
Hace mucho tiempo, casi con el inicio del blog, me plantee dar mi visión personal de las diferentes fases de la lidia apoyándome en mis propios dibujos. Y bien por dejarme arrastrar por el día a día de la actualidad taurina, dejándome arrastrar por el dictado de los antitaurinos y sus reivindicaciones animalistas, o por los taurinos y sus reivindicaciones pseudos artísticas, laborales y económicas, o por la inquietud de los aficionados que ven como se desmorona un imperio, evocando una entrada de Juan Medina en “El Escalafón del aficionado”.
Pero hoy voy a continuar aquella serie de interpretaciones que dejé con el natural. Y creo que por orden jerárquico corresponde seguir por el derechazo, pase que día a día se empeñan en desprestigiar las nuevas generaciones de figuras. No es que sea un muletazo menor, ni mucho menos y si lo coloco un escalón por debajo del natural no es por otra cosa que por la superficie de defensa con que cuenta el torero en este caso y que por la misma causa ofrece mayor facilidad para el engaño al ejecutor de esta suerte.
La ejecución de un derechazo coincide básicamente con la del natural. En un primer momento, en el cite, el matador debe ofrecer la tela al toro con la mano derecha y con el estoque montado, plana, lo más horizontal posible, aunque sin excesos artificiales, adelantándosela hacia la cara, con el peso cargado sobre la pierna izquierda y con la derecha dispuesta para ser adelantada en el momento en el que el animal inicie la embestida. En ese instante y cargando la suerte, se obliga al toro a girar en redondo en un trayecto que finaliza cuando el torero lo despide detrás de su cadera con un juego de muñeca que lo coloca para el siguiente pase. Un nuevo pase para el que el matador quedará colocado con un solo paso.


El derechazo, uno de los pases fundamentales en el toreo, en sus orígenes llevaba en línea recta la embestida del toro, para a partir sobre todo de Belmonte, dibujar un círculo en torno al torero, para llegar a la actualidad en que los postmodernos del toreo se empeñan en alargar el viaje, restándole hondura y autenticidad, en parte por la carencia de dominio, verdad y capacidad para llevar toreado al toro. Ahora todo lo que no se ciña a estas líneas rectas y a citar en la pala del pitón, fuera de cacho, se considera suicida y de torero incapaz, por no dar cincuenta o sesenta muletazos. Pero los buenos aficionados seguro que saben que haciendo el toreo de verdad, con la exigencia que le supone al toro, es casi imposible conseguir que éste se mantenga en pie más de los diez minutos reglamentarios. Ese es el fundamento del toreo, poder al toro y prepararlo para la suerte suprema.
Hoy son pocos los buenos artífices del derechazo y rara avis los que lo ejecutan con la espada de verdad, así que nos tendremos que conformar con el recuerdo de El Viti, Curro Vázquez o Manolo Vázquez y su toreo de frente. De los actuales casi prefiero pasarlos por alto y raro es el que decide lucir al toro citándolo de lejos, como aquellas tardes triunfales de Rincón en que se plantaba dándole distancia al toro y esperando como si no le importara nada más que embarcárle en la embestida una y otra vez. O aquel toreo de Julio Robles en que adornaba cada serie con pases de recurso al inicio y al final de cada serie o el mismo Yiyo, que se fue cuando empezaba a cimentar una personalidad aljeda de las escuelas y que se recreaba con el redondo desmayado y muy entregado. Como en tantas ocasiones, siempre la sombra del pasado iluminando la oscuridad del presente.
Pero hoy voy a continuar aquella serie de interpretaciones que dejé con el natural. Y creo que por orden jerárquico corresponde seguir por el derechazo, pase que día a día se empeñan en desprestigiar las nuevas generaciones de figuras. No es que sea un muletazo menor, ni mucho menos y si lo coloco un escalón por debajo del natural no es por otra cosa que por la superficie de defensa con que cuenta el torero en este caso y que por la misma causa ofrece mayor facilidad para el engaño al ejecutor de esta suerte.
La ejecución de un derechazo coincide básicamente con la del natural. En un primer momento, en el cite, el matador debe ofrecer la tela al toro con la mano derecha y con el estoque montado, plana, lo más horizontal posible, aunque sin excesos artificiales, adelantándosela hacia la cara, con el peso cargado sobre la pierna izquierda y con la derecha dispuesta para ser adelantada en el momento en el que el animal inicie la embestida. En ese instante y cargando la suerte, se obliga al toro a girar en redondo en un trayecto que finaliza cuando el torero lo despide detrás de su cadera con un juego de muñeca que lo coloca para el siguiente pase. Un nuevo pase para el que el matador quedará colocado con un solo paso.


El derechazo, uno de los pases fundamentales en el toreo, en sus orígenes llevaba en línea recta la embestida del toro, para a partir sobre todo de Belmonte, dibujar un círculo en torno al torero, para llegar a la actualidad en que los postmodernos del toreo se empeñan en alargar el viaje, restándole hondura y autenticidad, en parte por la carencia de dominio, verdad y capacidad para llevar toreado al toro. Ahora todo lo que no se ciña a estas líneas rectas y a citar en la pala del pitón, fuera de cacho, se considera suicida y de torero incapaz, por no dar cincuenta o sesenta muletazos. Pero los buenos aficionados seguro que saben que haciendo el toreo de verdad, con la exigencia que le supone al toro, es casi imposible conseguir que éste se mantenga en pie más de los diez minutos reglamentarios. Ese es el fundamento del toreo, poder al toro y prepararlo para la suerte suprema.

Hoy son pocos los buenos artífices del derechazo y rara avis los que lo ejecutan con la espada de verdad, así que nos tendremos que conformar con el recuerdo de El Viti, Curro Vázquez o Manolo Vázquez y su toreo de frente. De los actuales casi prefiero pasarlos por alto y raro es el que decide lucir al toro citándolo de lejos, como aquellas tardes triunfales de Rincón en que se plantaba dándole distancia al toro y esperando como si no le importara nada más que embarcárle en la embestida una y otra vez. O aquel toreo de Julio Robles en que adornaba cada serie con pases de recurso al inicio y al final de cada serie o el mismo Yiyo, que se fue cuando empezaba a cimentar una personalidad aljeda de las escuelas y que se recreaba con el redondo desmayado y muy entregado. Como en tantas ocasiones, siempre la sombra del pasado iluminando la oscuridad del presente.









Este tercio, el de banderillas, que algunos matadores banderilleros desprecian, aunque pueda parecer una incoherencia, resulta decisivo para el matador, a quien se le revelan las condiciones en que queda el toro ante la faena de muleta. Pero como decía, los jóvenes maestros no deben tenerlo muy en cuenta a juzgar por la forma en que lo desarrollan. En primer lugar parece ya instaurado el par por un solo pitón, el derecho generalmente, y el desprecio de los terrenos para ejecutar la suerte dependiendo de las condiciones del toro. Lo habitual es que se especialicen en dos o tres tipos de pares y que se los enjareten a cualquier toro: a la carrera cuarteando, a la carrera después de subirse al estribo y bajarse de él sin ningún sentido y sin darle ventajas que se suponen al toro, que no se ha enterado de eso del estribo, o si las palmas no echan humo antes del tercer par, pues éste se pone o al quiebro o por los adentros o ambas cosas a un tiempo. Además a esto hay que añadir siempre muchas carreras, las aportaciones propias del matador, violines incluidos, y no cuadrar nunca delante de la cara del toro.





































