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| Abaniqueo, que no abanicar al toro |
Al aficionado de Madrid, como al de la mayoría de amantes de
esto que es el toro, cada día tenemos menos motivos para la ilusión y con un
destello de luz, esta se nos dispara hasta el infinito. No hace demasiados
años, quizás justo los que este grupo de señores llamados G-x, se hicieran con
el poder absoluto de la Fiesta, había ferias como la de Madrid, en las que uno
de los principales atractivos de sus carteles era la posibilidad de disfrutar
de una verdadera variedad de encastes. Era algo tan habitual, como obligado, no
se concebía otra cosa. Pero ahora se ha pasado justo al polo opuesto; después
de mucho lamento, de ruegos continuados y peticiones al sumo pontífice taurino,
don Taurodelta, durante el mes de septiembre tuvo la feliz idea de montar un
ciclo de novilladas con encastes en peligro de extinción; vamos, como si fuera
un “Parque Jurásico” a lo taurino.
La primera muestra de este paseo por la prehistoria ha sido
una novillada de Prieto de la Cal, Veragua, esperado y deseado con ansiedad por
el aficionado. El resultado yo creo que fue el esperado, incluso en cuanto al
ganado, creo que fue superior al esperado. ¡Pero si fue una novillada
espantosa! Claro que lo fue, pero imagínense lo que uno esperaba de este
hierro. Yo entiendo que nos queramos agarrar a ese clavo ardiendo de esta
ganadería, pero también es verdad que está mal desde hace muchísimo tiempo, es
más no recuerdo si alguna vez estuvo a un nivel aceptable, quizás un toro aquí,
otro allí, pero sin acabar de salir del pozo. Por otro lado, el ganadero vive y
sufre el toro como un buen aficionado y en lugar de callar y entregarse a los
poderosos, no tiene reparos en decir lo que piensa, en contar su idea de la
Fiesta y de lo que debe ser el toro; otra cosa es poder trasladar todo esto al
toro. Pero claro, lo dicho, dicho queda y ahí están los taurinos esperando,
agazapados a que los pupilos de don Tomás salgan a una plaza para pegarle con
todas sus fuerzas y mandar los Veraguas al matadero.
Si a lo dicho anteriormente añadimos la diferencia de
comportamiento de este toro con el que habitualmente sale, le sumamos unos
novilleros bisoños a más no poder, habituados al pase por el pase, a la
ignorancia casi tragicómica de lo que es la lidia, esa falta de colocación, de
mando y saber torear, el resultado es el desastre más absoluto. Que nadie se
engañe, que los novillos no servían para nada, mansos y con las complicaciones
propias de este encaste, que no de la casta que no tenían, pero hombre, tampoco
se les puede hacer justamente lo contrario de lo que pedían. Muchos salieron
pidiendo la guillotina para todo lo herrado con la “A”, no sé, eso no, pero que
el ganadero se tendría que plantear algo, es más que evidente.
Y esta es la primera, nos queda un mes de variaciones y el
cierre con una novillada concurso. Una concurso para unos novilleros que no
saben ni poner el toro en suerte, que en el mejor de los casos mueven el
caballo al toro; acercan el piano a la silla y no la silla al piano. La
conclusión es la misma, pero el efecto evidentemente no, así se desafina el
piano y el toro; y nos quedan muchos pianos por desafinar hasta el día de la
corrida concurso. Así, en esta orquesta que es el mundo del toro, los de fino
oído exigirán que sean expulsados todos los músicos de estas familias tan raras
hoy en día y tan melódicas en el pasado, fuera los hijos, los primos, sobrinos,
nietos, primos segundos, terceros, como si se pusiera en marcha una Inquisición
taurina, en la que solo mantienen limpieza de sangre los iluminados por la
Tauromaquia 2.0.
