lunes, 17 de agosto de 2009

El bueno, el feo y el malo


O quizás habría que decir mejor: el regreso de un viejo conocido, la vuelta de un conocido del que acabamos de saber si quería ser nuestro amigo y la puesta de largo de un chiquito con un nombre lleno de esperanzas. No se puede decir que el aficionado que se acercó a la calle de Alcalá esperara ver la corrida del año, pero sí es verdad que esperaba algo. Esperábamos y encontramos a un Juan Mora maduro, sereno, más hecho, con ese no sé qué que suelen dar los años. Lástima que, con ese gusto y ese arte que siempre ha tenido, haya dejado marchar tantas oportunidades y tantos toros a lo largo de su carrera, en la que tuvo momentos de no demasiada lucidez. Aún recuerdo cuando se vio anunciado cuatro tardes en San Isidro y después de la primera no se le ocurrió otra cosa que decir por la tele que el público de Madrid era tonto. ¡Para qué más! Él solito convirtió la que podía haber sido su feria en un auténtico camino de espinas. Una y otra vez los “tontos” le estuvieron respondiendo con la misma moneda, enseñándole para quién debería estar montado este espectáculo, que no es una función sólo para “ellos”, los profesionales y los demás a callar. Pero como Juan Mora siempre ha sido torero pidió perdón y los mismos “tontos” se lo aceptaron. Esos mismos “tontos” que, aunque algo más viejos, le recibieron con una cerrada y cariñosísima ovación en su vuelta a Madrid, conscientes del camino que ha tenido que andar, de la estrepitosa cornada que le tuvo más para allá que para acá, del golpe muy reciente de la pérdida de su padre y de las injusticias que ha tenido que aguantar a lo largo de su carrera. Especialmente si se le compara con otros “fenómenos” que sí que han hecho fortuna en esto de los toros y que incluso ahora se les tilda de “maestros” o “figuras”.

No tuvo suerte Juan Mora con el ganado, bueno ni Juan Mora, ni nadie, incluidos los que nos sentamos en la ardiente piedra de Madrid, y juro que en esta expresión no hay nada de retórica. El ganado flojo como él solo, no aguantaba ni una simple regañina en el caballo, ni que se le amagara con bajarle un poquito la mano, y nos tuvimos que conformar con ver un poco del capote del extremeño, con conatos de arte cuando el lance era para los adentros, porque para los medios no quería saber nada de nada, y con ver como un torero daba por concluida la faena, montaba la espada y se tiraba a matar, evitándonos la horrorosa y habitual imagen del matador dándose un paseíto hasta las tablas para cambiar la espada de “mentira” por la de “verdad”.

El segundo que venía y que no sabíamos si era galgo o podenco era José Luís Moreno, el cordobés que unas veces parece que quiere ser amigo del aficionado y otras te pega un tartazo en toda la jeta, y además se queda a mirar para verte la cara. No es que tuviera como el mismísimo Paquiro porque le costó ver que el pitón del toro era el izquierdo. Hasta entonces hubo mucho paso atrás, mucho toreo al hilo del pitón y con desconfianzas. Cerró la faena con unos bonitos ayudados por bajo y una entera caída que le permitió darse una vuelta encantado con la oreja que le concedió el respetable.

Los aficionados con recuerdos más lejanos venían llenos de ilusión al ver en los carteles el nombre de César Girón, ¡toma ya! Ya se frotaban las manos cuando en estas apareció el hijo de Antonio Ignacio Vargas, que empezó la tarde con un tremendo susto cuando le cogió el toro y le mantuvo una eternidad suspendido del pitón. El trance podría haber hecho dimitir a cualquiera y decir que confirmara otro, que él ni estaba, ni se le esperaba. Pero debía ser por la casta Girón, que allá que se fue a seguir la tarea. Pero lo de torear es algo más que casta y algo menos que retorcerse y meter el pico. Parece que es el recurso del pataleo, que lo intento hacer bien y no me sale, pues meto el pico y se acabó. Pero ya habrá quien le diga que así no y si no lo quiere ver, pues qué se le va a hacer.

