viernes, 20 de mayo de 2011

Y esto ¿Cuándo se acaba?



Hay veces que los malos momentos se reducen a unos segundos y a partir de ahí todo es alivio. ¿Un pinchazo en una encía? Duele, pero luego la pena va siendo menos. ¿Un sopapo en la jeta? Primero pica, pero lego la picazón va remitiendo en la misma proporción en que aumenta la indignación del sopapeado. ¿Un golpe en el hueso de la risa? Que al final solo queda en risa. Pero ¿Y una corrida de toros interminable con toros inválidos y toreros pesados, pesados de los más pesados del país de los pesados? Eso tarda en superarse, por lo menos el tiempo que va desde que el presidente abandona el palco, hasta que lo sustituye otro al día siguiente.

Si solo nos quedamos en la ficha de la corrida y leemos que El Cid ha cortado una oreja, pues hasta puede que haya quien envidie a los espectadores de la susodicha corrida. Pero si hurgamos un poquito más, dan ganas de invitarles a tilas y valerianas o a un café muy cargado a los que se quedaron dormidos en el hombro del acompañante; cosa que por otro lado no es nada complicado dadas las “anchuras” de las localidades de la plaza de Madrid, especialmente de gradas y andanadas, donde siempre te puede llegar un tío muy listo que pretenda ocupar su sitio, el sitio del de al lado y el sitio del de atrás. Y o te lías a rodillazos o lo dejas y esperas a otro día.

Pero a lo que íbamos, la corrida. Pues si vemos lo del Puerto de San Lorenzo y recordamos los antecedentes del año anterior, muy bien no pinta la cosa. Muy flojitos, con diferentes grados de invalidez, sin admitir que les bajaran la mano más allá de la cadera y con escasas dosis de casta. Para mi resulta muy triste ver como un hierro que en su día fue de los duros, que incluso echan toros de calidad y bravos, como aquellos Carretilla o Curioso. Toros que incluso no han borrado en la mente de algunos la idea de ganadería excesivamente floja. Y si ya me gustaría que todas las ganaderías tiraran para adelante, esta mucho más. La condición del ganado hizo que los picadores fueran meros espectadores que contemplaban como el toro se les derrumbaba bajo el peto. Salieron como sobreros uno de Salvador Domecq, en tercer lugar, y otro de Carmen Camacho, que hizo quinto, y que no aportaron ni más casta, ni más bravura, ni casi más fuerza, y anda que no estaba fácil esto último.

El Cid volvió a Madrid y Madrid le sigue esperando para ver si también vuelve aquel torero que nos enamoró con su toreo y su verdad, que cayó en un bache hace unas temporadas y del que parece que todo el mundo quiere ayudarle a salir; pero la cosa no parece fácil. Quizás le falta ese echar para adelante que hacía que los toros malos le parecieran regulares, los regulares buenos y los buenos buenísimos. Ahora no le vale casi ninguno. Su labor casi hay que diseccionarla como si fuéramos cirujanos. Un derechazo en su primero, algunos estimables en su segundo, que junto con dos tandas más que aceptables de naturales, algo despegados por cierto, una trincherilla y un afarolado para despertar a los que pudieran estar traspuestos, fueron los que le hicieron ganar una orejita. ¿Merecida? Pues casi como todas. Yo solo digo que en otro momento no se la habrían dado y que a otro torero puede que tampoco. Quizás habría pesado más la estocada tan trasera que licencio al del Puerto. Pero como decía, son tantas las ganas de hacerle volver, que a lo mejor puede que se nos nuble un poco el sentido común. El Cid volverá y estará bien, mal o regular, pero de momento no parece que se vean atisbos de una recuperación absoluta.

Miguel Ángel Perera, el torero con mejor oído del escalafón, protagonizo, a su pesar, uno de los momentos más tensos de la feria. Fue cuando se vio volteado por su primero, que le tuvo sobre los pitones toda una vida, sin que el torero pudiera librarse de la paliza. Afortunadamente todo quedó en un susto y en una taleguilla echa jirones. Lo que no tiene lógica es que un toro como aquel pueda coger a nadie, el toro no tenía nada, y mucho menos fuerza, y lo que no se entiende es que Perera estuviera allí perdiendo el tiempo y desesperando al personal y que solo se decida a coger la espada de verdad cuando oye el aviso, de ahí lo del oído. Es una insufrible sucesión de trapazos, de recursos de plaza de tercera, de toreo ventajista, de verle con el brazo encogido como si empuñara una bandera o una raqueta y todo para nada, solo para mosquear al personal, que ve que no llega el final de aquella penitencia. Quizás Perera piense que esa es la forma de demostrar sus ganas de trabajar, pero que no trabaje más, que se dedique al arte, que no nos pinte un mural de 4x4, que nos haga una miniatura, pero bonita. Que así solo evidencia que los naturales y derechazos que da por docenas, no tienen ni mando, ni hondura, ni mucho menos arte. Y por último, ¿tan complicado es volver a usar los pantalones de monosabio y no unos vaqueros bien preparaditos, cuando la taleguilla no tapa lo que tiene que tapar?

