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| Imprescindible para un indulto, imprescindible para la lidia y para la fiesta |
Si hay un valor indiscutible y absoluto que nadie se atreve
a cuestionar ese es la “democracia”; otra cosa es lo que muchos entienden como
tal y para saberlo no hay más que sentarse, esperar y observar. Es probable que
bajo el paraguas de eso que llaman democracia no consientan que entre ni la
justicia, ni la igualdad, ni mucho menos el sentido común. La democracia para
ellos es alcanzar la mayoría e imponer lo que les venga bien, sin pararse a
pensar que a lo mejor lo del vecino les viene mejor. Y esto también tiene su
aplicación y extensión en el mundo de los toros. ¡Ay! ¿Por qué los toros tienen
que ser siempre un reflejo tan fiel de lo que es esta España? Que aunque fuera
por un ratito, no más de dos o tres minutitos, podríamos ser como los
franceses, los suecos o los tailandeses, que no serán ni mejores, ni peores,
pero son diferentes.
Que andábamos el otro día enfurruñados con lo del indulto o
con esas incomprensibles concesiones de despojos por esas plazas de Dios y aún
había que escuchar eso de que como lo pide la gente, chitón. Es como lo de “lo
dijo Blas, punto redondo”, pero en masas y en toros. ¿Qué la muchedumbre entre
bocado y bocado del bocata de tortilla pide que le den el toro al torero?
Adjudicado. ¿Qué de postre los buñuelos habían sido alegrados con una cañita de
Ojén? Un indulto. ¿Qué se va a enterar la Loli de lo hombre que es su hombre y
como se entrega cuándo hay que entregarse? Un rabo, con perdón. Y aquí paz y
después la locura y el desenfreno. Que no hay show más agradecido que el de los
toros, que si se te ponen de acuerdo la peña los Tropezones con la del
Traspiés, vamos de boca a montar el cotolengo más enloquecido del orbe taurino.
Que basta sacar pañuelos y gritar mucho para conseguir una cosecha de cienes de
orejas y decenas de indultos. Que esto es mucho mejor que el fúrgol, perdón,
fúmbol, que ahí vas con toda la buena intención y con el mejor ánimo y va tu
equipo y pierde. En los toros no, porque como esto es muy democrático, solo
hace falta ponerse a la labor y ¡zas! ¡Histórica tarde triunfal en el coso de
la Sanjuanera! Y te vas a casa más feliz que na.
Que no digo yo que no sea sano eso del disfrute y el
entusiasmo y si es colectivo, mucho mejor, pero, ¿esos que tanto quieren
favorecer al torero paisano, al simpático, al guapo o al que parece un
comulgante han pensado en el daño que hacen a la fiesta? Una tarde en una plaza
perdida de la mano de Dios, si se montan un sarao pseudotaurino no pasa nada,
pero es que estas orgías de mentecatez se han convertido en la norma, norma
obligada a la que todos debemos obediencia, porque lo dice la mayoría y como
esto es una democracia, la minoría disidente tiene que callar, algo muy propio
del espíritu democrático, obligar a callar al prójimo, y tirarse al abismo a
ciegas. ¡caramba con los demócratas!
Este sentir democrático, aunque los furibundos entusiastas
no lo crean, se va llevando toda la esencia de la fiesta de los toros. Primero
y antes que nada, al toro, arrebatándole su dignidad e integridad, para
convertirlo en simple monigote colaborador de la charlatanería taurina. No me
dirán que no es saber lo que se hacen, porque empezando por el eje, si se
admite la degradación y mutación de toro a jamelgo, lo demás ya viene de
corrido y cuesta abajo. El fraude triunfará con toda seguridad y los que urden
estas estrategias y manipulan el cotarro, de momento se aseguran el poder
manejar todo y sacar sus beneficios, que por otra parte cada vez son menos,
pero eso tampoco es para preocuparse, porque si hay menos a repartir, se hace
que se reparta cada vez entre menos bolsillos.
Pero claro, si trastocamos el eje, la reacción en cadena se
nos va de las manos, el primer tercio se convierte en una pantomima, llegando a
extremos como el que el público, el que paga, admita sin pudor que si se pica
un toro se cae, en consecuencia no se le puede picar, pues que no se le pique.
¿Cabe mayor estupidez? Te roban una tercera parte del espectáculo y no solo no
protestas, sino que tragas y hasta te muestras comprensivo y te sientes
orgulloso porque te crees un aficionado fetén. Y los taurinos, sobre todo esos
de micrófono en mano, no solo lo asumen y lo entienden, sino que lo ven como
una cuestión que hay que desregularizar y dejar todo en más del trincón de
turno, convirtiéndose en cómplice del señor que vende mulos fofos por toros.
Pero claro, si no te ha dado un jamacuco, en cuanto ves al señor de las medias
rosas coger los trastos y ver como hace de la mentira ley, entonces ya ves que
esto no tiene remedio, que el entramado es un enredo que no hay quién lo
desenrede. Eso sí, luego vienen los clamores de la masa, esa que como casi
único argumento esgrime eso de: “lo ha pedido el público”; sin caer o sin
querer caer en que estamos viviendo una demolición en nombre de la democracia.
Enlace programa Tendido de Sol del 19 de marzo de 2017:

