miércoles, 16 de mayo de 2012

Solos los genios pueden tener un día tan malo


Los peones haciendo el trabajo al maestro


Eso de las espantadas, de decidir que no se mata a un toro porque le ha mirado  o porque tiene una nube en un ojo o simplemente pegar un petardo de escándalo porque sí, está reservado a los grandes genios del toreo, El Gallo, Cagancho, Curro y hasta Paula, pero pare usted de contar. La leyenda se tiene que haber forjado a golpe de arte y de grandes gestas solo accesibles para los más grandes. No vale con vestirse con bordados en azabache, con ser reservado y personal en el hablar o con manejar un capote con las vueltas azules. Por desgracia para él y para los espectadores que le sufren, Julio Aparicio no es un torero de leyenda, ni parece que tenga mimbres para ello. Es artista, es verdad, tuvo una gran tarde en Madrid, que también y pare usted de contar. A partir de esa tarde precisamente, las actuaciones y actitudes de este señor se han podido calificar más como excentricidades y caprichos de niño mal educado, que de genialidades. A ver si no confundimos las cosas.

Los Ventorrillos quizás tenían más leña de la que alguno esperaba, pero tampoco era la cosa como para pedir que beatificaran al que se pusiera allí delante. El primero, que empezó derribando al caballo, inmediatamente se encargo de dejar clara su mansedumbre, cuando en el segundo encuentro, cuando empujaba de medio lado, debió pensar que aquello no le llevaba a ninguna parte y se marchó del peto. Luego tampoco se le pudo ver mucho más, gracias a su matador, el señor Aparicio. Bueno sí, se le vio que era capaz de aguantar mil cuchilladas de un feriante. El segundo otro manso que se dejó en el caballo, que complicó mucho la tarea de banderillearle, pues no daba un paso que le pudiera alejar de las tablas, ni tan siquiera a la hora de cuadrarle para la suerte suprema. El tercero no fue bravo, pero al menos hubo momentos que a algunos les hizo pensar que lo podía ser. En un primer puyazo empujó bien, aunque al primer capote que olió se marchó a la carrera; en la segunda vara escarbó feamente, cosa que no dejó de hacer, pero se arrancó con alegría y galopando al caballo, no gazapeando como se arrancan ahora algunos toros de “premio”. En banderillas humilló bien por el pitón derecho, lo que podía hacer albergar alguna esperanza con la muleta, pero no se le toreó, ni se le mando, convirtiéndose aquello en un sí, pero no, que quedó en no.. Al cuarto solo se le enseñó en los dos primeros tercios. Derribó en el caballo empujando con fijeza, para luego marcaharse al reserva a cornear el peto y a quererse ir, para acabar resignándose, dejando que le masacraran. Aún fue una vez más al caballo, con el tercio ya cambiado, recibiendo una buena dosis de castigo. Por decisión de su matador, el señor Aparicio, ahí acabó lo que pudimos ver de este toro. El quinto fue notar el palo  de picar y rápido se dio cuenta de que aquello no era para él. Acabó el montado saliéndose más allá del tercio para poder picarle, hasta que el toro emprendió la huida en dirección al reserva. Picotazo y de nuevo escapada, esta vez hasta toriles. El sexto, sin recoger, se fue suelto al caballo en los terrenos del 1, para recibir un puyazo trasero. En la segunda vara estaba más pendiente de irse que de empujar, con clara querencia a los más templados terrenos de las tablas. En la muleta, con la colaboración del matador, Eduardo Gallo, no paró de echar la cara arriba y de tocar la muleta, con lo que esto afea y dificulta el lucimiento.

Julio Aparicio, como ya se ha dicho, creía que iba para genio y se quedó en… se quedó en el camino, dejémoslo ahí. A su primero no le quiso ni ver y preparó un mitin de puñaladas para podérselo quitar de en medio, colocándose muy fuera de la suerte y corriendo hacia el lado opuesto a donde estaba el toro, era muy difícil matar con cierta dignidad. Desentendido por completo de la lidia, en su segundo delegó absolutamente en la cuadrilla para todo; salió ya con el acero y de dos cuchilladas despachó al de El Ventorrillo. Luego en el último toro, en lugar de estar colocado detrás de los banderilleros para auxiliarlos en caso de necesidad, se quedó allí cerquita de la barrera, los terrenos de los mansos, sin importarle nada que los compañeros pudieran estar desprotegidos o en peligro. Eso es lo que se entiende por afición, compañerismo y amor a la Fiesta; aunque puede que eso sea lo que tienen que hacer los “profesionales”.

Curro Díaz por su parte bastante tuvo con quitarse de en medio a aquellos dos mansos aquerenciados en tablas, con la suficiente eficacia para que la situación no se complicara más de la cuenta. A uno lo despachó en tablas, cuando daba la impresión de que su intención era no parar de dar vueltas al hilo de las tablas y al otro, con unas primeras embestidas violentas, se limitó a ir a buscarlo a toriles y a darle pasaporte.