Llegados a este punto tenemos que plantearnos muy en serio
esto de los encastes de uno y otro tipo. No creo que sea bueno extender los
males de una ganadería a todo lo que pertenezca al encaste a que pertenezca, ni
que se trate diferente a lo de Veragua, Cabrera o Coquilla, que a lo de Domecq
o Núñez. Con unos se nos pone la piel fina, fina y con los otros nos nace un
duro caparazón que todo lo aguanta. Porque si nos ponemos exquisitos, lo mismo
los torillos del monoencaste y aledaños bloquearían el paso a los mataderos.
Así que serenémonos y pensemos con la cabeza. La primera exigencia creo que
debe ser la del toro, el toro íntegro, encastado y que no se arrastre por el
suelo y a partir de ahí que venga todo lo demás. No por pertenecer una
ganadería a uno de esos encastes en extinción tenemos la garantía de casta,
tipo, fortaleza y bravura; aunque también es verdad que al haber hierros que
son el último eslabón de una cadena, también pueden ser los que pongan fin a la
historia de un encaste. Ahí ya deben entrar otros factores para que no extinga,
aunque tampoco pienso que deban ser lidiados única y exclusivamente por esa
causa, pero ya digo que esto es capítulo aparte.
No nos ceguemos con lo de Prieto de la Cal por ser Veragua,
no, si está mal, lo está y punto, aunque también digo una cosa, los señores
profesionales, las figuras y aspirantes a serlo, también podrían darse cuenta
que este espectáculo no es uniforme ni en el paseíllo, que tiene tantas
posibilidades como tipos de toro puedan saltar al ruedo. Aquí no vale eso de
enjaretar a todos el mismo jersey. Dependiendo del ganado, habrá días en que el
espectáculo estará principalmente en el tercio de varas, otros en la muleta,
otros en el toro que se va viniendo arriba, en el que exige una lidia cuidada y
completa, los que tiran bocados y acaban claudicando, los que parecen un
dechado de bondad pero que si no se les guía por el camino adecuado pueden
acabar a bocados, toda una baraja de comportamientos que va más allá del toro
toreable, con fondo, noble y que se echa para afuera.
A ver si acabamos con esas declaraciones de los toreros que
se acercan al callejón a quejarse airadamente de que el toro les quería coger,
¡por Dios! ¿Qué quieres? ¿Qué te de caramelos? Pero claro, tanto se han acomodado,
adocenado, vulgarizado, simplificado y uniformado los coletudos, que no admiten
nada que no sea el borregón andante. Que despierten de esa somnolencia taurina
y empiecen a enterarse para que vale el caballo, que uso le puede dar al
capote, como conseguir que el toro no ande a su antojo por el ruedo y tantas y
tantas cosas que conforman eso que se llama la lidia. Luego ya tendrán sus
preferencias de encastes de hierros y hasta de ganado de una región, pero como
decía el otro, lo primero va antes.
El aficionado por su parte también sabrá distinguir más
entre hierros, que entre encastes, sabrá que lo de Prieto de la Cal está mal,
que lo que con tanta afición y sacrificio pone sobre la mesa su ganadero sigue
sin funcionarle, que los de Victorino, Saltillo y Albaserrada, se están
desviando preocupantemente hacia el comportamiento Domecq, que lo de Alcurrucén,
Núñez, parece que pisa por terrenos cenagosos, que Flor de Jara, Buendía Santa
Coloma, mantienen una buena línea, o que lo de Javier Molina, Domecq, está para
verlo y disfrutarlo. Y ¿por qué no? los de las medias rosas también podían
pensar que los de Moreno Silva no se comen a nadie, solo que lo de ponerse
bonito con ellos es o un rasgo ignorancia o de locura extrema. Por los encastes
en si mismos, solo garantizan variedad, no presencia, casta o bravura, eso es
otra cosa. Defendamos al toro y dejémonos de nombres por tener procedencia de…
Eso sí, con aquellos hierros únicos o casi únicos, habrá que tomar otra postura
diferente, pero eso ya lo hablaremos otro día.