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lunes, 2 de octubre de 2017

Ahora queda mucho en lo que pensar  


¡Que vienen los toros! Pues que vengan, a ver si es verdad

La feria de Otoño de Madrid, la que en su día se anunció a bombo y platillo que iba a constar de diez festejos, ha echado el cierre después de cinco, más el añadido de la de rejones y el último desafío ganadero, aunque ya puestos, también se podría haber incluido todo lo que se ha dado desde agosto y lo que llegue hasta el Pilar. Ha terminado y la conclusión es que quedan muchas cuestiones sobre las que hay que reflexionar muy seriamente, el bajo nivel del ganado, al que es complicado aplicarle aunque sea un puyazo medianamente razonable; la escasa capacidad de los coletudos, a pesar de los despojos; la nefasta gestión de los palcos; la nula exigencia del público, su poco compromiso con la fiesta y el pretender tomar esto como una juerga, un juego, en el que el fin último es más juerga; la necesidad imperiosa de que el aficionado vuelva, que ocupe el lugar que nunca debió abandonar y en consecuencia mandar a su casa a esos especialistas en meriendas campestres, bocadillos kilométricos e intransigencia a la hora de escuchar otra cosa que no sea el adoctrinamiento del taurinismo oficial del que beben su veneno a borbotones.

Como final se anunciaba la corrida de Adolfo Martín, un octubre más, para Juan bautista que sustituía a Ferrera, y Paco Ureña. Y no se si ustedes lo sabrán, pero se rumorea que si un arenero se da de baja, le sustituirá un francés especialista en castillos de arena; si es un mulillero, un francés que una vez se subió en una calesa; si es un médico, un francés que vive cerca de un consultorio de la Securité Socialité; porque a los aficionados que se han dado de baja, ya les han sustituido otros… Salió el primer Adolfo, corretón, lo que no parecía incomodar a Juan Bautista, que mostró voluntad desde el principio, aunque a veces esta no coincidiera con el sentido común; le llevó al caballo con un airoso galleo con el capote a la espalda, para dejarlo dentro de la raya. El animalito empleo el peto más como apoyo, que como elemento contra el que cargar. Unos delantales solo por el derecho, con la pausa que ofrecía el animal por parte de Paco Ureña, que parecía que no iba a perdonar una. Ya en el último tercio, Juan Baustista le dio distancia, ya tirando del pico, uno hondo de pecho, para continuar por los mismos derroteros, pierna retrasada, en exceso perfilero y en lugar de intentar arreglar lo que el animal tenía por el lado izquierdo, optó por tirar el palo y deleitarnos con esa maravilla de naturales por el derecho sin palo que valga, porque ellos lo valen. Que esta “curiosa costumbre” no es solo de Francia, más bien la han exportado los fenómenos de nuestro suelo patrio. Se sacó el toro a los medios, ya con la de verdad, se cuadro y pretendía recibir a un toro que no mostró asomo ni de bravura, ni de prontitud. Tuvo que optar por el volapié y tras una casi entera atravesada y caída, el de Adolfo salió buscando sin espera la puerta de toriles. 

Su segundo, el de Juan Bautista, que flojeaba “estentóreamente” (J. Gil, sic) de atrás, rehusó ir al caballo desde media distancia, y perdonen la indefinición, pero como ya no nos ponen las rayitas y no hay medidor que nos guíe, uno se pierde. Desde dentro tomó un puyazo en el que le dieron lo suyo, mientras se defendía tirando derrotes como una devanadera, solo con el pitón izquierdo. En la segunda vara ya se repuchaba queriendo quitarse el palo que parecía molestarle. Se lo sacó más allá del tercio por ambos pitones y ahí sí, ese era el sitio. Pico y trapazos desastrados, muletazos apelotonados, que siempre son jaleados por una parte del público, naturales a media altura, como si moviera un telón y a mitad de camino, ¡zas! Desaparece. ¿Nadie les habrá comentado eso de rematar? Continuó lo mismo con una que con otra mano, con el mismo resultado, trapazos ventajistas y despegados, pero sin atisbos de torear. Y ya en el quinto, el primero al que no ovacionaron de salida, que hasta algunos protestaron, aunque tampoco era para partirse la camisa, estaba menos rematadito y no era tan cornalón como los, a veces exagerados, cuatro anteriores. En la primera vara le dieron con empeño, pero el Adolfo tampoco le echaba demasiadas cuentas al castigo. Una segunda vara en la que el pica se quería emplear, pero no tuvo opción, se fue el cárdeno echando mixtos a zonas más calmadas. Juan Bautista comenzó pegando tirones y el toro quería seguir la tela. Cambio de mano y por izquierdo se le comía, mientras el matador hacía lo que podía para quitárselo de encima. Pues probemos por el derecho; lo mismo, que Juan Bautista no podía con aquello, ¿qué hacer? Pues hagamos que no vaya. Y en ese intento de querer hacer malo al animal, se le fue la tarde, evidenciando su incapacidad, que seguro que le vale el que la empresa le repita el mayo próximo. Curiosamente, en el arrastre hubo quién ovacionó al toro, quizá el más claro para la muleta, pero que no solo no quiso nada con el caballo, sino que hasta tuvo el mal gesto de salir de najas escapando del palo. Ahí lo dejo.

Paco Ureña repetía en esta feria de Otoño y con la de Adolfo; un gesto. Recibió a su primero intentando sujetarle por abajo, quedándose cual estatua de sal una vez que el toro pasaba de largo. Acabó recogiéndolo con un a modo de delantales, demasiado encogido y exagerando la nota, Bien colocado en la primera vara, dándole distancia, a lo que el animal respondió arrancándose con cierta alegría, para recibir un picotacito, lo que muchos interpretaron como que se le iba a medir el castigo. Bien, de menos a más. El Adolfo estaba fijo con el caballo, le volvieron a poner en suerte y entonces la arrancada fue con más decisión y más pronta todavía, nuevo picotazo y cuándo ya nos frotábamos las manos para ver en que acababa aquel idilio del toro con el caballo, hubo quién desde el ruedo pidió el cambio. Que no solo nos dejó el señor Ureña con el caramelito de ver un tercer puyazo, este ya apretando, sino que no nos permitió ver realmente al toro y además se lo dejó sin picar. Muletazos por abajo, a veces quitando el trapo antes de tiempo. Comenzó por el lado derecho a base de tirones y abusando del pico de la muleta, siempre muy fuera. Pases sin mando, el animal se le metía por dentro, dejándole en evidencia. Más tirones con la zocata y como parecía que aquello se le podía complicar, pues a tirar de la opción arrimón. Citando muy de frente, pero para seguir con el trapazo, exageradamente despatarrado, citaba, y sin embarcar la embestida, apartaba la muleta de repente. Todo gestos de voluntad y supuesto valor, que no tenían continuación con el toreo. No permitió que se le viera del todo en el primer tercio, pero es quizá tampoco lo viera el matador.