Eduardo Gallo, que sustituía a Ángel Teruel, venía con la vitola de torero enrachado, pero todo quedó en una verónica y en algunos, demasiados, remates y cambios de mano con la muleta. Si se invita a comer a un amigo no se le puede llenar la panza de aceitunas con anchoas, por muy ricas que estén. Destemplado, sin mando, bien colocado en su primero, pero sin saber quitarse al toro de encima y levantando la mano al final de cada pase. Metisaca delantero y entera desprendida, aunque de buena ejecución. En el último mal colocado, mucho trapazo y mucho enganchón, volviendo a rematar los pases allá cerca de las nubes. Aunque la gente aún estaba todavía pensando qué podría tener Julio Aparicio en la cabeza para hacer semejante ridículo. Lo mismo reflexionaba sobre las cosas que hacen los genios, pero que sepa que él no lo es.

martes, 15 de mayo de 2012

El último novillero






Como diría Fenimore Cooper, puede ser el último de una estirpe gloriosa, la de esos jóvenes que querían ser toreros y que tras un duro y a veces penoso aprendizaje, la inmensa mayoría no llegaron nada más que a tener un bello recuerdo de una ilusión juvenil. Ahora los novilleros son chicos que se conforman y exigen. Se conforman porque no están demasiado dispuestos a pasar por ciertos aros, porque para eso está el que pone, para evitarle todo eso. Y como alguien pone, el padre, el amigo o el buitre que espera sacar lo prestado multiplicado con muchos ceros. De ahí viene la creencia de ese derecho a exigir, como pago, exijo y como el que paga siempre tiene razón, no se consiente la más mínima crítica al que no se ha puesto, al que no sabe lo mal que se pasa delante del toro o a nadie que no sea profesional del mundo del toro.

Los chavales de la primera novillada de feria no sé si exigieron los Buenavista de procedencia Juan Pedro o se encontraron con ellos como recompensa a los méritos adquiridos. Ya como las figuras viniendo a Madrid con los bodegueros. Pero con lo que no contaban ellos es que estos venían de una barrica que da más graduación de la habitual. Dejemos de lado al primero de la ganadería titular que tuvo que ser devuelto por partirse un pitón contra las tablas en su persecución a un subalterno que ya se veía empitonado. Una oportuna caída es la que le salvó e hizo que el novillo se estrellara contra la barrera. Salió un sobrero de Couto de Fornilhos que no aburrió a nadie, con genio y un puntito encastado que hizo las delicias de todos, menos de su matadora. El novillo fue con alegría al caballo y a pesar de que el picador le agarró bien, le derribo a base de empuje. En la segunda ya le taparon la salida y casi se limitaron a señalarle el puyazo; primer gran error de los “profesionales”, acostumbrados a no picar a nada de negro que deambule por el ruedo. El mozo ya apretó a los de plata en banderillas. Tenía mucho que torear desde el primer momento, comiéndole el terreno constantemente a su lidiadora, hasta hacerse el amo de la situación, qué lástima. Lo malo era que no podía retornar el pica para pegarle aquel puyazo que solo señaló. Craso error de cálculo. Los de Buenavista, mansos y con cierto geniecillo que no facilitaba la tarea de la lidia. El segundo con un molesto calamocheo, no paraba de tocar la tela y solo se calmó un tanto cuando le ahogaron la embestida. El tercero al primer lance que se le iba a dar por el pitón derecho se cruzó y se fue por el izquierdo con mucho peligro. Luego solo buscaba un cartel que pusiera salida, pero evidentemente no lo encontró. Solo paró cuando se sintió vencido por el toreo de Gonzalo Caballero, aunque sin olvidar que en las tablas se sentía más protegido y con más fácil defensa del acoso de ese trapo rojo que le llamaba la atención. El otro del hierro titular, manso como sus hermanos, se molestaba al notar el palo en los lomos, complicado acabó en los terrenos de toriles. Los dos remiendos de la corrida eran de Fernando Peña, el cuarto aplomado y renqueante de las patas, buscó la parte indefensa del caballo, amagaba la arrancada y se frenaba antes de que le alcanzara el palo. Se dolió mucho en banderillas, no le gustarían los papelillos de colores. Al encontrarse con una muleta sin poder se fue viniendo arriba, hasta que se hizo con el control de aquello. El otro de don Fernando, el sexto, ya salió obsesionado por no apartarse de las tablas. No quería pelea y buscaba descaradamente salir por donde entró. Manseó mucho, y lo demostró, en todos los tercios. En la muleta se defendía constantemente, muy aquerenciado, no tenía un pase.

Conchi Ríos, quien volvía de nuevo a Las Ventas, pensará que Madrid es una afición muy rara, casi bipolar. En el verano tan cariñosa ella aquella tarde noche, luego antes de la feria ya les notó un poquito más enfurruñados, para acabar en esta tarde de feria hasta un tanto bordes. Pero claro, la murciana ha pasado de la candidez del público familiar a los resabiados abonados isidriles, pasando por los habituales de la parroquia todos los domingos de temporada. Muy limitada. Trapazos con el capote queriendo quitarse aquello de delante más que intentando ganarle terreno y marcando jerarquías en el ruedo. A su primero no le pudo en ningún momento y no le administró la medicina que precisaba, firmeza y pierna adelante, marcando el camino a seguir. Lo que está claro es que a un toro con una mínima complicación no se le puede hacer eso del pico y la pierna retrasada. Despachó al de Couto de un bajonazo allá por la paletilla. Al de Buenavista, algo menos difícil, le quiso meter en la misma saca del toreo moderno, incluyendo retorcimientos de figurón del s. XXI. Tendrá que aplicarse mucho Conchi Ríos si quiere triunfar de verdad en Madrid.

