Mostrando entradas con la etiqueta Feria de Otoño 2010. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Feria de Otoño 2010. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de octubre de 2010

El amargo despertar


Como dice Serrat, no es que sea dura la realidad, lo que no tiene es remedio. Estábamos aún viviendo ese sueño del toreo eterno, ese día en que Juan Mora nos trajo una forma de torear ya casi desaparecida, Curro Díaz combinó arte y valor y Morenito de Aranda nos deleitó con su toreo al natural, aunque pasado por el tamiz de la modernidad, más artificial que natural. Pues cuando todavía se nos dibujaba esa sonrisa de pasmados se nos puso delante otra corrida más para olvidar y plantearse muchas cosas.

Los toros del Puerto de San Lorenzo, muy poco parejos, no fueron los del mes de mayo, flojos en general y con pocas ganas de colaborar. El primero parecía que podía ser un buen toro, aunque muy flojito, que en el caballo hasta metió los riñones en algún momento, después se vino abajo. Seguía bien los engaños y parecía que empezaba a ganar la partida a Alberto Aguilar, pero acabó buscando las tablas sin querer dar ni un paso. Y el quinto, el mejor de la tarde, no encontró un matador que le diera lo que necesitaba, una buena lidia, mando y poder. Empujó con fijeza en el caballo, aunque sin humillar, sembró el caos durante el segundo tercio y en el de muerte acusó la falta de un torero que le hiciera las cosas bien. Iba bien detrás de la muleta, incluso atosigando a Alberto Aguilar, que sólo pudo quitárselo de encima con trapazos y banderazos. Evidentemente no era la mejor medicina para el del Puerto, que pedía el mando y firmeza que allí no encontraba. No voy a decir que era un toro de bandera, tampoco nos dejaron verlo, pero sí que era un toro con el que se podía haber hecho otra cosa mucho más importante.

Diego Urdiales al que siempre se le espera en Madrid, y se le seguirá esperando, se topó con un imposible. Él que es torero que necesita un toro importante, como el quinto, sólo pudo dejarnos unos muletazos por abajo por ambos pitones marca de la casa y nada más. El primero se le paró muy pronto y a su segundo le estuvo persiguiendo por todo el ruedo hasta llegar a toriles, donde acabó con el sufrimiento de todos.

De Alberto Aguilar creo que ya lo he dicho todo, se le esperaba con ilusión a tenor de los ecos de actuaciones suyas por otras plazas, pero ya será por la responsabilidad del momento, por lo que molestó el viento, que por momentos fue bastante, o por carencias que tendrá que superar con urgencia. Le tocaron los dos con más posibilidades, especialmente el quinto ya reseñado, pero él no estaba por torear como mandan los cánones clásicos, y sí por endiñarle esa faena universal que triunfa por todo el mundo de derechazo, derechazo, derechazo y más derechazo para rematar tres veces por tanda con otros tantos de pecho. Eso es lo que diferencia el toreo clásico del moderno.

Cerraba plaza, feria y aburrimiento el manchego Miguel Tendero, quien en mayo dejó claras sus intenciones de ser el número uno de su barrio y no hay quien le apee del burro. Seguro que tiene cualidades para ser torero pero ni lo sabe él, ni quien le lleva y todo se reduce a esa misma faena universal que acaba no diciendo nada al aficionado, lo que no quiere decir que vaya cortando orejas hasta en los puestos de helados, pero eso no es torear. Pero que nadie piense que es un mal exclusivo del albaceteño, es la enfermedad que asola a todo el escalafón con una virulencia salvaje.