Al cornalón, exagerado, cuarto, le recibió ya con el capote enganchado con capotazos desairados. En el caballo el cárdeno solo se dejaba y apenas amagaba con responder al castigo. Una lidia mala, con capotazos inútiles, que tuvieron continuación con un comienzo trapacero por ambos pitones. Ya por el pitón izquierdo el animal se le puso ligeramente gazapón a lo que Ureña solo respondía acompañando las arrancadas y a veces, hasta a destiempo, no solo no corrigiendo los defectos, sino acrecentándolos. Enganchones, el toro se le revuelve y él solo sabe abrazarse al lomo, sin saber por dónde meterle mano y llegando casi a límites más propios de otros espectáculos taurinos, que lo que se espera de un matador de toros. La cosa no se puede asegurar que mejorara en el sexto que cerraba plaza y feria. A las primeras apreturas, Ureña se dio la vuelta para irle cediendo terreno hacia las afueras. En el caballo, aunque solo por el lado izquierdo, el Adolfo presentó batalla, saliéndose toro y caballo más allá del tercio. Muy encelado con el peto, volvió solo a recibir una segunda vara. Empujaba, plantaba cara y le seguían dando leña, haciéndole la carioca, no fuera a ser que le escapara la presa al del palo, al que hasta se le ovacionó en su retirada, sí señores, un picador que hace la carioca, que no le da ninguna ventaja al toro, que no le da opción de irse, hubo quién le ovacionó. Y es que a veces uno cree que ha perdido la cabeza, que no digo yo que no. Comenzó Paco Ureña entre muchas dudas, mal colocado, muy fuera, ahogando al toro, merodeándole y sin saber por dónde abordar aquello que tenía allí delante. Aburrido, descompuesto, acabó siendo cogido, que como decía uno por allí, se cogió solo. Y a esto solo se le ocurrió responder con el arrimón de turno y poner en práctica lo que le jalearon en su momento, citar de frente, exagerar la colocación, pero no solo se le caía todo al arrancarse el toro, sino que además no era el momento, ni las formas y menos para ligar enganchón tras enganchón, ni para ponerse a cazar muletazos pleno de vulgaridad. Y con una entera traserísima, acabó la feria, que tendrá que hacer pensar a muchos sobre si este es el camino, el triunfalismos, la vulgaridad, la ausencia absoluta de exigencia, el tragar el medio toro, un tercio de la lidia, del espectáculo, soportar las veleidades de un nefasto empresario con aires de mecenas mesiánico y los que consideran que ir a la plaza es ira estar a gusto, tranquilos, a pasarlo bien y disfrutar del puro, el yintonic o el bocata. Y yo que nunca he podido estar a gusto y tranquilo cuándo hay un toro en la plaza. ¡Ay, mi España! Andas de cabeza y nadie te quiere enderezar. Sosiego, que ahora queda mucho en lo que pensar.

Enlace Programa Tendido de Sol del 1 de octubre de 2017:
https://www.ivoox.com/tendido-sol-1-octubre-de-audios-mp3_rf_21200214_1.html

domingo, 1 de octubre de 2017

¡Viva el vino y el melocotón en almíbar!


Si no fuera por algunos banderilleros, no sé a quién iban a entregar su pasión los aficionados

Que no nos falte la fiesta y la alegría, el holgar sin freno y el buen vino que alegra almas, cuerpos y hasta plazas de toros. ¿El melocotón en almíbar? ¿Que qué tiene que ver en todo esto? Pues quizá lo mismo que tiene que ver el toreo con lo que a Perera se le ha premiado con una salida a cuestas o lo mismo que tiene que ver una plaza de toros con rigor, con esto en lo que han convertido el edificio que hay en el metro de Ventas, que está justo enfrente de la boca del metro y que cada vez está más cerca de convertirse en un edificio multiusos para todo, menos para dar toros. Ya me imagino los luminosos de la puerta: Casas Productions presenta, el c… de la Bernarda. Y no se crean, que es fácil que no cambie demasiado el patrón de los espectadores que se deleitarían con este clásico, de los que ahora van a pasar una apacible tarde a la feria de Otoño, por ejemplo, y que se siente molestos e importunados por esos malajes que aún tienen la intención de ver una corrida de toros lidiada por matadores de toros. Mi duda es si estos shows serán retransmitidos en directo por televisión y si serán comentados por el poético Apaolaza o el dicharachero Casas, loando el colorido de las plumas de colores, de la dificultad para confeccionar los tocados de la vedettes o lo difícil que es bajar esa larga escalinata al ritmo de “la pulga”. Y si el señor caballero podrá aguantarse sus ímpetus o si se entregará a jalear las cachas de esas alegres señoritas de pierna larga y ropa corta, que ya puestos, cuánto más casposo, mejor, mucho mejor. Y no me perdería al señor Maxi contándonos la genealogía de las coristas, el proceso de confección de las mallas, medias de rejilla, zapatos de plataforma y las veces que al viejo verde de la tramoya le han cruzado la cara por aprovechado. Y quizá este cuadro me resulte menos penoso de lo que ha sido esta plaza, este público y esa presidencia que ostentaba don Justo Polo, asesorado por Faustino Inchausti “Tinín” y don Manuel Pizarro Díaz. Ya puestos, que se sepa quienes son cómplices necesarios en la violación de la un día respetada Plaza de Madrid. Pero ahora el respeto debido es para el que se viste de luces y a ritmo de trampas y amaneramientos se ciscan en la historia y buen nombre del toreo.