Y hoy hemos podido ver para qué son los actuales alguacilillos de la plaza de Madrid, para darse un paseo a caballo y para dar un abrazo a todo al que le den una oreja, porque para lo demás que no cuenten con ellos. Ya pueden los peones hacer que los toros se estampen contra las tablas, ya pueden correr el toro desde dentro del callejón o colocarse dónde les venga en gana, ya pueden los picadores hacer la carioca, quedar a merced del toro sin que nadie les acompañe para auxiliarles o que el callejón parezca el concurso de mazurcas de la verbena de la Paloma, ellos se limitan a hacer el Tancredo y no decir nada de nada. Qué tiempos aquellos en los que se oía la fusta restallar contra las tablas para llamar la atención a cualquiera que quisiera sacar los pies del tiesto. Aquellos alguaciles que cuando saludaban daban la mano con un caramelo, pero que estaban pendientes de la lidia, de acompañar a los caballos en su recorrido por el ruedo, de estar pendientes de dónde se ponía cada uno en el ruedo, se si se le tapaba la salida al toro o de que no le hicieran dar vueltas y vueltas para que doblara antes de tiempo. Hoy como muchas cosas más, son casi un elemento decorativo.

jueves, 13 de agosto de 2009

Ignacio Sánchez Mejías, el mito después de las cinco de la tarde

Hoy se cumplen 75 años desde el fallecimiento de Ignacio Sánchez Mejías, que para resumir podríamos decir que era torero. Torero de leyenda y no sólo por su forma de torear, que me lo podría llegar a imaginar aunque lógicamente no llegué a verle en los ruedos por casi cinco décadas, sino por todo lo que a él se refiere. Desde esa historia que decía que se hizo vistió de luces por afán de aventura y por poder emparentar con el gran Joselito el Gallo a través del matrimonio con la hermana de éste y vencer su máxima que decía que su hermana sólo se casaría con un torero.

La leyenda de Sánchez Mejías creció por la forma en que llegó a matador de toros, cuando se embarcó para México de polizón, donde empezó de banderillero; tal y como se decía que se tenía que empezar a ser torero. Fue aprendiendo el oficio acompañando a las figuras de la época y de entre todas ellas sobresalía una: Joselito. El que al fin consiguió que fuera su cuñado, con el que actuó como subalterno y con quien alternó la tarde de Talavera, esa en que se fue el rey de los toreros y en que el mismo Ignacio lloraba inclinado sobre la cara del que unos llamaban Gallito, en una imagen que ha quedado para la historia.

De Ignacio Sánchez Mejías se ha dicho que si hubiera nacido en Estados Unidos se habría convertido en una película, pero puede que para ser lo que fue era necesario que hubiera nacido en España, en la Sevilla de finales del XIX. Hijo de una familia acomodada y que inexplicablemente para sus contemporáneos, decidió hacerse torero, ¿para qué? Si no tiene que escapar del hambre, ni se le exige continuar ninguna dinastía torera. Pues de la misma forma que cuando se cansó dejó de vestirse de luces, también según cuentan y según confesó a José María de Cossío, porque ya era muy mayor para salir ante tanta gente con unas medias de color rosa.

A nadie se le hubiera ocurrido, ni se le ocurre hoy en día, que un torero fuese capaz de ser el cronista de las corridas en las que él mismo intervenía, al mismo tiempo que estrenaba una obra de teatro en Madrid. Pero igual que el tiempo tiñe de gloria ciertos hechos que no fueron tan notables, a veces también olvida cosas de gran importancia. Esto es lo que le ha ocurrido a Ignacio Sánchez Mejías con la historia de la literatura, y es que él fue el decidido impulsor y mecenas de la generación del 27, de la que yo no voy a hacer ninguna valoración, y si alguien la pide le recomiendo que lo haga en el blog amigo “En ocasiones leo libros”. Ahí satisfará sus inquietudes literarias, doy fe.

Esta relación con los literatos de su tiempo no fue ni mucho menos anecdótica, su impulso no fue sólo organizar el homenaje a Góngora en Sevilla, germen de la “institucionalización” de dicha generación, aunque probablemente se habrían acabado uniendo por otra vía, pero el hecho es que fue Ignacio el que percibió esa idea de grupo, de sentimiento y de inquietudes comunes entre todos ellos.

