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viernes, 19 de agosto de 2022

Los peligros de la modernidad

Aunque algunos se empeñen, los encierros son con toros o vacas, no con bolones, motos, patinetes o primos con mala uva.


En estos días convulsos en los que nos encontramos con una amenaza a la vuelta de la esquina, que los peligros se nos vienen encima sin llamarlos, siempre inoportunos y sin nada de tacto, hay uno que nos acecha y no acabamos de ser conscientes de ello: la modernidad. Sí, eso que parece que sucede así, de pronto, que una mañana se levanta uno y decide ser moderno y empieza desayunando leche de llama con brotes de coliflor de la isla de Java, que dicen que no tiene azúcares añadidos, ni sustraídos. Y ¡ojo! Dense cuenta que no hablo ni del progreso, ni de la evolución, ni de avances tecnológicos, ni de vanguardias artísticas, que sean todos bienvenidos y si es en abundancia, miel sobre hojuelas. Hablo de la modernidad y todo esto viene porque acabo de escuchar al alcalde de un pueblo de la provincia de Madrid, donde la modernidad llegó hace unos años y por lo dicho por el señor alcalde, ha montado casa y negocio en el pueblo. Que resulta que como eso de los toros es algo viejuno, del pasado, una tradición atávica, lo contrario a ser moderno, pues nada, decidieron que se eliminaban los encierros con reses de lidia y en su lugar, ¡Oh modernidad! Las sustituyeron por unos bolones tremendos. Bueno, como gracia, igual no está mal, aunque quizá podrían empezar por cambiarle el nombre, porque no me consta que al final del recorrido se encierren los bolones, si acaso, los recogerán y los meterán en un almacén hasta la próxima. Pero no, será por ese poso ibérico, que lo siguen llamando encierro; ganas de confundir y crear falsas ilusiones. Eso sí, en los primero “encierros” tuvieron sus más y sus menos, porque resulta que los bolones no tiraban derrotes, ni pegaban cornadas, pero a nada que te descuidabas te planchaba en el asfalto que te tenían que despegar con agua calentita, una espátula y mucho cuidado de que no se quedara un diente en un paso de cebra.

Y ahora nos sale el señor alcalde, todo feliz y contento él y nos da el parte del encierro del día, diciendo que se han visto muy buenas carreras, algunas tan buenas, que no tenían que envidiar a las de Pamplona. ¡Pero! Señor, que en Pamplona salen toros y no bolones, que los bolones ni tienen querencias, ni hay manera de encelarlos, ni de cortarlos para hacer un quite a un corredor en peligro, ni tan siquiera tienen intención de querer coger. Porque lo de los encierros de toros o vacas es porque estos animales, aunque usted no se lo crea, quieren coger, se quieren comer a quien tienen delante, a la derecha, a la izquierda y hasta pegados a la penca del rabo. Que lo de los bolones es para atletas que corran mucho y ya está y si llega el caso, que salten mucho, pero ya está, la cosa no va más allá. Que hasta servidor, con años, panza, torpes piernas y más torpes ideas, puede salir con los bolones sin requerir más conocimientos que las leyes de la gravedad, que si hay una cuesta y yo me pongo arriba de la cuesta, el bolón siempre irá para abajo. Me echaré unas risas, pero nada más. Que una res de lidia, macho o hembra, se mueve por otras inquietudes más allá de las leyes de la gravedad. Que en Pamplona, donde usted cree que corren tan bien como en su pueblo, al que alcaldes aparte da gusto ir. Para correr esos toros es preciso saber la ganadería, cómo se desenvuelve el ganado de ese encaste, saber de distancias, terrenos, querencias, si cortan por aquí o por allá y hasta de fechas del calendario, por aquello de que haya más o menso corredores.

Que a veces esto de la modernidad se nos va de las manos y como este señor alcalde y los que decidieron lo de los bolones, querer hablar de encierros sin toros o vacas, es como eso del filete de tofu con sabor a carne, las salchichas de hierbas que parecen de cerdo, el licor que no es licor que parece licor, las fiestas sin fiestas, los conciertos sin músicos o… vaya usted a saber. Que se empeñan en ser modernos, muy modernos, pero sin soltar amarras con el pasado. Que cada uno es muy libre, pero si un encierro es malo, caca, no tocar, no lo toque y llame a lo de los bolones como quiera, pero no encierro. Llámelo el bolonero, bolones a la carrera, bolones cuesta abajo, bolones y carretones, ¡ah, no! Que los carretones son algo taurino. Bueno, pues sin carretones, simplemente bolones. Eso sí, avisen que igual pueden acabar estampados contra el asfalto y acabar con un diente pegado y camuflado en un paso de cebra. Y es que mucha fiesta, mucha fiesta, pero nadie avisa de los peligros de la modernidad.

jueves, 3 de agosto de 2017

Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno


Nada tan moderno, como lo clásico, que hasta pudo ser revolucionario

Puede ser que sea que uno se ha quedado anclado en unas formas que aunque haya a quién les parezcas inmutables, a otros simplemente les sobran, no aportan nada, mientras que los más ni tan siquiera saben de su existencia y la sorpresa les hace aclamar unos modos que hace no tanto, aparte de chabacanos, habrían sido objeto de la censura más airada por parte de aficionados, no aficionados, gente del toro y profesionales de la pluma. Será que para algunos el rito forma parte sustancial de la fiesta de los toros y que usos que aunque no influyen directamente en el transcurrir de la lidia, sí constituyen una parte irrenunciable de este todo, creando esa atmósfera, alimentando una tradición y manteniendo vivo el misterio que nos permite seguir hablando de los toros como un rito sagrado en el que tarde tras tarde se sigue sacrificando a un tótem de nuestra cultura, consiguiendo paradójicamente prolongar la vida del espectáculo, de un sentimiento heredado y por supuesto del toro de lidia. La muerte como garante de vida. 

Como si fuera un árbol de Navidad, los hay que se empeñan en ir quitando adornos, una bola por aquí, quizá dos, tres, algunas tiritas de espumillón, pero el árbol no ha perdido su condición de tal. ¿Y si dos más? Luego esas estrellitas bañadas en purpurina, unas cuantas luces y quitando y quitando, sin darnos cuenta, el árbol de Navidad en su pobreza de adornos ya empieza a parecer menos árbol y más un esperpento sin sentido y desprovisto del significado que un día tuvo. Y como si fueran esos abetos desmarañados, así se ven a los chavales que a la mínima, al primer empellón, a veces incluso sin empellón, se despojan de parte de su hábito de oficiante del toreo, se quitan las zapatillas alejándolas lo más posible; si es que no hay quién haga nada calzado. O cuándo en caso de apuro siempre hay un alma buena que le levanta la chaquetilla de torear al matador; fuera despojos. Y es que creo que nunca hubo tanto topless taurino a lo largo de la historia, como lo hay ahora. Que si tanto molesta esta prenda, si tanto pesa, ahora hay un modelo de chándal magnífico, con los alamares serigrafiados que parecen dar el pego y así todos nos evitamos un mal rato. Y llegado el caso, los fines de semana en que no se toree, el maestro puede ponerse su chándal de chabacano y oro y bajarse a comprar el pan y el periódico con él y ya apurando, hasta llegarse al hipermercado del bricolaje y comprar los tableros para el zapatero del cuarto del fondo.

