéndolo en la segunda vara cuando el toro se marchaba. Este empujaba de lado, por el pitón izquierdo, por el que se vencía peligrosamente. Chicuelinas con serenidad del matador, más ajustadas las de ese pitón izquierdo. En la faena de muleta Miguel Abellán empezó con derechazos sosos e insustanciales. Citando de largo ofreció la muleta al toro por la derecha y viniéndose de lejos y sin dar lugar a rectificaciones, se fue directo al muslo del torero. O eso pareció en la plaza, que le había levantado partiéndole en dos. Una cogida espeluznante. Luego se vio que tan “solo” le encunó y le pegó un puntazo en la axila, pero el trompazo fue tremendo. Los entendidos dicen que las cogidas son siempre un error del torero, incluso estos las asumen como tales, pero perdonen que les diga, que en este caso no fue así. A partir de ahí el toro iba al bulto por ese lado derecho, pero mantenía las complicaciones del izquierdo. No se empleaba y cuando parecía que podía meter la cabeza, simplemente era para probar, porque inmediatamente levantaba la cara a media altura. Este sií que era un toro imposible. ¿Y qué hacer en estos casos? Pues lo que hizo el madrileño, mantener su dignidad en alto, tirándose a matar como un jabato. Tras doblar el toro, pasó a la enfermería, con claras muestras de ir conmocionado por el golpetazo.

No salió hasta el quinto, cambiando el orden de la lidia. Recibió a su segundo a la verónica, llevándolo toreado por el derecho y cortando el viaje por el izquierdo, rectificando, para rematar de una revolera. En varas el toro cumplió sin más, empujando a media altura y por momentos echando la cara arriba. En la segunda vara no recibió más que un picotazo. Cortaba y hacía hilo por el pitón derecho. El tercio de muerte fue convirtiéndose en un duelo, una pelea entre dos antagonistas. Por el pitón derecho se quedaba a medio camino u se revolvía con prontitud; si bien es cierto que seguía los engaños, no lo hacía entregado y siempre cabía la posibilidad de que pegara el derrote a medio camino. Esa poca certeza de que el animal llegara hasta el final del muletazo es lo que convertía en muy meritoria la labor del espada. Cada muletazo era un esfuerzo tremendo en el que había que mandar y tirar del toro. Lo mismo al natural, quizá algo más torpón. No adelantaba siempre la muleta, pero allí estaba Miguel Abellán, valiente y decidido a dejar claro al del Montecillo que el torero era él y quién obedecía era el toro. Acabó de una entera en buen sitio, que hizo que el público le pidiera una oreja con fuerza. No diré que fuera una oreja clamorosa, incluso puede que fuera del gusto de algunos aficionados más inclinados por el toreo artístico y pinturero, pero creo que a nadie molestó que el madrileño paseara la que le dio el presidente por el ruedo de Madrid.

El lorquí Paco Ureña aparecía en esta feria después de haberse ganado su presencia en este mismo ruedo en su última actuación. Torero poco placeado, pero con un toreo más cerca de la verdad, que de lo accesorio. Así lo empezó a dejar entrever en su recibo al segundo de la tarde, con unas verónicas a pie firme, sin moverse, cuando el toro venía por el pitón izquierdo. Por el derecho se cruzaba una barbaridad. En el caballo el animal se dejaba pegar sin más, poco castigado, embestía como un burro. Inició el trasteo a una mano por ambos pitones, quizá demasiado mecánico y acelerado, soso y casi aburrido, pero dejando que el toro pasara cerca. Volvió en cuarto lugar, a la espera de que Abellán pudiera recuperarse para matar su toro. Recibió al toro con sosería, pero en cambio lo dejaba bien en el caballo, que se limitó a cumplir. Con la muleta instrumentó unos estatuarios quedándose muy quieto, sin gracia, pero colocándose como se debe, sin estar mal, pero faltando ese algo que impulsa a cruzar esa línea que delimita el triunfo. Puede que parte de culpa de esto fuera el rematar los muletazos arriba. En un instante presentó la muleta torcida y el toro hizo por él, pegándole una cornada en la parte posterior de muslo izquierdo. Poco más que voluntad, pero a pesar de todo es un torero al que creo que merece la pena volver a ver.