El fin del torero y el inicio del mito lo marcan las cinco de la tarde del poema de Federico García Lorca, cuando Granadino, de Ayala, le prendió en la plaza de Manzanares el 11 de agosto. Allí llegó para sustituir a Domingo Ortega y para compartir cartel con el mexicano Armillita, Corrochano y el rejoneador portugués Simao da Veiga. Se negó a ser operado de una cornada de doce centímetros en la ingle derecha por ese miedo suyo a las enfermerías de los pueblos y, herido, volvió a Madrid. Así fue como tomó forma el mito, el 13 de agosto de 1934, a las cinco de la tarde.

lunes, 10 de agosto de 2009

No os dejéis engañar por los turistas


Esto lo deben tener en cuenta los tres toreros de la corrida del domingo en Madrid, que más parecía estar montada para los forasteros que para los fieles parroquianos de la piedra de las Ventas. Y no hubo que esperar mucho para ver que aquello estaba dominado mayormente por “aficionados” del extranjero. Que felices tuvieron que ponerse los timbaleros cuando vieron cómo se les jaleaba el anuncio de la salida de las cuadrillas. Ni los Rollings se habrían visto tan bien recompensados. Un tararí tarará y la cerrada ovación nos hizo pensar: ¿dónde me he metido? Pero el metro de medir y recompensar cada actuación de los intervinientes no iba a dejar de sorprendernos: la entrada de los alguacilillos, saludados como se saludaría al mismísimo Cid Campeador, los abucheos a los peones que pasaban en falso cuando el toro esperaba en medio de la incertidumbre o la cerrada ovación al tercero de la tarde, por haber recibido mil y un descabellos de Antón Cortés.

Pero de la misma manera aplaudían los ingleses, franceses, americanos, alemanes y… mexicanos, cualquier trapazo para afuera de cualquiera de los tres matadores. Hubo incluso alguno de ellos que salió a saludar después del titánico esfuerzo de torear fuera de cacho, tocándole constantemente la oreja al toro y no ser capaces de rematar ni un pase atrás, vaciando las embestidas delante de la cadera. Tampoco hay que pensar que se les escapara una corrida de calidad, boyante y noble, ni mucho menos, pero algo más de lo que hicieron sí que se pudo hacer. Como viene siendo habitual en la mayoría de los matadores de la actualidad, los tres que se anunciaron con los de Javier Pérez Tabernero no supieron vencer la más mínima dificultad. Ellos tienen su repertorio y lo intentan soltar allá donde van; y no importa si tienen pocas o muchas corridas, si tienen que dar el paso adelante para intentar salirse de ese pozo en el que se encuentran o si simplemente tienen que intentar hacer el toreo, ellos a lo suyo. Aunque no me gustaría pecar de injusto con Antón Cortés, que no estuvo bien, pero que en su primero intentó poder a un “colorao” que tenía de todo, menos buenas intenciones. Él, torero artista y de fino corte, se peleó con el genio y los arreones de su oponente y lo que podría haber sido un trasteo con algo de mérito, acabó en un calvario con el verduguillo, que no acababa por muchas veces que el albaceteño cambiara el acero.

Y como los vicios de nuestra tauromaquia son universales, se pecó en la escasez de castigo en el caballo. De acuerdo que algunos de los animales salieron con claros síntomas de cojera, pero si se quieren evitar esas embestidas destempladas y de aquella manera, el caballo suele ser una buena medicina.

Alfonso Romero evidenció no sólo un mal momento, sino un mal concepto del toreo, despegado y destormando, sin intentar meter al toro en los trapos. Citando con el brazo muy estirado y tirando del toro para afuera. Yo estoy cansado de oír eso de que no hay que cruzarse con todos los toros y que a algunos hay que meterles el pico para que anden, con lo que no estoy completamente de acuerdo, pero lo del murciano y lo de la mayoría de coletudos de hoy en día ya es un abuso.

Alejandro Amaya parece que venía con ganas, arropado por sus más fieles compatriotas y con la ilusión de confirmar en la primera plaza del mundo, aunque por momentos llegué a pensar que esto último no lo tenía claro. Quizás si la plaza hubiera sido la de Cogollado de Campos, seguro que habría conseguido un triunfo “importante”, pero en Cogollado de Campos no se confirman las alternativas. ¡Qué mala pata! Aunque tampoco hay que hacer excesiva sangre de los tres matadores porque al fin y al cabo son el reflejo de los demás. O si no que me digan en que son mejores el Fandi, Daniel Luque y otros tantos, que Alfonso Romero, Alejandro Amaya o Antón Cortés.