La verdad es que es muy pobre balance, sobre todo si miramos a lo que ocurrió veinticuatro horas atrás. Será la temperatura, será el ambiente, que el verano ya quedó atrás o que todas las musas se concentran en Madrid en Otoño y deciden pasarse por la plaza de la calle de Alcalá, pero esta miniferia sigue regalándonos momentos únicos; Rafael de Paula aquella tarde que se vació sin quedarle fuerzas para entrar a matar, las faenas de Curro Vázquez o Julio Robles y ahora lo que se recordará como la tarde de Juan Mora en la feria de Otoño de Madrid. Un día en el que todo el mundo perdió la cabeza, mi amigo Pepe Luis Bautista que no hacía más que decir que “esto es el toreo, esto es el toreo”, o David Campos que me llamó por teléfono mientras veía dar la vuelta al ruedo a Mora tan emocionado que casi no podía ni hablar, ni escuchar, o Iván que se vino a Madrid lleno de ilusión y se volvió más feliz que unas pascuas. Y yo me pregunto, igual que Antonio Díaz, ¿habrá alguien a quien no le haya gustado Juan Mora? Pues claro que sí. Muchos corifeos de algunas figuras negarán esta evidencia, pero eso ya es cosa suya. Lo que si pido es que si alguien se ha hecho con el vídeo de las dos faenas, que se lo mande corriendo al señor Mosterín, quien a pesar de todo ha declarado que ya ha encontrado la estética en el toreo. Todavía me le veo en mayo buscando entradas en la reventa para la primera actuación de Mora en San Isidro.

domingo, 3 de octubre de 2010

Juan Mora, matador de toros


Tercera de la feria de Otoño, cartel de toreros artistas, con gusto o como queramos llamarlos y la gente con la ilusión de poder ver algo, un detalle, un pellizco, algo que nos ayude a pasar de un poco mejor los malos tragos pasados esta temporada. Pero no creo que nadie esperara recibir tanto, en tan poco tiempo. La cosa no empezaba bien, Javier Palomeque era volteado violentamente por el primero, cayendo de una forma muy fea. El toro cortaba por el pitón derecho y era complicado estar allí delante. Corneaba el peto en su encuentro con el caballo, mientras le tapaban la salida. Juan Mora quitó con tres buenas verónicas, pero lo grande estaba por llegar. Del comienzo de la faena nos ha quedado un majestuoso pase del desprecio, al que siguieron unos derechazos de calidad, aunque sin ligazón. Juan Mora se echó la muleta a la zurda y allí empezó su recital de toreo al natural, con mucha naturalidad. Dos o tres tandas, no recuerdo porque ya había tirado mi bloc de notas, tandas cortas y el de pecho. Todo temple, gracia, torería y naturalidad y quiero insistir en este punto. Ha sido una faena corta, sobre todo para lo que acostumbran las figuras, pero de verdad. O mejor dicho, de corta nada, justa. Algunos habrán echado de menos los pases cambiados por delante y por detrás, los pases largos y abundantes, pero yo me quedo con este toreo hondo, dominador y medido. Ha sido una faena como las que se veían hace muchos años y que ya están en desuso. No creo que hayan sido más de una docena de pases, que han sido suficientes para que el toro pidiera la muerte. Y como hacen los matadores de toros, una vez que el toro estaba entregado, Juan Mora montó la espada y recetó una estocada que fue suficiente para que la gente pidiera las dos orejas. Nos hemos evitado ese paseo a las tablas, esos trapazos para cuadrar y el esperar a ver si aquí es el sitio, o si es mejor allí; Madrid no ha dudado y se ha rendido a un torero, al que se les esperaba y que no ha defraudado ni un tantito así.

Esta lección de torería no había acabado y en su segundo nos ha regalado un faena del mismo corte, pero totalmente distinta, Un inicio con mucho gusto y torería, derechazos muy templados y el de pecho, otra tanda y un kikirikí, un natural para enmarcar y una estocada al encuentro. Así de fácil. Todo construido desde la naturalidad y el clasicismo. Y como decía Pepe, mi compañero de localidad, si esto sucediera más a menudo, ni fútbol, ni motos, ni partidas de mus, bueno de mus sí. Los hubo que protestaron las orejas, están en su derecho y yo les doy mi apoyo desde aquí, lo único que pido es que en otras ocasiones que vengan, me apoyen igual a mí. Pero que sepan que cuando decimos que no es lo mismo torear que dar pases, nos referimos a esto.

