![]() |
| Hay días en los quizá la mejor opción sea doblarse y poder por abajo a un animal, antes que querer liarse a dar derechazos y naturales o meterse entre los pitones a ver qué pasa. |
Si uno empieza a ver la corrida de Jandilla con dos remiendos de Santiago Domecq, de primeras todo le puede resultar familiar, lo de siempre, que si los dos primeros tercios no cuentan, que unos de luces van a buscar despojos sin importarle nada más y que esos animales modernos van a responder como se les enseñó en la escuela de toros de la ganadería; pero sucede que a veces no se pone el celo suficiente en eso de dejar pasar solo a los recomendados y si se te cuela alguien que no estaba invitado a la fiesta, la que se puede montar es chica. En este caso el intruso, el que no iba vestido para la ocasión, el que no había estudiado en el cole de pago de los toros, fue el sexto, de Santiago Domecq. Que a todas luces el toro tenía que venir rebotado de un centro público, un centro de esos en los que no se cuidan las formas igual que en una escuela de pago, en un Centro de Estudios Domecq, todo con alumnos educaditos que toman el té a las cinco levantando el meñique y cogiendo las pastas de una en una. Que sí, que se pusieron de pastas como el tenazas, pero con un estilo, con un saber hacer. Que lo tengo que escribir en román paladino, porque como servidor no fue a una escuela de semejante postín, pues no aprendió francés, como ese sexto, que ni francés, ni lenguas muertas del Cáucaso, ni tan siquiera protocolo de la modernidad taurina. Pase por aquí, señor burel, como usted ordene, señor maestro, ¿algún trapazo más desea el señor? El sexto igual me lo encontré alguna vez jugando en el patio al “cómo te pille, te reviento”.
Los de Jandilla muy en lo que deben los descendientes con ese nombre glorioso en sus ancestros de Domecq, hasta justitos de presentación, que a alguno le quitabas los kilos que le sobraban con cinco minutos en un baño turco y te cuadran para otro tipo de festejos. Lo de picarles, ¿qué les voy a contar? Que estamos hablando de la modernidad. Ni se les picó, ni se hizo por al menos llevar una lidia medianamente lógica. Que si un picotazo por aquí, que si la carioca por allí, que si al segundo lo agarran mal, derriba y se marcha con un único picotazo, que si en eso de taparle la salida acaban toro y jinete bailando la yenka en los medios. Un verdadero despropósito, el despropósito de todos los días. Los de Santiago Domecq variaron poco de esta tónica, al menos en el primer tercio. Solo el quinto parecía que quería pelea, aunque sin humillar.
Lo de las lidias, pues para qué seguir, exceso de capotazos y a veces los maestros pendientes de sus cosas en lugar de estar atentos en algo tan básico como la colocación en banderillas. Quien para algunos no defraudó fue Emilio de Justo, torero al que no se sabe quién, auparon al podium de figura, pero ya digo, no defraudó, atizó a los presentes con un rotundo sopapo de vulgaridad, incapacidad, trapaceo muy rápido. Quizá había apostado con alguien que llegaba a la centena, sin ningún criterio lidiador, que lo mismo te recibe a un toro por chicuelinas, que por manteos bailados, muy bailados. Y con la muleta, pues parece que el éxito depende de las voces que pegue, a más voces, mayor respuesta de los leales. Toreo moderno muy exagerado, poniéndose descaradamente perfilero, pero alargando hasta la desesperación del que está en la piedra, los trasteos sin sentido. Con unas cosas de plaza chica, que si cambio el palo por la espada y acto seguido la tiro adónde vaya. Molinetes por aquí forzando la pose, trapazos por allá y con la espada... ¡Ay la espada! En su primero, después de un bajonazo, venga golpes de verduguillo, muy alejado y con la espada demasiado horizontal. Pero él quiso desquitarse en su segundo, ahí sí que voceó a placer. Después de muchos mantazos de la cuadrilla, allá que se fue al tercio a lo suyo, trapazos y más trapazos entre enganchones, instrumentados desde el metro del Carmen. Perfilero, acelerado, más voces, venga trallazos y no se imaginan lo encendidos que estaban los ánimos entre los hijos de la modernidad. Que llegó la hora de entrar a matar y ellos que vieron todo el acero enterrado, ¡qué felicidad” Lo más grande. Pero, ¿qué les pasa a esos amargaos? Seguro que no son de cole de pago. Que no les gusta que la espada este en mitad del lomo o más allá ¡Hombreee! Esto no se puede consentir, apiolar así a un toro que acudía una y otra vez a las llamadas de De Justo. Que hasta podría haber embestido hasta a las mulillas camino del desolladero. Y con lo que nos las prometíamos tan felices viendo a un torero a cuestas, al final, na de na. No se podrían haber callado los que protestaban que el solomillo hubiera quedado hecho una brocheta.
Borja Jiménez parecía que venía a tener una actuación estelar, prólogo de la que deberá ser gloriosa dentro de dos días. Pero a él, como a sus compañeros, parece que no le explicaron detenidamente lo del temple o quizá es que le dedicaron más tiempo a lo de los trallazos y tirones. Primero en las proximidades de toriles, a ver si veía con claridad por dónde meterle mano al animalito. Siempre tirando de pico, citando exageradamente desde fuera, para cerrar en su primero muy encimista. A su segundo un precioso sardo de lámina impresionante, solo supo empezar a pasarlo por la espalda, para continuar con los trallazos de rigor y los enganchones inevitables, según parece. Pero igual es que se estaba reservando para su gran día, que esperemos que tenga una revelación taurina y abandone ese toreo ventajista que practica cada tarde.
Víctor Hernández era esperado por quienes quizá dejaron de esperarle después de su anterior y anodina presencia en la feria. Y la cosa parecía que iba a continuar por unos caminos bastante similares. Que a partir del insulso recibo de capote a su primero, solo había que añadir una faena de muleta al suyo de toda la tropa de la modernidad, con tirones, enganchones, echarse encima de su oponente, demasiado acelerado, quedándose al descubierto por ese empeño en meter el pico y el querer dar muchos muletazos. Su segundo, el que cerraba plaza, ya empezó con un tremendo sobresalto; en el saludo de capote quizá se quedó a merced del animal al marcar antes de tiempo la salida. La voltereta, el zarandeo puso los pelos de punta a todo el mundo. Con un toro reservón, que no paraba de escarbar, dando la sensación de que eso era el preludio de un arreón inesperado. Tremendo desorden en el ruedo durante la lidia, el toro cómodo en tablas, pero con bastante peligro. Y llegado el último tercio, el espada decidió ponerse a dar derechazos y naturales, que quizá no era lo más conveniente, con un toro que exigía mando, que le pudieran. Quizá podría haber sido mejor opción el toreo por abajo, un macheteo decidido hasta que se le quitaran las malas ideas y las ganas de seguir pegando arreones. Quizá los habrá que califiquen esta actuación de valiente, que el valor está muy bien y es más que necesario, pero en el toreo y sobre todo en casos como este, puede que lo más sensato sea que impere la cabeza, el conocimiento, los recursos para hacerse con el mando y no estar a merced de esas arrancadas y a ver qué pasa. Que quizá se lo podrían haber apuntado desde el callejón o quizá quién debería hacerlo pensaba más en eso que dicen que hay que echarle cuando se habla de valor y no raciocinio y conocimiento de la lidia, que tan bien viene para días así.
Y cuando todo el mundo esperaba orejas tras faenas interminables, va y en la fiesta de la modernidad se coló un intruso y todo patas arriba.
Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:
https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html






