miércoles, 12 de mayo de 2010

Pero… ¿Sabéis lo qué estáis haciendo?


Señores taurinos, y ahí incluyo a toda esa urdimbre de vividores con los ojos vendados que medran alrededor de los toros, realmente ¿sabéis lo que hacéis? Ese afán de acomodar el mundo a los cuatro que llaman figuras está carcomiendo los cimientos y las paredes de este maravilloso palacio que es la tauromaquia. Por mucho que repitáis las maravillas que estamos viviendo, ya nadie se lo cree, porque hasta los transeúntes de los tendidos, esos que van a una corrida en San Isidro o a lo sumo a dos, y que luego se sientan delante de la tele para recibir doctrina, hasta esos se están cansando de todo esto.

Realmente no sé a dónde nos quieren llevar, porque es que no les creo ni tan necios, ni tan tontos, para pensar que no ven la que están liando. Poco a poco están desmontando todo lo que se ha construido durante años. Todo con el único objetivo de tapar mentiras, de poner parches para que no se note su incompetencia. Recuerdo cuando se decía que los toros de verdad se veían fuera de la feria, en las duras corridas de julio y agosto. Está claro que eso es ya un sueño del pasado. Otro de los tópicos que obedecían a una realidad, era que en las novilladas se veía el toro de verdad, aquellos novillos toros que hacían palidecer a los chavales que venían a Madrid para hacerse toreros. Creo que no hay mucho comentario, sólo hay que recordar lo de la primera novillada de feria. Y por último se han decidido a terminar con esa idea de que cuando venían las figuras empezaban los bailes de corrales y aparecía el medio toro. Ahora todos los días hay medio toro y baile de corrales. Y que nadie piense que me he olvidado de la corrida de Dolores Aguirre, donde sí hubo parcheo, pero que puede que sea la excepción en una feria que ya se hace eterna.

La Martelilla ha sido la última muestra de este derribo continuado de la fiesta de los toros. Un ganado infame, sin tipo, sin trapío, sin fuerzas, sin casta y sin todos los “sin” que al aficionado se le pueda ocurrir, incluido el sin vergüenza. Y para enfrentarse a semejante bazofia, que mejor que dos fantasmas taurinos, el Abellán y el Jiménez, que llevan años sin mostrar un mínimo de clase y torería, que han jalonado su carrera con un pegapasismo y ventajismo vergonzante, y que la única virtud que han mostrado en casi toda su carrera ha sido entrar en una de las casas importantes del taurinismo, que mueve ferias, ganaderías, plazas, toreros y a lo mejor hasta medios de comunicación. No voy a juzgar lo que hicieron los dos madrileños en la corrida de ayer, y no lo voy a hacer porque yo pretendo hablar de toros y no de esa pamema que nos preparan. Seguro que alguien me empezará con eso del respeto, de que se juegan la vida y todo ese rollo recurrente, pero les respeto tanto o más, que ellos a mí y de acuerdo, se juegan la vida, pero es que un torero se la tiene que jugar mucho más que estos señores, es su trabajo y ellos lo han elegido así. Si no quieren correr riesgos que se suban a la grada conmigo, que allí el único riesgo es que se me caigan al suelo las chuches que reparten María José y Pepe.

Pero la tarde nos tenía traía una sorpresa desde México, Arturo Macías. Nos impresionó el valor de ese chico, quieto como si se clavara y a veces demasiado tremendista, pero que dejó claro que lo de torear ya era otra cosa. Es una opción válida la de este torero, yo me planto, y a ver qué pasa. Esa no es la idea de torero que yo tengo, pero bueno, lo respeto. Pero que nadie quiera compararle con José Tomás. Este se planta y torea, haciendo ir al toro por donde quiere y haciéndole que sortee su pierna sin que le coja. El señor Macías no, el señor Macías es casi pura temeridad. Muy variado con el capote, fiel a la escuela mexicana, pero más perpetrando que ejecutando las suertes. De todas formas, en una única corrida y con los burros de la Martelilla, puede que sea precipitado emitir un juicio sobre su toreo.