Tulio Salguero interpretó a la perfección su papel de relleno y de telonero de la novillera estrella. Quizás su único rasgo de inteligencia taurina, aunque no sea digno de alabanza, fue cuando decidió acortarle la embestida a su primero, ahogándole al novillo, que al final ceso en su continuo acoso. Toreo de libro de la Tauromaquia 2.0 con picos, lejanías y banderazos, pegando pases allá donde andaba el toro y si eran los terrenos enfrente de toriles daba lo mismo. En su primero optó por terminar con ese arrimón que tanto gusta en algunas plazas, aunque más que un signo de valentía fue un rasgo de desesperación. En el otro no sabía por donde abrir el melón y al final se quedó sin merendar melón.

Y llegó el último novillero, Gonzalo Caballero, que como manda la lógica novilleril, tiene mucho que aprender, muchísimo. Se repuso bien al susto que le dio en el recibo de capote su primero, cruzándose espeluznantemente. Empezó la faena de muleta con estatuarios muy quieto con el pase del desprecio y un molinete, siempre en dirección a los medios. Faena con altibajos, dejándose tocar la muleta, un bello trincherazo y pases por ambos lados, con más intención que estética, pero siempre adelantando la pierna de salida, poniendo en práctica la forma más natural de torear. Cuadró al toro para tirarse como un león detrás del acero. La plaza pidió la oreja y nadie la protestó, era la condescendencia con el que empieza, pero el chaval siempre quiso hacerlo. En el paradísimo sexto, parado y aquerenciado en tablas se tuvo ue conformar con pasa portearle prontito. Es verdad que el viento molestó a los tres durante toda la tarde, pero eso no debe cambiar la actitud de los espadas.

lunes, 14 de mayo de 2012

¿Esto es el relevo?


Qué falta hace que las nuevas generaciones aprieten


Otra más y otra menos. Acumulamos una decepción más, otro fraude, otro engaño, el timo de la estampita y el toco mocho, se volvieron a reír en nuestras barbas, nos hicieron burla y nos robaron el dinero y la ilusión. Da igual que se anuncien toros de uno u otro encaste, que lo que sale por toriles es una verdadera birria. Y que nadie tome el rábano por las hojas y se apresure a afirmar que todas las ganaderías están mal y que lo mejor son los Domecq que de vez en cuando echan uno que “vale”. No, ni mucho menos, quizás el problema sea dónde se van a comprar los toros y lo que se va a pagar por ellos. Si metemos la mano en el saco de siempre, el de la fruta podrida, es difícil que saquemos una manzana a la que se pueda dar dos bocados.

También se habla de las figuras y los toreros humildes, los que llevan años y los que están empezando. ¿Por qué no diferenciamos entre los profesionales y los que tienen afición? Porque la juventud que viene no quiere comerse el mundo, no se quiere hacer rica, simplemente aspiran a entrar en ese circo del toreo moderno y echarse a dormir. No tienen la ambición de un torero, se conforman con la aspiración a ser profesionales; a fichar todos los días y a recibir su dinero sin tener que plantearse más.

La cosa ya empezó mal, de los de El Vellosino fueron rechazados en el reconocimiento previo y solo pasaron dos, el resto de la corrida se completó con cuatro de Valdefresno. El primero produjo el espejismo de ser algo diferente. Empujó con fijeza en la primera vara, pero en la segunda se derrumbó debajo del peto. El segundo, de la ganadería titular, era un cebón inválido que ya manseó en el caballo, al igual que su hermano que hizo cuarto, que se notó los palos que le picaban y luego estuvo constantemente queriendo buscar el abrigo de los toriles. Los demás de Valdefresno, de tipo basto y anovillado, se tapaban detrás de una arboladura descomunal, pero eso no es lo que se quiere. Tiene que haber un equilibrio. No se quiere el ciervo toro, se desea ver el toro. El tercero tuvo fijeza en el caballo, pero sin un gramo de fuerza. Al segundo encuentro llegó su derrumbe, y más tarde se dolió en banderillas. En la muleta fue, según el argot moderno, un toro colaborador, sirvió, pero ya había demostrado claramente lo que era como para felicitarse porque se dejara dar pases. Los dos últimos lo mismo corneaban el peto que se dormían debajo del pica. Luego ante la inhibición de sus matadores uno se fue apoderando de la situación y el otro marcó a todo el mundo el camino de chiqueros.

