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domingo, 22 de enero de 2023

Entre el toro que embiste y el toro que acude


El toro que embiste busca, el que acude, igual encuentra... o no.


Siempre ha habido patrones para identificar más o menos por dónde transitaban las ganaderías; que si encastadas o no, que si duras o no, que dulces o complicadas, que si blancas o negras… Luego llegó otra división quizá más ofensivas para la fiesta desde el punto de vista del respeto a los fundamentos de la fiesta, toristas y toreristas. Que hasta se ha llegado a hablar de toros muy toreros. Y a un nivel inferior aunque ya centrándose más en determinados toros, está eso de colaborador o no. Pero por encima de todo esto, los taurinos encontraron una división que aparte ensalzar a los suyos, servía para desplazar y arrinconar a los otros y es eso de las ganaderías que embisten y las que no. ¡Qué cosas! Que quizá habría que definir eso de “embestir”. Porque a mí personal entender, no es lo mismo embestir, que acudir. Y yo encuentro la distinción en que los que embisten son los que se quieren comer lo que se les pone delante, lo que obliga a sortear esas embestidas con saber, poder y firmeza. Que luego puede haber toros que se aplomen más o menos, que manseen más o menos, pero la cuestión es querer agarrar la presa y hacerla jirones. Y después están, siempre según una personalísima opinión, los que acuden a los engaños. Que sí que es verdad que lo hacen una y otra vez y que no se cansan, oiga. Pero quizá aquí encontremos otra diferencia más. A los que de verdad embisten hay que someterlos, porque si no, igual se nos suben a las barbas y nos depilan de una pasada. A los otros, los que acuden, se le les dan trapazos en línea; que me gustaría contar su comportamiento en el primer tercio y la forma de acudir a los capotes, pero como habitualmente no se da el caso, tampoco se puede ahondar en este aspecto. Que me gustaría a mí ver si los que acuden seguirían acudiendo tras pasar por el caballo de verdad, no después de una leve colleja, y si en el último tercio consentirían demasiado con muletazos de arriba abajo y de fuera adentro, rematando los muletazos. Que igual al segundo se nos despanzurraban y ni tan siquiera podrían acudir.

Pero una de las grandes diferencias entre los unos y los otros radica en que unos no se dejan así como así y los otros se dejan así y asao. Que con los primeros, posturas las menos, y con los segundos todas las posturas son pocas. Que a los primeros si les recibes con chicuelinas igual los tienes buscándote los tobillos todo el rato y los otros… los otros ya sabemos lo juguetones que se quedan. Que con los primeros solo cabe el arte de verdad y con los que acuden todo es arte. Que aquellos si no se les corre la mano hasta el final te pueden levantar a medio trapazo y los otros tragan hasta un cuarto, sin acusarlo lo más mínimo. Y a todo esto, el personal enloquece con estos últimos y con los que embisten, a veces hasta caen en la infamia de decir que esos animales son imposibles y que hay que mandarlos al matadero a todos, incluidos sus criadores. Es que ahora el criar toros de lidia, toros con casta, es un delito de lesa humanidad.

Iba a decir que adónde íbamos a ir a parar, pero está muy claro, se ha tomado una dirección en línea recta y a toda velocidad hacia el abismo y parece que los que transitan en esa nave lo jalean con entusiasmo. Que ellos quieren al toro que acuda. Que si va al caballo, ya sea desde dónde sea, cuándo sea y cómo sea, se le jalea y se celebra como al niño que ha sacado sobresaliente en plástica y gimnasia, aunque suspenda lengua y matemáticas. Y sigue en los tercios sucesivos acudiendo con esa alegría del que tampoco es que se alegre mucho, porque le falta eso de embestir y se deleita y deleita con acudir. Aunque no se crean, que cuando ven un toro embestir, tampoco le hacen ascos, pero se conforman con los que… en fin. Si al menos luego no denigraran, ni renegaran de los que embisten de verdad, pues algo se habría conseguido. Pero claro, es que otra cosa, que eso habría que ver en otro momento, ahora los que se dicen aficionados se ponen de parte del torero y no del toro. Que ahora todo el mundo se pone de parte y comprensivo con el torero, el empresario, el ganadero de los que acuden y hasta del que vende fantas durante la lidia del toro, pero… ¿quién se pone de parte del que paga? ¿Quién se pone de parte del aficionado que solo pide lo que siempre fue? Pues evidentemente, nadie o casi nadie y encima pretenden tirarnos a la cara la falsa disyuntiva entre el toro que embiste y el toro que acude.