Y por una vez y sin que sirva de precedente, permítanme desearle a todos los atléticos mucha suerte y que hoy nuestro Aleti nos haga vivir las emociones que se niegan a ofrecernos en los toros y que podamos volver a cantar eso de ¡Campeones, campeones, oe, oe, oe! Aúpa Aleti.

martes, 11 de mayo de 2010

Las orejas y el sufragio universal


Algo tan trascendental como las orejas, las de los toros, se otorgan de la mejor forma posible, se le da el poder al pueblo soberano y decide. Que bonito, sale un chico, se lía a pegar pases y más pases y sus paisanos tienen la facultad de convertirle en un triunfador, en un héroe, en el ídolo local para las próximas veinticinco fiestas patronales. Pero me van a permitir que proponga una pequeña modificación a un sistema tan perfeccionado a lo largo de los años y que con el paso del tiempo se ha visto reforzado y suficientemente contrastado. Aquel simple flamear de pañuelos ha encontrado su complemento en el griterío. Pañuelos y voces, ¿quién podría sustraerse a semejante embrujo? El presidente de la primera novillada de feria no, desde luego, que claudicó al entregar la primera oreja a Juan del Álamo, aunque también hay que decir en su favor que bastante aguantó con la petición en el segundo del salmantino. Pero yo me andaba por presentar mi aportación personal a este modelo secular. De la misma forma que los que piden la oreja agitan pañuelos blancos, digo yo que por qué no nos dan la oportunidad a los que creemos lo contrario, y que por ejemplo sólo tuviéramos que mostrar un pañuelo verde, morado o a cuadros. Que el asesor del usía cuente y una vez hechos públicos los resultados, decidir.

Pero como los tiempos han cambiado, el modelo democrático debería extenderse a más aspectos de la lidia y así tendríamos un espectáculo a gusto del consumidor y llevaríamos a su máximo esplendor esa ley que dice: el que paga manda. No me parece bien que el cambio de tercio se lo ventilen entre dos personas, el presidente y el matador, ¿y los demás? ¿no decidimos ni pintamos nada? ¿Y por qué el espada de turno puede elegir entre la derecha o la izquierda? ¿Por qué no podemos votar si queremos que el espada ponga banderillas? De esta forma seguro que todos saldríamos mucho más satisfechos de la plaza. Pero aún caben más opciones; la opinión del paisanaje del matador debería contar el doble o si no tanto, establecer un valor promediado del voto, dependiendo de la distancia kilométrica de su ciudad de procedencia, del número de asistentes y del número de autobuses fletados en origen.

Puede que así estuviéramos ante una fiesta perfecta, en la que el que paga es el dueño absoluto de este manicomio. Puede que alguien haya reparado en que no he incluido en las decisiones a tomar por sufragio universal la sustitución de los toros, sea en los corrales o ya en el ruedo. Para eso existen profesionales perfectamente capacitados que saben más que nosotros del tipo de toro que gusta en cada plaza. Como muestra los becerros de la novillada, que a algunos nos parecieron eso, becerros, descastados, no aptos para Madrid, pero que seguro que salieron porque a los aficionados se nos escapan matices a los que no podremos llegar en la vida.

Pues bien, Juan del Álamo casi triunfa por sufragio universal, a pesar de su pegapasismo insoportable, de sus estiramientos, retorcimientos y evidentes lejanías al pasar el toro, así como por su inhibición durante la lidia, hasta el momento de la muleta. El arlesiano Tomasito venía a demostrar que los triunfos pasados no fueron casualidad, al igual que Miguel de Pablo, quien quería hacer saber a todo el mundo que quiere ser torero. Pero los dos se encontraron con un ganado infumable y con el inconveniente del viento, al que tuvieron que dar más machetazos que a los novillotes de Carmen Segovia. Y ¿por qué no nos dan opción para decidir por sufragio universal que se cubra la plaza de Madrid? ¿Alguien cree que nos dejarían decidir si queremos toros sin viento, sin lluvia y sin el frío que se pasó en las Ventas en las primera novillada de la feria?

lunes, 10 de mayo de 2010

La casta mueve el mundo


La casta es uno de los pilares del toro, lo que quedó más que demostrado en la corrida de Dolores Aguirre. Yo había perdido la esperanza en este hierro, sobre todo después de sus últimas comparecencias en Madrid, pero ayer, como en otras muchas ocasiones, tuve que rectificar y lo hice lleno de satisfacción, mientras aún me duraban las emociones de una tarde intensa. Puede que alguien diga que es una barbaridad afirmar que el encierro manseo, en mayor o menor medida, pero lo que podría ser un reproche se convirtió en un halago. Todos, quizás menos el cuarto, buscaron las tablas, huían a toriles donde en el primer tercio se encontraba al caballo que hacía la puerta, pero no rehuían la pelea. Entraban al caballo, empujaban, a veces con la cara alta y tapándoles la salida, pero peleaban y recibieron más castigo ellos cinco solitos, que todo lo que se les ha administrado a todo el ganado de lo que llevamos de feria , y probablemente de lo que veamos en los próximos días. Esto es lo que el aficionado echaba de menos, ver toros que ponen las peras al cuarto a sus oponentes y a los que hay que poder y vencer. Eso sí, lo que no se puede pretender es que después de ver como el sexto sólo quería escapar, se le ponga de largo al caballo y vaya; lo lógico es lo que pasó, que escarbaba, tardeaba y acababa buscando la salida. Al final recibió su castigo, que quizás fue escaso, y puede que le hubiera venido bien una entrada más, aunque ahora y desde mi sillón tranquilamente sentado, es muy fácil decirlo.

Delante de este encierro se pedían toreros y allí hubo tres matadores de toros que, cada uno a su manera, se dispusieron a plantar cara a los pupilos de doña Dolores. A propósito, si es verdad eso que dicen que la ganadería se hace a imagen y semejanza del ganadero, yo no querría que la señora Aguirre se enfadar conmigo, aunque seguro que al final todo acabaría bien, porque por la misma regla, la ganadera tiene que rebosar nobleza por los cuatro costados.

Rafaelillo encandiló a la afición en su primero, sin rejoneador ni nada por delante, al que metió en la muleta y le fue arrinconando poco a poco hasta acabar victorioso. Retorcido, abusando del pico, poco elegante, pero sin volver la cara en ningún momento. En su segundo el toro le permitió erguirse un poco más y abusó del toreo perfilero, aunque cuando un torero se enfrenta a un toro me vuelvo menos exigente. Pero lo que no me gustó nada, pero nada, es la forma de deshacerse del toro, cuando después de un pinchazo hondo el toro se echó y el puntillero aprovechó para apuntillarlo allí mismo y asegurar la orejita. Creo que hay cosas que hay que cuidar y estas trampas no se pueden permitir ni por una oreja en Madrid. El ser torero, además de cortar orejas, significa más cosas y la picardía ramplona no está en la lista de condiciones para ser un buen coletudo. Pero el que a mí esto no me guste no quiere decri que lo anterior no tenga mérito.

Fernando Cruz no tuvo suerte con sus dos toros, que no le permitieron ni el valor de poder a un toro complicado, ni lucirse con otro mucho menos agresivo, pero sin casta, parado y sin ninguna emoción. Eso es lo que diferencia un toro de otro. Puede que el de Fernando Peña tuviera menos mansedumbre que el resto de la corrida, pero lo que sí está claro es que tenía muchísima menos casta.

