Los peones haciendo el trabajo al maestro
Eso de las espantadas, de decidir que no se mata a un toro
porque le ha mirado o porque tiene una
nube en un ojo o simplemente pegar un petardo de escándalo porque sí, está
reservado a los grandes genios del toreo, El Gallo, Cagancho, Curro y hasta
Paula, pero pare usted de contar. La leyenda se tiene que haber forjado a golpe
de arte y de grandes gestas solo accesibles para los más grandes. No vale con
vestirse con bordados en azabache, con ser reservado y personal en el hablar o
con manejar un capote con las vueltas azules. Por desgracia para él y para los
espectadores que le sufren, Julio Aparicio no es un torero de leyenda, ni
parece que tenga mimbres para ello. Es artista, es verdad, tuvo una gran tarde en
Madrid, que también y pare usted de contar. A partir de esa tarde precisamente,
las actuaciones y actitudes de este señor se han podido calificar más como
excentricidades y caprichos de niño mal educado, que de genialidades. A ver si
no confundimos las cosas.
Los Ventorrillos quizás tenían más leña de la que alguno
esperaba, pero tampoco era la cosa como para pedir que beatificaran al que se
pusiera allí delante. El primero, que empezó derribando al caballo,
inmediatamente se encargo de dejar clara su mansedumbre, cuando en el segundo
encuentro, cuando empujaba de medio lado, debió pensar que aquello no le
llevaba a ninguna parte y se marchó del peto. Luego tampoco se le pudo ver
mucho más, gracias a su matador, el señor Aparicio. Bueno sí, se le vio que era
capaz de aguantar mil cuchilladas de un feriante. El segundo otro manso que se
dejó en el caballo, que complicó mucho la tarea de banderillearle, pues no daba
un paso que le pudiera alejar de las tablas, ni tan siquiera a la hora de
cuadrarle para la suerte suprema. El tercero no fue bravo, pero al menos hubo
momentos que a algunos les hizo pensar que lo podía ser. En un primer puyazo
empujó bien, aunque al primer capote que olió se marchó a la carrera; en la
segunda vara escarbó feamente, cosa que no dejó de hacer, pero se arrancó con
alegría y galopando al caballo, no gazapeando como se arrancan ahora algunos
toros de “premio”. En banderillas humilló bien por el pitón derecho, lo que
podía hacer albergar alguna esperanza con la muleta, pero no se le toreó, ni se
le mando, convirtiéndose aquello en un sí, pero no, que quedó en no.. Al cuarto
solo se le enseñó en los dos primeros tercios. Derribó en el caballo empujando
con fijeza, para luego marcaharse al reserva a cornear el peto y a quererse ir,
para acabar resignándose, dejando que le masacraran. Aún fue una vez más al
caballo, con el tercio ya cambiado, recibiendo una buena dosis de castigo. Por
decisión de su matador, el señor Aparicio, ahí acabó lo que pudimos ver de este
toro. El quinto fue notar el palo de
picar y rápido se dio cuenta de que aquello no era para él. Acabó el montado
saliéndose más allá del tercio para poder picarle, hasta que el toro emprendió
la huida en dirección al reserva. Picotazo y de nuevo escapada, esta vez hasta
toriles. El sexto, sin recoger, se fue suelto al caballo en los terrenos del 1,
para recibir un puyazo trasero. En la segunda vara estaba más pendiente de irse
que de empujar, con clara querencia a los más templados terrenos de las tablas.
En la muleta, con la colaboración del matador, Eduardo Gallo, no paró de echar
la cara arriba y de tocar la muleta, con lo que esto afea y dificulta el
lucimiento.
Julio Aparicio, como ya se ha dicho, creía que iba para
genio y se quedó en… se quedó en el camino, dejémoslo ahí. A su primero no le
quiso ni ver y preparó un mitin de puñaladas para podérselo quitar de en medio,
colocándose muy fuera de la suerte y corriendo hacia el lado opuesto a donde
estaba el toro, era muy difícil matar con cierta dignidad. Desentendido por
completo de la lidia, en su segundo delegó absolutamente en la cuadrilla para
todo; salió ya con el acero y de dos cuchilladas despachó al de El Ventorrillo.
Luego en el último toro, en lugar de estar colocado detrás de los banderilleros
para auxiliarlos en caso de necesidad, se quedó allí cerquita de la barrera,
los terrenos de los mansos, sin importarle nada que los compañeros pudieran
estar desprotegidos o en peligro. Eso es lo que se entiende por afición,
compañerismo y amor a la Fiesta; aunque puede que eso sea lo que tienen que
hacer los “profesionales”.
Curro Díaz por su parte bastante tuvo con quitarse de en
medio a aquellos dos mansos aquerenciados en tablas, con la suficiente eficacia
para que la situación no se complicara más de la cuenta. A uno lo despachó en
tablas, cuando daba la impresión de que su intención era no parar de dar
vueltas al hilo de las tablas y al otro, con unas primeras embestidas
violentas, se limitó a ir a buscarlo a toriles y a darle pasaporte.
Eduardo Gallo, que sustituía a Ángel Teruel, venía con la
vitola de torero enrachado, pero todo quedó en una verónica y en algunos,
demasiados, remates y cambios de mano con la muleta. Si se invita a comer a un
amigo no se le puede llenar la panza de aceitunas con anchoas, por muy ricas
que estén. Destemplado, sin mando, bien colocado en su primero, pero sin saber
quitarse al toro de encima y levantando la mano al final de cada pase. Metisaca
delantero y entera desprendida, aunque de buena ejecución. En el último mal
colocado, mucho trapazo y mucho enganchón, volviendo a rematar los pases allá
cerca de las nubes. Aunque la gente aún estaba todavía pensando qué podría
tener Julio Aparicio en la cabeza para hacer semejante ridículo. Lo mismo
reflexionaba sobre las cosas que hacen los genios, pero que sepa que él no lo
es.