Daniel Luque, la emergente figura del toreo, a pesar de todo, incluso de que no acabe de serlo nunca, al menos fue capaz de mostrarnos algo de toreo con el capote y en algún momento en que no echó la pierna atrás. Hasta fue capaz de ilusionarnos. Pero aún le queda mucho camino por delante, empezando por quitarse esos tics de populacheros de dar los pases de uno en uno y recolocar al toro mostrándole la muleta por detrás, que eso puede estar bien una vez y como recurso, pero no convertirlo en una parte más del número; o que cuando ve que no va a haber premio, se mete entre los pitones del toro a hacerle todo tipo de cucamonas. Seguro que podría ser mucho mejor torero, pero lo primero es que tiene que querer él. Y el dejar pasar el tiempo, el aburrir, el desesperar al personal no es el camino. Un personal que ha vivido en sus carnes como las tardes en que más emoción ha habido y en la que disfrutó con el toro, salía por la Puerta de Madrid antes de las 9 de la noche.

jueves, 19 de mayo de 2011

Madrid es una plaza muy seria



La prueba de la verdad de esta afirmación está clara, en la última de Núñez del Cuvillo, la incompleta, se han concedido dos orejas a José María Manzanares y una a El Juli, sin que nadie se partiera de risa allí mismo a carcajada limpia, practicándose una fisura en los huesos propios de la risa. Si eso no es seriedad, que venga Dios y lo vea.

Tarde de triunfo rotundo, triunfo de la modernidad torera más vanguardista que se conozca, tan vanguardista que yo casi lo denominaría como arte abstracto taurino, porque tú lo miras y no ves nada parecido al toreo, pero si haces caso de lo que te cuentan, aquello es toreo. Yo juro que no pretendo ni provocar, ni llevar la contraria a nadie porque sí, ni nada por el estilo, pero después de ver a la plaza como loca una tarde más, yo he salido más frío que nunca. Podría intentar nadar un poco a favor de corriente, pero así estaría más incómodo que con unos zapatos de niño. Así que lo menos que me queda es la sinceridad. Otra cosa muy diferente es que esté acertado o no, pero eso es harina de otro costal.

Al llegar a la plaza podía escuchar a los alegres isidros como afirmaban sin rubor que era la mejor corrida de la feria. Cartel de postín, los toros más prestigiados del momento, los Núñez del Cuvillo, que no han venido una tarde a la feria, han venido dos, ¿qué más se puede pedir? Pues que logre juntar una corrida completa para Madrid, con toros de verdad. Yo cambio diez monas por seis toros, otros no sé. No se puede completar una corrida y hay que remendarla con algo que no desentone y que no nos descubra el truco. Todos deben cumplir la misma condición, que vengan picados de la finca y a juzgar por la manifiesta flojedad, les deben pegar de lo lindo antes de subirlos al camión. Luego pretendemos que entren al caballo en la plaza. Como no van a salir sueltos a escape un cuanto notan el hierro en el lomo. Si es que a los pobres se les deben venir a la memoria todas las imágenes juntas del castigo que recibieron en el campo. Mansos, con muy mal estilo, con unas huidas que avergonzarían hasta a un ganadero de vacas de leche. Y son tantas las carreras, que ya en banderillas van arrastrando la lengua por la arena mientras se retuercen de dolor al notar las banderillas. Eso sí, siempre hay algún “toro de bandera”. Que ahora quiere decir aquel toro que sigue la muleta bobaliconamente, y cuando no, bien se sigue doliendo de los palos, bien mata el rato escarbando o disimuladamente y ante la falta de mando y dominio de su matador, va buscando los terrenos de toriles, a ver si se abre la puerta y se puede marchar de allí. Porque además, si tienes la mala suerte de que te destinen a Madrid, no parece muy probable que te indulten, ¿o quizás sí?

Si vamos in crescendo según la casquería que obtuvo cada uno de los adalides del toreo moderno, monsieur Castelá ni apareció. Su misticismo taurino no encontró ni toro, ni ecos entre el público. Sus retorcimientos y bailes de salón no fueron suficientemente reconocidos por esta amable afición venteña. El siguiente en glorias y triunfo fue El Juli ¡ay El Juli! Madrid sigue sin entender su magisterio, que si alargo el brazo aquí, que si me encojo acá, y ese molesto animal que anda por aquí. Yo no le discuto a nadie sus condiciones y facultades para ser figura, pero que se olvide ya de los trucos, de los retorcimientos, de minimizar tanto el riesgo y que se dedique de una vez a ser torero. Creo, y espero que se me confirme, que podría ser muchísimo mejor torero, pero ahora mismo no lo es, siempre guiado por mi opinión. Quizás lo mejor lo hizo en su segundo, que fue capaz de tirar del toro, en unos derechazos, pero claro, con estos animalitos, eso no tiene el mismo valor. Resulta basto, con esa contorsión de la columna que es una pintura, abstracta, y que se le puede tildar de todo, menos de artista. Igual si en lugar de Cuvillos nos ponen un Escolar, pues a lo mejor hasta me hago julista, pero con aquello… Pero él que se pensaba que en Madrid no le caía bien a la gente, y después de ejecutar la suerte de matar de esa forma tan personal del cito, me aparto, que no es lo mismo que salirse, estiro el brazo, y en lugar de irme detrás de la espada, la meto de lado como si pegara un raquetazo, el toro cae y empiezan a salir pañuelos. ¡Qué mala es la alergia primaveral! Y sin venir a cuento, una orejita. Las protestas, que fueron muchas, no tienen importancia, lo importante era ver saltar a Caballero encima de la puerta de arrastre. ¿Ves Julián como no somos tan malajes? ¿Ves como tu toreo desde fuera, retorcido, de lomo partido, con el pico, lineal, destormando con la pierna atrasadísima, no le parece tan malo a todo el mundo?