Las jóvenes promesas que el año que viene seguro que volverán por aquí y el siguiente y el otro y el otro, dieron un paso más en el aburrimiento y desesperaron al personal. Ellos que venían a estar en profesionales, a estar por encima de sus oponentes y a no se cuántas bobadas más que repiten como si fueran loros de feria, pero que no pensaron nunca en sentirse toreros. Con una alarmante y desvergonzada falta de afición. Matías Tejela volvió a conseguir que nos hiciéramos aquella pregunta eterna: ¿qué pinta este aquí? No es capaz de poner un mínimo orden durante la lidia, siendo él el primero que se queda descolocado y vagando por el ruedo como un bulto sospechoso. Lo de poner el toro en suerte es un imposible para él, ni se lo plantea, y en el mejor de los casos, o permite que el toro vaya al relance o considera que el sitio de picar es donde el animal se pare por un momento; luego ya moveremos el caballo donde convenga. En su primero desaprovecho lo que tenía el de Valdefresno a base de trallazos destemplados y pases al viento sin sustancia, mientras el toro le toreaba a él. En su segundo quiso hacer creer que el toro no valía, que era verdad, pero no por el motivo que el alacalaíno suponía. Era como si le hubiera salido un marrajo, pero lo que pasaba es que pedía alguien que se creyera torero por unos minutos y le despachara decorosamente. Pero tranquilos, que Matías volverá para mortificarnos con su insustancial verborrea taurina.

Miguel Tendero, quien hace años parecía tener como máxima ambición el ser el mejor torero de su barrio, parece que ya se ha dado cuenta de lo complicado de esta empresa y se conforma con ir a la plaza vestido de luces, como el que va a una fiesta de disfraces, que se pone el traje, pero no le hace falta saber de lidias, de mando, ni de torear con cierto criterio. Trapazos sin temple terminados como si flameara una bandera, dando vueltas en torno a si, sin caer en la cuenta de que el toro se está adueñando de la situación, mientras el matador queda hipnotizado en los vuelos de la muleta; el mundo al revés. Otro candidato a rellenar un hueco que podría muy bien ser cubierto por alguien que quisiera ser torero.

Juan del Álamo, aquella esperanza del campo charro para recoger el cetro abandonado del toreo salmantino, el prometedor novillero que ocupó los puestos más altos del escalafón y que tanto prometía, volvió a defraudar una vez más. No es de recibo que un matador parezca el supervisor ejecutivo de los subalternos y que deambule por el ruedo detrás de ellos, como un jefe tocanarices. Para luego tirar por el desagüe las nobles embestidas del primero de El Vellosino, a base de trapazos desde la lejanía, entre alargamientos de brazo y retorcimientos, mientras metía el pico de la muleta entre los dos pitones, sin demostrar pudor alguno. Ya se veía con una orejita en la mano, una orejita de esas que ahora se dicen de peso, como si así creyeran que se tapaban las vergüenzas del profesional de turno. Pero como si no quisiera que hubiera disputa en los tendidos, pegó un sartenazo que hizo guardia y que los peones se esforzaban en esconder. En el sexto más de lo mismo, fuera de cacho durante las dos faenas y sin criterio taurino alguno.

Que estén tranquilos los propietarios de las ganaderías comerciales y los mentores de las máximas figuras históricas de la Tauromaquia 2.0, que de momento no hay nadie que lleve tan bien el fraude como ellos.

sábado, 12 de mayo de 2012

Carne para albóndigas contra torerillos requetemonos



Si al menos las estocadas fueran como las de Uceda Leal


¡Y van dos oiga! Perdón, pero hoy no me hago responsable de lo que pueda contar a continuación. Creo que las pastillitas azules me están haciendo perder la orientación, que no es saber donde está Oriente por lo que se ve. Yo que me pensaba que iba a ver otra corrida distinta a la primera y he tenido la sensación de volver a ver la El Cortijillo. Ya me empiezo a preocupar. Será el calor, serán las celebraciones del Aleti, no sé, pero el caso es que no sé donde me hallo y a la vez, no me hallo.

Se suponía que en la segunda de feria saldrían toros de Montalvo. Pues que si quieres arroz Catalina. En lugar de toros, otra reata de mulos, mejor dicho, un híbrido entre mulo y buey. No sé que van a hacer este año en El Rocío, al final van a tener que poner a tirar de los carros a funcionarios de enseñanza y sanidad, universitarios para pagarse la matrícula, inmigrantes sin tarjeta sanitaria, malajes del 15 M, vagos andaluces que no votaron lo que se les exigía, vagos parados que no son emprendedores y otras gentes de mala condición. Bueno, yo a lo mío a la cosa esa que nos han querido hacer pasar como la segunda de feria.

Como sobrero ha salido en segundo lugar uno de Yerbabuena, pero no ha cambiado nada, manso y descastado como los demás animales, que se querían quitar el palo hasta con los dientes. No aguantaban en pie, no se movían, no han recibido ni una vara entre todos y además se les ha lidiado de pena. Perdón, para ser exactos, no se les ha lidiado, lo que ya se está convirtiendo en una entrañable tradición en la plaza de Madrid. No se toca la música, no se merienda en el tercer toro, aquí se confirman las alternativas y toman las ganaderías antigüedad y ahora no se lidia a los toros. En cuanto a la presencia, pues hombre, hasta algún anovillado se le ha colado a los señores veterinarios. Quizás estos se han fijado más en sus cualidades como carne para albóndigas que como reses aptas para la lidia.