Una corrida del Puerto de San Lorenzo, que en principio no se sabía si seguiría la senda del toro para las figuras o si volvería a lo que salió el año anterior en mayo y otoño. Pues al final se ha quedado entre dos aguas, lo que no quiere decir que no se hubiera podido torear a gusto, en lugar de enjaretarles una retahíla de trapazos mal trazados y aplicarles el repertorio de la excelsa vulgaridad, de la que en esta tarde se han hecho presentes tres de sus más aventajados apóstoles, Miguel Ángel Perera, Juan del Álamo y López Simón. Le salió el primero al señor Perera, muy parado, frío como un témpano. Suelto durante toda la lidia, sin que nadie se decidiera a hacerse con él. Recibió un castigo más que justito, mientras echaba la cara arriba y tiraba derrotes al peto sin descanso. No metían la cara, pero si se le ofrecía el engaño con cierto cuidado y se le hacía seguirlo, hasta parecía obedecer; con lo que algunos se impacientaron de salida, que si por ellos hubiera sido, habrían pedido que se le echara para atrás… por manso. Como se lo digo. Javier Ambel empezó a indicarle el camino y la forma de embestir y el del Puerto, pues se quedó con la copla. Primeros muletazos por el derecho. El animal pedía temple y Perera se lió a dar muletazos de todos los colores, sin abusar del pico tanto como en otros días, pero echándoselo para afuera. La muleta se fue torciendo poco a poco y más cuándo el matador empalmaba, que no ligaba, los trapazos. Por el izquierdo ya demasiado fuera, tanto, que en condiciones normales lo vería cualquier hijo de vecino, pero en la plaza lo que debía haber eran transeúntes, no hijos de vecinos. Tanda recolocándose a cada pase, mejor en la siguiente, toreando, en el mejor de los casos, al hilo, que podría ser admisible si el trazo fuera hacia dentro y hacia atrás, no echándolo allá, para la Guindalera, escondiendo cobardemente la pierna de salida. ¿Y el toro? Ni un mal derrote soltaba. Circulares, invertidos y la muchachada enloquecida, que eso es lo que gusta, siguiendo con un intenso repertorio… de otras latitudes taurinas. Entera caída y perpendicular, tras la cuál el doblón del Puerto escapó a toriles, para allí entregarse a la eternidad. Sonó un aviso previo a dos descabellos y saltó la primera oreja. ¡Qué bueno es Madrid! Perdón, que quedamos en que no había hijos de vecinos, así que, que buenos son los transeúntes.  Siguiendo las reglas del toreo moderno del barón Pierre de Molestién y sus locos seguidores, al cuarto no le echaron cuentas y le dejaron a su aire, sin que nadie le echara un capote al menos para asentarlo un poquito. Ni en suerte le pusieron al caballo, aunque eso tampoco es que sea demasiado importante, porque si al menos hubieran pensado en picarlo, pues aún, pero para lo que le dieron, eso y nada es parejo. Inicio de faena por delante y por detrás, tris, tras, ni toreas, ni torearás. Perera decidió darle distancia al burel, lo que siempre es de agradecer, pero hombre, al menos, no se cebe con el pico de la muleta, entre tanta engañifa, dé uno a modo, aunque solo sea para callarnos la boca. Y entre vivas y más vivas, el personal se iba soltando en su euforia y el beneficiado fue el que allí se andaba, Perera, con una babosita que entraba todo con una boyantía de ponerle una calle con bulevard, plátanos y bancos. Por el izquierdo más pico y largando tela al final de cada muletazo, que lo de rematar atrás es cosa añeja y caduca. El toro ya se quería ir; lo mismo no aguantaba tanta vulgaridad, ni él mismo. Pinchazo caído y entera traserísima y desprendida, soltando el trapo a las pezuñas. ¡Qué! ¿Es que pensaban a estas alturas un mínimo de vergüenza torera? Pero miren que somos ilusos. Otro despojo y al menos le llevaban a la furgoneta a cuestas hasta la calle de Alcalá. Que allá se lo llevarían, sin mirar atrás, sin reparar en las ruinas de lo que queda de la Plaza de Madrid, esa que fue bella, más que una vedette, con donaire, galana, mandona y que ahora por unas monedas puede ser violentada por el primer zampachanclas que se contrate con el señor Casas, don Simón, que valora su gestión no por sus logros, sino por los despojos y Puertas Grandes de otros. Eso sí que es…

Pero los que han acudido a la plaza en esta tarde para el no recuerdo, han vivido un hito histórico: Juan del Álamo no ha cortado una orejita. ¿Es que ya no valen los autobuses? ¿Qué ha hecho este hombre para que los que otrora le aclamaran, le hayan abandonado? O igual les ha despistado que no lucía de blanco y plata. Vayan a saber. Lo que sí que es cierto es que este Juan del Álamo, a pesar de sus maneras, en poco se parecía en disposición al de otros momentos. Salió muy suelto su primero, que empezó tirando tornillazos en las primeras embestidas. Mucho capotazo de recibo y pasito atrás. Poco cuidado en dejar el toro al caballo, que más que ponerlo en suerte, parece que lo están aparcando. Ya en el peto, ni el toro se empleó, ni el de arriba le pegó ni un sello. Comienzo de faena con un trapaceo desparramado por abajo y dando la sensación de que las dudas eran demasiadas en del Álamo, que si por aquí no, por allí tampoco. Latigazos, enganchones y el del Puerto empezaba a hacerse el amo, ¡qué cosas! El animalito se arrastraba desde el primer tercio y al final es quién manda allí. Su segundo, un grandullón, se frenaba y al segundo capotazo, media vuelta y para toriles. Peleó en el caballo por el pitón izquierdo, aunque sin recibir apenas castigo. En el segundo encuentro desmontó al pica y en el tercero, cuándo le quisieron pegar, sin pudor, se fue a escape lejos de todo lo que oliera a peto y palo. Comenzó Juan del Álamo la faena dando distancia al manote grandullón, pero a poco se vio que el toro se le venía arriba y que el matador empezaba a tener dificultades. Se acopló cuánto menos para poder aliviarse con el pico de la muleta y aunque el animal ya acudía a todo lo que se le ofreciera, el espada solo llegaba a trapacear. Por el izquierdo llegaron los enganchones y las carreritas, siempre jaleadas por el efusivo y amable público. Un achuchón, que le avisaba de que a pesar de la nobleza del toro, la cosa se podía poner fea, pero afortunadamente, la cosa no fue a mayores. No hubo despojos, pero no hay que preocuparse, que tal y como va esto, si antes no convierten esto en un club de variedades, habrá despojos para todos.

López Simón completaba el cartel del arte por el arte. Tuvo que despachar un sobrero de Santiago Domecq, por invalidez manifiesta del titular. Capotazos sin sentido, antes de que acudiera al caballo para no picarle, que el animal tampoco quería jaleos, se apoyó en el peto y a esperar. Bien Jesús Arruga con los palos. En los comienzos del trasteo, López Simón quiso iniciar por abajo, pero inmediatamente se entregó al vulgar y soso trapaceo. Colada por el derecho, le quitaba la tela de golpe en cada muletazo. La faena discurrió en un ir y venir de un mulo mientras un señor muy monótono sacudía una tela. El sexto salió corretón, dándose vuelta tras vuelta al ruedo venteño, sin que nadie probara a  evitarlo, Suelto al picador que salía a hacer la puerta, picotazo y adelante con el tour. Picotacito escaso ya en el de tanda y en un nada y menos se montaron la capea, con el toro a su aire, alegre y corretón. Ahora en toriles, ahora me voy, aquí dónde los matadores, hasta que López Simón se entregó al muleteo de pico y pierna atrasada; le dio distancia y más pico y enganchones, aperreado por el pitón izquierdo, tirones, desajuste y de nuevo a la diestra, excesivamente fuera, empalmando pases apelotonados, muy vulgar y aburriendo hasta al aire. Espadazo trasero haciendo guardia, pinchazo y entera traserísima, un defecto que ahora se está generalizando demasiado, quizá por aquello de que hasta el rabo… Pero en este ambiente de euforia y enaltecimiento del mundo, cabía todo, vivas hasta al pueblo de Barajas, tuviera esto que ver con el toreo o con la industria conservera de la huerta, así que no creo que desentone si a mi me sale de ahí el gritar desde mis adentro más hondos ¡Viva el vino y el melocotón en almíbar!

