lunes, 1 de junio de 2026

Y un vulgar asaltaplazas quiso humillar a Madrid

El colmo en esto de los toros es que haya intrusismo, y del malo, en esto del primer tercio.


Si alguien me dice que esto va de divertirse, que esto es un espectáculo del pueblo, mejor que se lo cuenten a su prima, por favor. Que bastante es tener que aguantar estos esperpentos, estas humillaciones perpetradas por un vulgar asaltaplazas incapaz de hacer nada de mérito, como para además tener que aguantar que te vengan a dar explicaciones. Que chabacanos ha habido siempre, por supuesto, o quizá debería decir toreros que distan mucho del gusto de Madrid, pero llegaban aquí y respetaban esos gustos. Pero este no es el caso de don Antonio Ferrera. Este señor arrasa, sin importarle lo más mínimo, con todo lo que se le ponga delante. Es un incendiario de las masas, pero un vulgar trapacero, tramposo y ventajista, que si no es por esos números de circo, quizá no torearía ni en el patio de su casa. O sí, pero lo que deseo fervientemente es que nunca más vuelva a aparecer vestido de luces por las Ventas. Que allá cada uno con sus excentricidades, siempre y cuando no ofendan al prójimo y mucho menos al lugar de dónde va a comer; y eso, este señor lo escenifica a la perfección, que maestro del toreo ni lo es, ni parece que lo vaya a ser nunca, pero de estos montajes chuscos es un número uno. Que incluso hay otros figurones tan henchidos de soberbia como él, tan faltos de toreo como él, pero hay que reconocer que no tienen tanta imaginación, ni tanta falta de límites como don Antonio Ferrera, además de ser ridículo y una caricatura de si mismo. Y podrán decirme que soy subjetivo. Absolutamente, pero después de lo que llevamos y lo que se espera, ¿me voy a andar con paños calientes? Otro día, quizá.

Que era la de Adolfo Martín, con un torazo que quizá responda poco o muy poco a lo de Albaserrada, un segundo y tercero más que justos, que les tapaban las arboladuras. La verdad que el comportamiento ha resultado mejor de lo esperado, comparándolos con los Adolfos de años atrás. Al menos aguantaban en pie y hasta llegaban a embestir a la muleta, a pesar del trato tan nefasto de matadores y cuadrillas. El primero, al que le echó pocas cuentas Ferrera, se echó una siestecita en el peto y aunque le pegaron más en la segunda vara, solo se dejaba. En la muleta en los primeros compases ya comprometía al matador, que empezaba un tanto aperreado, sin pararse y atravesándole la muleta para echarlo para fuera. Desarmes, trapazos, carreras y sin amagar tan siquiera con mandar, trapazos sin llegar a esbozar el correr la mano, desconfiado, haciéndole él peor de lo que era. Ese truco de los mediocres de hacer que el toro es peor, para que parezca que no había oportunidades con el animal. En el cuarto Ferrera ya empezó dándose la vuelta para perder terreno, lo que a muchos, en lugar de parecerles una carencia, ven a un gladiador peleando con una alimaña mala de la maldad. En el caballo le pegaron, hasta que se quiso quitar el palo y se fue. Fue en el segundo encuentro cuando medio cumplió, sin más. En el segundo tercio Ángel Otero puso dos pares comprometidos aguantando como le cortaba por el pitón derecho, sin arrugarse ni un paso. Empezó con la muleta su jefe largando tela, siempre con el pico, muy fuera y el personal empezó a encenderse con esa supuesta naturalidad cuando Ferrera se pone digno, pero con las trampas de siempre. Pero hay algo que no falla, cuando tira la espada de mentira para seguir largando tela, aunque con la diestra. Y el de Adolfo una malva que acudía y no ponía un pero, aunque tampoco es que le sometieran esos trapazos a medias. Y la guinda era el número de la cabra, que me pongo allí, en “ca Cristo” Y hago que me perfilo con la espada. Menos de media y una entera caída y una orejita. Pues venga. Pero aún no había acabado el circo, quedaba el número fuerte, la mujer barbuda tocando la trompeta con la cabra bailando el charlestón en una mesa camilla con unos caballeros echando un mus. Hubo de estoquear el sexto de la tarde, por la cogida en el tercero de Paco Ureña. Recibido con un manteo a ritmo de mazurca. Y en estas que este dechado de arte y respetuosa torería mandó descabalgar al picador. Que lo pico yo. Bueno, se subió al caballo y punto. Picotazo en la paletilla, que a ver si atino, caos en el ruedo, otro picotazo ahora en la otra paletilla, otra entrada trasera y el toro estaba sin picar. Luego vino el gran lío, el presidente que no cambia el tercio, lo cual parecía lógico, porque allí no se había picado ni de lejos. Va el de la gregoriana y otra vara trasera, que si Ferrera se encara, que si en el palco y en el callejón los gestos son muchos, pero nadie se entera. Pero esto anima el cotarro. Al final salen los banderilleros, sin que en el palco asomara ningún pañuelo blanco. Unos que pedían al maestro que `pareara, otros solo gritaban entusiasmados, vaya usted a saber con qué. Y tomó la muleta para empezar su mitin trapacero al uso, trallazos al aire, muchas carreras, muy descolocado, pico muy exagerado, lo mismo con la diestra, que con la siniestra. Siempre quitándosela a medio trapazo, cazando los viajes del Adolfo, que seguía yendo detrás del trapito. Y ahora, como en el cuarto, que me pongo la pañosa a lo Raquel Meyer sobre el hombro, que si a 15 o 20 metros, que me doy un paseo por la calle de Alcalá con la jeta hormigoná, se lo saca a los medios, otro paseo alejándose, que este nos canta aquí las Leandras del tirón. Y toma espadazo delantero, casi golletazo, pero como el de Adolfo, que igual iba a seguir embistiendo en el limbo, dobló, pues el segundo despojo, quizá más de la vergüenza, que del triunfo. Y como se dice, que lleve tanta paz, como tranquilidad deja y si no vuelve, al menos con tanta majadería, mejor.