En muchos casos las modas, más que marcar una tendencia, son una condena, un suplicio inevitable, pero como es la moda, a tragar; y no levantes la voz, que te emparedan en el muro de las antigüallas a desechar. Lo chic que parece resultar eso de ya no liarse en el capote de paseo y echárselo por encima así como un pareo sobre el triquini en la Manga. Será que no han tenido un aficionado que les diga a estos jovencitos que hay usos, maneras, que no son solo una tradición, es mucho más, es parte del rito y en muchos casos, no son más que una muestra de la implicación del matador durante la lidia, porque el estar con la muleta y la espada esperando a que termine el tercio de banderillas, como si hubiera alguna prisa, no es más que el desinterés por lo que allí ocurre y el creer que si ocurre algo, que vaya Juanele, que para eso le pago. No sé si será moda el no cuidar la colocación en los dos primeros tercios y lo que ya supera al colmo de la tontería es esa manía que algunos, incluso ya matadores de toros, de ponerse a torear de salón con el toro en la plaza, ya sea al extremo de allá alejado del caballo o detrás del banderillero preparado para parear. Lo que digo, un claro signo de falta de afición y de estupidez taurina. ¿Y cuándo ellos, sumos sacerdotes del toreo, allá tan felices con su toro, porque suyo es y así lo consideran, deciden invitar a salir al ruedo hasta al portero de la finca, para brindarle un toro? Que no digo yo que tengan que ocultar el afecto, el agradecimiento y lo buena gente que son, pero eviten que asomen al ruedo la última colección de Emidio Tucci o la última bicoca que el homenajeado ha sacado de las rebajas de oro del Corte Inglés.

Todo esto, sin profundizar en las cuestiones propias de la lidia, pero que no deja de ser un claro síntoma de la idea que muchos tienen de esto del toreo. Porque, ¿qué me dicen de ese ponerse la gabardina, que es lo que parece cuándo ceremoniosamente se tiran el capote a la espalda para quitar por pseudo gaoneras o cualquier versión del trapaceo al aire como si sacudieran las mantas del invierno? Que algunos hasta se recrean en pecado, en lo que no parecen capaces de hacer con un lance lleno de garbo y torería. Pero repito, que lejos debemos estar algunos de estas modas poligoneras del toreo. Porque sin entrar en esos males del pico, de no cargar la suerte y demás trampas ventajistas, ¿ustedes pueden con eso de coger la de mentira, que me niego a llamarle ayuda, porque siempre ha sido, es y será la espada de mentira, y que el matador la tire como si le apestara o en el mejor de los casos la clave en la arena? Así, cómo si estuvieran parcelando el ruedo y necesitaran una referencia para saber de dónde a dónde van las patatas, las coles o las tomateras. Eso sí, a continuación se enredan en eso de los “naturales” con la derecha, como si ya fuera el sumum, el éxtasis del arte torero y del chachachá. ¿Cómo se puede concebir un matador que durante el tercio de muerte no tenga siempre en la mano la espada, el estoque? Son muchas cosas, demasiadas, quizás, que nos podrían tener aquí durante horas y si los aficionados se pusieran a hablar, entonces no haríamos otra cosa que incrementar con largura la lista de despropósitos taurinos difíciles de entender y explicar. Costumbres que imitan todos, viejos y noveles. Que se impone el bajonazo y todos a tirar a la paletilla, que las estocadas traseras, pues a practicar la colonoscopia taurina, que ya no se descabella por aquello de no marrar y venga el folklore. Pero, ¿quién es el culpable de todo esto? Pues es evidente que los que cometen tales despropósitos, los que no solo no se los corrigen, sino que se los fomentan con eso del “véndelo”, como si de chalanes de feria se tratara y los que no solo no lo censuran desde los tendidos, sino que además se rompen las manos a aplaudir y hasta consideran tales numeritos merecedores de premio. Y este es nuestro castigo de tarde sí y tarde también, pero, ¿qué quieren que les diga? Que no lo entiendo, aunque digan que es moderno.