sábado, 30 de septiembre de 2017

Madrid se pone sensible


Decían los antiguos que esos telonazos por alto, efectivos, pero que engañaban al público como a chinos. Pues yo, ni quito, ni pongo rey

Al hablar de la plaza de Madrid y de las gentes que la pueblan, algunos dicen verdaderas barbaridades, como si el granito de Guadarrama ejerciera un poder maléfico sobre los espíritus de aquellos que con cierta frecuencia asientan sus posaderas, vulgo culo, sobre él. Y a ver quién se atreve a rebatir este argumento. Corren leyendas de que si un alma cándida se ubica en ciertas localidades, aunque sean dulces infantes que no llegan a la decena, sufren una metamorfosis tal, que les convierte en verdaderos bichos. Bichos que desarrollan un sexto sentido para ver los toros más chicos que el resto de la plaza, que adivinan el abuso del pico antes que sus compañeros de localidad y hasta se dice que les brota una extraña alergia a orejas regaladas, triunfalismo desmedidos o simplemente a lo de devorar pipas durante la corrida, teniéndose que aguantar las ganas de soltarle un sopapo a esos que tejen esas repelentes alfombras de cáscaras, pipa a pipa. Pero eso son leyendas, aunque también puede ser que haya nombres que sirven de antídoto al purismo venteño tan comentado allende las fronteras de Guadarrama. El Tajo, el Jarama o el Alberche. Baste con que asome en el programa el nombre de tal o cuál banderillero o picador, para que Madrid se deshaga en ovaciones; es lo que los expertos han bautizado como el síndrome de la ovación por programa. Pero esto también se extiende a los matadores, por supuesto. No verán a los guardianes de la plaza entregados a nombres como Fandi, Juli, Padilla, Ponce o tantos otros. Que estos también ponen de su `parte para que así sea y mucho, pero los hay que con los mismos méritos ven a los más severos entregados. Y si no, parémonos a reflexionar sobre nombres como el de paco Ureña. Será que estén deseosos de dar palmas y a unos les da vergüenza el que se les vea entregados según con quién y con otros no solo no les da ningún pudor, sino que además da puntos.

Bonita novillada adelantada la que mandó don Álvaro, el manager general de la factoría de productos taurinos Núñez del Cuvillo. Que no me gusta hablar de pesos, pero hombre, que uno de los productos de aspecto juvenil, más próximo al utrero que al toro, se le viera con exceso de kilos para su caja y que según la tablilla solo aupaba los 505, da una idea del trapío de los seis jumentos que nos llegaron desde el Grullo. Luego capítulo aparte es el juego que han dado. Habrá quién diga que el genio de algunos era casta, pero si esto hubiera sido así, a la cuarta fechoría lidiadora igual habría respondido de otra forma y no con esa tontuna de aguantar trapazos destrazados en abundancia, ni ese dejarles a su aire durante toda la lidia, que luego, en la muleta, jugarán con ilusión al yo te tiro la pelotita y tú me la devuelves. Es verdad que han presentado más inconvenientes de los habituales, pero, ¡hombre! Tampoco les vamos a colgar el cartel de: “No pasar, alimañas sueltas”. Eso sí, a los matadores, tan habituados a lo dulzón, igual les han parecido fieras corruptas venidas del Averno.

Tengo que reconocerles cierto reparo al empezar a relatar la actuación de Ms. Castelá. Quizá, por no faltarles al respeto y no cansarles, debería citar sus actuaciones del último lustro y poner al pie (sic). Quizá lo más novedoso era ese terno chicle Cheiw de fresa ácida y oro, pero poco más. A su primero, el segundo de la tarde, anovilladito él, le recibió con unos capotazos sosos y desangelados, para hacerse a un lado las dos veces que el Cuvillo acudió suelto al caballo para apenas picarlo, hasta que se fue suelto escapando del palo de ese señor de allí arriba. Faena iniciada con telonazos y muletazos a una mano por ambos pitones. Muletazos sobre la derecha con el piquito, enganchones y desde el andén uno, mientras el animalito transitaba por la vía seis de la estación de Atocha. ¡Fuera apreturas! Trapazos cortando el pase, para terminar metido entre los cuernos, pero esta vez faltó el sesudo aplaudidor que se arranca en solitario a nada que le insinúan el arrimón. El otro novillote adelantado que hizo cuarto respondió al recibo de capote revolviéndose sobre el pitón derecho. Mil mantazos antes de acercarlo al caballo, dónde tirando cornadas a la grupa del penco y coces a los que anduvieran por allí, había un señor con un palo, que no atinaba y es que ya me dirán si es necesario que sea tan largo; es más, ¿será necesario llevar estos toros al peto? Segundo arañazo desde dentro del tercio. Estaba el animal corretón y ya en el último tercio seguía las telas allá dónde Ms. Castelá se la ofrecía, lo que pasa es que se la ofrecía con tan poco convencimiento. Le ahogaba la embestida, la muleta muy atravesada y teniendo que recuperar el sitio constantemente. Parecía que el novillito se hacía el amo, que cosas. Un intento de venirse arriba con el repertorio de pases por detrás y latigazos por la cara, pero la cosa estaba perdida. Y disculpen que al final les he contado lo mismo de siempre de Ms. Castelá. Me dejé llevar.

Llegaba Paco Ureña, el torero del pueblo y de don Simón, a su primera comparecencia en esta feria, en sustitución de Antonio Ferrera, el deseado, convaleciente de un percance. Le tocó un novillo entrado en kilos, ese de lo los 505, que no estaba muy dispuesto a tragar capotazos y menos los de pitiminí con que le recibió Ureña. Queda por saber si se le llegó a picar o no en las dos entradas, unos dicen que el palo le tocó el lomo y otros no se atreven a jurarlo. Eso sí, el de don Álvaro hasta se echó una cabezadita en el peto al segundo viaje. La faena la comenzó el murciano sobre la zocata, con muletazos sin bajar la mano, cuidadosos, sin molestar al animal. Demasiado pico, citando más allá del hilo del pitón, sin rematar los muletazos. Intentos de uno en uno y demasiado perfilero, para terminar con ayudados por alto efectivos en el ánimo del personal, echando al Cuvillo para afuera. Mucha sosería, la que ponía el animal, que hasta puede que alguno confundió con el temple que debería haber impuesto el matador, que cerró de soberbio bajonazo, que no impidió que se le pidiera la oreja. Ya ven lo de la leyenda del rigor que desprende la piedra venteña, se demuestra que no tiene ningún fundamento. A su segundo, ya para empezar, lo abandonó en las inmediaciones del caballo. No se le picó apenas, mientras echaba la cara arriba y no cesaba de tirar derrotes a la guata. Comienzo con telonazos enganchados por alto, costándole acoplarse. Quizá se empeñó demasiado el matador en torearle por alto, que era precisamente por dónde el animal ofrecía más complicaciones. Embestidas violentas, arreón tras arreón, cambio al pitón derecho y el novillote seguía igual de bronco, tocándole demasiado la tela, pero en una tanda, sin exquisiteces, logró engancharlo no sin mérito, para rematar por alto, lástima. Citando al hilo, pero eso no desluce el mérito de haber sujetado a aquel malote de la camada. Enganchones por el izquierdo y de repente un natural, muy despatarrado, tirando y mandando, otro más, un tercero, haciéndose con el bicho y el de pecho desairado. Una tanda más, esta más descompuesta que la anterior, cambio de pitón y el recurso del arrimón, el parón y un revolcón innecesario, quizá el afán de la segunda oreja y la salida a hombros, que puede que en esta ocasión haya jugado en su contra, demasiadas prisas y un nuevo bajonazo, entrando a topar con el testuz, saliendo trompicado. Lo que son las cosas, con su primero los afines tiraron de pañuelo, pero en mi opinión, tuvo más mérito todo lo hecho a este quinto, especialmente esos tres naturales, quizá por las complicaciones que se encontró en un toro con aspecto demasiado anovillado.