A quién ya empieza a cansar el verle en Madrid es a Joselito Adame, que parece que va a acabar en la nómina de los habituales en Madrid. A su primero le dejó que anduviera muy suelto por el ruedo. Fue solo al caballo, donde se lió a pegar derrotes desesperadamente, con fijeza cuando le tapaban la salida, para acabar yéndose a refugiar a terrenos del 1, donde no había nadie que le molestara. Seguía suelto cuando el de Aguascalientes le recibió con un trincherazo rodilla en tierra, del que quedó traspuesto, como si se hubiera convertido en estatua de sal, el matador, que el toro estaba de gira por el ruedo. Vuelve, le toma por bajo y casi sufre un percance al perder la muleta. Un peón se cae en la cara del toro, lo que incrementa el caos existente en el ruedo. Adame no conseguía superar las complicaciones que el toro presentaba. Dudas y falta de quietud, para acabar con un macheteo que podía entenderse como anacrónico. Si el comienzo del trasteo hubiera sido con muletazos eficaces que limaran las asperezas del burel, puede que no hubiera acabado tan aperreado como acabó con su primero. Hay veces en que los toreros hacen al toro peor de lo que es y luego sufre las consecuencias. Al sexto de la tarde tampoco le logró parar, vagando por el ruedo intentando frenar ese desesperante correteo del toro. No había llegado el toro a empotrarse contra el peto, cuando ya quería quitarse el palo con desesperación. En la segunda vara le dieron a base de bien, mientras el toro medio empujaba de lado. Esperaba mucho por el pitón izquierdo. Estatuarios de recibo junto a las tablas, para continuar pasándolo sin correrle la mano, un derrote y le desarma. Se limitaba a acompañar las embestidas, sin mandar en ellas, lo que hacía que el toro fuera complicándose más por momentos. Se puso peligroso, a su aire, haciéndose el amo de la situación. Un arrimón que no venía a cuento y que evidenciaba aún más la incapacidad del torero.


La del Montecillo fue una corrida mansa, que fue sacando bastantes complicaciones, que a medida que se le hacían las cosas de mala forma adquiría más sentido y se ponía más difícil eso de ponerse delante. No se puede decir que los toreros estuvieran grandiosos, no, ni mucho menos, pero sí que se puede afirmar que estuvieron dignos, muy dignos, que pueden ser anunciados más tardes con más merecimiento que muchas figuras y decir categóricamente “yo soy torero”.

viernes, 30 de mayo de 2014

Tía, no mola nada, aburrido no, lo siguiente…

Tía, qué rollo.


Hoy me he enfadado mucho, tía, que cabreo, osha, que llega José Mari, que cada día está más güeno tía, y salen unos toros casi moribundos tía. ¡Qué flash, requeteflash! Si es que no es que estuvieran flojos, qué va tía, lo siguiente, y lo siguiente tampoco, lo de después. Vamos, que se me ha atragantado el gin tonic; no te digo más. Me lo han preparado agitado, no removido, con un poquito de morcilla de Burgos en pan candeal y un pimientito asado encima. Es el toque del Barman. Eso sí, luego una pesadez,… aunque no sé si es por el ginto o por la corrida. Pero, ¿dónde van a buscar esos toritos tan fofos? Y había uno muy grandullón que tenía unos cuernecitos pequeñitos, ¡más mono! Tía, que un señor muy majo que se sentó a mi lado, hasta se me durmió en mis piernas. ¡Más majo! No veas lo preocupado que estaba porque yo me sintiera cómoda, hasta me dijo que me sentara en sus rodillas. El hombre me estuvo dando garrapiñadas toda la tarde.

Los toros eran una cucada tía, unos negros, otros negros con manchitas y otros marrón clarito, así muy recogiditos, menos uno que era más grandón, pero con los cuernos pequeñitos, mucho mejor, así no dan miedo y hay menos peligro de que los toreros se hagan daño. Creo que eran de Zaragoza, porque se llamaban del Pilar. A ver si te crees que soy tonta, si fueran de una señora no se llamarían así, sería de la Pilar. Los veía y me recordaban a mi cole, el de las monjas, igual que los niños correteábamos por el patio y las madres no nos decían nada, pasaban, así estaban ellos, iban por toda la plaza y nadie les hacía caso. A veces iban al tío bruto subido al caballo con faldas, pero menos mal que se portaba bien y no les hacía pupa. Él quería hacerse el duro y nos hacía creer que apretaba mucho el palo, pero, que va, solo disimulaba. ¡oye! y menos mal, porque los toritos no hacían casi fuerza, porque si la hacían, ¡cataplam! Se caían redondos. No sé a que jugaban, pero por lo que vi, la valla debía ser casa, porque en cuanto podían se iban allí corriendo, o cerca de la puerta por la que salían, se querrían ir a echar la siesta un rato.