Pero lo grande vendría después, lo grande vendría con Manzanares. Y de verdad que no quiero ofender, ni tan siquiera molestar a nadie y mucho menos a compañeras de localidad que son más que eso y solo espero que me entiendan y que comprendan que no me puedo callar. Va por vosotras. Pues a lo que iba, lo del Niño Manzanares, torero elegante donde los haya, vestido como un pincel, pero… Si empezamos con su toreo a la verónica, compone la figura como si fuera el mismísimo Antonio Fuentes, pero ¡por Dios! hay que pararse quieto, no puede ser que según viene el torillo, por sistema arrastre hacia atrás la pierna por la que entra el toro. Da la sensación de que todo su toreo se basara en la compostura y no en dominar al animal. Pero también, que cosas digo, si ya salen dominados de los chiqueros. Con la muleta planta la figura y muy elegantemente desarrolla un toreo vulgar. Vulgar porque torea desde muy lejos, mete el pico de forma descarada, no remata nunca atrás, hace un toreo lineal y atrasa la pierna contraria haciendo ostentación de este vicio. Esto en el mejor de los casos, cuando no tiene que pegarse una carrerita para recolocarse para el siguiente pase. Defectos que se acrecientan en su toreo al natural, perdón, con la izquierda, porque de todo puede ser, menos natural. Con unos alargamientos de brazo fuera de lo común. Sin quererlo ni beberlo, nos enjareto la faena de Sevilla o una muy parecida en su reducido catálogo de faenas. Intercalando detalles muy propios para una plaza de carros o para esas ferias en las que todo es alegría, merienda, bota y orejas. No sé si sería porque veía que el toro se lo pedía, que puede ser, o porque vio el efecto del día anterior, que se preparó para matar recibiendo, lo cual siempre está muy bien. Además en el centro del ruedo. Pero a mi no me quedó muy claro si en su fuero interno creía que el toro era un mansurrón o bravo Núñez del Cuvillo. ¿Y por qué? Pues porque si lo que se quiere es lucir al toro, no se le pone con la salida hacia toriles, que sí que es verdad que estaba en la boca de riego, pero ¿qué costaba ponerlo a contraquerencia? Luego dos orejas y alboroto general. Dos orejas que podían haber sido diez o veinte, pero que si no hubiera sido ninguna, pues casi mejor. Eso sí, esto engrandece lo del día anterior, aquello por lo que la recompensa fue idéntica y que la duda estaba en si era para una o si las dos eran excesivas. Ya lo dice el refrán, “detrás vendrá quien…” Pero lo que parece es que al final este toreo moderno, y superficial, puede acabar echando de las plazas a muchos aficionados que se emocionaban con otras cosas, cuando Madrid a lo mejor no era tan seria, porque el buen toreo la hacía sonreir.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Madrid: preparados para todo

El toreo soñado


La gran tarde en Madrid, dos orejas en un toro y petición de vuelta para el toro. Es una de esas tardes históricas que pueden preceder a otra que se convertirá en un acontecimiento histórico. No sé en que grado, pero seguro que esto se verá muy pronto superado; el público de Madrid ha dado muestras de la madurez necesaria para pedir un rabo o el indulto de un toro, sin pararse a reparar en los detalles.

Ante una circunstancia como esta no nos podemos detener en que Alejandro Talavante haya cortado dos orejas a un espléndido toro en la muleta, llevando al toro con el pico de la muleta mientras retrasaba la pierna de salida, no con la exageración habitual, también es verdad. Igual que tampoco hay que tener en cuenta el que en lugar de romperse la cadera para rematar cada pase atrás, ha preferido romperse la columna retorciéndose y vaciando la embestida delante, lo cual tampoco era tan importante, ya que a un toro con tanta fijeza en la muleta daba lo mismo mandarlo con la muleta y dejarlo colocado para el siguiente pase, adelantando solo un poco la pierna contraria, que mandarlo a Pernambuco. Él siempre volvía. Y volvía para buscar la muleta tantas veces como hubieran sido necesarias. Incluso tampoco era importante que en lugar de un pase templado le pegaran un trallazo a toda mecha, él pasaba y siempre volvía. Habrá quien piense que los adornos entre retorcimientos y las manoletinas finales sean más dignas de otras plazas, en las que son el arma más propicia para acabar de calentar al público y conseguir que tire las pipas a tomar… viento y hacerles que busquen un pañuelo blanco por los bolsillos. Quizás esa idea de matar recibiendo sea el único hecho anacrónico y ajeno a los usos del momento, pero no solo no molesta para alcanzar el objetivo del triunfo, sino que puede servir para convencer a los más reticentes a la locura. Era la forma torera en que muchos toreros querían cerrar una gran obra. Ahí sí que aguantó la arrancada y no se apartó hasta que la estocada estuvo enterrada hasta la cruz. Un pelín trasera, pero en este caso creo que se puede perdonar, yo me quedo con la rectitud en la ejecución. No seré yo el que le niegue una oreja, pero sí las dos y sobre todo por la repercusión que a todo esto se pretenderá dar. El público pidió la vuelta al ruedo para el toro, quizás por el recuerdo reciente de cómo acudía a la muleta, pero para tal petición algunos tenían que olvidar la forma como se retorcía al sentir las banderillas sobre sus lomos. Pero existe ese convencimiento actual de pretender unir la gran faena al gran toro, y eso no siempre es así, es más a veces un mal toro engrandece aún más la labor del matador.