Joselillo fue el que mostró un toreo más artista y con más verdad, aunque fue como una estrella fugaz que apareció en el inicio de la faena a su primero y en la primera tanda de derechazos. A partir de ahí lo intentó por uno y otro pitón pero el toro ya no se dejaba. Y en su segundo, ese al que el público pedía a gritos que se le pusiera al caballo de lejos, que en banderillas se atrincheró en tablas y que se arrancaba a arreones como un vendaval, se llevó por delante al madrileño, que pagó con su sangre. El toro no tenía más que un firme macheteo hasta reventarlo y a matar. Pero no, Joselillo se empeñó en querer darle pases y se vio volteado como si fuera una hélice sobre los pitones del toro, para acabar cayendo al suelo de mala forma. Rafaelillo fue el encargado de acabar con esta pieza, Y nos fuimos para casa pensando que habíamos visto una corrida de toros y preguntándonos por qué esto no se puede ver más a menudo. Como siempre pasa, siempre hay alguien que se acuerda de los que no está, que si Ponces o Julis, pero estos no han visto estos toros ni en fotos, porque seguro que cuando llegan a la página de Dolores Aguirre, la pasan corriendo no vaya a dar mal fario y les pidan que se anuncien en esta corrida para el año que viene.

domingo, 9 de mayo de 2010

Qué mentira más grande


Eso es lo que es la fiesta de los toros, o el rito o la corrida o como cada uno prefiera llamarlo. El inicio de esta feria estaba marcado por los señores empresarios que primero prometieron un esfuerzo mayor para componer una feria “de categoría” y luego hemos tenido que aguantar su satisfacción e insultante pavoneo al comprobar que este año se han renovado más abonos que nunca; que quiten las dos corridas de José Tomás y verán que pasa. Pero como en el año anterior, ya se está viendo que lo que se plantea mal, no puede salir bien.

Llevamos ya tres corridas de feria y la cosa ha ido de pésimo a más que pésimo o requetepésimo. Los dos primeros días se veían bastantes localidades vacías y en la de Bañuelos, con remiendo, se llenó, a pesar del tiempo, por eso de ser fin de semana. Y es que se parte de una base viciada, los toros. Si el ganado es tan infumable como lo que llevamos visto, ¿qué se puede hacer para levantar esto? Los de Bañuelos, unos con buena apariencia y otros gordos y anovillados, no pudieron recibir entre todos ni una vara en condiciones. Se les pegaba un cachete en el caballo y se acabó, excepto en el último en el que el niño del Capea dejó que se lo machacaran en el caballo. Pero que nadie piense que fue una carnicería, fue algo más sutil, de cara al gran público; se le tapó la salida y se le picó en medio del lomo, o más atrás y con la mansedumbre que se trajo de Burgos peleaba por buscar una salida. Los otros dos retales de Osborne fueron diferentes a los titulares, aunque tampoco para tirar cohetes. El menos malo fue el segundo que parecía más querer morderle una pierna al picador, echando la cara arriba, que empujar el peto del caballo.

De los tres matadores no sé si se puede decir algo o sería mejor dejarlo. Uceda con sus cosas, sus posturas y esperando que un toro le ponga en su sitio y le diga como torear sin el pico de la muleta y con menos retorcimientos de los habituales, nos obsequió con unas veroniquitas y la media, que no eran para volverse loco, pero visto lo visto. Luego ya vino su repertorio de naturales abanicando al toro, de las carreritas para recolocarse después de cada pase y la estocada a su primero, tirándose sobre el morrillo y haciendo que el toro cayera inmediatamente de una estocada desprendida.

Pero como el absurdo no tiene límites, apareció el Capea, el torero más ignorante, despistado e incapaz que haya pasado por Madrid en mucho tiempo. Igual venía con la intención de reverdecer “su gran triunfo” del año pasado. Pero esta vez la gente no estaba para bobadas. Tiene el mérito de estar moviendo los pies al mismo tiempo que da un lance y no se cae. Eso sí, bonito no es, pero él no entiende que la gente se enfade. Durante la lidia de sus toros el ruedo parece una casa de locos, a lo que colaboran con especial entusiasmo los miembros de su cuadrilla, capaces de pasar tres veces en falso en banderillas para dejarle el muerto al compañero. Y cuando la gente ya está harta de esa pantomima y se lo hace saber al señor presidente, a la empresa, a la empresa y al mismo Pedrito, éste se pone de charla coloquio con el respetable, como diciendo no entender nada. Pero chico, tápate un poco, que además de la familia, se va a enterar todo el mundo de que eres un ignorante.