Los que tampoco se pueden ir de rositas son los pupilos de Javier Pérez Tabernero, a los que no se puede calificar como mansada, pero… dejémoslo ahí. Pero que se quede tranquilo el ganadero que hemos sido muy poquitos los fijos que hemos visto el mal estilo del ganado, el resto volverán a Michigan y contarán la pasión con que los timbaleros anuncian el comienzo de la corrida y la elegancia de los alguacilillos al romper plaza. A propósito, del elemento decorativo que hoy son los alguacilillos de la plaza de Madrid habrá que hablar otro día. Lo mejor será olvidar todo lo ocurrido y no dejarnos engañar por los turistas.

lunes, 3 de agosto de 2009

La revelación de las banderillas

Este tercio, el de banderillas, que algunos matadores banderilleros desprecian, aunque pueda parecer una incoherencia, resulta decisivo para el matador, a quien se le revelan las condiciones en que queda el toro ante la faena de muleta. Pero como decía, los jóvenes maestros no deben tenerlo muy en cuenta a juzgar por la forma en que lo desarrollan. En primer lugar parece ya instaurado el par por un solo pitón, el derecho generalmente, y el desprecio de los terrenos para ejecutar la suerte dependiendo de las condiciones del toro. Lo habitual es que se especialicen en dos o tres tipos de pares y que se los enjareten a cualquier toro: a la carrera cuarteando, a la carrera después de subirse al estribo y bajarse de él sin ningún sentido y sin darle ventajas que se suponen al toro, que no se ha enterado de eso del estribo, o si las palmas no echan humo antes del tercer par, pues éste se pone o al quiebro o por los adentros o ambas cosas a un tiempo. Además a esto hay que añadir siempre muchas carreras, las aportaciones propias del matador, violines incluidos, y no cuadrar nunca delante de la cara del toro.



Dependiendo de las condiciones del toro, se pueden poner al sesgo, al quiebro, al cuarteo o el par que para mí tiene más belleza, emoción y dramatismo y dónde se puede ver las condiciones del torero, el de poder a poder. Aquí se puede ver cómo el toro se arranca antes de que el banderillero inicie la carrera y como éste le va ganando la cara, va ganándole terreno, hasta coincidir en el momento del embroque metido entre los dos pitones, momento en que clava los dos palos en todo lo alto, para salir después andando del encuentro. Algo que hoy en día sólo hacen los subalternos y no los maestros.

Pero independientemente de los terrenos, la suerte de banderillas tiene varios momentos. El primero y donde ya se empieza a torear, es cuando el torero se empieza a dejar ver, encelando al toro a cuerpo limpio. Se da un giro hacia el lado elegido para parear y después de provocar la arrancada del toro se corre hacia él describiendo un arco en la arena y haciendo que el toro lo describa también, y sin dejar de llamar la atención del toro, al llegar al punto de intersección de ambas curvas, el torero junta las manos y sacándolas desde abajo, levanta los brazos para volver a bajarlas en el momento de clavar, mecido entre las dos medias lunas del toro. Una vez ahí no queda más que apoyarse en los palos y salir airosamente de la suerte andando.

En este tercio, si se ejecuta debidamente, se nos revelan las condiciones en que ha quedado el toro para el final de la lidia, las querencias, las distancias, la prontitud de la embestida o cómo acudirá a los engaños por uno y por otro pitón. Este segundo tercio es el de la revelación porque nos puede decir mucho sobre cómo plantear la faena de muleta. En principio se coloca al toro en los medios y a partir de ahí, si el toro lo admite, si no, o si se encuentra más a gusto en otro sitio, ya nos dice bastante de las intenciones del animal y a partir de ahí tanto matador como banderilleros, deberán obrar en consecuencia.

No hay que olvidar la colocación de las cuadrillas y matadores, tanto para ayudar al banderillero de turno, como para estar atentos a la salida del par para prevenir posibles accidentes. Y aunque para algunos esto sea una mera formalidad, como en toda la tauromaquia, si la colocación es buena, se pueden evitar posibles cogidas o en caso de producirse, que el quite se realice con mayor celeridad.

Por todo esto, si en el primer tercio se mide la bravura y pujanza del toro y se ahorma su embestida, en el segundo, aparte de avivarles después de salir del peto, es la revelación de lo que se ha guardado para la muleta.

lunes, 27 de julio de 2009

El indulto como condena

Ya hemos vuelto de vacaciones y después de unos escasos contactos con la actualidad taurina, veo que todo sigue igual o peor. Veo la irrefrenable ascensión de un vulgar Curro Luque, las continuas reivindicaciones en favor de la precipitación de El Fandi, la consideración de maestro que se le concede a El Fundi, que Ponce sigue a lo suyo en ese planeta propio que se podría llamar Poncepturno y que las gentes de por ahí siguen perdiendo la cabeza indultando toros. Y es que se ha traspasado la línea de considerar el indulto como un triunfo del ganadero, para pasar a ser considerado un mérito extra del matador. Y siendo esto una barbaridad, si las cosas se hicieran como se debe, podría hasta tener su mínimo punto de aceptación, aunque no deja de ser discutible. Pero tal y como nuestros jóvenes maestros conciben la lidia, el resultado es un contrasentido. Si el indulto debe ser la consecuencia primero de una presencia del toro, de ajustarse a las características zootécnicas del ejemplar en cuestión, después debe demostrar sus condiciones de toro bravo a lo largo de toda su lidia. Y tal indulto debe cimentarse de una forma definitiva en la suerte de varas. Definitiva, porque si aquí el toro no responde a lo que se espera de un toro bravo, ¿para qué seguir? Si aquí no da el do de pecho, es como si rompiera el jarrón de la abuela y con ello tirara por tierra todos los méritos para llevarle al parque de atracciones.

Pero la tauromaquia actual no sólo no tiene en cuenta este trámite, sino que lo desprecia. ¿Quién no ha oído eso de “es que si lo pican se cae”? Ya se da por supuesto que con que le señalen la primera vara, ya es suficiente. Y nos olvidamos de que hay que picar a los toros y si estos no aguantan el castigo, igual es porque no vale, y si no lo aguantan todos los toros de una ganadería, igual es porque esa ganadería no vale y si son varias las ganaderías que no aguantan el que se pique a sus toros, esas ganaderías tienen un problema, pero si éstas son mayoría, entonces quienes tenemos un problema somos todos los aficionados, en conclusión, la fiesta tiene un problema.

No se puede hacer oídos sordos y concluir en que la suerte de varas se ha convertido en la utopía de cuatro chalados, entre los que me incluyo, en las que torear a caballo, dar los pechos del caballo o parar el toro con la vara, están condenados a la extinción. El indulto, un hecho que debería ser extraordinario y del que todos nos deberíamos felicitar, ha quedado devaluado, se le ha vaciado de su contenido original y ha quedado desvirtuado hasta el punto de que se ha convertido en una condena de la fiesta.

jueves, 9 de julio de 2009

Allá también tienen su fiesta



Muchas veces parece que nos cuesta pensar en los toros como algo propio del otro lado de la Mar Océana y la realidad evidencia no sólo que existe, que tiene su tirón, sino que además tienen sus figuras, figuras que lo mismo lo serían en México, que en Madrid, Sevilla o Calamocha de los Montes.




Pero no me voy a apropiar de los méritos de traer a una figura del toreo de América, aunque si que es verdad que siempre lo he tenido como una laguna que deseaba cubrir; El mérito de dar este paso es de otros, de los estupendos aficionados “de allá” que visitan este blog y que a su vez mantienen vivo el suyo, como “La Aldea del Tauro”, de Xabier González Fisher, muy recomendable por cierto. Y el otro culpable es José Luís Bautista, un aficionado de Linares al que hay que escuchar con mucha atención, y que me mostró su interés por poder ver imágenes de David Silveti, de quien además apostillaba: un gran torero. Y si lo dice José Luís es que es cosa para tener en cuenta. Yo la verdad es que no tenía un recuerdo muy marcado de su actuación en Madrid hace más de veinte años, pero el vídeo me ha permitido refrescarme la memoria y traer a este torero a Toros Grada Seis.

Probablemente estas imágenes no serán las de su mejor tarde, pero si que hay que fijarse en algo que hoy casi ha desaparecido: la naturalidad y la facilidad. Pero cualquier cosa que diga sólo servirá para aburrir y distraer, así que lo mejor es ver a David Silveti en México. A propósito, gracias a los que me han acercado a este TORERO y al resto, hasta pronto, que han llegado las vacaciones y habrá que aprovecharlas.

miércoles, 1 de julio de 2009

Carta a esos antitaurinos que tanto nos ayudan

Queridos antitaurinos, que Dios os guarde por muchos años, porque eso querrá decir que todavía hay corridas de toros. Aunque os parezca mentira, los aficionados de hoy en día os entendemos mejor de lo que nunca hubierais podido imaginar. La fiesta de los toros no está en su mejor momento, para que lo vamos a ocultar, especialmente para los que ansiamos una fiesta llena de verdad y en la que el toro sea el rey. Esto es algo que nunca os paráis a pensar porque siempre creéis que es nuestro enemigo. No, por favor, si así fuera no nos preocuparíamos de su integridad, de su selección, de su poder, e incluso puede que ni tan siquiera hubiera quien lo criara a él y a sus familiares más próximos, sus madres y hermanas que vivirán para que esta fiesta siga adelante, con lo bueno y con lo malo, y a sus padres, que rayarán en su bovina vejez sembrando su semilla de bravura y nobleza. ¡Bravura y nobleza! ¿Quién apreciaría y ensalzaría tales virtudes en su enemigo?