Curro Díaz se encontró con un primero parado y flojo con el que sólo se podía estar ahí y con el que se le vieron algunos detalles cuando le permitía al toro ir a su querencia. Algo similar a lo que le pasó con su segundo, que aunque no paraba de buscar su refugio en tablas, al menos era algo más manejable. Lo recibió con un trincherazo a media altura y siguió con unos derechazos muy trabajados. Pero el mejor momento de su actuación fue cuando citó de frente dando el pecho y la muleta por igual, esperando a que el toro decidiera. Esta es la muestra palpable de cómo un muletazo corto, muy corto, como son los ejecutados de frente, pueden ser hondos y profundos. Y como no quería quedarse fuera de ese grupo de escogidos que son los matadores de toros, se tiró sobre el morrillo del de Torrealta sin pensárselo dos veces, para dejar una estocada en los rubios.

No lo tenía fácil Morenito de Aranda, un torero que yo creo que puede hacer el toreo, pero que no está tocado por los ángeles de la misma forma que sus compañeros de terna. No obstante supo aprovechar lo manejable del sexto y vimos su buen toreo al natural, tirando del toro y rematando los pases atrás, aunque con más retorcimiento de lo que aconseja la buena salud lumbar. Mejor la segunda tanda que la primera, otra más con una bella trincherilla, un molinete, el del desprecio de cartel, pero sin culminar con la espada, con una entera caída. Una oreja, no sé si justa o no, me da igual.

De los toros poco se puede decir, los Torrealta han sido manejables, alguno excesivamente flojo, descastados y han manseado en distintas fases de lidia, no dudando en salir a escape buscando los toriles o refugiarse en tablas en su huída de los caballos. Y eso que los montados más que picar hacían que picaban. Pero con lo que me quedo es con que en la tarde del 2 de octubre de 2010, en la feria de Otoño de Madrid hemos visto torear a Juan Mora, matador de toros.

sábado, 2 de octubre de 2010

Ni en Interior, ni en Cultura… en Sanidad


Que la fiesta está mal no es novedad y que los maestros se pueden quedar sin trabajo es una preocupante amenaza y no creo que nadie les pueda reprochar que se busquen las lentejas en otro puchero. Hasta el momento el torero era una persona que se dedicaba a enfrentarse a los toros con las únicas armas de una muleta, un estoque y el saber acumulado durante siglos.

En estas fechas estamos viviendo en una continua vorágine que se quiere llevar la fiesta por el desagüe de las prohibiciones. Unos mantienen que este espectáculo, manifestación de la tradición y acerbo cultural de un país, debería pasar a ser regulado por el Ministerio de Cultura, abandonando el hasta hoy regidor de la fiesta, el Ministerio del Interior. Quizás ya es hora de acabar con ese control al que las fuerzas del orden someten a los ganaderos y profesionales del toro. Puede que sea el momento de acabar con esa secular imagen en que la Guardia Civil vigila los herraderos en el campo bravo. Igual se debería desterrar esta imagen opresora, revisando los libros y controlando los nuevos pupilos, y tratar a estas criaturas como los protagonistas de un hecho cultural y cambiar el herradero por una ceremonia de graduación, adornada por la lectura de poemas y la interpretación de bellas sonatas para cuerda.

Pero si nos ajustamos a la realidad de la fiesta, quizás sería mejor que pasara a depender del Ministerio de Sanidad, y como primera medida se debería convalidar a la torería actual sus títulos de doctores en tauromaquia por titulados en primeros auxilios. A los banderilleros como asistentes de enfermería y a los picadores como celadores de hospital. Señores ¡Renovarse o morir! Ya está bien de esas posturas inmovilistas ancladas en el pasado que sólo parecen disfrutar poniendo en peligro la integridad de estos valientes capaces de plantarse en una plaza ante miles de personas con un traje de colores y unas medias de color rosa.

Seguro que otro gallo nos habría cantado si los matadores que se han enfrentado a los Núñez del Cuvillo hubieran ya tenido convalidados sus títulos. En cuanto los hubieran visto salir por toriles habrían sabido que el tratamiento adecuado para los seis eran unas enérgicas friegas de alcohol de alcanfor. Pero no, como andamos en lo que andamos, nos empeñamos en que los piquen, los toreen de capa en los turnos de quites y después de banderillearles, que los toreen con la muleta bajando la mano y haciéndoles retorcerse en torno al talle del torero.

