
Que la plaza de Madrid es ejemplo para muchos aficionados es un hecho contrastado, pero Madrid es Madrid y basta, porque el tipo de plaza, la afición y los gustos son los propios de las Ventas y no se puede pretender extrapolarlos a otras plazas. Habrá cosas de las que se pueden aprender, pero sin querer fotocopiar el coso de la calle de Alcalá y aplicarlo a todas partes. Sería una atrocidad pretender convertir la plaza del Baratillo en otra cosa que no es, o la Malagueta, la Glorieta, Vista Alegre, Illumbe. Madrid solo hay una y ya vale.
¿Y a qué viene todo esto? Pues porque creo que desde hace tiempo se nos ha olvidado el papel que tiene cada plaza en esto de los toros. La mayoría han dimitido de la función que tienen dentro de la Fiesta y se han embarcado en la tarea imposible de imitar a las plazas de primera, queriendo ver siempre a los que encabezan el escalafón, facilitándoles el triunfo a costa de lo que sea y olvidándose de la mínima exigencia con toros y toreros. Hombre, ya que nos convertimos en plaza de primera, imitemos también el nivel de exigencia que a ésta se le supone; pero no, ya digo que eso no tiene sentido.
Esta circunstancia, tan extendida en la actualidad, nos hace ver anunciados a los del G 10, a los del papel couché y a otros cuantos, en plazas portátiles, en pueblos de los que hasta ese día no se tenía noticia, pero que una vez indultado el torillo o cortadas todas las orejas y rabos que admiten en la casquería, pasan directamente al currículo y estadísticas del diestro en cuestión. Otras veces se pinta de gesta el matar seis novillos en una plaza de tercera, o de corridón un mano a mano entre una figura y el héroe local al que se le organiza el festejo para que tome la alternativa y a continuación pasar a engrosar el paro de matadores o con mucha suerte, poder vestirse de plata.
Por el bien de la Fiesta, cada plaza tiene que tener claro qué puede aportar a los toros. Hay pueblos que son dignos de admiración, entre ellos se me vienen a la cabeza Arnedo o Andorra (Teruel), con su feria de novilladas, con ganaderías de encastes distintos al oficial de las figuras y más pensando en satisfacer al aficionado que el ego del señor alcalde o del concejal de fiestas. Pero ya sabemos que esto son dos de las escasas excepciones que podemos echarnos a la vista. Lo habitual es que entre los Ges y los toreros de la tauromaquia rosa cubran los cada vez más escasos puestos de toreros. Ellos solitos devoran las oportunidades que por lógica corresponden a los modestos, a los novilleros y a los becerristas. Me cuesta creer que el pedazo de tarta sea tan grande como para hacer acudir a los fenómenos hasta a las plazas de carros. Incluso llego a pensar que sin ellos, la organización de festejos se abarataría bastante. A lo mejor, hasta se pueden poner entradas a precios más asequibles.
Como decía El gran Joselito, estos no deberían ir a los pueblos donde no hubiera tranvía, aunque tampoco quiere decir esto que esté en contra de apariciones esporádicas en plazas de segunda o tercera. Pero una cosa es eso y otra basar la temporada en una gira que parezca la de “Un país para comérselo”. Las gestas, como las llaman ahora y los compromisos de enjundia son para plazas como Sevilla o Madrid, y poco más, sobre todo si tenemos en cuenta en lo que se han convertido el resto de plazas de primera. De esta forma tanto a toreros como ganaderos, se les exigiría que un día determinado y a una hora determinada, las figuras den el do pecho y sean capaces de hacer algo sobresaliente, que merezca ser recordado y recogido en los anales del toreo. Justo lo contrario de lo que marcan las modas en estos momentos, que Madrid es un mero trámite en el que ya no pesa tanto ni el triunfo, ni el fracaso. Quizás los triunfos, o los simulacros de triunfos, solo le salen rentables a esas figuras, que ahora confeccionan su currículo de heroicidades en plazas de segunda, tercera, carros o algunas de primera que podrían encuadrarse en cualquiera de los apartados anteriores.
En el resto de la temporada todos los matadores deberían mantener un mínimo de dignidad y vergüenza torera, tanto por actitud, como aptitud, como por el ganado al que se enfrenten, Quizás así ellos mismos darían valor a los triunfos obtenidos por esas plazas de Dios. Y tampoco estaría mal que no se rehuyera ir a Sevilla o Madrid fuera de las ferias. Insisto que no pretendo que las figuras no visiten jamás las plazas de los pueblos, pero que lo hagan con cierta medida; que dejen estos lugares a los que se pretenden abrir camino en esto del toro, que bastante difícil lo tienen ya, como para que sus “compañeros” les condenen al ostracismo taurino.
Y que no se me entienda mal, que Madrid tampoco puede convertirse en un guetto cerrado para figuras y hazañas, Las Ventas debe convertirse en una Universidad del toreo, pero en cuanto a universalidad. En la plaza de la calle de Alcalá tienen que tener lugar grandes festejos de a pie, novilladas con los chavales que más empujen en cada momento, toreo a caballo, novilladas sin caballos y una muestra de las tauromaquias de otras latitudes; hace siglos que no vemos forcados en esta plaza, igual que tampoco vemos casi toreo cómico. Será porque somos demasiado serios.
Que yo entiendo que una figura quiera matar seis toros en su tierra, vale, pero ¡hombre! que luego no me lo quieran vender como la gesta más grande del universo desde la retirada de Lagartijo el Grande. Que ahora resulta que la feria de Olivenza, Brihuega, Zafra, Ciempozuelos, La Roda o el Burgo de Osma son el eje de la temporada de toros. Que no quiero yo decir que en esos cosos no se jueguen la vida cada tarde, es más, si repasamos la historia del toreo, a todos se nos vienen a la cabeza nombres como Joselito, Manolete, Yiyo o Sánchez Mejías, unidos fatalmente a una plaza de pueblo. Pero la cosa no va por ahí, la cuestión es que se empiece a imponer la cordura y que pensemos que Madrid solo hay una, afortunadamente.