Manuel Escribano no es que sea un dechado de virtudes toreras, pero al menos no irrita con ridículas ocurrencias. Se fue a portagayola en sus dos toros, aunque tan lejos se pone, que igual habría que inventar otro término, de rodillas en los medios, de hinojos pasado el tercio, para que los dos de Adolfo se le quedaran mirando antes de decidirse a ir a su llamada. El primero de los suyos echaba las manos por delante y en el peto, al que acudía andando, solo se empleó cuando no tenía el palo, para acabar sin ser picado. Se decidió Escribano poner banderillas, lo cual lamentó gran parte de la concurrencia y quizá él mismo. Mucha carrera con la muleta y sin acabar de saber por dónde tirar, sin llevarle en ningún momento, limitándose a ir recorriendo el ruedo detrás del toro. En su segundo no varió la tónica, ni de ese baile, esta vez con desarme con el capote, ni en banderillas, siempre dejando que el animal viera toriles al fondo. Se le aquerenció en terrenos cercanos a las tablas y Escribano se limitó a pegar trapazos abusando, y con descaro, del pico, siempre muy fuera y sin parar de correr para recuperar el sitio, hasta llegar casi frente a la puerta de toriles, donde seguía intentando cazar muletazos.

El tercero fue Paco Ureña, que recibió al único que estoqueo con verónicas nada pausadas y con el pasito atrás. En el caballo el toro solo se dejó, sin humillar, distraído para el segundo encuentro, le costaba mantenerse en pie. Ya en banderillas, a nada que le querían mover, se venía abajo. Aquerenciado en tablas, Ureña se lo sacó al tercio con la muleta, se le caía y por el pitón derecho, en un derrote le cogió y de nuevo ya en el suelo, le levantó, siendo en este segundo viaje cuando más daño le infirió al lorquí. Con evidentes muestras de estar herido, siguió en el ruedo. Mermado, ya encimista y quedando a merced del Adolfo. Pasó a la enfermería y ya no pudo salir a despachar al sexto, que como ya se ha relatado lo tomó Ferrera para montar lo que montó, uno de sus números. Y un vulgar asaltaplazas quiso humillar a Madrid.


Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

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