A Talavante le acompañaron El Cid y Miguel Ángel Perera, uno que parece perdido por los siglos de los siglos, que hasta llegó a ofrecer una buena colocación en su segundo, pero la sosería y ese no estar convencido de poder con el toro, le convierten en un fantasma vagando por los ruedos. El otro, Perera, vive en su mundo, un mundo en el que todo se circunscribe a dar pases, pases y pases, en aburrir, en parecer un guardiamarina pegando banderazos y en no importarle que le toquen los avisos antes de pensar en entrar a matar, lo que dice muy poco de su forma de torear, del mando y de esa forma de no molestar al animal. Lo de los picos, retorcimientos y demás es ya repetirse y uno ya está cansado de repetirse. Uno ya está cansado de muchas cosas y aunque estoy convencido de que lo escrito estará en las antípodas del pensamiento de muy buenos aficionados, es lo que siento. Lo que tampoco significa que me cierre en banda y diga que esta verdad, mi verdad, sea la absoluta. Creo que por aquí se pasan varios aficionados de verdad, a los que escucharé con atención, con mucha atención, esperando aprender y aprender a ver lo que no vi con Alejandro Talavante. A además todo esto me sonó a estar preparándonos para acontecimientos mayores. Hace unos días tildamos de ignorantes a la afición de Sevilla y no paramos de gritar que Madrid es otra cosa, de lo que estoy cada vez menos convencido. Ahora podrán venir rabos, indultos o beatificaciones fulminantes, y será la certificación definitiva del cambio de lo que era la fiesta de los toros en otra cosa, y aunque no nos agrade, estamos preparados para todo.

martes, 17 de mayo de 2011

Un oasis en el desierto







Uno de los escasos placeres que se pueden disfrutar en las largas travesías por el desierto es el descanso en un oasis. Está claro que mejor sería pasear por un bosque frondoso mientras se escuchan los pájaros y el rumor de los arroyos, pero será esa asfixiante sequedad y aridez la que hace que se valore mucho más una sombra y un trago de agua fresca. Este reposo nos lo han proporcionado unos novilletes que se han venido desde los alrededores de Colmenar hasta la plaza de Madrid, los de Flor de Jara. Alguno puede que se haya desorientado y pensado que los encargados de lidiar y estoquear los negros y cárdenos santacolomeños serían las rutilantes figuras que nos castigan día a día; pero rápidamente se despejaban las dudas, estos tenían más trapío. Pero no era esa la única diferencia, a estos se les podía picar sin que se despatorraran debajo del caballo al notar el peso del palo.

El primero de la tarde recibió en dos varas más de lo que le dieron a los Cuvillos la tarde anterior, echando la cara arriba. Pronto en banderillas, en el último tercio precisó la firmeza y mando que no se le dio, lo que le facilitó el irse haciendo dueño y señor de la situación. El segundo empujó bien, pero luego cambió de repente. En el primer par de banderillas, en el que el peón le fue por detrás, se quedó muy parado, pero en los dos siguientes pares se fue de lejos, algo que a lo mejor podía no tener importancia, si no tuviéramos en cuenta lo que vendría después. No había recibido más de dos muletazos, cuando de repente se cruzó tirando al bulto, levantando y prendiendo por la pierna a Jiménez Fortes. Lo que pareció un accidente se siguió repitiendo a lo largo de toda la faena, pero con la extraña circunstancia de que topaba y no hacía caso por todo lo que estuviera a menos de dos metros de su testuz. Daba la sensación de que el origen de este comportamiento estaba más en un defecto en la vista, que a errores en la lidia, pero eso ya no lo sabremos. el tercero, y gracias a su matador, Víctor Barrio, lució en el caballo, arrancándose con alegría de lejos y empujando en el peto. Luego en la muleta se acostaba mucho por el ambos pitones. Admitía el primero y el segundo pase, pero al tercero se cruzaba una barbaridad. El cuarto levantaba la cara en el peto, empujando de lado y cabeceando en el segundo encuentro. El siguiente, que se fue al caballo suelto desde muy lejos, no dudó en salirse suelto y escarbar, aunque en la segunda vara empujó con cierta fijeza. Luego en la muleta embistió con decisión, aunque quizás pedía un poco más de mando y dominio y no tantos pases sin sustancia. El último tuvo un feo comportamiento en el caballo, cabeceaba, buscaba la grupa del caballo y en la segunda vara solo señalaron el puyazo. En la muleta, como varios de sus hermanos, pedía que se le marcara más el camino, pero eso no sucedió.

Me he querido extender en el comportamiento de los novillos para manifestar que una corrida de toros o novillos, para tener emoción y ser entretenida, no necesita toros que vayan como bobas a la muleta ni que pasen inadvertidos en el caballo. Lo que emociona es la variedad, la incertidumbre y el que presenten ciertas dificultades que el matador debe solventar. El toro tiene que dejar claro que está ahí y que en cualquier momento se puede hacer el amo.

El primero de los novilleros, Manuel Larios, no parecía demasiado preparado para este compromiso y casi siempre estuvo a merced de sus dos novillos y del que tendría que haber matado Jiménez Fortes, si no hubiera tenido que pasar a la enfermería. Intentó hacer el toreo del pase y pase, pero la tarde no estaba para ello, había que torear de verdad. Torear como hizo el herido Jiménez Fortes, que se anunció con unas ceñidas chicuelinas en un quite al primero y que al primero suyo recibió con unas verónicas casi sin enmendarse, ganado terreno en cada una de ellas, para rematar casi en la boca de riego con una media. Otro quite muy despacito con una bella media de cierre y cuando parecía que se barruntaba una faena de artista, el toro se encargó de descomponerlo todo. Dos pases de muleta y el percance ya narrado y en el que ya se llevó la cornada. No obstante el torero siguió porfiando, valiente, sabiendo la dificultad a que se enfrentaba, pero sin volverla cara en ningún momento. No cortó orejas, pero dejó un excelente sabor de boca y muchas ganas para volver a verlo por estos barrios en cuanto se recupere de la cogida.

El tercero era Víctor Barrio, un novillero que ya va como figura del escalafón y que el año pasado no me llenó lo más mínimo, sobre todo si ya pasea el cartel de figura. No se puede decir que le esperara con ilusión, pero en su primer toro me quitó de golpe toda predisposición en contra. Recibió al novillo en el centro del ruedo, igual que al segundo, que no voy a decir que me parezca maravilloso, pero bueno, si quiere convertir esto en su sello, pues adelante. Tafalleras y media de rodillas, de la que resulta enganchado por el de Flor de Jara. A este paso no terminábamos la corrida. Pero se rehizo de inmediato, nos dejó ver al novillo en el caballo poniéndolo de lejos en la primera vara y algo más cortito en la segunda. A algunos nos habría gustado ver ir al toro una vez más. Buenos derechazos con la muleta antes de que el toro se le cruzara y se le viniera a él, lo mismo que por el izquierdo. Pero lejos de plegar las velas, se tiró para adelante y se decidió a poder a su oponente. Un pase, otro y el arreón. Barrio intentaba solucionar la papeleta cruzándose mucho en ese tercer pase, y así obligar al toro, pero no había manera. Por supuesto que la faena no fue lo que se puede decir artística, pero nos dejó ver un torero con mucha cabeza y con decisión y amor propio. En su segundo, en el que ya pudo estirarse más, quitando los pases de buena factura del inicio, lo demás tuvo demasiada carga modernista, con la pierna de salida retrasada, el piquito y el toreo lineal. Mato de un bajonazo, más caído que el de su primero, pero a pesar de todo la “exigente” plaza de Madrid le pidió una oreja que el señor presidente no concedió, con buen criterio. Se nos pasó la tarde en un abrir y serrar de ojos, pensando que después de este descansito en el oasis comiendo dátiles a la sombra de una palmera, había que reiniciar la tediosa, larga, aburrida y sin sentido travesía del desierto. Ojalá nos encontremos con nuevos oasis; lo malo es que los guías que vienen nos llevarán por el camino más penoso dando un rodeo, para al final dejándonos tirados en medio de la nada.

lunes, 16 de mayo de 2011

La pantomima, falsedad y burla de la tauromaquia del s. XXI

Me parecería una tomadura de pelo por mi parte ponerme a hablar de la primera corrida de Núñez del Cuvillo como si no pasara nada, como si realmente estuviéramos hablando de una corrida de toros al uso. No creo que sea saludable tratar a lo que salió en Madrid, como una corrida de toros. A mi personalmente, e insisto, personalmente y según mi opinión muy personal, me parece que no debemos seguir el juego a estos mentirosos del toreo. Si nos ponemos a hablar con toda naturalidad de los que pasó en las Ventas el día del santo patrón, creo que seríamos cómplices de un delito contra lo que se quiere convertir en Patrimonio Cultural Inmaterial Universal. Cosas así solo merecen que se tiren a la basura e intentar que no vuelvan a pasar jamás, aunque pasarán. Empezar a decir que si el toro de Saldívar fue a la muleta o dejó de ir, creo que es dar cobertura a una inmoralidad.