Pero los señores matadores que no se arrugan ante nada, no han dudado en hacerles el toreo moderno, ese tan denostado por los aficionados, pero que le viene que ni al pelo para estos mulos. Josignacio Uceda Leal empezó destapándose con una buena verónica, antes de que el toro se hincara de cabeza en la arena. Luego vino su distanciamiento de la lidia, como si la cosa no fuera con él. Luego con la muleta, pues lo de siempre, el pico de las narices, la patita atrás y el toro pasando entre la M 40 y la M 50. Destemplado en su primero y abanicando al segundo. Naturales como banderazos, rematados allá en las alturas, con el peligro que esto tiene para la navegación aérea. Afortunadamente, aún quedan toreros que se sienten matadores de toros y hagan lo que hagan con las telas, en el momento crucial se entregan. Así lo hizo Uceda al entrar a matar al de Yerbabuena. Se perfiló muy de frente, entre los pitones y se fue derechito como una vela hacia el morrillo, apartándose lo justo para eludir la embestida del toro. No fue el cañón del que se habla en otras ocasiones, fue una estocada a ley, dejándose ver y con la pausa que requiere ese instante que justifica todo lo que sucede en el ruedo.  En el inválido y anovillado que hizo cuarto se limitó a darle aire con las telas, con cuidado de no provocar fuertes corrientes de aire, no fuera a ser que el animalito se fuera al suelo.

David Mora, al que un día le dijeron que iba camino de figura, salió dispuesto a dar todo de si, a mostrar todo eso que él piensa que gusta a los públicos, pero está claro que no contrastó la información entre los aficionados de Madrid. Majestuosas verónicas al primero, aunque no tuvo en cuenta que por allí andaba un torillo. Él a lo suyo manteando al de Montalvo, perfectamente desacompasado con su embestida. El culpable no era otro que el toro, que no se adaptó a lo que hacía el maestro. Tanto se emborrachó de toreo, que cambió por chicuelinas, para dejar claro que es capaz de destorear por varios palos. Galleo corretón para llevar el toro al caballo, para al final conseguir que fuera al relance. Tengamos en cuenta que todo esto fue en su primero y que llegados a este punto todavía no había fijado al animal en los engaños.

Las posibles dudas que a alguno le podían quedar sobre la concepción del toreo de David Mora quedaron despejadas  con la muleta; exhibición de pico, de cómo se esconde la pierna y como no se corre la mano. El pase tiene el recorrido que le permite el giro de la cadera, escaso, para terminar de sublime trapazo. En el toreo al natural se vino arriba y se supero, evidenciando más claramente sus carencias. En su segundo nos descubrió el toreo veleta, dando vueltas girando sobre si, sin tener en cuenta por donde se andaba el toro. Muy superficial y dejándose torear por el toro, yendo detrás de él, allá donde más a gusto se sintiera. Y fiel a este modernismo sin sustancia, cerró sus dos actuaciones con sendos bajonazos. Una joya, vamos.

Poco hay que censurar a Esaú Fernández; el confirmante debió ver lo que hacían sus compañeros de terna y decidió no enmendarles la plana. Si ellos son vulgares, yo más. Un toreo muy apropiado para un tipo muy particular de plazas, pero no para la de las confirmaciones. Nadie le avisó al sevillano y él se puso a zascandilear por las inmediaciones del toro. Primero con trapazos lejanos y luego a pegarse un arrimón absurdo, como lo son casi todos, queriendo demostrarnos no sé el qué. Muy pesado y aburrido. En su primero por dilatar innecesariamente la faena y en su segundo por la pereza que daba verle ahí con sus cosas. Era la tercera tanda y ya daba fatiga verle. Copió lo que hicieron sus compañeros, pero no la forma de entrar a matar de Uceda Leal, ahí puso en práctica sus conocimientos sobre la suerte suprema, sablazo atravesado en el primero y bajonazo insultante en el que cerraba plaza.

A los torerillos requetemonos ya les vimos poniendo posturas y repeinados durante el tiempo que duró la corrida, aireando las telas de colores y paseando su garbo por el ruedo. Ahora nos queda saber donde nos servirán esas ricas y enormes albóndigas que saldrán de los lomos de los Montalvo, que nunca debieron ser criados con este fin, pero al final, esto es lo que hay.

viernes, 11 de mayo de 2012

¿Lidia? Una morena del Puerto de Santa María


Cuando en el pase de pecho se sacaban el toro por la hombrera


Tanto en el Puerto, como en Chiclana, Sanlucar, Lebrija, Carmona, Osuna, Linares, Écija o en cualquier otra población andaluza o del resto de España encontraremos una Lidia morena, rubia, pelirroja, castaña o tintada, pero si esta búsqueda la trasladamos a la plaza de Madrid, la operación se convierte en misión imposible. Pero que se nos desanimen los tres espadas que hicieron el paseíllo en la primera de feria, que el mal no es exclusivo de ellos, el mal es general, es uno de los sellos que identifican a los toreros adeptos a la Tauromaquia 2.0. De ahí viene eso de el toro imposible, el no colaborador y el que no sirve.