martes, 2 de mayo de 2017

A mi tío Ramón le gustaban los toros


´Quién espere ver lo que un día vio... que tire de imaginación y recuerdos




Qué bonito y reconfortante es que se reúnan las familias. Es innegable que la sangre tira, que ya puede haber kilómetros de por medio y que hayan pasado un buen  puñado de años, que la sangre tira. Que alegría nos llevamos la semana pasada, se nos presentó mi primo Ramoncín, bueno, el hijo de mi primo Ramón, el de Valparaíso, bueno, de Valparaíso es Ramoncín, que Ramón era nacido en Torremocha de las Dehesas, como toda la familia, bueno, toda no, solo mis tíos, menos el que nació en Valdilecha y los hijos del tío Cosme, que esos sí que todos… Pero, ¿qué hago yo contándoles este lío de familia? Bueno, a lo que iba, que se nos presentó Ramoncín en casa, o eso decía él, porque yo no lo había visto en mi vida. Menos mal que detrás asomó el tío Ramón, que a ese al menos le conocían mis hermanos mayores, porque cuándo se tuvo que marchar para allá lejos, yo aún… ¿Y qué más les dará a ustedes? La cosa es que han venido y es que mi tío tenía que cumplir una manda que hizo allá… hace muchos años; que no sé quería ir de este valle de lágrimas sin volver a ver una corrida de toros. Eso es afición.



Pues allá que nos fuimos, Ramoncín, que era el que sabía del manejo de la silla de ruedas a motor del tío y del cambio de las baterías, el propio tío Ramón, mis hermanos mayores, por aquello de que fueron los que tuvieron roce y yo mismo, aunque yo no me hubiera rozado. Y allí que nos presentamos en la plaza de Madrid, porque ya que venía de tan lejos, tampoco había que regatear esfuerzos. Él que hizo fortuna allá en las Américas, se vio empujado a volver a su tierra para calmar una vez más su afición a la fiesta. No quiero relatar lo que fue el ver salir las cuadrillas, la música, los alguaciles, esos rayos de luz y alegría que brotaban del centelleo de los trajes de luces, el pesado paso de los picadores y ese tintineo de las mulillas que confundió a Ramoncín y le hizo arrancarse por el “Jingle bell” como si estuviéramos ante el mismísimo Papa Noel. Del soplamocos que le sacudió el tío casi le jinca los paletos en el cogote al japonés de delante que no paraba de sonreír e inclinar la cabeza. “Niño no hagas más el imbécil, que no hace falta, ya se han dado cuenta todos”. Y el pobre Ramoncín no volvió a abrir la boca, no fuera a ser que a la siguiente guanta acertara con la piñata en la cresta del nipón.



Salió el toro y al pobre tío Ramón se le escaparon unas lagrimitas. “Qué belleza, qué portento de la naturaleza”, exclamó al verlo enseñorearse en el ruedo. Tomó los primeros capotazos y escuchó al de atrás: “que buen tranco”. Mi tío se volvió de un respingo y por prudencia se calló, pero no aguantó y me preguntó si había por allí carreras de caballos. Yo sonreí como un idiota y callé. Él me miró como si efectivamente, servidor fuera idiota. Se sorprendió cuándo vio que el animalito, después de medir el suelo con sus lomos, topó con el peto, se quedó parado y tras un leve roce el picador se apresuró a levantar el palo, para acto seguido apoyarlo en el suelo y usarlo como una pértiga en el Tajo. Pero la misma operación se repitió una vez más. El tío Ramón no sabía dónde mirar, pero el señor del tranco se lo aclaró todo con un comentario de buen conocedor de lo que allí estaba ocurriendo: “es que el toro se reserva para la muleta”. ¿Qué el toro qué? Exclamó el tío. “Es que hay que cuidarlo”, insistió aquel docente inesperado.



