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| No solo faltan dibujantes, tampoco están otras personas que han pagado con su vida el odio y el fanatismo de unos bárbaros |
Lamentablemente en estos días nos hemos encontrado con un
terrible ataque a la libertad de expresión, a los derechos humanos y hasta a la
misma condición humana. No voy a entrar en los hechos de sobra conocidos, ni en
el desenlace, ni tan siquiera valoraré la tragedia. Hay cosas sobre las que es
muy difícil hablar con razonamientos lógicos, es imposible, pues todo se reduce
a barbarie, salvajismo y la negación absoluta del otro, y me atrevería a decir
que de uno mismo; y esto hoy en día no tiene ni medio pase. Quizá en la Edad
Media o antes, alguien podía entender al ser humano como una propiedad, como
una mercancía o, a veces, en el mejor de los casos, como nada. Se ha hablado
con insistencia y frecuentemente con cinismo, de la “Libertad de expresión”, un
concepto que a priori es aceptado y ensalzado por todo el mundo, pero que en la
práctica ya deja ver demasiadas carencias. Tal y como muchos entienden esta
idea es que un sujeto puede decir lo que se le pase por la cabeza, cuando le venga
bien, pero siempre y cuando los demás estén de acuerdo con sus pensamientos. En
caso contrario ya estamos en eso de “me faltan al respeto” o “eso no me lo
dices en la cara y en la calle”.
Como suele ser habitual, el mundo del toro transita por los
mismos caminos que la sociedad, aunque ni mucho menos puede ni tan siquiera
pensarse en comparación alguna con esa monstruosidad que supone el quitarle la
vida a un ser humano. No voy yo ahora a subirme al carro y utilizar el crimen
como coartada para ir a favor de obra. No me lo perdonaría jamás. Pero sí es
verdad que en esto de los toros también existen los aspirantes a calla bocas
profesionales, los que no admiten nada que se salga de la doctrina oficialista,
ni que moleste al poder, ni a los que este decide que son los que deben mandar
aparentemente en la Fiesta. Se tiene libertad de expresión cuando se está de
acuerdo con la mayoría, en caso contrario, son ganas de fastidiar, de reventar
y lo mejor es irte a tu casa, o a algún sitio peor. Es más, si tu libertad de
expresión no coincide con esa mayoría, se te niega toda capacidad intelectual y
de criterio para poder emitir un juicio, subjetivo, por supuesto. Se niega la
facultad de opinar con argumentos varios que si no te has puesto, que si el que
está ahí abajo sabe mejor que nadie lo que hay que hacer, sin pensar en que el
espectador tiene sus gustos y preferencias y ya pueden estarle dando oro
molido, que si no le gusta, no le gusta y punto.
Esa imposición del momento para opinar y de la forma, que no
es que te censuren, es que hay que obedecer las normas que dictan las buenas
maneras, esas que por otro lado muchas veces parecen ideadas por el malo de un
tebeo de Mortadelo y Filemón, que por una mente que trabaje por la paz social.
Esa paz social, que como la libertad de expresión, cada uno entiende a su
manera. Que una cosa puede ser actuar con los límites a la persona y a lo que
esta es y otra es tener que tragarte sapo tras sapo para que el susodicho, o su
casta, vivan cómodamente la posición de privilegio que a otros se les niega. Y
dirán que qué tiene que ver esto en el toro, en la vida y con sucesos tan
terribles como los de Francia en estos días pasados. Pues desde mi punto de
vista, estas pequeñas represiones, este cotidiano no dejar hacer o no dejar
hablar, van conformando un clima de intransigencia, fanatismo y represión que
no ayudan en nada a la convivencia. Por no ayudar, no ayuda tan siquiera ni a
la mejora del mundo, de nuestra sociedad y mucho menos a la de la Fiesta de los
Toros, que es en definitiva de lo que nos ocupamos en este espacio, aunque a
veces, confieso que resulta muy difícil no dejarse influir por el mundo que nos
rodea, especialmente cuando el crimen, la barbarie y la intolerancia se hacen
presentes de una forma tan violenta y sin razón.