Y cerraba, y abría, la corrida Javier Cortés, un torero en el que yo personalmente tenía ciertas esperanzas. Hasta el momento siempre me había parecido que intentaba coger el camino de la verdad, con las carencias lógicas de un torero joven, pero con buenas intenciones. Pues parece que ya ha abandonado todos sus buenos propósitos y ha decidido ser uno más. Mucho retorcimiento, pico, toreo al hilo y alargando el brazo allá a lo lejos, sin pararse a pensar en cómo llevar toreado al animal. Así le pasó en el último de la tarde, que buscaba las tablas desesperadamente y él, en lugar de meterlo en la muleta, de encelarlo e intentar llevarlo muy toreado, que es lo que pedía a gritos, se dedicaba a largarle tela y a poner cara de “Pero, ¿por qué te vas?” La única puerta abierta que nos dejó el madrileño es la forma en que se tiró a matar al sexto, sin pensárselo dos veces, resultando cogido.

Esta es la historia que se va repitiendo año tras año, tarde soporífera tras tarde más soporífera aún, algún día que salte la liebre, algún toro que nos emocione, las figuras largando su repertorio y que nos dejarán discutiendo si se mereció o no una oreja que al fin y al cabo sólo es un despojo, y a otra cosa mariposa. El año que viene volveremos a sacar el abono, pero no por los maravillosos carteles que son la obra de un necio, sino con la esperanza de que esto cambie algún día, sea con Taurodelta o con quien sea, o con la esperanza de ver a José Tomás.

sábado, 8 de mayo de 2010

Exposición de ganado para carne, capítulo segundo


Segunda de feria y más de lo mismo. Una mansada descomunal, falta de casta y pidiendo que les dejen marchar lejos de ese sitio tan poco hospitalario que es la plaza de Madrid. Los de José Luís Pereda/ La Dehesilla no entendían que mal habían cometido para tener que acabar sus días en es sitio redondo, lleno de gente y con unos señores vestidos de colores, que se empeñaban en enseñarles un trapo y retirárselo de la cara, en pincharles con un palo largo y en clavarles unos palitos finos de colores. El ganado que ha saltado al ruedo de las Ventas era más para una muestra de ganado que para una corrida de toros. Y al contrario de lo que a veces ocurre con los mansos, que la emoción rebosa en el ruedo, lo que ha llenado el ruedo ha sido el aburrimiento y falta de emoción. Costaba ponerlos al caballo, costaba ponerles banderillas, costaba hacerles cualquier cosa que se ajustara a las normas de la lidia. No dudaban en salir corriendo en busca de la puerta de toriles y si hubieran podido habrían llamado con los nudillos para que les franquearan el paso.

A partir de aquí, igual que los excesos y el triunfalismo hay que medirlo dependiendo del toro, los fracasos también. En otras condiciones se podría decir que Leandro ha estado nefasto, pero hoy sin estar ni medio regular tan siquiera, también hay que medirlo con los mulos que tenía delante. Aunque él también ha puesto de su parte. Ha abusado de la paciencia de la gente intentando que el mulo se moviera, hasta hacerse pesado. Si el toro no vale, menos valdrá a partir del trapazo número treinta. El morucho no hacía ni intención de meter la cara en los trapos, pues acabemos con la pantomima, a matar y se acabó. Y si además a todo esto unimos que las cosas no se hacen con la verdad, pues para qué más.

Morenito de Aranda, que en sus últimas visitas a Madrid parecía que se inclinaba por la parte cómoda de la fiesta, al menos lo ha intentado. En su primero, de la Dehesilla, un manso como todos que sólo buscaba las tablas como las termitas, se empeñó en quererle sacar más allá del tercio, una buena medida para quitarle al toro sus querencias, pero si éste no va ni a la de tres, habrá que cambiar la estrategia ¿no? A lo mejor hay que intentarlo dónde él quiera. Acabó despachándolo de una entera rinconera soltando la muleta, costumbre o triquiñuela fea, fea como ninguna, porque la gente se queda con que la espada entró hasta los gavilanes. En su segundo, que colaboró un pelín más, aunque nadie se piense que era ni tan siquiera malo, era peor, pero al menos ha permitido que el burgalés le diera una serie de naturales rematados por una trincherilla marca de la casa. Se encontró con la dificultad de evitar los enganchones del inicio, lo que provocó que toreara demasiado acelerado. Y entre esta aceleración se encontró volando sobre los lomos del toro, que le levantó enganchado por el muslo y le propinó una buena paliza cuando le tenía a su merced. Lo mejor de todo fue la forma de tirarse tras la espada y el efecto fulminante de ésta que hizo rodar al de Pereda sin puntilla. Se le pidió la oreja y dio una vuelta al ruedo, que como digo siempre, es lo de menos.