Habrá quien esté preocupado por lo que ha pasado en las Ventas, pero para eso pueden dirigirse a Burladero o Mundotoro, donde no encontrarán una palabra más alta que otra en contra de los tres matadores y a los que sabrán elogiar hasta empalagar, a El Cid, Alejandro Talavante y Oliva Soto que confirmaba la alternativa. Pero a mí me preocupa mucho más el futuro de esos padres de familia abocados al desempleo.

Lo de que los Cuvillos no tenían casta, ni fuerzas, ni ganas de embestir es lo de menos, el que en la suerte de varas los de a caballo simularan que picaban, es pecata minuta, así como el que casi toda la corrida acusaba el escozor provocado por los arponcillos de las banderillas, seguro que a causa de la mala esterilización del material empleado.

Tampoco merece la pena detenerse en que el Cid sigue errando por esos páramos y ciénagas del toreo donde habitan las ánimas atormentadas, sobre todo cuando le ven ponerse francamente pesado delante de un moribundo gordote y con cuernos. El sevillano sigue sin encontrarse, pero con este ganado el reencuentro consigo mismo va a ser realmente complicado.

Alejandro Talavante sigue sin ser aquel que maravilló, pero él cree que sí, lo que le hace inmensamente feliz. Es una versión desfigurada del toreo moderno que a veces sufre pequeños conatos de querer torear de verdad, pero rápido se le pasan. Un natural aquí, un remate allá, pero inmediatamente regresamos al pico y a despedir al toro de la suerte largándolo todo lo lejos que sea posible.

Oliva Soto sustituía al maltrecho Manzanares quien repentinamente y de forma sorpresiva no ha podido cumplir, como era su deseo, con este importante compromiso de Madrid. El sevillano ha dado la sensación en varios momentos que iba a dejar ver su toreo artista y puro, como en unas verónicas de recibo en las que se plantaba ante el toro con firmeza, para a continuación tener que rectificar, o ese inicio de faena rodilla en tierra que daba una absoluta sensación de dominio y poder, pero al final ha acabado sucumbiendo al pegapasismo que nos atornilla las sienes tarde tras tarde.

Pero ya digo que no era día para detenerse en minucias de si los matadores no eran capaces de ordenar el caos que se instalaba en el ruedo en el primer y segundo tercio, ni para echarles cuentas sobre su toreo distante y ventajista donde el pico es el rey. Quizás era más oportuno empezar a plantearse pedir cita con la señora Ministra de Sanidad, doña Trinidad Jiménez, a ver si ahora que está en mil y una batallas la pillamos con las defensas bajas y no sólo nos acoge bajo sus manto protector, sino que además no sólo no rehúsa hacerse una foto con los siete magníficos, sino que además se planta una peineta con forma de capote de paseo. Y una vez conseguido nuestro objetivo ¿qué mejor manifestación de buenas intenciones que ver al exconsejero de Sanidad, el señor Lamela como alguacilillo en la plaza de Madrid impartiendo justicia en el callejón? Ya vale de tantos movimientos erráticos, ¡la fiesta en Sanidad YA!

viernes, 1 de octubre de 2010

La indulgencia con los novilleros


Suele ser norma general que los buenos aficionados perdonen casi todos los defectos a los jóvenes novilleros que pretenden abrirse camino en esta jungla que es el mundo del toro. Pero creo que como en todo, hay que poner límites y hacer alguna excepción. Para abrir boca en esta nueva edición de la feria de Otoño de Madrid, la empresa nos obsequió con una novillada.

