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miércoles, 3 de agosto de 2011

Frascuelo, puntual a su cita



La primera vez que vi a Carlos Escolar Martín, Frascuelo, fue en mis tiempos de la andanada del 3, cuando lucía el abono de estudiante, cuando allí arriba nos debíamos juntar casi todos los chavales que acudían a la plaza. Creo recordar incluso que ponía banderillas, aunque ahora, con el paso de los años, es algo que no me atrevo a afirmar con rotundidad, así que si hay alguien que tenga mejor memoria que yo, espero que me lo aclare. Era uno de tantos de los que desfilaban domingo tras domingo por el ruedo de las Ventas y que sorprendían la mirada de un chaval de diecitantos años, los Gabriel de la Casa, Manolo Cortés, Bernadó, El Regio, Sánchez Bejarano, Marismeño, Paco Aguilar, Curro Luque, El Inclusero, el Hencho y tantos otros. Toreros, como Frascuelo que para nosotros no eran nadie, pero que nos enseñaron en muchos casos lo que era el toreo y que no todo eran los matadores punteros que se anunciaban en San Isidro. Puede que esta legión de toreros de la clase media fueran los que ayudaron a cimentar esta afición haciéndonos ir a los toros todos los domingos.

Con el tiempo Frascuelo no solo dejó de ser un desconocido que sorprendía a los ojos de quien estaba abriéndose de verdad a esto de los toros, sino que empezó a convertirse en un torero al que no se podía dejar de ver y en el que había que fijarse en todo lo que hacía y en lo que no hacía. A medida que pasaban los años, esa forma de hacer y de moverse, que un tiempo fueron el “abc” de todos los vestían medias rosas, empezaron a ser el testigo de otras épocas, que había que paladear intensamente, porque empezaban a caer en el olvido.

Frascuelo se convirtió en torero predilecto y mimado por el público de Madrid y todavía hay quien se extraña de que los siesos de las Ventas se rompan las manos a aplaudir en cuanto le ven asomar por la puerta de cuadrillas. ¿Por qué? - se preguntan- si aún no ha hecho nada. Pues nos rompemos las manos por varios motivos, porque recordamos aquella faena televisada en una plaza instalada dentro de un castillo, porque recordamos aquella estocada que hizo rodar al toro antes de que éste pudiera dar dos pasos, por ese toreo a la verónica tan de verdad, por las medias, por todo su toreo clásico y lleno de torería, porque aún se atreve a intentar recoger el toro por bajo al iniciar la faena, por los trincherazos, por la forma de embarcar al burel en la muleta, en definitiva, porque no quiere engañar a nadie.

Pero creo que aún hay algún motivo más, quizás para que todos los taurinos, periodistas, turistas, aficionados de aluvión, expertos en la tauromaquia 2.0, expertos en las hazañas del G7, G 10 y todos los “G” que se nos ocurran, para que todos estos se enteren de que es lo que queremos ver, de lo que esperamos como aficionados a los toros, que estamos hartos de esos torerillos de pitiminí que se creen incomprendidos. Frascuelo, víctima de las empresas, de los manejos de los que mandan en este sórdido mundo, de las cornadas del toro que otros ni saben que existe, no es un incomprendido, no tiene que justificarse con esa sarta de bobadas que otros repiten tarde tras tarde para justificar su ignorancia e inoperancia ante el toro toro.

Por todo esto, y más, Frascuelo es nuestra debilidad, esa debilidad que nos hace debatirnos entre pedir que se retire y desear que no lo haga nunca. Por un lado vemos que el tiempo no pasa en balde, que las facultades ya no responden igual que antes y que el toro al que le enfrentan exige de manera extraordinaria y que al menor descuido le puede mandar a la enfermería; no hace falta mirar demasiado para atrás para recordar la fea cornada de hace unos años. Y al mismo tiempo seguimos esperando esas verónicas rematadas con su media, o verle irse hacia el toro muleta en mano. La lógica diría que ya pasó el tiempo de que Frascuelo se vista de luces, Solo son dos o tres tardes por año, en el mejor de los casos, pero quizás esa misma escasez de contratos vayan en su contra. Resulta muy difícil, por mucha preparación que se tenga, encontrarse en la mejor condición una vez al año.