Me estaba relatando mi tío un par de banderillas que le vio a Morenito de Talavera, cuando se percató del cambio de tercio. El matador cogió la muleta y se dirigió a brindar al público, todo ceremonioso y rebosante de galanura, tiró la montera con desprecio, cuando la plaza rugió en un estruendo de felicidad. ¿Por qué? Preguntó el tito. Que ha caído boca abajo, le respondí. No sé si para entonces aún sospechaba que yo era idiota o si ya lo creía firmemente. Primeros pases de tanteo y el profe de atrás sentenció: pulsando, Currito, pulseadito. ¿Pulseadito? Le volvió la mirada y en qué hora, pues el enterado se vio en la obligación de aclarar el por qué de sus palabras: es que el toro tiene ritmo, puede servir y colaborar y aunque se venga por dentro, la toma bien por abajo, aunque a veces tiene alguna embestida informal y descoloca la cara, pero parece que va a descolarla, pero si el torero le respeta y no se mete. Vamos, que igual rompe pa’ lante, que parece que va a ser bravo para la muleta. Que si el toro es formal, igual le indultan y todo. ¡Sin molestarle, niño! Es un toro con muchas teclas. Y mientras el maestro se retorcía con posturas de contorsionista manchú intentando que el torillo se arrastrara una cuarta más por la arena, se escuchó un sonoro ¡Bieeeejjnnnn torero, bieeeejjjnnnn! Yo miré a mi tío, mi tío me miró a mí, miró a mis hermanos, mis hermanos le miraron a él, él miro a Ramoncín, pero Ramoncín no tenía bemoles de devolverle la mirada, porque veía que se comía al chino de delante. Apoyó las manos sobre las rodillas sacando los codos, respiró hondo, arqueó la espalda y al tiempo movía la cabeza diciendo que no, miró al suelo y sin encomendarse ni a Joselito, ni a Belmoente, se levantó y echó a andar buscando las escaleras. ¡Eh, oiga! Que no se puede salir hasta que acabe el toro. Estos que no entienden de la tauromaquia, le soltó el docente atrevido. El tío Ramón se paró, le miró y le respondió: 2Mire, en eso sí que no ha cambiado esto de los toros, porque en lo demás, en el toro, en la lidia y en lo demás, no lo conoce ni la madre que lo parió; que ni olé se dice ya, aunque tampoco me extraña, pues motivos no dan para ello”. Y así, sin haber terminado el primero de la tarde, decidió que se volvía a Valparaíso a seguir soñando cómo era la fiesta que él conoció, aquella a la que se aficionó y por la que se atravesó medio mundo para volver a verla una vez más; pero, claro, con lo que él no contaba es que todo esto, lo que ahora llaman tan pomposamente tauromaquia, había evolucionado y él no entendía tal evolución, quizá por algo tan sencillo como era aquello que le había impulsado a querer volver y es que a mi tío Ramón le gustaban los toros.



Enlace programa Tendido de Sol del 30 de abril de 2017:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-del-30-abril-de-audios-mp3_rf_18420843_1.html

viernes, 1 de noviembre de 2013

Cedamos definitivamente a la modernización

Belmonte, el clásico moderno
Anda que no se ha hablado, se habla y se hablará sobre la modernización de la Fiesta, que si hay que cambiar esto, aquello lo otro, pero nadie cae en que lo primero que hay que hacer es adaptar el lenguaje a los tiempos, los cracks deben hacer un master y tras pasar su training, dirigirse a sus fans en la misma jerga. Ya no se puede seguir hablando de la corrida, tenemos que hablar de la nueva performance taurina, en la que los boss, los máquinas del show tendrán que expresar su feeling contando con la colaboración de un buen partner, ya sea de Juan Pedro Ltd, Cuvillo Co. o lo que la Casas Productuions tenga en su planing.

Pero para conseguir un óptimo blow up del show también hay que reestructurar los human team, por lo que todo indica que los picadores son los primeros nominados en esta optimización de recursos. Si acaso, si en alguna performance puntual fueran necesarios, basta con contratarlos como outsourcing. Resultan muy hard y nada amazing si queremos que el show entre en la parrilla de los mass media en prime time. ¡Open your eyes! ¡Open your mind! Huyamos de ese Bloody concept que son ahora las corridas de toros. No puede existir maridaje entre lo glamouroso y fashion de los cracks y unos señores rudos con un look demodé, con un palo en la mano, amenazando al partner del artista. No es posible se rompe de raíz con lo que expresa el nuevo dead line del show. No reason para forzar a los fans a visionar esto mientras disfrutan de su lunch durante la performance. No sería un buen día de picnic, estropearía un finde cumbre, ¿OK?