Para ser honestos, por una vez y sin que sirva de precedente, diré que el ganado no sirvió. Los de El Cortillo no sirvieron, pero no por ser bravos y encastados o solo esto último. Más bien los veedores equivocaron su destino y los embarcaron como corrida de toros, cuando hubieran cuadrado mucho mejor en el Rocío, para tirar de un carro. Pero poquito rato, porque tampoco les sobraban las fuerzas. De presentación irregular, se ocultaron detrás de los kilos, de una cabeza más o menos aparente, aunque los hubo que parecieron talmente una sardina. Mansearon sin pudor, echando a correr a por los caballos a la salida en cuanto veían una puerta a la libertad, escapando echando pestes en cuanto notaban el hierro en los lomos. Se dolían en banderillas, esperaban y en la muleta, cuando iban, llevaban la cara alta y “embestían” con el mismo estilo que un burro en una noria.

Los señores de luces pues allí estuvieron, a su aire, a cubrir el trámite de haber estado en el ruedo de las Ventas y así poder decir que han estado en la feria y que hasta han dado comienzo a este ciclo tan largo como monótono, insoportable, aburrido, injustificable y rentable para la empresa, que sacará sus buenos duros con lo que se ahorra al confeccionar estos carteles con materiales de quinta categoría y desechos que no admitirían en ninguna plaza gestionada con un mínimo de decencia.

Miguel Abellán cumplió con su tradicional compromiso de enseñarnos el traje blanco y plata, igual que Papá Noel nos muestra el suyo rojo. El señor director de lidia, que no es esa morena del Puerto, dimitió de tales funciones ya de salida. Abaniqueo a sus contrarios con el capote, no se dignó jamás a ponerlos en suerte ante el caballo, los echaba hacia el peto y él buscaba un buen sitio para verlo, allí donde le pillara bien. A su primero lo recibió vistosamente por bajo, con la rodilla en tierra, muleteándole por uno y otro pitón, pero luego vino lo típico del cite al hilo del pitón alargando el brazo, metiendo el pico y acompañando al torillo en su fatigoso paseo. Luego el animalito se paró y se acabó la fiesta. En su segundo permitió que al toro que en su vagar por el ruedo acabara en toriles en el tercio de muerte, donde le aireó con la muleta sus torpes arreones, como si fuera exprimiendo sus escasas energías.

Leandro, el pinturero torero vallisoletano dio más sensación de ser un bailarín de opereta, que un matador de toros. Su quehacer con los dos de El Cortijillo fueron un calco. A pasar muy por encima y sin interés por los dos primeros tercios, sin poner el más mínimo interés en poner orden a aquel caos en el ruedo y esperando simplemente a que llegara el momento de la muleta. ¿Y eso para qué? Que diría alguien que haya presenciado sus dos faenas. Tronchado por la cadera, con pico descarado, estirando el brazo hasta descoyuntarse, haciendo eso que ahora llaman componer la figura, y entre carreritas, lo mismo pasaba con la derecha, que con la izquierda, que con la parpusa. Un desperdicio vamos. Eso sí, no faltará quien le alabe su buen gusto y arte torero; pues allá él si quiere creérselo. Y haber si alguien le explica la diferencia entre matar un toro y asesinarlo.

Antonio Nazaré venía a confirmar. Pues confirmó, de eso no queda ninguna duda. Aparte de la alternativa, de la ceremonia en la que Abellán le cede los trastos y Leandro actúa como la vecina cotilla pegando la oreja al discurso, el sevillano confirmó su total adhesión al movimiento del toreo moderno. El capote es un telón inútil que pesa y molesta en la misma medida. Si el toro quiere andar con feliz trotecillo por el ruedo, pues que trote y con la muleta, pues eso a componer figuras. Oigo esta expresión y me parece que en lugar de estar en una plaza de toros, estamos viendo un concurso de figuritas de arena en la playa de Benidorm. Con su primero, fiel a su concepto moderno y emulando a sus dos compañeros de cartel, escondía la pierna de salida con todo el descaro del mundo, al tiempo que mandaba al toro allá a lo lejos y más que guiarle con la muleta, lo señalaba en la distancia. Eso sí, mostró más repertorio que sus compañeros, en su primero se atrevió con unas manoletinas. Y digo se atrevió, porque hay que tener valor para hacer eso en público y sin sonrojarse. Con su segundo se tiró por lo del arrimón, con el más puro estilo plaza de pueblo, que tanto gusta por esos mundos de Dios.

Primera de feria y no nos hemos podido quedar con nada más que unas ligeras molestias en la parte trasera, consecuencia de lo poco mullidito de la piedra. Los besos y abrazos entre los compañeros de localidad desde hace años, la puesta al día del estado de las respectivas familias y la valoración de los kilos perdidos y ganados desde la última corrida. ¡Ah!, y la visita de un buen amigo sevillano que valoró más la compañía en el tendido y un ratito de charla que el cartel, para decidirse a tomar un AVE de ida y otro de vuelta entre Sevilla y Madrid. Lo digo desde ya, seguro que será el mejor momento de toda la feria que está empezando. 

jueves, 10 de mayo de 2012

Orgullo rojiblanco


Los niños del Aleti empiezan a saborear el Orgullo Rojiblanco


Ya sabrá todo el mundo de mi corazón colchonero e imaginará que desde anoche al acabar la final de la Liga de Europa, vivo en una nube eufórica de la que no me quiero bajar. No hablaré del juego, ni de goles o goleadores, eso quedó suficientemente claro y ya está siendo comentado por los que saben. Yo solo quiero mostrar mi admiración y orgullo de haber podido compartir esa final con el Athletic Club. Quién le iba a decir a aquel antiguo jugador del Athletic hace cien años, que su error al comprar las camisetas del Sutherland iba a vestir de rojiblanco un estadio en Rumanía; quién le iba a decir que dos aficiones iban a vestir con tanta grandeza las rayas rojiblancas y que estas iban a marcar el carácter de un club, la casa madre y su filial, el Atlético de Madrid, con el que competiría de igual a igual durante décadas.

