Por alto también se podía a los toros.
El 13 de Agosto, como todos los años, se abre hueco Ignacio Sánchez Mejías, el torero que removió España y que no se sabe dónde podría haber llegado, si no se le hubiese cruzado aquella tarde de Manzanares. Y quizás en el ámbito taurino era en lo que podía estar más limitado, aunque decir de él que estaba limitado en algo resulta un poco estúpido; y utilizo el término limitado porque tanto en el arte, la literatura, el deporte y Dios sabe en que más, tenía tanto por hacer.
El polizón en busca de ser torero, el que según se decía se vistió de luces para poder casarse con la hermana de Joselito el Gallo, quien dice la leyenda que aseguraba ésta solo se casaría con un torero. El que sujetó la muerte en el rostro de José para que se hiciera universal esta imagen recogida a lápiz sobre un papel, mientras Ignacio lloraba al amigo. El mismo que un día, según se dice, en Pontevedra, mientras se preparaba para ir a la plaza, le soltó a José María de Cossío que se marchaba de los toros; como argumento de fuerza esgrimía que un señor serio y de su edad no podía salir en público con esas medias rosas. Seguro que algunas de estas historias viajan entre la verdad y la leyenda, pero a mí la verdad que eso me importa muy poco, me quedo con la imagen de un genio que era capaz de todo esto y más. Tan genial, tan arrojado, pero que se fue a buscar la muerte a Madrid, por temor a las enfermerías de las plazas de los pueblos.
Probablemente ya no queda casi nadie que lo viera de luces ante el toro, muy pocos, unos cuantos privilegiados, pero sí que se mantiene la admiración y el respeto a una forma de vida, a un torero y a su forma de entender esta locura que son los toros. Un señorito acomodado de Sevilla que se tiró a los ruedos para uno más de la Edad de Oro del Toreo y no un simple espectador. Él también entró en la leyenda del toreo, justo a las cinco de la tarde.
Pero será esta fecha el día en que los ángeles bajan a la tierra y eligen a uno de los mejores para prepararlo para llevárselo al cielo, lo cierto es que un 13 de Agosto, en Beziers, Julio Robles emprendió el camino de su particular tormento. Uno de los toreros más puros, más clásicos y más perfectos de los últimos años. Tan perfecto toreaba, que a veces no llegaba al público con la intensidad esperada. Famoso por su capote, pero que toreaba con la muleta como los ángeles.
En sus inicios de novillero se le emparejó con su paisano el Capea, aunque luego llevaron carreras muy diferentes. Sería porque el toreo de Robles no admitía las 100 tardes por temporada. Yo especialmente recuerdo sus “piques” en quites. Una tarde con Ortega Cano, quien se entregó y encandiló a la plaza de Madrid con su capote, pero que inmediatamente encontraba la respuesta del de Salamanca, que repetía el mismo del cartagenero, pero con su sello. La comparación era odiosa. A uno se le agradecía la voluntad, su infinita voluntad, y al otro su toreo.
Fueron muchas las tardes que le pude ver en Madrid y lo mismo podía ser en San Isidro, que en la feria de Otoño, que en las corridas de marzo o abril. Era cuando había figuras que no volvían la cara a hacer el paseíllo en las Ventas. Pero no me voy a poner a ver ahora lo que se hacía antes y ahora, ya me cansa. Además creo que el momento que vivimos no admite ninguna comparación con nada pasado.
Seguro que uno se maravillaría con el toreo del otro y el otro se estremecería con el del uno, y que cada uno coloque los nombres en el orden que prefiera. Ignacio y Robles, dos toreros que cada uno a su manera, siguen alimentando mi afición por los toros. Y quizás su grandeza sea tanta que aún pueden hacerme luchar contra la apatía que me provoca la vulgaridad de la tauromaquia 2.0. Va por ellos.

