
Gracias a este estupendo medio que es Internet, he podido escuchar la opinión del ganadero de Javier Pérez Tabernero, Javier Clemares y el tipo de toro que quiere criar, para el tipo de fiesta que quiere hacer perdurar. Por un lado no entiendo nada, por otro ya lo comprendo todo y por otro estoy profundamente decepcionado. ¿Qué nos queda si un señor ganadero dice lo que sigue?: “Quiero que el torero cuando vaya a la plaza disfrute, no que pase miedo”. Pero, ¿es que se quiere suavizar todo tanto que pretendemos que los toreros se conviertan no en matadores de toros sino en acaparadores de palmas, vítores y parabienes?
Pero el señor Clemares de los Pérez Tabernero de toda la vida, no cree que ese sea su límite del absurdo y añade: “Me da gusto el toro que se desplaza, que tiene quince o veinte muletazos humillando, desplazándose y el torero goza, que ni se entera que esta allí, y aquello se pone boca abajo”. Y se queda tan pancho.
¿Y qué quiere decir esto? Pues sencillamente lo que dice, que esto es un negocio en el que se trasladado el eje de rotación del toro a cualquier otra cosa, el torero, el empresario, los veedores, la prensa o cualquiera que pase por allí, excepto el verdadero protagonista: el toro.
Así se entiende eso que también dice sobre las corridas toristas, de las que no es nada partidario. A saber que entiende por corridas toristas. Si por ello entiende las corridas en las que el toro enorme, descastado, y que no embiste sino que, en el mejor de los casos, topa, pues seguramente que a nadie le gustarán, pero si la corrida de torista es del tipo de los Palha que se lidiaron este San Isidro pasado, pues creo que no hay color.
Este señor no quiere el toro encastado, bravo o manso, noble o con genio, al que hay que poder dándole su lidia, picándole, y sometiéndole hasta que acabe entregándose al matador. Es en ese momento cuando el hombre ha podido al animal y lo corona con una estocada en todo lo alto. Entonces si que “aquello se pone boca abajo”. Esa si es la fiesta de los toros, o por lo menos lo era hasta hace unos años y lo es para unos cuantos que nos negamos a aceptar esa pamema en que la quieren convertir esta panda de “taurinos antitaurinos”, porque estos son los verdaderos antitaurinos y los que acabarán con este espectáculo.
Y lo peor es que el señor Clemares no se muere de la vergüenza después de echar tanta estupidez por su boca, y no se muere porque probablemente será la voz de otros muchos que piensan y actúan como él. A ver si nos enteramos de una vez que cada arte es como es y ni puede ni debe usurpar la personalidad de otras, por mucho que nos gusten. No podemos pretender que los toros sea un espectáculo musical porque el toro salga al toque de clarín o porque la banda municipal nos amenice durante la faena de muleta; tampoco podemos pretender que sea un espectáculo pictórico porque las lías del tercio vayan pintadas o porque se pinte en el ruedo el escudo de la localidad cuando la corrida es extraordinaria; pero lo que tampoco podemos es pretender que los toros sean un ballet, por el simple hecho de que un señor vestido de colorines empiece a poner posturitas y a contonearse como Josephine Baker con su taparrabos de plátanos. Los toros es un arte lleno de estética, que inspira a músicos, pintores, poetas y hasta bailarines, pero en el que la emoción que provoca el juego de la vida y la muerte no puede cambiarse por ningún sucedáneo. Nada tendría sentido, ni el toreo, ni las ferias, ni la fiesta y a lo mejor ni la propia cría del ganado bravo. Entonces sí que sería un abuso. Si se cría un animal sin peligro, sólo para que sea testigo de las cucamonas de un torero, que además no se entera que el de las patas negras está ahí, entonces nada de esto tendría sentido. Entonces sería mejor que esto tocara a su fin y que los que lo vivimos ahora como algo más grande que una simple afición, nos quedáramos con el recuerdo de una pasión creada en torno a un animal único al que se enfrentaban unos seres especiales oponiendo arte y conocimientos a la casta y a la bravura. Pues nada, señor Clemares, siga tan feliz socavando los principios de la fiesta de los toros, pero ¡ojo! Igual entre tanta felicidad no se entera de que se está quedando sin negocio y con cara de tonto.