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martes, 31 de octubre de 2023

Esto no va de toristas y toreristas

 

Sin el uno no y el otro no es posible la corrida de toros, el rito de los toros, pero quien no puede faltar jamás, es el toro. Este es el que justifica todo.

Que gran afán el del ser humano, uy más si es español, de querer etiquetarlo todo, que si eres de esto o de lo otro, que si de tortilla con cebolla o sin cebolla, que si de vino o de cerveza, que si coche o tren, que si de botas o chanclas… yo soy de botas; y en esto de los toros, que si eres torista o torerista. Y pobre de ti como te dejes llevar por el primer impulso, que te declares de uno o de otro y el que esté enfrente sea del opuesto; a ver como recuperas esa amistad de años, que se rompe por un detalle como este. Que ciertamente no alcanzo a entender cómo se puede ser de una parte que integra un todo y no de ese todo. Yo soy de la parte izquierda de Charlize Theron, el brazo y pierna derechos es que no me dice nada. Que soy de la primera media hora de las pelis y luego, el resto, para Almodóvar. O eso de que vas a la plaza solo a ver el toro, que uno va a ver el toro, por supuesto, pero el toro y el resto. Que yo no voy al fútbol a ver solo al portero y al lateral izquierdo, ni voy a un restaurante para degustar la guarnición, dejando a un lado el resto, ni veo una carrera de Fórmula 1, por la tele, claro, para fijarme solo en los neumáticos. Pues en las corridas de toros me pasa igual, me interesa todo, el toro, el torero, los caballos picar, el presidente, los monosabios, hasta el que pinta las rayas. Eso sí, que nadie se me confunda, si no hay toro, el resto poca importancia tiene. Lo que hace el torero me pierde valor, lo que hacen picadores y peones me parece que no tiene sentido, nunca me olvido del toro, que es el que más me hace saltar de mi asiento. Porque si no hay toro, el resto me parece un ballet, un ejercicio pseudogimnástico, una representación con un cierto toque estrafalario.

Quizá todo esto es porque yo entiendo el toreo, el rito de los toros, como un todo que no puede fraccionarse según convenga. No entiendo que un señor ponga poses y zarandee una tela si el animal apenas logra sujetarse en pie. No entiendo esto si se simula el primer tercio, ni que el segundo sea un mero trámite antes de las posturas galanas del señor de la muleta. De la misma forma que no entiendo que todo se circunscriba a una faena de muleta y que se culmine con una cuchillada traicionera. Y esto, ¿es ser torista o torerista? Pues bastante he tenido, y tengo, durante toda mi vida por intentar entender esto y hacer el camino para intentar ser aficionado, como para que a mitad de camino tenga que decidirme por escoger solo una parte de algo tan grande. Aunque no se crean, que cuando sale el toro, si delante no hay toreros, y por toreros entiendo los que tengan valor, cabeza y condiciones para poner en práctica el toreo, en este caso también me falta esa parte importante del rito. Y además, tengo que reconocer que siento frustración, porque que aparezca un toro en la arena y que los que se enfrenten a él a lo más que lleguen es simplemente a estar, pues es un tanto desilusionante. Con lo caros que se venden los toros íntegros y que solo podamos ver a alguien pegando respingos, pues no resulta muy satisfactorio. Yo no quiero renunciar a nada, ni al toro, ni al torero, por supuesto, aunque si falta el primero, me sobra el segundo, me sobra todo, porque no está el eje de todo esto. Y no hay ni orejas, ni copas, ni charlas con amigos, ni fanfarria victoriosa que pueda cubrir la ausencia del toro. Que ustedes, o quién quiera, podrán seguir en ese dilema de toros o toreros, forzándose a si mismos a elegir dónde no cabe elección posible. Que los habrá que utilicen el término torista para tirárselo a la cara a los que no entiendan el mundo tal y como ellos lo conciben. Que te espetan lo de torista como si te dijeran que eres un carnicero sin alma que solo quieres ver a los toreros despanzurrados en la arena con las tripas fuera. Que hasta locutores de televisión se atreven a semejante barbaridad. Que no es que haya que echarles mucha cuenta a esa gente, porque lo primero que dejan ver a las claras es que no se han parado un segundo a entender cuál es el fundamento, los cimientos de estos que llamamos los Toros. Y quizá hasta puede ser una pérdida de tiempo y un derroche inútil de energías el hacerles ver que esto no va de toristas y toreristas.

Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

 

domingo, 5 de mayo de 2013

El toro hasta te convierte en torerista

Nadie se podía resistir a ser torerista con Rafaé


Estaba repasando lo que se escribe por aquí y me encuentro con una entrada sobre los toristas y días más tarde con otra sobre los toreristas, el autor I. J. del Pino, “El Monosabio”, suficiente garantía para pensar que esas líneas tienen sustancia. Y efectivamente, tiene la virtud de escribir cuatro líneas y dejarte pensando y dándole vueltas a lo leído. Luego uno se pone a ver un vídeo de la corrida de Miura de este abril en Sevilla y para concluir, el día de la sublevación contra las tropas napoleónicas, uno decidió pasar la tarde en los Toros, en Las Ventas, a pesar de que todo el mundo iba vestido muy raro, goyesco lo llaman. Unas señoras y señores subidos en unos bonitos carruajes, que por la edad, seguro que estuvieron el 2 de Mayo de 1808 tirando tiestos a los gabachos desde los balcones.

Pero volvamos a lo de toristas y toreristas. Lo de torista, aparte de ser el más grave insulto que los afiliados a la Tauromaquia 2.0 dedican a los que no son de su fe, también es aquella persona aficionada a los Toros, que consideran que el toro es el eje, el principio y el fundamento sobre el que se construye este magnífico galimatías de la Fiesta. Es el que decide quien puede ponerse delante de él, el que hace la selección de entre los muchos candidatos, el que divide entre matadores y peones, y de entre ambos grupos, quienes son verdaderos maestros y quienes aprendices o simple relleno para hacer bulto. El toro no conoce a nadie, no sabe de amistades, de preferencias, de gustos de los públicos, ni de tíos simpáticos que caen bien al personal, el toro es el que exige y al que hay que conocer, respetar, amar y ganar en el ruedo.

¡Qué barbaridad! ¿Cómo puede alguien decir esas cosas y quedarse tan tranquilo? Pues creo que cualquier aficionado que sienta un mínimo de emoción por eso del toreo. Los que no sean capaces de experimentar esas sensaciones, simplemente se quedan en público torerista, clavelero, festivo, advenedizos, taurinos o transeúntes y que cada uno se acomode dónde mejor crea. Pero, ¿y si les digo que todos, absolutamente todos somos toreristas? Pues es fácil que piensen que me estoy trabajando alguna amistad del mundo del toro. Pero no, no me aceptarían, uno es demasiado seco, no le sale eso del ¡bieeeeejnnnn!, ni se haya con el güisqui en la mano, ni se puede permitir una bandeja de pasteles y canapés toso los días de toros, que si no, igual me iba yo a arrastrar por las barras de los bares del desolladero de Las Ventas, hasta conseguir que algún personaje me diera una palmadita en el hombro.

Y otra vez me he vuelto a ir por los cerros de Úbeda. Regreso al mundo y me explico en eso de los toreristas. Como ya he dicho, uno se fue a ver los mulos de los señores Lozano y a Antonio Ferrera, torero con un concepto de toreo alejadísimo de lo que uno considera clásico, a Morenito de Aranda, fino elegante y al que gusta ver, a pesar de aquel novillote feo de Domínguez Camacho, y a Alberto Aguilar, al que uno esperaba ver en condiciones desde aquel triunfo en Valencia con los Victorinos. Las previsiones auguraban una tarde de tedio y somnolencia. Un ganado infame, cada uno de su padre y de su madre, un comportamiento, aparte de manso, más propio de bueyes para arrastrar bloques de piedras, que para empujar en un peto. Un tercero con una lámina infame, entre burro, mula, buey y nutria del Amazonas, un primero con cierto tipo Núñez y otros que vaya usted a saber. No puede decir que los matadores practicaran un toreo artista y de altas cotas artísticas, pero los tres hicieron que la plaza se convirtiera en torerista. Orejas aparte, que uno no pidió, que nunca concedería, pero que tampoco creyó justo protestar.