Iván Fandiño no fue el de otras tardes, con su primer burro fue imposible cualquier conato torero, que conjugado con la falta de entusiasmo del vasco, no podía traer nada bueno. Se tiró a matar entre los cuernos, cosa que ya le hemos visto que repite casi habitualmente, lo que quiere decir que lo que podría considerarse un rasgo de valor, puede también ser tenido en cuenta como una carencia, ya que no pasa al hacer la suerte y se queda ahí en una posición complicada a merced de los pitones. En el que cerraba plaza, quizás el más mentiros de la tarde porque si en la primera vara parecía que empujaba, en la segunda se quería quitar el palo a bocados. En banderillas parecía que pedía pelea, pero en cuanto pudo se fue a emplazar a los terrenos de toriles y en la muleta, las arrancadas que tuvo fueron desperdiciadas por Fandiño abusando del pico de la muleta y con descarados toques al pitón contrario, que si lo sumamos a la dificultad para hacer el juego de la muñeca en cada lance, nos da como resultado la vulgaridad, el no quedarse colocado y en suma, el aburrimiento. Ahora a esperar los de Bañuelos y Osborne y a ver si nos “divertimos” un poco y que el mayor aliciente de la tarde no sean las chuches y caramelos que reparten los vecinos de localidad.

viernes, 7 de mayo de 2010

La verbena ya empezó


Si alguien les dice que en la primera de feria se lidiaron seis toros, le dicen de mi parte que nanay, que naranjas de la china. Lo que ha salido por los chiqueros de las Ventas han sido seis mulos. Realmente podría detenerme a hacer un análisis más reposado y hasta con más detalle, pero es que ya me niego a intentar buscar algo bueno entre tanto desecho. Flojos, unos más que otros, sin clase, casi todos por igual, y algunos no sabían que era eso de humillar, a todo lo más amagaban con meter la cabeza, pero les era más fácil ir con la cara alta, como si de un burro se tratara.

Para que negarlo, hoy yo sólo esperaba algo de Curro Díaz y al final ha sido el único que ha estado dignamente en el ruedo de Madrid. En su primero además de tener que bregar con un toro imposible que iba mirando al cielo, tenía que tomar todas las precauciones posibles para que no se le viniera al suelo. Parecía que se iba repetir lo que en su anterior tarde en Madrid, cuando salió el cuarto, que al menos permitió que se le lanceara por el pitón derecho. Le recibió Curro con unos lances a la verónica, en los que ya se adivinaba la condición del toro, rematadas con una media muy de su estilo. En este mismo toro Juan Bautista quitó a la verónica, pero sólo por el pitón derecho. El niño Montoliú nos recordó, como siempre que le vemos, a aquel gran banderillero que fue su padre, con dos buenos pares. Y Curro no es que se decidiera sólo en el cuarto, también lo estaba en el primero, pero ese no permitía lucimiento. Quiso iniciar la faena por bajo, aunque sin abusar, pero el toro acabó arrastrando el hocico por la arena. Ambos, toro y torero se rehicieron y fue cuando llegó lo de más sustancia del trasteo. Una buena tanda de derechazos, quizás torciendo un poco la muleta, y otra mejor en la que Curro Díaz se pudo entregar, toreando desmadejado y corriendo muy bien la mano, para cerrar la serie con unos espléndidos pases de pecho, sacándose el toro por la hombrera contraria. El toro sólo tenía un pitón, el derecho, y lo supo aprovechar hasta que no hubo para más, para acabar cerrando al toro con torería, incluyendo un kikiriki enganchado. Cuadro al toro y se tiró tras la espada como si esta tuviera vida propia, ejecutando la suerte suprema con mucha verdad. Luego ya sólo podía sentarse en el estribo y esperar a que el pseudotoro de Domecq doblara y pasara al limbo de los toros para olvidar.