Pero como las cosas funcionan como funcionan, dentro de tres días nos volveremos a encontrar con otra como esta. Igual hasta sale mejor, con más trapío, más brava y sin ese aspecto anovillado que han exhibido en la quinta de feria. Entonces a lo mejor hasta me sentía más engañado todavía, porque me sonaría a que en la oferta de dos por uno, la de regalo no era para sacarla en Madrid, lo sabían y a pesar de todo tiraron pa’lante. Ahora se me vienen a la cabeza las imágenes de recientes indultos, la emoción y las lágrimas del ganadero, coronado como el gran adalid de esta comedia bufa.

El espectador esperaba verse inundado por el arte desparramado de Morante de la Puebla, el místico taurino por excelencia, el que crea hasta fumándose un puro, el recuperador de las tauromaquias antiguas con la chota moderna. Nunca pensé que pudiera decir esto de un torero que tanto me ha hecho disfrutar, pero ahora mismo es un cómplice más de todo esto. Como evidencia la lidia que se le instrumentó a su primero, no se le pudo picar, malamente banderillear y solo un trapazos con el pico y por la cara es lo que se llama habitualmente faena de muleta. En su segunda cabrita nos deleitó con unas verónicas marca de la casa, echándole el capote adelante y llevándolo muy toreado, perdón cabriteado. A este manso que no tuvo reparo en coser a cornadas el peto y en dolerse en banderillas, le recogió por ambos pitones, destacando un buen trincherazo que más parecía la caricia de una nodriza que un pase con mando. El inválido soportó a duras penas los intentos de toreo con el pico y recibió resignado los cuatro pinchazos saliéndose, antes de la estocada rinconera que acabó con el suplicio de todos.

Pero si hablamos de cómplices de esta infamia, no nos olvidemos de don Alejandro Talavante, aquel torero que de novillero encantó a la plaza de Madrid, que ya de matador fue adoptado si no como sucesor de José Tomás, sí como su alumno más aventajado y al que se esperó, esperó y esperó en los malos momentos. Pues ahora no duda en colaborar en el engaño. Después de desentenderse de la lidia de su primer novillo, lo recibió con unos estatuarios y naturales simplemente aseados, otra tanda sin pararse quieto, derechazos con pico y pases y más pases, sin ningún objetivo aparente. Daba la sensación de alargar la faena para complacer a alguien poderoso que pueda mandar en los contratos, como si tuviera que justificar su buena “actitud” o simplemente porque no da para más. En su segundo inválido, para el que la suerte de varas se resume en dos picotacitos escasos, le enjaretó unas chicuelinas apartándose, para después pasara a otra de esas faenas eternas, pesadas y absurdas, utilizando el pico como su arma fundamental para enfrentarse al de Núñez del Cuvillo.

También era el día de la confirmación del mexicano Arturo Saldívar, al que por el momento no vamos a meter en el saco de los despropósitos, abrió la tarde con muchas ganas, con las que debe tener un torero el día en que hace el paseo como matador en Madrid con la montera en la mano. Tras no picar al gordo que hacía primero, con evidente flojera, y mansedumbre manifiesta al cornear el peto sin reparo y salirse suelto del caballo y al dolerse con ostentación de las banderillas, lo recibió con la muleta en los medios y de rodillas. Saldívar practicó un toreo tan efectista, como insustancial, trapazos, abuso de pico y viéndose obligado a recolocarse con una carrerita después de cada redondo o natural, evidenciando el poco toreo y escaso mando de sus muletazos. Unas manoletinas para encandilar al personal y una estocada entera y tendida, después de tirarle la muleta a la dulce babosa. En el sexto, otro novillo marca de la casa, repitió la misma estructura, falta de lidia y gestos para el público que lo mismo se enardecía porque le brindaban un toro, que perdía la cabeza al ver como el espada ponía la montera boca abajo con las bambas de la muleta. ¡Para qué más! Con el aceleramiento que le acompañó durante toda la tarde empezó la faena con un falso pase cambiado; aquel en el que el maestro Bienvenida esperaba a los toros hasta lo increíble con la muleta plegada, marcando la salida por el pitón derecho, para al final hacerlo por el izquierdo, por eso se llamaba el pase cambiado. Pero si esta maniobra la hacemos tres días antes de que el novillote llegue a jurisdicción, entonces ya es otra cosa. Más pases por detrás y muchos trallazos destemplados con sus correspondientes enganchones y con la obligación de rectificar y recolocarse después de cada trapazo. Pases en línea, sin rematar, para llegar al intento de arrimón final, donde el toro molestaba bastante menos.

Una tarde más, una de tantas de las muchas que nos quedan, en las que la mentira y la pantomima ya casi hay que aceptarlas como algo habitual si en el cartel se unen torillos comerciales con figuras rutilantes, pero es que además nos quieren convencer de que esto es la gran maravilla y de que es lo que nos queda. Esos sabios del siglo XXI nos sueltan a la cara que o esto, o nada. Pues por mi parte prefiero la nada. Mejor un buen recuerdo que un vergonzoso presente.

domingo, 15 de mayo de 2011

Nos toman por idiotas



Gran triunfo de los toros de El Montecillo, unos toros bonitos y bajitos, exceptuando al cuarto, el más grande de la corrida, con una embestida noble que permitía al torero pensar que no había toro, no le era nada difícil pensar que estaba solo en el ruedo de las Ventas, el marco ideal para sentirse artista, que eso es lo que son las figuras del toreo, artistas.