Quizás ya va siendo hora de que nos hagamos a la idea de que hay que despedirse de Frascuelo, el último de una época que parece que ya no tiene sucesor ni entre los matadores de toros, ni entre los de novillos. Sí es verdad que ha llevado a algún novillero recientemente, pero parece que éste no ha acabado de asimilar esa forma de entender el toreo. ¿Tendremos que resignarnos? Pues parece que sí, que una vez que deje de acudir a su cita de todos los años en el duro agosto de las Ventas, ya no tendremos clasicismo al que agarrarnos, ni torería con la que llenarnos los ojos y si algún joven aficionado nos pregunta que a quién se parecía Frascuelo, ya no sabremos qué contestar. Y esto me pasó a mí en este mismo sitio. Fue una de las preguntas más complicadas que me han hecho, el autor se acordará, sin duda. Pues la respuesta podría ser que Frascuelo es lo más parecido a un torero, quizás porque él es un torero; si alguien quiero hacerse una idea, que vaya este domingo 7 de agosto a los toros en Madrid. ¿Quedará alguna cita más?

martes, 22 de junio de 2010

Frascuelo, un islote en el mar


El domingo 27 de junio Carlos Escolar "Frascuelo" va a hacer el paseíllo en la plaza de Madrid, lo cual en sí mismo ya constituye un acontecimiento. No es algo común que en ésta, y en otras muchas plazas, salte a la arena un torero. Y esa afición antipática, vocinglera, inmisericorde y desinformada como es la de Madrid, seguro que le rendirá su más sincero homenaje; al menos ésa es mi intención. Luego no sé si podremos contemplar su toreo o si los veedores de turno habrán elegido una corrida infame que impida cualquier asomo de arte. La torería estará garantizada.

Frascuelo es ese tipo de torero incomprensible para todos aquellos que basan su felicidad en ver un elevado número de pases, en poder pedir oreja tras oreja al usía y en ser el objetivo de las sonrisas chalaneras de su ídolo postmoderno. Esto evidentemente no es lo que trabaja este torero. Eso sí, si lo que se busca es toreo con el capote o la muleta, lidia, colocación y pureza en las suertes, pues el domingo puede ser el día indicado. Otra cosa es también el que acompañen las facultades físicas.

Aunque parezca mentira, Frascuelo es hijo de una dinastía torera, esa que desde hace años ha sido adoptada por la afición de Madrid. A ella han pertenecido el Inclusero, Sánchez Puerto, Sánchez Bejarano, Pauloba, Pepín Jiménez y, lo que son las cosas, incluso Joaquín Bernadó; y otros que después obtuvieron mayor reconocimiento y cosecharon más éxito, como el mismo Julio Robles o Curro Vázquez. Eran otros tiempos en los que los toreros no rehuían una comprometida visita a la calle de Alcalá, para ganarse un puesto en San Isidro. Y a algunos hasta les salió bien el invento y si no que se lo pregunten a un tal César Rincón aquel año en que saló a hombros tantas veces como hacía el paseíllo en Madrid, pero que antes no dudó en acartelarse al principio de temporada.

Frascuelo es uno de esos casos especiales en el que confluye el reconocimiento del aficionado, la injusticia de los empresarios y la mala suerte de una cogida a destiempo, aunque ninguna viene en buen momento. En él se dan las mismas contrariedades que emanan de la fiesta de los toros. Por un lado no podemos dejar de sucumbir a verle vestido de luces y por otro nos cuesta verle en el ruedo después de tantas temporadas colgadas de los machos de su vestido.

Creo que en el tiempo que llevo de viaje con Toros Grada Seis nunca había hablado de un torero antes de que éste sacara lo que lleva dentro en el ruedo, pero no he querido resistir la tentación, sobre todo para demostrar mi adhesión incondicional a este torero, al toreo de verdad. Igual las cosas no salen como esperamos, pero eso entra dentro de lo que son los toros. Eso sí, la forma de no triunfar de este torero no tiene nada que ver con los fracasos de otros. Este no se trae los torillos que más le apetecen debajo del brazo para acabar haciendo el ridículo, tampoco vendrá acompañado de una flota de autobuses repletos de un paisanaje bien pertrechado de bota, merienda y pañuelos orejeros. Y tampoco se tiene aprendidas esas excusas de que ha estado por encima del toro. Pero aunque no vayamos acompañados de los chicos de la peña el “Bajonazo”, cuando el maestro mire para la grada del seis, donde no tendremos las apreturas de mayo, allí estaré yo aplaudiéndole por mí y por mi amigo Pepe Luis. Éste lo verá por la tele, aguantando las bobadas de los locutores de turno; aunque algo me dice que estas cotorras televisivas van a aprender toda la tauromaquia habida y por haber de aquí al domingo y que juzgarán a este torero con toda la severidad con que no se atreven a hacerlo con esos malos sucedáneos triunfalistas con medias rosas. Le pegarán de la misma forma que las olas sacuden violentamente a un islote en medio del mar.