De los otros dos maestros no hay mucho que decir. Uno, Juan Bautista, el que en otras ocasiones ha podido hacer que alguien se ilusionara, ahora mismo parece que lo mismo que es torero podía ser marino mercante, técnico informático o cualquier otra cosa que le resultara rentable. Lo mismo se estiraba para hacer que el toro pasara muy lejos, que citaba con el brazo encogido como si estuviera asustado. Sin sitio, muy desconfiado, excesivamente desconfiado, pasó por las Ventas como una sombra.

A Eduardo Gallo siempre se le espera, deseando que vuelva aquel chico que de novillero nos enamoró, pero se le nota falto de ambición y afición. Ni con el sobrero de Navalrrosal se despertó el salmantino. Desgana para llevar el toro al caballo, desgana para templar y mandar en la embestida y desgana hasta para irse para casa, y con el único recurso de la vulgaridad para intentar animar el cotarro.

Una tarde en la que sólo apareció la clase de Curro Díaz, con unos mulos que en ningún momento reivindicaron su condición de toro bravo, que lo mismo se dormían debajo del peto, que se ponían a empujar cuando le tapaban la salida buscando la libertad. Y unos caballos de picar que cuando sentían el tímido embate del torito, se desplomaban como si les atacara la reencarnación de Jaquetón. Primera de una larga serie, y puede que sea el augurio de lo que nos espera todos los días a las siete de la tarde.

domingo, 2 de mayo de 2010

Para entender a Madrid



El jueves empieza la feria de Madrid. Todos nos aplicaremos para ir a la plaza a honrar al santo. Llenaremos los tendidos una tarde sí, otra también y otra y otra y otra. Así hasta que se acabe la feria o la feria acabe con nosotros. Un serial seguido por mucha más gente de lo que se puede llamar aficionados. Y son estos quizás los que menos nos comprenden y los que se creen todo lo que se dice por ahí del público y los gustos de Madrid. Pues bien, voy a intentar descifrar el enigma de Madrid, especialmente para esos que se creen que es nombrarnos a los toros y nos ponemos a hacer fu como los gatos.

A muchos se les llena la boca cuando hablan de las exigencias de Madrid, que si es la plaza más importante, que si se exige mucho, que si es muy difícil triunfar, que si las figuras no nos resultan simpáticas. Pues en todo eso no hay demasiado de verdad. La gente que va a las Ventas no es especialmente exigente. Si será esto así, que debe ser la única plaza que aprueba a aquel que intenta hacerlo bien. Con esto solamente ya nos tiene ganado el corazón, ya hasta somos capaces de invitarle a cenar a casa y ponerle el doble de croquetas y empanadillas. Eso sí, si percibimos que el de luces nos quiere hacer el avión, entonces nos cegamos, no conocemos. Pongo un ejemplo. Basta que el espada de turno quiera cruzarse o ponga la muleta plana, para que ya nos empecemos a ablandar, pero como atraviese el trapo, doble el espinazo, estire el brazo más de la cuenta y encima mande al toro a Torrelodones, entonces nos tiene delante y con mala cara. Bien es verdad que muchos de los toreros que vienen a la plaza de la calle de Alcalá lo quieren hacer bien, aunque sea lo último que hagan en su vida. Pero pasa una cosa, y es que lo que se aplaude y se jalea por esos mundos, pues aquí no gusta. Somos así de raros. Y que fácil sería que alguien se lo explicase a los coletudos antes de hacer el paseíllo, pues no. Ellos vienen con su lección bien aprendida y nos la sueltan, sea cual sea el tema que cae en el examen. Que cae la conquista del Perú, ellos te sueltan los reyes Godos; que toca la fotosíntesis, pues venga con los reyes Godos otra vez. Y eso, no me negará nadie que mosquea. Y miren si somos simples, que incluso después de habernos soltado los reyes Godos, si entra a matar con todas las de la ley y pega un soberbio estoconazo, se nos olvida todo y nos volvemos locos. Y es que aquí todavía se valora eso de matar bien.