Pues cualquiera que haya leído esto habrá pensado que me he propuesto seriamente tomar el pelo a todo el que se pasa por esta tertulia. Pues bien, eso mismo es lo que pretende hacernos creer el taurineo. Hoy ningún vividor de la fiesta se habrá echado las manos a la cabeza, ni habrá sentido vergüenza de ver a que niveles ha llegado la fiesta de los toros, esos mismos que en cuanto ven una corrida con más casta de la que ellos desean, corren como locos a declarar lo nefasto de su presencia en las plazas de toros. Justamente lo contrario de lo que habitualmente opina el aficionado a los toros, que no el espectador de toros.

La corrida de El Montecillo no es que haya sido peor que otras tantas que sufrimos habitualmente, pero es que uno ya se cansa. Se cansa de ver ese ganado que sobrepasa los límites de la lógica y que roza los del escándalo. Escándalo que no llega si no se sobrepasa esa fina línea. Como todas las tardes, salvo excepciones, los toros no aguantan ni un puyazo, resumiéndose todo el castigo a señalar la vara y a levantar la mano inmediatamente después de que el torillo topa contra el peto. Justo en ese momento se oyen las sabias voces de los modernistas convencidos: “es que si le pica se cae”. Pues que se caiga de una vez. Luego en la muleta, vistos los resultados, podríamos pensar que embestían como el toro Jaquetón, pero que nadie se engañe, el que más poder tenía tomaba la muleta como un corderito al que no se le podía bajar la mano, si no se quería que rodase por los charcos de las Ventas. Pero luego tendremos que oír y leer que si los Montecillos tenían fondo, que duraban- me niego a repetir lo de “durabilidad”- y no sé cuantas milongas más para tapar una fea realidad. Como si esa palabrería nos impidiera ver la evidencia.

Uceda repetía como premio a la orejita de la tarde anterior. En su primero toreó mejor aún que en el Juan Pedro que cortó la oreja, escondiendo la pierna contraria, con un bello trincherazo en el inicio de la faena, algún natural suelto y aislados derechazos, que para los tiempos que corren, ya es mucho. Pero una faena en la que se tienen que ir sacando pases, como el que limpia lentejas, pues no es demasiado apasionante. ¿Y cuál es el pero? Pues el pero es el toro. Daría lo mismo que se nos pusiera con el carretón. Todo pierde sustancia en el momento en que no existe el toro. En el cuarto de la tarde no se pudo ni poner bonito ante un mulo que más parecía para tirar de un carro que para ser lidiado en una plaza.

Iván Fandiño “triunfó” y lo hizo porque cortó una oreja. En el primero de Uceda se hizo presente con unas ajustadas gaoneras. A su primero lo recibió por verónicas, echando en todas el pasito atrás. En este segundo de la tarde, viendo las condiciones del torillo se echó la muleta a la izquierda para empezar su faena, consiguiendo uno francamente bueno. Luego vinieron más naturales, más derechazos, pasándose el toro más cerca de lo habitual y evitando casi siempre descargar la suerte, pero al final de pase le faltó muñeca, lo que intentaba tapar retirando el engaño de la cara del animalito. Un estoconazo que le valió la oreja. Y en esto creo que hay diferentes opiniones. Unos pedían la oreja por los pases y los aficionados se consolaban diciendo que el premio era por la estocada. De lo que no estoy yo tan seguro es de que los de los pañuelos hubieran tenido en cuenta la estocada. Bueno, son formas de ver las cosas. En el quinto salió a buscar ese uno más uno que le abriera la puerta de Madrid, pero el soso Montecillo no le dio opción.

Miguel Tendero es una de esas cargas que Taurodelta nos manda todos los años como a otros les mandaron las plagas de Egipto, la maldición de los faraones o la discografía de David Bisbal. Es el caso prototípico del cambio de cromos. ¿Es vulgar? A rebosar, ¿Es un buen lidiador? Ni sabe lo que esto significa ¿Tiene arte? Menos que los cuadros de cacerías de ciervos. Pero aquí viene cada mayo a hacer bulto en la feria de Madrid. No me voy a detener en su actuación, solo que fue sosa, vulgar y en la que tampoco ayudaron los torillos de turno. Porque este torero, de momento, no ha tenido tan siquiera que ganarse su presencia en las ferias enfrentándose al toro de verdad, porque desde el primer momento nos quisieron hacer creer que era una figura. Y es que nos toman por idiotas.

sábado, 14 de mayo de 2011

Pero ¿qué queréis exactamente?




Uno cada día entiende menos esto de los toros y además, si ya resulta bastante complicado en si mismo este asunto del toreo, van los que deberían saber más que nadie y nos lo complican todavía más. Nos quieren hacer tragar que el toro no debe ser muy grande, que si no, no puede embestir, que tienen que ser nobles más que sir Lanzarote del Lago, que lo del caballo es para nostálgicos y que lo importante es que vayan bien a la muleta, que a partir de ahí les esperan los maestros de la tauromaquia moderna para hacernos tocar el cielo con los pañuelos pidiendo orejas por docenas. Pues todo lo dicho es un trágala que no hay por dónde cogerlo.