El fútbol es competición, ganar y perder, disfrutar y aburrirse, y en algunos casos, pocos, motivo de orgullo. Dicen que el Athletic no estuvo presente en el campo; disiento. Quizás no fue su mejor día, ni pudo exhibir su estilo de juego, pero estar estuvo. Apenas a cinco minutos del comienzo ya había recibido un gol y un poco más tarde el segundo, pero no se vino abajo, al contrario, los chavales siguieron buscando un gol que les permitiera seguir soñando, sin fortuna, pero no se rendían. Su afición les empujaba y ellos no querían defraudarles. Habían ido desde muy lejos y con mucho esfuerzo a verles ganar, como para pagarles con la traición de la desidia “profesional” del que en frío piensa que ya no hay remedio.

Otros equipos podrían haber optado por la vía del enmarañamiento del partido, de los malos modos, la dureza y hasta la violencia, pero los del Bocho no, siguieron dale y dale. Delante estaba el Aleti, que casi cada vez que se apoderaba del balón creaba peligro al rival, pero estos solo bajaron los brazos cuando recibieron el tercero a pocos minutos del final. Fueron honestos hasta para asumir que habían perdido el partido. A la conclusión se vio como lloraban esos chavales que estuvieron hechos unos tíos. Lágrimas de orgullo y lealtad a unos colores y a una filosofía única en el mundo del fútbol. Siempre es agradable comprobar como los hombres son primero seres humanos y que cuando trabajan y entregan su alma a un fin, si este no se consigue, derraman las lágrimas de de los valientes. No diré mucho sobre la reacción de los jugadores de mi equipo, pero creo que estuvieron a la altura e un campeón de verdad y que reconocieron el trabajo de los otros rojiblancos. En el juego al contrario hay que valorarlo y respetarlo, lo que hace que la victoria adquiera aún más valor. El campeón recibirá su premio, por supuesto, pero lo que hicieron unos y otros no se puede valorar en copas y medallas.

Yo solo espero que en veces sucesivas, cuando unos visiten el Manzanares y los otros San Mamés, todos recordarán el 9 de mayo de 2012, y nos dejaremos de tirar nacionalismos, banderas y cantos ofensivos a la cara, para dejar el paso franco a sentir lo que es el “Orgullo Rojiblanco”.

jueves, 3 de mayo de 2012

¿Dónde está mi almohadilla?


La Mariposa de Marcial Lalanda, que no tiene nada que ver con que acabemos cazando mariposas en los tendidos de Las Ventas


Donde tú la dejaras la última vez. ¡Las entradas! ¿Dónde puse las entradas? Aquí y abrígate, que ya sabes que allí empieza a correr el aire y te quedas helado. En unos días se reproducirá esta conversación en algunas casas de Madrid, aunque cada vez sean menos. El aficionado a los toros preparará su “equipaje”, la almohadilla, la entrada y el arsenal opcional de visera para el sol, chubasquero para la lluvia, puro, pipas, prismáticos, libreta y boli con tinta, petaca, bocadillo y la ilusión de poder sentir el toreo y la emoción del toro alguna de las mil tardes de la Feria de San Isidro y apósitos artístico culturales.

Ese fajo de entradas que antes era una montaña de ilusión, ahora parece haberse convertido en una mole que hay que ir escalando con esfuerzo y sacrificio. Recuerdo aquellos ratos en que cogías los carteles de la feria y te ponías a marcar con un círculo las tardes que no se podía uno perder. La tarde de Antoñete, los Ibanes, José Ignacio, Curro Vázquez, los del Puerto, Rincón, José Tomás, Miura, Robles, Pablo Romero, Hernández Pla, Samuel, El Cid, Curro, Joselito... Cuántos y que buenos nombres para ir a la plaza con alegría y esperanza. Muchos de estos ya no están en activo o se han convertido en una gran decepción y algunos hasta en un fraude.

Ahora cualquier recuerdo de ese estilo es una utopía o simplemente un buen sueño a la hora de la siesta. Iremos a la plaza como almas en pena y volveremos como zombies a los que les han arrancado la alegría. Qué verdad es eso de ¡A los toros! y “de los toros”. Pero quizás los aficionados y público en general deberíamos despertarnos y tomar conciencia de nuestro papel. Los señores empresarios ya han cometido sus atropellos en forma de carteles infames, los ganaderos probablemente cometerán los suyos trayendo el medio toro, la bobona mocha y sin fuerzas y los de las medias rosas se lo pasarán en grande haciendo de enfermeros y acusando de la desgracia al material ganadero que ellos mismos pasean por toda España debajo del brazo. Esas borregas que van y vienen y que son los “colaboradores” ideales para poner en práctica la Tauromquia 2.0.