Abría y cerraba plaza Luis David Adame, que confirmaba doctorado en la plaza de Madrid. Ya de novillero despertó las ilusiones de muchos, pero ahora había que mostrar los progresos realizados desde aquella tarde. De primeras, en el recibo de capote ya se echó de manos aquella quietud que sorprendió en su día. Ni la disposición para poner el toro en suerte, quién recibió escaso castigo, ni el aguantar sin apartarse en un quite por chicuelitas. ¡Ay! Este no es mi Juan, que me lo han cambiado. Parecía que Adame II había aprendido demasiado y no precisamente a hacer toreo por derecho. Inicios de faena por detrás y por delante, banderazos por ambos pitones, parta proseguir con la derecha echándose el toro para afuera, a larga distancia, desaprovechando la alegría del toro yendo y viniendo sin ofrecer exigencia alguna. Mucho más pico por el izquierdo, sin abandonar esos tics modernistas y a veces que recordaban demasiado a lo hecho la tarde anterior por el Adame mayor. Muletazos empalmados, que no ligados, esto es, robando en cada uno el rematarlos. En exceso encimista y repertorio de arrimón y trapazos por dónde le viniera bien; y tal desbarajuste solo podía acabar con un infame bajonazo. Ya transcurrida casi toda la corrida, volvió a aparecer para despachar al sexto. Hasta daba la impresión en este caso, de manejar el capote. El de Cuvillo acudía con cierta alegría al caballo, para no ser picado, incluso yendo desde cierta distancia. Comenzó el trasto de rodillas, pero el toro, muy rebrincado, le puso en problemas y le obligó a ponerse en pie. Tomó la muleta con la zurda, abusando descaradísimamente del pico. Al derecho, citando desde muy fuera, empalmando trapazos, muy vulgar y lo que es peor, que parecía convencido de ello. Trapazos por delante y por detrás, arrimón, bernadinas sin gracia. Habrá que esperar a otra ocasión más propicia.

A pesar de todo, no creo que nadie vaya ahora a poner un pero a Madrid, que ha soportado de todo en una misma tarde, lo primero el que les dieran novillos cuándo habían anunciado toros, la sosería con sorpresa de Ms. Castelá y el que Paco Ureña se haya aprovechado de un animalejo sin fuerzas al que toreo al ritmo en que este se arrastraba, queriendo dar el pego de que aquello era temple. Luego lo mejor vino después, pero ya no pudo haber orejas. Pero nadie podrá negar que a veces, Madrid se pone sensible.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Susto o muerte


Lo del toro y el buen toreo parece ya ser una utopía y o pasamos por el aro o nos querrán meter a costa de lo que sea. Bueno, igual todavía tenemos algo que decir si pasamos o no.

Que complicado resulta a veces elegir entre dos “regalitos”, porque si coges uno, malo, pero si te decides por el otro, peor; vale, pues entonces elijo el primero, pero… ¡Qué susto! Haber elegido muerte. Que te decides a dejarte llevar por las corrientes neotaurinas, esa del ánimo y el desconocimiento, la trampa con gracia, porque esto es lo que hay y no nos queda ni la opción de que la esperanza es lo último que se pierde. Aunque, ¿están ustedes seguro de eso? Y si no, que se lo pregunten a aquellos osados que se fueron llenos de ilusión y con la esperanza de ver una buena tarde de toros y a las primeras de cambio se encontraron con esa enigmática ganadería de Fuente Ymbro. Enigmática porque es una más de la modernidad y hay aficionados que aún confían en ese hierro, eso sí, si el señor Gallardo lo cree conveniente. Ya teníamos el ganado y nos faltaba una terna de lujo, el artista Morenito de Aranda, el poder de Joselito Adame y el valor y disposición de Román y al final resulta que con estos patrones, nos toca un ganado insulso que simplemente se deja y una terna empeñada en zurrarte un repertorio modernito, en el que el toreo de verdad brilla por su ausencia. ¿Y aún hay a quién le quede algo de esperanza? ¡Qué susto! Pues haber cogido muerte.

Morenito de Aranda daba la sensación de que pensaba que el festejo empezaba media hora más tarde, o que quizá, ni empezaría en ningún momento. En los primeros compases con su primero ya se desdibujó, dándose la vuelta con el capote, para ir cediendo terreno, en lugar de ganárselo al toro. Mal picado, si acaso se le castigó algo más en la primera vara, dónde empujó con la cara alta. Capotazos descompuestos, enseñando al animal serpenteándole en la cara. Demasiadas dudas e inseguridad, sin encontrar el sitio con la muleta, intentando dar pases, pero no torear, gazapeo del toro, no encontrar la distancia, ni los terrenos, sin recursos. El cuarto no prometía gran cosa, esperando en los medios, no parecía estar muy por la labor de tomar a gusto los engaños. Empujó con más genio que bravura en la primera vara, con brío, para después irse en busca del que guardaba la puerta, dónde sí que le dieron a gusto. Nadie le recogía, acabándose yendo a refugiar a terrenos de toriles. El toro se iba complicando por momentos y a los defectos de salida había que añadir que estaba muy descompuesto y sin que nadie pareciera capaz de hacerse con él. Muletazos con mucha desconfianza, sin correrle la mano, quitándole la muleta a medio pase y echándoselo hacia afuera para alivio de Morenito, al que se le venía encima citándole por el pitón izquierdo. El animal no daba facilidades, pero es que el matador tampoco estaba para nada y mucho menos para imponerse y dominar al de Fuente Ymbro.