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

lunes, 14 de julio de 2014

El rey de la creación

Ganadería Vaz Monteiro, donde el toro sigue siendo el rey de la creación, gracias a Rita Vaz Cabreira


El día estaba marcado con letras de oro en el calendario de los animales. Una vez fallecido el rey y celebrados los funerales reales por su bestial majestad, serían llamados todos los miembros del Consejo y se procedería a la entronización de un nuevo rey. Muchos ya se habían hecho presentes en la Corte, precisamente para honrar al fallecido León XXV, quien con tanto acierto y tan justamente había ejercido su cargo. Se comentaba entre los jefes de los diferentes clanes que quizá su sobrino, el hijo de su hermano, podría ser el candidato ideal. Lástima que no quedaran hijos de León que sobrevivieran a su padre. Todos los que tuvo, tres, cayeron en las luchas que tiempo atrás mantuvieron con el clan de los toros, quienes también optaban a la corona; finalmente, en un gesto de generosidad y magnanimidad, para evitar más pérdidas entre los animales, los astados renunciaron al trono. A partir de entonces se les reconoció su puesto en la corte, se les consultaba para cuestiones capitales y se les garantizaba su autonomía para poder elegir su propio jefe y legislar según sus costumbres, siempre y cuando no hubiera interferencias con la convivencia del resto de las especies.

Uno de los más destacados asesores del rey, el Búho, Chambelán del Rey, comentaba con el lobo, jefe de los ejércitos, que quizá volvieran a poner encima de la mesa las antiguas pretensiones el Clan de los Toros, aunque solo fuera para hacer una manifestación de poder, del que creían tener derecho por haberlo ganado en los campos de batalla. El recuerdo de las bravas toradas avanzando por la llanura  y presentando sus agudos estiletes rasgando el aire  hacía temblar a los más valientes de entre los valientes. La tierra, estremecida por las pisadas de la manada, parecía el eco de los bramidos que hacían que el ataque hiciera pensar en el prólogo del apocalipsis.

La intranquilidad se hacía más presente a medida que iban llegando los electores del Consejo, sin que el toro dejara adivinar su presencia. Algunos hasta predecían su ausencia, más impulsados por el deseo que obedeciendo a la razón. Los leones disimulaban con una estúpida pose de forzada serenidad; la legión de roedores danzaban entre gritos y saltaban de un lado a otro como si del suelo recibieran una descarga eléctrica a cada pisada; los rumiantes de todo tipo no se esforzaban en reprimir ese gesto de imbéciles despreocupados, mientras creían que serían respetados en todo momento por sus primos, más o menos lejanos, que son los toros. Puede que el que más firmeza y calma presentara fuera el caballo, el único capaz de hacer frente a las tarascadas de esas temibles bestias.