Pero el planteamiento erróneo ya se manifestaba de inicio, en eso de seis novillos de don José Luis Pereda. Ahí lo escrito no coincide con la realidad y en lugar de novillos podrían haber escrito 6 mulos 6, con presencia de toro algunos de ellos y de toro antiguo el sexto, cuando se podía ver mucha más variedad de capas por los ruedos del mundo. Ya el señor Pereda tuve que sentirse abochornado después de su anterior presencia en Madrid, a no ser que esté cambiando el negocio y que poco a poco vaya mutando su negocio de la cría de ganado bovino, en la de ganado equino, y esperemos que no caprino. Flojos hasta la invalidez, sin casta, rodaron por el suelo una y otra vez, contando eso sí, con la inestimable colaboración de la acorazada de a caballo, que desconoce eso de no picar trasero mientras se tapa la salida del toro. Pero atención, los milagros existen y en el sexto, ese ensabanado bizco del pitón derecho, vimos la suerte de varas. Un picador, Luciano Briceño, fue capaz de picar arriba y no acribillar al novillo mientras que éste aprieta para afuera mientras le tapan la salida. Hasta dos veces recibió el montado las acometidas del burel contra el peto. Lo único que espero es que por tamaña osadía, los responsables del sindicato de toreros no le quiten el carnet, ni le expulsen del cuerpo montado en público escarnio en el patio de caballos.

Y vayamos a los tres espadas, Cristian Escribano, Damián Castaño y Víctor Barrio. Del primero poco se puede decir, que por momentos parecía que podía estar alejado de las modas que nos martirizan, una verónica sin enmendarse por allí, una media por allá, pero en seguida se le vio el sello postmodernista imperante. Pico, lejanías, contorsionismos y una manifiesta incapacidad para matar a los toros. Todo ello dentro de una apatía desesperante, sobre todo si se tiene en cuenta que la oportunidad que supone para un chaval de 19 años estar en Madrid en la feria de Otoño.

El segundo, el salmantino Damián Castaño, más parece que se limita a pasear su banda de ganador del certamen de novilladas del mes de julio, que intentar ser torero. Muchas pueden ser las virtudes que adornen a este novillero, pero entre ellas no sé si estará la humildad y desde luego que se cuenta la de conocer los secretos de la lidia. De acuerdo que está empezando, pero hombre, para venir a Madrid a hacer las prácticas, al menos hay que conocer las cuatro reglas básicas del toreo. Lo de ser vulgar, basto y no tener gusto para torear, eso lo dejamos a un lado.

Víctor Barrio cerraba la terna de novilleros, un torero del que se vienen oyendo maravillas, que no digo yo que no las haya protagonizado, pero para venir a Madrid o a cualquier otra plaza, no se puede ir con un guión predeterminado. Gestos que no llevan a ninguna parte y que no tienen nada que ver con los fundamentos de la lidia y sí más con enardecer los ánimos del paisanaje, con el único objetivo de arrancar unas pocas orejitas.

Entiendo poco lo de la portagayola, que es más una declaración de intenciones y una manifestación del estado de ánimo, que una suerte que busque poder al toro, pero eso de irse a los medios a sacudir el capote mientras el toro va y viene y se pega cuarenta vueltas por el ruedo sin que nadie lo fije, eso ya me lo tienen que explicar muy despacito, con mucho detenimiento y con paciencia. Muchas poses, componiendo la figura como para esculpirla en mármol, pero dejando de lado la colocación, el sentido de las distancias y los terrenos y hacer el toreo de verdad. Y por si no nos había quedado claro el concepto del toreo que tiene este joven novillero, en el sexto nos obsequió con la última novedad que se puede encontrar en supermercados y grandes superficies, el pase por detrás, por delante, por detrás otra vez y así hasta que el novillo dice que se acabó; Cuánto daño han hecho Perera y Castella con este alarde de banderazos en que el toro va y viene. Lo siguiente fue lo de todos, el pico llevando al toro muy lejos y escupiéndolo de la suerte y pases, pases y más pases.

Los tres están a tiempo de modificar el rumbo, otra cosa es que quieran y que elijan el camino de querer ser figuras del toreo, antes que matadores de toros. Seguro que habrá alguien que les quiera y les diga por donde tirar, aunque ahora pueda hacerles lloran, pero ya se sabe, quien bien te quiere te hará llorar.

La tarde no dejó mucho más, las banderillas de David Adalid y la confirmación de que a José María Manzanares le sustituía Oliva Soto; pues si Dios no lo remedia, allí estaremos, expectantes para ver la confirmación de la revelación de la feria de abril de este año.