¿A que no te imaginas quién toreaba? Josema ¡Tía! ¡Mmmmmm! Si es que me lo comía enterito. Es monísimo. Iba con dos amigos, uno así como muy soso él, muy místico, un francés que se llamaba Sebas, Sebastián Castella. Y el otro, feúcho el pobre, pero simpático, así muy gracioso él, Alejandro Talavante. Pero ninguno como Josama, José Mari Manzanares como le llama mucha gente. El chiquito francés ya te he dicho que era un poco paradito, muy sosito y andaba así como si fuera pisando altramuces, para no mancharse cuando explotaran. Al primer torito que toreo le dio unos pases, verónicas dicen, pero sin moverse del sitio. Le daba uno, el toro se daba una vuelta por la plaza y luego volvía a por otro, como mi madre dando la merienda a mi hermano pequeñito en el parque; muerde el bollycao, se va al tobogán y luego vuelve. Cuando estaba el toro con eso del caballo, Sebas se ponía allí apartado para vigilar, pero no hacía nada más. Hasta que cogió la tela roja con un palo. Pero me parece un poquito flojo, porque empezó a dar pases sentado en la valla, en eso que sobresale. Luego siguió, pero muy rápido, me daba miedo de que se mareara, pero casi me daba más miedo que se hiciera daño en la espalda; no veas tía como se retorcía. Un primor. Y se nota que él se lava la ropa, porque solo dejaba que el toro siguiera la punta del trapo, la muleta, y además cuando daba el pase, hacía que el toro se fuera lejos de él. Qué tío tan espabilado. Le mató muy feo, primero metió la espada y la sacó y luego se la dejó hacia el culo. Luego toreó otro toro más, al que dejó corretear a sus anchas. Claro, a ver por qué a uno sí y al otro no. Con la muleta, que ya me he aprendido el nombre, andaba como si no supiera qué hacer. “Le torero, no l toreo”. Y no sé si lo toreó o no, pero él estaba por allí, que hasta parecía que no se decidía a pegar pases, no fuera a ser  que el toro se enfadara. La gente se enfadaba porque tardaba mucho y no hacía nada bonito, pero él, como mi madre, ¿protestas? Pues doble ración de sopa.

¡Aaaaayyyy! Y Josema tía, ¡cómo sacude el telón rosa! El toro correteando, pero él como pasando de todo, ¿sabes? Así, como si le despreciara. Como debe ser. Hasta que le tocó coger la muleta debió estar hablando por el móvil o en el WhatsApp, porque yo no le vi, o no me fijé en él. Y mira que a mí no se me despinta un segundo. Aunque igual con lo de las garrapiñadas y las piernas del señor, se pasó sin enterarme. Pero con la muleta sí que le vi, ¡lo flipas! pone unas posturas que me muero. Como estira mucho el brazo y saca el culito ahí para que el toro pase lejos y no le mache el traje, se le marca todo tía, pero todo, todo. Aunque debió perder Josemari, porque el toro se le fue corriendo a la valla y debió decir “casaaaa”. En el otro hizo lo mismo, pero como es un tío estupendo, dejaba que todo el que quisiera le pegara un pase con el capote al toro. Luego ya toreó él solo y tía, es guapísimo, un tipazo, un pibón, pero es que me aburrí mucho, se me hizo muy pesado. Que le queda el traje de colorines muy bien, pero es que es muy pesado, casi lo prefiero de modelo. Y luego una sufre, claro, porque verle así retorcido, se tiene que hacer daño en la espalda, ¿no?

El simpaticote, Alex Talavante, también me aburrió tía. Salió con un toro chiquitín, una monada, así él muy flojucho, pero muy “salao”, se caía todo el rato, pero allí seguía para no ofender a Alex, para no hacerle un feo se levantaba otra vez. Aunque al público no le gustaba. Ya sabes, las envidias, no les gusta que solo sea Alex el que torea a los toritos estos, seguro que ellos también querrían, pero como no son toreros, pues hala a aguantarse. En el otro dio dos pases buenos con la capa, dos verónicas decían que se llamaban. Luego con el trapo rojo iba muy rápido y como el torito no tenía fuerzas, se caía, no podía seguir ese juego. Después, el señor me dijo que estuvo aseadito; qué educado. ¿Será que Sebas y Josemari no se habían lavado? Pero bueno, que Alex estuvo aseadito, aunque yo no he olido nada, ni bien, ni mal. Parece ser que por ser limpio le iban a dar una oreja, pero como clavó la espada varias veces, igual se manchó de sangre y ya no se la dieron. No sé si volveré algún día más en la feria, porque aunque mi jefe igual quiere que vaya para beber de la bota, que no sé por qué, habiendo gin tonics, pero él nada, no para de decir “te pegaba un tiento”.  Y el caso es que él no bebe. Pero bueno, ya te digo tía, no mola nada, aburrido no, lo siguiente…

La Vane