¿Por qué no les cedemos por una vez el cetro del rey de los animales? Gritó una voz. Ante algunas muestras de desagrado, especialmente procedentes del flanco de los felinos, la gran mayoría se manifestó a favor y acogió la idea con gran regocijo; no tanto por la ferviente adhesión a unos, sino más bien por la desafección y miedo que imponían los otros. ¡Yaaaa! Se oyó desde los árboles más altos. ¡Yaaaa! se volvió a oír. La voz se repitió como si fuera el mensaje del eco que quería avisar a todos los animales. En el horizonte se adivinaba la nube de polvo que las rudas pezuñas de los toros levantaban a su paso. Hasta el infierno se ponía en guardia ante semejantes visitantes. Ya fueran los más grandes, elefantes, hipopótamos, jirafas o rinocerontes, o los más rápidos, gacelas, ciervos y gamos, o los más fieros, los propios leones, tigres, pumas o jaguares de la sabana, todos ponían hiniestas las orejas, no queriendo ser sorprendidos por un gañafón lanzado por los pitones de uno de aquellos demonios negros.
¡Pero...! ¿Qué era aquello? ¿Qué broma pesada nos estaban gastando los toros? ¿Qué significaba todo esto? Los terroríficos toros de impresionante figura, majestuoso porte y mirada retadora se habían convertido en algo que más parecía una caricatura, que no el rey de la creación, el que no ostentaba la corona por cederla al león generosamente y evitar un gran baño de sangre, a cambio tan solo de gozar de una autonomía que con toda certeza se ganarían peleando. La embajada la componían un montón de animales con cara de estúpida bondad, mirada ausente y distraída,  fofos y sobrados de grasa, con trote cansino, más preocupados por  evitar el no caer por flojera que sembrar el pánico entre los demás. Y para colmo, con los cuernos recubiertos por una especie de vendajes blancos, que más recordaban a las momias de las películas en blanco y negro que a aquellas armas de ataque y defensa que hacían temblar al sol. La punta acababa en una superficie roma, incapaz de clavarse sobre ninguna superficie, ni dura, ni blanda. Eran dos cañones ciegos que ya no servían para lo que un día se utilizaron.

El terror reinante entre el resto de los animales se diluyó súbitamente y dio paso a miradas incrédulas y a un sentimiento de lástima y compasión que se extendió como llevado por el viento. No era una broma: era la penosa realidad de aquellos animales. La mano del hombre les había empujado al pozo del deshonor y la infamia. ¿Qué mal habían cometido para sufrir semejante castigo? ¿Qué delito era proporcionado para tal penitencia? Inmediatamente el león, el aspirante a ocupar el trono de su tío rasgó la tensión de un tajo y alzando la voz para ser oído desde todos los rincones del reino, pronunció estas palabras:

Animales del reino, criaturas de la creación, escuchadme. Reunidos todos los miembros del Consejo, que es quien debe nombrar al nuevo inquilino del trono, quiero darles a conocer una propuesta acordada por los jefes de mi clan; y esta no es otra que el ofrecimiento de una monarquía compartida entre mi animalidad y el jefe del clan de los toros, reconociendo así de esta forma el valor, valentía y majestuosidad que siempre poseyeron por nacimiento. Y así quiero que se haga saber a lo largo de toda nuestra geografía, para que tal acuerdo entre en vigor desde este mismo instante.


Los toros se quedaron mirando a su alrededor, como si quisieran coger con la vista a la mosca que jugueteaba alrededor de su cornamenta, pero sin acabar de saber muy bien el motivo de todo aquello. Realmente tampoco sabían a ciencia cierta a qué venía aquella multitudinaria reunión. Simplemente los ancianos de la manada les habían enviado allí. Pero lo que unos vieron como un gesto egoísta de los leones, no fue otra cosa que una muestra de generosidad con sus antiguos competidores. De esta forma todo el mundo sabría que los toros estaban bajo la protección de León XXVI, pues los que un día atemorizaban a todo aquel que se les enfrentaban, ahora solamente daban lástima, y no solo eso, sino que estaban expuestos a ser diezmados por cualquier alimaña que en otros tiempos no se habría atrevido ni a acercarse a un toro, aún solitario, pero armado de una tremenda arboladura y empujado por un corazón rebosante de fiereza, nobleza y bravura. 

sábado, 26 de octubre de 2013

El toro, en riesgo de exclusión social

Conservemos el toro, que no la mona boba


No es que el toro de lidia vaya a acabar tirado en una acera o en un cajero durmiendo entre cartones, ni que la gente al pasar le mire con desprecio o que ni tan siquiera le mire, ni que le vayan a echar de la dehesa donde vive según ordena el señor juez, pero quizá la realidad no esté demasiado alejada de esto, con ciertas diferencias. No se puede pensar que a un animal se le trate igual que a un ser humano, por supuesto; a veces, ya les gustaría a muchos que les trataran como a una mascota.

El que la situación de la “Tauromaquia”, que es como se debe decir ahora, es crítica, ya no lo niega casi nadie, lo mismo los taurinos, que los aficionados, que los que cantan las glorias de los fenómenos de los artistas contemporáneos, empiezan a sentirse amenazados sin llegar a entender el por qué a ellos, con lo majos y buena gente que son. Unas almas cándidas e inocentes a los que han puesto en el punto de mira unos bichos que quieren acabar con una tradición de años. Porque ellos no se preocupan de su futuro, ni de su bolsillo, no, faltaría más; lo que les quita el sueño es esa caterva de acosadores profesionales contra todo lo que huela a toro.

Lo más que llegan a admitir es que a veces no han tomado la iniciativa y se han dormido en los laureles o que puede que no hayan trabajado unidos, que es lo que hay que hacer, seguir una consiga ciegamente. La cosa es que puede que haya demasiados aspirantes a marcar esa consigna y muy pocos a aceptarla. Lo que por otra parte no es extraño, pues como se ha visto una y otra vez, cada uno barre para su casa. Unos quieren cobrar por la tele, con la excusa de que quieren ayudar a los demás, pero los demás no ven un duro y además ven como sus benefactores no dudan en quitarles un puesto en los carteles. Otros se quejan de que las entradas son demasiado baratas, como si te estuvieran dando angulas y no sopa de fideos aguada y sin fideos. O los que lloran por los rincones porque cuesta mucho criar a un toro, olvidándose de tantos ganaderos que intentan mantener el equilibrio sobre una charca infestada de cocodrilos.

Uno lleva un tiempo leyendo y escuchando a los pertinaces modernizadores de la Fiesta y los remedios que proponen para que esto salga de las cloacas y se convierta en un espectáculo al que el público acuda en masa como encantado por el canto de las sirenas taurinas, dispuesto a soltar la mosca como si le sobrara, a tragarse ruedas de molino a palo seco y a demostrar su infinita felicidad por todo ello. Resulta que la Fiesta de los Toros lucha contra dos grandes amenazas, los antitaurinos y la crisis; y dependiendo de las voces, también contra esos reventadores a los que todo les parece mal y no han sabido adaptarse a los tiempos y a “los gustos del público”. ¡Ole tus güevos! ¡Capón! Sin que los taurinos parezcan tener ninguna responsabilidad y sin tener la más mínima intención en cambiar nada del status actual y mucho menos de su posición de privilegio, real o posible.

Las soluciones que se aportan son muchas y algunas peregrinas, que hasta podrían tenerse en consideración, pero siempre que se ataje el problema principal, el problema de base y que en si mismo se puede convertir en la solución a todo esto: el toro. Veo que piden una especie de federación taurina como sumo órgano rector de la Fiesta, dirigido por personas de reconocido prestigio. O lo que es lo mismo, institucionalicemos la figura del Sumo Pontífice taurino y que los fieles acaten sus mandatos. ¿Se imaginan en este puesto a cualquiera del triunvirato de Taurodelta, o a un periodista de fama, un aficionado bien relacionado, un presidente maleable o vaya a saber usted quién? Eso sí, alguien que ampare los privilegios y castas establecidas, sin dar lugar a sorpresas. Se habla también de gabinetes jurídicos que garanticen que la Fiesta no podrá prohibirse por los siglos de los siglos. De campañas de Comunicación y Marketing, de los aficionados prácticos, de la adaptación a la sensibilidad de la sociedad, los jóvenes y la jaca de Luis Candela, pero, ¿y el toro? Bien gracias. Este va de fábula. Éste no necesita nada de nada, no es preciso volver a la casta. Nos han hecho tragar el caramelo de la movilidad y nos lo hemos tragado, como si esto fuera suficiente. Porque el toro moderno tiene movilidad, claro que la tiene, pero igual que la tienen los muñecos de un futbolín, fijos a un carril que les lleva y les trae.

¿No será que la identificación del problema no es la correcta? Ya se podrán edificar bonitos palacios con altos minaretes y luminosas cristaleras, jardines franceses, estanques dorados, pájaros multicolores y caminos flanqueados por árboles frutales, que si se construyen en un cenagal y sin una buena cimentación, más pronto que tarde, acabará en una ruina. Nuestro campo de construcción perfectamente asentado y nuestros cimientos son el toro, ese animal sobre el que se construyó todo este tinglado desde hace siglos, que soportó el nacimiento de las corridas de toros, la normalización de una lidia y hasta la incorporación del arte a ese ejercicio de cazar toros. Y resulta que justo cuando el toro empieza a desaparecer, cuando se le empieza a despojar de sus condiciones naturales y se le va sustituyendo por un ser que debe adaptarse a no se sabe que condiciones específicas, es cuando esto acelera una decadencia más que evidente.


Si seguimos apartando al toro, al toro íntegro, encastado, ya sea bravo o manso, al que hay que darle una lidia, que significa lucha y no primeros auxilios, al final nos encontraremos con tal adefesio sin sentido, próximo a la estupidez, al absurdo y, por más que nos pese, al abuso sanguinario y a una crueldad que la sensibilidad del aficionado no podrá soportar. Porque el toro nunca puede llegar a ser un monigote delante del cual a un señor le da por cantar, al que un puñado de figuras rodean con ademanes desafiantes mientras el animalillo se esfuerza en mantener el resuello. Devolvamos al toro su posición, mantengámoslo con el rey de todo esto, como la máxima figura de este espectáculo y al que logre hacerle frente, reconozcámosle su valor. De otra manera se puede llegar a la situación en que el toro, esté en riesgo de exclusión social.

