Son muchos los que quieren, pero el aficionado tiene que ser el filtro, siempre con la inestimable colaboración del toro |
Se ha convertido en un clásico la idea de que esto no tiene
remedio y que no lo salva ni el papa, y no diré yo lo contrario. Basta asomarse
al balcón del taurinismo y el panorama que un día fue el de una apacible
avenida, con su bulevard, sus bancos, sus sombras y con espacio para que
jugaran los niños, se ha convertido en desolación, las papeleras volcadas, los
bancos quemados y apenas solo conservan el esqueleto metálico y algún tablón
atravesado, no se ven niños jugando, a riesgo de que se corten con botellas
rotas, las tertulias ordenadas han devenido en grescas vociferantes y hasta el
olor nos obliga a meternos para dentro y cerrar las ventanas para evitar los
ruidos y la pestilencia de tanta miseria. Pero cuidado, que aún hay quién opina
que esto es maravilloso y que tampoco está tan mal la cosa como dicen los
aguafiestas del vecindario.
Que puede que esto les suene a algunos, trasladándolo a los
toros, que unos recuerdan aquel panorama del toreo clásico y otros parecen
encantados pisando cascotes y restos de botellones por el suelo. Pero demos por
bueno que al menos hay un grupo de aficionados que coinciden en el primer
supuesto, el que esto va de mal en peor. Y quizá poco puedan hacer para
reconducir este dislate en un corto plazo, lo que a muchos les lleve a tomar la
postura del derrotismo pasivo, esto no tiene remedio y no hay nada que hacer y
como no hay nada que hacer, esto no tiene remedio y como no tiene remedio… Y así,
hasta el infinito o la desesperación.
Llámenme iluso, pero creo que aún nos queda alguna salida,
lenta, lentísima si en la empresa solo se empeñan los aficionados. Como muchas
veces hemos dicho, la regeneración solo puede nacer de la exigencia, del no
permitir el fraude, la trampa, la globalización de la fiesta comercial y
demandar el toro. Si los estamentos de la fiesta no se deciden a colaborar,
este proceso puede alargarse tanto, que lo mismo antes de llegar a buen fin,
podría llegar el fin. Mala cosa si el camino se recorre a base de coscorrones,
que eso de la sangre entra nunca me acabó de convencer, aunque tampoco vamos a
irnos al extremo opuesto y pensar que los taurinos y los ganaderos en
particular tienen que aprender que el fraude es pan para hoy y hambre para
mañana, pero jugando. A ver si ahora vamos a perder la cabeza de repente.
El aficionado, aunque a veces le invada el escepticismo,
tiene la capacidad de frenar la caída, con su exigencia, desterrando el medio
toro, rechazando el toreo mentiros y respaldando el que los carteles se
confeccionen por los méritos en el ruedo y no en los despachos. Seríamos unos
ingenuos si pensáramos que esto se soluciona con tres tardes de protesta; ojalá
fuera tan sencillo, pero la única forma de alcanzar el objetivo, ese gran
objetivo de la regeneración de la fiesta empieza por ponerse a ello. La cosa no
tiene nada de simple y sí de mucha constancia. Y esa unión que los taurinos
piden constantemente, aunque para apoyar sus trucos de thrileros, nacería del
rigor, independientemente de gustos, modos, modas, personalidades, preferencias
o debilidades. Esa sería esa variedad que tantas veces añoran los viejos
aficionados. Pero ya digo que esto no debe ser solo cosa del que paga, bastaría
que los señores ganaderos se sumaran a la causa, porque tal y como esto está montado
ahora mismo, quizá ellos serían de los primeros en caer y cada ganadería
mandada al matadero no supondría una mejor opción de mercado, un competidor
menos. Que no se confundan, cada hierro, cada ganadería de un encaste no
comercial no supone otra cosa que acotar más los límites de la fiesta.
Con el toro es cuándo realmente se podría pensar en un
renacimiento de esto de los toros. Este pondría orden en este jaleo tan
enmarañado que han provocado esos paradigmas de la mediocridad, esos adalides
del fraude, esas aves carroñeras que parecen esperar a que la fiesta se
desvanezca para levantar el vuelo desde sus troncos secos, e ir a arrancarle los
ojos con sus picos corvos y sanguinolentos. Que habrá quién disfrute de
semejante espectáculo, pero otros, los que aman sin reservas esto de los toros,
sufrirían como si fueran los suyos los ojos del festín de los carroñeros. Pero
igual no hay que llegar a este punto; podríamos llegar a soñar en la
regeneración de la fiesta, quizá baste con que nos demos cuenta de que el
futuro de todo está en la mano del aficionado.
Enlace programa Tendido de Sol del 19 de noviembre de 2017:
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