Otro de los bulos que no sé quien se ha encargado de divulgar, es que nos gustan los toros muy grandotes, muy gordos y con una cornamenta destartalada. Pues tampoco. Tampoco somos tan retorcidos, con que el toro sea eso, un toro y lo parezca, nos vale. Es que con verle cara de mala leche nos vale. Tampoco queremos toros que metan la cabeza como un cordero. Nos gustan bravos, como a todos, supongo, pero somos capaces de volvernos locos con un manso que ponga alguna que otra dificultad. Y basta recordar aquella tarde del 2 de mayo de Joselito, en que entre olés, orejas y demás parabienes, salió un manso tan manso, que era para meterlo en el museo de los mansos. Y allí acabamos de perder la cabeza. Igual era porque nadie se veía capaz de bajar al ruedo a pelearse con aquella joya y así jaleábamos a Carretero poniendo banderillas y a Joselito pudiendo a aquel marrajo. ¿Arte y filigranas? Pues las justas, cualquiera se ponía a poner posturitas con aquello.

Pero a lo que iba, lo de los mastodontes con cuernos. No sé si en algún momento Madrid pidió esas moles de carne, yo no lo recuerdo y hace ya más de cuarenta años que estoy yendo a los toros. Pero bueno, el caso es que si sale un búfalo de esos, en lo único que pensamos es en un buen filete. Para darse cuenta de lo que se quiere, sólo hay que pasarse cualquier día fuera de feria y asistir a una novillada de las de Madrid. Con unos novillos que podrían pasar por toros en muchísimas plazas y con una cara de “aquí te espero” que asusta al más dispuesto.

Pero hay una cosa que Madrid no soporta y es que se le caigan los toros. Es que es ver rodar al animalito y nos entra un no sé qué. Llámennos tiquismiquis, pero es que no podemos con eso. Yo veo en otros sitios que no les importa tanto, que lo arreglan con no picar al toro. Pero es que aquí, si encima no se pica, eso nos enloquece. ¿Cómo que no se pique? Y a pesar de que siempre hay algún voluntario que se presta a hacernos la aclaración de “si se le pica, se va a caer más”. La respuesta es: Pues que se caiga. Que contrasentido ¿verdad? Pues no, mire usted. Nosotros, que somos muy nuestros, pensamos y también somos un poco ingenuos, que si tarde tras tarde y en todas las plazas del orbe se caen los toros por picarles, se iba a montar una tan gorda que o esto se arreglaba o iban a arder las plazas como teas, entre el cabreo del respetable.

Y, por último, otra de las rarezas de la gente de Madrid es que tiene memoria. Son las cosas de la vida. Si un ganadero, matador, presidente, subalterno o vendedor de refrescos nos engaña, se la tenemos jurada eternamente hasta el momento en que nos demuestre su torería, valor e intención de hacerlo bien. Ahí se nos esfuman todos los malos recuerdos y lo pasamos a nuestra lista de preferidos.

Espero que estos apuntes puedan servir para, si un día a algún isidro se le ocurre pasarse por la plaza, que no se crea que se ha metido en el manicomio en hora punta, ni que piense que eso no es cómo se lo habían contado. Eso sí, que tenga muy en cuenta que en Madrid se puede saber o no de toros, eso que lo digan los sabios del toreo, pero lo que sí es verdad es que se tiene muy clarito lo que gusta y no se pide otra cosa nada más que eso. Y digo yo, si saben lo que nos gusta, ¿por qué se empeñan en darnos tres tazas de caldo? Y tres tazas y otras tres tazas y tres más y otras tres, ¿no creen que puede llegar a cabrear tanto caldo? Que San Isidro nos ayude, otro año más.