miércoles, 25 de enero de 2012

Imprescindible es el toro y se acabó


Ese toro enamorado de la Luna, que amarga a las figuras su paz


Llevamos tantos días navegando entre rumores, opiniones, noticias contradictorias, comunicados, explicaciones y excusas, que al final parece que si la tele no paga a los diez insustituibles, se acabó el toreo y todas las ferias donde tenía lugar. Pues vaya chasco. Tanta historia, tanta literatura, tanta cultura y tanto pitote, para al final depender del capricho de estos diez señores. Pues sí que estamos bien. Si la cosa es así, cedamos y démosle lo que piden, que digo lo que piden, lo que piden y lo que se les pueda ocurrir de aquí a un mes. Cedamos a nuestras doncellas a estos valores del taurinismo, restaurando su sagrado derecho de pernada. Sometamos nuestra voluntad a la suya. En sus manos está nuestro espíritu, nuestro cuerpo, nuestro corazón y, lo que más les importa, nuestro bolsillo.
Y que no me niegue nadie está verdad eterna. Tienen a los pobres empresarios amargados porque no pueden confeccionar los carteles de las ferias, porque no hay toreros disponibles, bueno sí que hay, pero no tan excelsos y majestuosos. Son figuras por la gracias de Dios, igual que el Rey Sol era el amo de Francia. Han puesto boca abajo el estamento taurino. Si ellos no se mueven, no hay Fiesta que valga. Aunque ¿esto es realmente así? Ahora tengo mis dudas. La verdad, es que si ellos no torean, seguro que habrá quien lo haga ¿no? Igual podíamos ir conformando las ferias con Urdiales, Fandiño, Juan Mora, David Mora, Robleño, Morenito de Aranda, Curro Díaz y otros tantos que si me paro a pensar aparecerán por mi memoria. Y a la vista de esta lista de nombres, me empieza a apetecer que los genios mantengan su paro reivindicativo. A ver si ahora estos señores nos están haciendo un favor. Y aún queda por saber qué ocurrirá con José Tomás. No me dirán que visto así la cosa no promete. Vamos, que habría que convencer a los diez de que piden poco para lo que les deberían pagar. Igual así conseguimos que no se vistan de luces durante todo el 2012.
Pues toreros ya tenemos; una preocupación menos. Empresarios, apoderados y subalternos hay, y si no, se echa mano de ayuntamientos, aficionados, socios capitalistas o quien puede ayudar para organizar la función, así que eso también está arreglado. Incluso hasta contamos con la tele. Seguro, además ahora que el señor Molés ha decidido que no se va, o quizás habría que decir que lo ha aclarado y además con bríos renovados. Seguro que hasta ha afinado su sentido crítico con respecto a cierto tipo de toreros y toros. ¡Ah! los toros, en eso no había caído, ¡los toros!
Los toros, eso es más peliagudo, porque los toros carrileros están acaparados por los cesantes por su imagen, y lo que queda no son chocolatinas precisamente. Pero claro, lo que no podemos es coger a dos chavales y que se disfracen de toro. No cuela. Ni tan siquiera uno manejando el carretón, aunque tenga muy malas intenciones, ni tan siquiera aunque tenga un ojo de cristal, por aquello de que la embestida sea más incierta. Ya está, que toreen de salón, ¿no? Pues no, parecería un baile de máscaras y en lugar de conseguir emocionar al público, si este no se aburre, en el mejor de los casos se acabarían riendo de los que cogieran los trastos. Pues vaya, al final habrá que irse al campo a buscar toros. Ni ayuntamientos, ni aficionados voluntariosos, ni mecenas del toreo con los bolsillos llenos, ninguno podría hacer la función del toro. A ver si ahora el toro es el único imprescindible en todo este tinglado.
Pues sí, el toro es imprescindible y así como sea el toro, así nos saldrá el festejo. Como he podido tardar tanto en darme cuenta. Cuatro párrafos he necesitado y al quinto caigo en la cuenta de que lo de verdad vale en todo esto es el de las patas negras. No hay otra. Pero bueno, me consuela que hay quien vive del toro y aún no se ha enterado de que todo es secundario si lo comparamos con el toro. Ahora entiendo aquello de que si el toro se cae, se cae la fiesta. Lo de la fiesta brava, lo de la fiesta de los toros. Incluso que cuando el toro no es toro, la fiesta se convierte en un show y el show en una pantomima. Si el toro no tiene emoción, no vale la pena perder el tiempo buscándola por ahí, si no tiene fiereza, ni llevando un león, entonces no habría arte, solo valor y poco sentido común. A ver si va a resultar verdad eso de que sean los toreros que sean, si aparece el toro ya no hay quien se pueda mostrar impasible ante su poder, fuerza, bravura y hasta nobleza. Por eso las bobonas desmochadas permiten merendar tranquilamente sin peligro de atragantarse durante la corrida, o engullir una bolsa de pipas de a kilo o enfundarse tres cubatas en el coleto. Hasta te da tiempo para hablar con tu media naranja por el móvil y si la tienes al lado, hasta la puedes exprimir allí mismo.
Que ignorantes podemos llegar a ser. Tantos rodeos para acabar en el toro. Pero pensando, pensando, ¿quién nos dice que esta movilización de la decena de oro no nos va a venir como anillo al dedo? Miren, si es por ayudar, ahora que ya tenemos asimiladas ciertas costumbres, como dar el cartel de la Beneficencia antes de que empiece San Isidro, propongo que sea con toros de José Escolar o Dolores Aguirre para Robleño, Urdiales y David Mora. Casta para un gladiador, para un dominador y para ver si la promesa se decanta para un lado o para el otro. Luego los Cuadri para Castaño, Juan Mora y Morenito de Aranda. Algo de Buendía para Curro Díaz, Urdiales y Fandiño. Vaya, si hasta me estoy animando yo solo. Una de Coquilla para José Tomás, Oliva Soto y Luguillano o Leandro, para ver qué pasa con ellos. Y como fin de fiesta, algo de Graciliano para Gallo, Spínola y Sergio Aguilar y una de Moreno Silva para Valentín Mingo, que ya sabe lo que hacen sudar estos cárdenos, El Payo y Alberto Aguilar. ¿Alguien da más? Pues una de Veragua para alguien dispuesto a dejarlos ver en el caballo, aunque luego la faena sea de diez pases escasos.
Que manera más tonta de ponerse uno como una moto, solo pensando en el toro y en matadores de toros capaces de ponerse delante con dignidad. No son figuras, ni han montado un grupito de torerillos que quieren aparentar pertenecer a la élite del toreo. Estos lo mismo ni saben qué es eso de un toro a contraestilo. Algunos ya han demostrado que como mejor les va es mostrando al toro, dándole todas las ventajas e irle ganado terreno poco a poco, hasta que al final el toro se entrega pidiendo la muerte. Y es que al final, la conclusión que saco es que imprescindible es el toro y se acabó.