¿Cuándo se produjo la metamorfosis? Pues muy sencillo, en el momento en que uno se da cuenta que el señor de luces, de goyesco en este caso, estaban entregados en la pelea, cediendo incluso al toro la decisión de los terrenos en los que ambos debían litigar. Cuando hay peligro, emoción y vergüenza torera, el nivel de exigencia artística es notoriamente menor, porque en esos momentos lo que cuenta es que un señor se está jugando algo muy serio y con toda conciencia de ello. Que no quiere decir esto que se permita el truco, la trampa, el ventajismo y demás modos imperantes en la actualidad. Ni mucho menos creo que se deba permitir el bajonazo o estocada defectuosa y por todo esto es preciso valorar lo hecho con verdad. Puede que esto fuera a lo que los aficionados de antaño se referían al decir que en los toros uno nunca se aburría. Bastante supone el ver como un señor vestido de torero resuelve los problemas que plantea el toro y como solventa la situación sin ser levantado por los aires.

No hay tampoco que confundir las cosas, esto no significa que el público tenga que entregarse en medio del éxtasis. Eso es otra cosa. Eso se produce cuando sale el toro y el señor de la coleta, aparte de poder y dominar a ese animal, además es capaz de crear arte, que nada tiene que ver con el poner posturas. El aficionado empieza siendo torista, vibra cuando se arranca al caballo desde lejos, cuando mete los riñones y empuja al sentir el palo punzante sobre el morrillo. Cuando sabiendo lo que dan allí vuelve una y otra vez, cada vez más lejos, con alegría y prontitud, buscando la pelea. ¿Quién no es torista al extremo en esos momentos? Pues no sé, pero alguien habrá. Un ciclón indomable ante el que se planta un torero con una tela en la mano y empieza a modelar toda esa fuerza, esa bravura y esa violencia, hasta convertir aquello en arte, arte efímero que dura lo que el toro tarda en pasar, pero que se graba por los siglos de los siglos en el libro del aficionado a los toros. El toro ha obrado otro milagro por él mismo, ha propiciado que el torero alcance la gloria, precisamente oponiendo esa resistencia a dejarse dominar, encumbra al artista a la gloria. El respeto ya lo tenía ganado al ofrecer su cuerpo a la bestia, pero ahora además se ha adueñado de la admiración y casi idolatría de los que han asistido a tal acontecimiento. Los toristas, que han intentado ver, entender y vislumbrar las condiciones del toro, que han valorado las dificultades que presentaba, se entregan al torero. ¡Qué cosas! Se pasa del blanco al negro en segundos, los de un bando se pasan al de enfrente, pero sin abandonar el de origen. ¿Cómo es eso posible? Muy fácil señores, esto es otro mundo, este es el mundo del toro y aquí todo es posible, la contradicción se convierte en un elemento imprescindible e inexplicable, pero sin ella todo esto tiene muy poco sentido. Se cría al toro con mimo, para llevarlo a morir a la plaza, se adora al animal para acabar entregándose al que celebra el sacrificio, se lucha con la muerte para sentir más intensamente la vida. Y es que esto es la Fiesta de los Toros, una contradicción permanente, pero en la que, por mucho que algunos se empeñen, el toro es el que manda, es el que permite y propicia esa mutación de ser torista y convertirse en torerista, pero sin dejar de ser lo primero. ¿Alguien lo entiende? Igual no, pero es que esto es puro sentimiento y eso, eso no admite razonamientos.