Quizá los coaches de los cracks deberían tener un mitin en el que consensuaran que experiencias habría que reforzar durante el game y cuales dejar out side. Algo así como una base line sobre la que se efectuaría el building tauromaquia, término este, tauromaquia, que sustituirá a toda referencia que se haga a este Business, breaking con todo el pasado know how. Incluso se podría focalizar el problema de los outsiders en unas jornadas de trabajo para transmitirles el feeling del show. Para ello, un Premium del business  les daría un speech, ilustrado con slides y un corporate video en el que se vería el making off del nuevo show.

Aunque los cracks tendrían que adquirir nuevos tics; vale que dejemos el traje de luces, que es una de las partes del know how que pueden mantenerse, sobretodo porque los propios cracks realizan su design y hacen que les costumicen su look, pero hay otras cosas que están mazo pasadas. ¿Qué es eso de brindar el toro al público? Lo suyo sería que antes de empezar el baile/ performance/ instalación, el crack se dirigiera a una tarima/ pedestal, se subiera en “to’ lo arto” y tras darse unos golpecitos en el corazón como si se estuviera clavando un destornillador, extender el brazo con el puño cerrado y el índice extendido y señalar a todo el auditorio girando sobre sus talones, al tiempo que moviera la cabeza de arriba abajo. Ya metidos en faena, ¿qué es eso de encararse con los disidentes? Eso es feo y de mal gusto; en estos casos lo indicado es señalarse los ojos con el índice y dedo corazón de la mano, para tras un rápido giro volverlos hacia los protagonistas del escrache taurino. Esto se puede repetir varias veces, pero sin abusar, resultaría pesado y un poco out.

Finalizada su expresión de feeling, una vez consumada la creación un speaker se dirigiría al auditorio para coordinar la concesión de trofeos. “Si usted cree que nuestro crack merece un bonus, mande Bonus oreja al 6661, si por el contrario piensa que deben ser dos los bonus, mande Bonus 2 orejas al 6662 y si le tocado la patata a full, mande Bonus indulto al 6663”. Eso sí, que no salga el jefe del jurado pro y que le diga que no, que pasa. ¡Buah tío! ¿No te pispas que estás haciendo el clown? Y todos los asistentes, si así los desean, pueden hacerle al señor este lo de los dedos en los ojos que luego le señalan a él. ¡Hey man, no fuck! Y seguro que el boss pro se avendría a un new deal taurino.


Lo que no sé es el timing para llevar todo esto a cabo, porque la verdad, ¿Se imaginan a Talavante haciendo una presentación con Pogüer poin y todo? No le veo yo pasando de la primera slide; o a El Juli, volviendo loco al que las pasa, que igual iba de la primera a la quinta, que a la segunda otra vez, a la cuarta, a la sexta, la primera otra vez, para que el maestro dijera al cabo de un rato “No, si aún no he empezao”. Y ese Morante con tres gráficos con una palabra cada uno y sin más texto que “Eeeeeeh”. O Perera, que al primer mal gesto que percibiera en el público se quedaría mirando con su visión castigadora de rayos ultrasónicos y se pondría a leer a la concurrencia el Antiguo y Nuevo Testamento en griego, latín y arameo. Castella igual recitaría la letra de la marsellesa cinco veces, sin variar jamás el tono, ni la gestualidad. Por su parte, Manzanares se explayaría a modo explicando la “toreability”, “durability”, bull’s fond, art feeling, expresive performance o la new Seaton fashion Spring- Summer free time. Enrique Ponce tradaría poco, quizá su mensaje se reduciría a un “I’m on top” o “the fucker boss”, siempre mascullado entre dientes. Bueno, no sé si esto alcanzaría unas altas cuotas de share en horario prime time, pero no les quepa duda de que no estará presente para tanta renovación, tanta adaptación a los gustos del momento y tanta mandanga insufrible, que uno es de los carcas del toreo y el toro de verdad y el que pueda que se ponga y el que no… que se modernice.

lunes, 24 de diciembre de 2012

La modernización de la Fiesta, año cero



Paso a la modernidad, adelante los faroles
Si hay algo que diferencia a las mentes privilegiadas del resto es su alta capacidad de adaptación a las nuevas corrientes y oportunidades de éxito que les brinda la vida. No hay más remedio que abrirse a las nuevas tecnologías y abrazar  la modernización con entusiasmo de adolescente con cara de paella. Pero no siempre los adelantos de la ciencia son recibidos como se debe por todo el mundo; siempre hay algunos retrógados que solo ven pegas al confort que nos depara la vida del siglo XXI.

