lunes, 4 de mayo de 2026

Que no les engañen con cínicas alabanzas


La colocación en el ruedo no es un capricho, es algo imprescindible


Algo ya demasiado frecuente en esto de los toros y quizá en especial en la plaza de Madrid, son los autobuses de partidarios que se hacen presentes en la plaza. Entusiastas dispuestos a jalear lo que haga falta, aunque esto más que jaleable resulte ser algo vergonzoso y ridículo, tanto para los aplaudidores, como para los aplaudidos. Ellos llegan con una idea fija, que al chico del panadero o del de la gasolinera o el del Fran, que quiere ser torero, le den muchas orejas, le sacamos por la Puerta Grande y así él, sus padres y todos nosotros nos creamos la falsa ilusión de que ha triunfado a lo grande. Que como un coro de párvulos se les oyen los oles, que no los olés rotundos, pase lo que pase; y se aplaude hasta el que asome por la tronera. Que hay un enganchón o mil, se aplaude; que hay un desarme, se aplaude, no digo nada si hay revolcón, ese es un clásico; un bajonazo, el delirio; un pinchazo, más palmas. Palmas y más palmas, que parece el Domingo de Ramos, todos con las palmas. Y si cae el toro y solo es un sector muy fácilmente identificable el que airea los pañuelos, pues no pasa nada. Que si no los sacan los demás, casi toda la plaza, será porque o no tienen para sonarse la nariz o... o vaya usted a saber qué les pasa a esos “esaboríos”. Quizá es que esos “esaboríos” vieran con desazón como unos cazadores de despojos estaban dejándose ir una corrida para triunfar, porque todo lo que se hiciera con verdad tendría mérito.

Corrida con seis novillos de Couto de Fornilhos, con un volumen ajustado, nada grandones, pero que nadie ha protestado ni ha amagado con hacerlo. Que raro, ¿no? En Madrid, que solo quieren elefantes con cuernos grandes, muy grandes. Y, ¿cómo es eso? Pues muy fácil, primero porque esas afirmaciones tan habituales no son reales y segundo, porque la novillada ha salido seria, con el trapío del novillo de esta plaza, nada más que eso. Novillos a los que había que torear, no eran para el pasa por aquí, pasa por allí, que sí, que iban, pero que si no se les mandaba, no había manera, que no eran la boba de los martes. El primero empujó en el caballo y a nadie se le ocurrió ir a sacarlo para ponerlo una segunda vara, encelado en el segundo encuentro, le levantaron el palo y pasó lo que quizá no habría pasado, si no le quitan la puya, que derribó al caballo ¿Y el matador? Mario Arruza, que estaba entre muy lejos y la luna, allí, mirando, sin perder detalle, ni mover un músculo, inoperante, inhibido absolutamente de la lidia y sin preocuparle que su picador hubiera medido el suelo con los lomos. Que sí, que esto es lo habitual, pero no deja de ser una falta de afición que merecería no permitir que quién actúe así pueda volver a vestir de luces y una desvergüenza insultante. Ni por supuesto iba a remediar el caos en banderillas, él iba a no hacer nada con la muleta y lo hizo. Un toro al que había que torear y si no, pues lo que pasó, que no pudo con él, venga trapazos, sin saber por dónde se andaba, echándolo para fuera, trallazos y más trallazos y eso sí, alargando la vulgaridad hasta llegar al aviso sin haber entrado a matar. Su segundo, sin fijarlo, se fue a toriles . Mal puesto al caballo, donde el de Couto peleó metiendo los riñones, le taparon la salida y le dieron para ir pasando. Y el maestro, de nuevo, manteniendo las distancias allá a lo lejos. En el último tercio todo muy, muy vulgar, desconfiado, mantazos y carreras y el toro que empezó a dar muestras de estar aburrido de tanta inoperancia.

Cristian González mostró una desgana desesperante con el capote, que lo suyo, como todos, es lo del trapo rojo, pero... El pero es que es como todos, sin aguantar las embestidas del novillo, sin parar quieto un momento y aderezado con enganchones, pero no pasaba nada, el personal le jaleaba con verbenera algarabía. Mucho pico, trapazos de uno en uno, pretendiendo convertirlo en virtud y hasta había quién se lo creía. La muleta muy atravesada y por si fuera poco, bernadinas. Eso sí, como él lo vale, decidió darse una vuelta al ruedo, faltaría más. En el quinto el recibo fue bailado y bien bailado, que no se paraba el muchacho. Un desastre en el caballo, en banderillas, una lidia desastrosa. Prosiguió su tarde danzarina con la muleta, yéndose antes de que el toro acabara de pasar. Exagerando el abuso del pico y dejándosela tocar mucho. Tirones, trallazos y solo voces, muchas voces y siempre a merced del toro, para acabar con un bajonazo. Que a ver si hay alguien que le diga a esta muchachada aspirante a figura, que tras un bajonazo, lo de levantar el brazo y adornarse, bonito, lo que se dice bonito, no es.

El tercero era Juan Alberto Torrijos, sí al que venían a ver los que ocupaban toda una franja del bajo del cinco y parte del seis, sí, esos, los que aplaudían al picador que marraba en la paletilla, que tapaba la salida, que no atinaba y rectificaba hasta seguir sin acertar, esos mismos. Que en el recibo de capote hasta parecía que el muchacho tenía algo de garbo, pero solo hubo que esperar al galleo para poner el toro al caballo y ver que... ver que no llevaba al toro, que el toro le llevaba a él y remataba dónde el cielo le diera a entender, estuviera el penco aquí o en Pekín, esquina Johanesburgo. Y en banderillas se vio que los espadas de la tarde hicieron novillos, que paradoja, el día en que explicaban la colocación durante el segundo tercio. Que si a la salida del par no hay nadie, pues peor para el que parea. Luego, cuando alguien protesta, siguen sin saber colocarse, pero como pollos sin cabeza. El trasteo fue una sucesión de trapazos tirando del pico, carreras, trallazos enganchados, todo muy deprisa, muy vulgar y dando vueltas y más vueltas como un giraldillo en un huracán. Y fue caer el toro y allí que asomó el paisanaje, todos en línea bien colocaditos y como el muchacho es muy educado, fue a darse la vuelta por su cuenta, aunque ofendiera su desfachatez al resto de la plaza, pero si te vienen a acompañar desde lejos, ¿se les va a hacer el feo de no saludar? Con que ganas sacudían el pañuelo. Que cualquier día tenemos un disgusto al declararse una pandemia de hombros dislocados por pedir un despojo. El sexto podía ser un toro de muchas plazas del mundo, que se fue descaradamente a los terrenos de chiqueros. Manteo girándose para perderle terreno. Mal picado, mal lidiado y haciéndolo empeorar por momentos, gracias a la inoperancia de banderilleros y lidiadores, con mil pasadas dejando uno o ningún palo. Y el novillero allí esperando a ver si y cuando ya pudo, pues lo de siempre, venga trapazos y más trapazos desde muy fuera, pero si no llega a pinchar, igual los de los pañuelos se habrían dislocado hasta el peluquín. Eso sí, como no hubo despojo, ni a saludar le sacaron, quizá porque se hacía tarde y no querían quedarse en tierra, que los autobuses arrancan y no esperan a nadie. Que se creerán los de esta y tantas tardes que ese entusiasmo pidiendo despojos favorece a los muchachos, pero nada más lejos, que eso no ayuda, así que, que no les engañen con cínicas alabanzas.


Enlace programa Tendido de Sol Hablemos de Toros:

https://www.ivoox.com/podcast-tendido-sol-hablemos_sq_f11340924_1.html

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