Joselito Adame llegó dispuesto a dar una lección de maestro maduro y con multitud de recursos en su cabeza. Así que a su primero decidió no hacerle demasiado caso de salida y ni tan siquiera se ocupo de ponerlo al caballo, total, ¿para qué? Si tampoco le iban a picar. Como se nota que el azteca conoce bien lo de Fuente Ymbro; el caballo, en pequeñas dosis. En dos visitas al peto, quizá le pegaron medio raspalijón, si acaso, esperemos a ver qué dicen en twitter, que allí uno se entera de todo. La lidia de este segundo consistió en un déjale a su aire, si acaso Adame lo miraba así de soslayo alguna vez y con eso ya se lidiaba solo al animalito. Comenzó el trasteo por el pitón derecho, con un molinete, lo cuál es un buen recurso para encelar al toro y que acudiera con mayor suavidad al primer derechazo, pero si tras un buen recurso lo que viene es una sinfonía de destoreo, de abusar del pico, de torear desde muy lejos y colocado muy fuera, aunque se mantuviera de primeras más o menos erguido, el resultado era que el toreo superficial y un tanto tramposo, hacía que algunos se desesperaran. No se podría decir ni que toreara al hilo del pitón, ya les habría gustado a muchos. Medios pases, latigazos destemplados y echándose el toro para afuera, para cerrar con unos ayudados rodilla en tierra, que eran más apariencia que sustancia. Un bajonazo infame, que no le sonrojó a la hora de darse una vuelta al ruedo por su cuenta y riesgo. En su segundo, el quinto, quizá la cuadrilla se pensó el desaguisado lidiador del primero y se pusieron a sujetar al de Fuente Ymbro, lo que hizo con eficacia Tomás López. Sin picar, primero echaba la cara arriba, para en el segundo puyazo simplemente quedarse bajo el peto. El trasteo de muleta siguió la misma línea de ventajas y trampas para que el toro pasara lejos. Cambió a la zocata y ahí al salir del primer muletazo se iba a tablas, insistió y tras varios enganchones, de nuevo escapaba, para volver al pitón derecho y empezar a cazar muletazos, uno aquí, carreras detrás del toro y otro, otro más, al más puro estilo de capea de pueblo. Nuevo bajonazo y tan satisfecho que se debió quedar Joselito.

Volvía Román a Madrid, una vez más; quizá haya visitado las Ventas este año más veces de luces, que de calle. Y de momento, a algunos solo nos da la sensación de ofrecer solo voluntad, porque mejoras, lo que se dice mejoras, habría que meditarlo mucho. Eso sí, el chaval es simpático y se gana a la parroquia, a la suya, claro. Recibió a su primero con una variada serie de mantazos sin criterio, dejando claro que a él no le importa parar a un toro, ni fijarlo, ni llevarlo bien lidiado, la cosa es que pase. Si tras un puyazo simulado se vuelve al caballo al relance, porque no ha sido capaz de sujetarlo, eso es pecata minuta, naderías. Lo suyo es el trapaceo muleteril, en este primero con un inicio por ambos pitones, largando tela. Citó de lejos para la primera tanda y llegado el toro a jurisdicción le largó un trallazo quitándole la muleta violentamente, lo que en otras tardes ya le supuso el lastimar e imposibilitar a un toro. Eso, cuánto menos, es censurable. Mucho pico, demasiado y en un cambio de mano, tras quedarse al descubierto, el toro hace por él y le arroya, afortunadamente sin consecuencias más graves. Prosiguió con ese toreo periférico, bullidor, pero insustancial, desde muy fuera, con la muleta siempre muy atravesada y sin dar en ningún momento la sensación de que `pudiera aplicar el temple. Unas bernadinas emocionantes precisamente por su falta de capacidad y una estocada casi entera, muy trasera, marca de la casa y soltando la muleta, algo que tampoco es infrecuente. Una oreja. Pues bien, estupendo, incrementará sus estadísticas, pero en lo del toreo seguimos igual. El sexto salió dando poquitas facilidades, emplazado, a ver quién era el guapo que se acercaba por allí. Dos mantazos y no dudó en irse a toriles. Mal tercio de varas, sin un mínimo de cuidado de poner el toro, que no pasó de dejarse, sin más. En el trasteo Román fue fiel a su estilo y continuó con la misma tónica que en su primero, trapazos, pico, muy fuera, muy despegado, mucho trallazo, muñecazos, que no muletazos rematados, apelotonados y quizá si no hubiera fallado con la espada, tras un pinchazo y un sartenazo en mitad del lomo, más los ocho golpes de verduguillo, hasta puede que le hubieran pedido la oreja. Y ustedes me dirán que si andamos en estás, no sabremos que elegir, porque optemos por lo que optemos, siempre salimos perdiendo, así que ustedes decidan si susto o muerte.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Líbrense de los partidarios y sus peligros, que del toro ya les librará el buen toreo


No se trata de volver a aquellos aprendizajes duros, duros de las talanqueras de los pueblos, pero entre el negro y el blanco hay muchos matices y...

Parece ser que a los niños no se les deben dar todos los capricho, ni intentar librarles de todos los peligros del mundo, ni consentir que se encuentren con nadie que les pueda contradecir en lo más mínimo, o eso dicen al menos los pedagogos, pediatras, psicólogos y demás sabios que estudian a la infancia e investigan las maneras idóneas para un óptimo crecimiento de las criaturas que mañana serán adultos y se tendrán que enfrentar al mundo y a sus mundadas. Pero esto no cuenta si a los jovencitos les dejamos enfundarse un vestido de torero; ahí, y perdónenme, no valen teorías de ningún tipo, ya sean de la señora Montesori, del señor Marina o de la Súper Nanny. Al que viste de alamares, todo le está permitido y la crítica más encarnizada que se le debe dedicar es la de “bieeeeejjjnnnn torero, bieeeeejjjnnn”. Y a partir de ahí, todo bueno y si hay que crearle un mundo, un toro, un público, una plaza y un ambiente propicio ad hoc, pues se le crea y si alguien pone pegas, que baje él.

Obviando los resultados del certamen internacional de novilleros que nos montó para los calores madrileños el señor casas, don Simón, nos montó para esta de Otoño un cartel de novilleros que en nada y menos serán ex novilleros y lucirán las galas de doctor en tauromaquia por la Universidad McCag Huen, de Sotoserrano del Soto, más un Carlos Ochoa, que se presentaba en Madrid con caballos y que parece sentirse cómodo en eso de ser amigo, de tal y no como matador de novillos con la ambición de ser en esto del toro. Les buscaron una comodita novillada del Ventorrillo, a excepción de los dos primeros, que en nada ya iban a llegar a toros. Corrida que no ha presentado más complicaciones que las propias que los coletas les provocaban por su escasísima capacidad lidiadora, su nulo conocimiento de la colocación y sus ansias por no meterse en apreturas, incluso a costa de pasarse los novillos por la circunvalación de Sotoserrano del Soto.