Hace unos días, la tauromaquia ha sido testigo de un hito en la historia de la fiesta, un antes y un después mucho más trascendente que la incorporación del peto, la Edad de Oro de José y Juan, las corridas retransmitidas por televisión o la incorporación de la cámara superlenta para contemplar cómo caen las gotas de sudor por la nariz de los toreros,  o que estos son capaces de hablar mientras parpadean y gesticulan al mismo tiempo. Al fin ya ha llegado la fibra de carbono al toreo,  definitivamente se ha incorporado al mundo de hoy. Se han superado las plantillas con carbón activado, las carrocerías de los fórmula 1 de fibra de carbono, los balones de fútbol,  que son más redondos gracias a la fibra de este material, las vajillas irrompibles, el chándal que absorbe los fluidos humanos, los calcetines que dan más calorcito. Nada de esto alcanza la proyección de “LA AYUDA DE FIBRA DE CARBONO”.

¿Qué quieren que les diga? Se me saltan las lágrimas ante tal acontecimiento. Y todo esto se lo tenemos que agradecer al gran innovador de la Fiesta del siglo XXI, el Niño Manzanares. Anda que no ha tenido que padecer por las críticas de esos cavernícolas que se agarran a un pasado idealizado al extremo. Incorporó la espuma de mar al traje de luces;  fue el primer espada del que se tiene noticia en lucir falda cruzada y chancletas;  posó con una señora estupenda, pero sin acabar de estar vestido del todo de torero, luciendo torso, insinuando actitudes y se lo censuraron. Pero, como los avanzados de las Indias, siguió con paso firme, siempre adelante y sin mirar atrás, lo cual se nota y mucho. Y se ha encargado de que dos de los palos que se utilizan en el toreo, pesen mucho menos, sin perder la resistencia y robustez que se le debe exigir. El palillo de la muleta, el estaquillador, y el palo que usan los toreros para montar la muleta, evitando llevar el estoque de acero templado, tal y como hacían y exigían los matadores de toros.

Parece ser que, al pesar todo esto mucho menos, hará que los toreros estén más cómodos delante del toro. Bueno, es una forma de verlo. Tiene la desventaja de que si después de una gran faena y cuando el toro le pide la muerte el coletudo, tiene que cortar e ir a cambiar el palo por la espada; pero eso lo llevamos sufriendo décadas: primero cuando se presentaban los partes médicos ad hoc, y después sin necesidad de avisar mediante un cartelito, con el reglamento que aprobó el señor Corcuera (nunca le  estaremos suficientemente agradecidos por ser el que abrió tantas puertas que aún tendrían que permanecer cerradas a cal y canto).

Pero el camino, una vez iniciado, ya no tiene vuelta atrás, no nos queda otra que seguir al líder. Reconozcamos en él al regenerador de la Fiesta, sigamos su ejemplo y extendamos el progreso sobre todos los aspectos de este rito secular. Despojémonos de ceremonias arcaicas, de artilugios inútiles, de costumbres bárbaras y de actitudes que no añaden nada a este espectáculo que la sociedad exige que se humanice más y más cada día. Hay que evitar que un torero padezca cuando dice que no le gusta ver sufrir a un animal; que otros califiquen como tragedia lo que pide el aficionado al toreo de siempre; que los artistas se sientan incomprendidos, con el esfuerzo que hacen para poner poses histriónicas e incomprensibles.