Cuarta de abono de la feria de Madrid para homenajear a San Isidro, santo patrón de la Villa y Corte, toros de don Juan Pedro Domecq, QEPD, justitos de presentación, que aunque alguno lucía perfiles casi anovillados, estaban en ese límite impreciso que con tanta soltura manejan los taurinos y el público que se desenvuelve como pez en el agua con los códigos de la moderna o postmoderna tauromaquia. Ya digo que justitos de presentación, justitos de fuerzas, algunos incluso menos que justitos, justitos de casta, aunque sea exagerando, sobrados de nobleza y con evidentes muestras de mansedumbre. Pero todo esto da igual, qué más dará que en el caballo después de la primera impresión se pusieran a cornear el peto queriéndose quitar ese molesto palo, que buscaran el refugio en las tablas o que escarbaran escandalosamente en cuanto les dejaran un segundo de respiro. Luego llegaban al segundo tercio y se ponían a embestir como si se les activara el chip de la famosa “toreabilidad”. Y ya si atisbaban la muleta hacían la ola de rabo a pitón. Incluso hubo alguno que hasta “transmitía”, ofrecía un magnífico nivel de “toreabilidad” y “durabilidad”. Vamos, todo un compendio de la Neotauromaquia. Que quien después de la corrida no fuera capaz de irse a la peña taurina “la Esclavina de oro”, es que o no se entera o que se pasó toda la corrida intentando ligar con la guiri que era la novia del gordinflón sonrosado de la cámara de vídeo y las cervezas.

Uceda Leal tuvo lo más soso de la tarde en sus manos. En su primero se contagió de la abulia del bovino y se limitó a estar por allí. Solo despertó a la hora de propinar una estocada algo trasera, con mucha facilidad, que nos hizo recordar a aquel torero que mataba como los buenos. Fue en su segundo cuando nos mostró algo más de lo que de él se espera. Unas verónicas de recibo jaleadas, aunque no se parara quieto en ninguna de ellas, una buena media en un quite y se fue a coger la muleta. Empezó con trapazos, pero firme y sin moverse. Luego una buena tanda de derechazos, muy despacito, con el temple como mejor virtud. Una de naturales para volver a la mano derecha. Muy lentos, pero a todo esto le faltaba un detalle sin importancia, el toro. Lo mismo daba que hubiera sido el de Juan Pedro, que el carretón guiado por un fiel amigo. Un estoconazo y una oreja, que no era para protestarla, pero tampoco para subirse hasta Manuel Becerra dando naturales a los taxis, tequis en cheli. Que cosas, si hubiera habido oponente quizás ahora estaríamos hablando de otra cosa, pero…

El segundo de la terna era Juan Bautista que a lo largo de la tarde provocó cientos de exclamaciones que decían ¿Cómo le pudimos dar a este dos orejas el año pasado? Pues eso mismo me preguntaba yo… el año pasado. Muy digno y muy soso él, parece que la cosa no va con él, que tampoco está mal ese derroche de serenidad y mística apatía, pero si resulta que te toca el mejor de la de Juan Pedro, pues es como bailar una jota a los sones de la marsellesa. Se limitó a sortear las embestidas con violentos trallazos aderezados con toneladas de vulgaridad. Y el toro a todo esto no paraba de gritar “¡orejas, cómo las tengo! ¡Orejas señora, orejas! ¡Qué me las quitan de las manos! Pero el Bautista no estaba allí, su reino no era de este mundo. Y dejó irse un toro que le podría haber asegurado la entrada y los 20 primeros plazo de una finca en la desembocadura del Ródano.

A Morenito de Aranda se le puede “nominar” como uno de los candidatos mejor colocados a torero con peor suerte de todo el escalafón. En otoño hizo una gran faena y coincide con el día en que Juan Mora abrió el manual de la torería más clásica. Todo el mundo recuerda el “Día de Juan Mora” y tiene que hacer un anexo explicativo para valorar como se merece lo de Curro Díaz y Juan Mora. Y con los de Juan Pedro Domecq va a tocarle otro toro al que se le podían haber cortado las orejas. No tendremos en cuenta lo del inválido tercero, al que a nada que le obligaba se le venía abajo, aunque otra cosa habría sido si se le hubieran administrado buenas dosis de temple. El temple, la misma carencia que le impidió destacar en el sexto. Aún así, lo recogió bien y con torería por bajo, pasándolo por ambos pitones, pero a partir de ahí vino su calvario, que empeoraba a medida que el toro le tropezaba la tela una y otra vez, lo que hizo que se esfumara toda opción de triunfo. Intentó el recurso del arrimón, pero ya no iba a servirle para nada, ya todo estaba hecho. Tendrá que esperar a otra tarde.




PD: Los toros de Jaun Pedro Domecq lucieron divisa negra en memoria de su ganadero desaparecido recientemente.