Como ya he dicho, yo personalmente os entiendo muy bien y es más, siempre defenderé vuestro derecho para pedir la abolición, prohibición o lo que creáis más oportuno para acabar con la fiesta de los toros; pero permitidme también a mi defender la fiesta. Hablo de fiesta de los toros porque no sé llamarla de otra manera, aunque también comprendo que vosotros no veréis la fiesta por ningún lado, pero os pido que me consintáis esta licencia personal.

Lo que no sé es si habéis pensado en las consecuencias de una posible desaparición de los toros. La primera y más inmediata sería el sacrificio de todos los ejemplares que en la actualidad pastan por las dehesas. La desaparición sería tan rápida, que si las autoridades o quien sea no están ojo avizor, puede darse el caso de que nos encontremos con la extinción en pocos meses o semanas, de un animal que ha vivido en la península Ibérica desde hace miles de años. Doy por supuesto que los ejemplares de los diferentes encastes probablemente se perderían para siempre. Para que se me entienda, es como si decidimos sacrificar todos los tigres del mundo y nos quedamos con uno sólo, obviando que existe el blanco, el de bengala o cualquier otro. Habrá quien piense que esto no será nunca así, que si desaparece la fiesta de los toros al animal se le deja en el campo y sanseacabó. Pero no, ¿quién los alimentaría? ¿Quién los mantendría en la tranquilidad del campo? ¿Quién pondría sus fincas a disposición de un animal que tarda en crecer y que es de difícil manejo? ¿Quién gastaría tiempo, dinero e ilusión en continuar seleccionando los mejores ejemplares? ¿Y para qué habría que seleccionar nada?

Igual creéis, o igual no, que si hoy se prohíbe la fiesta de los toros todo seguirá igual que está ahora, pero sin celebrarse las corridas en las plazas, sin encierros, sin ferias, pero no, probablemente, el primer cambio, y además muy rápido, sería el del entorno natural, por el desequilibrio tan brusco del ecosistema y porque la mano del hombre sería implacable. ¿Qué no haría la especulación urbanística en hábitats privilegiados? ¿Qué pasaría con las dehesas, con las encinas centenarias y con el resto de animales que conviven con el toro bravo? Quizás nos podemos hacer una idea aproximada si echamos un vistazo a la próxima Italia, dónde no saben lo que es un espacio natural tal y como era hace cien, doscientos o mil años atrás. Puede que después de asfaltar las playas, nos dediquemos a asfaltar el campo, a edificar bonitas urbanizaciones allí dónde pastaba una ganadería de bravo, a levantar espléndidos centros comerciales con nombres tan sonoros como Centro Comercial Victorino Martín, o Centro Comercial Miura, o Centro Comercial Partido de Resina (Antes Pablo Romero). Perdón, no he caído en que los no taurinos no entenderán este intento de gracieta, pero lo que sí entenderán es si os digo que con la desaparición de estas tres ganaderías, porque son el nombre de tres ganaderías, desaparecerían tres tipos de toro completamente distintos entre sí. Bueno, tienen en común que son toros, que tienen cuernos, que tienen cuatro patas y que si ven algo que no les agrada se arrancan con muy mal genio, pero con nobleza. Y esto sí que no se puede olvidar, el toro es un animal que desde el mismo momento en que nace, tiene el instinto de atacar a todo lo que se mueve delante de él. Habrá también quien dice que eso sólo sucede cuando se le lleva a la plaza, es más, eso mismo se lo he oído, a su manera a gente que convive con el toro y que su vida es cuidar de él. Ellos lo que dicen es que en el campo no pasa nada, pero también escuché de boca de mi padre, la persona que yo he conocido que más sabía de esto de los toros, que esos mismos que con esa alegría hablaban de la docilidad de los toros a campo abierto, se han visto en un hospital por haber sido cogidos por ese “dócil y afable” animalito.

Creo que, a pesar de mis esfuerzos, no habré conseguido convencer a ningún antitaurino de las bondades de la fiesta, lo veo lógico, pero si por lo menos os he hecho pensar un momento en la fiesta, pues eso que llevamos ganado. Y no os voy a negar que también hay aspectos negativos y muchos, pero para eso estamos los aficionados, para que esto mejore y conseguir que la fiesta de los toros sea lo que todos queremos, verdad, nobleza, bravura y el toro en toda su integridad.