Demos un paso hacia delante, ayudemos a modernizar y humanizar la tauromaquia. Quizás lo más urgente sea actualizar el traje de luces. Ya está bien de incomodidades. Con los progresos que hay en la industria textil, seguimos con esos leotardos incómodos, cargados de adornos inútiles que solo aumentan el peso y no garantizan la seguridad del individuo. ¿Por qué no utilizar unas telas serigrafiadas o impresas con tintas resistentes al pitonazo del toro? Sería mucho más fácil: se pintan los alamares, las hombreras, el corbatín… y se conseguiría además un plus estético al ceñirse más al contorno del torero, marcando más las formas. De la misma forma, se puede prescindir de la montera. Pocas cosas, aparte de las gafas con nariz y bigote incorporado, favorecen menos a la cara que una montera. Señores, no nos rasguemos las vestiduras, que la Guardia Civil ha desplazado el tricornio por la tan española teresiana y no se ha muerto nadie. Solo se usa el charol en días muy señalados. Pues lo mismo con la montera, que solo se usaría para la Beneficencia, la corrida del Domingo de Resurrección en Sevilla, el Corpus en Granada y Toledo el día del patrón en las poblaciones en que así lo regulen.

Ya está bien de martirizar a los pobres caballos en la suerte de varas y a los espectadores que la padecen. Algo que ya se ha demostrado que es inútil y que va en contra del espectáculo, como es la suerte de varas, debe ser eliminada o sustituida por algo más humano y artístico, quizás algo parecido a esas atracciones de feria en que un señor pega un puñetazo y hace encenderse una luz roja o a eso en que se da un martillazo y una bola sube dependiendo de la fuerza del batacazo. Pero en este caso sería que el toro topara contra una diana y dependiendo de la fuerza hiciera que saliera despedida una imagen de la empresa patrocinadora del primer tercio de la corrida, Saneaminetos Lucas, Ron el Cocotero o Tejidos la Costurera. Si es que hay que abrirse, que tal y como estamos, esto no puede durar mucho tiempo.

No me digan que tampoco es posible cambiar eso de las banderillas, unos palos con los mismos adornos que hace doscientos años. ¿No se nos ocurre más decoración que unos papelitos de colores? Por favor, con lo bien que quedaría que en el momento de clavar saliera una banderita con mensajes publicitarios intercambiables. Hasta asa se les podría incorporar para que los banderilleros no se lastimaran las manos. De capotes y muletas, para qué hablar si es de lo que más urge a la hora de innovar. Resulta que no va a haber materiales textiles resistentes al viento, al agua, al sol y que pesen poco. No sé, pero yo ahí se lo dejo a los investigadores de las telas y los tintes, que se lo piensen un poquito, a ver qué pueden hacer. Incluso se puede echar una miradita fuera de este mundo y ver cómo se actúa en otras disciplinas. ¿No creen que el parapente y ala delta pueden guardar el modelo perfecto de capotes y muletas esperando a que alguien lo recoja? Ya ha habido ciertos intentos, pero muy tímidos y que se han venido a bajo con las primeras críticas. Sería muy fácil utilizar unas varillas de un material resistente y ligero, como por ejemplo, la fibra de carbono, ese don caído del cielo.

¡Y esos callejones, que parecen trincheras! No habrá sitio suficiente para instalar allí unas camillas y así, después de su toro, cada torero podrá recibir una sesión de masaje por parte de un fisio que le recoloque los huesos y músculos que tanto sufren entre estiramientos imposibles y retorcimientos increíbles. Pero lo que creo absolutamente innecesario son las tapaderas móviles de las plazas de toros, es un gasto superfluo sin beneficio algunos. Total, no creo yo que la plaza de Madrid vuelva a haber una de aquellas faenas magistrales que la hacían descubrirse ante los matadores de toros. Del toro no sé si incorporaría más cambios, si acaso el conseguir toros mecánicos que funcionen con hidrógeno, para así no contaminar. No sé si esto lo llegaremos a ver algún día, ni si tan siquiera conseguiría un show más divertido, pero si todo esto se llega a producir, por supuesto, que no cuenten conmigo.