Pues bien, ahora nos toca a nosotros, a los que sacan las entradas con su dinerito, a los que renovamos los abonos con todo el esfuerzo del mundo. Lo mejor para taurinos y aspirantes a tales es que asumamos el descalabro como algo inevitable y que con ese “Es lo que hay” se trague todo tipo de fechorías contra la Fiesta de los toros. De acuerdo, todo esto es lo que hay, pero ¿es lo único qué hay? ¿No hay posibilidad de otras cosas? Pues sí, hay más horizonte más allá de los geses y su corte interplanetaria de apoderados sin vergüenza, empresarios impúdicos y ganaderos mercachifles.

Ante todo esto el aficionado tiene la obligación de reclamar por lo que paga, sin escuchar, ni hacer caso a ese adoctrinamiento de aficionado ideal que se empeñan en divulgar en cuanto tienen ocasión. Eso del respeto es una chufla que solo les favorece a los que fomentan, protegen o perpetran el fraude. Si sale la mona y nos callamos, si el picador es un mero elemento decorativo que pica poco y trasero y nos callamos, y si el maestro ni lidia, ni torea, ni es honesto con la Fiesta y utiliza todas las trampas para evitar hacer el toreo de verdad, cuando queramos darnos cuenta ya estamos en la calle, camino de casa, mosqueados como una mona y sin haber dicho esta entrada es mía. Y los taurinos, con el bolsillo bien lleno, partiéndose de risa por haber superado una tarde más sin que nadie les hay puesto colorados y planeando el siguiente golpe.

Tenemos derecho y debemos exigir el toro, me da igual de la ganadería y hasta del encaste que sea, pero que en primer lugar sea y tenga aspecto de toro, no una bonita estampa hueca de casta, ni un zambombo que cubra la responsabilidad de los veterinarios ¿Qué pasa, que ahora ya no distinguimos lo que es un toro de lidia? O quien no lo sabe son los veedores de toreros y empresas, los apoderados que presionan hasta el infinito a los que deben decidir la idoneidad del toro, o los veterinarios que pasan de criar periquitos y gatos a la plaza de Madrid.

Yo hasta entiendo que su primer impulso sea el de malversar los condicionantes de una corrida de toros, especialmente sui tienen tanta afición al toro como yo al cultivo de algas ponedoras del Amazonas. Pero si sale la mona hay que manifestar que no se está de acuerdo con ese esperpento. Si la pantomima sigue adelante y se llega a no picar, que digo no picar, a no regañar tan siquiera al animalillo, hay que exigir que se le pique, que vaya las dos veces reglamentarias al caballo y que el picador pique y no simule. No vale eso de “es que si le pica se cae y se acaba el toro” ¿Cuántas tardes se soportaría el escándalo de dar gato por liebre? Lo mismo en el último tercio, si al señor espada, el del respeto, se le hace ver a las claras que a nada de lo que haga con una mona se le dará valor alguno, a lo mejor acaba cayéndose del burro. Y si además se le dice que a engañar a otro, igual acaba aprendiendo lo que es el toreo. En cuanto a la lidia y el poder al toro, eso ya es cosa suya, en el pecado llevará la penitencia, porque si ante un toro de verdad, encastado, se pone a hacer las cucamonas habituales, igual no pasa de las tres tardes por temporada y las ganas de ser torero se le escapan por las cornadas.

Luego que digan lo que les dé la gana de respetos y de mojigangas. O eso de que antes no era todo tan bueno y que también había atropellos. Estupendo, hasta se lo admito si así se quedan más a gusto, pero ¡Vaya por Dios! les ha tocado la época chunga para el golferío. ¿Qué somos unos maleducados, bárbaros e irrespetuosos en la plaza de Madrid? Pues seguro que sí, pero tú, si quieres venir a Madrid y llevarte mi dinero, tendrás que torear de verdad. Con más o menos arte, pero de verdad. No me vale que Morante es muy artista, que El Cid estuvo muy bien cuando la guerra de Cuba, que David Mora es una figura en ciernes, el Fandi un tío simpático y muy espectacular, Castella un señor elegante en las posturas o que Manzanares compone muy bien. Si quiere componer, que se apunte a la banda municipal de gaiteros de La Toja y que nos deje en paz. Porque es que además les seguimos el juego. ¿Qué es eso de componer? Componer es escribir la conga o Paquito el Chocolatero. Los toreros torean y la estética nace de la naturalidad al poder con un toro, no poner poses de torero de opereta o como si fuera Rodolfo Valentino en Sangre y Arena.

Nos quieren llevar a su terreno, pero, ¿por qué no les traemos al nuestro? Puede que muchos de los fenómenos que hoy padecemos se tendrían que marchar a sus casas, pero otros vendrán. ¿Qué a lo mejor no hay toros? Claro que hay, esos que deberían acabar en la arena de un ruedo y no correteando por las calles de los pueblos. Si haber hay de todo, pero son estos espabilados los que nos quieren convencer de que sin ellos nunca volveremos a ver el sol. Ojalá el público y el aficionado tomemos conciencia de nuestro papel y empecemos a dignificar la fiesta. Y en este San Isidro, en Madrid tenemos la posibilidad de decir un ¡BASTA YA! muy alto, aunque para eso lo primero que tendremos que saber es ¿dónde está mi almohadilla?