A Jesús Enrique Colombo se le ovacionó sus capotazos de recibo al más puro estilo de los peones, con la salvedad de que quizá estos estén más avezados en eso de parar un toro y que ya puestos, para hacer lo mismo y no tan bien, ¿por qué no deja a los peones? Mal y poco picado, mientras el animal evidenciaba una preocupante falta de fuerzas. Tomó el matador los palos y que no se inquiete el Fandi, de momento, a no ser que cambie el motor a Ferrari, no peligra su hegemonía como el rehiletero más rápido al este del Pekos. Lo de ponerlas más a cabeza pasada, para eso igual se necesita foto finísh. Y eso que es en ese momento cuándo parece empezar a sentirse el venezolano. A todo lo más que aspira es a hacer un quite aventando el capote y poco más. Luego, con la muleta, en ambos toros ha desplegado todo su repertorio de toreo moderno, la muleta atravesada y trapazos y más trapazos echándose el toro fuera con el pico de la muleta, pierna de salida retrasadísima, ahogando las embestidas cuándo ya su arte no le da para más y con la notable aportación de tirar lejos de si y empezar a dar muletazos con la derecha o bernadinas al paso del Kasachov, sin pararse quieto al ejecutarlas. No le pidan temple, que les dará enganchones, ni hondura, que responderá con banderazos. Lo único que hay que reconocerle es la forma de tirarse a matar los toros, aunque a veces utilice ese feo truco de soltar la muleta a las pezuñas del toro. Y hasta hubo quienes flamearon pañuelos por él, muy contrariados de que algunos protestaran y de que el usía no sacara el pañuelo, pero no al comprobar sus vulgares manejos de torero efectista y de mal gusto torero. Ni los partidarios, ni la cuadrilla parecen dispuestos a decirle eso de ¡Niño, a ver si nos centramos! Peor para él. Eso sí, en nada toma la alternativa y a lo mejor, hasta nos lo quieren colar como figura. Ya que vamos con la venda en los ojos, hasta sus últimas consecuencias y si el mamporro se lo lleva el chaval, tampoco pasa nada, que es joven y aún está a tiempo de montar un videoclub.

Otro de los que despedía sus galas de novillero de la plaza de Madrid era Leo Valadez, leal a los modos modernos, superficiales, vacuos y llenos de modernidad. Lo mismo le da que su primero flojee descaradamente de remos, como el primero, que no se entregue y dé muestras de mansedumbre, él aplica la lección postmodern a todo lo que le pongan por delante. Pesado hasta la saciedad con un inválido que no se tenía en pie, aburrido hasta ofender con su segundo y siempre abusando del pico, de estirar el brazo para echárselo para fuera, sin tan siquiera amagar el toreo. Acabando en ambos novillos con un deplorable espectáculo navajero al emplear la espada. Quizá sus partidarios, sus fieles, le jalearán las guapuras que crean convenientes, pero esos sablazos en la barriga, esos bajonazos infames, deberías al menos procurar el silencio de esos jaleadores por vocación. Al menos, que haya un momento de dignidad en todo esto.

Y cerraba la terna Carlos Ochoa, con la esperanza de reverdecer los éxitos de aquellas becerradas matinales, pero a veces el destino se tuerce y cuesta enderezarlo. Por sus maneras parece no haber asimilado eso de torear con caballos o sí, pero que lo de poner los novillos al caballo no va con él. Algo muy de moda, de la misma forma que lo está ese trapaceo chabacano, retorcido, tomándolo con la puntita de la tela, echándoselo para afuera y dando muletazos sin ton ni son, mientras el paisanaje se lo jalea y cuando ya parece agotada su “creatividad” pues invertidos y arrimones, que en plazas de postín, como la de Sotoserrano del Soto causa furor. Que si alguien protesta, siempre estarán ahí los más fieles, a los que parece gustarles ver al chaval a merced del novillo, jugándose la cornada estúpidamente ante un animal que ya no daba nada bueno, que tras un revolcón le animan a que siga ahí, sería que les parecía poco el porrazo y barruntaban alguno más, teniendo como aliado a la cuadrilla que en lugar de llevarle la espada de verdad, cuándo el chaval parecía ir a buscarla, aún le empujaban a seguir ahí. Que no, hombre, que no, que esto no es de suicidas y que ese partidismo no puede nunca cegar el buen sentido común y si tan fieles son a este o a cualquier otro torero, no se le puede empujar al abismo. Que esto es muy serio y complicado. Rigor, seriedad y buen juicio, que los chavales aprendan primero y luego les jalearemos lo que haga falta. Pero ya saben, a los toreros que andan por esos ruedos de Dios, líbrense de los partidarios y sus peligros, que del toro ya les librará el buen toreo.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Si no fuera por esas rayas en la arena…


Cuándo aparece el toro, todo sabe mejor


Perdiditos estaríamos los aficionados de Madrid si no llega a ser por esas rayas que la empresa mandó pintar en el ruedo de las Ventas las tres tardes de los desafíos ganaderos. Y es que no hay nada como que te faciliten las cosas. Ustedes me dirán, que si no es por esos fragmentos de radios que nos indicaban el camino a los que estábamos en tendidos, gradas y andanadas, a los señores lidiadores y hasta al mismísimo toro, estaríamos en Bavia. Que no, que de la raya para acá, que si no, no vale. A ver si va a poder ser. ¡Eeeeh! Usted, no me ponga ese caballo tan para allá, ¿no ve que está fuera de las rayas? Que siempre será mejor lo de las rayas,. Que explicar lo de las querencias, contraquerencias, dar los pechos, picar arriba, no picar a la grupa, evitar los marronazos, dar distancia, dar un poquito más de distancia y ponerlo allá en el quinto pino; no, mejor las rayas. ¡Qué bonita costumbre de más allá de nuestras fronteras. Aunque, ¿quién nos dice que las rayas no eran para que los señores de luces se orientaran? Que sin rayas, lo mismo te abandonan el toro en una gasolinera, que te lo meten debajo del peto, que ni tan siquiera se ocupan de ponerlo en suerte o que ni tan siquiera piensan en que existe un primer tercio. Igual ya cayeron en la cuenta de que los tercios son una parte de tres. Que lo mismo se ponían a contar tercios y solo les venía el de la muleta, ni tan siquiera de muerte. Así está este toreo moderno, el adaptado a los tiempos y el que dicen que exigen los públicos con sus nuevos gustos. ¡En fin!

Le salió el primer Escolar a Iván Vicente, que parecía que se le quedaba corto por el pitón izquierdo, lo que no impidió que el madrileño lo dejara bien en el caballo en los dos encuentros, a más distancia en el segundo puyazo y más aún lo puso Luis Bolívar en el tercero. ¡Tres puyazos! ¡Y de manos a más! ¿Estamos locos o qué? Un tercer puyazo que no llegó, se pidió el cambio antes, precedido por dos varas a las que el animal se arrancó al paso, para empujar fijo primero y ya tirando derrotes después. La faena de muleta comenzó aliviándose con el pico de la muleta y el toro queriéndose ir por el hueco que quedaba entre el paño y el bulto. Mucho muletazo y ninguno aprovechando los viajes del toro, cambios de pitón y ahogando ya demasiado las embestidas.

A Luis Bolívar le tocó primero el de Ana Romero, un toro sin excesos, pero con buena presencia, ¿para qué más? Metía bien la cara en los engaños, resultando pegajosito y quizá por eso le dieron los capotazos convenientes, los inconvenientes y los que estaban demás. Le dejaron de lejos, para que él se fuera acercando despacito. Ya a media distancia mostró cierta alegría en su arrancada, para recibir un puyazo trasero, mientras empujaba de lado y apoyado en el peto. De nuevo a mayor distancia para el segundo puyazo, pero nanay, le acercan y flush, que no, tardeaba, escarbaba y hubo que ponerle ya mucho más cercano a la guata. Hay que destacar el toreo a caballo de Ismael Alcón, intentando llamar la atención del cárdeno, que se fijara en él, sin preocuparse de las rayas, para descontento de alguna voz perdida. Luego el animal respondió cómo respondió, pero la intención y el buen toreo sobre el jumento, eso hay que agradecerlo. Notó los palos y a la salida de un par, cuándo Raúl Adrada batía sobre las tablas, de tal topetazo el de doña Ana le estampó contra las personalidades de los burladeros del callejón. Al menos los “infiltrados valieron para amortiguar el trompazo. El trasteo de muleta fue una sucesión de muletazos con la puntita de la tela, atravesada y echando al animal hacia afuera. Muy despegado, haciendo todo sin dar la sensación de tener m,uy en cuenta las maneras del toro.

El segundo de José Escolar, el tercero, parecía que estaba reparado de la vista en los dos primeros empellones contra las tablas, pero la sensación se diluyó de inmediato, simplemente no calculaba el animalito que tiraba derrotes sin medida y echaba las manos por delante. Fue en busca del penco andando, peleando a base de arreones, mientras le tapaban la salida. Tardeaba en el segundo encuentro y tanto, que se dio media vuelta y salió en busca del que guardaba la puerta. Al final casi fue necesario dejarlo debajo del peto, para que cabeceara y se repuchara al notar el palo. No parecía de buena condición y ante esa papeleta, Alberto Aguilar no hizo más que trapacearle sin demasiado sentido, muleta al bies, banderazos y desarmes al irse por el hueco entre hombre y tela. Quizá el toro no estaba para orfebrería deslumbrante, pero él tomó ese camino; sus motivos tendría. Acabó con un mitin con la espada, metisaca, enhebrada, pinchazos, siempre en los blandos, para tomar el descabello sin tan siquiera una media. Igual nunca escuchó eso de que se mata con la espada.

Le tocaba el de Ana Romero a Iván Vicente, en cuarto lugar, un toro que se frenaba y echaba las manos por delante, para pegar un parón al salir del lance. Se le picó trasero y haciéndole la carioca, queriéndose él quitar ese molesto palo que le hacía pupa casi en mitad del lomo. Le puso dándole más distancia en el segundo puyazo, para limitarse el de doña Ana a cumplir, sin más. Iba a comenzar el trasteo, cuándo al maestro le molestó un comentario desde el tendido y no dudó en recriminárselo al espectador. Quizá sería que este pagó su entrada en calderilla y al maestro no le vendría bien que las entradas se paguen en monedas, que luego le pesan los bolsillos; mejor en billetes y si son de los grandes, mejor. Pero es que los espectadores de hoy no tienen esa delicadeza y, ¿cómo no? Hay que hacérselo saber. Paguen con billetes grandes. Tras el cabreo del matador, todos creíamos que se iba a descarar con el de la señora Romero, así como para decir “os váis a enterar”, pero no, no se enteró nadie, ni el mismo Iván Vicente, que se limitó a merodear por los alrededores del toro, mostrándole de vez en cuándo no más que el pico de la muleta y siempre a una distancia prudencial. 

El quinto, de Escolar, que correspondía a Luis Bolívar, parecía desplazarse largo, si le estiraban los brazos. Le puso el espada muy lejos para el primer puyazo. El animal acudió al trotecillo, para dejarse y poquito más. Más cerca para la segunda vara, el mundo al revés o es que uno es así de raro, o puede que también fuera cosa de las rayas. De cualquier manera, el toro tardeaba, se daba la vuelta y al final acudía al caballo, pero sin prisas, al paso, sin agobiarse, aunque para que le propinaran ese picotazo en la paletilla, casi mejor no ir. Le pegaron, pero el Escolar se conoce que era de natural tranquilo y tampoco se inmutó, se dejó y punto. En el último tercio Bolívar se limitó a pretender un toreo vulgar, moderno, sin estrecheces, ventajista, echándoselo para afuera, con enganchones, despreciando aquellas embestidas del animal que se esmeraba en meter la cara en el engaño, a pesar de lo mal que se le presentaba. Su matador se descomponía por momentos, ya fuera por uno o por otro pitón. Cerró con una buena estocada y hasta hubo leve petición, se lo juro que no miento. Y como la cosa iba animada, a pesar de las protestas, el colombiano decidió irse a estirar las piernas alrededor del ruedo; que el caminar es sano y la salud es lo primero, ¿verdad, maestro?

Recibió al sexto Aguilar con un manteo de trámite. Le dejó en la primera vara a media distancia y el de Ana Romero se arrancó como un tren, descabalgando del porrazo al de la mona, teniendo que aguantar el caballo un monosabio, que no fue el mismo que días atrás se empleó a fondo agarrado al rabo del toro y citándole desde la tronera del burladero. Igual aquella juerga le salió cara y en esta ocasión ya se lo pensó mejor, que ya se sabe, las bodas y los coleos, te acaban saliendo por un pico. En el segundo puyazo ya se dejaron de tonterías y pusieron al toro bien cerquita, no fuera a ser que de otro tantarantán pusieran al pica a horcajadas en el Pitulí. Se vengó el piquero y se desquitó del porrazo anterior. Aguilar tomó la muleta y no fue capaz de otra cosa que de dar trapazos de pegar el muñecazo  y evitar que el animal le pasara cerca, a costa de emplearse a fondo con el pico. 

Acabó el tercer desafío, unos comentaban que si había ganado Juan o su hermana, pero al final daba igual, porque el que gana seguro es el aficionado, que sin orejas, indultos, banderillas de colores, despojos o salidas a cuestas, se marchaban contento de la plaza, aunque algunos aún le estaban dando vueltas a esos jeroglíficos pintados sobre el ruedo y que lo mismo ejercían un poderoso influjo lidiador sobre los de luces, vaya usted a saber, que no es el ganado, ni los de luces, ni nada de nada, que la cosa está clara meridiana, que si no fuera por esas rayas en la arena…


Enlace programa Tendido de Sol del 24 de septiembre de 2017: